Capítulo 2.
3:00 a.m.
Su cuerpo se tambaleaba ante el pesado acompañante que tenía al lado. La boca de Francis olía a alcohol, y aunque Matt tuviera la mala fortuna de ser un buen samaritano (como su mismo medio hermano, pero menos irritante y sin complejo de héroe) a veces pensaba que él cruzaba los límites establecidos por el Dios de la buena voluntad. Claro, que dicho Dios no existía. Pero a Matthew le gustaba pensar que sí lo hacía, y que quizás algún día le recompensaría por sus actos de bondad desinteresados. Aunque siendo completamente honesto, no sabía qué lo había impulsado a ayudar a su molesto y ruidoso vecino a salir de la situación en la que se encontraba. ¿Compasión? Podía ser una buena respuesta.
¿Amistad? Pff… llevaban menos de 24 horas de conocerse. Claro que esa no era la opción correcta.
Matthew aún se preguntaba qué es lo que había hecho en su vida pasada para tener tan mala suerte. Cargar a un sujeto con complejo de superioridad total, y que a duras penas conocía lo que era el esfuerzo de trabajar o resaltar para tener lo que quería fue lo último que pensó que haría durante el día.
—Arthur… amigo mío…
—No soy Arthur, Francis.
Repetía por cuarta vez el cansado canadiense, que aún caminaba por las estrechas calles de París. Era increíble como la capacidad de memoria del sujeto que tenía al lado se desvanecía solamente por estar borracho. Aunque él jamás hubiera bebido hasta estar en tal estado. Matthew hizo más firme el agarre en la cintura que tenía sobre el caballero a su lado y determinado, siguió avanzando. No les faltaba mucho para llegar al edificio en el que ambos vivían.
—Cierto. Eres Matt.
Dio un salto, sorprendido por las palabras del galo. ¿Acaso no le había preguntado quién era? Volteó a ver a Francis, que llevaba una pequeña sonrisa ante su reacción, y sin poder evitarlo, una oleada de alegría recorrió su cuerpo. Era una de esas pocas veces en las que alguien recordaba su nombre o reconocía su presencia. Incluso con Alfred era difícil hacer eso algunas veces.
—Sí. Soy yo.
Contestó, casi con orgullo impregnando su voz. El entusiasmo era completamente palpable, y aunque Francis estuviera cayéndose de borracho, fue consciente de ello. Amplió su sonrisa cuando supo lo que aquella pequeña pero significativa muestra de reconocimiento había significado para su nuevo y lindo vecino.
—No estás acostumbrado, ¿verdad?
Sus palabras tomaron por sorpresa nuevamente a Matthew, que se sonrojó un poco por haber sido tan obvio. En su bochorno, no notó lo intensamente que Francis le observaba con sus ojos azules.
—No realmente.
Su humor había cambiado drásticamente; de estarse lamentando su suerte había pasado a un repentino buen humor, causado por el reconocimiento que le daban. Aún no se podía creer que…
—Eres encantador, ¿lo sabías?
Ahora que eso sí no se lo esperaba. Francis no mostraba su habitual sonrisa petulante llena de la coquetería y altanería que cualquier mujer soñaría, sino una llena de la sinceridad que un hombre ebrio era capaz de tener.
Matthew rió nervioso. Jamás le habían dicho aquello.
—G… gracias. Supongo.
Siguieron su camino en silencio, hasta que finalmente llegaron al edificio. Entraron, y cuando Matt se dio cuenta de que Francis casi iba inconsciente sobre él, decidió cargar todo su peso en vez de irlo arrastrando. La campanita de la puerta sonó indicando su entrada, y una mujer diferente a Florentina se despertó nerviosa por haberse quedado dormida durante lo que pensó Matthew, eran sus horas de trabajo.
—M… muy buenas noches señor.
