Capítulo 2: Ay, ay, ay. Sorpresa, sorpresa: Parte 2
Mientras el viento corría fríamente por las calles de la capital de Buenos Aires, una valiente lechuza se enfrentaba a él con un objetivo en la mente: Constitución. Era en aquél barrio del centro de la ciudad, donde una joven de 17 años despertaba con pesadez, otra mañana fría en la cual tenía que asistir a clases, sus días le parecían tan aburridos y monótonos que prácticamente se preparaba para ir a la escuela como si fuera una máquina; se lavó los dientes, la carita (con agua y jabón), se vistió, bajó a desayunar, sus padres se despidieron de ella y luego, decidió que era hora de emprender el largo viaje de dos cuadras hasta la escuela. Salió de su casa con desazón y con los ojos prácticamente en blanco del aburrimiento, pero se asustó terriblemente cuando pasó por al lado de su buzón y una lechuza salió volando a una velocidad increíble desde atrás de dicho objeto. Se quedó paralizada unos segundos, hasta que volvió en sí y curiosa, revisó el buzón, con miedo, quizás había un ratón o algo así, no era normal una lechuza ahí, ¿O, si? No tenía idea, nunca se puso a estudiar la fauna de Constitución, finalmente abrió su buzón y vio que lo único que había ahí era una carta "Qué raro…" pensó; sus padres tuvieron que haber revisado el buzón, pero se sorprendió aún más cuando vio a quién iba dirigida dicha carta, decía "Para: Zatana Zatara" esa carta era para ella. Miró para ambos lados sin entender bien, finalmente, recordó que se le hacía tarde para la escuela, por lo que guardó la carta en su mochila y salió corriendo.
Las clases siempre eran extraordinariamente aburridas para Zatana, lo que más la hacía feliz era el saber de que ese año era el último de esa tortura, estaba tan aburrida que lo único que le resultaba entretenido era tirarle papelitos al imbécil que odiaba de la clase, estaba tan dormido que ni se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor, pero incluso eso se volvió aburrido, la idea de empujarlo por un barranco era mucho más divertida, no era bien aceptada por la sociedad y, aparentemente, era inmoral. Con su ideal de entretenimiento arruinado por esa sociedad ortiva, recordó la carta que recibió aquella mañana; la buscó en su mochila y cuando la encontró la inspeccionó cuidadosamente, era una carta extraña, más teniendo en cuenta que en estos días mandar cartas está totalmente "out", sin más, la abrió y lo que leyó a cualquiera de sus compañeros le hubiera parecido una locura increíble, pero para ella tenía sentido, la carta decía que había sido admitida para ir a Hogwarts, y que ella era una bruja, cosa que siempre sospechó, y ahora, todo tenía sentido, estaba tan emocionada, por fin su vida podría dar ese cambio radical que estaba necesitando, nada, NADA, podía arruinar ese momento -¡Chicos corran, la escuela se derrumba! – gritaba el preceptor que se hacía presente y todos sus compañeros salían corriendo, pero nada podría arruinar aquel momento, el techo del aula se caía a pedazos pero ella seguía ahí leyendo la carta por quinta vez con una sonrisa de oreja a oreja… Hasta que la escuela se derrumbó por completo y quedó bajo escombros. Aún así, ella no estaba lastimada, una fuerza invisible la había protegido.
Esa tarde Zatana volvió a su casa con la misma sonrisa que tenía mientras leía la carta, solo que ahora estaba llena de polvo, pero no le interesaba, fue hasta su cuarto evitando pasar cerca de sus padres, que ya habían vuelto del trabajo. Una vez en su habitación, cerró la puerta con llave y se puso a armar una valija, por suerte tenía unos buenos pesos ahorrados, no podía decirles nada de la carta a sus padres, porque, de hecho, Zatana, en realidad era adoptada, por lo cual era evidente que no había heredado la magia de ellos y no la entenderían, pero aquella carrera que se había mandado hasta su cuarto no había pasado desapercibida por sus padres, al contrario, les había llamado mucho la atención y ya estaban del otro lado de la puerta golpeando –Zatana- La llamaba su madre -¿Está todo bien?
