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Disclaimer:

LAS TORTUGAS NINJA

no me pertenecen,

más bien mi corazón le pertenece a Leo.

Tampoco obtengo ningún beneficio lucrativo por escribir este fanfiction.

Mi única ganancia es la satisfacción de hacerle pasar un rato agradable a quien sea que pase a leer mi divagación.

-69-

AQUÍ ABAJO

25 de Diciembre

3 AM

¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!

El sonido de un despertador comienza a sonar, pero inmediatamente es apagado por una mano de tres dedos.

Unos parpados se abren lentamente, y unos ojos claros se encuentran ante una oscuridad no del todo total, pero su interés se centra en la hora.

- Tres de la mañana. La hora del Diablo. – murmura la joven voz.

Leonardo se levanta, se coloca sus protectores y su bandana, y guarda su celular en su cinturón; luego va por el armazón, lo ata alrededor suyo y enfunda sus espadas.

Permanece atento, esperando percibir cualquier señal de peligro, pero no pasa nada.

- Justo como pensé que pasaría. Es Navidad y ni el más temible demonio va a atreverse a salir en la noche más feliz del año, ni siquiera en la hora que le pertenece al Mal. -

Entonces se apresura a tender su cama, y mientras lo hace, es cuando siente que alguien le observa.

Voltea, y se encuentra con un par de ojos azules.

- No me mires así, Ogima. – le habla a un oso de peluche que ha colocado en el librero (porque antes estaba sobre la cama).

Los ojos del oso de peluche, a pesar de no estar iluminada la habitación, destellan un brillo especial.

- Ya hablamos de esto muchas veces, y no voy a cambiar de idea. -

Leonardo toma el oso, lo coloca de nueva cuenta sobre su cama y se sienta al borde de ésta.

- Espero regresar antes de que los demás despierten. – sigue hablándole al oso de peluche, pero ahora su voz revela que está cansado.

Para celebrar un día tan festivo y familiar como lo es el 25 de diciembre, desde el día anterior, su familia y él estuvieron muy ocupados adornando su hogar y preparando el festín, y hace escasa hora que se retiraron a descansar, después de comer y beber en abundancia.

Sabiendo que todos despertaran temprano para abrir los regalos (sin importarles haber dormido poco) Leonardo no tiene mucho tiempo para cumplir con una misión.

Es una misión que él va a resolver solo.

Leonardo toma su celular y lo activa.

En la pantalla se muestra una señal de rastreo.

- Es débil, lo que significa que mi objetivo está muy lejos, pero el rastreador que logré colocarle funciona. No esperaba menos de la tecnología que crea mi hermano Donatelo. – dice con orgullo.

Se levanta de la cama, y voltea a ver al oso de peluche.

- Regresaré a tiempo para abrir los regalos de Navidad. – sonríe para brindarle confianza a su amiguito de felpa (y a sí mismo) en que saldrá airoso de tan peligrosa y solitaria misión.

Se gira y camina hasta llegar al pasillo.

Desde el nivel superior observa que su hogar no está del todo a oscuras.

La luz que resplandece del Árbol de Navidad y de los foquitos que fueron colocados prácticamente en todos lados (gracias al desbordado entusiasmo de Miguel Ángel), casi logra escabullirse hasta las habitaciones en las que descansan sus seres queridos.

- Yo me encargaré que, a partir de esta noche, mis hermanos siempre tengan sueños apacibles. -

El Árbol de Navidad no es lo único que resplandece con intensidad.

Los ojos del líder del Clan Hamato destellan con una gran determinación.

Leonardo vuelve a examinar su celular.

El rastreador indica que su "objetivo" no se ha movido.

- Perfecto. -

Leonardo sale al drenaje rápida y sigilosamente, pidiéndole a su Sensei Yoshi que le permita regresar a casa sano y salvo.

. . .

La señal lleva a una extenuada tortuga hasta el drenaje que desemboca en el Océano Atlántico, pero vira en otra alcantarilla a escasos metros de llegar a donde las aguas residuales se mezclan con el agua salada.

Se detiene antes de proseguir su camino.

- Ahora… que lo pienso… - se ha detenido a recuperar el aliento – Si Doni tiene… su Acorazado… Rafa tiene su… Tortumoto… y Mikey tiene su… Turbopatineta... ¿por qué yo… no tengo mi propio… medio de transporte… rápido y eficiente?

