2.-
Finlandia le pasó otra bola de nieve recién hecha a Natasha, muy amablemente con su sonrisa de trasto, indicándole que se la arrojara a Suecia. Ella le miró como si el crío fuera tonto, y eso que le sacaba ya unos años, dejando que cayera contra el suelo y sacándole la lengua con el ceño fruncido.
Primero se quedó a cuadros, y luego Tino comenzó a lagrimear, haciendo pucheros.
─ ¿Por qué has hecho eso?- chilló, ofendido. Miró a Noruega con el gesto un poco más desconsolado.- ¿Por qué ha hecho eso? ¿Qué le pasa?
─ Es una niña.-simplificó Noruega, haciendo otra bola de nieve y dejándola junto con las otras tres que ya tenía montadas muy primorosamente, sin molestarse en intentar entenderlo.
Bielorrusia dio un golpe en la nieve, mirando mal al noruego. Le señaló con su dedito blanco.- Tú eres tonto.
─Tú has molestado a mi hermano.-se justificó él, arqueando el ceño hacia abajo en dirección a la niña.-Si vuelves a meterte con él, no me va a importar que seas una chica.
─Tu padre es tonto también, como vosotros. Idos a vuestra casa y no volváis más, no me caéis bien ni a mí, ni a mi hermano.
─A mí tu hermano me da igual.- bufó él, como si Bielorrusia no entendiera conceptos tan básicos.- Es pequeño y llorón, como Danmark. Él no me cae bien tampoco.
─Y mi padre tiene razón-agregó Finlandia-, tú estás loca de remate.
─ No me gusta que estéis por aquí. No vais a ser mis amigos.
Noruega sacó la lengua con cara de asco, idéntico al gesto que hizo el finés.- ¡Puaj! ¡Yo no quiero ser amigo de una niña!
─ ¡Vete a tu casa a por tu muñeca, tonta!-le espetó Tino, apretando los ojos.
Natasha, en vez de ponerse triste como lo habría hecho cualquier otra persona normal, cogió dos puñados de nieve y se los metió en la boca a cada uno. Los nórdicos abrieron los ojos con cara de susto, quejándose con un chillido de lo fría que estaba; se levantaron y se metieron corriendo a la casa, dejando a Bielorrusia tirada en el jardín blanco con cara de satisfecha.
Ucrania salió de corral con un cubilete de leche en brazos para la comida, mirando a su hermana.
─ Natya, ¿qué haces ahí sentada? Vas a coger frío, entra en casa antes de que te pongas mala.
Ella giró la cabeza hacia Yekaterina.- Los hijos de ese hombre tonto se han intentado reír de mí, pero yo les he metido nieve en la boca.- explicó con esa sonrisa maligna que ya llevaba perfeccionando desde los cinco años.
Ucrania se apoyó el cubo en la cadera.- ¿Por qué se han reído?
─Yo les he dicho que se fueran a su casa y que no quiero ser su amiga, y que su padre es tonto.
Ucrania arqueó hacia abajo las cejas con gesto reprobatorio. –Eso no está bien, Natasha. Así ellos no van a querer ser tus amigos.
─Yo no quiero que lo sean, son tontos y brutos. Como los animales.
─Pero necesitas amigos, Natya; ellos van a quedarse aquí por mucho tiempo y no vas a conseguir llevarte bien con los mayores.-aseguró, señalando con el pulgar a los dos zopencos que seguían rodando por la nieve.- Y son casi de tu edad. Vanenka va a estar muy ocupado ayudando a mamá y a su padre, y yendo con esos niños de caza.-Ucrania la levantó del suelo tirándola de la mano.- Anda, entra en casa y ponte a jugar con ellos a lo que sea.
Natasha se limpió la nieve del vestido y fue andando enfurruñada, cogida de la mano de Katya y pateado el camino. En el salón, Noruega y Finlandia jugaban a los osos y los lobos de batalla campal con figuras de madera tallada, haciendo gritos de fieras y gruñidos. En cierto momento, Tino le dio un golpetazo en los dedos a Lukas con el oso, a lo que el niño soltó un grito y se levantó, indignado, para sentarse en el regazo de su padre y quejarse como el mocoso de seis años que era.
─Tino…- advirtió el hombre.-Deja de ser tan bestia, hijo.
─Pero no ha sido aposta.-se disculpó a regañadientes, recibiendo una mirada soberbia y adolorida de su hermano.