La joven mujer que se encontraba frente a ellos, tenía ojos verdes, cabello claro y espeso y definitivamente era poseedora de una belleza deslumbrante, casi fiera. Matt no la identificó, pero ella a Francis sí. Rodó los ojos en cuanto lo reconoció.
—Bonnefoy no se cansa de dar problemas a los demás, ¿no es así?
— ¿Qué?
—Él. Francis.
La dama señaló con su dedo índice al francés, que estaba cómodamente acurrucado en los brazos de Matthew.
—Eh… realmente no es ningún…
—Francis, ¡Despierta!
La mujer, sin escuchar la queda voz del nuevo residente de ese lugar, se apresuró a dirigirse a Francis, dispuesta a darle golpes con el objeto que traía en manos: un bolígrafo.
— Oh, mon amour, luces tan bella de esa manera…
Murmuraba Francis entre sueños, con una sonrisita pervertida que sacó completamente de sus casillas a la chica que estaba a punto de darle un buen golpe en la cabeza, esta vez con sus propios puños. Pero Matt alzó la voz lo suficientemente alto para evitarlo.
— ¡Espera!
La recepcionista volteó a verlo, dándole finalmente una señal de reconocimiento.
— ¿Quién eres?
El rubio más alto suspiró. Estaba tan malditamente acostumbrado a esa estúpida pregunta…
—Me llamo Matthew.
La chica lo observó por un instante, llena de confusión, intentando recordar algo. Hasta que algo hizo clic en su memoria.
— ¡Oh! Williams, ¿no es así?
—Ajá.
La muchacha rió un poco por la cansada reacción del chico frente a él, antes de continuar.
—Florentina me habló de un nuevo inquilino. Dijo no recordar su nombre o rostro, así que me tomé la molestia de buscarlo entre los papeles. Claro, que jamás pensé que serías de aquellos que se la pasan de fiesta en fiesta, como Bonnefoy.
Matthew negó completamente avergonzado de lo que acababa de escuchar.
—Por supuesto que no. Yo lo encontré, y como lo conocía, pensé que quizás necesitaba una mano y…
—Calma. Realmente sólo lo dije para picarte un poco. — Alzó las cejas varias veces de manera juguetona. — Me llamo Elizaveta. Estoy aquí por las noches. Y conozco a Bonnefoy de las tantas veces que quiso intentar algo conmigo. Pero se dio cuenta de que no podía, por supuesto.
— ¿Por qué?
Matt realmente sentía curiosidad. Por la reputación que tenía, pensaba que Francis se había acostado al menos con la mitad de la población en general (digamos que el francés era muy obvio respecto a su libertad sexual) de París, pero se imaginaba porqué Elizaveta no había caído en sus redes: se veía como una mujer de carácter, con los pies puestos firmemente en la tierra, sin dejarse engañar por palabras bonitas o la galantería desprendida por Francis.
— Tengo pareja.
Elizaveta, entusiasmada por hablar de ello, rápidamente le mostró su celular, en la que tenía puesta la foto del caballero en cuestión. Aunque era extraño. El chico en pantalla lucía sumamente delicado, como si fuera una mujer. Su corto y rubio cabello caía por sus mejillas, y sus vestimentas eran un tanto ajustadas. Se fijó en sus grandes e inocentes ojos claros, y fue cuando cayó en cuenta de que su novio, era en realidad…
— ¿Es una chica?
— Hum. — Asintió Elizabetha, regresando el celular a su radar de visión y apreciándola con devoción. — Se llama Lily. Y jamás la cambiaría por… eso.
Señaló despectivamente al francés, que seguía soltando una que otra risita, que más hacían hervir la sangre de Elizaveta, adivinando la clase de sueños que posiblemente el galo tendría.
— Bien, Elizaveta. Fue un placer conocerte. Pero mis brazos empiezan a entumecerse, y realmente necesito…
— Claro. No hay problema, eh…
— Matthew.
— ¡Oh! Sí, Matthew. No hay problema. No hay elevador, así que puedo ayudarte con el peso de Bonnefoy. No sería gran problema para mí.
