Capítulo 2
Eran viernes y por alguna extraña razón la gente rehuía de ir al dentista los viernes, lo cual no entendía porque la anestesia era la misma que la de los lunes. Quizá es que tenían miedo a que le dejase la lengua tonta para la cita de por la noche. El caso es que me encontré con una hora de almuerzo en vez de la media que solía tener. Entre una cosa y otra me sobraban minutos de todos lados. No había nada que ordenar, ni papeles atrasados, ni asuntos para ir adelantando.
Así que decidí que podría ir a hacerle una visita a Emma en vez de quedarme mirando las paredes como un imbécil. También era su hora libre. Lo sabía porque no era el primer viernes que me ocurría eso.
Me puse la chaqueta y cogí las llaves del coche. Veinte minutos después estaba sentado con ella, riendo y hablando de nimiedades. Me encantaba cuando me sonreía de esa forma como ahora. Era como un reto para mí, hacer que progresara con sus pequeñas dificultadas. Siempre me había sentido atraído a gente con algún tipo de… barreras. Quizá por eso me la había llevado a Las Vegas para hacerla mi mujer, para estar seguro de poder siempre mejorarla. O al menos yo llamaba a aquello hacer mejoras.
Pero entonces volvió a tocar la campana que me decía que me despidiese. Se le había pasado el tiempo volando, y al ver su cara supe a ella también. Esperé a que todos los alumnos abandonaran el pasillo que se abarrotó y hacia en apenas dos minutos, para darle un beso de despedida como Dios manda.
-Nos vemos luego, Ems –le guiñé un ojo a través de las cristaleras. Aún la estaba mirando cuando volví la esquina y me encontré a un obstáculo.
Bueno, yo considero que debería de estar prohibido llamarle obstáculo a una mujer como aquella. Lo primero que me llamó la atención fue su largo y sedoso pelo rubio que le caía por los hombros como una cascada. Y era alta, eso lo supe nada más chocar. Estaba convencido de que si se bajaba de sus tacones seguiría siéndolo.
-Perdón, profesor –su voz me distrajo del recorrido que estaba haciendo por sus curvas y rápidamente dirigí mi mirada a sus ojos, azules en los que casi me pierdo al instante.
Supongo que no estaba bien que mirase así a ninguna chica acabando de dejar a mi mujer a unos treinta metros de distancia, pero es que habría que ser de piedra para no hacerlo.