─Ya te he dicho que están asilvestrados, necesitan a tus hijas más que nunca.-aseveró Escandinavia para Kiev, bebiendo de su jarra de hidromiel.
─Pues diles que salgan fuera a jugar con ellas, aquí encerrados no hacen nada.-Replicó Svetlana, molesta de que tratara a sus niñas como objetos.- Y salte tú también, salvaje del norte, a ver si tus mayores no se han sacado los dientes el uno al otro.
─Aquí la única salvaje eres tú, mala mujer. Sírveme otra.-le indicó, tendiéndole la jarra vacía.
─ ¿Te duelen las piernas o algo?
─No, claro que no.-se extrañó.
─Pues levántate tú a servirte, no soy tu esclava.-bufó la eslava, irguiéndose para limpiarle un churrete de suciedad a Katerina de la mejilla y comerse a besos a Bielorrusia. La pequeña pataleó un poco, y Kiev se rio un rato mientras ella se quejaba.-Anda, si vas a volver a salir fuera, ponte la capa y los mitones, que vas a acabar enferma.
─Pero me molesta llevarlos.-protestó.
─Más te va a molestar estar tres días sin moverte de la cama como te constipes. Cógelos y diles a tu hermano y a los hijos de Skandinaviya que entren, que ya está la comida.
Tres segundos y medio más tarde, una vorágine de trogloditas hambrientos, y mira que Svetlana se lo advirtió a Leif, que los críos tendrían hambre, estaba apalancada en el mesón de madera del salón. Helos ahí, rascando en el fondo del plato de madera para ver si sacaban algo más de comer; y, sorprendentemente, sus propios hijos, que habían desayunado como desesperados esa misma mañana, eran parte del grupo. Tuvo la mujer que darles su plato y el de Escandinavia, bajo protestas del vikingo, para que siguieran alimentándose mientras ella preparaba otra cosa con lo que hubiera por la cocina.
─Que iban a aguantar, decías.-le amonestó.- A esto han estado tus hijos de comerse los unos a los otros.
─Pues que carambas quieres que te diga, ¡si esta mañana han desayunado todos como cerdos!
Automáticamente los cuatro criajos levantaron la vista de la vajilla y Escandinavia sintió el miedo y el acojone a partes iguales reptarle por la garganta, sobre todo al ver los restos de criadillas de cordero resbalarse entre los dientes y los dedos de Suecia, que tenía puesta una cara de loco preocupante.
─Yo quiero más.-soltó Finlandia, tendiéndole su plato a la mujer.- Papá no cocina nada bien, me gusta esta comida.
─Hijo, eres un traidor.
A falta de tiempo, Iván fue mandado junto con Dinamarca, Suecia y Escandinavia, a revisar los alrededores del bosque y sus inmediaciones, bajo la promesa del padre nórdico de enseñarle los principios de la caza.
─ ¿Y nosotros que hacemos?-preguntó Lukas a Svetlana. La mujer le guiñó el ojo y señaló a su hija.
─ ¿Te llevas bien con mi niña?
Noruega la miró como si ella estuviera cometiendo una falta terrible hacia él.- Ella se porta mal conmigo y con mi hermano.
─ Quizás si la acompañáis a coger un conejo, que le gustan mucho, empiece a trataros mejor.
─Que vaya ella.-protestó Tino, mirándola de reojo jugar con su muñeca de trapo. Y siseó con rencor:- Me ha metido nieve en la boca.
─Es que es pequeña y el da miedo ir sola. Suele ir con Rossiya, pero él ahora está con vuestro padre.-Kiev rabió un poco con la torpeza social de Bielorrusia, sonriendo de manera algo forzosa y señalando con la cabeza a la niña.- ¿Por qué no vais con ella al prado? A lo mejor cogéis una liebre y podéis cuidarla entre los tres.
─ Papá no nos deja tener mascotas.-comentó Tino con voz ofuscada de nuevo. Lukas se encontraba en un silencio pensativo, mirando a la pequeña nación femenina fijamente y casi sin verla.- Dice que si tenemos, Ruotsi o Tanska van a comérsela por la noche y que si caga en la alfombra, tenemos que matarla nosotros.
─Vale, vamos a hacer un trato vosotros dos y yo.-negoció la Antigua, resistiéndose de rodar los ojos por la actitud horrible del nórdico.- Yo convenzo a Leif de que os deje tener mascota en mi casa y de que vais a ser responsables de ella y vosotros sois buenos con mi hija Natya, ¿vale?
