CAPÍTULO 2 – LA OSCURIDAD

- ¡Habéis roto vuestra promesa! ¡hicimos un trato! - Gritaba John Gilbert mientras caminaba como un loco de punta a punta de la sala. Todo el mundo se había retirado hacía ya por lo menos media hora y estaba tan furioso que tampoco le importaba si le escuchaban - ¡Me dijisteis que a ella la dejaríais al margen de esto!

Mientras John se exaltaba más a cada palabra que pronunciaba, Damon y Stefan Salvatore permanecían cómodamente sentados y tranquilos en un rincón de la sala. Damon incluso rellenó su copa de Champagne francés por tercera vez.

- No puedes culparnos – dijo el mayor de los Salvatore poniéndose en pie – tu hija es una preciosidad. ¿Cómo íbamos a resistirnos a tenerla para nosotros solos? - añadió relamiéndose a propósito el labio inferior.

- Cómo la toques...

- ¿Qué? - respondió Damon después de soltar una carcajada. - Ahora es de mi propiedad. Son tus normas ¿Recuerdas?

- ¡Pero hicimos un trato! - gritó John por enésima vez.

Harto de aquella discusión que no iba a llevar a ninguna parte, Stefan, quien durante toda la noche había intervenido lo justo y necesario, se levantó y se interpuso entre John y su hermano. Damon parecía estar disfrutando a lo grande de la angustia y la desesperación del humano y Stefan no podía reprochárselo, aquel hombre, por llamarlo de algún modo, era despreciable.

- Un trato que tú rompiste hace tres noches cuando decidiste atacarnos a traición.

Al escuchar las palabras de Stefan, John se quedó inmóvil y el color abandonó la piel de sus mejillas.

- ¿Pensabas que seríamos tan estúpidos de creer que las muertes habían sido a causa de una pelea entre vampiros? - interrumpió Damon apretando los puños. Por supuesto que lo pensaba, si no no se hubiera molestado en dejar todas las pistas necesarias para que lo pareciera.

- Tómate esto como un trato justo John. - interrumpió Stefan - Tú incumples una parte del pacto, y nosotros te lo devolvemos. Aún y así seguimos queriendo la paz, con lo que deberías agradecer que no hayamos arrasado ya este pueblo. Me costó contenerle – añadió señalando a su hermano con la cabeza.

Siempre habían funcionado de ese modo: Damon era el visceral, implacable en batalla. Stefan era mejor negociador y estratega, y juntos eran prácticamente invencibles. Por eso gozaban de tanto poder y respeto entre los demás miembros de su especie.

- No la cagues más, Gilbert – añadió Damon mientras se acariciaba el puño derecho con la mano opuesta – si te portas bien, tu princesita estará a salvo. Pero como cometas alguna estupidez está muerta. ¿Entendido?

John tragó saliva y abrió la boca para responder, pero no le dieron oportunidad. Antes de que acabara de pestañear, los dos vampiros ya habían desaparecido.


Elena se sentía como un animal de corral. Peor, como un vulgar paquete de mercancía. Se había desmayado en el coche a causa del golpe que se había dado en la cabeza cuando aquel hombre la había lanzado contra el asiento y se había despertado en el rincón de una habitación oscura, rodeada de un montón de chicas que intentaban reanimarla. Seguramente la habían sacado del coche en brazos y la habían dejado ahí tirada, en el suelo, sin preocuparse siquiera de si podía tener una contusión seria. Se incorporó poco a poco, tocándose la frente dolorida con una mano y agradeció encontrar una pared tras de si en la que poder apoyar la espalda.

- ¡Apartad! ¡vamos, fuera, fuera, fuera!

Elena frunció el ceño ante la voz aguda que le taladró el tímpano y tuvo que enfocar la vista al ver a una chica rubia de su edad dirigirse hacia ella. La muchacha se arrodilló y le colocó un dedo bajo la barbilla.

- ¿Cuantos dedos ves aquí? - preguntó mientras hacía gestos con la otra mano.

Cuando estuvo satisfecha con su análisis médico, la rubia se sentó frente a Elena y le tendió la mano.

- Soy Caroline – dijo con una sonrisa. - ¿Estás bien?

Elena tuvo que parpadear un par de veces. ¿Cómo podía estar tan contenta aquella chica? Las demás estaban temblando como hojas de papel, lloriqueando y abrazándose unas a otras. Sin embargo, la tal Caroline estaba tan tranquila.

- Oh, tienes algo de sangre ahí... ¿Alguien tiene gasas o algo parecido? - gritó, totalmente concentrada en su tarea de enfermera.

Evidentemente, nadie disponía de material médico ni de la voluntad de preocuparse de cualquier otra persona que no fueran ellas mismas. Caroline hizo una mueca, decepcionada.

- Bueno, luego buscaremos algo para limpiarte el corte, no te preocupes.

Elena levantó una ceja.

- ¿Porqué estás tan contenta?

- ¿Porqué no debería estarlo?

Elena se encogió de hombros ¿No era evidente?

- Eres… - preguntó bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro.

- ¿Vampiro? No, soy humana igual que tú.

- Pero no eres nueva... - comprendió Elena al fin.

