Incredulidad
(Regina)
Era incapaz de conseguir que ninguno de mis músculos reaccionase. Estaba atrapada por un extraño espectáculo, debido a mi total incapacidad para asumirlo. Observaba y observada, como si en algún momento fuese a descubrir que mis ojos me engañaban.
Tenía el espejo en mi poder, en el despacho de mi casa. Y aunque creía que aquello me ayudaría, ahora tenía serias dudas al respecto.
Una pregunta taladraba mi mente. ¿Por qué? Por qué estaba Gold conmigo, por qué estaba en mi cuarto, y por qué me estaba acostando con él.
Cuando logré llegar a la fase de aceptación, aparté la vista y la clavé en el suelo. Necesitaba un instante para pensar.
Imposible.
Más allá del incansable "por qué", había algo más que estaba metiéndose en mi cabeza. Y es que los sonidos se colaban en mi línea de pensamiento impidiéndome razonar con lógica. Sonidos de respiraciones agitadas, contenidas, irregulares; bocas separándose en busca de nuevos besos, suspiros que rompen en gemidos de impaciencia.
- Para eso hay canales de pago, querida.
Todos los improperios del mundo acudieron a mi mente a la vez. Gold.
- Ni siquiera había considerado la posibilidad de que me robaras con este fin – retomó.
- Esto es lo último que quisiera ver, créeme – repliqué con suficiencia.
- ¿Por qué? Parece que te diviertes con... ¿tu cazador? - me mantuve en silencio. - ¿No? ¿Allí también ha muerto? ¿Hay otro desafortunado?
¿Desafortunado? Los jadeos que escuchábamos no indicaban eso ni remotamente. Y mal que me pesara, eso me incluía a mi. Bueno, a mi otro yo.
Miré de forma franca hacia el espejo. La escasa luz que se filtraba por la ventana chocaba en "mi" espalda. Se distinguía perfectamente que ella estaba sentada a horcajadas. Y sobre todo se distinguía el balanceo. Ella se mecía con movimientos largos, estudiados y lentos. Él unió su boca con uno de sus pechos. Ella se arqueó extasiada.
Desvié la mirada hacia el Gold de mi lado. Algo había llamado su atención. Con un rápido movimiento logró que el espejo ampliara la imagen. "Qué útil", pensé. Unas manos se tensaron sobre una espalda uniendo los cuerpos con fuerza. En una de las manos, un anillo. Su anillo.
Sonreí para mis adentros. La escena le había perturbado ligeramente. Era agradable no ser la única.
Los gemidos se hacían notar. Audibles, menos espaciados, descuidados.
Incrédulo, arrugó el entrecejo. Se giró hacia mi buscando una explicación.
- ¿Qué es esto? - preguntó.
Un gemido resonó en el despacho. Ella. Otro gemido, más grave, más ronco. Esta vez, él.
- ¿Necesitas un esquema?