─Yo quiero un conejo.- abogó Finlandia hacia Noruega, mirándole con sus gigantescos ojazos castaños y dejando en claro que por él no había queja.
─Yo quiero que ella no me moleste, ni se meta con mi padre, ni que diga que somos tontos. Yo puedo conseguir todos los gazapos que quiera cuando quiera, yo cazo mejor que nadie.-resolvió, con esa prepotencia que ya cargaba desde chiquitito, solo que mucho más dispuesto a demostrarla. Miró a Kiev con la cara más severa e imponente que puede poner un crío de seis años que no levanta un palmo del suelo.- Yo me portaré bien con ella si ella colabora.
Kiev ya no supo si partirse de risa y limpiarle la cara al niño de los restos de la comida o preocuparse de esa mirada inquisitoria que le estaba lanzando y que alguien de su edad no debería saber hacer.
Tino, sin esperar a que a la mujer se le pasase el atontamiento, se subió el cinto en la cadera y se encaminó dónde estaba Bielorrusia intentando no tropezarse con los cordones de las botas. Le dio un toquecito con la punta de una de ellas en la rodilla.
─Levántate.-le ordenó.- Mi hermano ha descubierto que te gustan los conejos y va a coger uno para ti.- explicó, tirándole de la mano para levantarla.
Bielorrusia tiró de regreso hacia abajo y Finlandia casi besó el suelo. Natasha permaneció sentada, disfrutando de su pequeño logro.- No quiero que tu hermano coja un conejo para mí, él no me cae bien.
─Eso no importa, él nunca hace nada por nadie salvo por mí, así que levantate y llévate bien con él o me voy a enfadar y voy a hacerte llorar.-amenazó con esa sonrisilla perversa que nadie sabe que tiene pero que es bastante impactante.- Tú eliges.
Natasha miró de reojo como Noruega tenía los ojos clavados en Kiev, en un absurdo duelo de miradas que el niño estaba ganando. Miró de nuevo como el rubio finés tenía esos ojos extraños incrustados fijamente en su entrecejo y no se sintió a gusto con ello; el chiquillo tenía un no sé qué estremecedor en el fondo de la pupila y la estaba poniendo nerviosa.
─A mí tu hermano me importa un bledo.
─No lo estás entendiendo. Como no me hagas caso, voy a decírselo a tu madre o, peor, voy a ponerme a llorar-amenazó completamente serio.- ¿sabes lo que significa eso?-Bielorrusia negó, empezando a replantearse su decisión.-Significa que tu madre te va a regañar y que mi hermano va a enfadarse también. Y no quieres ver a mi hermano enfadado, te lo aseguro.
Justo fue ese el momento, en el que Bielorrusia iba a ladrarle a Finlandia cuatro cosas contundentes y bien dichas, que eligió el diminuto noruego implicado para acercarse y reclamar a la rubia.
─Voy a buscarte un conejo para llevarme bien contigo.-le soltó de golpe, sin consideración para con lo que pudiera pensar ella, dándolo por sentado y mirándola desde su altura despreciable.-Pero no sé dónde se cazan en este sitio y tú vas a ayudarme a encontrarlos.-ese era otro hecho que no estaba en voluntad de ella cambiar. Tino asintió para Lukas, con cierta mirada de suficiencia hacia la niña.
Bielorrusia se encogió de hombros y se levantó, yendo apaciblemente y algo resentida a buscar sus mitones y su capota para no congelarse. Noruega y Finlandia ya tenían la puerta abierta, dispuestos a salir a la nieve a pelo, sin abrigo ni nada.
─Hace frío.-comentó ella, apartándose el pelo de la cara para colocarse la bufanda de pellejo.
─En nuestra casa hace más frío.
─Hemos viajado mucho tiempo, vivís muy en el Sur.
Bielorrusia parpadeó, incrédula de que ella estuviera congelándose en vida aún dentro de casa y ellos parecieran tan conformes con la temperatura exterior; sí, vale, sus ropas eran más prietas y gruesas, y apostaba que llevaban varias capas, pero nada más. Se fijó en que sus botas estaban hechas de piel de reno, gorda, peluda y calentita.
─Tenéis zapatos extraños.-dejó caer, comenzando a caminar a la par que los hermano nórdicos y guiándoles por un sendero oculto entre la nieve.
─Las suelas son de piel de castor.-Finlandia tuvo la deferencia de explicarle, porque Lukas estaba girando la cabeza de lado a lado, tanto para aprenderse el camino como para buscar la sombra de huellas de animales entre la nieve.- Son para no resbalarse en el hielo en la época de Sol de medianoche, porque hay una luz muy suave y no sabes qué es lo que pisas. Es muy peligroso.