- Oh, no, formé parte del primer grupo. Al principio parece horrible, como si esto fuera el fin del mundo y todo eso – añadió gesticulando mucho con las manos – pero luego te acostumbras. Para lo que tenía ahí fuera, casi estoy mejor aquí – volvió a sonreír.

Elena abrió la boca y la volvió a cerrar, alucinada con la capacidad de resignación de Caroline, y se prometió a si misma que ella jamás se dejaría comer la cabeza como, de seguro, habían hecho con aquella pobre chica.

- ¿Cómo te llamas? No me lo has dicho.

- E...Elena. Gilbert. ¿No sabes quien soy?

Al atar cabos, Caroline se cubrió la boca con las manos.

- ¿Eres la hija del alcalde? - susurró - ¡Dios mío claro! Si te he visto miles de veces en los periódicos... - Rápidamente, le pasó las manos por el cabello y se lo despeinó – será mejor que intentes pasar desapercibida. Tu padre no cae demasiado bien por aquí...

- ¡Caroline!

Una voz grave impidió que Elena pudiera responderle. Una voz que por desgracia, empezaba a serle familiar. Se puso rígida y sintió que se le aceleraba el pulso.

- ¡Se supone que eres la encargada de calmarlas! ¡Están todas gimoteando!

Las demás chicas se arrinconaron y abrazaron aun más fuerte entre si, intentando reprimir los sollozos para no enfadar más al vampiro. Todas le temían, todas menos Caroline, quien para sorpresa de Elena no solo no se inmutó ante su presencia sino que puso los ojos en blanco, visiblemente fastidiada con su intervención.

- Es que esta chica se ha hecho daño – respondió señalando directamente a Elena – socorrerla era de primera necesidad.

Damon gruñó fastidiado y agarró a Elena del brazo con brusquedad.

- De esta ya me encargo yo. Tú instala a las demás. ¡Y deja de perder el tiempo de una vez!

A Elena le pareció escuchar las protestas de Caroline, y sin duda, escuchó los gruñidos de Damon, quien despotricó a gusto sobre la rubia mientras arrastraba a Elena hasta otra habitación llena de hombres. De vampiros como él.

- Esta es – fue lo único que dijo antes de lanzarla contra el suelo. No fue tan brusco como en el coche, pero tampoco es que hiciera nada por amortiguarle la caída.

- Vaya vaya – dijo uno frotándose la barbilla – interesante.

- Mason – le advirtió Damon. - Tienes a muchas para elegir. Y procura no matarlas esta vez – añadió con reproche. Elena se estremeció al escucharlo. Claro, era absurdo pensar que iban a tratarlas como reinas. ¿Cómo podía habérsele ocurrido a su padre semejante acuerdo?. - Esta está fuera de los límites ¿Entendido? La necesito viva.

El tal Mason hizo una mueca de fastidio y varios hombres emitieron sonidos de decepción. Elena no sabía cómo funcionaban las cosas una vez los elegidos traspasaban las murallas de la zona vampírica, nadie lo sabía, pero a cada palabra nueva que oía más le temblaban las piernas. No tenía nada que hacer contra aquellos monstruos; bastaría un movimiento brusco para que le rompieran el cuello, allí mismo, y ella ni siquiera se daría cuenta de que se le habían acercado.

- Es valiente, la fierecilla – rió otro al darse cuenta de que la chica no había agachado la cabeza a pesar de encontrarse en evidente inferioridad de condiciones.

- Y problemática, también, por eso la he traído, porque no quiero que cometáis ninguna estupidez. Y sobretodo, que la tengáis vigilada. Nada de mordiscos, ¿Entendido? Ni a esta ni a las demás que hemos traído hoy al menos en un par de días. Están infestadas de verbena – añadió con asco.

Los vampiros asintieron a regañadientes mientras Elena seguía en el suelo. Damon se agachó para levantarla, pero ella se apartó. Con tanto ajetreo, tenía el vestido sucio y roto y su larga melena caía desordenadamente sobre sus ojos. Damon bufó con rabia y la agarró con más fuerza de la que pretendía. La chica soltó un aullido de dolor y al darse cuenta, Damon volvió a soltarla con un gruñido de frustración.

- Esto es a lo que me refería – les gritó a sus hombres mientras sacaba a Elena de ahí. La condujo escaleras abajo y Elena empezó a retorcerse al darse cuenta de que pretendía meterla en una especie de calabozo.

- ¡Estáte quieta o volveré a hacerte daño! - Gritó Damon.

Pero Elena estaba actuando por pura supervivencia. Odiaba los lugares cerrados y se suponía que no debían meterla en ninguna celda, eso no formaba parte del trato. ¿Es que las tenían a todas encerradas? ¿O solo ella había corrido esa suerte por culpa de ser hija de quien era? Damon la lanzó contra el colchón que había en uno de los extremos de la prisión y no tardó en responder a la pregunta que la chica no llegó a pronunciar en voz alta.

- Si te estuvieras portando bien no habría ninguna necesidad de esto. - Gruñó. Luego aseguró la cerradura de la puerta tras de si y miró su reloj de pulsera.