— Por favor, no te preocupes. Estoy b… —y antes de que pudiera soltar el final de su oración, Elizaveta quitó de los brazos de Matthew a Francis, que seguía completamente inconsciente sin problema alguno. "Definitivamente, Francis se metió con la mujer equivocada…", pensaba admirado el canadiense, sobre todo cuando vio que las escaleras no eran problema para la fuerte y agradable mujer.
Finalmente llegaron a su piso, y Elizaveta cedió el peso de Francis a Matthew nuevamente. Suspiró por el esfuerzo, y se despidió con un gesto en la mano, completamente espontáneo y entusiasta, como solía ser su personalidad.
— Está bien. Nos vemos, M… Me…
— Matthew. —el chico suspiró, acostumbrado. Bueno, al menos había recordado la inicial de su nombre. Aquello ya era un progreso.
Elizaveta asintió, y sonriente, volvió a su puesto de trabajo, dejando a Matt solo con Francis en brazos nuevamente en medio del pasillo.
— Bien. Ahora solamente debo encontrar la manera de que Francis entre en su departamen…
Recordó entonces que las llaves no las tenía el propietario, sino el tal Arthur. Que apostaba que tampoco se encontraba en el mejor de los estados en ese preciso instante. Con resignación, pensó que realmente no quedaba otra opción más que dejarlo dormir en su pequeña y humilde vivienda. Encaminó sus pasos a su casa, teniendo un poco de dificultad para maniobrar y sacar sus llaves e insertarlas en la cerradura para abrir la puerta con Francis en brazos. Cuando lo logró, lo primero que hizo fue dejar al hombre en el silloncito que tenía en medio de su vivienda. Se secó el sudor que había en su frente, y con la certeza de que ya no tenía nada qué hacer, fue directamente a darse una ducha caliente. Sentía como si hubiera estado velando por el bienestar de un niño.
El agua caliente hizo su efecto, y dejó a Matt relajarse por unos breves instantes. Recordó todo lo que había pasado durante su día de locos, y pensó que definitivamente las cosas siempre tomaban un rumbo muy extraño.
FXM
12:25 p.m., el día anterior.
La manera en la que Feliks lo observaba no tenía precio. Parecía que había encontrado una joya en su persona… algo poco habitual en él. Suspiró. Llevaba sólo unas horas trabajando con él y ya se había dado cuenta de su… excentricidad. Su ondulado cabello cayó cubriendo ambas partes de su rostro cuando se atrevió a mirar, con las mejillas encendidas por la vergüenza, la parte inferior de su cuerpo. Era un muchacho alto, de musculatura promedio. Aunque su altura lo hacía lucir más delgado de lo que realmente era. Tuvo el instinto automático de querer pasar desapercibido; y aunque era algo que lograba con suma facilidad, esta vez no funcionaría. Sobre todo por el molesto color rosa chillón brillante que relucía en su cuerpo gracias al ceñido vestido que lucía en aquél preciso momento,
—Corazón, disculpa, olvidé tu nombre…
Repitió el polaco, aún empeñado en sacar a relucir cualquier detalle que pudiera haber pasado desapercibido por su atenta mirada verde en el vestido que llevaba puesto su tímido asistente. Matthew suspiró, sabiendo que esa era como la treceava vez que le preguntaba lo mismo en el día.
—Matthew.
—Sí, eso. Oye, Matt, cariño, hazme el favor de darte una vuelta.
El chico, obedientemente, acató la orden, dejando caer gracias a sus movimientos, la escarcha que desprendía el vestido a montones. Estaba bien. Matt aceptaba que la paga que tenía del trabajo era buena. Pero no sabía si realmente valía la pena travestirse por ella. Se sentía completamente ridículo, sobre todo considerando que a pesar de no ser muy tosca, su forma no era para nada delicada o femenina. Aunque a Feliks no parecía importarle.
—Señor Feliks, ¿por qué me pide hacer esto?
