Los años han pasado y muchas cosas han ocurrido. Con frecuencia Maléfica se sienta al borde del abismo y, mientras contempla en medio de la penumbra el castillo del reino humano, se pierde en sus recuerdos. Las noches son terribles para ella. Durante el día es fácil distraerse con los murmullos de las ninfas del agua o con las débiles risas de las hadas pero de noche todo es silencio, todo es obscuridad y recuerdos. Y ella piensa, piensa en él.
Cuando conoció a Stefan, ella jamás se imaginó como terminarían las cosas. Ella nunca imaginó que fuera capaz de provocar tanta destrucción. Y eso fue lo peor de todo, el creer ilusamente que él podría amarla como ella lo hizo. Creyó en él como creía en sus alas, se lanzó en picada desde el abismo con los ojos cerrados y la ciega esperanza de que él estuviera allí para atraparla. ¿El resultado? Se estrelló de frente contra las afiladas rocas.
Maléfica bajó los ojos cuando sintió un dolor agudo en las manos sólo para descubrir las marcas de sus uñas en las palmas. Y, destrozada, como cada noche se dirigió a su árbol solitario donde solo Diaval la esperaba moviendo la cabeza de un lado a otro. Un graznido y la curiosa preocupación en sus ojos negros casi le provocaron una sonrisa.
"Estoy bien, Diaval. Buenas noches." – El cuervo la observó durante un momento y ella supo que no le creía. El maldito pájaro comenzaba a pensar cada vez más como hombre que como bestia y eso… eso la asustaba.
Con un suspiro, Maléfica trepó con agilidad las ramas del árbol y se recostó en la confortable cama hecha de hojas suaves. Cerró los ojos y se quedó completamente inmóvil, después de un rato escuchó el suave aleteo del cuervo, a Diaval le era permitido dormir en un nido que ella misma le había hecho ramas arriba de su propia cama, le escuchó agitar las ramas y después… silencio.
Abrió los ojos y trató de acomodarse pero, después de unos intentos, desistió, era inútil. La espalda le dolía constantemente, era un dolor agudo que le taladraba los huesos con tal furia que a veces quería echarse a llorar de pura desesperación… Y ahora que estaba sola… se permitió hacerlo.
Hecha un ovillo, sollozó quedamente mientras sus emociones oscilaban entre el odio más puro y la tristeza más profunda. Tenía frío, muchísimo frío y no podía cubrirse con sus alas como solía hacerlo porque ya no las tenía, porque aquel a quien alguna vez amó se las robó junto con su confianza y su habilidad de creer en otros. Se sentía como una concha vacía, vacía y muy pequeña.
Las lágrimas le cegaron los ojos y finalmente se quedó dormida pensando sobre qué era lo que le dolía más, haber perdido sus alas… o el primer beso que le dio Stefan.
Y bien, ¿qué les parece la historia?
