Mírenlo
Disclaimer: Los personajes le pertenecen a la gran creadora Steph Meyer, yo solo juego con ellos en esta pequeña y malograda historia. Prohibida su reproducción o adaptación sin mi consentimiento.
Voy a desollarla viva, mírenla a esa perra ¿Es que… es que ella lo está tocando?
¿Esa perra lo está tocando?
Voy matarla.
Voy a descuartizarla, sacarle a tiras la piel y se la voy a dar a los cuervos.
¡No lo toques!
¡Ella está tocando su brazo!
¡La puta de Alice Brandon tiene los mismos planes que yo! ¿Ella no estaba con ese chico que parece un príncipe? ¡Ricitos de oro versión masculina! El que se parece a Rosalie pero versión masculina.
Gaspar.
Gesper…
Jas…
¡Jasper!
Si, ese. Se supone que está con él. ¿Entonces por qué esta malditamente coqueteando con mi…?
¡Dios, no!
Él no es mí… lo que sea.
—B, chica ¿En dónde estás metida? — Jessica me dio un punta pie debajo de la mesa.
—¿Qué? —dije estúpidamente.
—Bella, nena ¿No habrás fumado sin mi otra vez o sí? —gritó fuertemente, llamando la atención y centrando miradas en nuestra mesa.
Dios, la chica es estúpida.
—Jessica, nena, eso es lo tuyo no me ensucies en tus cosas. — dije cínicamente haciendo un sonido de esnifar y le lancé una mirada enojada, ella dejó de reír tontamente y se encogió en su asiento.
Por la mierda si sabe lo que le conviene.
La cafetería se silenció y luego explotó en conversaciones y comenzaron a lanzar comentarios como "drogadicta" "era obvio" "está acabada" "es la hija de Charlie Swan"
Me levanté de mi asiento casi tirándolo y miré una vez más hacia Edward, él estaba mirándome entre sus pestañas, con sus lentes de pasta, congelado y Alice tenia todavía su mano en su ante brazo.
Sentí la sangre bullir en mis venas como burbujas calientes que explotaban y volvían a resurgir.
Gruñí molesta y crucé las puertas hacia el patio, donde había algunas mesas que podían usarse cuando raramente en Forks estaba soleado.
Troté hacia los bosques y me escondí tras los árboles.
¿Qué me está pasando?
Saque la caja de cigarrillos de mi bolsillo trasero, lo encendí y le di una larga calada.
—Hola Bella.
Grité y salté.
Me di la vuelta.
—tu pedazo de mierda ¿En que estabas…? —Edward lucia blanco y a punto de echarse a correr.
—yo lo s-siento. — tartamudeo. ¡Ugh! ¡Maldito! ¿Por qué tiene que lucir así siempre?
—Deja de tartamudear de una puta vez. — dije bruscamente, saltó en su lugar y se calló.
—Creo que no fue una buena idea venir — dijo finalmente y se giró para irse.
Dios, el pobre chico no tenía la culpa que yo me sintiera rara hoy y que no supiera manejarlo.
Suspiré.
Espero no arrepentirme.
—Edward, espera. — dije y él se giró hacia a mi aun mirando hacia el suelo.
—¿Vas a gritarme otra vez? — murmuró y tuve que esforzarme para entenderlo.
—Jesús, chico, no. Yo… — ¡Por la mierda! Es difícil disculparse, Isabella Swan nunca se disculpa.
Chillé un poco.
—¿Isabella? — preguntó, el lucia preocupado y su voz también lo demostraba.
—Yo lo siento, ¿está bien? ¡No quería gritarte, no quería salir de ese modo, no quiero sentirme así, ni siquiera sé que estoy diciendo! — mi voz en cada palabra fue subiendo y en cuanto terminé, sentí ganas de llorar y mis traicioneros ojos rápidamente se llenaron de lágrimas.
Me tapé la cara con las manos.
Sollocé quedito.
—¿Qué está mal, Isabella? — susurró y luego sentí sus cálidos brazos envolverme.
Aspiré fuertemente y me llené de su olor.
El olía casi como un bebé pero con colonia de hombre. Olía a suavizante de ropa y lluvia.
Era glorioso.
—Me estoy convirtiendo en una de esas chicas que lloran todo el tiempo, doy asco.
El me presiono un poco más contra su pecho y yo finalmente quite como pude mis manos de la cara y rodee su cintura.
—Nunca serás ese tipo de chica, Isabella. — murmuró contra mi cabello.
—No, nunca lo seré porque soy una zorra tatuada y drogadicta — me quejé.