Bielorrusia y Finlandia se hicieron la conversación, algo cruda y cortante, en lo que el otro niño rubio se quedaba quieto mirando árboles y matojos sin hojas, como una lechuza que ha encontrado su presa.
─Aquí hay conejos, a un par de metros tienen la madriguera.-informó unos diez minutos después.
─No, están a un par de kilómetros todavía.-corrigió Natasha, señalando al frente.
─ Están aquí.-insistió el micro-vikingo, señalando con el dedo lo que veía- ¿ves esas montañitas de la nieve de ahí? Han escarbado para buscar bayas de enebro enterradas, allí están las semillas. Hay varios pares de huellas, así que sólo hay dos, a esta hora deben estar en la madriguera, con la temperatura que hace. Nos han oído hace rato y estoy seguro de que se han escondido por allá.-le dijo, indicando hacia la derecha.- Con este clima, tienen que estar metidos en algún sitio calentito, como bajo un matorral muerto, con sus raíces.
El crío rebuscó un poco entre los zarzales despeluchados y soltó un grito, pegando un brinco y ladrándole órdenes a Finlandia en un lenguaje tan rápido y cerrado que Natasha no comprendió, pero que el otro niño sí, moviéndose corriendo a cortarle las salidas a dos rayones blancos que saltaban entre los montoncitos de nieve y salpicaban sus esquirlas frías a cada paso. Ella los vio gritarse el uno al otro durante varios minutos de trajín arriba y abajo, Tino cerrándoles el paso a los animales y Lukas trotando tras ellos y lanzándose al suelo, hasta que por fin, logró pesar a uno, muy a pesar de lo rotos que hubieron quedado sus calzones en la zona de las rodillas.
─ ¡Ja! ¡Ya está!-exclamó con victoria, enseñando orgulloso su trofeo, sosteniendo al animalito peludo y de pelaje pálido de las orejas.- ¡Es una liebre de las montañas!
Tino jadeó con una sonrisa cansada.- ¡Qué rápida era!
─ ¡Yo soy más rápido!-se envalentonó. Fue de una carrera donde Natya esperaba con los ojos como platos, en el linde del claro donde el mini-noruego les había hecho pararse.- Toma, pon las manos. Ahora es tuya, dice tu madre que si la queremos, tenemos que cuidarla entre los tres.-afirmó.- Pero como a ti te gustan más, tú tienes que ponerle el nombre, así que es tuya.
─ ¡Oh, vamos! ¡Ella no ha hecho nada, ni se ha movido!-protestó Finlandia con un pisotón en la nieve desparramada, incrédulo.- No es justo que se la des a ella.
─ Siempre que cazo un conejo para ti, acaba muerto. Ella lo quiere para tenerlo de mascota.-aclaró, como si el niño no hubiera estado delante cuando Kiev hizo el trato con ellos.- Además, es una liebre chica, así que se la doy a una chica; y sabes que papá no nos deja matar a los animales hembra, porque luego ya no hay más de esos si no se reproducen.
Tino se quedó muy serio, aceptando a pies juntillas la explicación porque Escandinavia les había metido en el coco desde muy pequeños que a los animales chica no se les hace daño porque no hay reproducción. Ninguno de ellos tenía idea de lo que quería decir esa palabra, pero sonaba tan complicada y tan seria que era mejor no meterse en esos asuntos de mayores tan peliagudos, era más sencillo dejarlos como estaban y acatar las normas.
─Vale.-aceptó con un encogimiento de hombros, dándose la vuelta para retomar el camino hacia la casa. Y, dos segundos más tarde, habiendo desaparecido medio instante tras otro matorral especialmente espeso, soltó un chillido y volvió corriendo como una ardilla asustada a esconderse detrás de su hermano.
Noruega, que estaba a punto de decirle a Bielorrusia que se dieran la vuelta y siguieran al finlandés de regreso a la casa, respingó como un tonto y casi se cayó al suelo del susto, fulminando a Tino con las mejillas rojas de vergüenza por haber pegado tal salto humillante. Bielorrusia apretó al conejillo contra su pecho, sorprendida también y rabiando por ello.
─ ¿Qué haces?- espetó Lukas a su hermano, que le miraba con los ojos castaños enormes y las pupilas tremendamente dilatadas. El niño noruego empezó a inquietarse por la expresión de puro pánico y la palidez de la cara de su hermano.- ¿Finland?