— ¿Hm?
Una carcajada se escuchó a lo lejos, y fue acercándose, conforme el bochorno que sentía el canadiense crecía. El antipático chico que había conocido aquella mañana, Lovino, empezó a observarlo más minuciosamente, y la sonrisa socarrona y burlona que tenía en el rostro se fue expandiendo conforme sus pensamientos hacia el polaco fluían.
—Sabía que debía tenerte más lástima que nada… eh…
—Matthew.
Contestó el susodicho, fastidiado del asunto de su invisibilidad constante. ¿Acaso tan difícil era aprenderse su nombre?
Lo peor del caso, es que el italiano lo veía de esa forma tan desagradable. Como burlándose de su suerte. Como si no fuera mala de por sí.
— ¿Y a ti quién te invitó, Lovi?
Preguntó Feliks, concentrado también en cómo se veía la vestimenta que Matt tenía puesta en aquellos instantes, pero consciente de la presencia de Lovino en el mismo espacio que él.
— Oh, nadie. Simplemente pasaba por aquí por unos papeles que el jefe quería que le llevara. Aunque dudo que ahora esté disponible. Tal parece que tú ya sabes quién vino a hacer las paces. O quizá solamente a ampliar el dolor de cabeza del viejo Marius.
La mención de Marius capturó instantáneamente la atención de Feliks, que volteó a ver a Lovino por un momento para encontrarse con su ceño fruncido y mirada triste.
— ¿Él está aquí?
— Sí. Aunque desafortunadamente no tengo idea de qué es lo que quiere, maldición.
Pronto empezó una discusión entre murmullos, que no podía ser de nadie más que el sujeto que acaparaba toda la atención de sus dos acompañantes. Resignado, Matthew fue al baño, tomando una bata larga que encontró en la habitación para no llamar la atención. Cuando pasó por el pasillo principal, casi nadie volteó a verlo. Finalmente, entró, sabiendo que ni Feliks, ni Lovino notarían su ausencia. Con pereza, abrió el grifo y echó agua sobre su cara, quitándose los lentes. Cuando ya hubo terminado, se acomodó el vestido lo mejor que pudo por debajo de la bata, y sin darse cuenta, una persona se acercó sigilosamente hacia donde estaba, mirándolo con curiosidad.
— Bueno, ¿qué tenemos aquí? Bonjour, Mathieu.
El chico se sobresaltó al escuchar la voz de Francis, que recién salía de uno de los cubículos del baño.
— ¿Señor Francis? ¿Qué hace aquí? ¿Trabaja en esta empresa también?
El francés rió un poco.
— Algo así. Pero me sorprende verte. Son muy rigurosos con a quiénes eligen en éste lugar.
Sentía que lo subestimaban, y aunque sabía que no era con esa intención, el tono de voz que utilizaba el galo era indicador de que no lo hubiese creído capaz.
— Bien, pues heme aquí.
Contestó con simpleza, amablemente. Francis lo observó un momento más, haciéndolo tener nuevamente la sensación que había experimentado en la mañana: el sentirse notado por alguien más, de una manera casi abrumadora. Matthew se alejó un poco de Francis cuando se dio cuenta de que éste se había acercado más de lo necesario para verlo, haciendo que su corazón se acelerara por una fracción de segundo.
— ¿P… por qué me miras así? — Se atrevió a preguntar.
— ¿Hm? ¿Cómo? — preguntó distraídamente, dándose repentinamente cuenta de la reacción que había provocado en el muchacho, teniendo de repente una chispa de picardía, dando pasos hacia él a propósito, aproximándose hacia Matt como lo había hecho antes, pero ahora con toda la intención de ponerlo nervioso.
Matthew se dio cuenta de que incluso su mirada se había vuelto más penetrante, sobre todo porque posaba sus azules ojos sobre los propios, notándolo, reconociéndolo, cosa que no pasaba muy seguido. Tragó saliva, e intentó poner distancia nuevamente, pero la pared ya estaba pegada a su espalda.
