No hay nada más relajante que la calma de un sábado por la noche... o, más bien, un domingo de madrugada. Los ronquidos apagados de papá retumbaban por el pasillo, pero el resto de la casa estaba en silencio cuando entré sigilosamente pasada la una. Aunque también podía ser que la estridente música de la fiesta en Kinmoku me hubiera dejado sorda. Sinceramente, la idea de haber sufrido un daño permanente en los oídos no me preocupaba demasiado. Si así no tenía que volver a escuchar tecno en mi vida, habría valido la pena.

Cerré la puerta de la calle con llave y atravesé la oscura y vacía sala de estar. Vi la postal sobre la mesa de centro. Mamá la había enviado desde la ciudad en la que estaba ahora, fuera cual fuese, pero no me molesté en leerla. Seguiría allí por la mañana. Además, estaba tan cansada que me arrastré por la escalera hasta mi cuarto.

Colgué el abrigo del respaldo de la silla, conteniendo un bostezo, y me acerqué a la cama. La migraña empezó a aliviarse mientras lanzaba los Converse al otro lado de la habitación. Estaba agotada, pero no pude reprimir mi trastorno obsesivo compulsivo. No podría dormir hasta que doblara la pila de ropa limpia que había en el suelo, al pie de la cama.

Fui levantando con cuidado cada una de las prendas y doblándolas con absoluta precisión. Luego amontoné las camisetas, los vaqueros y la ropa interior en grupos diferentes en el suelo. De alguna forma, el proceso de doblar la ropa arrugada me resultaba reconfortante. Mientras formaba montañas perfectas, la mente se me despejaba, el cuerpo se me relajaba y el mal humor por culpa de aquella noche de música ruidosa e imbéciles cretinos ricos se disipaba. Renacía mientras acariciaba las prendas.

Una vez doblada toda la ropa, me levanté y dejé las pilas en el suelo. Me quité la playera y los jeans, que apestaban a causa de la aglomeración de gente, y los metí en el cesto que había en un rincón. Ya me ducharía por la mañana. Estaba demasiado cansada para eso ahora.

Antes de meterme bajo las sábanas, me eché un vistazo en el espejo de cuerpo entero. Observé mi reflejo con nuevos ojos, con una nueva perspectiva. Pelo rubio largo e incontrolable, así que lo ataba en dos coletas, nariz regular, pequeña, sin mucho trasero y pechos pequeños. Sí, una Duff en toda regla. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Quiero decir que nunca me había considerado especialmente atractiva, y era evidente que Mina y Lita (ambas altas y con curvas) eran preciosas, pero aun así... Nunca se me había ocurrido que mi papel fuera el de la chica fea que acompaña al dúo de bellezas. Pero ahora me había quedado claro, gracias a Seiya Kou.

A veces es mejor permanecer en la ignorancia.

Me cubrí con la manta hasta la barbilla, ocultando mi cuerpo desnudo del escrutinio del espejo. Seiya era la prueba viviente de que la auténtica belleza estaba en el interior, así que ¿por qué me molestaba lo que había dicho? Era lista y una buena persona. ¿Qué más daba que fuera la Duff? Además, si fuera guapa, tendría que aguantar que tíos como Seiya intentaran ligar conmigo. ¡Qué asco! En el fondo, ser la Duff tenía sus ventajas, ¿no? Carecer de atractivo no tenía por qué ser algo malo.

¡Maldito Seiya Kou! No podía creer que hubiera hecho que me preocupara por una tontería tan inútil y superficial.

Cerré los ojos. No volvería a pensar en ello por la mañana. No volvería a pensar nunca más en las Duff.

El domingo fue fantástico: un día agradable, tranquilo y sin ningún tipo de contratiempo. Claro que las cosas solían estar bastante tranquilas cuando mamá estaba de viaje.

Cuando estaba por aquí, la casa era ruidosa. Siempre había música, risas o un ambiente animado y caótico. Pero nunca se quedaba más de un par de meses y, cuando desaparecía, todo quedaba en calma. Como a mí, a papá tampoco le iba mucho hacer vida social. Por lo general, estaba enfrascado en el trabajo o viendo la tele; lo que significaba que casi siempre había silencio en la casa de los Tsukino.