Elena observó la habitación arrinconada contra la pared. Era de piedra, como los viejos calabozos que salían siempre en las películas. La puerta tenía una pequeña abertura con rejas, un enorme candado en su cerradura y por supuesto, no había ninguna ventana. Tampoco parecía tener instalación eléctrica, aunque desde el pasillo entraba un poco de luz que parecía proceder de algún candil o alguna vela. Además, había mucha humedad y rápidamente Elena comenzó a tiritar de frío, o quizá era de miedo, ni siquiera lo sabía. Se enrolló con la sábana e intentó focalizar su ansiedad en algo que no fuera el estar encerrada. Se rodeó las rodillas con los brazos e hizo una mueca de dolor: todavía le dolía la muñeca por culpa del agarre de Damon.

- ¿Ves lo que has conseguido? – dijo el vampiro sentándose encima del colchón. Elena, por instinto, se arrinconó hacia el lado opuesto. - No pretendía hacerte daño, ni encerrarte. Pero estoy seguro de que si te dejo con los demás intentarás escapar en cuanto me aleje. ¿Me equivoco?

Damon entrecerró los ojos y Elena apartó la mirada, molesta. Si pretendía entablar una conversación así, amenazándola, lo tenía claro.

- Es inútil que te resistas. - Siguió él, acercándose más a ella - No puedes luchar contra esto. El trato salió de tu propio padre. ¿No te explicó que tenéis que resignaros?

Elena levantó la mirada y sus enormes ojos marrones destilaron un odio profundo. Damon pensó que tenía unos ojos muy bonitos. Era una lástima que no se hubieran conocido bajo otras circunstancias, no le hubiera importado pasar un buen rato con ella.

- O es que te crees especial – siguió Damon, acercándose un poco más – ¿Eres la misma escoria que él, que se piensa que está por encima de todos? Porque si es así me vas a facilitar muchísimo el trabajo – estiró un brazo y rodeó con su dedo índice uno de los mechones oscuros de la chica. Por la mente de Damon pasó como un flash el ataque de John días antes. Una traición que había terminado con la vida de vampiros jóvenes que no tenían ninguna culpa. Damon había apagado hacía tiempo su humanidad, por eso era letal en el campo de batalla, no se dejaba llevar por los sentimientos porque eso solo te debilitaba. Sin embargo, había algo a lo que no había renunciado: a la lealtad. Era fiel a los suyos y entre los muertos estaba Enzo, uno de los pocos a los que había podido considerar amigo. Y quería venganza.

- Vete a la mierda – espetó la chica en respuesta. Había algo en ese tipo que hacía que a pesar del temor, sintiera la necesidad de enfrentarse a él. Después de cómo la había tratado, juzgándola sin conocerla, no se merecía otra cosa. Y no pensaba darle la satisfacción de que descubriera lo asustada que estaba.

Damon decidió entonces que no, que Elena no era como su padre. John habría llorado y suplicado, jamás habría tenido las agallas para plantarle cara. Y debía reconocer que eso le gustaba. Le excitaba un poco, incluso. Esbozó una media sonrisa y se acercó hasta quedar a milímetros de la cara de la chica.

- Vigila con esa lengua, jovencita, o tendremos que cortarla. Y sería una lástima, estoy seguro de que podrías hacer grandes cosas con ella. – susurró desviando la mirada hacia sus labios.

Elena palideció y Damon sonrió satisfecho. Entonces, escucharon un ruido. Damon se levantó a abrir la puerta sin darle la espalda y Caroline, la rubia de antes, entró con un botiquín en las manos. Elena se acordó en ese momento de que tenía un golpe en la frente que seguía sangrando.

- No me parece bien lo que estás haciendo, por mucho que sea hija de...

- ¡Caroline, cállate de una jodida vez! - la interrumpió Damon encarándose con ella.

A causa del enfado, los ojos de Damon oscurecieron y Elena observó aterrada como venitas negras aparecían a su alrededor. Cuando Damon abrió la boca y Elena vio los colmillos, se le escapó un sollozo por primera vez. Jamás había visto el aspecto que tenía un vampiro en plena transformación y no era una visión agradable. Caroline dio un paso atrás.

- Da gracias de que eres la protegida de mi hermano – susurró Damon agarrando a la rubia del cuello – por que si no...

Elena pudo apreciar como Caroline se mordía la lengua. Gracias a dios, porque estaba convencida de que Damon estaba a medio paso de perder el control. La morena debió de poner cara de pánico o de total alucinación, porque Caroline la miró por el rabillo del ojo e inmediatamente carraspeó mientras hacía un par de movimientos con la cabeza. Damon la soltó y siguió la dirección de su mirada, entonces Elena se encontró con dos pares de ojos claros apuntando directamente hacia su dirección.

- Elena, esto... no siempre es así – Caroline corrió hacia ella y se sentó a su lado en el colchón. - No te va a pasar nada.

- Siempre que no cometas ninguna estupidez – terminó Damon la frase señalándola con un dedo.

- Damon, no estás ayudando.

- ¡Dejadme en paz! - Gritó Elena apartándose de Caroline y apretándose contra la pared. - Quiero...Quiero salir de aquí. No me gustan los sitios cerrados, No me …

Entonces, Damon esbozó una mueca que se asemejaba a una sonrisa y se inclinó hacia ella.