- ¡Jajajajaja! –

De repente, Leonardo escucha una risa.

Por el eco que se produce en esas no tan solitarias profundidades, mira hacia todas partes porque no puede ubicar de dónde proviene la risa.

- ¿Quién anda ahí? – guarda el celular para ponerse en guardia.

- ¡Nadie! ¡Sólo sigue tu camino! –

Alguien le responde junto con el eco.

¡Camino!

¡Camino!

¡Camino!

Esta vez, Leonardo reconoce la dulce y jovial voz.

- Ay no… -

El entusiasmo con el que había iniciado su búsqueda se desploma hasta los suelos, embargándolo la angustia.

- Te pedí que te quedaras. -

- ¡Sí! – sigue respondiendo a gritos ese alguien - ¡Pero crucé mis dedos atrás de mi espalda! -

¡Espalda!

¡Espalda!

¡Espalda!

Leonardo ha descubierto que ese alguien que conoce es muy listo: responde gritando para que resuene el eco y así siga sin poder ubicar su posición exacta.

- Tú no tienes dedos, o al menos pulgares sí, pero los pulgares no pueden cruzarse para romper una promesa. –

- ¡Figurativamente quise decir! –

¡Decir!

¡Decir!

¡Decir!

Pero Leonardo tiene más de una forma para ubicar a alguien, sobre todo si ese alguien no es un alguien común.

Se concentra y percibe una poderosa presencia justo a sus espaldas, o mejor dicho, "sobre" su espalda, es decir, sobre su caparazón.

Lleva sus manos tras su caparazón, pero le es imposible alcanzarlo.

Cualquier humano que lleve sus manos tras su espalda puede entrelazar sus dedos, pero no una tortuga mutante debido a su caparazón, o al menos no a determinada altura de su caparazón.

- ¡Jajajajaja! – de nueva cuenta se escucha la alegre risa que rebota por doquier.

Leonardo entiende que a ese alguien le hace gracia que no pueda alcanzarlo, lo que lo desespera más, pero al escuchar la risa, ese dulce sonido, la preocupación se disuelve de su corazón.

- ¡Jajaja! – se deja contagiar por el momento chusco - Está bien. – dice resignadamente pero con ánimos - Conoces perfectamente mi punto ciego. Ahora sal de tu escondite, Ogima. –

El oso de peluche, que Leonardo ha conservado desde su más tierna infancia, trepa por el caparazón de él hasta aferrarse a su hombro derecho (evitando así la gran grieta que hay en el lado izquierdo).

Leonardo lo toma entre sus brazos para mirarlo de frente y poder reprenderlo por haberle desobedecido, pero los entusiastas ojos azules con que le mira su viejo amigo, no puede hacerlo.

- Si no me gana la risa por el chiste que dijiste, no me hubieras descubierto nunca, Leo. – dice Ogima con una sonrisa.

- ¿Cuál chiste? -

- El que dijiste sobre que todos tus hermanos tienen una poderosa máquina con la que pueden llegar a donde sea más rápido y veloz, menos tú. -

- Ah… ese chiste. –

- Siempre estás hablando sobre la fabulosa capacidad que tiene un Ninja para evolucionar al paso de la inventiva humana, pero tú no lo haces. -

Esto es porque Leonardo confía en que su hermano Donatelo se encargará de eso y que siempre tendrá a la mano cualquier dispositivo que le sea útil para salir de cualquier problema, pero esta vez, fue él mismo quien decidió no contar con el apoyo de su hermano, y por ende, con su tecnología (eso sin contar el rastreador).

Pero Leonardo no piensa en lo que acaba de decirle Ogima, sino en que no debió tener toda su atención en su objetivo, sino enfocarse también a su alrededor.

- Ogima, ya no soy un niño. Soy perfectamente capaz de cuidarme a mí mismo, así que ya no es necesario que cuides de mí. –

- Lo sé, Leo, – dice Ogima con cierta seriedad pero relajadamente – pero enfrentarse a una Pesadilla no es lo mismo que enfrentarse a una veintena de Ninjas del Pie. -

- Lo sé, Ogima. Me enfrentado a las Pesadillas desde muy chico… sin mucho éxito… - por un segundo titubea al recordar todos esos fracasos, pero se reanima al pensar en sus hermanos – pero no quería que vinieras porque no quiero que te lastimen. –

- No es tan fácil que me venzan, y lo sabes. –

- Lo sé. –

Leonardo mira fijamente a su viejo amigo pensando en qué decir para convencerlo, ya no de quedarse en casa porque ya no es posible, sino en que no debe intervenir en la peligrosa confrontación a la que se dirige.