Y un domingo por la mañana, después de haberme visto obligada a soportar el alboroto de las discotecas y las fiestas, una casa tranquila era mi definición de la perfección.

Pero el lunes fue un asco.

Todos los lunes eran un asco, por supuesto, pero ese lunes en particular fue una auténtica pesadilla. Todo empezó a primera hora, cuando Lita entró en clase de Francés desecha, con lágrimas en las mejillas y el rímel corrido.

—¿Qué tienes, Lita? —le pregunté—. ¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?

Lo admito: siempre me saltaban todas las alarmas en las escasas ocasiones en las que Lita llegaba a clase sin una sonrisa en la cara. Siempre estaba dando saltitos y riéndose; así que cuando entró con una pinta tan abatida, me acojoné.

Mina negó con la cabeza con aire triste y se dejó caer en su asiento.

—Todo va bien, es que... ¡no puedo ir al baile! —De sus grandes ojos color chocolate brotó otro mar de lágrimas—. ¡Mamá no me deja ir!

¿Eso era todo? ¿Me había dado un susto de muerte por un baile?

—¿Y eso por qué? —pregunté, intentando mostrarme comprensiva.

—Estoy castigada —contestó sorbiéndose las lágrimas—. Esta mañana ha visto mi boletín de notas en mi cuarto y le ha dado un ataque al descubrir que he reprobado Química. ¡No es justo! La fiesta en honor al equipo de baloncesto es mi baile favorito del curso... después del de graduación, el de Esmeralda Blackmoon y el del equipo de fútbol.

Bajé el mentón y le dirigí una mirada burlona.

—Vaya, ¿cuántos bailes favoritos tienes?

Mi amiga no me respondió ni se rió.

—Lo siento, Lita. Ya sé que debe de ser horrible para ti... pero yo tampoco voy a ir.

No mencioné que los bailes de instituto me parecían una práctica degradante y que no eran más que un enorme desperdicio de tiempo y dinero. Lita ya sabía lo que opinaba del asunto, y no me pareció que recordárselo ayudase en ese caso. Pero me alegraba saber que no sería la única que se lo perdería.

—¿Qué te parece si voy a tu casa y nos pasamos toda la noche viendo pelis? ¿Tu madre nos dejaría?

Lita asintió con la cabeza y se limpió los ojos con el puño de la manga.

—Sí —contestó—. Le caes bien. Piensa que eres una buena influencia para mí. No pondrá peros. Gracias, Usagi. ¿Podemos volver a ver Expiación o ya estás harta?

Pues sí, estaba hartándome de los romances sentimentaloides que a Lita le encantaban, pero podía soportarlo. Le dediqué una amplia sonrisa.

—Nunca me canso de Rubeus. Hasta podemos ver La joven Jane Austen, si quieres. Será una sesión doble.

Mi amiga se rió (por fin), a la vez que la profesora se dirigía hacia la pizarra y se ponía a ordenar los lápices sobre la mesa de manera obsesiva antes de pasar lista. Lita le echó un vistazo a la maldita maestra. Cuando se volvió de nuevo hacia mí, vi el brillo de nuevas lágrimas en sus ojos.

—¿Sabes qué es lo peor, Usagi? —me susurró—. Iba a pedirle a Zoycite que fuera conmigo. Ahora tendré que esperar hasta la graduación para invitarlo a un baile.

Como estaba sensible, decidí no recordarle que a Zoycite no le interesaría la invitación porque Lita tenía pechos... y bastante grandes, así que contesté:

—Ya, lo sé. Lo siento.

Una vez superada aquella pequeña crisis, Francés transcurrió sin incidentes. Las lágrimas de Lita se secaron y, cuando sonó el timbre, no paraba de reírse mientras nuestra amiga Kakkyu nos hablaba de su nuevo novio. Durante esa clase, me había enterado de que había sacado un sobresaliente en el último test de vocabulaire y, además, había entendido cómo conjugar verbos en presente de subjuntivo. Por todo eso, estaba de bastante buen humor cuando Lita, Kakkyu y yo salimos del aula.

