¿Fragmento de una carta escrita por William Campbell? (Segunda parte)

Con ese plan en mente, a finales de 1964 entré a trabajar en un almacén de muebles a las afueras de Londres y alquilé un ático cerca de Hyde Park. Hasta las seis cargaba y descargaba aparadores, mesitas de noche y demás mobiliario doméstico. Una vez en casa, cenaba, me duchaba y me transformaba en quien no era sobre las ocho y media. Aprovechaba los ratos libres para seguir al tanto de todo lo relacionado con Paul y su grupo. También a veces tocaba la guitarra, pero lo hacía más por afición que por hacer más verosímil mi montaje. De hecho, solía tocar canciones de The Animals o de The Rolling Stones en lugar de canciones de The Beatles. Hacia cerca de las nueve, salía de casa en dirección a alguno de los clubs de moda como el Ad Lib, el Talk of the Town o el Blue Angel. Procuraba llegar temprano para poder controlar a todos los clientes y desaparecer en caso de que entrara Paul McCartney u otro miembro de los Beatles.

En ocasiones, llegaba yo incluso a engañar a amigos del propio Paul, como la noche que confesé mis problemas de hemorroides a Pete Townshend o la vez que me insinué a Keith Richards. Una noche conocí a una fotógrafa estadounidense de la revista Rolling Stone llamada Linda Eastman. Al principio, temí que advirtiera mi falsa identidad pues veía en ella cierta actitud reticente, pero a medida que charlábamos me fui sintiendo más a gusto con ella. Cuando nos despedimos me invitó a una exposición suya que una galería londinense había organizado y que era el motivo por el cual se encontraba en Inglaterra. A la mañana siguiente me levanté ansioso por volver a verla. La jornada de trabajo se me hizo interminable, el día parecía no avanzar. Cuando regresé a casa, cené apresuradamente, me acicalé como nunca y me morí de impaciencia hasta que fue la hora convenida. Llegué a la galería a las nueve en punto. Ahí saludé a multitud de amigos de Paul, algunos ya sabía quienes eran, pero la mayoría eran perfectos desconocidos para mí. En medio de aquel bullicio encontré a Linda. Verla por segunda vez me resultó aun más desestabilizante que nuestro primer encuentro la noche anterior. Se me erizó el vello, se me encogió el estómago y el pulso adquirió autonomía y se aceleraba o se aplacaba según él mismo consideraba oportuno. Conseguí enganchar su mirada con la mía a la que ella respondió tomando mi sudorosa mano izquierda y enseñándome foto a foto toda la exposición.

Hube de dar verdaderos saltos mortales cuando comentábamos alguna de las fotografías relacionadas con los Beatles. Linda iba asentando con la cabeza a medida que yo improvisaba, por lo que poco a poco me fui sintiendo más cómodo y seguro. Fue entonces, en el momento en que mi corazón bajó las setenta pulsaciones, cuando comprendí que no tenía más remedio que enamorarme. La mujer que una y mil veces había diseñado en mi cabeza y que pensé que jamás existiría estaba justo delante de mí tomándome la mano. Casi sin darme yo cuenta, Linda me condujo a un cuartito que servía de almacén. Bajó una bombilla de cuarenta watios, me miró de manera cómplice arqueando la ceja izquierda y me dijo: "¿Qué tal está Jane?". Jane Asher era la novia de Paul. Sin darme tiempo a elaborar una respuesta y de manera más agresiva, prosiguió el interrogatorio: "¿Cómo os fue en el Ed Sullivan Show?". Mi cara desencajada empezaba a delatarme y su sonrisa socarrona empezaba a hacerme pensar que Linda estaba jugando conmigo. "Diez segundos tardé anoche en descubrirte". Ella no era una quinceañera enamoradiza, ella era una profesional que había detectado de inmediato los 

diferentes matices de nuestras respectivas caras. Me sentí ridículo, fracasado y, lo que era peor, humillado por alguien de quien me estaba enamorando. Se hizo entonces un silencio, cuya duración no sabría precisar, en el que dudé entre salir corriendo, besarla, confesar e incluso inventar una excusa. Fue ella la que volvió a tomar la iniciativa. Esta vez me tomó con fuerza por la cintura con ambas manos y me apretó contra sí. Yo la abracé y le correspondí besándole el cabello. Entre limpia cristales, mopas, cubos, y algún olvidado viejo marco confesamos nuestros respectivos sentimientos hacia el otro. Conocer a Linda supuso mi jubilación como falsa estrella. Ya nunca más me haría pasar por Paul, aunque el que me confundieran era algo inevitable y que no estaba en mis manos.

En cuanto le fue posible, Linda se trasladó a Londres y nos fuimos a vivir juntos. Atrás quedaron todas mis mentiras y la soledad a la que me empujaba mi secretismo. Volví a ser Billy las veinticuatro horas del día, recuperé mi vida y la compartí con Linda. Además, por su profesión, seguí moviéndome en los mismos ambientes nocturnos, que ya empezaba a dominar. Confesé mi farsa a muchas de mis víctimas, la mayoría de las cuales, se rieron mucho de sí mismos.