- Haberlo pensado antes. - Sentenció. Luego se dirigió hacia la puerta y se giró por última vez en dirección a Caroline.– asegúrate de que se calme. Y no la dejes salir hasta que creas que va a comportarse. Me da igual el tiempo que te lleve, no tenemos ninguna prisa.

Elena volvió a escuchar el "click" del candado y se levantó de la cama como un resorte. No iba a quedarse allí encerrada, ni de broma. Empezó a dar vueltas por la habitación como una loca, inspeccionando cada rincón. Tenía un nudo en la garganta y los ojos le escocían por las lágrimas que se negaba a derramar, pero no pensaba derrumbarse ni rendirse, no todavía. Encontraría una solución y si no, estaba convencida de que o Matt o su padre la sacarían de ahí.

- Elena ¿Qué haces?

La estridente voz de Caroline la sacó de su trance y Elena se detuvo en seco.

- Buscar la manera de salir de este lugar. Caroline, por favor – buscando una aliada, se acercó a la rubia y la tomó de las manos – me tienes que ayudar, no soporto los sitios cerrados, no puedo quedarme aquí.

- Si demuestras que no vas a dar problemas podrás salir, Elena, los demás no estamos encerrados, tenemos habitaciones en el piso de arriba y horarios totalmente flexibles...

- ¡Caroline! - Gritó Elena exasperada soltándole las manos – ¡Cómo puedes aceptar esto! Tú no eres como ellos y ese tipo casi te estrangula hace medio minuto ¡por el amor de dios! – gritó intentando hacerla entrar en razón.

- Damon es un imbécil – respondió Caroline sentándose en el colchón de nuevo – pero no es tan malo como quiere aparentar.

La morena la miró incrédula. Después de como la había tratado no podía decirle eso. Además, Elena había visto en los ojos del vampiro una sola emoción: odio. Y había sido en el momento en el que la había comparado con su padre. Todavía retumbaban en sus oídos las palabras la necesito viva. No era tonta. Sabía perfectamente que ella no era como las demás, que la tenían allí con la única intención de torturar a John y por eso mismo sabía que con ella no iban a ser ni pacientes ni mucho menos amables.

- No entiendo como puedes haberte resignado a estar encerrada. – susurró Elena derrotada al ver que era inútil intentar que Caroline la ayudara.

- También lo estaba en mi casa. Y tampoco estamos enjaulados, ya te lo he dicho, nos conceden ciertos privilegios si realizamos tareas o colaboramos en la casa. Yo suelo encargarme de organizar fiestas, cenas, eventos... la mayoría de gente que vive aquí son hombres, así que les vengo genial porque no tienen ningún sentido de la estética – añadió poniendo los ojos en blanco - A cambio me dejan dar largos paseos por los alrededores y me dan días libres para que haga lo que quiera. - dijo ilusionada.

- Pero esto es enfermizo, Caroline...

- Toda esta situación lo es. No te ofendas, pero tu padre tiene una gran parte de culpa...

Elena retiró la mirada, incapaz de rebatirselo. Por supuesto que la tenía.

- Es irónico que estés aquí, ¿Sabes? Todo el mundo pensaba que John Gilbert jamás lo permitiría.

- Supongo que esto demuestra que no puede controlarlo todo, aunque lo intente.

- No, Damon no es fácil de controlar.

- Ese vampiro... Damon. ¿Es el líder?

- Más o menos. Esta casa es suya, y de Stefan. Stefan es muchísimo más agradable, ya lo verás, yo creo que estoy viva todavía gracias a él. - suspiró - No todos los humanos se quedan aquí, muchas veces se los reparten entre distintos vampiros. En esta casa, al ser todos hombres prefieren quedarse con las chicas, pero de tanto en tanto eligen a hombres, para las vampiras. Es justo supongo. - añadió encogiéndose de hombros – Tú vas a quedarte aquí con toda seguridad, así que debes saber que toda la gente que vivimos en esta casa estamos, digamos, bajo la protección de los Salvatore.

- Les pertenecéis. - concluyó horrorizada.

- También puede decirse así, depende de como quieras verlo. Cuando se nos trae aquí, los vampiros suelen escoger a su favorito. Si tienes suerte, alguno te reclamará para si solo, si no, te compartirán entre varios. Oh, no, no pongas esa cara, el trato no implica nada sexual, es una relación puramente alimenticia. Lo otro es opcional – soltó una risita.

Elena la miró horrorizada. ¿Es que ella...?

- ¿Cuanto llevas aquí?

- Casi un año.

- Y tu has... con un...

Caroline se encogió de hombros, haciendo evidente su respuesta sin necesidad de pronunciarla en voz alta.

- Pertenezco exclusivamente a Tyler. Los vampiros pueden marcarnos y entonces los demás no deben tocarte. Son bastante leales entre si, aunque a veces hay excepciones.

- ¿Qué quieres decir?

- Que son depredadores, y en el fondo, todos han sido humanos. Algunos ya eran malvados eran antes de entrar en transición con lo que convertirse en vampiro solo ha hecho que acentuar sus virtudes... pero también sus defectos.