—Y trabaja en el campus —parloteaba Kakkyu mientras nos abríamos paso por el pasillo abarrotado.

—¿Dónde estudia? —le pregunté.

—En el Kinmoku Community College. —Pareció darle un poco de vergüenza, y añadió a toda prisa—: Pero simplemente quiere diplomarse allí y después terminar los estudios en otra universidad. Además, Kakkyu no es un mal sitio ni nada por el estilo.

—Yo voy a ir allí —apuntó Lita—. No quiero alejarme demasiado de casa.

Lita y yo éramos tan diferentes que a veces resultaba divertido. Podías adivinar lo que una de nosotras iba a hacer eligiendo lo contrario de lo que había hecho la otra. Yo, personalmente, estaba deseando largarme de Tokyo. En cuanto pasara la graduación, me iría a la universidad en Tsukuba.

Sin embargo, la idea de estar tan lejos de Lita, de no verla brincando a mi lado todos los días ni oírla hablar sin parar de bailes y chicos gays, me aterró de pronto. No estaba segura de cómo me las apañaría. Mina y ella me mantenían centrada. No estaba segura de poder encontrar a nadie más dispuesto a aguantar mi cinismo cuando me marchara de la ciudad.

—Deberíamos ir a Química, Lita —comentó Kakkyu mientras se apartaba el largo flequillo rojo de los ojos—. Ya sabes cómo se pone el señor Kumada cuando llegamos tarde.

Se marcharon a toda prisa hacia el departamento de Ciencias y yo bajé por el pasillo en dirección a clase de Política de nivel avanzado. Mis pensamientos volaron lejos, hasta un futuro sin mis mejores amigas para mantenerme cuerda. Nunca me lo había planteado y, ahora que lo pensaba, me ponía nerviosa. Sabía que me tomarían el pelo, pero tenía que encontrar la forma de mantenernos en contacto permanente.

Supongo que mis ojos perdieron contacto con mi cerebro, porque cuando quise darme cuenta me estrellé contra Seiya Kou.

Ahí se acabó mi buen humor.

Retrocedí tambaleándome y los libros se me escaparon de los brazos y cayeron al suelo. Kou me agarró de los hombros, sosteniéndome con sus grandes manos antes de que tropezara y me diera de bruces contra el suelo.

—¡Eh! —exclamó mientras me ayudaba a recuperar el equilibrio.

Estábamos demasiado pegados. Sentí como si me corrieran bichos por debajo de la piel, que se extendían desde donde me tocaban sus manos. Me estremecí de asco, pero él lo malinterpretó.

—Vaya, vaya, Duffy —dijo mientras me observaba con una sonrisa arrogante. Era muy alto. La otra noche, sentada a su lado en el Crown, lo había olvidado. Era de los pocos chicos del instituto más altos que Lita: alrededor de uno ochenta y algo. A mí me sacaba treinta centímetros—. ¿Te tiemblan las rodillas al verme?

—Ja, ja. Qué más quisieras.

Me retorcí para soltarme, plenamente consciente de que había sonado bastante infantil, pero me importaba un comino. Me agaché para recoger los libros y, para mi inmenso disgusto, Seiya se puso a ayudarme.

Solo lo hacía para dárselas de bueno, por supuesto. Seguro que estaba deseando que alguna animadora sexy, como Mina, pasara por allí y pensara que era todo un caballero. Menudo cerdo. Siempre pensando en ligar.

—Francés, ¿eh? —comentó echándole un vistazo a los folios desparramados mientras los recogía—. ¿Sabes decir algo interesante?

Le ton de ta voix me donne envie de m'étrangler.

Me puse en pie y esperé a que me entregara los papeles.

—Suena sexy —respondió mientras se levantaba y me pasaba la pila de apuntes de Francés que había reunido—. ¿Qué significa?

—El tono de tu voz me da ganas de estrangularme.

—Qué pervertidilla.

