Notas de autor al final, favor de leer.
Advertencia: Este capítulo contiene spoiler y lenguaje vulgar, así como se contendrá a través de toda la historia. Se toman advertencias generales. Si hay errores es mi culpa, nuevamente no quise enviarle esto a mi editora la cual está desaparecida.
Disclaimer: El mundo de Shingeki No Kyojin y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Hajime Isayama Esta historia fue escrita con la finalidad de agradar y entretener al lector.
Historia 100% original. Propiedad de KingOfMisery. Historia con derecho de autor.
-…-
~Tras aquella puerta~
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El silencio consumía el gran castillo, desde sus alrededores hasta lo más interno y profundo de él. A pesar de ser temprano, no se escuchaba el canto de las aves como solía ser en cada amanecer, ni siquiera se escuchaba su revolotear entre los árboles
o el tenue sonido del viento colándose por los pasillos. La luz comenzaba a colarse por la pequeña abertura que podría decirse era una ventana, iluminando la pequeña "habitación".
Annie mantenía la mirada fija en el techo, hacía unos diez minutos que se había despertado, pero había algo que no la dejaba estar tranquila. Volteo, como tantas veces ya lo había hecho esa mañana, llevando su vista de nuevo hasta la puerta de su celda,
la cual se encontraba abierta como la puerta de la habitación. Aún no podía creerlo, debía de ser una jugarreta de su mente o tan solo era porque seguía dormida. Esa puerta no podía estar abierta, no podía.
Se incorporó, caminando hasta la puerta y dándole un pequeño empujón, esta se abrió por completo produciendo un fuerte rechinido. Nada. Nadie se asomó, nadie siquiera hablo arriba, tan solo hubo silencio, al igual que en todo lo que iba de aquella mañana.
Dudó unos segundos, pero luego continuó su camino hasta llegar a las escaleras que indicaban la salida de aquel sótano. Sus ojos se abrieron por completo al percatarse de algo.
Aquella puerta también se encontraba abierta.
No podía ser cierto aquello. Si mal no recordaba, Eren también se encontraba en el sótano, por lo que no podía ser posible que dejaran la puerta abierta a dos titanes. Volvió sobre sus pasos, deteniéndose frente a lo que sería la habitación del castaño.
Maldijo entre dientes al encontrar el cuarto vacío, de seguro Yeager también había madrugado pero él no se había quedado diez minutos viendo una puerta y el techo como un pendejo.
Regreso al pasillo, frío y desolado, no estaba segura de hacer lo que su mente decía, si se suponía ella era su prisionera, no tenía que interesarse en todos esos idiotas.
"Para mi eres como mi pequeña"
Suspiro, comenzando a subir las escaleras. No sabía porque aquellas simples palabras le habían hecho sentir de tal forma.
– Mi pequeña –susurró repitiendo las palabras dichas por la sargento la noche anterior.
Ella era su pequeña.
Termino de abrir la puerta del sótano con lentitud, esperando encontrarse con un par de soldados haciendo guardia. Para su sorpresa, no había ni un alma ahí arriba. Todo estaba tan vacío como en el sótano.
– ¿Hola? –Canturreó mientras avanzaba por los pasillos, abriendo cada puerta que se cruzaba por su camino esperando a que alguien se encontrara dentro de alguna de esas habitaciones–. ¿A dónde fueron todos?
Llegó al comedor, encontrándose con la mesa puesta, lista para recibir a los soldados para desayunar. Se paseó a su alrededor, observando cada una de aquellas vasijas, limpias y relucientes.
Su estómago rugió al llegar a la cabeza de la mesa. Allí, en el lugar del temible sargento Rivaille, se encontraba una taza de café caliente y un pan tostado con mantequilla. Su mirada se iluminó ante tal imagen, es cierto, no había estado comiendo por
su propia decisión, pero tampoco era como que allí le dieran algo más aparte de pan y agua.
