Buenos chicos, aquí os traigo el capítulo1, en el cual, se introducen los personajes manejados por los usuarios de foros de pikaflash.


Capítulo 1: El Comienzo de Todo

"He cumplido con mi trabajo por hoy. Aquellos antiguos guerreros del bien y el mal, ya están convertidos en espíritus, repartidos por el Mundo Digital, esperando a que algún incauto humano les encuentre.

Por un lado, acabo de llamar a los humanos al Mundo Digital. Todos, a su manera, han respondido a mi llamada…

Por otro lado, sorprendiéndome a mí mismo, me he quedado con algunos espíritus, a los que he dado vida, convirtiéndolos en mis siervos. Tuve una gran revelación, y tras meditarlo mucho, decidí alterar las reglas de mi pequeño fuego. ¿Estorbarán mucho mis ayudantes a los humanos? No tardaré en descubrirlo: les he enviado en su búsqueda."


Momentos antes... en el Mundo Real...

Botó la pelota un par de veces antes de tirar. Miró concentrado la trayectoria de la pelota, como si eso fuese a ayudarla a entrar en el aro. Chocó contra este, rodó por él y finalmente cayó fuera.

-Maldición, tendré que empezar de nuevo – se quejó Jack, recogiendo el balón.

A falta de un entretenimiento mejor, había decidido mejorar su record de encestamientos seguidos, pero cuando estaba a dos de lograrlo ¡Pum! La pelota fuera.

Volvió a botar la pelota con fuerza, avanzó varios pasos y encestó dentro del aro.

-¡Sí! Así me gusta – exclamó sonriendo.

-¡Jack!

Una voz femenina lo llamó desde el interior de la casa, y pronto su madre estuvo asomada a una de las ventanas que daban al pequeño patio trasero.

-¿Qué pasa?

-Llévale esto al abuelo – le pidió, mientras le lanzaba una bolsa, que Jack pilló al vuelo.

-Está bien – accedió, mientras dejaba el balón guardado y cogía su bicicleta.

Sin perder tiempo, agarró con fuerza la bolsa de plástico – de la que no se molestó en comprobar el interior – y se subió a la bici, pedaleando con fuerza. Hacía el trayecto varias veces por semana, así que casi no tuvo que prestar atención de por dónde iba.

Aquella había sido una semana muy aburrida. A menudo decía que quería una vida completamente normal, pero sabía que no era verdad. Él quería acción en su vida, mucha acción. Pero el mundo no tenía tanta como él quería, o por lo menos, no aquel mundo.

En cuanto vio la casa azul de su abuelo, aceleró un poco más y apoyó la bicicleta en el patio trasero, como siempre. Se aseguró que la bolsa de su madre estaba bien y llamó al timbre. No tuvo que esperar demasiado hasta que su abuelo le abrió, con su típica sonrisa.

-¡Jack! ¿Qué tal hijo?

-Bien abuelo – la sonrisa del anciano fue correspondida – Mamá me mandó traerte esto – le mostró la bolsa.

-Oh, otra vez de recadero ¿eh? Bueno, pasa, no te quedes ahí fuera.

Ambos entraron en la casa. No tardaron mucho tiempo en entablar una alegre conversación, que solo fue interrumpida por el sonido del teléfono de Jack.

-Maldición, lo siento – se disculpó el chico, mientras comprobaba el mensaje.

-No sé cómo los jóvenes podéis ir pendientes de eso todo el día – rió su abuelo, pero al ver la cara del otro se preocupó - ¿Qué pasa?

-Dice "La aventura comienza en el Ocaso" – arrugó la nariz - ¿Y eso que significa?

-El Ocaso es la estación de tren que hay a dos cuadras de aquí – le explicó el hombre.

-¿Una aventura en una estación de tren? – cuestionó Jack escéptico.

-Nunca se sabe – su abuelo se encogió de hombros – a mí me parece bastante divertido, y puede que sea emocionante – se acercó a él y le dio una palmada en la espalda - ¡Así que no se a que estas esperando!

-¿Lo dices en serio?

-Claro.

Unos minutos después Jack ya estaba de camino a la estación, todavía algo indeciso. El lugar estaba bastante abarrotado, pero decidió que si de verdad había algo allí, se daría en cuenta en cuanto lo viese, así que empezó a investigar.

Por los alrededores no había nada, nada de nada. Revisó el mensaje mientras entraba en el edificio, intentando encontrar alguna otra pista, pero solo decía lo que le había leído a su abuelo.

Como en la primera planta no encontró nada se decidió a montar en el ascensor. En el aparato no había nadie más, lo que lo sorprendió un poco, cuando iba a casa de su padre tenía que coger el tren, y siempre estaban llenos, alguna vez incluso había tenido que llamar dos veces porque en la primera directamente no entraba. Aunque claro, aquella era otra estación.

Una sacudida lo sorprendió, la máquina bajaba muy rápido ¿¡No se habría metido en un ascensor averiado o algo así verdad!? De pronto se dio cuenta de que había tocado fondo y ya no se movía. También descubrió que seguía vivo.

-Wow – fue lo único que pudo articular cuando observó la estación en frente a él. Si allí era donde se cogían todos los trenes, estaba decidido a cambiar su estación habitual por aquella.

-"La aventura empieza con el silbato" – leyó en un nuevo mensaje, que fue seguido de otro más – "Monta en el tren".

Jack no lo dudó, y se encaminó con prisa hasta uno de los dos trenes que logró encontrar.


Sonó el timbre para la última clase de Ana, apurada tomo todas sus cosas y salió corriendo del salón, sin notar que había olvidado su celular...La chica corría por que no quería ponerse de acuerdo para el trabajo de grupo que les había dejado su profesora de biología...A lo lejos se escuchaba una voz...

-Oye...Ana olvidaste tu celular...-gritaba una chica

Al llegar a su otro salón la chica de cabello rubio y corto le entrego el celular a la asustadiza chica de cabello largo...

-Ana dejaste el celular, ten más cuidado...-

-Gra...gracias-respondió la chica.

Al pasar la clase el celular de la chica sonó...No era raro que se le viera a Ana con el celular en la mano, pero todos se preguntaban quien podría ser...

-Número desconocido... ¿pero quién será?- Se preguntaba la chica con una cara de sorpresa...

"Quieres ser más social, ven a la estación del tren..."

-Que broma es esta...-Se preguntaba la chica...-Qué se supone que debo hacer...

En eso la maestra viendo que la chica estaba distraída le pidió que se saliera del salón...

-Señorita Ameli, me haría muy feliz si se sale de mi salón por favor...

-Pee, pero maestra...yo...

En eso unas bancas más atrás se paró un chico y dijo...

-Maestra lamento lo sucedido...yo le mande un mensaje a Ana y soy yo quien se tiene que salir...

Todo el salón se quedó callado he incluso la maestras...

-Bueno, pues si es así...-Murmuro la maestra

Hasta que fue interrumpida...

-No necesito que nadie me defienda...-Se paró enojada la chica...-No lo necesito...

La chica tomo sus cosas y salió corriendo del salón hasta llegar a la puerta de su escuela ahí volvió a revisar el texto mientras corría...

"Quieres ser más social, ven a la estación del tren..."

-Debo ser...debo ser la mejor...

La chica lloraba mientras corría por todo el camino de la escuela hasta la estación del tren sentía que había hecho algo muy horrible así que no le quedó otra más que marcharse a algún lugar...En eso volvió a sonar el celular de la chica...

"Toma el ascensor hasta el último piso y sube al tren..."

La chica no se había dado cuenta que ya había llegado así que se dispuso a tomar el ascensor, ahí escribió un mensaje para sus padres...

"Llegare tarde, me quedare a comer en la casa de una amiga...Con amor Ana"

La chica derramo una lágrima en su celular...cuando se abrieron las puertas la chica noto dos trenes y se acercó lo más rápido que pudo al que tenía más cerca...


-¡Que te largues!

