Summary:

Reprimir y ocultar los sentimientos, puede convertir un vaso de agua en una tormenta completamente devastadora.

Se aman. Se necesitan. Se apoyan.

Entonces, ¿por qué lo suyo no funciona?

Esta historia comienza donde las otras terminan, cuando se apagan las luces y la vida sigue con el anonimato de las palabras no dichas.

¿Qué viene luego de los felices por siempre?

Disclaimer:

Obviamente los personajes son prestados por S.M para jugar a nuestro antojo, solo no se lo digan. La historia es mía! por completo. Ya saben, no copiar y eso.

Importante:

Esta historia es rating M, por los temas que aborda. Hay situaciones narradas que no son recomendadas para menores, así que ya están advertidas.


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Capitulo II

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Cuando Isabella Swan abrió los ojos por la mañana, sintió que era una pésima idea obedecer a los actos reflejos. La luz que se colaba por un gran ventanal situado a su lado izquierdo, entró directamente a su retina, cegándola, perforando, caliente, hasta su cerebro.

A lo lejos se oía un incesante pitido, un maldito y desagradable ruidito que le taladraba la cabeza.

Sus pensamientos eran caóticos, lagunas de información con escasos detalles, naufragaban en su memoria, todo muy confuso. Era casi como intentar armar un rompecabezas con piezas demasiado mezcladas y unas cuantas otras faltantes.

Inhaló hondo y cuando el terrible dolor de cabeza le dio un respiro, se destapó la cara para observar a su alrededor; Paredes claras, espacio pequeño, sofá de tela purpura chillona bajo ella y mucha, mucha luz.

Definitivamente estaba en el departamento de Alice.

Juntó sus parpados con fuerza y pesadez, rezongó, balbuceó y se cubrió completa con el edredón soltando un seco suspiro—. ¿Por qué demonios su mejor amiga tenía que arrendar un apartamento con vista al este? —se preguntó, mientras el sol apuntaba su salida.

Quería morir, casi literalmente. Si sus cálculos eran correctos, tras salir del bar se había ido directo al piso de Alice. Era claro que debía ser así.

En realidad, rogaba porque así hubiese sido.

— No bebo nunca más —gruñó con voz pastosa aplastándose contra el cojín bajo ella.

— Creo haberte oído decir eso un montón de veces —murmuró Edward desde algún lugar al que sus ojos no tenían acceso— ¿Qué tal te sientes?

¡Oh, dios no!

Él no encajaba para nada en su versión de los hechos de la noche anterior. Sí estaba ahí, seguramente ella había hecho algo sumamente estúpido.

Quitó el edredón de su cabeza de mala gana y lo vio; dentro de la cocina, apoyando su mentón sobre ambas manos y viéndola con gesto serio.

¿Se habían reconciliado o acababan de agarrarse de los pelos?

No había nada en la cara de Edward que develara qué podría haber ocurrido.

Dirigiéndole una ruborizada mirada, habló— Lo sabré cuando me digas por qué estás aquí —contestó al tiempo que saboreaba el vaso de jugo que Edward comenzaba a beber. Sintió la boca exageradamente seca, estaba demasiado deshidratada.

Clavó la vista sobre el mesón que dividía la cocina del comedor, para dar con un jarro de jugo, pero solo divisó plátanos y, hasta donde recordaba, ellos no eran nada buenos para la resaca —Cabrón —pensó, viendo mas allá, al dar con el jarro vacío en la esquina del mesón.

— Te encontré por la madrugada en la casa de tus padres.

Mierda. Eso si, que no conectaba en su historia.

— En ese caso me siento avergonzada. No, patética —se apresuró a corregir—. Ese encaja más.

— Bella, no es bueno que reprimas…

La chica lo miró alzando una ceja para que se callara, esa cantaleta ya la había oído demasiadas veces—. Para —dijo cortante—. Fue solo una borrachera —añadió restándole importancia—. De todos modos no tenías por qué ir a buscarme.

— Ya lo sé —replicó él muchacho, encogiéndose de hombros. Luego, despreocupado, limpió la manga de su sweater, sin siquiera mirarla.

Bella tragó algo similar a la saliva, ya que era demasiado gruesa para serlo, y explotó— ¿No podrías fingir que te importo un poco? No lo sé, decir al menos, "sé que no debía, pero estaba preocupado. Mierda…mentir al menos.

Los ojos del chico la vieron de reojo—. ¿No te dice más el que lo haya hecho? —acució con tono molesto—. Digo, salí a buscarte de madrugada, conduje por horas y…

Un puchero se formó en los carnosos labios de ella—. Antes eras más cariñoso —masculló interrumpiéndolo.