Elena clavo los ojos en los de Caroline y el miedo que vio en ellos fue respuesta más que suficiente.

- Tienes que ir con cuidado, sobretodo con Mason y sus amiguitos. – siguió la rubia estremeciéndose – Nos tratan bien porque les interesa mantener la paz y porque a fin de cuentas, gracias a nosotros tienen alimento sin moverse de casa, pero es mejor no provocarles, nunca sabes como van a reaccionar.

- Pero como puedes estar conforme con esto, Caroline...

- No lo estoy, pero vivir en un pueblo atemorizado por ataques vampíricos tampoco me resulta una situación ideal. Al menos aquí se que no va a pasarme nada si yo no lo provoco.

Elena tragó saliva, aguantándose las ganas de llorar.

- Y... ¿cómo funciona?...lo de la alimentación...

- Bueno, primero os tendrán unos días en desintoxicación de Verbena en sangre, y luego, escogerán. Una vez elijan, los vampiros suelen alimentarse de más de una persona, para evitar debilitarnos en exceso. A no ser que tengas mala suerte con tu elector no suelen llevarte hasta el extremo, incluso pueden hacer placentero el mordisco...

- Caroline, por dios – escandalizada, Elena se levantó de la cama – te escucho y me estás dejando alucinada. ¿Cómo puedes contarme esto con tanta normalidad?

- ¿y qué quieres que haga, Elena? - le gritó en respuesta - ¿Llorar día si y día también? Resígnate. Este es el trato, y fue tu propio padre el que lo ideo. Así que en vez de reprocharme que intente adaptarme a la vida que me ha tocado, deberías estar enfadada con él. Nadie movió ni un dedo cuando me encerraron aquí ¿Sabes? ¿Imaginas lo que duele eso? Pero supongo que tú tendrás mejor suerte. Haz lo que te apetezca, si quieres arriesgar tu vida, hazlo, pero deja de mirarme con esos ojos llenos de reprobación.

Molesta, Caroline se levantó y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir volvió a girarse hacia Elena.

- Hasta que no te comportes, no podrás salir de aquí, ya lo has oído.

Sin más, salió dando un portazo a sus espaldas.

- ¡Caroline! - gritó Elena corriendo hacia la pequeña obertura de la puerta. Asomó la cabeza entre las rejas y pudo ver como el cuerpo de Caroline desaparecía por los pasadizos. – Por favor no apagues la...

Pero fue demasiado tarde, Caroline debió apagar las velas del pasillo y la celda quedó completamente a oscuras. Entonces, Elena se derrumbó. Con la espalda todavía apoyada en la puerta, encogió las rodillas y escondió la cara entre ellas, balanceándose violentamente. Los sollozos le dificultaban la respiración, por mucho que Elena intentara ahogarlos, no quería que la escucharan llorar, pero se le hacía casi imposible reprimirlos. Intentó no pensar en su situación, fijar la mente en otra cosa... así que pensó en Matt. En como había desafiado a los guardias y a los propios vampiros para acercarse a ella y se obligó a mantener la esperanza de que él la sacaría de ahí.

Sus ojos fueron acostumbrándose poco a poco a la oscuridad y al cabo de unos minutos pudo ya distinguir el contorno del colchón y de un pequeño mueble que había cerca de este. Todavía con la respiración entrecortada, se acercó hasta allí y palpó la superficie de madera. Le pareció notar el tacto de una vela y soltó un suspiro de alivio. Cerca había una cajita que Elena estaba segura que era el botiquín que Caroline le había traído y tras un buen rato de inspección a oscuras, encontró lo que parecía una caja de cerillas.

Mientras encendía la vela pensó en que le debía una disculpa a Caroline. Se había dejado llevar por los nervios y el agotamiento y esa chica no se merecía como la había tratado. Después de todo ella tenía motivos de sobras para odiarla simplemente por ser hija de quien era y aun así la había ayudado y había intentado reconfortarla desde el primer momento en el que había pisado aquel horrible lugar.

Algo reconfortada con la penumbra que creaba la luz de la pequeña vela, Elena se sentó sobre el colchón y encogió de nuevo las rodillas contra su pecho. Entonces, notó algo en uno de los bolsillos de su vestido. Extrañada, metió la mano en la minúscula ranura y abrió mucho los ojos al descubrir un trocito de papel enrollado. Lo desenrolló con las manos temblorosas y se acercó a la luz para leer su contenido.

No te preocupes cariño, te sacaré de ahí. Recibirás noticias pronto. Haz todo lo que yo te pida. Te quiero. Matt.

Elena releyó el mensaje unas cuantas veces y luego acercó el papel a la llama de la vela para destruirlo. A pesar de su situación, una sonrisa se dibujó en sus labios: el dulce Matt. Sabía que él no iba a fallarle. Tenía que tener fe, y sobretodo mantener la cabeza fría para poder pensar en algún plan. Lo último que necesitaba era terminar como Caroline y convencerse de que aquel lugar no estaba tan mal. Se tumbó en el colchón y clavó la mirada en el techo. El agotamiento fue haciendo mella en ella y se quedó completamente dormida mientras la vela se consumía poco a poco.