Lara golpeó con fuerza al chico que tenía delante de ella, el cual cayó fuertemente contra el suelo. Ella tan solo lo ignoró, mascullando un inaudible "debilucho" y siguió su camino. Llevaba media hora esperando al cabecilla de la banda, pero no daba aparecido. Bufó. Debió haber supuesto hacia mucho que eran todos una pérdida de tiempo, pero no lo había hecho y ahora había quedado esperando durante minutos enteros, "soportando" a camellos desesperados por vender la mercancía ¿No comprendían que a ella solo le interesaban las peleas?

Cuando iba a girar la esquina oyó ruidos de pasos y de frenos. En la calle de enfrente había dos coches de policía, y de él bajaban un par de oficiales, para volver a meterse y cambiar de dirección. Observó el callejón por el que habían desaparecido otros de sus compañeros.

-¿Una persecución? – Se preguntó extrañada – Espero que no sea el jefe, porque como me haya dejado tirada por esto voy a partirle las piernas – murmuró por lo bajo mientras volvía a reanudar la marcha.

Pero algo la detuvo de nuevo. Una vibración en el bolsillo de su chaqueta. Sacó el móvil del bolsillo y lo abrió sin mucho entusiasmo. No hizo demasiado caso del número oculto, después de todo sus compañeros eran todos unos cagados y tenían miedo a ser rastreados por otros.

"La emoción espera en la estación"

Lara frunció el ceño. ¿Qué quería decir eso? Pero de repente se dio cuenta: la estación del norte, esa con el reloj grande. Si no se equivocaba el territorio de Drake. Quizás hubiese bulla allí y se la estuviese perdiendo.

Cerró la tapa de nuevo y echó a correr. No había demasiada distancia hasta el punto de encuentro, pero no quería llegar tarde. Atravesó varias calles, empujando a las pocas personas que se encontró en ellas.

Pero en la estación todo era distinto, estaba completamente abarrotada y reconoció los coches patrulla de antes.

-El estúpido de Drake no se habrá dejado coger ¿verdad? – Se cruzó de brazos mientras miraba la estación pensativo – Maldición, y yo que quería patear traseros.

Un nuevo movimiento en su chaqueta la sacó de sus pensamientos.

"La emoción espera en la estación"

-¡Que ya lo sé! – gritó Lara enfadada ¿de verdad se pensaban que no lo había leído la primera vez?

Con esas volvió a encaminarse a la estación. Para su sorpresa algunos policías ya se iban, pero lo hacían solos. Arqueó una ceja: eso solo podía significar que no habían pillado al que perseguían. Sonrió burlonamente y siguió caminando burlonamente.

Atravesó la muchedumbre sin mucha paciencia y pasó al lado de las máquinas de tickets sin hacer mucho caso, de todas formas no había ido hasta allí para coger un tren ¿no?

"Coge el ascensor de la derecha"

Lara apretó los dientes cuando leyó el mensaje ¿Pero quién se creía que era? ¡Ella sabía perfectamente cómo manejarse en una estación de tren! De todas formas se encaminó hacia el maldito ascensor y miró cuidadosamente los botones. La banda de Drake solía reunirse en el garaje, pero no había acceso desde el ascensor. Tendría que bajar dos pisos y allí encontraría la entrada. Hacía años que habían reventado la puerta.

Pulsó el botón y se recostó en la pared. Pensó en el mensaje. No tenía sentido que el jefe se lo hubiese mandado, si lo pensaba fríamente. No era su estilo, además de que lo del ascensor no cuadraba.

Una fuerte sacudida la sorprendió, teniendo que apoyarse en la pared contigua. ¿Qué demonios pasaba? Miró la tabla de botones ¡Se había pasado de planta y seguía bajando! Pero ¿hasta dónde? Otra sacudida y comprendió que había tocado fondo. Las puertas se abrieron como si nada y Lara no pudo mantener la boca cerrada.

Nunca había visto esa parte de la estación, pero sin duda era demasiado impresionante como para no haber oído nunca de ella. Miró de nuevo el ascensor y frunció el ceño. Ella había pulsado el último botón, pero el ascensor había bajado todavía más. Era demasiado impresionante como para ser obra del jefe.

Como si lo hubiese invocado, su móvil comenzó a moverse, anunciando una llamada.

-¿Qué pasa? – contestó de mala gana, saliendo del ascensor y sorprendiéndose de que allí hubiese cobertura.

-¡Lara! ¿Dónde estás? – era la voz del jefe - ¡Llevamos esperando un cuarto de hora por ti!

-Y yo estuve esperando media hora – replicó tranquila, en aquel momento le parecía más interesante mirar a los dos trenes. Eran bastante extraños.

-Tuvimos un problema con la banda de Drake – explicó el hombre al otro lado enfadado – Pero da igual, mueve tu culo hasta aquí.

Lara miró a su alrededor, algo en su interior le decía que los mensajes decían la verdad. Allí empezaba la verdadera emoción.

-Don – lo llamó con tranquilidad.

-¿Qué?

-Que te den.

Dicho eso colgó su teléfono sin más y observó el mensaje nuevo que tenía:

"Sube al tren"

-Como si necesitase que me lo dijeran…-


En un apartamento de una zona de la ciudad se podía ver claramente a un chico fumando un cigarro y viendo las estrellas en el balcón de su cuarto...En eso se escuchar un grito de una mujer...

-Yoshi...podrías bajar a cenar por favor...

-Mama lo siento no tengo hambre...

El chico seguía contemplando las estrellas con lágrimas en sus ojos... al lado de su mesa tenia lo que parecía un café caliente y un montón de pastillas de muchas marcas...

-Creo que hoy tampoco sería el día...-Se respondía el chico...

El chico apago su cigarro, cuadro todas las pastillas en un pequeño cajo de su ropero, tomo un sorbo de café y se acurruco en su cama...

A la mañana siguiente un sonido estremeció al chico...era su celular que vibraba eran nada más y nada menos que 10 mensajes de un número desconocido el chico cuando los iba a ver vio que ya era tarde así que rápido se paró...bajo de su recamara y salió disparado según el a la escuela...

-No puedo creer que vaya otra vez...

El chico saco su celular y borro los mensaje...el iba pensando entre la vida y la muerte que era mejor o peor o incluso quien podría o no criticar lo que el chico decidiera...pero sus pensamientos fueron interrumpidos por su celular nuevamente...

"Lo más oscuro que guarda tu corazón hallaras la respuesta en la estación de tren..."

El chico se quedó viendo el mensaje y frente al paso un autobús que lo llevaría a dicha estación...si saber por qué o que lo motivaba el chico decidió tomarlo...

-Cóbreme uno me deja en la estación de tren...

-Claro que si joven- Respondió el amable conductor...

Al cabo de unos minutos el chico llego a la estación ahí recibió un mensaje nuevo...

"Toma el elevador hasta la última planta y ahí toma el tren..."

El chico tomo el ascensor pero no subió a ningún tren cuando llego a la última planta vio dos trenes uno azul y otro rojo...se recargo en una pared escondido entre las sombras y vio muchos chicos y chicas subir a los diferentes trenes...

-Qué extraño...- Pensó el chico para sí mismo.-

Cuando se escuchó el silbido de que el tren partiría decidió aventurarse al primer tren que tenía más cerca y ver qué pasaba...


Sonó la alarma del antiguo y lujoso reloj de la habitación de Michel, eran las 9:00 de la mañana, hora de levantarse de la cama.

El chico abrió los ojos y estos quedaron cegados por la luz del sol que penetraba la ventana semi abierta. Entonces, alguien golpeó la puerta de su habitación.

-..Adelante...- contestó el joven.

Su mayordomo entró en la habitación con su desayuno.

-Llévate eso, no tengo ganas de desayunar...-

El mayordomo contestó:

-Joven Michel, debe alimentarse, si pasa los días deprimidos y sin comer solo empeorara su salud…-

Michel indiferente a las palabras de su mayordomo cambó de tema:

-¿Ya ha venido?- preguntó.