— ¡Y tu menos bruta! —exclamó él de vuelta perdiendo la paciencia. Siempre era lo mismo con ella—. Mira, lo siento —se disculpó sinceramente—, es solo que ya hemos tenido esta conversación otras veces y ya no tiene sentido —cruzó con largos pasos el vestíbulo y cogió la chaqueta que reposaba sobre una silla—. Me voy —anunció—, dile a Alice cuando despierte que luego repongo las cosas que ocupé y que la quiero mucho.

Bella soltó un suspiró de frustración, Edward era completamente hermético con ella, nunca le decía cosas de amor.

Ella necesitaba amor.

Rogaba por él, no de la manera tradicional, pero aun así.

— A mí nunca me lo dices —bufó frunciendo el ceño.

— Isabella…—empezó Edward, pero la chica de inmediato volvió a cortarlo.

Los ojos marrones brillaron con furia— ¡No me llames así! —exclamó tan fuerte, que sintió como si su cabeza fuese a partirse por la mitad—. Sabes que lo detesto.

Él la miró fijamente, debajo de toda la frustración que sentía, la amaba. Simplemente las cosas no funcionaban entre ellos. Alguno tenía que ceder, pero al parecer ninguno de los dos estaba muy dispuesto a hacerlo.

— Estoy agradecido con Alice, de ahí que le deje cariños —dijo él, posicionándose en frente de ella, quedando a los pies del sillón—. No seas tan malcriada.

— No me interesa.

— Te quiero.

— Idiota.

Edward sonrió ligeramente, alzando una de sus cejas— No voy a gastar esa palabra. Decírsela a la persona por la que realmente sientes algo de manera repetitiva, la gasta. Luego pierde la emoción, la validez.

La castaña entrecerró los ojos y frunció profundamente el ceño— Eso no es verdad. Si solo me digieras te quiero todos los días quizás…

— Tus padres te lo decían cariñosamente todos los días y mira, ¿donde están? —replicó él con sarcasmo—. A miles de kilómetros, sin siquiera enterarse de lo que su hija hace, o de cómo vive.

Isabella lo observó con tristeza en los ojos, ninguno de los dos extremos era bueno. El fuego que ardía en ellos estaba empezando a evaporarse velozmente, con la amenaza de la tormenta—. Perdieron una hija…—musitó en una manera patética por justificar la ausencia de sus padres.

El chico soltó un risotada carente completamente de alegría e inyectada en veneno—. No te equivoques mi vida, perdieron a dos —masculló.

No era su intención ser cruel con ella, la amaba, pero tenía que hacerle entender de algún modo que ella no tenía la culpa de nada de lo ocurrido. Llevaba tres años intentando hacerle ver que debía dejar de cargar la muerte de Mía, pero cada vez le parecía más lejano conseguirlo. Ya casi no podía recordar cómo era Bella antes de aquel fatídico día.

— Edward…

Él sacudió la cabeza para volver a hilar sus pensamientos con el presente— No quiero discutir contigo —dijo cuadrando sus hombros cansados—, tengo mucho trabajo y ya debo irme. ¿Te vas a quedar con Alice o piensas volver a casa?

— Ninguna de ellas. Por ahora solo voy a dormir otro rato y luego veré que hacer conmigo.

— Sabes que puedes quedarte en casa. Puedo cederte el sofá.

— No esperaba menos de ti —replicó la castaña entrecerrando los ojos. Él solo la ignoró y siguió su camino hasta la puerta para largarse con rumbo a su trabajo—. ¡Imbécil! —bramó llena de rabia, lanzando el cojín en el que descansaba su cabeza.

Siempre era así, se sentía tan frustrada. Se dejó caer nuevamente, pero para su mala fortuna terminó golpeándose la cabeza contra el brazo del sofá, provocando que un grito se le escapara de la boca.

Su día había comenzado terriblemente mal, las nauseas la obligaron a correr al baño para devolver el alcohol ingerido durante la tarde anterior, y la cabeza seguía doliéndole de la misma manera que cuando abrió los ojos, incluso tras haber tragado dos analgésicos.

El molesto pitido de la maquina contestadora de Alice continuaba su desagradable sonido, taladrando sin piedad alguna su cerebro.

—¡Apaguen esa mierda de una vez! —gimió tapándose el rostro completo con el edredón, pues el dolor se había vuelto insoportable. Estaba hecha una bola para cuando su amiga apareció.

— ¿Qué tal la resaca? —preguntó Alice con voz aguda, chillona, acercándose a la maquina contestadora. Presionó el botón para apagarla y se dirigió a la cocina. Vestía solo unos shorts de jeans desteñidos con brasier deportivo negro e iba descalza.

