Llegaron a King's Cross vestidas de luto. Fueron conducidas desde la casona en vehículos del ministerio, como un último lujo del que gozaba la familia por la profesión del fallecido auror. Sarah estaba más delgada y demacrada a causa de la pena. Antes de salir de casa apenas se había interesado por las cosas que las mucamas habían puesto en los baúles y ni siquiera podía decir con certeza si estaban todos sus materiales para el nuevo año escolar, dispuestos y ordenados como a ella le gustaban. Incluso las ropas que vestía en ese momento no tenían ni la mínima pizca de atención de su parte. Se dejaba conducir como una autómata de lado a lado, como un mueble.
Chiquilla, se te hace tarde para el tren- decía la vieja Elroy a su lado, rescatando de entre los bártulos, el equipaje de mano para que la muchacha lo llevara consigo en los compartimentos del tren – y agarra bien a Felicia para que no se te escape- repetía irritable ya que no le gustaban los gatos. Sarah parecía no estar escuchando. Se afanaba en juguetear con uno de los botones de su abrigo completamente ajena a lo que ocurría a su alrededor. Llevaba el negro y largo pelo amarrado en un laborioso moño alto, enroscado sobre si mismo el cual quedaba oculto bajo un sombrero negro muy a la moda muggle que le daba un aire elegante, a pesar de su corta estatura y facciones un poco toscas. La vieja Elroy solía decir muy enigmática que la ropa cubría cualquier defecto por muy obstinado que fuera y que habría dado la mitad de sus años de casada por que la muchacha hubiera heredado algo de la belleza de las mujeres de su familia. Sarah no entendía porque decía eso su nana puesto que la verdad era que en la familia Marlowe no había mujeres muy agraciadas. Su misma tía Phoebe era bajita y regordeta como ella, con nariz de gancho y se la pasaba sorbiéndose los mocos debido a sus numerosas alergias. Quizá lo decía por su madre quien en verdad era una linda mujer, pero no la había alcanzado a conocer y cuando preguntó por ella la primera vez, su padre le había prohibido volver a mencionarla en su presencia. Ese día se ganó un castigo de tres días con las gallinas de su nana, hasta que su padre decidió que era tiempo de contarle un poco acerca de sus orígenes. En realidad, y pasados unos meses se enteraría de ello, la vieja Elroy había estado suplicándole al hombre que tuviera un poco más de instinto "paternal" con la niña. Frederick era un buen padre, pero simplemente era un hombre muy tosco y eso no cambió con los años, sino que empeoró. Cuando la requirió ante su presencia, la hija estaba toda sucia de barro, temblando de frío y apestando a corral. Su vestido a cuadrillé rojo y blanco estaba embadurnado de algo que parecían las heces de las gallinas y sus grandes ojos verdeazules lo miraban con profunda pena y temor, pero algo había en ella que lo enternecía a pesar de su rudeza.
Tu madre murió cuando naciste.- le dijo sentado en su sillón favorito frente a la chimenea donde colgaba su retrato, mirando atentamente el fuego – Cedrella Buttler… ojalá no hubiera existido- y diciendo esto con gran amargura agitó su varita y una foto antigua apareció en las manos de Sarah. La mujer que saludaba coqueta desde la fotografía era una muchacha preciosa. Llevaba puesto un vestido de percal floreado con los brazos descubiertos y un lindo sombrero veraniego puesto en la cabeza. A pesar del sepia, podía advertirse lo rubio de su pelo y lo claro de sus ojos. Tenía más menos la estatura de su padre, sin duda alguna, por lo largo y delgado de sus huesos que parecían nunca llegar a término. Parecía muy feliz.
¡Despabila de una buena vez!- decía la vieja Elroy mientras le tironeaba de un brazo hacía la columna que había entre la plataforma nº 9 y la nº10 de la estación. – en eso eres igualita a tu madre, que en paz descanse, ¡una mema!- y le hacía señas a los magos que las acompañaban para que tomaran los carritos con los baúles escolares de Sarah.
Mi madre no era mema – respondió con aire distraído mientras atravesaba la columna – era simple- completó arreglándose el sombrero que con el viento que corría en la plataforma 9 ¾ se le volaba.
Había mucha gente corriendo de aquí para allá con baúles y animales. Las familias se reunían junto a los bordes del andén para despedirse de sus hijos y nietos a los cuales no volverían a ver hasta navidad y entre el ulular de lechuzas y el croar de las ranas se escuchaban los llantos algunos de los alumnos de primer año que no querían viajar solos. Era la primera vez que Sarah se enfrentaba a ese adiós como huérfana aunque su padre nunca la hubiera ido a despedir antes como lo hacían los otros papás. Ella atinaba a figurarse que el hombre se encontraba cerca del lugar, pero que era demasiado rudo para las despedidas y optaba por mirarla desde lejos. A veces hasta se lo imaginaba saliendo de su escondite para correr junto al tren por el andén mientras este se ponía en marcha y ella agitaba el pañuelo francés que le había enviado de regalo para su cumpleaños. Pero esta vez era distinto. Ni con toda su imaginación podría ocultarse a si misma el hecho de que su padre había muerto hacía dos semanas por causas desconocidas. Aunque el ministerio insistiera en la teoría del asesinato, la intuición de Sarah le advertía que había algo mucho más siniestro detrás de su muerte, pero cuando había abierto la boca para decirle lo que pensaba a la vieja Elroy, la mujer montó en cólera diciéndole que parara con sus fantasías y dejara en paz a su padre alguna vez. Como es lógico, Sarah se enfureció y agarró una pataleta descomunal que sólo acabó cuando su nana le dio un par de zurras por el trasero y la mandó a limpiar sin ayuda de la magia todas las ollas de la cocina. Lo cierto es que a pesar de que la muchacha era tranquila, daba muchos problemas cuando sacaba a relucir su tremenda imaginación. O al menos, así le llamaban los adultos a su intuición, ya que no estaban acostumbrados a ese lado de la magia que era más bien propio de las criaturas mágicas. En una ocasión, cuando las amigas de tía Phoebe tomaban el té en la galería del patio trasero, la muchacha no se resistió a entrometerse en la conversación que una de las mujeres sostenía un tanto angustiada.