— P… pues… así…
Nuevamente las palabras no podían surgir de corrido en sus labios, y cuando menos se dio cuenta, cerró los ojos, dejándose llevar por el pánico de lo desconocido de la sensación de ser el centro de atención de alguien. Francis se extrañó por la reacción, y se alejó un poco, dejando que Matthew recuperara su espacio vital.
— ¿Y tú por qué reaccionas así?
Matthew recién se daba cuenta de su recuperado espacio, y reflexionó la pregunta de manera un poco tardía. Pronto sus mejillas se encendieron por la inesperada cuestión que automáticamente le sacó una risita un tanto nerviosa.
— Es que… en cualquier sentido es extraño que alguien observe a otra persona como… como si fuera algo ¿comestible?
Incluso él mismo dudó de usar el adjetivo que había empleado para describirlo, pero no creía que hubiera palabra más apropiada para hacerlo. Después de tiempo de convivir con él Matt se daría cuenta de que Francis observaba de aquella manera inconsciente a las cosas hermosas. Y aunque él mismo no se consideraba como tal, sí que lo era. Al menos a perspectiva del francés.
— Oh… ¿y te incomoda?
Matthew reflexionó un poco antes de dar una respuesta sincera: ¿realmente le incomodaba de ser reconocido cuando tan desesperadamente había pedido en el pasado tener aunque sea un poco de atención? No se podía quejar. Era tan sólo que no estaba acostumbrado. Decidió buscar un punto medio.
— Bueno… no del todo.
— ¿Y qué haces vestido así?
Sin darse cuenta, su bata estaba ahora medio abierta, y dejaba al descubierto el ceñido vestido rosa que tenía puesto. Automáticamente volvió a cubrirse, adquiriendo un tono rojo como el de los tomates, que, según había dicho Feliks, fascinaban a Lovino.
— N... no importa mucho en realidad. Y… yo me tengo que ir. Disculpe las molestias.
Francis se preguntó por qué pedía disculpas si no había hecho absolutamente nada que ameritara hacerlo. Aún así, ante su actitud, al galo solamente se le vino una palabra para describirlo: encantador.
Matthew cerró las puertas del vestíbulo en el que se hallaba inicialmente, azotándolas, sorprendiendo a Feliks y a Lovino, que presentían levemente que algo faltaba en aquella habitación.
— Ah… Mateo. Al fin llegas.
Murmuró Feliks, no muy seguro de sus palabras.
— Es Matthew.
Aclaró él mismo en un suspiro casi inaudible, e inmediatamente ambos hombres volvieron a lo suyo.
— Ese idiota no viene a disculparse. — proseguía Lovino, a lo que parecía ser una charla de un tema que le desagradaba especialmente. —Viene por más dinero.
—Lovi, por supuesto que viene por eso. Aunque creo que subestimas los sentimientos y el afecto que le tiene al viejo Marius. Yo sé que él puede ser un egocéntrico y un idiota a veces… pero te aseguro que sabe amar.
— La verdad, es que dudo mucho que ese bastardo sepa lo que es el amore fuera de la cama.
— ¡Cierto! — exclamó Feliks de repente. — El tema de esta temporada es el amor. Lamento ser así Lovi, pero, tipo, tengo que terminar de analizar la ropa. No sé en qué pensaba la mujer que diseñó esta colección, pero definitivamente no evoca el sentimiento rosa e inocente que es. O sea, parecen más trajes de una mujer nocturna, que algo romántico.
Feliks rió ante su último comentario, y buscó algo con la mirada, algo que pronto recordó que no era una cosa, era una persona. Matthew yacía sentado en el suelo, sin la bata y con su smartphone, revisando tranquilamente su correo electrónico, que estaba lleno de mensajes de la única persona en el mundo que lo frecuentaba (por no decir, la única que se acordaba de su existencia): Alfred, su hermano.