─ He visto algo, Norja. Un monstruo, estoy seguro. ¡Me ha gruñido y perseguido! Te juro que quería comerme.
─ En este bosque no hay monstruos.- se burló Natasha, sacándole la lengua al niño rubio.- Yo nunca los he visto.
─ ¿Y has visto alguna vez a algún oso negro, eh? ¿Lo has visto? ¡Porque en mi casa los hay a montones y no siempre los ves, tonta!-berreó Finlandia, histérico, asomándose desde la túnica larga de lana de su cuasi-consanguíneo.
─ Pues es que no hay monstruos aquí.- insistió la otra con irracionalidad.- Si los hubiera, mi madre, mi hermana o mi hermano ya los habrían encontrado y matado a todos. Así que está claro que no hay.
Noruega fue a abrir la boca para rebatir lo recién dicho, porque Iván no le había parecido especialmente aguerrido y Katya tampoco, pero el crujido de la nieve unos metros más allá, por donde Tino aseguraba que había algún ente mágico de poder inconmensurable, le hizo guardar silencio y mandar callar a los otro dos chistando con severidad. Natya permaneció callada y miró con desagrado a Noruega, pero los ojos asustados de Finlandia le obligaron a prestar más atención al ambiente en general y, en particular, al rictus concentrado y los dedos agarrotados de las manos del noruego, que estaba en una total postura corporal de defensa.
─ Norja, ¿qué hacemos?- preguntó bajito el niño finés. —No nos va a dar tiempo a llegar a la casa de Kiev incluso si corremos, ¿verdad?
─ Tengo la daga que me dio papá.-le cuchicheó sin mirarle, prestando total atención al entorno.- Vas a coger a Hviterussland y os vais a subir a un árbol, yo voy a ver qué es y ahora subo también.
─ ¡Te va a comer! –negó, tirando de su brazo en dirección a los tocones.
─ ¿Se te ocurre otra cosa?- siseó, empujándole hacia la niña, con el ceño fruncidos y los dientes apretados.- No voy a dejar que esa cosa te coma a ti.
─ ¿Y qué le digo a papá, eh?- chilló, jalando de nuevo de su mano, con más fuerza.- ¿Qué te has muerto porque no he sabido defenderme? ¡Vamos!
─ ¡Hazme caso, Finland! ¡Te prometo que te voy a dar una paliza como no te vayas ahora mismo a esos árboles!-increpó, empujándole con más ímpetu que la vez anterior. Señaló a Bielorrusia y lanzó a su hermano a los pies de la niña.- Tú por lo menos eres lista, trepad a los árboles hasta que yo vuelva. Voy a ver qué es eso.
Bielorrusia apretó la mandíbula y asintió con intensidad, agarrando de la capucha de la pelliza peluda al crío y llevándole hasta la base de uno de los robles de ramas desnudas, obligándole a treparse a la madera a base de golpes. Y bien, quizá fueran niños, pero estaban criados en pleno campo, así que en menos de medio minutos ya estaban los dos apalancados en una rama gruesa, prietos entre sí y sin quitarle el ojo de encima al niño noruego, que tragó saliva, con las rodillas temblorosas.
Noruega respiró profundo, quemándose el pecho con el aire helado y sacó la larga daga paterna de la caña de sus botas, desenvainándola y sosteniéndola con ambas manos frente a sí. Avanzó a pasitos, escuchando la fina capa congelada de agua que solía formarse sobre la nieve tras un rato de exposición chasquearse y partirse bajo la suela de sus zapatos con inquietud. Ese sonido tan leve nadie hubiera podido advertirlo, pero a él le sonó tan fuerte como el rugido de una tormenta helada en su máximo apogeo y temió que le delatara en el mismo grado en el que podría haberlo hecho el sonido de un soplacuernos en la cima de una montaña. Un crujido nuevo, se produjo delante de él, y luego unos tantos más, algo más consecutivos y constantes. Giró la cabeza por acto reflejo, comprobando que, sí, había perdido de vista la localización de su hermano y de la hija de Kiev. Y, luego, una respiración agitada, nerviosa, le hizo saltar en su sitio, presionando el arma entre sus dedos y aguardando, con el corazón en un puño, a que el susodicho monstruo se decidiera a aparecer.