Le arranqué los papeles de las manos sin decir otra palabra, los metí en uno de los libros y me marché en dirección a mi próxima clase dando unos buenos pisotones. Necesitaba poner toda la distancia posible entre aquel cabrón mujeriego y yo. ¿Duffy? ¿En serio? ¡Sabía perfectamente cómo me llamaba! Ese cretino egoísta no me dejaba en paz. Por no mencionar que todavía me hormigueaba la piel donde me había tocado.

La clase de Política de nivel avanzado del señor Tomoe solo contaba con nueve alumnos, y siete de ellos ya habían entrado cuando crucé la puerta. El señor Tomoe me fulminó con la mirada, como recalcándome que el timbre sonaría en cualquier momento. Para él, llegar tarde era un delito grave, y casi llegar tarde constituía un delito leve. Aunque, por suerte, no fui la última en presentarse. Eso ayudó un poco.

Ocupé mi sitio al fondo del aula y abrí la libreta rogando que el profesor no me reprochara mi retraso. Teniendo en cuenta que ahora mismo estaba de mal humor, tal vez me diera por insultarlo. Pero no dijo nada y los dos nos ahorramos el mal rato.

El último alumno entró justo cuando sonó el timbre.

—Lo siento, señor Tomoe. Estaba pegando carteles para anunciar la ceremonia de inauguración de la semana que viene. Espero que no haya empezado todavía.

El corazón se me aceleró cuando levanté la cabeza y observé al chico que acababa de entrar.

Vale, no me corto a la hora de decir que no soporto a los adolescentes que se echan novio o novia en el instituto y no paran de hablar de lo «enamorados» que están. Admito sin tapujos que odio a las chicas que aseguran estar enamoradas de alguien con quien ni siquiera han salido. No oculto el hecho de que, en mi opinión, hacen falta años (cinco o diez, por lo menos) para que surja el amor, y que las relaciones de instituto me parecen completamente inútiles. Todo el mundo sabía lo que opinaba... pero nadie estaba enterado de que estaba siendo un tanto hipócrita.

Bueno, vale, Mina y Lita sí lo sabían, pero ellas no contaban.

Kelvin Taylor. Salvo su nombre horrible, era la perfección personificada. No era un jugador de fútbol americano lleno de testosterona ni un hippy sensiblero al que le gustaba tocar la guitarra. No escribía poesía ni se maquillaba los ojos. Así que probablemente nadie lo clasificaría como el típico tío bueno, pero mejor para mí, ¿no? Los fiesteros, los músicos y los emos nunca se fijarían en (como Seiya lo habría expresado con tanta delicadeza) una Duff. Era probable que tuviera más posibilidades con un chico inteligente, con inquietudes políticas y escasas habilidades sociales como Kelvin, ¿verdad?

Pues iba a ser que no.

Kelvin Taylor y yo estábamos hechos el uno para el otro. Pero, por desgracia, él no se había dado cuenta. Eso se debía principalmente a que cada vez que lo tenía cerca me veía incapaz de formular frases coherentes. Seguramente pensara que era muda o algo así. Nunca me miraba ni me dirigía la palabra ni parecía darse cuenta siquiera de que estaba allí sentada en el fondo de la clase. Para el me sentía casi invisible.

Pero yo sí me había fijado en Kelvin. Me había fijado en el corte de su pelo castaño (que estaba anticuado pero era muy lindo) y en su piel paliducha. Me había fijado en sus ojos verdes tras los grandes cristales ovalados de las gafas. Me había fijado en que siempre llevaba blazer y en la adorable manía que tenía de morderse el labio inferior cuando estaba concentrado en algo. Estaba... ok, enamorada no, pero sí atraída de él. Estaba completamente atraída de Kelvin Taylor.

—Está bien —refunfuñó el señor Tomoe—. Pero vigile la hora mañana, señor Taylor.

—Por supuesto, señor.

Kelvin se sentó en la primera fila, junto a Unazuki. Como si fuera una acosadora, me puse a escuchar su conversación mientras el señor Tomoe empezaba a escribir los apuntes de clase en la pizarra. Normalmente no me comporto así, pero la gente comete locuras cuando está ena... atraida de alguien. Al menos, esa suele ser la excusa.