Volteo a ver a su alrededor, asegurándose de que no hubiese nadie observándola ni nada por el estilo, y en un rápido movimiento tomo aquel pan, metiéndolo bajo su chaqueta. Camino hasta la puerta dando una rápida ojeada al pasillo, luego fue a la puerta
contraria y repitió el proceso. No había nadie.
Saco el pan y le dio una pequeña mordida, tan solo con la intención de calmar su hambre.
Música angelical se escuchó en su mente, mientras una luz dorada iluminaba aquel pan. Su mirada brillaba ante tal delicia, podía ser un simple pan tostado hecho por un soldado que le untó mantequilla para que lo comiera el soldado más fuerte de la humanidad,
pero para ella era el manjar más exquisito, comida traída por los mismos ángeles.
Dio otra mordida, y otras más de forma rápida, luego de todo eso, tenía que felicitar al que hubiese preparado delicioso pan. Soltó un suspiro, satisfecha, llevándose a la boca el último pedazo de comida, Annie estaba segura de que aquel pan había sido
su mejor comida en toda su vida.
Esbozo una leve sonrisa al ver la pequeña e indefensa taza en la mesa, tan sola y deliciosa. A lo mejor al sargento no le importaba que se tomara su café, igual, era mejor lo tomara ahora a que este se enfriara y echara a perder.
Tomo asiento en la sagrada silla del azabache, cruzando las piernas y subiendo sus pies en la mesa. Llevo la taza hasta su nariz, inhalando el delicioso aroma del café espeso, imaginándose su sabor, dulce por el azúcar pero sin perder esa amargura que
lo caracterizaba. Poso sus labios en el borde de la taza, cerrando sus parpados y dando un gran trago en espera del delicioso sabor.
Sus ojos se abrieron de golpe, bajando las piernas con rapidez y escupiendo todo el café sobre la mesa. Un leve tic se hizo presente en su ceja ante tal atrocidad… ¡Un café sin siquiera un tarro de azúcar!
Tomo una servilleta de por ahí, limpiándose los labios con delicadeza y tratando de sacar ese sabor amargo que ahora estos tenían. Todo su desayuno arruinado por culpa de un amargo café, igual de amargo que aquel hombre.
Bufó poniéndose de pie decidida a abandonar la escena del crimen, nadie podía saber que ella había robado el desayuno del sargento, claro que no. Ahora Annie podía volver a su misión original: Averiguar dónde coños se encontraban todos.
Continuó caminando por todos los pasillos, entrando en las habitaciones con la esperanza de encontrar a un maldito soldado. El que no hubiese nadie ya la había comenzado a inquietar, no era normal que toda la Legión del Reconocimiento desapareciera solo
porque sí, o que se fuera en medio de la noche dejando a su prisionera libre para que siga matando civiles. Aunque si lo veía así, no era tan malo después de todo.
Se detuvo al acabar por quinta vez en el salón principal. Ya no había más lugares por revisar, Annie estaba segura de ya haber pasado por todos los pasillos y habitaciones, no había dejado una sola sin revisar. Tan solo le quedaba un lugar, uno solo al
cual se supondría no podía ir.
Annie aún no había revisado fuera del castillo.
Llego frente a la gran puerta de mármol, posando su mano en la perilla dorada y girándola de forma lenta, esperando a que alguien apareciera y le detuviera pensando que ella iba a escapar. Se cubrió el rostro con su brazo, entrecerrando los parpados en
un intento por ver mejor. Llevaba semanas sin ver la luz del sol y ahora esta le cegaba.
Atravesó el umbral segundos después de que su vista se acostumbrara, avanzando por los alrededores del castillo en el cual permanecía. Pensaba volver a entrar a revisar mejor cuando su mirada se detuvo, observando algo inusual a la lejanía.