Dos tropezones y un gritito y, Rusia, cubierto de arañazos, con un raspón sangrante en su mejilla y una manga de su grueso y casi irrompible abrigo hecha jirones, cayó de bruces al suelo, moqueando y al borde de las lágrimas. Noruega tensó el cuerpo nada más verle, pero recuperó la respiración y bajó el arma, clavándole los ojos encima al niño que se había atrevido a meterle ese susto en el cuerpo. Iván lagrimeó un poco, limpiándose la nariz con la manga que no estaba rota y siseando por el dolor y el escozor que le provocó rozarse la herida de su moflete.
Lukas, reponiéndose más o menos del cuasi-ataque al corazón, se arrodilló a su vera y, con un puñado de nieve en la mano, se lo aplicó directamente en la herida sangrante.
Rusia se apartó y, obligado de nuevo por la otra mano del noruego, asentada firmemente en el dobladillo de su abrigo, sufrió la ira helada del agua en estado sólido contra su piel.- ¡Suéltame! ¡Me quema!
─ La nieve y el frío adormecen la carne.- le explicó con impersonalidad, sosteniendo aún, a pesar de estar abrasándose él mismo la piel de la mano, el puñado de nieve. Guardó con disimulo la daga en su escondite, detallando con más calma el lamentable estado del pequeño niño eslavo.- ¿De dónde vienes? Mi padre te había mandado con mis hermanos a explorar el bosque, ¿dónde están ellos?
─ Se estaban peleando, con puñetazos y patadas y gritando…- se excusó, limpiándose de nuevo la nariz, con la voz temblorosa.- Tu padre les dio dos puñales y entonces no quise quedarme allí, ¡podían haberme hecho daño! ¿Has visto lo que me han hecho en la cara? ¡Me duele un montón! ¿Y si me cortaban un dedo?
─ Razonable.- se limitó a contestar, levantándole de la mano y haciéndole caminar de regreso a donde estaban sus respectivos hermanos. Rusia tropezó un par de veces con sus propios pies y se dejó guiar con pasividad, agradecido de que, aunque fuera un extranjero, este pareciera tener un mínimo dominio de la situación, porque llevaba ya un rato dando tumbos por la arboleda y estaba cansado y desorientado como el que más.- Vamos a buscar a mi hermano y a tu hermana y volvemos a tu casa. Tengo hambre.
─ Pero no podemos volver.-se lamentó bajito.- Si mi madre se entera de que he huido va a enfadarse un montón conmigo.
─ Eso ya no me importa.- replicó con sequedad, escuchando el chillido eufórico de pura felicidad que soltó de su garganta de infante Finlandia, bajando del árbol donde había estado a punto de matarse con Bielorrusia, a quien había descubierto que odiaba, y corriendo a los brazos de su hermano para estrujarle.- Suéltame, Fin.
─ Te dije que no te fueras.- insistió como si no hubiera dejado de haber una conversación entre ellos acerca de ir o no a enfrentarse al ser sobrenatural, con la voz bailona.- Pero no me has hecho caso. ¡Soy tu hermano pequeño! Se supone que tienes que hacerme caso.
Lukas le dio un afectuoso golpecito en la mejilla, exhibiendo su perfecta cara de palo, y apartando al finlandés para ayudar a la niña bielorrusa a bajar del árbol, porque Rusia no era lo suficientemente alto para hacerlo y Finlandia estaba demasiado preocupado en quejarse y protestar como para inmutarse por ello. Natasha apretaba a la liebre contra sí, sin decidirse a bajar por miedo a acabar contra el suelo de forma non grata y con altas posibilidades de ser dolorosa.
─ Pásame al conejo y luego salta.-le impuso Lukas.
Bielorrusia negó fervorosamente.- Voy a caerme.
─ Yo te cojo.
─Sí, claro. ¿No ibas a coger al conejo?
─ Pues te cojo a ti.- simplificó, alargando los brazos hacia arriba.- Salta ya, venga. Quiero irme ya de aquí.
─ Es que voy a caerme.-insistió de nuevo, notándosele a leguas la completa reticencia que tenía de bajar.- Ve y llama a mi madre. Vanya, llama a mamá.-le pidió a su hermano.
─ Estate quieto.-le ordenó a su vez Noruega, mirándole medio instante y sobrándole tiempo para fulminarle apropiadamente y mantener al niño quieto como una estatua de hielo.- Hviterussland, si no bajas, voy a subir yo. Y no te va a gustar que suba.
─He dicho que…
─ Me estoy enfadando.- cortó, empezando a adquirir cierta cara de agresividad y una postura corporal de intransigencia.- Baja ahora, yo voy a cogerte, te lo juro por Loki.