Entonces la serpiente se transformó en un niño y ese niño luego tenía un gemelo- repetía mientras sorbía nerviosa el té – y ambos se atacaban con cuchillos, Phoebe, fue espeluznante- terminaba llorosa ante aquella visión.
¡Que espanto de sueño!- decía tía Phoebe – gracias a Dios sólo son…
Su marido la engaña.- Interrumpía una vocecita infantil que hizo a una de las amigas de tía Phoebe escupir su té de la sorpresa.- Su marido la engaña y usted sentirá que le entierran golpes de cuchillo cuando se entere- dijo Sarah mientras jugaba la rayuela dibujada en los adoquines con un tono distraído sin reparar en absoluto en el efecto de sus palabras. Acto seguido una enfurecida tía Phoebe reclamaba sin parar el bochorno que aquella criatura le había hecho pasar frente a sus amigas, en el despacho del sr. Marlowe quien estaba ensimismado leyendo un número de El Profeta. La mujer tenía a la niña agarrada de una oreja y la tironeaba a ratos. Sarah lloraba de dolor.
¡Oh, Frederick! Dile algo a esta revoltosa, que a mí me da algo- decía furiosa- ¡Qué vergüenza!
Cuantas veces te he dicho, Sarah, que no hagas esa clase de travesuras- decía inconmovible el sr. Marlowe mientras leía El Profeta
Pero padre yo no he hecho ninguna travesura- lloraba la niña sin entender la furia de su tía. – Esa señora es una cornuda, su sueño lo dice.- Su padre dejó de leer el diario para poner atención a lo que acababa de decir.
¿Te das cuenta, Frederick?- gritaba la tía Phoebe- ¡Te das cuenta! Miente en mi cara, ¡Yo te oí pequeña musaraña! ¿Qué pensará Helen de mí ahora?- Se lamentaba para sí mientras Sarah intentaba zafar su oreja de las manos de su tía.- que más se puede esperar de una niña como tú, con la madre que tuviste una… una- Pero no pudo terminar de decir nada. En tanto salió a flote el tema de la madre de Sarah, el señor Marlowe dejó el periódico que leía sonoramente encima del escritorio y miraba amenazante a su hermana.
Te lo advierto, Phoebe-
Desde ese día cada vez que Sarah interpretaba un sueño o predecía algo del futuro, la enviaban a su cuarto o al gallinero castigada. Todos creían que la niña tenía mucha imaginación y que era, sin duda, muy desvergonzada, pero en vano fueron los esfuerzos de la familia por corregirla y con los años las habilidades de Sarah no hicieron más que aumentar considerablemente, llegando al punto de predecir el clima y el sexo de los pollitos antes de que rompieran el cascarón. La vieja Elroy la defendía diciendo que eran cosas de la edad y que muchos niños andaban por ahí viendo cosas e interpretando sueños. Cuando madurara iban a acabar todas esas cosas y podrían descansar, pero los Marlowe estaban lejos de dar crédito a la mujer. Dentro de poco sus parientes dejaron de invitarla a las navidades, cumpleaños y pascuas, puesto que se la pasaba la velada entera interpretando los sueños de quien quisiera preguntarle. Frederick estaba poco preocupado en que su hija fuera una pitonisa mientras algún día demostrara tener sangre mágica y poder convertirse en bruja, pero su tía Phoebe estaba al borde de un colapso y el día en que Sarah vaticinó la muerte de su propio padre la pobre mujer agarró sus cosas y se marchó para siempre de la casona.
Me rindo con esta chiquilla- decía a su hermano mientras tomaba un coche hacía el centro de Londres con todos sus baúles y demás cosas personales. – adiós, hermano-
La devolvió al presente el sonido de la locomotora poniéndose en marcha. La vieja Elroy daba instrucciones a los cargueros para que tuvieran cuidado con los bártulos y baúles cuando los subieran al tren. Sarah pescó a Felicia y se encaminó hacia donde se encontraba su nana. Tenía los ojos llorosos y agarraba firme de su equipaje de mano para mantenerse erguida, pero no pudo reprimir un sollozo lastimero.
¿Murió porque yo lo dije, nana?- preguntó con profunda culpa.
No seas tonta, chiquilla, ni que tuvieras poderes sobre el curso del tiempo- contestaba severa la vieja Elroy al momento que le daba pequeños empujones a la muchacha para que subiera al tren – toma tus cosas y buen viaje- recomendaba cariñosa – Nos veremos en navidad y para entonces tendremos el jardín del patio aun más limpio de malezas-
Sarah se subió al tren con Felicia en brazos y asomó su cabeza por una de las ventanillas al momento en que comenzaba a ponerse en marcha. La vieja Elroy agitaba un pañuelo blanco a modo de despedida y le daba recomendaciones a su patroncita mientras la veía alejarse tras una columna de humo en la vuelta de la loma.
