Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia a Kris Salvador.

Adelanté la actualización porque no podré subir el capítulo este miércoles, espero lo disfruten.

¡Gracias M! Besos.

Preludio Parte 2

XXX

Ya no podía soportarlo. Tenía que follarlo. Con una cantidad monumental de esfuerzo, me giré para encararlo, envolviendo mis brazos alrededor de su cuerpo, mi cabeza topando con su barbilla. Nadie nos prestó atención. Me temblaban las rodillas y mi corazón estaba latiendo tan fuerte que estaba segura saldría disparado de mi pecho. Aspiré su aroma, picaresco con un persistente olor a tabaco de un fumador constante, y era al mismo tiempo repugnante y excitante. Traje mis labios a su mandíbula, su barba raspando mi piel.

"¿Dónde?" entonces sonrió. Joder. Esperaba que se cepillara los dientes. Como si en verdad me importara que lo hiciera. En ese momento, no importaba si era un fenómeno, un psicópata o lo que fuera. Lo deseaba.

"Bajémonos en la siguiente estación," dije y él sonrió. Apretó su decisión, su polla dura contra mi estómago. Cerré los ojos y me enfoqué en esa sensación. Estuve tentada a empinarme y dejar que él me tomara justo ahí en el tren. Joder, joder, joder.

Hijo de puta. Mi celular estaba vibrando, interrumpiendo mi plan mental. Lo saqué de mi bolso. Rosalie me estaba buscando. "¿Dónde estás?" leía el mensaje. "Tengo una emergencia. No llegaré a casa esta noche." Mis manos temblaban mientras escribía el mensaje. Joder. ¿Así de cachonda estaba? ¿Deseaba que un hombre extraño me follara? Joder. Sí lo deseaba. Deseaba su polla, la grande y dura como palo polla que estaba restregando contra mí.

La estación Sumner llegó una eternidad después. Mi clítoris se estremecía y mis leggings estaban empapados y podría jurar que todo mundo podía olerme en ese instante. Él me sacó del tren y fuera de la estación. Conocía el pueblo, había estado ahí en un par de ocasiones pero una punzada de inquietud me atravesó por un segundo. No conocía aquel hombre y era una tierra helada, con muchos lugares aislados donde se podía tirar cuerpos. Su mano apretaba mi brazo con sus dedos clavados en mi carne mientras me jalaba a través de la multitud.

Se detuvo. "¿Conoces algún lugar?"

Debí haberle preguntado. "¿Vas a matarme?" pero lo miré, lo miré en verdad y eso no sonaba para nada apropiado. Tenía los ojos más verdes que jamás había visto y debajo de una barba de una semana, se escondía un fuerte y sorprendente rostro. Destacados pómulos, labios carnosos que me hacían olvidarme de dientes amarillos. Tatuajes recorrían su cuello y yo traté de imaginarme cómo lucía el resto de su cuerpo, pero no lo logré; abrumada por una renovada ola de lujuria. Pretendí pensarlo un minuto y tan pronto como asentí, él comenzó a caminar de nuevo arrastrándome hacía la dirección que recién había señalado.

"Posada Los Caballeros," dije. "A un par de cuadras de distancia."

"¿Tienes dinero?"

Hmmmm, así que yo iba a pagar. Fui a la recepción de la posada para registrarnos, dejándolo solo en el estacionamiento. A pesar de que era tarde, yo era el único huésped en el vestíbulo.

XXX

Joder.

Sólo tenía $20 dólares conmigo, lo suficiente para llegar a Tacoma donde el chofer de Carlisle me recogería. La posada costaría al menos $45 dólares.

"¿Tienes dinero?" Mejor que lo tuviera, de lo contrario sería follada contra la pared más cercana. Ella asintió, mirándome como si estuviera lista para comerme vivo. Maldita sea, la chica estaba cachonda. Sería mejor que tuviera 18 años, por lo menos, o si no regresaría derechito de donde venía. Follar a una menor de edad seguro era una violación a mi libertad condicional. Se me había otorgado la libertad para viajar fuera del estado por razones familiares sólo porque mi tío Carlisle era amigo del jefe de policía de un pueblo abandonado por Dios llamado Forks. Incluso su nombre sonaba estúpido. Papá lo había escogido por encontrarse lo más lejos posible de Chicago. Pensaba que la distancia me haría algún bien, que me mantendría lejos de problemas. Supongo que los problemas tenían su propia manera de encontrarme.