—¿Qué tal el fin de semana, Kelvin? —comentó Unazuki, que siempre tenía la nariz taponada—. ¿Hiciste algo interesante?

—Estuvo bastante bien —contestó Kelvin—. Mi padre nos llevó a Naru y a mí fuera del Estado. Fuimos a visitar la Universidad del Sur de Osaka. Fue divertido.

—¿Naru es tu hermana? —preguntó Unazuki.

—No, es mi novia. Va al instituto de Kinmoku. ¿No te había hablado de ella? En fin, nos admitieron a los dos allí, así que fuimos a echarle un vistazo. Estoy mirando un par de universidades más, pero llevamos juntos un año y medio y queremos ir a la misma universidad para no tener que separarnos.

—¡Qué tierno! —exclamó Unazuki—. Yo estoy planteándome cursar algunas asignaturas en el KHCC antes de decidirme por una universidad.

La piel había dejado de hormiguearme, pero ahora tenía el estómago revuelto. Me sentía como si estuviera a punto de vomitar y tuve que contener el impulso de salir corriendo de la clase tapándome la boca con la mano. Al final, gané la batalla por retener el desayuno, pero todavía me sentía fatal.

¿Kelvin tenía novia? ¿Desde hacía un año y medio? ¡Madre mía! ¿Cómo es que no me había enterado? ¿E iban a ir a la universidad juntos? ¿Eso quería decir que era uno de esos románticos idiotas y sensibleros de los que siempre me burlaba? Había esperado mucho más de Kelvin Taylor. Había esperado que fuera igual de escéptico que yo respecto al amor adolescente. Había esperado que considerara la universidad una decisión de suma importancia, no como algo que dependiera de dónde admitieran a tu pareja. Había esperado que fuera... bueno, ¡listo!

«De todas formas, nunca saldría contigo», me susurró una voz dentro de mi cabeza. Tenía un parecido asombroso con el molesto murmullo de Seiya Kou. «Eres la Duff, ¿recuerdas? Es probable que su novia esté más delgada y tenga las tetas más grandes.»

Todavía no era la hora de comer y ya tenía ganas de tirarme de un precipicio. Esta bien, eso era exagerar. Pero sí que quería irme a casa y meterme en la cama. Quería olvidar que Kelvin tenía una novia formal. Quería eliminar la sensación de las manos de Seiya sobre mi cuerpo. Pero, sobre todo, quería borrar la palabra «Duff» de mi mente.

Ah, por cierto, las cosas empeoraron ese día.

A eso de las seis de la tarde, el tipo de las noticias empezó a hablar de una enorme tormenta de nieve que haría acto de presencia de madrugada. Supongo que, como por el momento no había nevado ni un solo día, el consejo escolar se apiadó de nosotros, porque decidió cancelar las clases antes siquiera de que llegara la tormenta. Así que Mina me llamó a las siete y media e insistió en que fuéramos al Crown, puesto que no teníamos que madrugar al día siguiente.

—No sé, Mina —dije—. ¿Y si las carreteras están mal?

Lo admito. Estaba buscando cualquier excusa para no ir. El día ya había sido lo bastante asqueroso. No estaba segura de poder soportar también la tortura de aquel antro.

—Vamos, Usa se supone que la tormenta no empieza hasta eso de las tres de la madrugada. Mientras volvamos a casa antes de esa hora, todo irá bien.

—Tengo un montón de deberes.

—No hay que entregarlos hasta el miércoles. Mañana puedes dedicarles todo el día si quieres.

Suspiré.

—¿Lita y tú podéis encontrar a otra persona que las lleve? Es que no quiero ir. Ha sido un mal día, Mina.

Esta siempre reaccionaba ante el menor indicio de problemas.

—¿Qué paso? —me preguntó—. ¿Estás bien? Parecías triste a la hora de comer. ¿Tiene que ver con tu madre?

—Mina...

—Cuéntame qué pasa.

—No es nada —le aseguré—. Es solo que hoy ha sido un día de mierda, ¿ok? No es que haya pasado nada importante, solo que esta noche no estoy de humor para ir de fiesta con vosotras.