- ¿No crees que te has excedido un poco? - preguntó Stefan a su hermano mientras se acomodaba en el enorme sofá de la sala de estar. - No hay ninguna necesidad de amargarle a la chica sus últimos días encerrándola como a un animal.

Damon se sentó en frente de él y esbozó una media sonrisa al recordar cómo Elena había peleado para que no la encerrara. En contra de su propia voluntad, la princesita le caía bien. Había esperado encontrarse con un clon de John gilbert, una sabandija cobarde y despreciable, así que la morena había sido una grata sorpresa. Por no hablar del físico. La chica era una preciosidad, inexplicablemente, viendo a su padre. Así que Damon no podía estar más satisfecho de cómo estaba resultando su plan. Sin duda, iba a divertirse más con todo aquello de lo pensaba en un principio.

- Cuando deje de parecerme un problema la soltaré y podrá vivir con las demás. Pero tal y como se está comportando ahora es un peligro mezclarla con las otras chicas y sobretodo, con los demás vampiros. Es un bocado demasiado tentador – dijo al fin encogiéndose de hombros - Acabaría provocando su propia muerte.

- No es como su padre. - concluyó Stefan con el semblante serio.

- Ya me he dado cuenta.

- John va a hacer lo imposible para sacarla de aquí. Aunque solo sea por orgullo.

- Lo se, y ese es parte del atractivo del plan. Tener a su hija lo provocará y hará que frene su plan de ataque a partes iguales. No se arriesgará a matarla.

- Sigues convencido de que iba a atacarnos...

- No tengo ninguna duda de ello, Stefan. Ese cerdo estaba preparando su gran ataque final, te he dicho mil veces que esta tregua absurda no es más que un pretexto para ganar tiempo. La traición de hace tres días fue que el primer intento. Pero esa cría nos servirá de escudo mientras pensamos en como adelantarnos a sus movimientos. Tenemos las de ganar y todos lo sabemos, incluido Gilbert.

- Damon...

- Si no he destruido este pueblo es por ti y por tu estúpido Deseo de paz. Si por mi fuera, los humanos ya no serían un problema.

- Hay gente inocente Damon...

- Gente inocente que no dudaría en clavarte una estaca en el corazón si te encontrara por la calle. A la mierda Stefan, somos vampiros. Nuestra naturaleza es matar, no firmar acuerdos absurdos para contentar a cuatro imbéciles que no tienen nada que hacer contra nosotros.

- Esa guerra es una estupidez Damon, no tiene porqué ser así...

- ¡Nos han echado de nuestra propia casa! - gritó – Y estábamos aquí mucho antes de que ellos nacieran siquiera. Estoy harto de ser paciente. Si quieren jugar, jugaremos.

Stefan suspiró, resignado.

- ¿qué piensas hacer con la chica?

- De momento, mantenerla controlada. Cuando llegue el momento, la convertiré delante de su padre en lo que él tanto odia. Entonces ya veremos que ocurre. – sonrió y ese gesto hizo que a Stefan se le helara la sangre.


La actitud de Elena no mejoró a medida que avanzaba su cautiverio. Había desistido en su plan de huir porque sabía que era imposible hacerlo mientras permaneciera enjaulada en el sótano, pero su mente seguía dando vueltas y maquinando un posible plan para conseguir que la sacaran de allí. El principal problema era que su propia naturaleza se resistía a mostrarse dócil y complaciente, así que seguía dando problemas aún estando encerrada, lo cual empeoraba cada vez más su situación. Había perdido la cuenta de las horas, o días, que llevaba allí metida, pero la vela estaba a punto de consumirse por completo y ella necesitaba con urgencia darse una ducha.

Le traían comida cada día unas dos o tres veces. La primera vez habían intentado hacerlo abriendo la puerta, pero Elena se había abalanzado contra la persona que la llevaba y había terminado sin comida y con una contusión en las costillas. Las veces siguientes se habían limitado a pasarle un trozo de pan por el hueco de la puerta y ella se había negado a aceptarlo en todas y cada una de las ocasiones. Su estomago llevaba horas protestando, pero su orgullo era más fuerte.

Caroline se había acercado hacía un rato después de días sin asomarse por allí. La rubia no se había atrevido a entrar y aquella había sido la única ocasión en la que Elena se había tragado esa cabezonería que tantos problemas le estaba ocasionando.

- No debí hablarte así, lo siento – dijo Elena mientras se agarraba a las rejas. - Tú no tienes la culpa de nada.

La rubia la había mirado suspicaz.

- Está bien, lo entiendo – dijo al fin en un susurro.

- Sácame de aquí, por favor – suplicó Elena. La vela estaba a punto de consumirse del todo y solo quedaban un par de cerillas. Si volvía a quedarse a oscuras volvería a darle un ataque de ansiedad, y no podía permitírselo porque entonces su cabeza no estaría lo suficientemente despejada como para pensar con claridad. Además, la única esperanza que tenía de escapar era poder subir al piso de arriba, así que al final, la razón había acabado por vencer al orgullo.

- No se Elena, no estoy segura, si intentas cualquier tontería acabaría teniendo yo la culpa.

- No, de verdad Caroline, te prometo que no haré nada, por favor...