-Si, ma, no te preocupes…
-¿Entonces por qué subiste corriendo?
-Es que me moría de ganas por ver… eh… mmm ¡Glee!
-¿Glee? ¿Qué es eso?
-Emmm…. Una ¿Película?
-Zatana, no mientas- Exigió con tono autoritario su padre –Abrí la puerta.
-¡No!- Grito metiendo rápidamente lo que tenía a mano en su valija.
-Abrí la puerta- Repitió el hombre golpeando.
-Lo siento, pero es que no van a entender.
-Dios mío, Zatana, somos tus padres ¿Cómo no te vamos a entender?- Decía la mujer entre risas -¿Qué? ¿Te llegó una carta que dice que te aceptan en una escuela de magos y que vos sos una bruja?- Ambos estallaron en risas y la puerta se abrió dejando ver a la chica abriéndola con la valija ya lista.
-Si- Respondió tímidamente y sus padres volvieron a estallar en risas, ignorándolos con algo de pena pasó a través de ellos para ir escaleras abajo.
-¿A dónde crees que vas?- Preguntó su padre volviendo al tono autoritario.
-Ustedes no entienden…- Dijo volteándose a verlos- Por eso me voy ahora que estamos a poco de Agosto y voy a recibir un entrenamiento por los años perdidos que no asistí a Hogwarts…
-Hija mía… ¡Te estás drogando!- Exclamó la mujer entre lágrimas, la chica solo suspiró y giró sus ojos cansada, se volteó y siguió su camino.
-¡Zatana volvé a tu cuarto!- Le gritó el hombre cansado.
-¡NO!- Le gritó ella el cuádruple de fuerte, tanto fue así que la casa explotó, al parecer, la chica tenía mucha magia contenida, aprovechó el momento de confusión para salir corriendo con el destino de algún hotel bien en el centro de Buenos Aires.
Pasó cada día del invierno de su onceavo cumpleaños sentado frente a la ventana pacientemente, esperando ver una lechuza con ese sobre en las patas… pero no llegó. Él sabía que era mago, más de una vez habían sucedido cosas a su alrededor, que sus padres habían descripto como magia accidental, algo que les sucede a todos los niños magos. Estaba triste, decepcionado. Sus padres escribieron al Colegio, al Ministerio, a todos lados, pero la respuesta nunca era clara. Así que los padres de Nazareno, le compraron su primera varita y se dedicaron a enseñarle ellos mismos. Después de todo, el Ministerio no podía controlar si él hacía magia o no. Así, que tuvo una adolescencia algo particular, era un hechicero que vivía en un mundo muggle, porque además de estudiar magia en casa, iba a un colegio de muggles, y tenía amigos muggles (y también enemigos muggles, a quienes siempre les sucedían cosas extrañas). Cada año esperaba la carta perdida, pero con el paso del tiempo, fue desapareciendo.
Llegó el invierno en qué cumplió 17 años, el año en que él estaría egresando de Hogwarts. Una mañana como cualquier otra Nazareno se despertó por el ruido de una lechuza en su ventana, que llevaba un pesado sobre con letras color esmeralda en su pata. La carta de Hogwarts. Él la abrió y la leyó con una mezcla de emociones en su interior, no sabía que hacer. En ella explicaban que parte de los registros se habían traspapelado accidentalmente, y que por eso habían tardado 7 años en enviarle la invitación al colegio. Una hoja de más estaba adjunta, era una solicitud de presencia el 1° de agosto en la capital de Argentina, en el cual decía que recibiría entrenamiento. No entendió para qué, porque supuestamente él sabía todo gracias a sus padres. Nazareno al principio creyó que era una broma, una mentira. Cuando les mostró la carta a sus padres, estos le aseguraron que era auténtica, idéntica a la que ellos habían recibido. No pudo olvidar el resentimiento y la tristeza que había llevado durante tantos años por no poder ir a Hogwarts. Y ahora que tenía la oportunidad de hacerlo, sentía que ya había aprendido mucho más en su casa, pero su familia lo convenció de que no tenía nada que perder y mucho más por aprender aún. Entonces accedió, pero no sin preguntarse como le explicaría a "C" por qué dejaría la escuela y se iría todos los años a otro lugar, ni sin tampoco pensar que lo extrañaría.