Allí iba, su compañero de misión, ex-compañero de la academia y mejor amigo de la infancia, corriendo a toda prisa en dirección al bosque. No era extraño para ella ver a Bertholdt, claro que no, y no es como que le importara que este no anduviese acompañado
de Reiner, tal vez lo había perdido de vista y por eso andaba corriendo, en busca del rubio.
Lo que a Annie más le extrañó fue la apariencia de su compañero. Y no se refería al extraño saco azul pavo que este llevaba, los pantalones de vestir negros ni el reloj de bolsillo que llevaba en su mano o el sombrero de copa que estaba en su cabeza.
Annie se refería a lo otro que se encontraba en su cabeza.
Un par de orejas blancas, peludas y largas.
Parpadeo un par de veces, creyendo que con esto lograría ver mejor. Al ver que eso no funcionaba recurrió a frotarse los ojos y darse un par de cachetadas, luego volvió a mirar a su apresurado amigo.
Allí seguían.
– ¿Bertholdt? –Preguntó mientras corría hasta el chico, quien se detuvo de golpe volteándola a ver con un poco de molestia– ¿Dónde rayos están todos? ¿A dónde coños vas? ¿Qué diablos haces vestido con ese trajecito tan marica? ¿Y por qué carajo tienes
en la cabeza esas orejas?
Las preguntas estaban un tanto desordenadas en su cabeza, preguntas que gritaban en busca de una maldita respuesta coherente. Esperaba ser reprimida por su amigo por el hecho de haber salido del castillo, más la respuesta dada fue más rara que todo lo
que le estaba pasando esa mañana.
– ¿Qué no ves Annie? Llego tarde para el té
Ambos quedaron en silencio, Annie con cara de "¿Qué mierdas?" y Bertholdt tratando de indicarle con la mirada que tenía prisa.
– ¿El té dices? –Habló por fin la chica, viéndole con molestia y reprimiendo los deseos por golpear al azabache por tan mala broma.
Más su cara cambió a una de sorpresa al ver la seriedad de su amigo. Conocía esa mirada, la misma que ponía cada vez que hacían sus reuniones para planear destruir alguna muralla u organizarse para atrapar a Yeager. Bertholdt hablaba en serio, sí iba
tarde para el té.
– Por favor, dime que esto es una broma
– Debo dejarte, de verdad voy tarde –el chico le enseñó su reloj de bolsillo para que comprendiera iba tarde, no pensaba dar respuestas, tan solo llegar a tiempo al té.
Guardó el reloj en su saco, comenzando a avanzar dando leves saltos con rapidez, dejando a Annie nuevamente sola y más confundida que antes. La chica bufó, apretando los puños y comenzando a corres tras Bertholdt, ese maldito cretino no iba a dejarla
así sin más cuando no había ni una alma que pudiera al menos atender sus necesidades.
– ¡Bertholdt! ¡Espera, mierda! ¡Yo no entiendo nada! –gritaba, en un vago intento de alcanzar a su amigo. Corrieron unos minutos en el bosque, hasta que Annie vio a Fubar desaparecer a los pies de un árbol–. ¿Bertholdt?
Se detuvo a los pies de aquel árbol, era grande y se notaba que también era viejo. Bajo la mirada encontrándose con un gran hoyo, profundo y obscuro. Suspiro y llevo sus dedos hasta sus sienes masajeándolas un poco, de seguro esa era la madriguera de
Berth-conejo y allí se encontraba ahora tomando el té con el resto de conejos.
Se puso de rodillas al borde de la madriguera, asomándose un poco para probar si conseguía ver algo.
– ¿Bertholdt? ¿Estás metido ahí?
Su voz hacía eco en la gran madriguera, indicándole que esta o se encontraba vacía, o era demasiado profunda e imposible que el azabache le escuchara. Decidida estaba a regresar al castillo cuando un fuerte viento le empujo, haciéndola resbalar dentro
del hoyo.