-No…- contestó el mayordomo, frío, seco.

Tras aquella respuesta de su mayordomo, Michel se deprimió.

-"Amadeus...hermano... ¿por qué te fuiste? Debes estar destrozado, que nuestros padres sean asesinados por tu propio amigo, y que luego tú lo asesines a él... pero... dónde te has metido... hace 2 semanas que te fuiste"- pensó el joven…

Sus pensamientos fueron interrumpidos. Su móvil estaba sonando.

-¿Un mensaje?- exclamó.- Que raro, no suelo recibir mensajes de nadie…-

El mensaje provenía de un número desconocido. Decía:

"Sé lo que estás buscando, y también se dónde se encuentra, si quieres verlo dirígete a la estación de trenes más cercana"

Michel quedó en shock por el mensaje. Inmediatamente pensó que había sido su hermano quien le había enviado el mensaje; para encontrarse en la estación de trenes.

Sin dudarlo, le pidió a su mayordomo que lo llevara a la estación más cercana en su limusina. Este obedeció, y se pusieron en camino.

Al llegar a la estación, Michel se bajó de la limusina, e indicó a su mayordomo que esperara allí hasta su regreso. Entro en el gran edificio que componía la estación, caminando algo tímido, debido a que no acostumbraba estar en lugares tan concurridos.

El constante ruido de los trenes y de las personas hablando lo estaban sacando de quicio, su mirada expresaba repugnancia hacia los demás, de a poco un fuerte dolor de cabeza se iba apoderando de él…

En ese momento sonó su móvil. Era otro mensaje:

-"Ya estás muy cerca, toma el ascensor y baja al último piso" – decía.

El joven obedeció y entró en el ascensor. A mitad del recorrido el ascensor aumentó considerablemente la velocidad, asustando a Michel, hasta que de repente frenó. El joven bajó y se encontró con una gran sala, repleta de vías de tren, pero en la que solo había 2 trenes, uno rojo y uno azul.

Comenzó a sospechar que algo andaba mal, pero sin dejarle tiempo a reaccionar el móvil volvió a sonar. Esta vez, el mensaje decía:

-"Ya casi, solo súbete a un tren"-

Entonces, Michel, con la fantasiosa idea de encontrar a su hermano dentro; decidió subir al tren más cercano. Era el tren rojo.


Sonia era la única hija de dos chefs acaudalados, lo que la había convertido en una chica malcriada, inmadura y problemática, que se metía en un lío tras otro. Eso le había impedido hacer amigos permanentes. Sus padres hasta habían pensado en enviarla a un internado para chicas, para chicas de su misma clase…

Por ello, antes de nada, Sonia había sido mandada a Japón como estudiante de intercambio por dos semanas... para probar su comportamiento… De esas dos semanas, sólo asistió a clases durante la primera, lo que ocasionó que fuera devuelta inmediatamente; y que de aquel viaje, Sonia sólo conservara el uniforme de escuela que usó allá, porque le pareció bonito.

Al regresar de Japón, Sonia recibió otra desagradable sorpresa: Sus padres habían decidido que ya no iban a tolerar el mal comportamiento de su hija y han encontrado un internado especial para ingresarla ahí una vez terminado el ciclo escolar, por lo que la chica se dio cuenta de que tenía los días contados.

Mientras caminaba sin saber qué hacer, Sonia se sentó un banco de un parque y comenzó a llorar al creer que ni sus propios padres la querían. Entonces apareció ante ella una chica, la cual en apariencia parecía una linda e inocente niña de 10 años. La desconocida se presentó como Erika y aclaró que, a pesar de su apariencia, era en realidad una chica de 15 años.

Al ver que Erika le ofrecía su amistad con auténtica sinceridad, Sonia le contó sus problemas con absoluta confianza; así, Erika se convirtió en su primer y única amiga verdadera...

Pero Sonia continuó metiéndose en un problema tras otro... Por ejemplo, durante la hora del almuerzo, solía discutir con una nueva estudiante, quien era demasiado arrogante y buscaba sentarse en un lugar sin importar con quién.

Aquel día, Sonia se encontraba comiendo su almuerzo sin problemas cuando, repentinamente, su móvil sonó y, aunque el número no estaba registrado, el mensaje sí lo estaba:

"Quieres escapar de este mundo y vivir aventuras, lo sé. Ve a la estación más cercana y consíguelo".

En un principio, Sonia pensó que el mensaje era de Erika, pero ella conocía su número, así que creyó que alguien le jugaba una broma, así que apagó el celular para seguir almorzando a gusto; entonces la nueva y arrogante estudiante se volvió a cruzar en su camino...

-¡Oye tú! -dijo la chica arrogante, con superioridad- Estás sentada en MI lugar, así que apártate o no respondo.

-Para tu información, yo llegué aquí mucho antes que tú -contestó Sonia, molesta- Así que el lugar es mío.-

-¡No digas mentiras! -exclamó la chica, abofeteando a Sonia y provocando el enojo de ésta- ¡Yo decido dónde sentarme, así que lárgate de mi sitio o...!-

Sonia se enfureció al recibir aquella bofetada y eso causó que la chica dejara salir toda esa ira que llevaba reprimida desde hace varios días. Se abalanzó contra la nueva estudiante y la golpeó en la cara repetidas ocasiones, sin dejar oportunidad a la pobre muchacha de defenderse. Entre dos estudiantes lograron separar a las dos chicas, pero Sonia se zafó de ellos a la fuerza mientras observaba a todos los presentes con una mirada llena de odio...

-¿ASÍ O QUIERES MÁS? -exclamó Sonia furiosa a la vez que sus ojos derramaban lágrimas- ¡ESTO ES LO QUE OBTIENEN CUANDO ME HACEN ENFADAR! ¿ASÍ QUE QUIÉN SIGUE? ¿EH?-

Todos observaron a Sonia con temor al ver una faceta que ni la misma chica sabía que tenía.

Uno de los profesores examinó a la alumna golpeada y dijo asustado:

-¡Llamen una ambulancia! ¡La chica no reacciona!-

La mirada de furia que tenía Sonia cambió por una de temor al escuchar esas palabras, al creer que había matado a la nueva estudiante. Decidió salir huyendo del instituto sin siquiera saber que la chica malherida comenzaba a moverse. Lamentablemente, Sonia salió corriendo del lugar sin saber que no había matado a nadie.

La chica continuó corriendo hasta que, sin darse cuenta, terminó llegando a la estación del tren y recordó aquél mensaje, por lo que decidió entrar y abordar el primer tren hacia cualquier destino lo más lejano posible

Sonia volvió a encender nuevamente el mensaje y descubrió que alguien le mandó otro mensaje anónimo.

-"Toma el ascensor y baja al último piso".- decía.

Sonia, al creer que sus padres estaban ya enterados del homicidio que cree haber cometido, y que los maestros de la escuela ya llamaron a la policía para encarcelarla, decidió tomar aquello como una oportunidad para huir adonde nadie la conozca. Se acercó al ascensor más cercano y ahí se encontró con Erika...


Erika nació en el seno de una familia pobre; su padre era un obrero y su madre era una enfermera; también es la segunda hija de la familia, así como el retoño de en medio.

Pero lo que distinguió a Erika de su hermana mayor y de su hermano menor, fue que ella nació con un coeficiente intelectual bastante elevado, con lo que ganó una beca para estudiar en la universidad; esto hizo que la chica llegara a estudiar hasta cinco doctorados, incluyendo medicina, ciencias y química.

Un día, cuando Erika tenía 11 años, su hermano menor, de 8, cayó víctima de una enfermedad misteriosa, la cual no tenía cura y le quitó irremediablemente la vida; esto causó que la familia quedara destrozada y que Erika se dedicara a buscar una cura para todas esas enfermedades que fueran incurables, lo cual marcó su carrera.