— Perfecta. Me siento como la puta mierda.

Alice frunció el ceño, a pesar de trabajar en un bar atendiendo borrachos seguía sorprendiéndose de la boca de camionero de Bella—. Cuida esas palabras. ¡Uy! —aulló emocionada y el cerebro de Bella hizo un crac en su interior—, Edward te dejó sopa —comentó distraída observando el contenido de la olla y pensando al mismo tiempo que debía depilarse—. ¿No te parece un amor?

La cabeza de Bella se alzó lentamente, con cuidado ridículo de que su cerebro se mantuviera dentro del cráneo—. Ya está disponible, puedes buscarlo y darle un hijo si se te antoja.

De todos modos buscó con sus ojos la cocina y le fue inevitable sentirse enternecida. Edward era genial, algo malgenio, quizás un poco estirado, pero genial al fin y al cabo.

Y lo amaba.

Solo dios sabía la intensidad de sus sentimientos.

— No seas ridícula. Es solo que si lo hubieses visto estaba tan preocupado y se quedó toda la noche cuidándote.

La noche anterior seguía siendo un misterio para ella. Ni siquiera podía recordar de qué manera había logrado llegar a su antigua casa y era aun mas misterioso el por qué decidió ir a ahí. Expulsó aquellas dudas y se concentró en su amiga—. Si, pues el muy idiota no fue capaz de ponerme un cojín, si lo hubiese hecho no me habría golpeado la cabeza.

— Lo hizo —señaló Alice—, fue el mismo que lanzaste a la puerta —apuntó con su pulgar la entrada donde la tela dorada brillaba en el piso— Y gracias al cual me desperté, idiota.

— A veces me cuesta reconocer de cual de los dos lados estás.

— Es obvio —contestó con voz solemne, encendiendo la cocina para calentar un poco de sopa—, del lado del amor.

Ambas se observaron un segundo hasta que estallaron en sonoras carcajadas.

—¡Puta madre, mi cabeza! —lloriqueó la castaña.

—Tu, frentona estúpida, te dije que cuidaras tus palabras —exclamó Alice, golpeando el mesón de la cocina—. Como te haga poner un dólar más en el frasco me haré millonaria y de verdad lo necesito. Estoy hasta la madre de atender idiotas alcohólicos. Nada personal, no me veas así.

—Yo no soy alcohólica —musitó Isabella sin mucha convicción. Sabía que estaba bebiendo bastante últimamente, pero era solo porque quería distraerse y evadirse un poco.

Divertirse era fácil cuando tu mejor amiga trabajaba en un bar y era novia del dueño.

—Por supuesto que no. Solo bebes ¿qué? ¿Ocasionalmente?

—No empieces como Edward.

—Y tú no te conviertas en tu madre —golpe bajo, Alice lo supo en cuanto vio el rostro enojado—. Sabes que eres mi amiga y te quiero, por eso no me puedo callar. Has estado bebiendo mucho, no me gusta. Ayer estaba aterrada, por eso llamé a Edward, de verdad sé más considerada con él, salió corriendo a buscarte.

— Lo odio. ¿Por qué no simplemente me deja y ya?

— ¿No fuiste tú quien lo dejó?

La castaña reposó la cabeza sobre el brazo del sofá y cerró los ojos— No lo sé —susurró con tristeza luego de un rato—. Con Edward nunca termina. Es como esas relaciones eternas en las que siempre sabes que esa persona va a estar para ti y eso me hace dudar. Con él, el dos es impar.

— Sabes que no entiendo ni una palabra, ¿verdad?

Abrió solo un ojo para verla— Claro que no, ni siquiera yo lo hago —y volvió a cerrarlo—. En fin —suspiró—, sírveme un poco de sopa.

—Yo no soy tu criada.

— ¡Oh, vamos! Me obligaras a llamar a Edward para que lo haga.

—Deja de molestarlo. Ya bastante trabajo tiene como para encima convertirse en tu niñera. ¡Cabrona ingrata!

Del otro lado de la ciudad, Edward volvía a estar frente al mismo ventanal de la tarde anterior y jugueteaba con el mismo anillo en su bolsillo. El día estaba menos brumoso, al menos en el exterior, ya que su interior se había vuelto un tormentoso caos. Su mañana había comenzado siendo una reverenda mierda, así como su noche y el resto del día. Ver a su chica en las condiciones que la había encontrado le estaba partiendo el corazón, sobre todo al tener la certeza absoluta de que nada de lo que hiciera la ayudaría. Él, era un hombre de carácter, nunca se dejó manipular por nadie, pero bastaba ver ese par de ojos avellanados llenos de angustia y de tristeza para aminorarse por completo.

