Cuando a Levi le apetecía, solía subir a la terraza del depósito de comida a leer. Era un lugar muy tranquilo y nadie merodeaba por allí, su única molestia eran los niños que de vez en cuando, jugaban no muy lejos de ahí, pues sus gritos le parecían el sonido más fastidioso habido y por haber.
Los bordes de cemento por seguridad le llegaban a los hombros cuando se sentaba en el suelo, entonces podía voltearse con velocidad si percibía algún ruido extraño.
Una pareja de niñas se acercaba al lugar, bastante cercanas y cariñosas a decir verdad. Por pereza, Levi no se levantó de inmediato. Si comenzaban una escena algo íntima, se largaría al instante; no era de su agrado presenciar ese tipo de cosas. Aunque no le mostara el hecho de que fuesen una pareja de mujeres, no parecían tener más de catorce años cada una y ésa clase de personas desesperadas por satisfacer un deseo carnal lo asqueaba; aún más cuando él mismo nunca intentó hacer algo como eso a pesar de tener casi dieciocho.
Creyó que para su suerte las niñas habían sido interrumpidas, pero simplemente lo esperaba una molestia aún peor. Un grupo de siete niños se acercaba gritando al depósito, estaban eufóricos casi todos.
Levi se volteó y observó al grupo de escandalosos que acababa de llegar. Mikasa estaba con ellos, sin decir nada, causando temor con su indeferente actitud en lugar de diversión, desentonando con el ambiente creado por los demás.
¿Por qué insiste en encajar con el grupo? Se preguntaba Levi a sí mismo. Mikasa le agradaba y ella lo sabía, si quisiera buscar su compañía como última y única medida, él no la rechazaría, entonces, ¿por qué esforzarse por algo tan imposible para ella? Si en verdad se parecían tanto como creía, podría deducir que Mikasa no quería ocultarse detrás de él, sería una completa humillación para ella gozar del privilegio de su protección por el mero hecho de caerle bien; Levi podía entenderlo a pesar de nunca haber tenido a alguien así de disponible como Mikasa poseía en ese momento.
—A ver quien lo hace más fuerte—oyó decir a los niños, se dio vuelta y ahí estaban, otra vez con ese estúpido juego de "quien tiene más fuerza para cortar la leña".
Abandonó sus ingenuas intenciones de poder continuar con su lectura y se limitó a observar a la niña que tanto llamaba su atención. Y en efecto, aún no era muy buena, pues ni siquiera llevaba dos meses en el campo Ackerman y no era nada fuerte comparada a los demás.
—Es una inútil—dijeron entre risas, iniciando con las burlas a la niña que no hablaba.
Levi se mantuvo quieto, no volvería a interferir si Mikasa ya había comprendido en donde estaban, pues no siempre tendría quien la defendiera.
—Quizás llame a Levi y él venga a ayudarla.
Mikasa no respondía de igual manera con insultos, claro que no. Levi podía estar seguro de que la niña pondría todo de sí para vengarse durante el entrenamiento de cuerpo a cuerpo. En completo silencio, Mikasa terminó de cortar su parte de la leña.
Petra estaba con ellos, saludó a Levi, sonriente, con su mano en cuanto se percató de su presencia observando desde arriba, aunque no fue correspondida por éste. ¿Cómo podría saludar con la misma dulzura a quien ni siquiera tenía el valor de regañar a esos idiotas niños que no sabían hacer otra cosa más que ser crueles con quien no encaja? Sin embargo, luego de despreciar a la muchacha que simplemente lo saludaba, recordó su propia e indiferente actitud con la mayoría de sus compañeros y que Mikasa sólo era una excepción porque le agradaba. Había visto cosas terribles y nunca intentó interferir a pesar por poder hacerlo. Había sido muy hipócrita de su parte pensar siquiera en molestarse con ella, cuando se puso de pie y quiso saludarla, Petra ya no estaba allí, todos se marchaban con dirección al comedor.
El sonido de unos pequeños pasos arrastrándose hizo que volviera en sí, Mikasa subía a la terraza a paso lento.