Sus ojos se abrieron por completo al ver la superficie alejarse cada vez más, alzando su mano en un vago intento por alcanzarla. No grito, tampoco maldijo al viento, tan solo cayó mientras pequeñas lagrimas se acumulaban en sus ojos, amenazando con salir
a causa del susto y el miedo que le causaba caer al vació.
Cayó y cayó, observando como la luz que daba a la superficie se hacía tan pequeña como una semilla de mostaza. Por fin logro reaccionar, soltando un grito desesperado y apretando los parpados con fuerza como si eso le fuese a ayudar en algo.
Una fuerte luz le iluminó desde el vacío, luego de eso Annie dejo de caer. Si cuerpo se mantuvo 5 segundos en el aire para luego caer de forma estruendosa sobre el frío y duro suelo. Los huesos de su cuerpo tronaron ante la caída, soltándole un quejido
y nublándole un tanto la vista.
Annie permaneció ahí, con la mirada fija en el ahora techo que se encontraba sobre ella, confundida y adolorida, sin saber dónde carajos de encontraba. Se levantó luego de unos minutos, maldiciendo entre dientes por el dolor que sentía su cuerpo. Llevo
su mano hasta una pequeña mesa de madera que había a su lado, apoyándose en esta para poderse poner de pie.
Y fue en ese momento cuando todo empeoró.
Cubrió con ambas manos su boca en un intento por callar un gritillo. Eso no podía estar pasándole a ella, no podía. Nunca más en toda su maldita vida volvería a escuchar una historia de un miembro de la Legión del Reconocimiento.
Allí se encontraban, en cada una de las paredes que formaban aquel cuarto, puertas de distintos tamaños, formas y colores.
Giró lentamente la cabeza hacia la mesa, encontrando sobre esta una llave y un pequeño frasco. Tomo ambos objetos en un rápido movimiento, corriendo a cada una de las puertas para ver a cual le hacía la llave.
– Tiene que haber una salida, no puede pasarme esto –se repetía una y otra vez mientras forcejeaba con una puerta, y después con otra y con otra.
Ya había pasado por todas las puertas y a ninguna le había hecho la llave. Volvió hasta la mesa, sentándose en el suelo y observando el pequeño frasco. Allí estaba su mayor temor, aquella etiqueta que daba una sola indicación.
– Bébeme –recitó en un susurro, abriendo el pequeño frasco y llevándolo a su boca. A punto estaba de beber el contenido cuando recordó el estúpido comentario que había dado Jean la noche anterior. Annie no debía tomar eso, ni siquiera sabía que era.
Volvió a tapar el pequeño frasco, llevándose una mano a la cabeza para tratar de relajarse. Su situación era complicada: Acababa de caer a una habitación cerrada por medio de una madriguera, la cual tenía muchas puertas y puertitas –como diría Jean– y
una llave que no le hacía a ninguna de estas; y todo por seguir a su amigo con orejas de conejo que llegaba tarde al té. Si, su situación era muy común, eso les pasaba a las personas todos los días.
Su mirada se iluminó al momento de recordar las palabras del castaño. "Una habitación con puertas y puertitas". Era cierto, Annie había olvidado buscar la puerta más chica. Le agradeció al idiota de Jean entre murmullos por haberle sacado de tan
horrible situación. Tal vez, y solo tal vez Jean no era tan inútil como siempre decían.
Dio una vuelta completa por la habitación, encontrándose con una puerta tan pequeña que a Annie no le llegaba ni a la rodilla. Se acuclilló frente a esta, introduciendo la llave en la cerradura y girándola; la puerta cedió, abriéndose de forma lenta y
aterradora. Annie canto victoria para sus adentros, ya había encontrado una salida a su nuevo encierro. Solo le quedaba un problema.
La puerta era demasiado pequeña.
Si su situación y la historia concordaban, Leonhardt debería de beber aquella pequeña botella, luego se volvería pequeña y pasaría a través de esta. Suspiro, volviendo a tomar el frasco entre sus manos y leyendo una vez más la etiqueta; luego de hacerlo
otro par de veces abrió la botella, bebiéndola de un solo trago.