- No es por presionarte, Leo, pero tienes que darte prisa, o tu Objetivo se va a "dar a la fuga". – dice Ogima con cierto tono en broma.

No habiendo alternativa, Leonardo asiente.

- Sujétate. – coloca a Ogima de nueva cuenta sobre su hombro derecho, y Ogima se aferra al borde de éste; activa el celular - ¡Vamos! –

Prosigue su búsqueda del causante de los horribles sueños que han padecido sus hermanos menores desde siempre, pero ahora sabiendo que no va solo a la batalla (aunque a decir verdad, no ha estado solo desde el inicio).

Leonardo corre veloz, yendo a la derecha unas veces, luego a la izquierda otras más, hasta llegar a un estrecho desagüe, cuya desembocadura en cuadrada.

- Parece que aquí es. -

- Ahora hay que ir hacia arriba. –

Sin que Leonardo se lo pida, Ogima ahora se posiciona en el tórax de él.

Leonardo tiene que trepar ahora por la resbaladiza piedra de la que está hecho ese desagüe y no con un material más moderno, lo que le da una idea de que al lugar que van debe ser muy antiguo.

Acostumbrado a desplazarse entre las alcantarillas, en pocos minutos recorre el viejo desagüe, quita la vieja tapa, y sube.

Aquí, la oscuridad es absoluta.

- Ni siquiera puedo verte, Ogima. – Leonardo susurra porque súbitamente le ha embargado un no muy buen presentimiento.

- Se puede remediar. – también Ogima habla con mucha cautela, volviendo a posicionarse en el hombro derecho de Leonardo.

Y entonces, una pequeña pero hermosa luz blanca emana de la mano de Ogima, o para ser más precisos, la bella luz emana de una pequeña espada que sostiene Ogima.

Con esto, Leonardo pierde su aliento al ver en dónde se encuentran:

Ambos están en lo que parecen ser antiquísimas catacumbas, pero esto no es lo que le ha robado el aliento a Leonardo, sino lo que ha sido es el espeluznante descubrimiento de verse rodeados de enormes y horripilantes monstruos.

Los monstruos duermen profundamente, pero esto no le da ningún consuelo a Leonardo.

- T… Todos… están aquí… – dice sin contener su asombro.

- Debe ser su refugio para cuando la felicidad y el amor invaden al mundo en la noche más especial de todo el año, y son incapaces de causar mal a los niños. -

Un escalofrió hace temblar a la joven pero valiente tortuga, y es que no sólo es un lugar sumido en las tinieblas más negras que jamás hayan existido, sino que un escabroso frío también lo gobierna, sin mencionar un agrio olor que, si se atreve a respirar más hondamente, podría asfixiarle.

Pero el escalofrío lo saca de la estupefacción, ayudándole a recordar a qué ha venido.

Activa el rastreador de su celular.

- Fukai Shinen [Abismo Profundo] está aquí. -

- Y las otras Pesadillas que también han acosado a Mikey, Rafa y Doni deben estar aquí, pero a Fukai Shinen fue al único que pudiste colocarle el rastreador esa vez. -

Fugaces recuerdos llegan a la mente de Leonardo.

Hace dos noches previas a Navidad, una osada Pesadilla fue a interrumpir la felicidad navideña de Miguel Ángel (quizás por la desesperación de verse obligada a no poder hacerlo por una noche), pero Leonardo aprovechó para enfrentarla.

No fue nada sencillo, pero le pareció que la Pesadilla era menos fuerte, lo que fue provechoso y pudo colocarle un diminuto pero poderoso rastreador sin que se diera cuenta.

Ese había sido un plan largamente pospuesto: colocarle el rastreador a uno de esos monstruos que salían debajo de sus camas, llegar al escondite donde debían estar los otros dos que siempre los habían acosado, y destruirlos a todos…

Pero jamás se le ocurrió que hallaría a más de tres.

Consiguiendo dominar el temblor en sus manos y el de todo su cuerpo (temblor que ya no está seguro si es provocado por el frío o por el miedo), empieza a caminar.