—Hey...
—Lo siento, no sabía que estabas aquí tranquilo—dijo Mikasa cuando lo encontró—. Tampoco que había una escalera acá.
—No importa. Ven, acércarte.
La niña lo siguió y se sentaron, ahora ambos, al borde de la terraza, apoyando sus espaldas en la fría y corta pared de cemento.
—Mira—dijo Levi poniendo su libro en las manos de Mikasa—, ¿sabes leer?
—Sí, pero no me gusta—respondió la niña, devolviéndole su libro.
—¿Por qué no te gusta?
—A mí mamá le gustaba y me leía todas las tardes... Pero ya no me gusta.
—Oh, ya veo...
Aunque no fuera adúlto, era mayor que Mikasa y sabía que ella daría lo que sea para que su madre volviera a leerle un cuento, pero que eso ya no podría ser y la niña comenzaba a comprenderlo. Leer le traía malos recuerdos y eso sería un problema para su vida, según Levi.
El silencio de Levi no la incomodaba, su compañía era en extremo serena para ella.
—¿Qué haces cuando subes aquí, Levi?
—...Es muy fresco en el verano—nunca creyó que alguien escucharía con tanta atención una respuesta tan típica y vacía—, también, a veces dibujamos con Petra aquí.
—¿Esos de ahí?—preguntó señalando el suelo de una esquina de la terraza.
—Así es, casi no se ven. No sabía que todavía estaban aquí.
—¿Entonces ella es tu novia?
—No, no es mi novia, sólo que Petra es algo pegajosa.
No sólo logró que Mikasa sonriera, sino que también pudo oír el dulce sonido de su risa. Fue suficiente para él, ni siquiera podía describir su reacción como "ternura" pues jamás había experimentado un sentir semejante.
—Acércate—dijo Levi, poniéndose de pie.
Debajo de unos viejos cartones, escondían los carboncillos con los que solían dibujar. Levi tomó en sus manos uno bastante grueso y largo, fingió forcejear en exceso para poder romperlo y dibujar junto a Mikasa, pero fracasó en su intento, aunque esto también lo fingió.
—¿Puedes hacerlo por mí?—preguntó Levi, casi sonriendo, extendiendo el carboncillo a la niña que tenía en frente.
Mikasa accedió sonriente, aunque su rostro cambió drásticamente cuando se percató de la fragilidad del carbón, seguido de la respuesta de Levi.
—Gracias, eres muy fuerte.
—¡Idiota! ¡No tengo 3 años!—respondió enojada, entendiendo al fin lo que Levi pretendía. Mikasa nunca vería sus buenas intenciones, Levi había visto como no pudo cortar la leña y eso la apenaba muchísimo, más aún cuando éste se reía al verla enojada; el tono de sus carcajadas era mucho más agudo de lo que hubiera esperado, y su sonido, aún más hermoso.
—Quédate aquí—dijo Levi sosteniendo sus hombros, se alejó un poco y lanzó el primer golpe.
Mikasa no logró esquivar el golpe en su hombro izquierdo, aunque no fue casi nada fuerte.
—¿No quieres romperles los dientes?—dijo Levi sonriente, cuando Mikasa lo observaba confundida—. No deben siquiera atreverse a reírse de ti, ¿okay?
A medida que el tiempo pasaba, sus tardes juntos se repetían y Levi ya no podía explicar cómo es que estaba seguro de que Mikasa se parecía tanto a él, pues no recordaba sus emociones de niño, sino simplemente los hechos. Él se había formado en los campos Ackerman.
Recordándose a sí mismo durante su niñez, la memoria de su madre lo acompañaba a cada instante a lo largo de los siguientes meses. Esto sólo despertaba su curiosidad por los padres de Mikasa, ¿qué tan increíble podría ser la diferencia con los suyos?
Sin embargo, jamás se atrevería a hablar con la muchacha al respecto, prefería limitarse a dibujar con ella, enseñarle algunas técnicas para que pudiera defenderse por sí sola y abstenerse de leer en su presencia.
—¿Cómo dibujarías un árbol?—dijo Levi, incentivando a Mikasa.