"Matthy:
HELLO BROTHER! Acabo de encontrar un gatito, que yo, el héroe, rescaté gracias a mis grandiosas habilidades. No te preocupes, estoy bien. Pero, ¿qué tal tú? ¡Espero que puedas responderme pronto!"
Matthew reía ante sus ocurrencias. Le escribía hasta el más nimio detalle de su vida, para que no se perdiera de nada de lo que sucedía en casa.
Él había nacido en Canadá, y su padre, el padrastro de Alfred, era proveniente de ahí, más específicamente, de la ciudad de Ottawa. En cambio, Alfred, y su madre Emily, eran estadounidenses, ambos provenientes de la gran ciudad de Nueva York. Ése era su hogar antes de arribar a Francia.
Pasó su dedo pulgar hacia la parte de arriba en su pantalla táctil, donde había al menos seis correos recientes de parte del mismo remitente. Realmente ninguno le llamaba la atención, solamente eran nimiedades de su vida diaria, escasamente detalladas igual que el primer correo que leyó. Pero al llegar al más reciente, se sorprendió de lo largo que era a comparación del resto. Lo que más le impactó, fue que había sido enviado hace relativamente poco. Hace horas, de hecho.
"Matt!
Procuro no marcarte mucho, porque además de que muchas llamadas costarían una fortuna, creo que actualmente posees problemas más difíciles. Don't worry, entiendo que tengas cosas que hacer, pero no te hubiera llamado esta mañana si no hubiese sido importante. No contestaste, y puede que hubiera sido asunto de vida muerte… ¡no me malinterpretes! No te deseo eso en absoluto. En fin, al punto. ¿Recuerdas a Alex? El que era nuestro vecino en el barrio, el chico que siempre decía que era un dolor de cabeza… bien. Me lo encontré hace poco. Seguía igual que siempre: con su actitud arisca y acento raro. Lo reconocí, y cuando lo llamé, extrañamente me contestó. Pero algo extraño pasó. Cuando sus ojos se posaron sobre los míos, comencé a experimentar lo mismo que yo te decía que creía haber olvidado cuando dejé la casa. No puedo creer que en serio todo siga igual. Tengo una novia hermosa. La amo, sin embargo… HELP ME PLEASE! Necesito tu consejo. Cuando puedas, enciende tu laptop, y contáctame. Necesitamos hacer una videollamada URGENTE."
Matt no necesitaba muchas especificaciones para saber a quién y a qué se refería: su supuesto enamoramiento homosexual en la adolescencia y a Alejandro Rodríguez González, el chicano del que su hermano" creía" haber estado flechado durante sus años jóvenes. Bien, Matthew admitía que era un poco estúpido usar la palabra "creía", porque era una obsesión y un amor que su hermano más que hacerlo desaparecer, ocultó y reprimió durante mucho tiempo. Una noche, entre confesiones, un Alfred de dieciséis años lo soltó: se sentía genuinamente atraído a su vecino y compañero de curso, que además de no poder tolerar al atormentado chico estadounidense, era constantemente molestado en la escuela por sus orígenes raciales. Aunque eso jamás intimidó al muchacho con ascendencia mexicana. Rodríguez era una bestia difícil de dominar, y eso fue precisamente lo que Matthew siempre pudo intuir acerca del porqué a su hermano se le antojaba tan atractivo. Podían molestarlo, retarlo, querer subyugarlo, pero jamás lo lograron, razón por la que durante aquellos años, Alejandro se volvió tan fuerte.
"— ¡¿Has visto como siempre termina saliendo ganador de sus peleas?! ¡REALMENTE ES COMO UN SUPERHÉROE! —exclamaba emocionado un Alfred de siete años, maravillado con su compañero y vecino."
Para Matthew, desde entonces, había sido bastante obvio hacia dónde se dirigían esos sentimientos de admiración, que él mismo vio evolucionar durante tantos años.
