II


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4 de marzo de 1935, Brooklyn, New York

Tomaba su mano derecha con todas sus fuerzas, su fiebre había aumentado a medida que los minutos pasaban. Estaba molesto, colérico, tanto con su padre como con los demás integrantes de su familia. Steve había llegado hasta la puerta de la habitación de la niña, no quiso ingresar, no quiso romper con la atmósfera en la que ambos estaban sumidos. La enfermedad y la tristeza.

Bucky se reprochaba el hecho de dejar que Becca saliera de casa, no debió de gritarle a su padre alcohólico y ver que los abandonaba sin más, no debió permitir que la pequeña saliera corriendo detrás de él en un día lluvioso, abandonando su hogar para recuperar la parte de su corazón que se iba con su progenitor quien no se volteó a esperarla o, siquiera, a despedirla.

¡Papá!

Aquel sonido se ahogó en el aquel charco de agua en el que ella tropezó, empapando su vestido y aquel osito de feria que aferraba como si se tratara de su propia vida, el obsequio más preciado de parte de su hermano mayor. Había llorado tanto esa tarde, con una de sus rodillas sangrando y su cara sucia de barro, tierra y lágrimas.

Él corrió hacia ella cruzando la calle sin detenerse a ver que un auto casi lo atropellaba, mientras se quitaba el saco que vestía como abrigo. Levantó a la niña del suelo sin esperar una interpelación y la cubrió con aquel pequeño tapado abrazándola fuertemente, mientras la lluvia los envolvía. Estaba agitado, enojado, amedrentado al no haberla encontrado en su habitación jugando como debía de estarlo un niño de su edad. Nunca había estado tan desesperado en su vida. Era peligroso salir a la calle y más en días grises como esos. La adrenalina aún hacía que su corazón se mostrase frenético, ni siquiera sentía el frío, la furia latía en cada vena y el calor se acumulaba en todo su cuerpo.

—¡Becca!, ¿por qué saliste de casa? —él tomó a la niña por los hombros e hizo que lo mirara, sacudiéndola levemente, pero las lágrimas y el tartamudeo agónico de la niña de cinco años dejaba una respuesta tan clara como aquellas nubes que tapaban el sol. Él, de alguna forma, quería transmitirle lo preocupado que estaba por no haberla encontrado en su habitación—. ¡Nunca vuelvas a hacer eso! —la abrazó tan fuerte que las lágrimas de Bucky salieron involuntarias de sus ojos.

Nunca olvidaría ese día, nunca olvidaría esa sensación de vacío que dejó ese microsegundo de ausencia, esa fuga, ese abandono repentino. Nunca le perdonaría a su padre haberse marchado dejando a Becca en medio de aquella plazoleta, empapada en lágrimas y con el corazón sangrante.

Un apretón en su hombro lo hizo volver a la realidad. Los zafiros azulados y la media sonrisa de Steve le dieron el apoyo que necesitaba.

—Se pondrá bien —lo consoló.

—Lo sé —Bucky nunca había sido pesimista al respecto. Aunque, aún así, no estaba con muchos ánimos para hablar y dejó que un silencio mordaz los invadiera.

Steve aprovechó ese momento para sentarse al otro lado de la cama, contemplando a la pequeña niña que dormía con una mueca de tristeza en el rostro. Aquella fiebre era más una cuestión emocional que física, su corazón había sangrado tanto el día anterior que quedó anémico y con menos fuerza, enfermando asimismo su pequeño cuerpecito.

Bucky la observaba fijamente, como si su mundo se hubiese derrumbado, como si no hubiese nada más. Steve notó que una lágrima se asomaba por la mejilla de su amigo y terminaba en la barbilla, goteando sobre las sábanas que cubrían a la niña.

—Nunca... —el castaño carraspeó aclarándose la garganta para que su voz no sonara tan quebrada—. Nunca le perdonaré esto.

—Quien debe decidir eso es ella —aclaró Steve—, sé que estás enojado, pero...

—Lo siguió, Steve —ahora Bucky buscó la mirada de su amigo quien pudo notar que no solamente le había dolido a la niña, sino, también a él. Le dolía haber sido parte de la disputa que terminó con la cabecera de la familia huyendo bajo la lluvia y a su hermanita enferma en la cama de su habitación—. Lo siguió y él no hizo más que caminar y caminar, dejándola tirada en ese charco.

El abandono era algo que no soportaba, estaba dolido profundamente. Demostraba ser fuerte, pero cuando se trataba de Becca, todo parecía venirse abajo. Era su hermanita, era al único ser que le había cantado una nana para dormir, al que había arrullado en sus brazos cuando nació y quedó tan tranquila que lo acunó como un segundo refugio, luego del seno de su madre.

No podía verla sufrir, no podía verla de esa forma.

Aunque la fiebre duró algunos días, Bucky comprendió que podría vivir sin muchas cosas, comida, techo o ropa elegante para impresionar a las chicas, pero no sin la sonrisa de Becca.

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Bueno, no hay mucho para explicar en esta parte, más que aclararles que este es un mero recuerdo de Bucky en su afinidad con su hermana menor. Bucky tiene 18 años en estos momentos y Becca 5 años. Su padre los abandona y Bucky debe pasar por este episodio para experimentar dolor por primera vez. Es para que sea más fácil recordar más adelante, ya que uno recuerda más los sucesos tristes que los alegres, al menos él.

¡Espero que lo hayan disfrutado!