—Así...—respondió Mikasa, tomándose su tiempo en ilustrarlo.
—¿Y una montaña?
—¿Qué es eso?
—Oh, están fuera de las murallas. Entonces déjame preguntarte, ¿sabes lo que es un océano? ¿Un volcán? ¿O un desierto de arena?
Mikasa escuchaba atenta cada una de sus palabras, inundándose en la curiosidad que jamás había sentido por el exterior. Era pequeña y no le importaba saber de donde había sacado Levi todas esas historias, entonces, sólo él era consciente de sus orígenes.
Cuando recordaba a Kutchel, su memoria daba por sentado que siempre contempló la gran cantidad de hombres desconocidos que entraban a la habitación alquilada de su madre a diario; a veces solían repetirse. Levi obedecía las reglas ya establecidas por su madre, cada vez que un cliente tocaba su puerta, debía correr al baño y quedarse allí hasta que su madre le avisara que estaban solos de nuevo. Lo ideal era que esperara en la bañera, por si ocurría alguna emergencia o alguien quisiera entrar. Solía tapar sus pequeñas orejitas con fuerza cuando escuchaba gruñidos masculinos venir de la habitación, objetos caerse contra el suelo o el simple chirrido de la cama golpeando su respaldar contra la pared, conociendo a una prematura edad las razones de aquel agobiante sonido, y que en un par de horas, él tendría que acostarse ahí mismo para poder descansar durante toda la noche, siempre y cuando su madre no tuviera invitados.
Se odiaba cuando continuaba recordando o soñando con esos sucios hombres que irrumpían en su escondite, entrando al estrecho y asqueroso baño, en ocasiones, borrachos o descubiertos. Algunos lo ignoraban, otros se enfurecían con Kutchel al descubrir que tenía un niño en la habitación y la golpeaban como castigo, sumando otro perturbador sonido a los profanos oídos de Levi.
Todas sus pesadillas terminaban con su propia voz, inundada en una amarga admiración por el cariño de su mamá, cuando ésta no mostraba ni la más mínima pizca de rencor cuando oía a su hijo decirle que, a pesar de siempre tener hambre, para él, ella era asombrosa por no sentirla y no necesitar comer tan a diario como él... Sus agobiantes recuerdos eran constantes.
Jamás supo quien fue su padre, pudo haber sido cualquiera de los muchos hombres que vio entrar por la puerta de su habitación, podría haber sido alguno de los que golpeaban a su madre porque no les gustaba el color de su ropa interior, o algún otro que lo haya golpeado por intentar defender a su madre.
Cuando Kutchel enfermó, a Levi ya no le importaba la bajeza de su condición cuando la escuchaba llorar mientras atendía a algún cliente y éste se marchaba asqueado, lo único que deseaba era poder tenerla con él un poco más tiempo. Quería que Kutchel lo viera crecer y acompañar su camino mientras se convertía en alguien respetado, en alguien que pudiera rescatar a su madre y pagarle con una vida decente por todo su inmerecido cariño hacia una criatura tan despreciable como lo era él; una consecuencia viva del pecado de su madre.
Para cuando la Legión de Reconocimiento llegó por él, el cuerpo de su madre yacía muerto a su lado desde hacía cinco días. Nunca conoció de qué manera encontraron a un niño huérfano en las profundidades de una ciudad subterránea, ni porqué el comandante Erwin Smith los acompañaba en una tarea tan insignificante como recoger una basura que les serviría únicamente como reciclaje, pues ningún padre en su sano juicio accedería a entregar un hijo a los campos de experimentación Ackerman; sin embargo, ni siquiera tener que ir con ellos le importaba a Levi, si Kutchel estaba muerta, ¿por qué razón querría ejecutar sus grandes planes de vida?
De esta manera, ¿cómo podría esforzarse aún más por intentar comprender a una niña que, según Levi, había sufrido mucho más que él? Nunca podría comprender el sentimiento de odio puro, pues la muerte de su único ser querido no fue culpa de nadie sino una causa natural, tampoco comprimía una insaciable sed de venganza por una vida arrebatada. Mikasa había tenido una madre que le leía cuentos, mientras Levi había amado a una madre prostituta que le enseñó a dibujar en medio de su propia basura.