Siendo alumbrado por la luz diminuta, Leonardo camina lentamente por el escaso espacio que hay entre los inmensos monstruos.

Consigue avanzar varios metros hasta que llega a una parte en la que no hay manera que seguir adelante si no es pasando por encima de los monstruos.

- ¿Y ahora? – pregunta Ogima.

- No lo sé. ¿No hay algo en tu sabiduría de Baku que pueda ayudarnos? -

- Tal vez… No. Están debilitados, sino, ya se hubiesen dado cuenta de nuestra intrusión. Pasa por encima. -

Leonardo toma una pequeña y silenciosa bocanada de aire, y trepa por lo que parece ser y sentirse como una escarpada montaña.

Consigue llegar al otro lado sin mayores contratiempos.

- Al parecer, esta no es una buena noche para ellos. -

- Y tampoco lo será para ti si no salimos pronto de estas frías catacumbas. -

Leonardo sabe a qué se refiere Ogima, así que consulta de nueva cuenta su celular, da tres pasos hacia adelante, y…

- Fukai Shinen… -

Ahí está.

Frente a Leonardo se encuentra uno de los monstruos que les han provocado pesadillas a sus hermanos desde que son unos niños, y lo mira con ojos de incredulidad.

- Mira. – susurra Ogima en su oído – Ahí está Yamiyo [Noche sin Luna]. -

Leonardo gira la cabeza y halla, a escasos metros de donde se encuentra el primer monstruo que ha localizado gracias al rastreador, está durmiendo el otro monstruo causante de las pesadillas de sus hermanos.

Su respiración empieza a acelerarse, y el frío que lo envuelve poco a poco se va disipando.

Mira en todas direcciones.

- ¿Ves a Burakuhoru [Hoyo Negro], Ogima? - (ese nombre hace referencia a los hoyos negros del espacio) - ¡No veo a Burakkuhoru! –

La ansiedad comienza a gobernar la mente de Leonardo, y si no la controla, puede llegar a gobernar sus acciones.

- Leo, tranquilo.

La dulce voz de su amigo le ayuda a calmarse.

- L… Lo siento. -

- Fuiste muy listo al idear que en la noche de Navidad sería más fácil destruir a las Pesadillas, pero si no controlas tus emociones, aunque debilitadas, son demasiadas Pesadillas; hasta para mí son demasiadas Pesadillas. -

- Me alegra que estés conmigo. –

- ¿Para qué son los amigos entonces? -

- Para regañarnos cuando vamos a hacer una locura, porque estoy seguro que ahora volverás a regañarme porque debí decirles a mi padre y a mis hermanos la locura que planeaba hacer, aunque no me creyeran. –

- Sip. Debiste decirles a tu padre y a tus hermanos, aunque no te creyeran, de la locura que vas a hacer justo en este momento. –

Y la locura que hace Leonardo es, desenfundar sus espadas, elevarlas y concentrarse para invocar desde lo más profundo de su ser, ya no la ansiedad, sino el coraje que necesita para realizar un hechizo que ha practicado durante mucho tiempo, pero que no había podido comprobar su efectividad, hasta esta noche.

En cierta forma, Leonardo halla fácilmente ese coraje que requiere en ese agobiante momento, pero no es gracias a la disciplina que se ha impuesto para el estricto estudio del Ninjitsu, sino gracias a los recuerdos de su infancia.

Recuerda esas noches horribles en las que veía con impotencia como sus hermanos eran martirizados por las Pesadillas, mientras él era protegido por un poderoso Baku.

Ciertamente él no disfrutaba de un buen sueño en esas noches. ¿Cómo iba poder dormir sabiendo lo que padecían sus hermanos? Pero hubo noches en las que sí dormía a pesar de, (sueño que sospechaba era provocado por el mismo Baku que lo protege).

Sorprendentemente, una luz blanca emerge de alguna parte y envuelve a Leonardo (luz que más bien parece que emerge del mismísimo joven guerrero ninja), incluso una brisa ha comenzado a soplar porque el extremo de la bandana azul comienza a ondear sutilmente, aunque quizás esto de deba a la misma energía que envuelve a Leonardo.

Los monstruos que están más cerca de la naciente luz, empiezan a inquietarse en sus sueños, como si ellos son quienes ahora sufren pesadillas.