—No eres nada de eso — rebatió. Me aleje y mire hacia arriba, hacia sus ojos grandes culpa de los lentes color verde.
Le lancé una mirada mordaz.
—¿Qué pasa niño lindo? ¿Tú no crees en eso? Tengo la pinta de ser de todo lo que me acusan.
Lo ojos de Edward se apagaron y su agarre alrededor de mi cuerpo se hizo débil para luego desaparecer.
—No me llames así — casi gruño.
Pestañee.
—¿Cómo? ¿Niño lindo? — jugué con él.
—Detente — me pidió, casi rogándome retrocediendo un par de pasos.
Mi mente automáticamente se trasladó a las palabras de Rosalie.
¿Lo has visto? Es horrible, ni siquiera sé cómo es mi hermano.
Oh.
—Esa perra — casi gruñí.
—¿Qué?
—Dios, Edward las palabras realmente te hirieron ¿verdad? — me lamenté.
—No sé de qué hablas.
—Tú estabas escuchando aquella tarde en detrás de la puerta de Rosalie. Demonios, Edward. Después de todos estos años, deberías haber aprendido a ignorarla.
Edward dejó caer sus hombros al ver sido atrapado. Se sentó en el suelo húmedo y yo también.
—No sé qué quieres que te diga — dijo mientras miraba sus manos como si fuera algo interesante.
Miré sus manos también, notando que sus dedos eran verdaderamente largos y sus manos muy cuidadas.
Si sus dedos eran así de largos no me puedo imaginar cómo será…
¡Detente! ¡Contesta!
—No espero nada, nene. Tu hermana siempre ha sido cruel contigo y yo también.
—Ni siquiera sé porque me afecta todavía, quiero decir, no sé porque me afecta que mi hermana no me quiera como tal — confesó roncamente.
Oh, cosita. No llores.
—Me vas hacer llorar.
—No quiero tu lastima — casi gritó y salté.
Dios él podía ser un pequeño leoncito bebé enojado a veces ¿verdad?
—No me grites — dije enojada.
El suspiró.
—Lo s-siento.
—¡Por la mierda no tartamudees! — grité yo esta vez.
Ahora el saltó.
Dios soy una perra. El me envolvió con sus brazos de nuevo casi sentándome en su regazo.
—Lo siento, Isabella. No quería hacerte llorar, por Dios, lo siento, ni siquiera sabía que podías llorar, oh por Dios, oh por Dios. — el chico estaba por entrar en un estado de histeria.
Y yo ni siquiera sabía que estaba llorando.
Me aferré a él.
—Creo que es mi periodo — me quejé el paró de hablar y me miró.
Y se sonrojó.
—Jesús, Edward estoy hablando de que desangraré próximamente, ni que te estuviera ofreciendo una mamada.
Él se sonrojó más fuerte y comenzó a toser.
Me caí para atrás en un ataque repentino de risa.
¿El enserio era tan inocente?
—Cielos, Isabella, no es gracioso, es solo una reacción biológica la cual odio.
Me enderecé y lo miré cómicamente.
—¿Es que tú nunca…? — dejé en el aire la pregunta.
El negó fuertemente con la cabeza y se sonrojó de nuevo.
—¿nada de nada?
Volvió a negar.
—No. — ¿Cómo era eso posible? Quiero decir Edward no pasa mucho tiempo en Forks, siempre está en Port Ángeles. Pensé que tal vez él tendría algo por ahí. Alguna niña tonta, fea y nerd como él.
No es que él fuera feo.
—¿Y un beso? — Pregunté.
El me miró directamente a los ojos.
—Solo unos pocos la verdad. — la ira bullía nuevamente en mí.
—¿Quién era? — Edward sonrió suavemente, él nunca sonreía así.
—A los 9 años, el juego de la botella Mandy Mcgreggor. —casi escupió.
Oh.
—¿Y de entonces nada?
—No. — dijo suavemente, avergonzado.
Mentía.
Mandy nunca existió. Mandy soy yo.
Giré mi cuerpo hacia Edward y le hice una seña para que él también lo haga.
Extendí mis manos y quité sus lentes.
—¿Qué estas…?
—¡Silencio!
Tomé su rostro y me incliné, tomé sus labios entre los míos.
Edward suspiró.
Contuve mis ganas de reír.
Succioné su labio inferior y Edward comenzó a besarme. Gemí y tomé su cabello. Edward era un besador nato.
Al final, mordí su labio inferior y me separé de él.
Lo miré. Con su cabello alborotado sus ojos verdes brillando, sin sus lentes y con su boca roja.
Sonreí.
El siempre seria mi niño lindo.