Quizás ella tampoco podía descifrarse a sí misma pero sí a Levi con sólo mirarlo, así como él lo hacía con Mikasa, porque por sus propias fuerzas le resultaba imposible, no sabría por donde comenzar entre tanto dolor comprimido. Quizás eran más parecidos de lo que creía.
Los meses pasaron, mas no se cumplía un año desde la llegada de Mikasa, cuando los superiores ordenaron que entrara al laboratorio junto a Levi, ya que eran "los que más prometen". Precisaban acabar con ambos lo antes posible, pues Levi estaba en los campos desde hacía casi ocho años. Si todo marchaba "bien" con los avances de experimentación, Mikasa podría superarlo con creces a una muy corta edad. En conclusión, serían sus mejores soldados.
Las cámaras de calor sólo dejaban al descubierto los rostros de los objetos de prueba. Levi lograba divisar el enrojecido rostro de Mikasa en la capsula frente a la suya; se odiaba por ayudarla a mejorar su resistencia y fuerza, si no lo hubiese hecho, Hanji no se enfocaría tanto en ella, incrementando la intensidad de sus pruebas, tratándolos como si fueran titanes.
Al observar su antebrazo terso como la seda desde hacía varios meses, no le causaba ninguna clase de satisfacción ver cómo borraban de su cuerpo las cicatrices de su infancia, hasta que volvía a su memoria lo poco que le importaba considerarse "humano".
Nunca había soportado de tal manera las pruebas, el dolor de ver a Mikasa aguantar las mismas torturas que él era una agonía superior e insufrible. Experimentaban con su resistencia ante la asfixia, quitándoles el aire. Con la hipotermia y la deshidratación los metían en capsulas de frío o vapor extremo. Con respecto a la fortaleza de su exterior, comenzaban con golpes, extracción de pequeñas capas de piel o aberturas de músculos sin anestesia alguna. Sin embargo, Levi podía asegurar las pruebas que le seguirían a su persona por ser el experimento más avanzado; suponía que concluirían con innecesarios métodos como la estrangulación, quebraduras de huesos y no sólo fracturas, incluso lo obligarían a ingerir basura o sustancias tóxicas... Se sorprendía de poder soportarlo, pues ¿qué más le quedaba? Sin embargo, ver como le hacían exactamente lo mismo a Mikasa...
Con el vivo recuerdo de su madre, Kutchel, en su memoria, se preguntaba qué hubiera preferido para él. ¿Una bestial eugenesia desde sus diez años?, o en cambio, ¿una vida rodeada de prostitución, probablemente, siguiendo el mismo camino?
Cuando sus sesiones concluían, le permitían aguardar en las enfermerías hasta que al menos, su cuerpo dejara de temblar. Sentado junto a Mikasa, en silencio, respirando profundo y con fuerza, desviaba su mirada hacia ella, conteniendo sus deseos por abrazarla al verla a través de los ojos de su madre. Sin embargo, jamas vería a Mikasa como a una hija, ella no significaba algo semejante para Levi, tampoco como a una hermana. El cariño que sentía por Mikasa simplemente lo superaba en la apreciación de su propia persona, como si la vida de ella en verdad valiera la pena a diferencia de la suya.
Si Kutchel estuviera con ambos, traería con ella alguna hoja amarillenta para que dibujaran donde les gustaría estar, a ellos mismos, lo que quisieran con tal de verlos sonreír una vez más; pero lo único que permanecía en el lúgubre ambiente de la sala de enfermería eran los sollozos de otros niños a la distancia y la respiración agonizante de los más fuertes. A Levi no le importaría tener que tragarse sus cuentos de una vida fuera de los muros otra vez, si así lo ayudaba a devolver a la niña que estaba a su lado, aquella sonrisa que tanto había disfrutado durante las tardes anteriores. En efecto, los océanos, desiertos, junglas y manantiales no eran más que utopías de miserables familias para Levi, historias falsas que según él, los más ingenuos creían, pues nadie de la ciudad mencionaba siquiera salir de las murallas.
