-Hetalia no me pertenece.
-Fem!Spamano. No esperen cordura o una línea clara, esto es un experimento.
-"Los días raros" es una canción de un grupo español llamado Vetusta Morla. Los títulos de los capítulos son en base a esa canción.
Sintonizar, reagrupar pedazos
Le gusta caminar nuevamente, a pesar de sentir las piernas como espaguetis. Quizá era su venganza por comerlos demasiado. Fuera como fuera, con la venganza de la salsa de tomate y la pasta, le gustaba caminar: significaba alejarse de la comida de enfermo. Aquella semana se había sentido como siglos (¿había sido siquiera una semana? Estuvo durmiendo la mayoría de los días de su estancia en la oficina/hospital). Por alguna razón desconocida, quería lanzarse a correr calle abajo como cuando lo hacía de pequeña, con su bicicleta sin frenos. Toda una hazaña. Pero esta vez, sin ir en una bicicleta, tenía un freno que le impediría ir en busca de una pequeña subida de adrenalina: Su molesto hermano menor. El perro guardián. Feliciano. Gruñó.
—Ya puedes soltarme.- dijo ella, cavilando la posibilidad de deshacerse por escasos momentos del brazo de su hermano agarrando fuertemente el propio, como si pudiese leer aquella mente prodigio.
—Chiara.- nombró suavemente a su hermana mayor. Pero ella sabía que sólo la llamaba por su primer nombre cuando estaba cansado de ella, o serio…ninguna de las dos posibilidades le agradaba. Feliciano era risueño, ingenuo y un poco idiota, no su guardián. —Tu cuerpo todavía no se repone del choque y lo sabes. Sé que huirás si llegase a perderte de vista por un momento. Y por ahora debemos ir a casa.
Ella frunció el ceño, evidentemente molesta. —Mi casa, querrás decir.
Increíblemente obtuvo una sonrisa por respuesta y la más suave de las voces existentes. —Claro que si, Lovi. Tu casa.
Entonces se calló por la vergüenza que sintió de sí misma al actuar tan estúpidamente. Normalmente no se habría arrepentido de ningún pensamiento y de ninguna palabra, después de todo, todos la conocían así. Sin embargo se sabe indefensa ante esa expresión dulce del rostro del menor. Como cuando ella debía defenderlo de los abusones que lo maltrataban. Y en ese momento, de alguna forma, intentaba retribuirle aquella ayuda, aunque fuese llevándola lentamente del brazo por las calles de Verona.
Pero nada detenía ese deseo, de correr, de correr y no volver. De consumir sus pulmones en el intento, de gastar las suelas de sus zapatos, de no detenerse hasta caer exhausta. Mas se sabe débil, se sabe indefensa.
—¿Cómo fue?- pregunta casi tímida, tanteando el terreno. Su mirada vaga hacia las antiguas casas que la cobijan de un sol abrasador. Alcanza a ver la punta de su rizo, aquel bastardo revolucionario que no lograba bajar ni con horas en la peluquería. —¿Cómo fue el accidente?- completó al no recibir respuesta por parte de su compañero de caminata.
—¿Recuerdas tu promesa de no volver a beber nunca más? Pues nunca fuiste buena cumpliendo promesas.- Responde, hasta con un deje de humor que le sabe fuera de lugar. Se da vuelta y contempla al chico a su lado. Más alto que ella, vestido de forma ridículamente formal y con la expresión tan cansada como los días en el hospital. Tiene miedo a saber, pero quiere un poco más de información para completar el mapa mental que no logra formarse en su cabeza.
Y es que no recuerda nada de aquel accidente. Cada vez que cierra los ojos e intenta recrearlo, sólo se suceden imágenes inconexas. El dolor de cabeza ataca. Pronto debe detenerse.
—¿Choqué contra alguien o algo? ¿Perdí el control y acabé cayendo? Es decir, por el dolor de cabeza y la confusión que siento, algún buen golpe hubo. Anda, luego quiero presumir de eso con mi jefa.- Quiere insistir. No es como que le agrade no recordar las cosas, y su hermano la evade sin esfuerzo.
—Por Alice no te preocupes, fue comprensiva y no te quitará tu puesto. Puedes volver en cuanto te sientas un poco mejor.- Feliciano luce totalmente seguro, sin equivocar una sola palabra. Parece un discurso ensayado. Parece algo ya dicho antes. —Perdiste el control de tus movimientos y acabaste chocando contra un poste de luz; te golpeaste la cabeza. Y siempre te dije que tu casco no era de los buenos.
Chiara infla las mejillas, no le gusta nada que su hermano menor la regañe, ¡¿con qué derecho?! Vale, que estuvo hospitalizada y algunos recuerdos parecían no querer retornar, ¡pero eso no le daba ningún derecho! Uhg, nunca más bebería. Y ya no lo prometería, porque nadie confiaría en ella, ni siquiera ella misma. Bajaron hasta los barrios residenciales cercanos a la Plaza delle Erbe, pasando por los restaurantes tan conocidos y el turismo en flor de piel por las callejuelas aledañas a su hogar.