Se produjo una pausa al otro lado de la línea telefónica. Por fin, Mina dijo:

—Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? Sabes que puedes hablar conmigo si lo necesitas. No te guardes las cosas. No te hace bien.

—Estoy bi...

—Estás bien —me interrumpió—. Sí, lo sé. Solo digo que, si tienes algún problema, aquí me tienes.

—Ya lo sé —murmuré.

Me sentí culpable por hacer que se preocupara por semejante estupidez. Tenía la mala costumbre de guardarme mis sentimientos, y Mina lo sabía. Siempre quería cuidar de mí. Siempre intentaba que compartiera mis emociones para que no acabara explotando después. A veces podía resultar un fastidio, pero saber que alguien se preocupaba por mí era... bueno, agradable. Así que no podía enfadarme por ello.

—Ya lo sé, Mina. Pero estoy bien, de verdad. Es solo que... hoy me he enterado de que Kelvin tiene novia, y tengo un poco de bajón. Eso es todo.

—Ay, Usa —suspiró mi amiga—. Qué horror. Lo siento. Tal vez si salieras esta noche, Lita y yo podríamos animarte. Hasta te compraremos un helado de dos bolas.

Dejé escapar una risita.

—Gracias, pero no. Creo que esta noche prefiero quedarme en casa.

Colgué el móvil, bajé las escaleras y encontré a papá hablando por el inalámbrico en la cocina. Lo oí antes de verlo: estaba gritándole al auricular. Me quedé en la entrada, imaginándome que se daría cuenta de que estaba allí y bajaría la voz de inmediato. Supuse que algún vendedor telefónico estaría recibiendo una buena bronca por parte de Kenji Tsukino, pero entonces oí mi nombre.

—¡Piensa en lo que estás haciéndole a Usagi! —El fuerte tono de voz de papá, que yo había pensado que era de rabia, sonaba más bien como una súplica—. Esta no es una relación sana para una chica de diecisiete años y su madre. Te necesita aquí en casa, Ikuko. Los dos te necesitamos.

Regresé sigilosamente a la sala de estar, asombrada al comprender que estaba hablando con mi madre. Sinceramente, no sabía qué opinar sobre lo que había dicho papá. Me refiero a que claro que echaba de menos a mi madre, habría estado bien tenerla en casa, pero ya estábamos acostumbrados a arreglárnoslas sin ella.

Mi madre daba charlas de motivación. Cuando yo era pequeña, había escrito una especie de libro de autoayuda para mejorar la autoestima. No se había vendido demasiado bien, pero aun así recibió ofertas para hablar en colegios, grupos de apoyo y graduaciones por todo el país. Como el libro había fracasado, les salía barata.

Durante un tiempo, solo había aceptado trabajos en los alrededores. De ese modo podía volver a casa en coche tras decirle a la gente cómo quererse a uno mismo. Sin embargo, después de que mi abuela muriera, cuando yo tenía doce años, mamá sufrió una pequeña depresión. Papá le sugirió que se tomara unas vacaciones, que se alejara de todo unas semanas.

Cuando regresó, no paraba de hablar de todos los sitios que había visitado y la gente que había conocido. Supongo que eso fue lo que despertó su adicción a viajar. Porque, después de esas primeras vacaciones, mamá empezó a aceptar charlas en cualquier parte, como Fukushima y Osaka. Hasta había organizado giras por todo el país.

Pero la gira en la que estaba ahora había sido la más larga. Llevaba casi dos meses fuera de casa, y esta vez ni siquiera me acordaba de dónde estaba dando las charlas.

Estaba claro que ese era el motivo por el que papá estaba cabreado. Porque llevaba demasiado tiempo fuera.

—Maldita sea, Ikuko. ¿Cuándo vas a dejar de portarte como una niña y volver a casa? ¿Cuándo vas a volver para quedarte con nosotros... definitivamente?

La forma en la que la voz de mi padre se quebró al pronunciar la última frase casi me hace llorar.