Annie podía jurar que lo que acababa de beber era vino con el 80% de alcohol en ese frasco, pues luego de unos segundos su vista se comenzó a nublar y la habitación a girar. Se sostuvo la cabeza con ambas manos como si eso fuera a detener la habitación,
veía las puertas moverse de un lado a otro como si fueran cartas preparándose para un juego de memoria. Sentía náuseas, de seguro la teoría de Jean y el pesticida había acertado. No pasaron ni cinco minutos cuando sintió que las paredes crecían, haciéndose
diez veces más grandes que antes. Luego de eso, la habitación se detuvo y su vista se aclaró.
Ahora Annie se encontraba en una terrible situación, había parado en medio de un montón de tela a su alrededor y por debajo, junto a un frasco gigante, y lo peor: Estaba desnuda.
Volvió a soltar unas cuantas maldiciones, buscando entre los bolsillos de su pantalón algún pañuelo o algo similar. Para su suerte, había un pequeño pañuelo blanco el cual se encontraba nítido, tan solo debía cortarlo un poco y podría utilizarlo como
toalla de baño o algo similar. Con ayuda de su ahora gran anillo, cortó un retazo de tela exacto para poder cubrir su cuerpo hasta arriba de la rodilla, simulando un vestido blanco o de verdad una toalla de baño.
Ya cubierta decidió atravesar la puerta, repitiéndose una y otra vez que en el relato no decían nada de mareos y desnudez como efectos secundarios. Gracias a ese líquido ahora se encontraba vestida con un pedazo de pañuelo, descalza, con el cabello suelto
y totalmente perdida en lo que parecía ser un bosque. Ahora la situación de Annie se había vuelto más complicada que antes. Porque era muy común parar perdido en el bosque cuando tienes el tamaño de una mano pequeña.
La puerta se cerró a sus espaldas, provocando un fuerte viendo que estuvo por hacerla caer.
– Maldito Bertholdt, juro que si lo encuentro le hago daño
Continuó su camino mientras pensaba las formas en las que podría hacer sufrir al chico titán; luego decidió retirar la opción por dos simples razones: Annie ahora era diminuta, y si Bertholdt decidía convertirse en el Colosal ya estaría más que muerta.
Todo era culpa de su maldito destino.
El viento la hacía temblar de vez en cuando, la soledad del lugar le provocaba miedo por su actual tamaño, Leonhardt no podría detectar cuando iba a aparecer un animal salvaje y aplastarla cruelmente. Tal vez ese era el famoso Karma que llegaba
a hacerla pagar por sus pecados, y moriría aplastada por un ser superior y más grande, sin poder siquiera defenderse; así como ella había hecho con muchos soldados y caballos. ¡De seguro el Karma estaba vengando a esos inocentes caballos! Si
tan solo les hubiera perdonado la vida.
Se detuvo de golpe al escuchar un ruido entre los árboles, volteando a ver a su alrededor en busca de quién –o qué– podía estar provocando aquel sonido. Si, tal vez eso podría verse algo paranoico, y la verdad es que Annie estaba un poco paranoica, pero
es algo normal en una persona de 14 centímetros. Continuo su camino al percatarse que no había nadie a sus alrededores, de seguro había sido solo su imaginación o el viento.
Ojala solo hubiese sido su imaginación o el viento.
– Leonhardt, Leonhardt, o pequeña y de verdad pequeña Leonhardt –Annie escucho aquella voz ronca proviniendo de entre los árboles, levantando su mirada y viendo aparecer de la nada al azabache al cual le había robado su alimento. No dijo nada, tan solo
llevó ambas manos a su boca para evitar soltar una fuerte carcajada–. No rías mierda, tú eres la enana que viste una toalla
– Y usted es el que viste con un leotardo… Señor
– ¡Que no es un maldito leotardo!
