Parecía como si el tiempo se hubiera detenido cuando aquel nombre salió de los labios del caballero de Escorpio. Aioria miró a aquella chica por primera vez desde que se había quitado la máscara, no podía ser, era imposible, pero se trataba de ella, era Azumi. Aioria sintió como todo su cuerpo se aflojaba y las ganas de caer de rodillas al suelo lo invadían, aquella mujer que se presentó de forma tan extraña frente a ellos se trataba nada más ni nada menos que de su hermana menor.
— La misma… Azumi. — Dijo con cierto aire de rencor en su voz al pronunciar su nombre, como si aquello le molestara. Apretó la máscara que tenía en una de sus manos haciéndola pedazos.
— Athena, supe que de ahora en más no es necesario que las mujeres lleven máscara más que para los combates, me parece algo perfecto ya que yo no tengo ninguna intención de ocultarme bajo ninguna máscara de metal. — Y es que Saori decidió cambiar esa regla, ella tenía el poder, y como mujer que era le resultaba bastante chocante que las mismas se vieran obligadas a usarla. Si querían hacerlo, eran libres, pero también eran libres de tener su rostro descubierto. Saori sonrió de esa forma tan dulce que sólo ella podía y caminó haciéndose paso entre los caballeros que aún con desconfianza, la dejaron avanzar hasta estar frente a Azumi.
— Querida Azumi, regresaste al santuario, y con tu misión cumplida. No podría sentirme más feliz. — Dijo su diosa colocando las manos en los hombros de la castaña oscura.
— Así es, me costó pero al fin obtuve la muñequera de la muerte. — Soltó como si nada, regalándole una media sonrisa. Saori se agachó tomando la caja de metal, sintiendo la energía maligna que la rodeaba, puso una mano sobre ella y su cosmos sagrado rodeó aquel objeto purificándolo por completo. Era increíble. Por un momento el ambiente se había relajado por completo, como si la tensión se hubiera ido. Hasta que Milo se adelantó un par de pasos, aún sin borrar ese gesto de enojo de su rostro para dirigirse donde estaba ella.
— Azumi, donde estuviste todo este tiempo. — Soltó con algo de ira. Azumi volteó el rostro apenas unos centímetros mirándolo con esos ojos tan fríos como nada.
— ¡Cállate Milo! — Dijo Aioria algo enojado con la pregunta del peliazul. Su vista estaba en el suelo, su cabello castaño cubría su rostro, pero cuando decidió levantar el mismo los presentes pudieron ver sus ojos completamente cristalizados y un gesto forzado por no llorar.
— Mi hermana ha regresado, ha regresado…— Caminó tan rápido como pudo esos cortos metros que lo separaban de su hermana, sintió desesperación, quiso correr por el miedo que lo invadía de no volver a verla, de que algo se la arrebatase en esos pocos segundos. Aioria abrazó de forma brusca a su hermana dejando las lágrimas correr por su rostro. Los presentes allí sintieron un nudo en la garganta, y algunos como Afrodita ya tenían sus ojos llenos de lágrimas por aquella escena tan conmovedora.
"Pero qué diablos…" Pensó Azumi en ese momento, no le nacían las ganas de abrazar a su hermano. No sentía el calor de su cuerpo, no sentía nada. Puso una mano en la espalda de Aioria en un fallido intento por corresponder a aquel abrazo desesperado, mientras que su mirada seguía intacta, fija en los demás caballeros, observándolos uno por uno. Su expresión no había cambiado nada, las lágrimas y el abrazo de su hermano no le habían causado nada. Aioria la rodeó con sus brazos con más intensidad haciendo que Azumi cerrara los ojos fuertemente y suelte un quejido como si aquello le hubiera provocado dolor. Colocó sus manos en los brazos de Aioria alejándolo de su cuerpo mientras luchaba por no demostrar su dolor físico. Él, estaba tan profundamente metido en su emoción que no notó que su hermana lo había alejado con rechazo, pero los demás si.