Lamentablemente, nadie a excepción de su familia toma a Erika muy en serio, en especial por su apariencia, ya que la chica tiene la estatura de una niña de 10 años, y eso no es todo: La ropa que ella usa es la de una niña de esa edad; esto debido a la situación económica de su familia.

Aun así, sus padres y su hermana lograron ahorrar lo suficiente para comprarle a Erika el laptop que tanto deseaba. Desde entonces lo usa para sus estudios y lo lleva a todos lados.

Hace poco, Erika conoció a una chica de su edad llamada Sonia, y ambas se convirtieron en grandes amigas. Desde entonces, ya que ambas se confiaba la una a la otra sus problemas.

Un día, Erika recibió un e-mail mientras trabajaba en su laptop…

-"Quieres escapar de este mundo y vivir aventuras, lo sé. Ve a la estación más cercana y consíguelo".- decía.

Al principio, Erika pensó que el e-mail era de Sonia, pero ella conocía su e-mail y el del mensaje estaba extrañamente protegido, por lo que decidió ir a investigar al respecto, no sin antes decirle a sus padres que saldría por un momento, llevando su laptop en una mochila.

La chica se encaminó directamente hacia la estación de tren. Cuando hubo llego, recibió otro mensaje:

-"Toma el ascensor y baja al último piso".- decía.

De nuevo, el e-mail estaba protegido y Erika comenzaba a pensar que alguien quería gastarle una broma muy pesada, pero aun así, la chica decide acatar el mensaje para llegar al fondo del asunto.

Entró al ascensor más cercano y está a punto de presionar el botón con dirección hacia abajo cuando observa que alguien más quería tomar el ascensor: era Sonia. Venía llorando y su ropa y sus manos estaban manchadas de rojo…

-¿Sonia? ¿Pero qué te pasó? -preguntó Erika alarmada- Tu ropa y tus manos... ¿es sangre?

-Erika... -sollozó aún más Sonia antes de abrazar a su amiga-"¡Erika! ¡Qué bueno que te encuentro!-

-Sonia, ¿pero qué te ha pasado? -preguntó Erika devolviendo el abrazo- ¿Qué te ocurre? ¿Por qué vienes así?-

-Erika... no lo vas a creer- respondió Sonia, llorando- ¡Acabo de matar a alguien en la escuela!-

Erika no puede creer lo que acaba de oír mientras Sonia continúa poniéndola al tanto de lo que sucedió en la cafetería de su escuela. La chica trató calmar a su amiga, pero fue interrumpida por un pitidito: el ascensor ya ha bajado y ya se encuentran en el último piso.

-Mira Sonia, en estos momentos, tengo que reunirme con alguien en el piso de abajo - explicó Erika a su amiga- En cuanto resolvamos todo, te ayudaré a aclarar las cosas, ¿te parece bien?-

-Un momento, ¿tú también te vas a reunir con alguien en la estación? – preguntó Sonia, sorprendida - Porque a mí me llegaron mensajes diciendo que debía venir aquí.-

Las dos chicas se sorprendieron al saber que ambas fueron convocadas al mismo tiempo. Sonia se secó sus lágrimas con un pañuelo que le dio Erika y decidieron llegar al fondo del asunto.

Finalmente, el ascensor se detuvo y las puertas metálicas se abrieron. Acto seguido, ambas recibieron un nuevo mensaje:

-"Sube al tren".-

Así, las chicas abordaron el tren que más cerca se encontraba con tal de llegar a la verdad...


Hacía ya 2 semanas del incidente que se llevó a sus padres adoptivos y a su amigo. Amadeus había tomado dinero, su móvil, su arma y la de su difunto amigo y se había marchado en su motocicleta.

Se dirigió a la casa que pertenecía a sus padres biológicos. Hacía mucho que no entraba en aquella casa, parecía la de una película de terror, pero a él no le importaba, solo quería despejar su mente y alejarse de su hermano, antes de cometer una locura que lo pueda hacer pagar caro.

Sonó el móvil, y Amadeus entreabrió sus ojos.

-¿Un mensaje?- exclamó el chico.

-"Te gustaría rehacer tu vida y dejar el pasado atrás, pero no puedes... Dirígete a la estación de trenes" -

Amadeus leyó el mensaje, pero no le dio mucha importancia. Se acababa de despertar y le dolía mucho la cabeza .

-Joder.- exclamó mientras con una mano sujetaba su frente.

Decidió darse una ducha para aliviar un poco el dolor de cabeza y refrescarse, pero mientras se encontraba en la ducha su móvil sonó una y otra vez.

Amadeus terminó de bañarse y se dirigió directo hacia el móvil. Había recibido 10 mensajes, todos del mismo número desconocido que el primero. Los leyó uno por uno:

-"...Tus sucias manos buscan venganza, lo sé...Te gustaría rehacer tu vida y dejar el pasado atrás, pero no puedes... dirígete a la estación de trenes"-

Entonces supo que no se trataba de una broma. Alguien sabía lo que había ocurrido realmente. Bastante enojado, Amadeus decidió ir en busca de esta persona. Tomó su móvil, sus 2 pistolas y una caja de cigarrillos se montó en su motocicleta y puso rumbo a la estación de trenes.

Llegó rápidamente. Al haber tanta gente era casi imposible que el reconociera a alguien, por lo que decidió sentarse en un banco, prendió un cigarrillo y espero a que su "espía" se presentara o que por lo menos le enviara otro mensaje.

Así sucedió. Su móvil sonó de nuevo: acababa de recibir otro mensaje.

-"Toma el ascensor y baja al último piso"-

Esto no le gustó para nada a Amadeus: quien le había enviado los mensajes podría estarlo esperando abajo, aguardando a que Amadeus saliera del ascensor. Decidió bajar, pero con ambas pistolas en la mano, dispuesto a utilizarlas si fuera necesario.

Una vez dentro del ascensor, este comenzó a temblar y aumentó su velocidad, hasta que de repente frenó, y las puertas se abrieron.

Amadeus salió rápidamente. Observó aquel extraño y peculiar sitio, en el cual solo se encontraban 2 trenes. So móvil volvió a sonar.

-"Sube al tren" -

Amadeus guardó sus armas y se dirigió al tren más cercano. Iba acabar con quien conociera su secreto, costara lo que costase.


Karin y Karon eran las hijas de un militar norteamericano y de una instructora japonesa en el uso de la espada; las dos chicas vivían felices al lado de sus padres y nunca les faltó nada...

Un día, cuando la familia se fue de vacaciones a las montañas, una avalancha de rocas cayó irremediablemente sobre el auto de la condenada familia: los padres de las gemelas murieron en el acto, pero ellas sobrevivieron, a costa de sufrir daño y trauma cerebrales. Habían perdido toda habilidad de percibir emociones, convirtiéndose así en unas "mujeres de piedra". Lo único que realmente les importaba era seguir unidas.

En poco tiempo, Karin y Karon tomaron el armamento de sus padres y se convirtieron en asesinas a sueldo; gracias a su incapacidad de sentir emociones, las gemelas tuvieron una exitosa campaña y se convirtieron en las asesinas más temidas y buscadas en todo el mundo.

En sus misiones, las gemelas siempre usaban cada una un leotardo negro que

las cubría casi en su totalidad, a excepción de sus piernas; así como unos guantes y chaqueta del mismo color. Asimismo, su armamento consistía en un par de pistolas y un par de navajas.

Sin embargo, Karin y Karon estaban a punto de vivir la aventura más grande de sus vidas. Aquella mañana, tras encargarse de una misión en la que se les requirió encargarse de una figura importante, pero corrupta, y cumplir con éxito, recibiendo el pago correspondiente; su móvil sonó, indicándolas que habían recibido otro encargo.

-"Quieres escapar de este mundo y vivir aventuras, lo sé. Ve a la estación más cercana y consíguelo".-

Karin y Karon se miraron la una a la otra, y llegaron a la conclusión de que alguien las llamó para una nueva misión y que serían enormemente gratificadas por ello. Y en caso de que se tratara de una broma, alguien perdería su cabeza.