─ No sé quién es ese Loki y me da igual.- protestó ella, con el labio inferior temblando.- No quiero bajar, me voy a caer.
Noruega bajó los brazos.- Fin, ven y arrodíllate. Tú, Russland, también.- En cuanto tuvo a los dos niños a cuatro patas, uno junto al otro, se encaramó a sus espaldas y alcanzó a tocar el tobillo de la niña.- Venga, ahora no te caes, baja.
─Pero…
─Te doy tres opciones: Uno, bajas por tu propia voluntad, te cojo y nos vamos. Dos, agarro tu pie y tiro para bajarte a la fuerza y nos vamos. Tres, nos vamos y os quedáis tú y tu conejo aquí arriba, atrapados, hasta que alguien os encuentre.
Bielorrusia tragó saliva y abrazó a la liebre, que gimió con tono agudo. Ella miró la distancia del suelo y la cara de paciencia en descenso del niño nórdico y decidió arriesgar el todo por el todo.- Promete que vas a cogerme.
─ Que sí, te lo prometo por las Valkirias.
─ ¿De verdad?
─ Norja, me empieza a doler la espalda.- se quejó Finlandia, a lo que Rusia confirmó con un sonidito adolorido acorde a la voz incómoda del crío junto a sí mismo.
─ Sí, baja de una vez.
Bielorrusia saltó, chillando, hacia abajo. Medio metro de descenso y sintió que la sostenían del abrigo con firmeza; Noruega la hizo bajar al suelo con un tirón de su mano y ella no se atrevió a abrir los ojos hasta haber confirmado la presencia de nieve bajo sus botas y un toquecito severo en su cachete helado. Noruega parpadeó, esperando alguna reacción de ella, como gritarle o permanecer en mutismo completo o algún insulto indignado. Bielorrusia sólo se prensó contra su mano y acarició con la barbilla la cabecita blanca de su conejo.
─ Quiero irme a casa.- pidió Rusia, tirando de la bufanda de Lukas. Tino sujetó la otra mano de su hermano y exigió irse también, haciéndoles avanzar a tirones. Un largo y cansado rato más tarde, estaban los cuatro en la cabaña de Kiev, sentados alrededor de la hoguera del salón con un tazón de leche hirviendo cada uno.
.O.O.O.
─ ¿Sé puede saber que os ha pasado?- chilló Kiev, con las manos hacia el cielo, al ver el desastre que eran los niños nórdicos que Escandinavia se había llevado, junto con su hijo, de caza. Había resuelto por qué su niño decidió volverse a su casa sin querer meterse en mayor problema, pero el estado de los dos vikingos de casi diez años era, por menos, terriblemente lamentable.
─ ¡Casi atrapamos a un ciervo!- presumió Dinamarca, pasándose le puño de su pelliza por la nariz.- ¡He estado a esto de poquito de cogerlo, de verdad! ¡Y Sve se ha subido a un árbol porque le daba miedo y le ha faltado poquísimo para caerse!
─ ¡Cállate, Danmark!- protestó Berwald, avergonzado por ser el mayor y haberse visto incapacitado a la hora de la verdad. Podía sentir la mirada oscura de su padre incrustarse en su nuca con rudeza y él creyó hacerse más pequeño.- ¡Al menos no era una cabra! ¡Y no es verdad que casi me caigo!
─ ¡Sí que lo es! ¡Sí que lo es!-se burló, ajeno completamente a la nada de confianza que le tenía a la madre eslava para contarle sus vivencias de berserker valiente de marcha por el campo. Escandinavia se derrumbó sobre un banco y suspiró, con media pernera izquierda de su calzón zurcido hecha trizas por obra de esos dos demonios rubios. Mathias se lanzó sobre su progenitor, olvidándose de su hermano mayor e ignorando cómo este iba a reunirse con Noruega y Finlandia alrededor del fuego.- ¡Papá, ¿a qué he estado bien?! ¿Mañana qué hacemos? ¿Salimos otra vez de caza?
Escandinavia apretó los labios y sonrió forzadamente a su hijo, lanzando una mirada de socorro a la madre eslava. Svetlana le regresó una maligna sonrisa torcida, instándole con un movimiento de cejas a contestar al niño hiperactivo.
─Ya veremos.
─ ¡Bien!
─ Pues nosotros hemos cogido un conejo y la madre de Valko-Venäjä nos va dejar quedárnoslo.- chinchó Finlandia al danés.