Elena había visto la duda en los ojos de Caroline y había tenido esperanzas por unos segundos. Pero estas se habían esfumado del todo en cuanto la rubia había sacudido la cabeza.

- Lo siento – había susurrado antes de darse media vuelta e irse por donde había venido.

Elena gimió y volvió a acurrucarse en el colchón. La vela titilaba cada vez con más debilidad, dando los últimos coletazos de vida. Se colocó en posición fetal y apretó con mucha fuerza las rodillas contra el pecho. Cerró los ojos justo cuando la llama se apagó.


Damon llevaba horas sentado en su despacho intentando pensar a solas en un plan de ataque efectivo. La chica Gilbert llevaba casi tres días encerrada en su sótano y John todavía no había dado señales. Sus espías tampoco habían notado ningún movimiento extraño por parte de aquella sabandija o de sus hombres. Pero Damon no se fiaba del todo. Estaba convencido de que tarde o temprano tendría noticias y necesitaba estar preparado.

Elena había seguido dando problemas, tal y como era de esperar. Y aunque se había ganado la simpatía de Damon con aquella actitud en un principio, empezaba a crisparle los nervios. Sobretodo después de que Caroline le dijera que no había comido nada en todo el tiempo que llevaba encerrada. Damon no había bajado a verla porque tenía cosas más importantes que hacer que trabajar de niñera, pero si seguía con aquella actitud tendría que acabar por darle una lección. No podía permitir que acabara por morirse de desnutrición, antes le metería un tubo por la garganta y la alimentaría él mismo.

- Veo que papá no te enseñó a llamar a la puerta. - espetó al ver a Stefan sentarse en frente de él. Como de costumbre, su hermano optó por ignorarle y cruzó una pierna sobre la otra.

- ¿Alguna noticia? - preguntó el menor de los Salvatore.

- Ninguna, de momento.

- ¿Crees que vendrá a buscarla?

- Eso espero. - dijo. Y realmente lo esperaba. Si aquella basura dejaba a su hija en manos de su enemigo gustosamente, entonces, era todavía más escoria de lo que él imaginaba. - ¿Cómo evoluciona la princesita?

Stefan carraspeó incómodo.

- Precisamente a eso venía. Acabo de hablar con Caroline.

Damon hizo una mueca de fastidio.

- Deja que lo adivine... no hay mejora.

- Bueno, depende de como se mire. Desde ayer se comporta como un vegetal. Ya no patalea ni intenta huir cuando le llevan comida. Según Caroline lleva más de veinticuatro horas tumbada en ese colchón mirando al techo. Ni siquiera responde cuando la llaman.

Damon gruñó y se levantó de golpe.

- Estoy harto de esa malcriada – dijo al fin – ¿porqué coño no puede resignarse como todas las demás?

- Bueno Damon, es normal que no te lo ponga fácil – concluyo Stefan encogiéndose de hombros. - Sabe precisamente que ella no es como las demás. Si lo fuera ya estaría muerta.

- Por eso mismo. Voy a solucionar ese asunto de una vez por todas.

- ¿Qué piensas hacer? ¡Damon!

Pero Damon ya no le escuchaba. Gracias a la velocidad que le otorgaba su condición de vampiro, ya estaba bajando las escaleras que conducían al sótano.


Supo que algo andaba mal en cuanto entró en los pasadizos. Los gritos retumbaban a través de las paredes de piedra y Damon pudo notar el dolor que había en ellos. Cerró los ojos por unos segundos y luchó contra si mismo para apagar de nuevo sus emociones. Él también había sentido un dolor así y sabía lo mucho que te desgarraba por dentro. Cuando recuperó la compostura, agarró un candil encendido y se acercó hasta la única celda que en esos momentos estaba ocupada.

Aquellas jaulas tenían más años todavía de los que tenía él. Siempre habían servido para encerrar prisioneros, no para tener a los humanos que pasaban a ser de su propiedad. Elena era la única excepción que habían hecho hasta ahora, normalmente, cuando un humano daba problemas acababa muerto. Y no precisamente en sus manos; generalmente los otros vampiros tenían tan poca paciencia como él. Esa era la razón principal por la que tenía a esa chica entre rejas. Ya no debía tener verbena en sangre, y cómo le había dicho a Stefan, era un bocado más que apetecible. Se había dirigido hacia allí con la intención de castigarla, no sabía muy bien como, pero a juzgar por aquellos gritos desesperados quizá ella había aprendido al fin la lección.

Se asomó a través del agujero de la puerta y vio que estaba tumbada sobre el colchón. Damon aguardó unos segundos y entonces la chica gritó otra vez. Se llevó las manos hasta el cabello y su cara se contrajo con una mueca de absoluto pánico. En ese momento se dio cuenta de que Elena tenía los ojos cerrados. Damon abrió la cerradura y entró, temiendo que todo aquello formara parte de algún truco. Pero cuando se acercó comprobó que la chica estaba dormida.

Elena se retorcía, gritaba palabras incomprensibles y pataleaba con fuerza. Damon intentó agarrarle los brazos, temiendo que se hiciera daño ella misma, pero solo logró empeorar la situación. Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas y Damon se estremeció. Podía ser un monstruo en muchas ocasiones, pero no le gustaba ver llorar a una mujer.

