DISCLAIMER: Candy Candy o sus personajes no me pertenecen pero esta historia sí.
Les pido una enorme disculpa por no haber actualizado antes, pero debo aclarar los por qué.
1.Además de escribir, tengo un empleo y un hijo, y estas últimas semanas entre los múltiples cambios en éste y el cuidado de mi hijo así como su inscripción a preescolar y el seguimiento a un retraso en su desarrollo no me habían dejado el tiempo. De hecho esto lo escribo pasadas ya las once de la noche de este mismo día. No me tengan lástima ni nada así, sólo lo aclaro porque recibí algunos reviews preguntándome si ya había dejado botado el fic tan pronto. La respuesta es no.
2.Encajaba perfectamente hacerlo para San Valentín. Soy de ritmo rápido para describir los acontecimientos y mi defecto más grande es la impaciencia. ¡Yo quiero que se encuentren! Quiero y necesito expresar esa tensión después de una separación de muchos años, específicamente porque este capítulo en particular se caracteriza por ser acorde a una experiencia personal muy íntima y cercana con alguien de quien me separé por años (menos de los que ellos estuvieron separados, pero no menos dolorosos) y con quien me reencontré hace dos meses apenas. Esto es una historia de amor y así es como debe ser.
3.También quiero comentarles que algún seguidor del fic, de forma muy, digamos tajante, me comentó que no le parecía que hubiese dejado el fic apenas con el primer capítulo y quiero aclararles que para escribir, pretendo darles una linda experiencia y no es linda para nada si se hace bajo presión, sin sentido y sin inspiración y/o en medio de un bloqueo creativo. Candy Candy marcó mi infancia, comencé a verla a los dos años aproximadamente y desde entonces se convirtió en una de mis series favoritas. Mis padres sin saberlo ayudaron para que eso fuese así, y dado que esta experiencia de reescribir una historia que hasta cierto punto las autoras originales dejaron inconclusa es muy importante para mí como lo es para ustedes, espero y deseo de corazón poder proporcionarles una experiencia digna de leer y no darles algo hecho al vapor que no se sienta.
Sin más preámbulo, este es el capítulo 2, basado en la canción "Something about us" del dúo francés Daft Punk. ¿Por qué? Bueno, más razones sentimentales. Será catorce de febrero en tres días y mi mayor deseo es provocar suspiros, que sientan que son ustedes quienes miran a los ojos a Candy o a Terry en ese instante en que vuelven a encontrarse. Sé que amarán la sorpresa que viene a continuación porque ¿No es lindo reencontrar al amor de tu vida en diferentes circunstancias en el mismo lugar donde le conociste por primera vez?
Esto es al más puro estilo shoujo y si yo ambientara esta escena, definitivamente sonaría esta canción.
Dedicado a SanNanKnight. Gracias por esperar pensando en mí, como yo esperé siempre pensando en tí.
...
Something about us
-Candy-
Aquella mañana era jueves.
El sol brillaba por todo lo alto. Sentía ligeras náuseas gracias al movimiento del barco. No puedo negar que había perdido gran parte de mi excelente condición física, gracias a mi trabajo y a que los últimos meses no había hecho más que papeleo y más papeleo de todo tipo.
Necesitaba volver al Hogar de Pony y la única forma era viajar. No había más.
El barco haría escala en Southampton.
Estaba ¿Ansiosa, quizá? Al final de cuentas, fue allí donde me despedí de Gran Bretaña. Y de Terry.
Al llegar al puerto, algunos pasajeros bajaron, otros subieron. Todos volvíamos a América, pero a quienes abordaron no los vi, pues pasé la mayor parte del día en el camarote, con el estómago realmente descompuesto.
Era la única mujer sin compañía en el barco, y el capitán, que conocía perfectamente a varios miembros de la familia Andrey, sobre todo a Albert quien había viajado ya en dos ocasiones antes con él, me prodigó toda clase de atenciones.
Por más grande que fuese el mundo, descubrí con el pasar de los años que la familia de Anthony y de Albert, tenía enorme poder y conocían a muchísimas personas importantes, situación de la que hasta cierto punto me beneficié, pues gracias a eso conseguí mucho patrocinio para los huérfanos del Hogar, las brigadas de primeros auxilios en tiempo de guerra entre otras cosas. Pude ayudar y eso valía el tener que echar mano del apellido que un día Albert decidió darme.
Ya por la tarde salí a tomar un paseo.
El sonido de las gaviotas sobrevolando el barco, el azul intenso del cielo y el olor a sal, más atenuado ya en altamar ciertamente me ayudaron a mejorar porque una vez regresé de vuelta al camarote para la cena de gala en honor del día de San Valentín, festividad dedicada al amor y a los amigos cercanos, decidí vestir acorde a la celebración.