Su madre y su padre eran personas de mente abierta. A ellos los habían criado con la idea de que cualquier persona tenía el derecho de amar, sin importar las condiciones que la sociedad impusiera. Claro que aceptarían a Alfred a pesar de ser homosexual, o bisexual, lo que sea. Pero el chico tenía una imagen que mantener: era el capitán del equipo de futbol americano, había salido con las más hermosas porristas, perteneció a varios grupos escolares, y en general, era bastante popular. ¿Qué pensarían los demás si de repente salía con que era un marica que gustaba del muchacho más prepotente, violento y molestado del curso? Si Alfred complicó su entera existencia en aquél entonces, fue por decisión propia. Si en realidad su imagen era más importante que su corazón, Matthew respetaría aquello… claro, después de intentos intensos de convencerlo de lo contrario.
— ¡Cariño, debemos proseguir!
La voz de Feliks lo sacó completamente de sus cavilaciones y reflexiones acerca del asunto de Alfred, y se dio cuenta de que Lovino ya no estaba presente. Definitivamente tendría que contactarlo lo más rápidamente posible.
— Está bien. — suspiró. — Pero, ¿por qué debo probarme yo la colección?
— ¿Cómo que por qué? Obviamente para ayudarme a decidir, tesoro.
Respondió el polaco, buscando ahora en el armario una nueva prenda.
— Es que… son vestimentas femeninas, y yo no soy una chica…
Finalmente, obtuvo la atención del afeminado hombre, que volteó a verlo con una expresión indescifrable en el rostro. A los poco segundos, hizo un gesto que indicaba que la pregunta hecha tenía la respuesta más obvia del mundo.
— Mateo, cariño, pensé que ya te habías dado cuenta, pero creo que no.
Pronto, Matthew se vio siendo inspeccionado con su verde mirada nuevamente, y siendo más específicos, sentía una zona en particular siendo taladrada prácticamente con ésta nuevamente.
— ¿Qué? — preguntó intrigado.
— Tienes unas piernas fabulosas. Están excelentemente proporcionadas, y además tienen una forma preciosa. Son pálidas, y esbeltas. ¡Ni siquiera parecen ser de un hombre!
Exclamó maravillado Feliks, aún observando la zona mencionada en su cuerpo.
El comentario más que abochornarlo (que sí lo hizo), lo ofendió. No en gran medida, claro, pero lo hizo. ¿En serio tenía piernas de chica?
— Continuemos.
FXM
Se sentía exhausto. Jamás habían puesto tanto su paciencia a prueba como aquél día de locos, en los que resultaron salir muchas sorpresas. No tenía ganas de recordar a las excéntricas personas que había conocido el día de hoy, pero era casi imposible olvidar todo. Más adelante se tomaría la tarea de intentar congeniar con todos para poder tener un buen ambiente laboral.
Era de noche. Estaba esperando el paso de un taxi que lo pudiera llevar a su casa, ya que le daba pereza esperar al transporte público. Sabía que gastaría un poco más de lo necesario, pero realmente le dolían las piernas, y necesitaba un poco de espacio a solas. Después de aproximadamente diez minutos, en los que nadie se paraba, decidió que ejercitarse un poco de le vendría mal. Comenzó a caminar pausadamente, observando maravillado a instantes lo grandiosa que se veía la torre Eiffel desde lejos. Apenas la podía divisar, pero brillaba con intensidad. Pensó, en aquellos instantes de soledad, que un día de aquellos debía ir a visitarla. Es decir, estaba en París, ¿qué era más icónico que esa construcción?
Matthew no tenía el mejor sentido de ubicación. Sobre todo en un lugar desconocido para él. Así que todo ese tiempo que llevaba caminando, confiaba en su celular. Pero para su desgracia, éste había muerto; la batería se había agotado. La gente no circulaba mucho por esos rumbos a quellas horas, y desafortunadamente, él era como un fantasma. Así que optó por seguir caminando, dejando su suerte a la deriva. Estaba bien, después de todo, ¿qué podría salir mal?