Sabiendo que son buscadas en todo el mundo, Karin y Karon se adentraron rápidamente a la estación de tren más cercana. Sin embargo la gente no tardó en descubrirlas, y comenzaron a gritar despavoridamente.

Unos policías apuntaron a las gemelas con sus armas, pero las chicas los dejan fuera de combate rápidamente. Entonces volvió a sonar su teléfono.

-"Toma el ascensor y baja al último piso".

Así lo hicieron. Montaron en el ascensor más cercano para bajar al último piso. No obstante, el ascensor siguió bajando todavía mucho más; hasta que, finalmente, el ascensor tocó fondo y sus puertas se abrieron de par en par.

Ahora, Karin y Karon se encontraban ante una gran sala con miles de vías de trenes, pero sólo dos de ellos, uno rojo y uno azul. Entonces cuando las gemelas reciben otro mensaje:

-"Sube al tren".-

Las gemelas se acercaron al tren más cercano y entraron en un vagón vacío, en busca del misterioso jefe que las había contratado…


Kalvin dejó la tapa del cubo de basura en su sitio. Aún estaba manchada de sangre: le había asestado un buen golpe al policía que le perseguía.

El hombre, seguía tendido en el suelo, con una buena recha en la cabeza.

Había sido un acto impulsivo, aunque no era la primera vez que le ocurría esto.

Intentó ocultar el cuerpo entre los cubos de basura.

Oyó pasos: el resto de miembros de la patrulla se acercaban. Era el momento de huir.

Salió corriendo, sin saber a dónde ir. No tenía familia, y al cuchitril en el cual vivía, no se le podía llamar hogar. Además, se había saltado la condicional.

Esa era la la razón por la que le perseguían.

Él pensaba que ya era mayorcito para hacer lo que quisiera, pero el cuerpo de policía no parecía pensar lo mismo. Desde niño, le habían tenido enfilado. En cierto modo, le habían hecho convertirse en lo que es ahora. O eso él quería creer.

Giró a la derecha intentando despistar a sus perseguidores: le iban pisando los talones.

A su pesar, se topó con una verja. Tomó carrerilla, y saltó hacia ella. Se agarró a ella, y trepó hasta llegar a la cima.

Unas linternas le iluminaron. Eran los policías, y no parecían muy contentos…

Saltó y aterrizó en el suelo. Tiró de una patada unos contenedores para dificultar la travesía a los policías, y retomó la carrera.

De repente, le sonó el móvil. Era un mensaje.

Tomó una curva pronunciada a la derecha y se ocultó baja unas escaleras de incendios. Puso el móvil en silencio, no quería que otro mensaje o una llamada delatasen su posición. A continuación, abrió el mensaje.

Decía:

"Si estás buscando escapar, ven a la estación"

-"La estación"- pensó Kalvin. – "En un lugar tan concurrido, no podrán encontrarme."-

Era una posible solución a su problema. No tenía ni idea de quién le había enviado dicho mensaje, pero le estaba inmensamente agradecido.

Se puso en camino. No tardó mucho en llegar. Sin embargo, en su interior había patrullas vigilando.

Se camufló entre la gente que pasaba por allí. Decidió sumarse a la multitud que subía y bajaba las escaleras.

Bajó al piso inferior. En él, todavía había hombres patrullando en su búsqueda. Siguió descendiendo, así hasta que llegó al último piso. Ya no podía bajar más.

De repente, desde su bolsillo, su móvil comenzó a vibrar. Acababa de recibir otro mensaje.

-"Monta en el ascensor"- le decía esta vez.

-"¿Para qué quiero yo montar en ascensor?"- se preguntaba Kalvin. Así pues, decidió no hacer caso.

Perdido entre el tumulto, pensó que estaba a salvo.

Una mano se posicionó en su hombro. Kalvin se giró. El agente de policía alzó su porra con intención de golpearle.

Kalvin empujó a la anciana que tenía delante y salió corriendo. El policía le siguió.

Gritaba enloquecido: "Eh, tú, si tú…" y pedía refuerzos a sus compañeros.

Entonces vio el ascensor. Se acercó a él, y pulsó desesperadamente, una y otra vez el botón. El policía se estaba acercando…

Cuando estaba a un palmo de distancia la puerta se abrió. Pasó a su interior, y pulsó un botón al azar. La puerta se cerró inmediatamente, y el policía vio como Kalvin se escapaba, mientras este le dedicaba una sonrisa burlona. Se había librado, pero por muy poco.

Miró el botón que había pulsado. Era el del botón del piso en el que se encontraba.

-"Entonces, ¿por qué se han cerrado las puertas y estoy bajando?"- se preguntaba Kalvin. No consiguió dar con la respuesta.

De repente, el ascensor se detuvo. Parecía haber tocado fondo. Las puertas se abrieron inmediatamente.

Kalvin salió del ascensor. Se encontraba en una sala en la que no había estado nunca. Lo desconocido no le causaba ninguna emoción, así que no se fijó mucho en los detalles.

Recibió de nuevo otro mensaje.

-"Sube al tren, te salvará."-

-"Interesante".- pensó Kalvin. –"Quizás me lleve a otra ciudad. Y gratis."-

Se acercó al más cercano y montó. El destino le daba igual, sólo quería salir de allí.


Hugo volvía a su casa tras un mal día en clase, aunque tampoco esperaba nada mejor en casa. Como si la atmósfera fuese más pesada para él que para el resto del mundo, su paso era lento, casi vacilante. Realmente no quería llegar a su destino. Sabía que sus hermanos estarían allí, y no tenía ganas de aguantarlos, especialmente al mediano, que era especialmente molesto y le echaría en cara sus notas. No se encontraba con ganas de aguantar a nadie, en realidad. El suelo que pisaba era una de las pocas cosas de las que era consciente. La cabeza le daba vueltas y se sentía insensibilizado. La gente a su alrededor no importaba, sólo pasaban a su lado como fantasmas: sin alzar la vista, anónimos, sin rostro.

Su móvil sonó anunciando un nuevo mensaje. Podría haberlo ignorado, pero lo cogió, al menos para borrar el mensaje que bien sabía, o creía, sería de su compañía telefónica, con alguna absurda oferta que no le interesaba. Ni siquiera sabía por qué tenía uno de esos trastos, si no lo utilizaba. Con razón, se sorprendió al ver que el mensaje no era lo que esperaba. Había sido mandado desde un número oculto, y decía:

"Tienes talento irreconocido. Para huir de este mundo que desprecias, ve a la estación".

Sus extremidades tensas y sus ojos como platos, Hugo intentaba con todas sus fuerzas descartar la posibilidad de que esto fuese una broma. ¿Era esto lo que había estado esperando toda la vida? ¿Estaba esto pasando de verdad? Empezaba a sentir un frío sudor nervioso en su espalda, y su mente se nublaba ligeramente, anulando cualquier pensamiento lógico.

Se dio media vuelta y empezó a caminar disimuladamente hacia la estación, pero el ritmo de sus pasos incrementaba a segundos, hasta que se encontró corriendo con impaciencia hacia su destino. Lo trepidante de su carrera hacía que todo lo que lo rodeaba desapareciese en finísimas líneas que escapaban su campo de visión. En varias ocasiones estuvo a punto de chocarse con distintas personas u obstáculos, pero no le importaba. Empezaba a pesar que nunca llegaría, viéndose, como siempre, como un inútil, pero en unos momentos la estación ya estaba a la vista.

Cuando por fin llegó, se vio abrumado por lo abarrotada que estaba. Había varias personas que conocía y prefería evitar, así que se calmó un poco y se escondió discretamente entre la multitud. Miraba a un lado y a otro, buscando a alguien que pudiese haber escrito el mensaje, pero sabía que era inútil sin pista alguna. Quería hacerse visible para quien le envió el mensaje, pero no quería que los demás lo vieran. Otro mensaje llegó a su móvil:

"Toma el ascensor y baja al último piso".