Cuando la vi por vez primera dentro del tren, apenas captó mi interés. Una pequeña y linda morena con culo apretado y tetas pequeñas. Lucía demasiado joven. Pero cuando comenzó a hacer ojos a cualquier cabrón que la miraba, supe entonces lo que ella estaba pidiendo. Rogaba por ello. Y yo no había tenido a ninguna mujer por algún tiempo, la prisión y mi entrometido padre se habían asegurado de que así fuera. Cuando me paré detrás de ella y capté el aroma de su mojado coño, sabía que estaba perdido.

Ella volvió hacía mí, después de registrarnos en una posada. El calvo, gordo y viejo hombre detrás del mostrador probablemente asumió que ella se había registrado sola.

"La última cabaña a la izquierda," pude escuchar el gemido sin aliento bajo sus palabras. Le di mi mejor sonrisa.

Aún antes de que la puerta se cerrara, sus labios estaban sobre los míos y mi mano entre sus piernas. Metí mi dedo debajo de su falta, a través del corte obsceno de sus leggings; penetrando profundamente su coño. Ella gimió, restregándose en mi mano. Caímos sobre la cama, nuestras bocas sin despegarse. A la mierda lo lento y lo sensual. La chica estaba poseída, salvaje y bestial, rogando por ser follada. Por ser tomada como un animal. Por ser montada duro y rápido. No me molesté si quiera en quitarle por completo la ropa. El botón de mis pantalones no podía abrirse, así que ella me ayudó con dedos temblorosos. Finalmente ella fue capaz de bajar mis pantalones y mi polla se liberó, dura y orgullosamente parada pidiendo atención. Su mirada sorprendida se posó un instante en mis gruesos y enmarañados pelos púbicos y casi me reí a carcajadas. Probablemente no debería mencionarle que sólo los maricas se rasuran en la prisión.

Rasgué sus leggings y los aventé al piso.

"Ábrelas bien, dulzura."

Ella abrió ampliamente sus piernas, tanto como pudo y yo me coloqué frente a su coño. Me deslicé lentamente y jódeme, casi me vine justo en ese momento. Había pasado mucho puto tiempo. Nadie había tocado mi polla en toda la temporada que pasé en prisión, salvo por la puta Ernesta. Quien pensé estaba lo suficientemente limpia y gritaba ¡puñeta! ¡puñeta! cuando se corría. Sin embargo, esta chica estaba tan apretada, que pareciera como si su coño no había sido usado en mucho tiempo. No era virgen, de eso estaba seguro, pero joder si no se sintiera como si lo fuera.

"Ohdiosohdiosohdios…," jadeó sin parar mientras la embestía. Estaba dotado, mi polla un poco demasiado grande y era toda una labor preparar coños para que yo entrara. Pero ella estaba tan húmeda que me deslicé suavemente, tan profundo como pude de una sola vez.

"Ahhhhhh…" tan bueno. Demonios, ¿a quién le tenía que agradecer por mi suerte? Me salí, antes de embestirla de nuevo acelerando la velocidad… me deslizaba afuera y golpeaba mi polla contra su clítoris. Sus gemidos se convirtieron en ruidosos maullidos. "¿Justo así, verdad?"

La atraje más cerca hacía mí, colgando sus piernas sobre mis hombros y la embestí tan fuerte que mis bolas pegaban contra su trasero.

Ella gritó con su primer orgasmo. Ahhhhs y joderes, contenidos dentro del tren, ahora salían de su boca con pasión. Yo continué. Dentro. Fuera. Empujando, empujando y empujando. Su cuerpo se retorció, sus palabras se volvieron incoherentes y lloriqueó por el placer, como una hiena poseída. Tan jodidamente dulce.

Mi polla la llenó completamente, las paredes de su coño se contraían con cada embestida, estimulando hasta la última de sus terminaciones nerviosas. Ella gimió y me gritó obscenidades y yo me quejé y le gruñí de vuelta, amándola en ese instante; amando el placer que me estaba dando con abandono. Amaba la sensación de libertad, de la anonimidad, de ser instintivo, de follar salvajemente a una chica salvaje.

La jalé hacia arriba, suspendiéndola en el aire hasta que mi polla estaba casi toda afuera, (la chica era ligera como una pluma) y la empujé de vuelta hacia abajo sobre mí. Rudo, fuerte. Una y otra vez. En un momento, mi polla se resbaló de su coño, haciendo un húmedo y pegajoso sonido. Ella buscó entre mis piernas, me agarró con avidez y me metió de nuevo dentro de ella.