Y Annie no pudo más, comenzó a reír ante la imagen más graciosa y extraña de todo el mundo; porque no todos los días uno ve al gran sargento Rivaille vestido con un "no leotardo" negro, unas muñequeras felpudas del mismo color, unas medias rayadas moradas
y negras, y la corona que decoraba el pastel: Un par de orejas y cola de gato. Si mal no recordaba, ese era el tal gato risueño el cual le enseñaba a Alicia el bosque; así que todo iba acorde a la historia, todo menos una cosa: El gato.
– Se supondría que el gato tiene que sonreír, no llevar esa cara de vegetal que ahora usted tiene –volvió a hablar con voz burlona, viendo como la vena de la frente del mayor se resaltaba notablemente.
– Me vale mierdas como tú digas es el pinche gato, aquí YO soy el puto gato y seré como se me dé la regalada gana
Annie volvió a reír, burlona, ahora comprendía porque a Ackerman le encantaba tanto hacer a ese enano enojar. No dijo nada, no pensaba pelear con un gato gruñón y amargado, a lo peor luego se molestaba tanto que la dejaba ahí vendida para que se fuera
a conocer el bosque sola –y ser posiblemente aplastada en el camino– o simplemente la aplastaba él mismo como a una pobre cucaracha. Sería estúpido hacer enojar demasiado a un ser que es 70 veces tú.
Rivaille soltó un suspiro, masajeando sus sienes para calmarse un poco. Luego de relajarse lo suficiente como para no golpear a la chica, prosiguió a hablar.
– Bien, ¿Qué es lo que te tengo que decir? A sí, bienvenida y toda esa mierda, Reiner te quiere ver –habló con la voz más "animada" de todo el mundo, moviendo su mano derecha de un lado a otro durante toda la oración. Annie le vio totalmente sorprendida
mientras repetía el nombre de su compañero–. Si, hablo de Reiner, el novio de Fubar, tu "amigo" –en aquella última palabra hizo unas comillas en el aire, eso se debía a que el no creía esos tres fueran amigos, tan solo eran compañeros de misión.
Bajo del árbol, recostándose bocabajo a un lado de la rubia y ofreciéndole su mano como transporte. Annie dudó, pero luego recordó lo mucho que había sufrido en tan poco recorrido –porque no importaba si ella lo había sentido eterno, si volteaba atrás
aún se veía la puerta– así que decidió posarse en su mano.
– ¿Dónde está Reiner? –Preguntó al momento que Levi se ponía de pie, colocando a la joven en su hombro para mayor comodidad de ambos –y reprimir sus deseos de aplastarla–; Rivaille tan solo ignoro la pregunta, comenzando a avanzar por el bosque –. Oye,
gatote, te estoy haciendo una pregunta –se quejó, tirando de uno de los mechones negros del sargento para que le prestara atención.
– ¡Agh! Ya te dije, está con Fubar –musitó, dándole un empujón con su cola pero sin hacerla caer– Ahora deja de fastidiar
– ¡No me lo había dicho! ¡Y eso no me responde nada! Dije dónde está, no con quién –volvió con las quejas, cruzándose de brazos y sentándose en el hombro del mayor, le molestaba, simplemente ese gato le irritaba demasiado. Su suerte era divina, ¿Por qué
tenía que ser llevada por el ser al que más odiaba en ese mundo? ¿Tan duro tenía que ser su Karma? Para eso prefería que la aplastaran.
– Dije que no fastidies
– Y yo dije que dónde está
– Esa no es una pregunta
– Oh hermoso, tierno y admirable gato-sargento, ¿Dónde está Reiner? –inquirió, burlándose del azabache con las simples palabras que se anteponían a la pregunta y ese tono meloso que había usado.
– Cállate perra o te hago la muerte más fácil –sentenció, sin intención de continuar con esa absurda conversación, ya demasiado tenía con ser el transporte de pulgarcita, en el contrato no decía nada de fastidios constantes que deben ser soportados.
