R.

Rumpelstiltskin nunca había sentido tal torrente de emociones en su cuerpo. Sentía rabia, odio, tristeza y miedo. Hacía unos instantes había odiado a Belle como nunca había odiado a nadie, y ahora ya no sabe ni lo que sentir hacia ella. Sabía por qué la odiaba, por mucho que ella pensara que la odiaba solo por querer romper su maldición, y aunque la parte más oscura de su ser sí la odiaba por eso; la verdadera razón no era esa. La odiaba porque se había sentido engañado, ni siquiera había odiado así a Milah cuando les abandonó a él y a su hijo. Su odio se magnificaba aún más por lo que sentía por ella. Aunque ahora ya nada importa. La mujer a la que más había amado y amará en su vida ha muerto, y ni siquiera la magia puede hacer a alguien volver de entre los muertos.

Sentía rabia, detrás de la coraza del Oscuro seguía siendo Rumpelstiltskin, un cobarde como lo había sido su padre. Ojalá pudiese volver atrás en el tiempo para decirle que no le importa perder sus poderes, que lo único que desea es tenerla a su lado y amarla. Volver a reconstruir su vida, ir en busca de su hijo y formar una familia juntos. Sueños imposibles. El peor sentimiento que le asolaba era el miedo, ¿qué iba a hacer ahora él sin Belle, la mujer que consiguió hacer que su roto y oscuro corazón volviese a latir al ritmo de la más pura forma de la magia? ¿Cómo iba a encontrar alguna vez a su hijo si seguía siendo tan egoísta como el día en el que rompió el trato que tenía con él y lo dejó irse a saber dónde?

Todo por culpa de Regina. Le gustaría odiarla, pero en el fondo siente aprecio hacia ella. Los dos son iguales, los dos consiguen que la ponzoña de sus corazones sea cada vez más oscura con sus actos. ¿No sería todo más sencillo si Regina pudiese pasar página y volver a enamorarse de otra persona? ¿No sería todo más sencillo si él comenzaba a usar sus poderes para recuperar a su hijo y no para hacer inútiles tratos con todo el mundo?

Pero no, sabía que aunque ahora mismo se sintiese así, el mundo seguiría igual, y mañana, a la misma hora, estaría en algún lugar remoto extendiéndole un pergamino a algún alma perdida con una falsa sonrisa de oreja a oreja que le daría a su cara un aspecto aún más macabro de lo habitual.

B.

Aquel lugar hacía sacar lo peor de Belle. Desde que se fue de la casa de Rumpelstiltskin había vagado de un lugar a otro, y sin duda alguna, aquella pensión era el mayor antro en el que había estado nunca. Mientras comía tenía que aguantar los gritos de los borrachos y juerguistas, amén de las múltiples propuestas de varios hombres para que se fuera a la cama con ellos. Finalmente acabó dejando la mitad de la comida en el plato y yéndose a la única razón por la que estaba allí; la habitación.

En cuanto cerró la puerta del cuarto y se tumbó en la cama se sintió en el paraíso, y es que, después de días durmiendo mientras viajaba de un lugar a otro, merecía dormir en una cama sin estar a merced de la climatología por un día. Todavía oía a lo lejos gritos y jolgorio, pero sentía tal paz en ese momento que ya nada importaba. Se recostó en la cama y cogió el libro que tenía en la mesita, pero en cuanto lo cogió y observó la portada del libro una oleada de sentimientos le sobrecargó. Aquel libro había sido el primero que había leído de la gran biblioteca de Rumpelstiltskin, un libro que relata la historia de amor entre un fugitivo y una chica noble; una historia que, como la suya, no terminó de la forma deseada para nadie.

Condenado Rumpelstiltskin… cómo le gustaría darle su merecido y demostrarle que todas sus creencias son erróneas.

Recordaba a aquel enano con el que había hablado hace unos días en una de sus pequeñas paradas en una tarberna, hablaba con tanta emoción de aquella mujer… el brillo de sus ojos podría iluminar hasta el más oscuro de los callejones. Lo mejor de todo es que él no sabía que estaba enamorado. Ojalá ella no supiese porqué se sentía tan terriblemente mal, pero lo sabía, y muy bien.

Maldito sea Rumpelstiltskin, maldito él por ser la causa de sus mayores alegrías y sus mayores amarguras. Pero por más que lo odiase, seguía amándole con todo su corazón. Había visto la bondad en sus ojos, en la manera en cómo la trataba. Pero ni siquiera su amor era lo suficientemente fuerte para traspasar su lóbrego corazón y convertirlo en una buena persona. Podrían haber sido tan felices, haber buscado a su hijo e incluso tener alguno juntos. Pero por mucho que ella quisiera, Rumpelstiltskin seguiría eternamente enamorado del poder, por el cual ya había sacrificado a las personas que más había querido. Ojalá algún día abra los ojos, ojalá algún día descubra que no hay poder ni magia más grande que el verdadero amor y que, cuando lo deje colarse en su vida, verá cómo se convierte por primera vez en su vida en una persona realmente poderosa.