Leonardo aprieta con más fuerza la empuñadura de sus espadas, e invoca el hechizo que halló en un antiquísimo libro tras una desesperada búsqueda…

- ¡JIZO-SAMA NONANI KAKETE, JIGOKUE, DORIMU IVURU! -

[¡En el nombre del Dios Jizo, regresa al Infierno, Sueño Maligno!]

¡Y un estruendo más potente que la más inmensa ola rompiendo en la playa, emerge portentosamente de la garganta de Leonardo!

¡Y la luz que emerge de ese agobiado corazón es tan poderosa, que parece que se ha hecho de día en las profundas catacumbas!

¡El estruendo y la luz son tan incontenibles, que las profundas catacumbas se cimbran y los monstruos se despiertan abruptamente, pero antes de que esas bestias se den cuenta que están por vivir su más temible pesadilla, Leonardo lanza sus espadas!

¡Las espadas, que ahora parecen haber tomado la forma de dos auténticos rayos de Zeus, se clavan en dos de esas aberrantes creaturas de la Oscuridad!

El temblor y la luz no duran mucho, pero la serenidad no ha estado contemplada en los planes originales de Leonardo.

La oscuridad y el frio de inmediato envuelven de nueva cuenta a las catacumbas, pero dos horribles e impactantes rugidos resuenan en todas partes.

Los rugidos de agonía no los escucha Leonardo, porque dos suaves y pequeñas manos han cubierto sus oídos.

- ¡Toma tus katanas y corre! –

Leonardo sí logra oír la suplica de su amigo y obedece al instante.

Aprovechando la confusión de los centenares de monstruos, en un par de ágiles altos, recupera sus espadas de las viscosas formas en las que se convirtieron las Pesadillas que destruyó, y corre hacia las escaleras que ya había visto antes de atreverse a desatar el Apocalipsis en esas lúgubres profundidades.

¡Leonardo corre por unas estrechas escaleras con todas sus fuerzas…!

Pero las fuerzas le abandonan pronto al sentir que esas escaleras también están invadidas por el mismo horrible frío que invade las catacumbas, aunque también tiene que ver el haber hecho el hechizo, o si al menos no fuesen tan increíblemente infinitas esas escaleras...

Ya no puede correr, pero sigue subiendo y subiendo y subiendo, no en silencio como le hubiese gustado, porque su corazón le grita que se detenga, pero tampoco hay silencio por los escabrosos rugidos que claman venganza, además de los desgarrados ruegos de su pequeño amigo.

- ¡SIGUE SUBIENDO, LEO! ¡CONTINÚA SUBIENDO! –

Deseando, por primera vez en su vida que todo aquello fuese una pesadilla, y también experimentando por primera vez lo que sus hermanos han sufrido al padecer una pesadilla, Leonardo sigue subiendo aunque más lentamente, con la pequeña esperanza de que los monstruos son demasiado grandes para subir por las escaleras…

Y funciona.

Leonardo llega finalmente a un enorme salón, donde hay largas bancas en fila, no tan desfallecido como temía.

En un vistazo rápido, descubre que se encuentran en una antigua iglesia, pero sólo quedan las podridas bancas de manera.

No hay estatuas de ningún Santo o Ángel en esa iglesia abandonada a quienes implorarles protección.

- ¡Sigue corriendo Leo! –

Sin contemplación de parte de Ogima, Leonardo se ve obligado a continuar huyendo apenas ha aspirado un par de bocanadas de aire fresco que se cuela a través de los grandes ventanales rotos.

Leonardo se yergue rápidamente para seguir huyendo, pero sorpresivamente… ¡un intenso temblor sacude toda la vieja construcción, y el suelo bajo sus pies se agrieta y se abre como si se tratase de inmensas fauces!

La cansada tortuga salta a través de un ventanal justo en el momento que ve centenares de destellos rojos que brotan a través de la grieta que crece y crece, y al tiempo que "vuela" por los aires, saca un gancho de su cinturón, lo acciona, éste se incrusta en un edificio contiguo, y la cuerda lo jala hacia el techo.

Mientras se pone a salvo (esperando que así sea), voltea a ver cómo los enormes monstruos salen atropelladamente desde las profundidades, pero la Iglesia comienza a desboronarse justo sobre de ellos.

Los gruñidos y los aterradores destellos rojos son apagados por el tremendo derrumbamiento de tan colosal construcción.