Camus alzó una ceja y la miró con el mismo rechazo, ella lo notó y lo miró fijamente. En ese momento casi podía sentirse una explosión, ninguno de los dos bajó la mirada, ambos se vieron a los ojos sin disimulo. Aquello era sumamente molesto. Alguien tan imponente como Camus no pensaba cambiar la mirada ante una niña como ella, y ella no pensaba cortar el contacto visual con alguien tan prepotente como él.
— ¡Mi niña ha regresado! — Gritó Milo con una felicidad evidente. Empujó a Aioria infantilmente corriéndolo de su lugar y tomó las mejillas de Azumi dejando varios besos en su rostro para luego abrazarla fuertemente. Por suerte para ella, fueron unos segundos.
— No lo puedo creer, regresaste con nosotros, mira que grande estás no puedo creerlo. ¿Dónde quedó mi pequeña niña? Mi pequeña alumna, mi mocosa, aquí estás. — Decía con euforia causando la risa de su Diosa quien lucía sumamente feliz por el regreso de su guerrera.
De a poco, los caballeros fueron cambiando su postura y también se sintieron felices de tenerla de regreso, uno de ellos era Aldebarán quien también soltó unas lágrimas, recordó por un momento cuando Azumi era una bebé y apenas daba sus primeros pasos por el santuario, Shura sentía algo de culpa para con la niña pero aún así intentaba olvidar eso, ya había pasado demasiado tiempo. Shaka mantenía su expresión serena como siempre, los gemelos estaban sonriendo, Dohko también. Milo, Aioria, y Afrodita estaban casi saltando. Máscara de la muerte se sentía muy a gusto, se sentía orgulloso de que aquella niñita hubiera traído de vuelta un objeto tan sagrado como era la muñequera. Mu se mantenía alejado de la situación pero bastante atento. Camus simplemente sentía mucho rechazo por esa mujer, sentía que era el único que veía sus verdaderos sentimientos, pero aún así no iba a meterse, y por último, Aioros.
Aioros se acercó lentamente hasta donde estaba su hermana de quien sólo tenía recuerdos siendo una bebé, sin dudas era ella, la veía idéntica a Aioria, se sentía algo tímido y de esa misma forma se acercó. Dudando un poco, pero le habló.
— Hola hermana, soy Aioros, seguramente no te acuerdes mucho de mi. — Le dijo algo tembloroso, y es que él había muerto cuando ella tan sólo tenía tres años de edad. Ella sintió algo en su corazón, como si sintiera por primera vez un sentimiento que no era parecido al rencor, como si él fuera el único que no tenía la culpa de nada. Aún así, no fue suficiente para robarle una expresión.
— Te recuerdo, un poco. Espero que nos llevemos bien. — Le respondió, Aioros colocó sus manos en los hombros de su hermana y se inclinó apenas dejando un beso en su frente. No quería molestarla, tenía miedo de ser como un extraño para ella.
— Hola a los demás caballeros, espero que hayan estado bien todos estos años. — Dijo seriamente levantando su mano, haciendo un esfuerzo enorme por no sonar descortés. Porque a pesar de todo lo que vivió y sentía, no era una maleducada. Los caballeros asintieron con la cabeza.
Azumi vió doble nuevamente y retrocedió dos pasos tomando su cabeza, los presentes se alertaron y su hermano Aioria la tomó de los hombros desde atrás evitando que se cayera. Se había mareado muy fuerte.
— ¿Qué pasa hermana? — Dijo el león muy preocupado. Azumi abría y cerraba los ojos rápidamente intentando aclarar su vista.
"Diablos, aún me afecta toda la sangre que perdí." Pensó.
— No pasa nada, tan solo me mareé un poco. Tengo tres días sin dormir y no comí casi nada, debe ser eso. Necesito descansar… —
— ¡Perfecto! — Dijo Milo. — Hagamos esto, vamos a la casa de Escorpio, te das un baño, comes algo y luego descansas en mi cama todo lo que necesites, y en ese tiempo Aioria va a arreglar tu habitación. — Dijo sonriente, Aioria asintió hasta que se dio cuenta que era una trampa. —
— Oye que te pasa, tú también vas a ayudarme. — Respondió el de Leo.