—Ikuko —murmuró—. Ikuko, te queremos. Usagi y yo te echamos de menos y queremos que vuelvas a casa.

Me pegué a la pared que me separaba de mi padre mientras me mordía el labio. Dios, esto era cada vez más patético. ¿Por qué no se divorciaban de una vez? ¿Yo era la única que se daba cuenta de que eso no estaba funcionando? ¿Qué sentido tenía que siguieran casados si mamá nunca estaba en casa?

—Ikuko —repitió mi padre, y me pareció que estaba a punto de ponerse a llorar.

Entonces oí cómo dejaba el teléfono sobre la encimera. La conversación había terminado.

Le concedí un par de minutos antes de entrar en la cocina.

—Hola, papá. ¿Pasa algo?

—No —contestó. Dios, se le daba fatal mentir—. Todo va bien, conejita. Acabo de hablar con tu madre y... te envía besos.

—¿Desde dónde esta vez?

—Pues... desde el Okinawa —dijo—. Se hospeda en casa de tu tía Berjite mientras da charlas en un instituto de allí. Qué bien, ¿eh? Ahora puedes decirles a tus amigas que tu madre está en O.K. Te gusta esa serie, ¿no?

—Sí —respondí—. Me gustaba... pero la cancelaron hace un par de años.

—Ah, vaya... Supongo que no estoy al día. —Vi cómo dirigía la mirada hacia la encimera, donde había dejado las llaves del coche, y seguí el rumbo de sus ojos. Papá se dio cuenta y apartó la vista rápidamente, antes de que yo pudiera decir nada—. ¿Tienes planes para esta noche?

—Bueno, podría organizar algo, pero... —Carraspeé, insegura de cómo formular la siguiente frase. Papá y yo no solíamos hablar de nuestras cosas—. También podría quedarme en casa. ¿Quieres que me quede y vemos la tele un rato?

—No, no, conejita —repuso con una carcajada poco convincente—. Sal a divertirte con tus amigas. De todas formas, es probable que esta noche me acueste temprano.

Lo miré a los ojos, esperando que cambiara de opinión. Siempre se deprimía un montón después de pelearse con mamá. Estaba preocupada por él, pero no sabía cómo abordar el asunto.

Además, en el fondo de mi mente, sentía un ligero temor. En realidad era una estupidez, pero no podía sacármelo de la cabeza. Mi padre era un alcohólico rehabilitado. Lo había dejado antes de que yo naciera y no había vuelto a probar ni una gota desde entonces; pero a veces, cuando se enfadaba con mamá, me entraba miedo. Miedo de que tomara las llaves del coche y fuera a la licorería o algo por el estilo. Era una tontería, pero no podía librarme de esa inquietud.

Papá rompió el contacto visual y cambió de pie el peso del cuerpo con aire incómodo. Se volvió, se dirigió al fregadero y se puso a lavar el plato en el que había comido espaguetis. Quise acercarme, levantar el plato (aquella patética excusa que estaba usando para distraerse) y lanzarlo al suelo. Quise decirle lo estúpida que era esa situación con mamá. Quise que comprendiera que esas tontas depresiones y peleas no eran más que una pérdida de tiempo y que admitiera que las cosas no iban bien.

Pero no pude, por supuesto. Lo único que logré decir fue:

—Papá...

Se volvió hacia mí y negó con la cabeza sosteniendo una esponja húmeda en las manos.

—Sal y pásalo bien —dijo—. Quiero que te diviertas. Solo se es joven una vez.

El tono de su voz no admitía discusión. Era su manera sutil de decirme que quería estar solo.

—Está bien—cedí—. Si estás seguro... llamaré a Mina.

Subí a mi habitación, cogí el móvil de la cómoda y marqué el número de Mina. Me contestó al segundo tono.

—Hola, Mina. He cambiado de opinión sobre lo del Crow. Y, esto... ¿crees que podría quedarme a dormir ahí? Ya te lo contaré luego, pero no... no quiero estar en casa.

Antes de marcharme, volví a doblar la ropa limpia que había en el suelo al pie de la cama, pero no me ayudó tanto como solía hacerlo.