Desde el techo seguro, aunque respirando trabajosamente, Leonardo y Ogima (quien, apoyado en el hombro derecho, se aferra del cuello de Leonardo), miran caer cada escombro y cómo empieza a elevarse una espesa cortina de polvo.

- Los Dioses… te favorecen… Leonardo-san. – dice Ogima con demasiada formalidad.

- Arigato… Sensei Yoshi. – Leonardo eleva la mirada hacia un despejado cielo

Millones de pequeños y chispeantes destellos parecen decir en nombre de Hamato Yoshi: "De nada".

Y tras un pequeño instante de contemplar esas diminutas luces, y con su ayuda a que su corazón lata a su ritmo normal, toma a su viejo amigo entre sus brazos y, en silencio, emprende el camino de regreso a su hogar.

Ambos saben que pesadas piedras no son suficientes para aniquilar a las Pesadillas, pero imploran que esto sirva para que los dejen en paz de una vez por todas.

Leonardo camina con lentitud porque ahora es el frio del Invierno lo que le está afectando.

- Leo… - Ogima le abraza tratando de brindarle algo de calor.

- No te preocupes. Traje el control de El Acorazado como ya lo había planeado. Apenas baje al alcantarillado, lo llamo y estaremos en casa antes de que… -

- ¡NO IRÁS A NINGUNA PARTE, LEONARDO! –

Ambos guerreros oyen una profunda y atemorizante voz, pero no es el grito lo que obliga a Leonardo a detenerse abruptamente, sino es la horrorosa presencia de quien le pertenece la voz.

Leonardo se detiene y retrocede, pero es el cansancio lo que le hace perder el equilibro y tropieza; cae de sentón sobre la blanca nieve.

Momentáneamente sólo ve una figura alta y negra, pero su tenebrosa presencia ya la había percibido antes, aunque no tan exacerbadamente furiosa.

- El Coco. -

- ¡¿CÓMO TE ATREVISTE A MATAR DOS DE MIS HERMOSAS PESADILLAS, MOCOSO?! – Pitch Black se acerca peligrosamente hacia Leonardo - ¡¿CÓMO OSASTE A INVADIR SU HOGAR Y DESTRUIRLO COMPLETAMENTE?! -

Leonardo se queda mirando directo a la bestial mirada de Bitch Black, pero recuerda lo que él le ha hecho a sus hermanos.

En su pecho, el coraje recobra su incandescencia, y se levanta en un parpadeo.

- ¡Con la misma osadía con la que TÚ has invadido mi hogar incontables veces! –

- ¡Ja! – dice Pitch Black, listo para decir palabras muy hirientes con su silbante lengua - No es mi culpa, Leonardo, que ciertos Guardianes de la Esperanza, de los Sueños y del Asombro nunca se hayan dado cuenta de que tus hermanos y tú… – pero ahora es su turno de pararse en seco. - … que tú… -

- Hola Pitch. – Ogima lo saluda como si El Coco fuese un conocido muy estimado.

Pitch Black retrocede.

- Leonardo… - dice Pitch Black buscando la manera de no parecer que ha sido tomado por sorpresa con la presencia del Baku – No puedo creer que conserves todavía a ese viejo oso de peluche. Eres ya un adolescente y deberías interesarte por cosas de adolescentes, al igual que tus hermanos, y abandonar la estúpida idea de que algún día los Guardianes me darán mi merecido y jamás volveré a importunarlos a ustedes. –

Pitch Black mira con regocijo al chico, esperando claro, que sus venenosas palabras invadan ese buen corazón, después de todo, ya no es un niño, y es más fácilmente desquebrajar su Esperanza.

Sin embargo, Leonardo permanece sereno frente al Amo de la Pesadillas.

- Jamás he albergado en mi corazón la Esperanza de que ellos vendrán algún día a mi hogar, porque ya no lo van a hacer, pero eso no quiere decir que dejaré de creer en ellos. –

Leonardo sigue su camino, dándole la espalda a Pitch Black.

- Lo que no te servirá de mucho, mi querido niño, porque mis Pesadillas y yo no dejaremos de "visitarlos". –

La serenidad abandona el corazón del joven ninja, y la desesperación comienza a abrumarlo…

¡¿CUÁNDO SERÁ EL BENDITO DÍA QUE LOS DEJE EN PAZ?!