Con el frío habitual de la ciudad de Tandil, una chica de muy baja estatura se enfrentaba a él junto con el viento invernal; los cancanes de lana de su uniforme del colegio no eran suficientes a pesar de estar usando polera, camisa, corbata, jumper, suéter, bufanda y blazer. De por sí, era friolenta, así que es inimaginable lo que sufría el frío, aún, cuando eran sólo diez cuadras para llegar a su casa. Escuchando música desde su celular se pasaba un poco más rápido, pero aún así…
Llegó a su casa con los cachetes colorados, saludó a sus padres, de palabra, nomás, y fue hasta su habitación para dejar la pesada mochila y sacarse la bufanda y guantes. Abrió la puerta de su placard para saludar a Alberta, su gata negra de pelo largo, quien le maulló con reproche y entreabrió sus ojos amarillos, al estar durmiendo plácidamente entre las camisas colgadas de su dueña. Ya se estaba yendo, cuando encontró un sobre con letras verde esmeralda que rezaban su nombre. Lo abrió, una de las hojas informaba que había sido aceptada en una Escuela de… ¿Magia? No lo podía creer, no podía ser posible, su corazón se aceleró mucho, las manos le temblaban y transpiraban, a pesar del frío. Fue tambaleándose hasta el comedor, y su hermana, que iba hacia ella, para su habitación le dice:
- ¿Sos boluda? ¿Por qué caminás- ¿Y eso?
- Che, miren lo que estaba arriba de mi cama. Algún pelotudo se hizo el gracioso y me mandó esta carta.
- No es ningún chiste.- Dijo su mamá
Bel, esperando una risa de parte de su padre, se vio decepcionada.
- ¿Qué? ¿Qué es?- Se quedó seria su hermana menor. Seguramente pensaba que había ocurrido una tragedia. Fue a su habitación a llevar su mochila (no se volvían juntas del coelgio). Al rato volvió con el mismo sobre, desde su habitación.- Che, a mi también me llegó uno.
- Nunca se los dijimos pero, yo soy hechicera, y ustedes también.
Tentadas de la risa, las hermanas no aguantaron y se echaron a reír.
- Ay, mamá, dejate de joder- Dijo Bel.
- Ah, ¿No me creés? Bueno.- Sacó una varita, la agitó, y la comida apareció en sus fuentes.
Sus ojos estaban fuera de sus órbitas.
- Como se habrán fijado, ahí dice que fueron aceptadas en un colegio de Magia y Hechicería, deberían haber recibido su carta cuando cumplieran 11, pero…
- Este país de mierda, siempre todo mal.
- No, porque las cartas vienen de Inglaterra y…
- Seguro no las mandaron porque nos tienen bronca por lo de Malvinas.
- ¿Te podés callar?- Replicó su madre. – Supuestamente fueron "lechuzas rebeldes" lo que hizo que no llegaran. Pero este año vas a irte para donde enseñan-
- Pará, ¿Yo no voy?- Dijo Rocío.
- No, no vas.
- Ah, loco, ¿Por qué yo no voy?
- No contestés así- Dijo su padre.
Los miró, desafiante.
-Porque si tu hermana va a ir a las 16, vos también, además tendrías que hacer unos años más de colegio acá.
- Bueno, está bien.
- Belén, almorzá y después andá a hacerte la valija, que el primero de agosto vamos apra Buenos Aires, porque tenés entrenamiento por un mes.
- Bueno.
- Y más vale que empieces a hacer la valija, porque la noche anterior vas a estar hecha una loca porque no la hiciste.