El camino no fue muy largo, fueron unos siete minutos antes de que Leonhardt pudiera reconocer en el aire el olor a dulce, a pasteles y algo más: Té. Se puso de pie, asomándose un poco para lograr ver mejor. Allí, a unos trece metros de encontraba una
mesa larga de madera, esta estaba repleta de postres, pasteles y tazas, tenía una jarrilla y también cucharitas.
– Con que esa era la reunión del té de Bertholdt –habló entre dientes, viendo allí a su querido y fiel amigo Berth-conejo a un lado de Reiner.
Se llevó la mano al rostro dándose un fuerte golpe que llego a captar la atención del felino, no podía pasarle esto, no claro que no, Reiner no podía estar vistiendo ese traje tan ridículo de colores ni ese gran sombrero de copa alta.
– ¡Mira! Pero si es Annie –el grito que había dado el rubio la hizo volver a ver, encontrándose con dos grandes manos que le sujetaban y aprisionaban contra lo que deducía era el pecho de su amigo–. Annie, llegaste
– ¿P-pero qué…? J-joder… Rei-ner… –Annie apenas podía hablar, es más, apenas y podía respirar, aquellas grandes manos de soldado le estaban dejando sin oxígeno el cerebro y los pulmones.
– Reiner, no estás dejando respirar a Annie –habló el chico de orejas blancas, quien aprovecho a que su amigo había aflojado el agarre y sacó a la chica de entre sus manos–. Se estaba poniendo azul
– Bertholdt, la gente no se pone azul cuando no respira –Reiner río un poco, acariciando los cabellos de la titana con su dedo meñique– Bienvenida Annie, te echamos de menos
– ¿Qué clase de broma es esta? –Preguntó la rubia en un hilo de voz, mirándole a los titanes de una forma suplicante– Y por favor, quiero una respuesta coherente –aclaró, volteando a ver de inmediato al chico de traje azul, quien solo sonrió de forma
nerviosa mientras movía una de sus orejas.
– Annie, ¿Qué otra respuesta quieres? Pasaste por la puerta ¿No? –Bertholdt sonrió, esperando de forma paciente la respuesta de la joven; Annie tan solo asintió con la cabeza sin comprender a que se refería. El chico rió por lo bajo, moviendo nuevamente
esas orejitas que habían comenzado a incomodar a Leonhardt–. Entonces es obvio, estás en Wonderland
Y Annie no dijo nada, es más, ya no sabía ni que decir.
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*Notas de Autor
¡Hola! Aquí el segundo capítulo de Wonderland compuesto por 4,227 palabras si Word no me falla. Bueno, no hay mucho que decir aquí la verdad, tan solo quería decir que gracias por la recibida del fic, gracias a las que me dejaron un lindo review y también gracias a las que pusieron este fic en sus favoritos y lo comenzaron a seguir, ¡Prometo no fallarles ni abandonar el proyecto!
Bueno, por ahí en los reviews me preguntaron si iba a poner BertholdtxAnnie, pero si mal no recuerdo era un Guest así que no pude responder pero aquí respuesta: No lo sé, la verdad no he pensado mucho en parejas, tan solo sé que YmirxHistoria y ErenxLevi si va a estar en el fic. Pero para no complicar la cosa, si quieren que los ponga juntos pueden decirme, si no quieren pues me dicen con quién les gustaría que se quedara Berth-conejo –cofcofconreinercofcof– o con quién se quedará Annie, saben que soy abiertoa sugerencias.
Y bueno, eso es todo, gracias a los que llegaron a leer hasta aquí y también a los que no, les mando un abrazo muy grande. ¡No doy fecha ni día para actualizar! Nunca lo cumplo igual.
No olviden que los comentarios de un lector son los que motivan a un editor a seguir escribiendo, así que dejen un lindo review y mi persona estará tan pero tan agradecida.
—KingOfMisery
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