Obedientemente se dirigió a éste.

Ya en el ascensor, su pulso se aceleró conforme bajaba pisos. Ligeramente confuso observaba cómo el ascensor pareció volverse loco, bajando y bajando más allá de lo que debería ser posible, hasta estrellarse contra el suelo. El golpe del ascensor hizo de Hugo se cayese. Mientras se levantaba torpemente, su móvil volvió a sonar. Tres mensajes en un mismo día era sin duda un nuevo record.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Hugo pudo contemplar un lugar singular, con un irregular suelo de acero formado por tiras finas. Había dos trenes: uno rojo y otro azul. Finalmente, comprobó el último mensaje, que le decía, o quizás ordenaba:

"Sube al tren".

Vaciló por unos instantes pero, atraído más por el rojo, se subió éste último.


Las clases aún no habían terminado, pero Phoenix había decidido marcharse.

Había intentado convencer a Fred, su mejor amigo, de que se fuera con él, pero no había querido. Se conocían desde hacía cuanto… ¿diez años ya? Pero ahora, desde que había comenzado el curso lectivo, Phoenix le notaba distante.

Habían vivido tantas aventuras juntos, y se habían metido en tantos líos… Bueno, Phoenix le había metido en líos. Pero se lo habían pasado muy bien.

Recordaba en especial, aquel día en el que se escaparon de clase por primera vez, fueron al centro comercial y se perdieron. Tuvieron que llamar a sus padres para que vinieran a buscarles, y les echaron una buena bronca, pero fue realmente divertido.

Cogió su mochila, la colgó sobre su hombro y abandonó el recinto del instituto.

En principio, no supo hacia dónde dirigirse. Le venían tantos destinos a la mente: el parque, el centro comercial, o su propia casa, la cual estaba vacía, ya que sus padres estaban trabajando en aquel momento.

Tras reflexionarlo duramente, decidió irse a casa a jugar un rato con la consola. Saldría de casa antes de que llegaran sus padres, y actuaría como si llegara del instituto.

-"No se darán cuenta"- pensaba Phoenix.

Nada más llegar, cerró la puerta de su cuarto con llave y corrió las cortinas: no quería que nadie le descubriese. Encendió la tenue luz de la bombilla, que trataba de alumbrar su cuarto, para no quedar aislado en la oscuridad, ahora que la luz natural no visitaba aquellos lares.

Acto seguido, cogió el mando que se encontraba en su mesilla de noche, y encendió la televisión. Conectó la consola a ella, y comenzó a jugar.

Sin embargo, el sonido de su móvil le hizo interrumpir su partida. Acababa de recibir un mensaje.

Se levantó y rebuscó en su mochila hasta que lo encontró. Abrió su bandeja de entrada, y miró el contenido del mensaje:

"Si quiere ser libre por fin, ven a la estación."

-"Simple y contundente".- pensó Phoenix.

Miró quién se lo había mandado.

-"Que extraño… es un número oculto… Claro, es Fred, que me querrá gastar una broma.-

Entonces, empezó a urdir una extraña trama, sobre si Fred también se había saltado las clases, y había ido a la estación. Eso explicaba el motivo del mensaje.

-"Claro… Y el número oculto, será para gastarme una broma…"- supuso el joven.

Decidió ponerse en camino. Apagó la consola, cogió su mochila, y salió de casa, cerrando la puerta con llave: tal y como estaba antes de hacer acto de presencia.

No tardó apenas en llegar a la estación, su casa se encontraba cerca de allí.

Nada más entrar, buscó a Fred con la mirada, sin encontrarlo. Volvió a mirar: entre el bullicio era difícil localizar a alguien, pero él tenía muy buena vista. Obtuvo el mismo resultado que antes.

Instantáneamente, recibió otro mensaje.

-"Toma el ascensor." - decía esta vez.

-Por eso no le encontraba.- pensaba Phoenix.

Siguió la orden que dictaba el mensaje y cogió el ascensor más cercano.

Nada más subirse pulsó el botón y comenzó a descender. Sin embargo, el ascensor pareció volverse loco, y siguió bajando, aun habiendo llegado ya al piso correspondiente.

El sonido de un gran golpe indicó que habían chocado. El ascensor estaba intacto. Sus puertas se abrieron lentamente.

Phoenix, decidido, dio un paso adelante. La sala en la que se encontraba era inmensa, y en el centro había dos grandes trenes.

Recibió otro mensaje. Le indicaba que subiera al tren.

Aun albergando la esperanza de que fuera Fred quien había organizado todo esto, subió. Esperaba encontrarse con él pronto.


Tras una mañana de estudio, Dalia decidió tomarse un descanso. Se preparó una infusión y se sentó, relajando los músculos y dejando que el aroma la rodease. Pero no podía descansar tranquila con él ahí. Podía escuchar perfectamente cómo se arrastraba bajo la mesa, como una lombriz en la tierra, cegado por sus primitivos impulsos y su estupidez. Era repugnante.

- Sal de debajo de la mesa, por favor – pidió, dando un sorbo a su bebida.

- No quiero – le respondió "el gusano", acercándose a las piernas de la joven con aire extasiado - Oblígame.

Que fuese capaz de humillarse así era algo que no podía entender, y que sólo encontraba ligeramente divertido. ¿A su edad y perdiendo así la cabeza por alguien? Sus treinta y nueve años no coincidían con su madurez mental. Dalia suspiró y echó la silla hacia atrás. Si lo había aguantado todo este tiempo, era porque lo necesitaba, pero ahora era mayor de edad y no le hacía falta tutor.

- Hazte un favor a ti mismo y sal de ahí – dijo, esta vez con un tono más autoritario.

- ¿Quién te crees dándome ordenes? – Parecía algo molesto, pero había cierta burla en su voz - Soy el hombre de la casa.

"El hombre de la casa"... Bueno, eso era obvio, ¿pero acaso tenía alguna importancia? Durante tres años había sido el único varón viviendo allí, pero eso no lo convertía en ningún tipo de líder, ni mucho menos. En cierto modo, esta ni siquiera era su casa, sino la de Dalia. Él no era más que un intruso, al que, es verdad, trajo ella, pero por obligación. La melodía de su móvil interrumpió sus divagaciones. Al mirar la pantalla vio que tenía un nuevo mensaje, con número oculto, que decía: "No necesitas a ese pobre inútil. Lleva una vida independiente. Para ello, ve a la estación"

- ¿Quién es? – preguntó él acercándose más.

- Nadie qué te interese.

- Tú sabes muy bien que me interesa- insistió.

Dalia sonrió ligeramente y acarició la cabeza del patético hombre que se le pegaba al regazo, despeinando su pelo negro en el proceso. Era como un perro, baboso y molestamente dependiente. Un perro al que tocaba sacrificar.

- Te prepararé una bebida – su voz era ahora más suave, casi melosa.

Lo apartó delicadamente y se fue de la estancia. No volvió hasta unos minutos después, encontrando al condenado sentado a la mesa. Realmente tenía un aspecto desaliñado, como un niño cansado que ni siquiera se ha puesto la ropa como es debido.

- ¿Vas a decirme quién era? – preguntó finalmente, acercándose a la muchacha y oliendo su pelo rojo desvergonzadamente.

- ¿Sigues con eso? – Dalia posó un vaso que traía en mano sobre la mesa, ofreciéndoselo - Ni siquiera yo sé quién me envió el mensaje: era un número oculto. Te preocupas demasiado... Deberías relajarte. Últimamente trabajas muy duro.

El tutor asentía mientras bebía el brebaje, auto compadeciéndose. Al poco tiempo sus párpados cayeron, y también lo hizo su cuerpo... Por supuesto, sólo estaba dormido. No podía deshacerse de él sin prepararse bien y asegurarse de no levantar sospechas, de no dejar pruebas. A su padre lo descubrieron y se pudrió en la cárcel; ella no quería compartir ese destino.