- Bueno.- Esbozó una enorme sonrisa que no entraba prácticamente en su cara.
- Podés llevar mascota, pero a Alberta no te la llevás-
- Sí, ya sé, me imagino, ¿me pueden comprar un gato?
- Sí, eso te íbamos a decir.
- Ahora, otra cosa, ¿Por qué nunca nos dijiste?
- Porque pensamos que ustedes no iban a ser como yo, y por una cosa o por otra se nos fue pasando el tiempo, y al llegar su cumpleaños número once, no pasó nada. Así que lo mantuvimos en secreto.
- Ah, los copados les decían a ustedes. Che, Rocío.
- ¿Qué?
- Comé por puta.
Todo iba bien, cuando Belén se puso a pensar qué excusa les pondría a sus amigos, pero principalmente a su mejor amigo, con el que siempre habían compartido todo, probablemente, más tarde la convenciera a su madre que haga un poco de magia frente a él para convencerlo que era cierto.
Durante una fresca seminoche de viernes, mientras los pisos resonaban al son de las chapas de sus zapatos, el timbre sonó. Fue inexplicable como Macarena fue capaz de escucharlo pero de inmediato el movimiento cesó para dar lugar a un simple grito:
- ¡MAMÁ!
- ¿Qué, nena?- se escuchó una voz aun más chillona que la anterior proveniente del piso de arriba –
-Atendé, eso pasa, estoy ensayando y una estrella como yo no puede interrumpir sus ritmos de ensayo –
- Deciles a quien sea que te refieras como estrella que ahora estoy ocupada y que si llega a ser el repartidor con tus zapatos profesionales mejor que te decidas a abrir la puerta.
- Aggghhhhhh –se escuchó, mientras Macarena se decidía a apagar el reproductor y encaminarse hacia el portón.
- Mas te vale que sea importante- murmuró hacia adentro a medida que separaba la puerta de su marco y dejaba al descubierto la figura de la persona detrás de ella.
Una mujer definitivamente mayor y vestida de pies a cabeza con un vestido sumamente anticuado y suntuoso color verde esmeralda le dirigió la palabra:
- Busco a la señorita Macarena Muñoz
- Ella misma en persona - respondió con tono arrogante semiflexionando una rodilla y extendiendo un brazo en alto.
- Vengo con un comunicado dirigido hacia usted, procedente de la es…
- Sí, sí, sí. Desde Francia con mis hermosos zapatos de baile profesionales – Interrumpió bruscamente a medida que rebajaba de arriba abajo, a la que pronto se enteraría resultara ser una bruja. – Realmente la calidad de los mensajeros es cada vez mayor y deplorable, ese uniforme, ¡Por dios! ¿De dónde lo sacaron? ¿Del siglo XV?
- Discúlpeme señorita, pero usted me esta faltando el resp-
- Sí, sí, sí. ¿Dónde firmo? – Sin anticipación alguna se dispuso a sacar de su bolsillo una lapicera- cuídelo mucho, algún día valer...
El momento justo en que la lapicera asomó por sobre la tela la anciana frente de ella adoptó una oposición firme y concentrada y simplemente gesticuló:
-Expelliarmus – la lapicera salió volando de entre los dedos de Macarena – Paso seguido continuó articulando: – Accio – y, del aire, la birome se dirigió en línea recta hacia las manos de la del vestido esmeralda.
- ¡A la mierda! - se escuchó gritar a macarena – ¿Y eso qué fue?
- Empecemos desde cero, mi nombre es Minerva McGonagall, y vengo en nombre de Albus Dumbledore- se presentó formalmente la bruja, doblándose en lo que fue una mínima reverencia – y vengo formalmente a pedirle disculpas por la sumamente atrasada entrega de su carta –
¿Mc-qué?, ¿Alambre?, ¿Carta? - Macarena no podía estar mas desconcertada en esos momentos-Ah, ya entendí, la encomienda decís, ¿no? Está bien que la esperaba hace una semana, pero tampoco tenían que enviar a alguien a pedir disculpas personalm –
- No, es que no me entiende, vengo en nombre del mundo mágico para entregarle su carta de ingreso a la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería – Respondió harta de ser interrumpida.