Pensé que era un poco triste celebrar el amor cuando éste no existía allí afuera para mí, pero también pensé que si otros lo tenían, era porque el amor nunca se extingue, siempre está allí, en nosotros, aunque alguien más no nos lo prodigue.
Había aprendido a vestir y a comportarme al fin como una dama.
Ya nadie recordaba los desatinos de cuando era una jovencita ni tampoco nadie me corregía más por cómo hablaba o cómo me comportaba a la mesa. Nadie me reprendía y había aprendido que la libertad de ser, es lo más valioso que tenemos y sólo nosotros mismos decidimos cómo y cuando queremos ser de un modo diferente, pero lo importante en realidad de ser, era ser uno mismo y no cambiar jamás en lo esencial.
Me enfundé un vestido rojo de satín de seda. Realmente era muy ostentoso y había sido un regalo de Albert. Llegaba hasta los tobillos, donde se veían apenas mis pies enfundados en pequeños tacones Luis XV del mismo rojo satín color carmín con orlas y pequeñas piedrecillas de ese tono. Los rizos, ciertamente esponjados por la humedad en mi cabello me dieron problemas, pero al final los hice pequeños rulos que sostuve con horquillas. Algunos se escapaban rebeldes de mi cabeza, pero al observarme en el espejo, quedé anonadada al descubrir que incluso eso parecía elegante. El frente de mi cabeza estaba coronado con una tiara de rubíes, regalo del padre de Annie en una de sus visitas al Hogar, con el que contribuía periódicamente desde el día que la había adoptado. El señor Britter siempre fue sumamente atento en compensación por lo mucho que amaba a su hija y por lo mucho que había deseado que yo también lo fuese, como tantas veces me lo había expresado con real afecto. Apenas llevaba maquillaje, porque las tendencias de moda en América no eran tan excesivas como en Inglaterra, donde las mujeres no salían sin maquillaje, rubor, lápiz de labios y una sustancia negra con la que teñían sus pestañas para enmarcar los ojos, pero que tenía la particularidad y problemática de correrse una vez estos se humedecieran.
Sobre los hombros, descubiertos bajo unos tirantes llenos de magnolias frescas, me puse una chalina de tejido rojo, brillante y trabajada. ¿Otro regalo? Sí. Annie la había hecho con sus propias manos y era un regalo muy querido para mí, tan querido que jamás lo había usado hasta esa noche en que mi mundo después de diecisiete años iba a cambiar. Después de esa noche, mi mundo volvería a su sitio de un modo que jamás imaginé. De algún modo, el ritual de mi arreglo personal aquella noche tenía un significado sin yo saberlo, y es que estaba preparándome para reencontrarme con mi destino, con el hogar al que pertenecía, con los brazos de la única persona a la que había extrañado y amado más que a nadie en toda mi vida.
Al llegar al salón, me esperaba ya el capitán del barco, quien amigablemente me ofreció uno de los palcos del comedor si lo deseaba, ya que estaría sola en la cena y no quería incomodarme sentándome a la suya, lo que con gusto acepté. De mi época de niña, muchas cosas habían cambiado y una de ellas es que había dejado de ser la misma chica sociable. Siendo ya adulta, mis modales se suavizaron bastante y mi usual gusto por la conversación amena y afable se compensó con una actitud agradable aunque más callada y ecuánime.
El palco tenía una bella mesa con la cristalería más bella que había visto. Manteles blancos y rojos, platos de cristal cortado y biselados con polvo de oro. Un jarrón redondo y pequeño contenía las rosas rojas más hermosas y unas magnolias que aromatizaban todo el salón y las sillas eran de roble tallado, con cojines mullidos de tonalidad carmín.
El salón aparecía abarrotado y bajo las luces de los candelabros, situados en lo más alto del techo del barco, muchas personas se levantaron después de los saludos iniciales y las palabras del capitán, a bailar un vals. Ahí fue cuando de inmediato, los recuerdos me asaltaron sin poder reprimirlos. Mi primer vals lo bailé con Annie, a los seis años. Luego, a los doce, con Anthony. Luego de ello, a los quince años, en el Festival de Mayo, disfrazada de Julieta, con Terry.
Ése fue el mejor vals y el último.
No había vuelto a bailar desde entonces.
La luz era tan fuerte que me era muy difícil distinguir los rostros de las personas en el salón, por lo que no noté a un hombre que al parecer también estaba solo igual que yo, y que estaba en una pequeña mesa, junto a la pista de baile.
Realmente no ponía atención a nadie por aquel entonces, y apenas si ponía atención a mi propia persona.