Las cenas por las tardes siempre se repetían de la misma manera, en silencio o en una completa histeria, pues la mayoría acababa de salir de los laboratorios. Cuando las peleas y gritos comenzaban, como en aquella misma tarde, los más pequeños solían retirarse de la sala, si no eran ellos mismos quienes ocasionaban los disturbios, naturalmente. Levi no estaba de humor siquiera para intentar separar a Gunther y Auruo en sus estúpidas riñas, cuando se levantó y comenzó a caminar en dirección hacia la gran habitación para mayores y entró en ella, se percató de la cantidad de mocosos que habían optado por refugiarse allí. Todos se retiraron sin decir mucho cuando lo vieron ingresar en la habitación que le correspondía por tener diecisiete años, excepto Mikasa, que no había mostrado ni el más mínimo ademán por marcharse.
—¿Cuál es tu cama?—preguntó Mikasa, poniéndose de pie, luego de haberse sentado en cualquiera.
Levi señaló la propia entre todas las camas a lo largo de la habitación. Mikasa no tardó en echarse sobre el blanquecino y limpio colchón de su amigo. Sus labios se cerraron de nuevo, cuando estuvo a punto de ordenarle que se largara hacia la habitación de niños.
—Mojaste la almohada... ¡Y ensuciaste la frazada con tus botas embarradas, Mikasa! Tienes el cabello demasiado largo, mocosa—replicó Levi, sentándose en el borde de su cama.
—¿Debajo de los hombros es demasiado largo?—dijo Mikasa, levantando su cuerpo, sentándose a su lado.
—Cállate... Espera aquí, tsk.
Levi no tardó más de cinco minutos en regresar con una toalla, un peine y una goma para el cabello. Sin pronunciar palabra alguna, Mikasa se acomodó en el centro de la cama, dejando que Levi secara y peinara su cabello. Aún así, Levi no le recordaba a su madre, ella sería irreemplazable durante toda su vida, el sentimiento que experimentaba repitiéndose con él no era nada más que la calidez de sus manos y la suavidad con que peinaba su cabello, el cariño que Mikasa lograba percibir en las toscas palabras de su amigo mayor.
—¿De donde lo sacaste?
—Petra.
—¿Le dijiste que era para mí?—preguntó Mikasa, queriendo evitar cualquier problema.
—Yo no voy a recogerme el cabello, idiota—respondió Levi ante lo obvio.
Mikasa charlaba lo justo y necesario y era bastante inteligente para estar por cumplir recién los once años, era la mejor compañía que Levi había tenido hasta entonces, a pesar de fastidiarse con cualquier insignificante pequeñez. Sin embargo, nada de eso le impidió que la enviara a su cuarto, hasta que la detuvo justo en la puerta.
—Alto ahí, ¡espera, Mikasa! Y ven aquí.
—¿Otra vez?—se quejó la niña.
—Sí, no creas que me olvidé. Acércate más.
Cuando Mikasa regresó a su lado, Levi le enseñó con su manos sus sábanas manchadas con el barro de sus botas y la funda de su almohada empapada debido a su cabello húmedo. No le permitió que se marchara, sostuvo su pequeño antebrazo cuando ésta lo intentó.
—Ahora sígueme—dijo Levi, luego de quitar las sábanas de su aseado colchón.
—No sé hacerlo... Si quieres que limpie tus sábanas.
—Entonces te enseñaré y aprenderás.
—Maldita sea, no volveré a ir a tu habitación—gruñó Mikasa, reconfortando a Levi, haciéndolo reír.
Entre otras cosas, la pequeña niña de cabellos oscuros lograba que Levi olvidara lo peligroso del cariño que comenzaba a crecer entre ambos. Sin embargo, jamás se percatarían del hecho hasta que éste mostrara sus consecuencias.
Continuará
Hola! Muchas gracias por haber leído el capítulo anterior, espero que la historia les esté gustando. Saludos!