—Wow. Definitivamente, sí has tenido una suerte de perros.
Exclamaba Antonio Fernández Carriedo, conmovido por el estado de uno de sus mejores amigos. Odiaba ver a Francis en aquél estado. No sabía cómo ayudarle, puesto que él también poseía sus propios problemas económicos.
— Pero la chica Florentina está ayudándote, ¿no?
Preguntó Gilbert Beilschmidt, yendo por su tercer vaso de cerveza. A ese paso, terminaría borracho a las diez de la noche. Y tanto Antonio como Francis apostaban que a Roderich, mejor amigo del susodicho, y amor platónico del mismo, no le haría gracia recogerlo en ese estado a las doce de la madrugada. Si sucedía, sería la segunda vez del mes.
— Sí, pero ella ya no está pidiendo sólo sexo. — se lamentó Francis, lloriqueando, y mirando su bebida con expresión angustiada. Lo cierto es que no solía consumir cantidades excesivas de alcohol, y menos de cerveza. Pero en aquellos instantes requería compañía incondicional y comprensión adicional. Sabía que Gilbert no accedería a beber con ellos si no era aquél líquido amarillo del que tanto gustaba, así que en vez de complicársela, citó a sus amigos a ese bar que quedaba cercano a los lares en donde Fernández y Beilschmidt vivían. — Quiere una relación. Y no estoy enamorado de ella en lo absoluto.
L a conversación entre los tres siguió fluyendo durante horas y horas, en las que Francis relataba con detalle lo que le había sucedido en la visita a su padre. Decir que no lo había apoyado estaba de más, porque obviamente no lo había hecho. Florentina más que ayudarlo actualmente, exigía cambios en su relación, cambios que él no podía darle. Y de no cumplirlos, se quedaría sin techo. Sus temas empezaron a variar, y entonces, cuando Antonio se tuvo que ir y Gilbert era recogido por Roderich, tal como había predicho al inicio, Francis se quedó solo. Hasta que momentos después, escuchó un ruido proveniente del otro lado de la sala en la que estaba. Su mirada azul se dirigió a un punto en donde un hombre de baja estatura, cejas gruesas y verde mirada, se quejaba de todo, obviamente tan o igual de borracho que él. Un joven, en la barra, empezó a hablarle, indicándole que por favor se retirara, que ya había bebido demasiado. Francis, se levantó de su asiento con determinación, y agarró del brazo al caballero que había visto antes, y que definitivamente, conocía, para su desgracia o fortuna. Cuando ambos estuvieron afuera, tomó la palabra firmemente, para callar de una vez los molestos quejidos que el ojiverde profería con cada vez voz más potente. Su tono de voz era empalagoso, y obviamente era con afán de hacerlo enfadar.
— ¡Arthur, soy yo, mon ami!
¡Hola a todos los que me leyeron! Primero que nada, me gustaría disculparme por mis largos meses de ausencia. Y también por incluir UsaMex en lugar de UsUk. Lamento si esperaban esa pareja :'v
Ahora, pasaré a hablarles de una idea (relacionada con el tema, claro) que surgió de mis delirios: ¿qué les parecería una historia UsaMex ligada a esta misma? O sea, una donde se cuente con más detalle lo que Alfred vivió en su adolescencia, y el cómo se desarrollará su romance con Alejandro. De todos modos la haré, pero me gustaría conocer su opinión.
De paso anuncio que la siguiente actualización, la tendrán el 25 de diciembre, como regalo de navidad. Será un capítulo más largo y en donde sucederán muuuchas cosas ;)
Pronto sabrán cómo es que nuestros chicos llegaron a la situación inicial, no desesperen :D
Los dejo, ahora sí. Como siempre, agradecería que me señalen errores ortográficos o de cualquier otra índole que se presenten en el texto. Quiero mejorar. Cuídense mucho, y espero poder leerlos en los reviews :3
Bye bye.