Lovina se siente como dentro de una película: sabe su guión, conoce las escenas a rodar y sus compañeros de equipo (Feliciano, hasta el momento, y sus padres en alguna ciudad del mundo, lejos, como ecos), y por supuesto, conoce a su personaje, pues ha leído mucho sobre ella: Estudiante de turismo en segundo año, trabaja a tiempo parcial en una tienda de ropa (con su jefa, la inglesa, Alice Kirkland), solitaria mujer, con un par de conocidos. Y sin embargo, todos aquellos pequeños detalles (los capuccinos por las mañanas, el pelo irremediablemente enmarañado, las promesas rotas), eran de una completa extraña, ajena a ella. Chiara Lovina, veintitrés años, mentira, treinta. Perdida por un golpe en la cabeza.
El sonido de las llaves abriendo la puerta la saca de su ensoñación, y desde que entra, examina cada objeto en la habitación para saberse dueña de ellos. La alfombra persa que le costó un ojo de la cara, la mesilla de cristal, el comedor pequeño, para una persona, las escaleras al segundo piso. Un suspiro y se echa en el sofá. Por lo menos eso le parece propio de ella.
—Bienvenida de vuelta.- Exclama Feliciano. —Para celebrar que la dueña volvió a casa, prepararé pizza napolitana. ¿Te apetece?- y se golpea la cabeza. Sonríe. —Claro que te apetece, es tu favorita, vaya que soy tonto a veces.- "Eres tonto siempre, Feli" gruñe ella. No es escuchada —Hermana, ponte cómoda, que yo me encargo de todo.- De un saltito desaparece en una habitación aledaña, la que seguramente es la cocina.
De pronto se percata que no sabe si la pizza napolitana es su favorita. Pero, ¿para qué se preocupa? Si su hermanito menor lo sabe, debe ser cierto aunque ella no lo recuerde. Y lo hará de ahora en adelante, eso es seguro. Se quita los zapatos y se siente libre. Cierra los ojos, mas no duerme, porque ha dormido una semana. Una semana, ¿no? Ya es suficiente, es joven e italiana, joven y accidentada. Basta de dormir.
Abre los ojos y se da la vuelta, para captar de otro ángulo los objetos de su sala de estar. Hay un mueble que sostiene la televisión, la pantalla acumula polvo. Feliciano no ha limpiado la casa desde que ella se fue. Vaya con los hombres, que olvidan ese tipo de cosas. Hay un reproductor DVD , con algunas películas a su lado. Un folleto en la mesilla, sobre la casa de Julieta, la estatua y el museo, un par de calles más abajo. Y entonces, una fotografía de ella misma en lo que parece ser, un evento bastante importante, pues lleva un vestido de gala y unos tacones imposibles, además de un limpio trabajo de maquillaje. El rizo indomable, como su nombre lo dice, alzándose en contra de toda represión.
Cae en la cuenta de que no se encuentra sola. A su lado hay un chico apuesto, de piel oliva y ojos marrones, como esos guapos exóticos que se encuentran a veces por la vida. La está tomando de la mano, y parece contento por eso. Pero no está bien, no lo está. Chiara no sabe quién es él, no reconoce ese traje negro, ni la sonrisa floja, ni esa mano, ni el lugar. No recuerda. No se recuerda a sí misma con él en ninguna parte.
Salta, de pronto, agitada. Coge la foto y corre a la cocina. —¿Quién es él?- pregunta, indicando al tipo que la sostiene con tanta gracia e intimidad. Feliciano parece algo alterado al percatarse de la fotografía. —¡Mierda, Felciano Vargas! ¿Quién es este tipo?- No sabe por qué reacciona así, como si hubiesen cometido un agravio imperdonable con esa fotografía.
—Tranquila, que no es nadie malo. Es tu compañero de instituto, Lovina. Fue tu mejor amigo por años, Salvatore.- Deja el cuchillo de lado junto con los tomates que deja sobre la mesa. —Vamos, te daré tus medicamentos.
Lovina no rechista demasiado al beberse de un trago un vaso de agua con una píldora de nombre extraño. Vuelve a echarse en el sofá, con la sensación de flotar de tan ligero es su cuerpo. Entonces entiende que algo va realmente mal con ella, no se recuerda, y más que eso, no se reconoce. Chiara Lovina Vargas, veintitrés años (mentira, mentira, treinta), sin amores, poca familia. Puede reconocer que hay algo terrible con ella misma, con su memoria y con ese accidente del que no recuerda haber sido protagonista.
¿Qué sucedería si todo era una mentira en ese guión tan ensayado? Sin embargo no puede seguir pensando, porque entra en un estado de profunda calma que la aletarga inmediatamente; pronto se hallará comiendo y viendo una comedia en televisión, y luego, durmiendo: una semana, quizá menos.
N/A: Hola a todos, lo prometido es deuda así que he aquí el capítulo de la semana. Nada queda claro por ahora, pero pronto se sabrán más cosas. Y eso. Adiós.
(Este fanfic sigue siendo un regalo, pase lo que pase).