— Yo voy a supervisar que hagas bien tu trabajo. —
— Lo único que vas a supervisar va a ser mi… —
— ¡Más respeto que está Athena presente! — Gritó Saga antes de que Aioria dijera algo muy desubicado. Saori rió muy divertida. Definitivamente sus caballeros le alegraban la vida.
Horas más tarde…
Azumi se encontraba profundamente dormida, luego de que se despidió de todos los caballeros se dirigió al templo de Escorpio donde estaba su antigua habitación, aunque ahora mismo descansaba en la de Milo mientras él acomodaba su recinto. Se revolvió bruscamente entre las sábanas mientras fruncía el ceño, giraba su rostro como buscando algo frenéticamente mientras susurraba y balbuceaba palabras inentendibles…
— Detente, detente. — Azumi corría con todas sus fuerzas a través de un campo de batalla donde sólo era tierra, ni una flor, ni un mínimo espacio verde. Tras ella venía un hombre alto, de cabello blanco y ojos lila tan profundos que daban miedo. Él la estaba persiguiendo por tomar la muñequera de la muerte, y aunque sentía que corría con todo su espíritu avanzaba casi en cámara lenta, era desesperante. Azumi tropezó cayendo al suelo sin soltar la caja, rápidamente se puso de pie y siguió corriendo sin ver nada más adelante, como si todo fuera negro, no había salida.
— Déjame en paz, gané la muñequera limpiamente, no voy a quedarme aquí. Déjame ir al santuario. — Decía con los ojos llenos de lágrimas —
— ¡Abeja infernal! — Gritó el hombre levantando su mano, dirigiendo la palma de la misma en dirección a Azumi. La misma lo miró por sobre su hombro y abrió los ojos grandes sintiendo posteriormente como si una espada atravesara su espalda y le causara un dolor indescriptible, cayó al suelo soltando el estuche de la muñequera.
— No… no puedo morir, no. — Gritó con las fuerzas que le quedaban, todo se volvió borroso, aquel sol que quemaba desapareció y la risa de aquel hombre se oía en la lejanía.
Sacudió su cabeza y abrió los ojos con rapidez sentándose en la cama, su respiración era agitada y estaba cubierta en sudor. Se trataba de una pesadilla, una maldita y horrible pesadilla. Miró hacia ambos lados encontrándose con oscuridad, y apenas una luz que se colaba por las cortinas, era luz de luna, había dormido todo el día. Se quitó las sábanas de encima y salió de la cama parándose con dificultad, sintió un dolor muy fuerte en su espalda y se encorvó un poco. Aún le dolía, y no sabía cuánto tiempo más iba a soportar ese dolor. Del otro lado de la puerta se escuchaban un par de voces peleando, o al menos eso parecía.
— ¡Que el color rosa queda perfecto, hombre! —
— ¡No! Me gusta mucho más como quedaba el violeta, aún hay tiempo para cambiarlo. — Dijo Aioria tomando de las manos de Milo unas cortinas y sábanas que hacían juego de color violeta.
— Que dejes el rosa, es una niña, el rosa es color de niña. — Respondió estirando las sábanas hacia su lado.
— Ya basta, que se queda el violeta dije. —
— ¿Puedo saber que está pasando? — Dijo Azumi saliendo de la habitación encontrándose con una escena un tanto extraña entre su hermano y su maestro donde ambos estiraban un pedazo de tela color violeta. Ambos soltaron la cortina y se pararon fingiendo rudeza, tosiendo un poco para disimular.