"No pares. No pares. Joder, no pares. No pares de joder."

No lo hice. La recosté en la cama, con la cabeza colgando y la atraje apretadamente contra mi entrepierna. Ella cruzó sus piernas alrededor de mi trasero, atrayéndome aún más profundo. Maldita sea. Pequeña perrita impaciente. La follé más rápido y duro de lo que nunca antes había follado a nadie. Incluso las putas de la prisión no permitían este abuso, esta bestialidad. A cada embestida ganaba un grito. A cada grito, un joder. Ella se levantó, impaciente porque aún no me corría. Mordió mi cuello, yo apreté su culo. Ella tiró de mis lóbulos de mis orejas con sus dientes y sus uñas cavaban dolorosamente en mis hombros. Luego… ella rasguñó mi espalda. Tan profundo que me sacó sangre.

"¡JODER!" Mi cuerpo entero se disolvió en su sedoso y apretado coño.

Mis caderas cedieron y caí sobre ella, enterrando mi rostro en su cuello. Estaba a punto de venirme, me estaba viniendo. Embestí como desquiciado, sin gracia ni coordinación. Ella elevó sus caderas, llevando muy profundoprofundoprofundo mi polla dentro de ella. Nuestras entrepiernas estaban presionadas entre sí, piel contra piel. Ella contrajo lo músculos de su vagina, apretó y…

"¡JODER!" Estrellas bailaron frente a mis ojos y agarré sus caderas tan fuerte que sabía que ella iba a tener moretones por la mañana. Carajo si no me corrí demasiado, tan duro. Los espasmos me sacudieron mientras chorros calientes y pegajosos de blanco semen salían de mi polla llenando su coño.

Quería gritar puñeta tal como lo habría hecho Ernesta. Puñeta. Puñeta. Joder, joder, joder. Fue tan bueno. Tan putamente bueno.

Me contuve, tanto como pude, saboreando la sensación de su coño acariciando mi polla mientras ella terminaba su propio orgasmo. Me salí antes de que pudiera aplastarla en la cama y me recosté a su lado, sin habla. Ella estaba tendida sobre su espalda y mirando hacía el techo, con ojos vidriosos. Aún estaba completamente vestida de la cintura hacía arriba. Aunque debajo, era otra historia. Estaba húmeda y resbaladiza entre sus piernas, su coño maltratado y rojizo. Mi semen, mezclado con sus jugos, mojaba las baratas sábanas de algodón. Aún yo tenía puesta mi camisa, sin pantalones ni ropa interior. De alguna forma su blusa se abrió y sus senos se asomaban con los pezones erectos. Sus piernas todavía estaban temblando al igual que las mías. Ambos jadeábamos, sin aliento.

Carajo si ella no era la mejor follada del siglo. Carajo si su coño no era el coño más apretado que jamás había follado en mi jodida vida entera. Quería follarla por detrás, quería follar su culo, su boca, cada orificio abierto. De pie, abierta de piernas, boca abajo sobre el sofá marrón. Después de que la comiera. Jodido Jesucritsto. La idea de comer su dulce y joven coño era suficiente para alegrar mi flácida polla.

Se volteó hacia mí y me dio una amplia sonrisa. "¿Quieres tomar una ducha?"

XXX

Nunca había estado tan cachonda, tan necesitada que estaba dispuesta a tirar todo; prudencia, moralidad, todo por la borda, y a ser tomada en un motel barato por un extraño que ligué en un tren. Pero maldita sea si él no había valido cada puto segundo de mi pedida de cordura. Estaba tan dispuesto, desquiciado incluso, y me hizo sentir poderosa, saber que alguien podía desearme tanto de esa manera.

Yo, Isabella Swan, hice correrse a un hombre tan duro que casi se desmayó.

Lo miré y le di una sonrisa. "¿Quieres tomar una ducha?"

Me sonrió de vuelta y la fatiga se fue a la mierda. Se levantó, llevándome con él hacía el baño.

El agua caliente se estrellaba contra mí, relajando un poco mis maltratados músculos. No pasó mucho antes de que sus manos estuvieran sobre mí, como si no pudiera evitarlo. Agarró el pequeño jabón de la posada en su larga mano y comenzó a acariciar mis pechos con ella.