Después de un rato comencé a fastidiarme sobremanera de estar en soledad, con toda esa gente festejando y riendo amigablemente, como si fuesen compañeros de toda la vida y decidí salir del salón. Sin duda, estar sola no era lo mío. Pero había que pasar por ello.
La noche era fría. Algunas personas en cubierta me miraron, algunas con extrañeza, otras con desdén. Había quien pensaba que una mujer de mi edad y con mi físico (mujer joven, solitaria, rubia de media complexión y americana) no debía andar sola a altas horas de la noche y menos en cubierta, porque "era mal visto". Era ya demasiado vieja para preocuparme por nimiedades de ese nivel absurdo, por lo que ciñéndome la chalina, dejé que el frío y la repentina neblina de la noche me envolvieran.
Es increíble cómo a pesar de la calidez de las aguas, el aire estaba helado.
Mi memoria inmediatamente me remontó a la noche de despedida del capitán de aquel barco en el que conocí a Terry. Una noche idéntica. Llevaba un vestido blanco entonces y el cabello suelto. Pero en esencia, era yo.
Anthony recién había muerto, y aunque yo comenzaba a sopesar los acontecimientos y a hacerlos parte de mi pasado, el sufrimiento por su pérdida en ese instante era abrumador. Aquella noche había visto la figura de un muchacho con capucha, a quien confundí con Anthony. De la misma estatura, con una voz muy similar, hermosa, modulada y varonil, que se había burlado de mis pecas a través de la bruma y con quien me había molestado por su trato tan excesivamente familiar sin siquiera saber quién era yo. Ése muchacho era Terry, quien a partir de esa noche y luego en el Real Colegio San Pablo se había atravesado inusitadamente en mi camino para mostrarme cómo es que el amor funcionaba ante la felicidad, la bondad, la adversidad y todas esas cosas que pasan cuando existe.
Mi garganta se cerró y mis manos comenzaron a temblar, si no por el frío, si por los recuerdos que atenazaron mi corazón y que habían estado en un mutismo obligado en mi mente por muchos años en los que había preferido relegarlos. Por eso no pude emitir sonido cuando, entre la niebla, la figura de un hombre de cabello a los hombros, alto y delgado a unos metros de mi, iba acercándose. Cedí pues al impulso de dar la vuelta y echarme atrás o correr a través de la cubierta a la puerta del salón, a escasos metros de mi cuerpo. La voz del hombre, su timbre, idéntico al de Terry, me hizo detenerme en seco justo donde estaba, sin darle la cara.
- Disculpe, ¿Sabe dónde es la puerta de la primer planta?
Mi corazón dio un vuelco.
Sentí que el mundo se había detenido en ese instante, tan asombrado como yo, con las mismas interrogantes y las mismas lágrimas atenazándole los ojos como a mí. Así pues, giré el cuerpo para mirarle.
Diecisiete años desde aquella última vez en que con profundo dolor le había dejado ir.
Quedé apenas a un metro de él y sus ojos azules, profundos, me miraron sin asombro. Pero yo no podía quitar los míos de los de él.
Era Terry. Claro, no era el Terry que yo había conocido en la adolescencia. Éste Terry era el vivo retrato de un bellísimo aristócrata, el rostro increíblemente hermoso de una pintura, allí frente a mí, sin saber quién era yo.
Entonces, algo sucedió.
Se acercó a mí al verme palidecer y sus ojos bajaron a mirar mis mejillas, aún salpicadas de pecas, imposibles de ocultar aún con maquillaje. Se veía reacio a aceptar que la Candy que él conocía, ahora era esta Candy enfundada en un vestido rojo, exultante de vida y elegancia.
Su mano se acercó, lenta, a mi mejilla. Su tacto suave me dejó paralizada. Estaba tan asombrada, tan confundida, tan… Feliz, que no podía moverme, hablar o expresar nada siquiera. Nos miramos unos momentos que parecieron infinitos, asaltados ambos del primer impulso de… ¿Qué? ¿Abrazarnos? ¿Besarnos? ¿Decir lo mucho que nos extrañamos?
Terry bajó entonces su mano y su voz resonó otra vez, amplificada por el eco de la noche en medio del mar, en medio de la nada líquida que nos rodeaba. Mi alma parecía gritar desde el fondo, y quería hacerlo, gritar como cuando era una niña saltando entre la arboleda del Colegio hasta la sección de varones de éste para visitar a Archie y Stear cuando éste aún vivía y consideraba a Terry un salvaje, pero a quien al final apreció por su vigor e inteligencia.
- ¡Candy! ¿Qué..? ¿Cómo es que estás aquí? ¡Justo voy de vuelta a América porque tenía que decirte… Tantas cosas! – Y calló de pronto.