— Hermana, estábamos arreglando los últimos detalles de tu habitación. Teníamos la intención de que la vieras diferente a la última vez. — Dijo Aioria. Azumi los miró con cara extraña y se dirigió hasta su habitación, entrando y encontrándose con un panorama muy… rosa. Sabanas rosa, mantas rosa, cortinas rosa, y lo poco que no era rosa era blanco, parecía la habitación de una niña. Azumi sonrió de lado notando cuanto se habían esforzado.
— Me gusta, quedó muy lindo, muchas gracias. — Dijo causando que Milo festejara en silencio porque le había gustado el rosa.
— Ahora si no les molesta, planeo seguir durmiendo, nuevamente gracias por su esfuerzo. Maestro, Aioria, hasta mañana. — Dijo Azumi adentrándose en su habitación y cerrando la puerta de la misma.
Todo se quedó en silencio por unos momentos, hasta que Aioria decidió romperlo diciendo unas muy importantes palabras.
— Sigo insistiendo que quedaba mejor el violeta… —
Al otro día…
Azumi había despertado temprano para arreglar algunos asuntos pendientes, salió de su cama, se dio un baño y se dedicó gran tiempo a cambiar los vendajes de su cuerpo de los cuales nadie sabía. Se paró frente al espejo del baño dándole una última vuelta a la venda alrededor de su cintura, hizo un gesto de dolor y lo ajustó un poco más procurando que estuviera segura, y posteriormente lo pegó. Se colocó un traje negro al cuerpo que marcaba a la perfección su figura cubriéndola entera, y salió del templo en busca de Athena. Justamente ese día Shion había convocado a todos los caballeros de la orden en el coliseo a las 9 a.m en punto para darles una noticia. Azumi se sentía un poco ansiosa, hacía mucho tiempo no se encontraba con demás caballeros, aunque ahora estaba enfocada en otra cosa, la mala noticia que recibía su día.
— Así que… no puedo entrenar. — Repitió Azumi sentada frente a Saori en el templo principal, donde habían dos sillones enormes, uno donde estaba sentada ella, y otro donde estaba la diosa, el lugar estaba rodeado por estantes de libros.
— Lo lamento, no estás en condiciones de hacerlo. Por favor, visita a Shaka, yo le explicaré lo que pasó durante la batalla por la muñequera y le pediré que cure tus heridas, él es quien se encarga de curar a sus compañeros. ¿Si? — Athena colocó una mano sobre la pierna de Azumi regalándole una cálida sonrisa.
— De acuerdo, no soy necia, si me curo más rápido podré volver a los entrenamientos. — Dijo no muy convencida.
— La herida que tienes en la espalda podría haberte matado, pero aún así estás aquí y me siento orgullosa de ello. — Tenían un largo tiempo de conversación y ya casi eran las nueve, por ese motivo Shion tocó la puerta y luego entró al gran salón interrumpiéndolas.
— Athena, ya casi es la hora, debes ir al coliseo. — Le dijo el peliverde.
— De acuerdo, tenemos que ir. — Respondió poniéndose de pie.
— Azumi, hazme el favor de escoltar a la diosa hasta el coliseo, yo iré en unos minutos. — La castaña oscura asintió con la cabeza y le hizo una seña a Saori para que salieran del lugar. Ambas caminaron un largo recorrido a paso rápido hasta el coliseo, donde Athena llegó del brazo de Azumi, quien la acompañó hasta lo más alto de las gradas haciéndose paso entre los caballeros. Algunos estaban sorprendidos ¿Quién era esa mujer sin máscara que acompañaba a Saori? Esa era la gran pregunta, y es que la mayoría excepto los caballeros dorados no sabían que ella había vuelto.
— Oye Shun ¿Conoces a la chica que está junto a Saori? — Murmuró Seiya en el oído de uno de sus mejores amigos.
— Creo que es la hermana de Aioria… — Le respondió.
— ¿Qué? ¿Ella no había muerto? — Se metió Hyoga a la conversación acercándose al dúo.
— Eso decían, pero no puede ser que se trate de alguien más. — Dijo Shiryu.