Habiéndose librado temporalmente de él, Dalia decidió hacer caso al mensaje y dirigirse a la estación. No sabía quién podía habérselo enviado, pero parecía obvio que, fuese quien fuese, conocía su situación y cuánto quería librarse de su tutor. Era muy posible que esa persona la hubiese estado espiando y que pensase estafarla, ya que al fin y al cabo tenía el dinero de sus padres y la mansión. Antes de irse, para estar preparada si el chantajista era violento, se escondió un par de preparados que había hecho ella misma, y que inmovilizarían con alergias al enemigo. Cuando llegó recibió un nuevo mensaje:

"Toma el ascensor y baja al último piso".

Era fácil suponer que estaban observándola y que sabían su posición. Ella hizo lo que decía el mensaje, preparándose para cualquier cosa. Ya en el ascensor, una sensación extraña invadió todo su cuerpo, al ver que él seguía bajando y bajando aun cuando ya debería haberse parado. Finalmente el ascensor se estrelló contra el suelo, temblando, y las puertas se abrieron, dejando al descubierto una sala que desconocía, con un tren rojo y otro azul. "Sube al tren", le decía un nuevo mensaje. Sin saber muy bien qué hacía, Dalia subió al tren más próximo.


Eran alrededor de las doce y Apollo seguía su rutina habitual. Acababa de dar su penúltima clase y se disponía a dar la última del día. No sin antes tomarse un café en la sala de profesores, por supuesto.

Dejo su bolsa sobre la mesa y se acercó a la máquina. Introdujo un par de monedas y pulsó el botón: esperaba impacientemente a que su café se preparase.

Echó un ojo alrededor de la sala: otros profesores de la universidad charlaban animadamente, o discutían sobre cuestiones existenciales, física, química o cualquier otra materia que se impartiera en el centro. Pero todo eso a Apollo le daba igual. Les tenía a todos captados: buitres que se dedicaban a hacer la pelota al jefe, en busca de un ascenso que nunca llegará.

Cogió el vaso de plástico y se bebió su contenido de un sorbo. No le agradaba demasiado el sabor del café de máquina, pero necesitaba un buen café.

Se dispuso a coger sus cosas y retomar su rutina, y de repente sonó su móvil.

El resto de profesores que se encontraban en la sala, cogieron sus respectivos teléfonos, para comprobar si eran los suyos. Pero era el de Apollo.

-"Espero que sea algo importante"- pensó.

Lo abrió y observó que tenía un mensaje.

-"Número oculto…"- leyó el joven.- "Interesante".-

El mensaje decía:

"Quieres escapar de este mundo y vivir aventuras, lo sé. Ve a la estación más cercana y consíguelo"

-"Que mensaje más extraño"- pensó. – "Alguno de mis alumnos frustrados querrá gástame una broma"-

La verdad es que había muchos alumnos frustrados en las múltiples clases que impartía Apollo: economía, geografía, historia, tecnología, matemáticas B, biología y lengua y literatura. Se había graduado en todas aquellas carreras, y ahora hacía de profesor adjunto en aquella universidad. Le trataban como una herramienta multiusos. Cumplía regiamente los horarios, daba correctamente el temario, y corregía los exámenes severamente, quizá demasiado.

Borró el mensaje y puso el móvil en silencio: no quería que le enviasen ningún otro mensaje durante su última clase del día.

Recogió sus cosas y recorrió el amplio pasillo que le conducía al aula correspondiente. Entró. Se encontró con sus alumnos. La mayoría tenía, al igual que él dieciocho años, mientras que incluso algún otro era más mayor.

Mandó callar, depositó su bolsa sobre la mesa, encendió la pizarra digital y comenzó a dar clase.

El tiempo se le pasó volando: sólo se percató del final de la clase cuando el viejo y anticuado timbre le perforó los tímpanos. Recogió inmediatamente sus cosas y abandonó el lugar: era el fin de su jornada.

Comprobó el móvil a ver si había recibido algún otro impertinente mensaje.

En efecto, veinte mensajes nuevos, todos con número ocultó y con el mismo contenido que el primero que había recibido.

Intentó averiguar qué número era el que le había llamado. Siempre se le había dado bien la informática, incluso podía ser considerado un hacker.

Para su sorpresa no lo logró: la señal del teléfono desde el cual habían sido mandados todos los mensajes, se perdían de un servidor a otro hasta desaparecer, perdiéndose en el mapa.

-"Para descubrir quién es el imbécil que me ha ha enviado los mensajes, tendré que ir allí."- se dijo a sí mismo.

Comenzó a caminar hacia la estación. No tardó más de unos minutos en llegar. Entró e inmediatamente busco con la mirada a alguien conocido. No vio a nadie que le resultase familiar.

Le llegó otro mensaje.

-"Toma el ascensor y baja al último piso"- decía.

Siguió las instrucciones al pie de la letra. La puerta del ascensor se abrió y pasó al interior. Pulsó el botón del último piso y comenzó a descender.

Algo extraño ocurrió. Cuando creía que ya había llegado al piso correspondiente, el ascensor seguía bajando. No podía creerlo.

Se oyó un brusco golpe contra el suelo: se había chocado, habían tocado fondo.

Las puertas metálicas se abrieron de repente. Apollo dio un paso hacia delante: lo que contemplaban sus ojos era desconocido para él.

El lugar dónde se encontraba era una gran sala, cuyo suelo estaba compuesto por miles y miles vías de tren que se entrecruzaban. En medio, se encontraban dos gigantescos trenes, esperando expectantes. Uno era rojo y otro azul. Parecían tener vida propia.

Recibió otro mensaje.

-"Sube al tren".- le decía esta vez.

Sin saber por qué, Apollo se acercó al tren más cercano. Subió las escalinatas que conducían a la puerta lateral y entró al vagón correspondiente.

No tenía ni idea de por qué estaba haciendo esto. Sólo sabía una cosa: quería llegar a la verdad.


Samuel había estado jugando al baloncesto, entrenándose, como solía hacer. Entre sus compañeros era de los mejores, si no el mejor, y no era difícil darse cuenta. Con sus 11 años, casi era comparable a un profesional; era algo innato. Al acabar, cogió su bolsa y, después de despedirse de sus compañeros, se fue.

Comprobó si le habían enviado algún mensaje a su móvil, y se encontró con unos cinco, todos iguales y desde número oculto. Decían así: "Quieres ser un héroe. Para conseguirlo, ve a la estación".

¿Algún tipo de spam? Seguramente, pero tenía tiempo. En su interior, bromeaba un poco con la idea de que el mensaje fuera de verdad, con que iba a convertirse en un héroe. Además, podía convertir esto en un entrenamiento: ¿Podría llegar a la estación en menos de cinco minutos?

Se echó a correr, motivado por el desafío y además, aunque seguramente odiaría admitirlo, esperando que hubiera al menos un atisbo de razón en ese mensaje. Era tal la velocidad que llevaba, que no puedo evitar, al llegar a una esquina, chocarse con la persona que estaba al otro lado. Largo pelo rubio y ojos verdes. Cayeron al suelo.

- Disculpe, señorita.

- No pasa nada – respondió, con una voz algo más grave de lo que esperaba y una extraña expresión en su rostro – Sobreviviré.

Retomó su carrera donde la dejó, con algo menos de tiempo, pero con las mismas ganas que antes. Sentir cómo se alborotaba su pelo azul siempre le animaba cuando corría. Era en realidad la única razón por la que no lo llevaba más corto. Con este ánimo veía cómo la estación aparecía ante sus ojos, un minuto antes del tiempo límite.

Una vez allí compró una botella de agua de una máquina expendedora y se sentó, aunque no estaba muy cansado. Le llegó otro mensaje: "Toma el ascensor y baja al último piso". Al parecer, los mensajes no eran spam.