Sus manos me tomaron por los hombros, acariciaron mi cabello y me miró tanto que sentí que iba a absorberme con sus orbes del mismo color del mar y el cielo de la noche. Entonces, me atrajo hacia su cuerpo y la magia surtió efecto una vez más, porque entonces fue como si removiera esos cajones en que había guardado todo lo que a él había pertenecido siempre; mis brazos le rodearon, temblorosos, tensos, pero fuertemente, como si fuese mentira, como si fuese a escapar de pronto. Las lágrimas que por tantos años me había resistido a llorar, estaban traicionándome saliendo todas de una vez, en un torrente incontrolable, violento y profuso.
Y entonces, era Terry quien me abrazaba con fuerza.
Entonces, un terror frío me recorrió la espina al recordar que Terry era un hombre casado.
Me alejé aterrada y lo miré fijamente, esperando que dijera algo, que dijera que no debía hacerlo por Susana Grandchester, su esposa, que había perdido una pierna en su afán por salvarlo.
- Candy… ¿Qué pasa? ¿No te alegras de… Verme? – Parecía muy confundido.
- Tienes… Tienes una familia, Terry. Tienes a Susana.
Me miró con ternura. ¡Con ternura! ¡Bah! Estaría burlándose de mi ingenuidad.
- Susana ha muerto, Candy. Susana… Ha muerto y te busqué inmediatamente que así sucedió - Su semblante parecía preocupado de pronto.
Debo aceptar que sentí alivio al saber que Susana había muerto y por fin Terry era libre.
- Vine a buscarte, Candy, pensando que quizá Albert sabría dónde encontrarte pero no quiso decir una palabra. Fui a Michigan a buscar a la Señorita Pony, y cuando la Hermana María me dijo que la señorita Pony no existía más, supe que no estarías allí. Es muy dulce la hermana María, ¿Verdad? Me dijo que estaba preocupada por ti pero que no podía opinar mucho ante tu negativa a quedarte.
- ¿Dices que Susana ha muerto?
- Sí, Candy, sí. Susana ha muerto por fin.
- ¿Te alegras de la muerte de tu esposa? – y lo miré con seguridad.
- Me alegro de que tú estés viva y de… Volver a verte una vez más.
El frío dejó de sentirse en el instante en que, habiendo dicho esas palabras, Terry me abrazó contra su cuerpo alto y fuerte. Aspiré la brisa de la noche mezclada con su aroma a madera y sonreí apenas pudiendo creer tanta gracia de Dios o de quien fuese que nos hubiera puesto allí en ese momento, en ese lugar, una vez más.
Mi corazón latía con fuerza, desbocado. Todas las fibras de mi ser parecían tocar una melodía que había dejado de escuchar aquella noche en que le había perdido. Recordaba con claridad los acordes de la armónica, instrumento que Terry tocaba perfectamente y en el que volcó gran parte de sus momentos solitarios de adolescente rebelde. Todo era tan distinto de entonces.
Entonces me miró, separándose un poco y su cuerpo me estrechó con fuerza, alzándome ligeramente como el lejano día en la segunda colina de Pony en que me bajó de un caballo, animales que temía profundamente desde la muerte de Anthony, y me besó con fuerza, posesivamente, aunque yo en ese momento apenas si sabía lo que era un beso.
Mis brazos se deslizaron suavemente por su cuello y cerré los ojos aspirando su aliento y correspondiéndole ésta vez, vez que era completamente distinta. Me hacía sentir feliz, emocionada, agradecida.
Terry unió sus labios a los míos con firmeza, con seguridad.
No existía un solo obstáculo y después de diecisiete años, ya no había nada que se opusiera o nos obligase a luchar. Excepto nosotros.
- Estaba en el proceso de encontrarte cuando recibí el aviso de mi padre de cuándo salía el barco y pensando que no tendría oportunidad de volver a Estados Unidos, preferí hacerlo lo más pronto posible.
- Pues me encontraste.
No tengo que decir que aquella noche , Terry y yo consumamos un anhelo más y el deseo se convirtió en mero espectador para permitirnos la oportunidad de vernos a detalle, aunque esa es otra parte de lo que cuento sobre eso.
Disparados, entramos de nueva cuenta al salón, sólo para agradecer al capitán, quien había sido tan amable.
Caminé con la vista puesta en su espalda y al llegar a su camarote, iluminado con candelabros de cristal, mi timidez se hizo enorme. Abrió la puerta y estos destellaban.
- ¿Te quedas conmigo esta noche, Tarzan pecosa?
Deben saber que acepté. Y lo haría de nuevo de ser necesario.
Nuestra vida acababa de comenzar.
...
Esperen el siguiente, espero haya valido la pena esperar, los quiero!
Kat.