— ¡Shhh! — Dijo Kiki acercándose a ellos. — Athena está a punto de hablar. —
Athena estaba parada, junto a ella Azumi, y pronto llegó Shion con la caja de la muñequera de la muerte en brazos colocándose al lado de ambas. Azumi no se lo negaría a nadie, se sentía algo inquietada por tener tantas miradas sobre ella, aunque en su expresión no se reflejaba absolutamente nada. Una vez que por fin hubo un silencio absoluto, Saori se dispuso a hablar.
— Caballeros, me siento muy feliz de darles un anuncio, después de muchísimos años, hemos recuperado la muñequera de la muerte, uno de los objetos más valiosos para los caballeros. — Levemente se oyeron algunas voces susurrando por lo bajo y nuevamente quedaron en silencio. — Este objeto no es para cualquiera, solo un guerrero fuerte es capaz de llevarlo y por eso mismo determiné que el más fuerte se quedará con el, entre más de estos ochenta caballeros se encuentra el dueño de esta reliquia. Sólo se me ocurrió una forma de encontrarlo… lucharán por él — Los presentes miraron con más atención a Saori, estaban expectantes. — Pero en este caso, serán las mujeres. Lamento informarles que el torneo que planeo hacer, es únicamente para mujeres, caballeros. Una mujer ganará esta muñequera, me parece lo justo. — Azumi volteó a ver a Saori con sorpresa, sintió una especie de emoción al sentir que esa muñequera le pertenecería. — Las peleas sin armas se realizarán dentro de dos semanas, les deseo mucha suerte. — Concluyó Saori dejando mucha indignación por un lado, emoción por el otro y curiosidad por los que ya se imaginaban lo geniales que serían esos combates.
Shion acompañó a Saori de regreso a el gran salón, y en el coliseo solo quedaron los caballeros hablando entre ellos o comenzando a entrenar. Azumi se quedó sola, caminando con tranquilidad por el lugar reconociendo cada parte. Hacía tantos años no paseaba por aquí, aunque tenía mil sensaciones negativas encima, amaba estar en casa nuevamente. Azumi se detuvo al sentir una presencia detrás de ella y frunció el ceño.
— ¿Qué diablos quieres y por qué me estás siguiendo? — Dijo sin voltearse.
Shaina rió en voz alta acompañada de sus amigos, se acercó unos pasos más hasta estar metros detrás de Azumi y se dispuso a hablar.
— Oye Azumi, que bueno tenerte de regreso. — Dijo elevando la voz para que todos los presentes le prestaran atención. — Solamente te diré una cosa, no te ilusiones con aquella muñequera porque será solo mía, soy la más fuerte y voy a demostrarlo. —
Azumi la miró por sobre su hombro y posteriormente se volteó a verla de frente, sonrió sacando a relucir sus dientes por primera vez desde que estaba allí.
— Ya veremos quien es la más fuerte, Shaina. — Le dijo con seguridad a su peor enemiga de toda la vida. Recordaba cuando de niñas peleaban con todas sus fuerzas quedando muy heridas ambas, ahora que había pasado el tiempo se preguntaba en su interior como sería enfrentarla. Se sentía ansiosa. Ambas quedaron mirándose fijamente, mientras que la gente allí estaba observando toda la escena que se armaba, casí podían olfatear una pelea acercándose.
¡Hola! Quería pasar a responder los saludos, me alegró la semana ver que el primer capítulo tuvo tan buenas repercusiones, de verdad lo agradezco.
DiosaGemeninis: Muchísimas gracias por la ayudita que me diste, sin dudas me sirvió y tengo en cuenta tu consejo. Gracias de verdad.
Miss Death: Muchas gracias, aquí esta el nuevo capítulo, espero que lo disfrutes.
Lady Morth: ¡Sí! Lo noté, estuve pensando eso durante unos días y me decidí a cambiar el cabello de Azumi de negro a castaño oscuro para asemejar sus rasgos a los de sus hermanos. Gracias por el consejo y espero que disfrutes el capítulo.