- Si, cómo no y Celine Dion hace play-back con mi voz, pero nadie lo sabe. No sé que te tomaste antes de venir, pero dejame mis zapatos, y listo- Se acercó a la bruja y comenzó a buscar alrededor –Ahí están – Se dispuso a abalanzarse sobre la espalda de la maga.
- ¡Niñita insolente! - gritó al mismo tiempo que colocaba la mano nuevamente en su bolsillo y sacaba la varita – A mí, no me tocás.
- Un destello de luz salió antes de que se escuchara cualquier frase– PETRIFICUS TOTALUS - Dijo finalmente – Con esa sí que te callás.
Inmediatamente la madre, producto de tremendo espectáculo ocurrido abajo descendió prácticamente levitando las escaleras para encontrarse con la silueta de su hija completamente congelada y en su mirada una expresión de terror aguda. Ampliando el espectro de la imagen frente a sus ojos, reconoció a la figura de la mujer mayor que sostenía una varita con cara de satisfacción.
- Minerva, debí haberlo supuesto.
- Patricia, pasaron muchos años desde la última vez.
- 16 años, para aclarar
- Sí, ya lo sé.
- ¿Y puedo preguntar a qué viene el perrito faldero de Dumbledore a mí casa? ¿A qué ocasión se debe que hayas dejado petrificada a mi hija?
- Lo hice porque era necesario es igual de molesta que-
- ¿Qué quién? ¿Qué yo?, ¡Ay, Minerva!, ha pasado mucho tiempo y seguís con el mismo rencor, no es mi culpa que él no te haya elegido, ya bastante tuvo que soportar las repercusiones de casarse con una muggle – Las ultimas palabras soltaron un matiz de dolor sólo conocido por su interlocutora.
-De eso vengo a hablar, hubo un error.
- ¿Un error? Sí, claramente, fue un error el haber inmovilizado a mi hija, haceme el favor de romper el conjuro, por favor. –
- Que la haya inmovilizado, no significa que no pueda escuchar; lo que tengo que decir, la involucra a ella, y necesito que se quede callada por unos minutos – Cesó de hablar por unos segundos y retomo el discurso: – La razón por la que estoy aquí, es para entregarle a Macarena su carta de Aceptación en Hogwarts.
- ¿A Hogwarts?, pero esperamos esa carta por años y nunca llegó, no podés venir ahora y decirme esto, dimos por sentado que ella no tenia poder alguno. –
- Ya lo sé, pero hubo una serie de errores "administrativos" que en estos momentos me estoy encargado de resolver, tu hija es una de los nuestros. Ahora ya esta resuelto, uno menos por el día, debo irme a continuar entregando estas cartas – Colocó un sobre en las manos congeladas de Macarena y con un chasquido de los dedos una escoba voladora se poso a su lado – Dentro de un mes deberá viajar a la capital para realizar el curso de entrenamiento antes de partir a Hogwarts –montó su escoba y con dos golpecitos de pies se dispuso a salir volando. – Dicho y hecho. –
- Pero, Minerva, ella no sabe que su padre es mago, ¿Cómo le explico todo? Por dios, mujer, por lo menos hazme el favor de descongelarla, para que no la vean así los vecinos. –
- Hecho – se escuchó decir desde una figura que se desdibujaba en lo alto del cielo. –
Rápidamente recuperó el movimiento y el habla:
- ¿Papá es mago?
-Sí, hija, juro que puedo explicarlo todo.
- Si papa es mago, entonces yo soy bruja, con varita y todo ¿Sabés lo que significa eso?
- Ya sé, hija, no te enojes, se que es complic-
- Significa que voy a ser una superestrella con súper poderes, ¿A cuántas de esas viste en el mercado actual? ¡Por fin voy a ser famosa!, ¡ Hogwarts, be ready for me!