¡SUS HERMANOS Y ÉL YA NO SON UNOS NIÑOS! ENTONCES… ¡¿POR QUÉ FREGADOS LOS SIGUE ACOSANDO?!

Ogima inmediatamente coloca su mano sobre el agitado corazón de su amigo.

Los tormentosos pensamientos del chico se aplacan gracias al cálido contacto, lo que le facilita llegar a una abrumadora conclusión.

Sus hermanos y él ya no son unos niños, pero tampoco son adultos.

De eso ha sacado provecho el Coco.

Leonardo se detiene porque siente que está perdiendo la calma, entonces, una gélida ventisca azota contra su agotado cuerpo, se tambalea…y siente desvanecerse.

- ¡Leo! –

El llamado de su pequeño amigo le auxilia en recuperar el equilibrio, y no cae, pero ese titubeo, teniendo aún demasiado cerca a Pitch Black, es un error que les cuesta muy caro a ambos, al Ninja y al Baku…

Antes de que Leonardo pueda recuperarse de ese momentáneo mareo… ¡El Coco lo ataca por la espalda!

¡Pitch Black atrapa al oso de peluche con una mano arrojándolo lejos, y con la otra apresa el hombro izquierdo de Leonardo, que al instante comienza a dolerle inmensamente!

- ¡Aaaaahhhh! –

Leonardo siente un dolor insoportable en su hombro izquierdo, como si de nueva cuenta fuese atravesado por su propia espada… no, es infinitamente peor.

Su propia espada, cuya hoja resplandece al rojo vivo, le atraviesa el hombro y su caparazón, abriendo una enrome grieta en éste, otra vez.

Pitch Black clava sus dedos en el hombro izquierdo de Leonardo cual garras que quieren atravesar la carne y el hueso.

- ¡Jajajaja! – ríe macabramente - ¡Has sido un tonto si creíste que habías superado el peor de tus miedos, Leo!

- ¡Aaaaahhhh! –

Leonardo se sacude, tratando desesperadamente de liberarse del agarre del hombre más escabroso en la faz de la Tierra (superando con creces a Shredder), pero las fuerzas le han abandonado totalmente.

- ¡Pero no es así! ¡Sigue ahí! ¡Puedo sentirlo! ¡Sigue ahí! -

- ¡Aaaaahhhh! –

- Es un miedo pequeño, diminuto, escondido en lo más recóndito de tu corazón… -

- ¡Aaaaahhhh! –

- Pero eso es suficiente… ¡Al igual que un cáncer, sólo se necesita de un insignificante residuo para que vuela a emerger, crecer y expandirse, a pesar de todos los tratamientos que lo han atacado brutalmente para extinguirlo!

- ¡Aaaaahhhh! –

- ¡Sólo un insignificante fragmento de tu peor miedo, que yo me encargo de hacerle crecer y crecer y crecer!

- ¡AAAAAHHHHH! –

¡El dolor se hace más y más intenso, al grado de sentir que su hombro y su brazo les van a ser arrancados!

- ¡AAAAAHHHHH! –

Al grado de que de sus ojos empiezan a fluir gruesas lágrimas…

- ¡AAAAAHHHHH! –

Al grado de ya no escuchar su propio grito de agonía…

- ¡AAAAAHHHHH! –

Al grado de que todo el alrededor, que es blanco, comienza a tornarse de un atemorizante color negro…

- ¡AAAAAHHHHH! –

Al grado de que su voz es silenciada de golpe…

Y al grado de llegar a ver sólo una estrella fugaz de resplandor rojo instantes antes de quedar prisionero en su propia catacumba, solitaria, fría y sumida en la más profunda oscuridad.

-69-

N/A:

Se dice que las 3 de la mañana es la Hora del Diablo porque es la hora en la que el Diablo, los espíritus chocarreros y todos los entes del mal son más poderosos, porque es la hora que se contrapone a la hora en la que Jesús, el hijo de Dios, falleció, es decir, las 3 de la tarde.

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Disculpa la tardanza, pero espero que este capítulo haya compensado la larga espera.

En otros fics, Ogima tiene ojos negros, pero en éste son azules porque creo que son más expresivos que los ojos negros.

Comentarios, observaciones, sugerencias, dudas, peticiones, aclaraciones, aplausos, zapes, jitomatazos, abucheos, reclamos, ultimátums, jalones de oreja, etc., etc., toda opinión es bienvenida.

Muchas gracias por leer.

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