Desde el primer momento que la vio, sentada en una banca del colegio, con unas gafas negras más grandes que su cara y una falda escocesa típica del uniforme, se había encandilado. Él era dos años mayor que ella, y por regla, siempre buscaba chicas mayores que él, universitarias de incluso cinco años más que los suyos, pero eso no importó. Ni siquiera el novio súper fuerte. Ni la paliza que éste le dio.

Nada le importó.

Ignoró su rechazo e insistió.

La quería a ella.

Por eso cuando al fin consiguió su numero no dudó en llamarla. Tras conseguir su dirección la visitó.

—No creo haber conocido a alguien más tenaz que tu, Edward —fue la primera vez que lo llamó por su nombre. Claro, él había tomado un avión en dirección al norte, más allá de Inglaterra, a Escocia, solo para visitarla durante vacaciones, en casa de sus abuelos maternos.

Lo sabía desde que la vio. Ella sería su pareja aunque fuese por cansancio.

Apoyó cada una de sus decisiones, la acompañó en sus alegrías y se mantuvo firme frente a sus penas, vivía por ella. Pero ahora se sentía superado.

Llevaba tres años respirando con cuidado para no dañar con uno de sus suspiros el caparazón de su mujer. Verla tan perdida le aclaraba que él no era ayuda en lo más mínimo.

La había absorbido tanto que la había debilitado.

La había convertido en otra persona.

Una que no le gustaba en lo más mínimo.

Mientras recordaba el rostro de su chica bañado en lágrimas, pensaba en que lo mejor sería dejarla sola. Ya no era capaz de soportar estar con alguien que lo arrastraba constantemente y con tanta fuerza al camino contrario que él quería recorrer.

Había estado en el pasado con muchas mujeres, demasiadas. Era fuerte, dominante y se sabía guapo, pero tras la desgraciada muerte de Mía se había convertido en el felpudo de Bella y ya no quería más aquello.

—Soy fuerte, pero no puedo vivir una vida por los dos —tecleó en su teléfono. Mantuvo la pantalla frente a sus ojos y miró durante un rato esas palabras.

Debía volver a tomar las riendas de su vida.

Presionó enviar y dejó que sus parpados descansaran un momento.

Lo siento nena, pero yo soy fuerte y es hora que tu también empieces a serlo.

Con ese ultimo pensamiento, dio media vuelta, apartándose del cristal y buscó las llaves de su automóvil, debía ordenar las cosas de su apartamento y buscar un buen corredor de propiedades.

Quiero vivir mi vida contigo, pero no vivirla por ti.

No voy a vivir por ti, Bella Swan.

No por ambos.

En el apartamento de Alice, Bella se sentó a piernas cruzadas frente al gran ventanal hasta que la noche le cayó encima, sostuvo su celular con manos temblorosas y el corazón terriblemente apretado.

Esa noche no fue capaz de beber ni una sola copa.


*Hebe asoma su cabeza por la ventanita, avergonzada*

Holas...

Holitas...

Hellooowwww!

¿Se acuerdan de mi?

Pues qué les puedo decir, no mucho, aunque si algo súper importante, creía que había perdido este fic y adivinen qué, lo encontré hoy día. Las segundas buenas noticias (al menos para quienes quieran seguir leyendola) es que tengo varios capítulos terminados. Cuatro más.

Así que pienso terminarla.

Y bueeeee...ojala que les guste. Desde hoy respondo reviews, asi que para quienes tengan dudas solo haganmelas saber.

Les dejo un adelanto del proximo capitulo, que como está terminado pienso colgar pasado mañana a ver si así las entusiasmo a seguir leyendo esta historia.

— ¡Déjame! —gritó Bella, sacudiéndose vehementemente para soltarse. Estaba ebria, pero no ida.

Comenzó a dar taconazos a ciegas con desesperación. De ninguna manera dejaría que un idiota, hijo de puta, le pusiera las manos encima.

Segundo error en la misma noche.

Una bofetada impactó de lleno en su mejilla. Sintió la cabeza arder y pronto descubrió que acababa de darse contra el espejo. Tocó su frente instantáneamente al sentirla húmeda y vio la sangre sobre su mano.

— ¡Hijo de puta! —chilló dando golpes a ciegas.

Estaba aterrada y no podía pensar en nada. Su primera prioridad era salir de ahí. Se sentía dentro de una pesadilla, de esas que te dejan marcas, no las que se olvidan al abrir los ojos por la mañana.

Y, quieren seguir leyendo? Espero que si...

Besos, abrazos y cursilerias varias!

muá!