- Elena – gritó zarandeándola. Si no la despertaba acabaría por arañarse a si misma o darse un buen golpe. - ¡Elena, despierta! ¡Es solo una pesadilla!

Entonces, la chica abrió los ojos. Tardó unos segundos en adaptarse a la luz del candil que reposaba sobre la mesita, dónde Damon lo había dejado, y pareció calmarse un poco. Pero cuando se dio cuenta de quién estaba casi encima de ella soltó otro grito y se arrinconó contra la pared.

- ¿Qué te pasa? - preguntó Damon sintiendo una punzada de inesperada ternura. La chica estaba despeinada, sucia y temblaba como una niña. Rápidamente, aplastó ese sentimiento - Estás hecha un asco. ¿Porqué no te comportas de una vez para que pueda dejarte salir de aquí?

Pero Elena no respondió. A Damon le extrañó, pues las veces que se habían encontrado ella jamás se había quedado callada, al contrarío. Tenía una lengua de mil demonios.

- ¿En qué soñabas? - siguió él intentando despertar cualquier tipo de reacción. Pero nada, ella seguía encogida y temblando.

Al fin, Elena pareció reaccionar, pero de su garganta no salió más que un sollozo ahogado.

- La...luz – dijo. - Déjame... el candil...

Damon ahogó una carcajada. ¿Eso era lo que la tenía así? ¿La oscuridad?

- ¿Le tienes miedo a la oscuridad? - dijo divertido – Te has enfrentado a mi, a los demás vampiros sin despeinarte siquiera... ¿Y le tienes miedo a la oscuridad? - rió en voz alta y pudo sentir como la chica lo fulminaba con la mirada. - ¿Algún trauma infantil?

Elena siguió sin decir una palabra.

- ¿Eso es lo que provocaba las pesadillas? - Damon chasqueó la lengua y alargó un brazo para acariciarle la cabeza. Ella intentó apartarse pero chocó contra la pared, así que Damon pudo enredar los dedos en su larga y revuelta melena. - Si me hicieras caso no tendrías que sufrir esto. ¿Porqué no quieres comer nada?

- No teng..o ham...bre – respondió Elena.

Damon enarcó una ceja al escuchar cómo su estómago parecía opinar justamente lo contrario.

- No voy a dejarte ninguna luz. - Dijo Damon con determinación. - Ni saldrás de aquí hasta que aprendas a comportarte de una vez.

Con resolución, Damon apagó el candil y Elena ahogó un sollozo. Damon conocía de sobras aquellos calabozos así que no tenía ningún problema en caminar a oscuras. Quizá ese miedo era lo único que tenía para doblegarla, así que pensaba aprovecharse de ello. Entonces, sucedió lo inesperado. Algo se agarró a su pierna. La chica parecía totalmente avergonzada de lo que estaba haciendo, pero aún y así, al girarse, Damon vio a Elena en el suelo, de rodillas y rodeando su espinilla con los brazos.

- Déjame salir de aquí. Por favor. - Sorprendentemente, su voz no tembló esa vez y se ganó un poquito más del respeto de Damon. Realmente era una lástima que no se hubieran conocido en otras circunstancias. O mejor dicho, era una auténtica pena que ella fuera hija de quien era. Se agachó hasta colocarse a su altura y le puso un dedo bajo la barbilla para levantársela.

- ¿Te vas a comportar?

Elena asintió con la cabeza.

- Me lo pensaré. - Dijo él sin más y luego salió de la habitación.

Elena se precipitó contra la puerta, golpeando inútilmente el hierro y la piedra, gritando desesperada para que al menos, encendiera alguna luz. Pero él ya no estaba allí. Entonces se dio cuenta de que había algo extraño. El candado ¡No estaba puesto! Con manos temblorosas y el corazón en la garganta, abrió la puerta y salió de la celda, tanteando todavía a oscuras. No podía creer que hubiera tenido tantísima suerte. Extendiendo ambos brazos para seguir la pared con las manos y luchando contra el temor que amenazaba con paralizarle los músculos, caminó por los angostos y oscuros pasadizos hasta encontrar una ranura de luz. Corrió hacia esa ranura todo lo rápido que su débil cuerpo le permitió y cuando abrió la puerta, se dejó caer contra las escaleras.

Pronto, notó como dos manos la sujetaban de las axilas y la levantaban. Elena se estremeció al notar aquel familiar calor en su espalda. Era como si estuviera teniendo un dejavú de la noche en la que su vida había dado un giro de 90º grados.

- Te vigilaré de cerca – susurró el vampiro en su oído – cómo hagas cualquier tontería volveré a encerrarte ahí abajo. A oscuras, y me dará exactamente igual lo mucho que me supliques. ¿Entendido? - Ella no respondió así que el brazo del vampiro le rodeó con más fuerza la cintura - ¿Entendido? - repitió. Ella asintió con la cabeza y entonces, Damon desapareció.

A/N: Trataré de actualizar esta historia todos los domingos, y con capítulos más largos de lo que os tengo acostumbrados. Espero que os haya gustado y muchas gracias por leer! :)