"Mmmmm, eso se siente bien," murmuré.

Se enjabonó el pecho y me jaló contra sí. Comenzó a enjabonarme de arriba a abajo mi cuerpo, el jabón resbaladizo y mojado. Talló mi coño con el jabón hasta hacer una espesa y cremosa espuma y no pude evitar gemir, como la cachonda putilla que era. Carajo si no se sentía tan bien.

Mientras saboreaba la sensación, él se detuvo y me dio el jabón, ordenándome que enjabonara su cuerpo entero. Lo obedecí y comencé a tallarlo permaneciendo más tiempo en su polla que se endurecía rápidamente, en parte porque estaba fascinada (¿cómo diablos metió esa cosa dentro de mí?) y en parte asegurándome de que estuviera lo suficientemente limpia. Estaba segura que él me pediría una mamada. Era un hombre, ¿no es así? Abrió la regadera al máximo, enjuagándonos a ambos. Comenzó a lamer mi cuello, su cálida lengua arrastrándose larga y fuertemente sobre mi piel. De nuevo estaba húmeda incluso antes de que tuviera la oportunidad de recuperar el aliento. Gemí, incitándolo y él me empujó contra la pared y chupó mis pezones. Fuerte. Contuve un grito. Dolía tan jodidamente bien. Luego él se agachó y atacó, sí, atacó mi coño. No había otra palabra para expresarlo. Con dientes, labios y lengua. Chupando, mordiendo y lamiendo. Subió mi pierna derecha sobre su hombro y mierrrrrrrrrda. Enseguida me corrí. Chupó más fuerte. Más y más hasta que ya no podía soportarlo. No podía respirar, apenas si podía sostenerme de pie. Tomé su cabeza y le dije que parara.

"Es mi turno," le dije.

Se levantó, tomó su polla en la mano y la apuntó hacía mí.

"Chúpala, dulzura."

Obedientemente me arrodillé ante él, con la intención de darle la mamada de su vida. Una buena acción no debía quedar sin recompensa decidí, y chico, él amó su premió. Gimió, gruñó, siseó y me dijo baby en repetidas ocasiones. Lamí sus bolas, toqué su culo, pasé mi lengua por donde el sol no brilla. Fue imposible para mí meter toda su longitud en mi boca así que lo lamí como paleta. Arriba y abajo por su polla. Estaba circuncidado, facilitándome girar mi lengua en el glande. Después de varios minutos de chupar y lamer, me pidió que me levantara y me recargara contra la regadera. Sin advertencia, hundió su grande y dura polla dentro de mí. Grité y eso le gustó. Empezó a embestir, sus muslos haciendo ruido al estamparse contra mi trasero. Podía escuchar su polla deslizarse dentro y fuera, pues mi coño hacía ruidos pegajosos con cada embestida. Lo amaba. Jodidamente lo amaba. No tarde mucho en correrme de nuevo. Él me siguió poco después.

Nos pasamos el resto de la ducha perezosamente acariciándonos, abrazándonos y besándonos uno al otro hasta que el agua se volvió fría y tuvimos que salir del baño. Fuimos a la cama desnudos y pronto nos dormimos, completamente agotados.

Desperté unas horas después antes del amanecer y encontré al extraño durmiendo. Me vestí silenciosamente y me alisté para marcharme, mi valentía y sentido de aventura me habían abandonado completamente. No quería que él despertara, demasiado asustada de que él me pidiera mi número o mi nombre. No quería tampoco saber el suyo. Salí de la habitación y cerré la puerta sin hacer ruido.

Le dejé pagada la habitación al gerente otro día más, en caso de que el extraño lo necesitara. Estuve tentada a dejarle dinero sobre la cómoda, pues parecía necesitar ayuda, pero no quise que él pensara que le estaba pagando.

Tomé el primer tren a Tacoma, manteniendo mi mirada abajo y tratando de estar lo más alejada posible de la gente. Llegaría a mi dormitorio, vería a Rosalie y tal vez iría a casa a Forks por algunos días. Hibernar. Lo necesitaba, después de aquella aventura surrealista.

Había saciado un antojo, una curiosidad. Tenía una fantasía cumplida y había sido buena. Tan buena que no creía que nada ni nadie pudiera superarla.

Pero si sirve de algo, no pensé que la experiencia se volvería a repetir. Una vez bastaba.

No sabía cuán equivocada estaba.

XXX