Bebió un buen trago de la botella y la metió en su bolsa. Después de mirar a su alrededor para buscar a alguien que conociese y no encontrar a nadie, se dirigió al ascensor. Notaba que nadie más se metía al ascensor, y le pareció algo raro, pero apretó el botón del último piso.

Según el bajaba el ascensor, él pensaba en quién podría haberle enviado el mensaje, y con qué propósito. No se le ocurría nadie, pero cierto entusiasmo impregnaba todo su ser y hacía que lo extraño de la situación no le importase. Tan distraído como estaba, no se dio cuenta del anómalo funcionamiento del ascensor. Se llevó una sorpresa cuando el ascensor finalmente chocó contra el suelo y las puertas se abrieron, mostrando una sala que nunca había visto, casi digna de alguna de esas cosas de ciencia ficción, en la que, además de otras personas, había un par de trenes. Era algo raro caminar por ese suelo, hecho como de vías.

Un nuevo mensaje llegó a su móvil: "Sube al tren". Comprobó que antes no se le había caído nada y miró a su alrededor, con intención de descubrir a qué tren subían los demás. Al ver que subían a ambos, supuso que no importaba y se subió al que más le gustaba, el azul. Ni siquiera miró atrás, aun sin saber qué era lo que le esperaba.


Un chico llamado David había llegado pronto a casa después de clase. El silencio reinaba en el lugar, donde sólo podía escucharse cómo las manecillas de un reloj avanzaban discontinuamente.

Su abuela había ido al hospital, no por algo serio, sino para una simple revisión. Ya era muy mayor, y aunque para su edad se mantenía bien, los años se notaban. Su nombre era Maddalena, aunque todo el mundo la llamaba Malena, él incluido; tenía ascendencia italiana. De hecho, él se llamaba David por una visita que hicieron en vida sus padres a la Florencia de la que provenía su abuela, donde vieron la escultura de Miguel Ángel.

Embobado mirando las viejas fotos que decoraban el salón, recordó que tenía que salir a comprar el pan. Haría la comida al volver y la dejaría preparada para su abuela.

Se aseguró de llevar el móvil y las llaves, y salió. Como la panadería estaba cerca, pensó que no sería un viaje largo y volvería pronto. Pero quizás estuviese equivocado. Quizás no volviese a entrar a aquella casa en bastante tiempo, o a sentir las familiares miradas de desaprobación al caminar por las calles que más transitaba. Se había acostumbrado a ellas tanto que casi le resultaban imprescindibles.

- "Si nadie en absoluto te critica es que estás haciéndolo todo mal" – pensó.

Al doblar la esquina se chocó con lo que sería, por su ímpetu, la personificación de un tsunami: un chico que habría pasado la década haría un año o dos, con el pelo azul y una aparente prisa.

- Disculpe, señorita – oyó decir al desconocido.

Era obvio que David no era una persona muy masculina, y estaba acostumbrado a este tipo de cosas. A veces incluso le habían tirado tirado los trastos sin darse cuenta de su error. No le importaba; sobreviviría. No se molestó en corregirle, pero dijo que no pasaba nada, y al tiempo que el chico se alejaba corriendo, el móvil de David sonó: "Distintas personas van a ponerse en peligro. Si quieres ayudarlas, ve a la estación."

¿A qué venía eso? No sabía si debía tomárselo como una amenaza o un aviso, o incluso como una broma de mal gusto. Siempre estaba la posibilidad de que alguien de verdad estuviese en peligro, pero como no podía estar seguro, no era conveniente llamar a la policía. Preocupado, se puso en marcha a paso rápido, aunque sin darse demasiada prisa.

Al llegar a la estación, vio que no parecía haber problemas y se tranquilizó un poco. En ese momento recibió un nuevo mensaje: "Toma el ascensor y baja al último piso". Cuando miró hacia el ascensor, las puertas se estaban cerrando, pero pudo observar sin problemas que dentro de éste estaba el chico con el que se había chocado momentos antes de recibir el primer mensaje. Era posible que él tuviera algo que ver con todo esto. Con esto en mente, se dirigió corriendo al ascensor y apretó el botón con impaciencia, hasta que, por fin, el ascensor volvió, esta vez vacío.

Una vez dentro, apretó el último botón y esperó, hasta que notó la colisión del ascensor contra el fondo. Tenía un nuevo mensaje: "Sube al tren". El ascensor le había llevado a un nuevo y extraño lugar, pero en cuanto vio al chico del pelo azul, no prestó atención a lo demás y se subió al mismo tren que él.


Miles salía de su casa despreocupadamente. Acababa de hacer los pocos deberes que le habían mandado hoy, y se disponía a irse hacía una fiesta.

La fiesta en cuestión, estaba organizada por no sé quién, aprovechando que sus padres estaban de viaje y no regresaban hasta dentro de una semana. A él le habían invitado, por supuesto: en una fiesta no podía faltar el más popular del instituto.

Se dirigió a la dirección en la que le habían dicho que se celebraba, no sin antes detenerse en otro lugar: tenía un "paquete que recoger".

Llegó a una casa, de estas tan normales que no merece la pena describir, y llamó a la puerta. Quien le abrió fue un chico bajito, y enclenque, algo menor que él, cargado con un montón de libros y cuadernos de diferentes materias. Se los entregó sin decir nada, y cerró la puerta con sumo cuidado.

Regresó a su casa, y los dejo en su habitación. Volvió a salir y retomó su camino.

Cuando ya casi estaba en el lugar acordado, sonó su teléfono.

Lo abrió y descubrió que tenía un mensaje. En un principio, pensó que sería de publicidad, pero por si acaso, lo abrió.

-Número oculto.- susurró Miles extrañado, mientras leía el contenido del mensaje:

Éste decía:

"Sé que tienes buenas intenciones, y que ayudas a la gente, pero conozco tu secreto. Ve a la estación si no quieres que lo sepa todo el mundo."

El mensaje era claramente una amenaza.

Reflexionó sobre si debía ceder al chantaje. Ir a la estación era una acción muy sencilla, podía cumplirla perfectamente, y luego ya pensarse mejor lo que debía hacer.

Cambió de rumbo y se dirigió a la estación.

Cuando hubo llegado, buscó a alguien conocido. Seguramente, el chantajista sería alguien de su instituto. Sin embargo, no vio a nadie: debían de estar todos en la fiesta.

Inmediatamente, recibió otro mensaje:

"Toma el ascensor."

Lo hizo.

Por un momento, se temió lo peor. El ascensor podía quedarse parado sin que él pudiera impedirlo.

Pulsó el botón del último piso. El ascensor bajó de forma pausada, como solía hacer habitualmente.

Cuando llegó al piso marcado, por el contrario, no se detuvo.

El ascensor continuó bajando como si nada.

-No hay pisos inferiores… Dios, ¿qué está pasando…? Tranquilo Miles, mantén la calma.-

De repente, es ascensor se detuvo y las puertas se abrieron de golpe.

Miles dio, sin acobardarse, un paso hacia lo desconocido.

La sala en la que se encontraba, era extraña. No parecía de este mundo.

Comenzó a pensar, en las posibles explicaciones a su existencia, pero no había ninguna lógica.

Tras observarla mejor, observó que había dos trenes, que se acababan de poner en marcha.

Algo le decía que tenía que subirse a uno de esos trenes y que estos estaban dispuestos a marcharse sin él.

Tomó carrerilla y salió corriendo hacia ellos. Con mucho esfuerzo, logró subirse al de color rojo. Abrió la puerta y entró en uno de los vagones: La aventura le esperaba.


Nota:

Este es el reparto de personajes:

Crazy Aristocrazy: Dalia, David, Samuel y Hugo

Nokyubimon: Lara y Jack

Glacen King: Ana y Yoshi

Omega Rugal: Karin, Karon, Erika y Sonia

Baalmon Nighmare: Amedus y Michel

Yo (digimon263): Apollo, Miles, Kalvin y Phoenix

Proximamente el capítulo 2, mucho más dinámico y entretenido. Espero sus comentarios =)