─ ¡Pfffff! ¡Ya te gustaría!- se burló entonces Suecia.- Papá no nos deja tener animales en casa.
─ Pues es que no es nuestra casa, es la de ellos.- corrigió Noruega a su hermano, encogiéndose de hombros.
─ Me da igual.
─Lo que tú pienses no importa, tonto.-bufó de regreso el noruego.-Tú no mandas aquí.
─ Tú tampoco, estúpido.
─ ¡Deja a Norge, idiota!-exigió Dinamarca, dándole un empujón a su hermano, que fue devuelto con el doble de fuerza por parte del sueco y estrelló al pequeño berserker sobre Finlandia.
─ ¡Hala! ¿Y qué te he hecho yo ahora? ¡Déjame en paz, pedazo de burro!-exigió el niño, regresándole otro empellón que lo mandó lejos de sí, encima de Lukas.
─ ¡Finland!- protestó Dinamarca.
─ ¡Lárgate de aquí, pesado!- increpó Noruega a su vez, pasando a los golpes en serio y golpeando la espinilla de Dinamarca con un furioso puntapié, enfadado porque este le hubiera dado un manotazo en su torpe caída. Dinamarca soltó un grito de sorpresa y dolor.- ¡He dicho que no tienes que defenderme! ¡Soy lo suficientemente mayor!
─ ¡Pero si eres un niñato!- se mofó Suecia.
─ ¡Repite eso!- le amenazó el niño, apartando a Mathias de su camino y encarándose con Berwald, quien le sacaba una buena cabeza de altura y un par de hombros de robustez.- Por lo menos yo hoy he cazado algo y no me he subido a ningún árbol temblando de miedo.
─ ¡Yo no estaba temblando!-vociferó el sueco con las mejillas coloradas de rabia, avanzando un paso furioso frente a su hermano para imponerse sobre él.
─ ¡Por supuesto que sí!- agregó Dinamarca con mala leche y una sonrisa maligna, subiéndose a un taburete.- Parecías un pájaro en medio de una tormenta de nieve, ¡casi has llorado!
─ ¡Mentira cochina!- se enfadó Suecia, tirando a Dinamarca del lugar con un golpetazo. Mathias acabó en el suelo, estrellando su nuca contra la superficie de tierra fría con un grito adolorido y llevándose las manos a la cabeza, luciendo sus ojos azules extremadamente abiertos y lacrimosos y el labio temblón.- ¡Eres un mentiroso asqueroso, Danmark, y, como no te calles, voy a hacerte daño de verdad!
─ ¡Tú no puedes hacer eso!-berreó, perdiendo lo valiente y aguerrido, y con un tono de inseguridad y casi miedo en la voz.- ¡Voy a decirle a papá que me has pegado!
─ ¡Eres un llorica y un chivato!- le gritó Berwald, saliendo de la casa de un portazo furibundo y haciendo temblar la estructura de madera, que crujió lastimeramente ante el brutal azote.
.O.O.O.
¡Bien, aquí llego con la segunda entrega de esta locura! ¿Qué puedo decir? Mmmm… ¡Estreno Beta!
Ajá, todo mi agradecimiento a Sky n' Ice Queen Beilshmildt por hacerme el favorcillo de supervisar esta historieta, que yo creo que andaba un tanto perdida y, francamente, me ha salvado el culo respecto a los temas de humor y esas cositas. Veremos qué opina la gente de este capítulo, ¿eh? A ver qué tal ha salido.
Agradezco también a , que me dejó el primer comentario de esta bobada y me vino excelente para subir los ánimos. Añado que he hallado al amor de mi vida en Yume Yang, hemos coincidido en todas las opiniones acerca de los personajes con los que ahora me ha dado por jugar, ¿cierto? Y, por último, a Mandy, que estuvo ahí dando su review, el tercero; ¡muchas gracias!
De nuevo me regreso a mi Beta: muchas gracias por todo el apoyo y por darme el empujoncito necesario para seguir adelante, procuraré mejorar en mis errores y a ver si saco algo decente.
Yo creo que nada más, ¿no? Si alguien nuevo se ha asustado por las personalidades o lo que sea o quiere sugerir algo, adelante, para eso están los PM y el botoncito de review. Si alguien tampoco ha entendido cualquier cosa sobre la dinámica del fic o está confundido por algo, puede encontrar referencias en Leyendas del Norte, fic secuela (a pesar de haber sido escrito antes) de este.
Nada más.
Chauuuuu.
Yatinga.
