Sus ojos avellanos se abrieron con lentitud, perezosos, adoloridos, sintiendo la blanca y cegadora luz golpear sus dilatadas pupilas, cerró los ojos casi tan rápido como los abrió, sintiendo una terrible punzada de dolor sobre sus muñecas que, hasta entonces, no se había percatado de que estaban atadas la una a la otra detrás de su espalda.

Entrecerró sus ojos marrones, intentando percibir el resquicio de algún indicio, algo que le llevara a la memoria la razón por la que se encontraba arrodillado sobre un piso de concreto polvoroso, sintiendo en su cuerpo más dolor del que recordaba.

Su pecho subía y bajaba aceleradamente, la adrenalina recorriendo su cuerpo le urgía a ponerse de pie y comenzar a correr, a ocultarse, por alguna razón, también le pedía guardar silencio y al mismo tiempo buscar ayuda; Su nublada memoria no daba aviso de que anteriormente se hubiera metido en algo que terminase con aquellos crueles resultados.

"¿Qué sucede?"

Pestañeó, llevó la mirada en todas direcciones, buscando algún rastro de vida dentro de esas cuatro paredes oscuras, nada, estaba solo, malditamente solo…

"No respiro…"

Tensó los labios en una mueca, su pecho saltaba a un compás desigual, rápidamente comenzó a tirar de los lazos que apresaban sus muñecas, causando escozor a su piel, pero, el líquido carmesí que empapó las cuerdas poco o nada importó.

"Por favor… ¿Qué sucede?"

Bajó la mirada al piso, la luz que le brindaba una lámpara titilante apenas le permitía observar como de su frente se deslizaba una delgada línea bermellón que cayó hasta estrellarse contra el concreto, rompiéndose al instante.

-Tus acciones son estúpidas –Masculló una sedosa voz masculina a su espalda, llenando sus oídos de una suave tonada-

El único lugar que no había revisado. La voz no sonaba muy lejana pero podía afirmar que su propietaria se encontraba lo suficientemente lejos de él como para no considerarlo un peligro, por el momento. Jadeante, giró el cuello todo lo que su anatomía le permitía, encontrándose imposibilitado para observar a su interlocutor.

Segundos más tarde una risita suave escapó de labios del contrario, como si su situación le causase gracia de alguna forma poco cuerda.

-¿Quién eres? –Cuestionó precavido, entrecerrando los ojos-

Su instinto le forzaba a gruñir con fuerza en amenaza mientras su corazón saltaba en su pecho de forma aterrada.

Por más que se esforzaba, no lograba cruzar miradas con su acompañante, como si el otro se ocultase de su vista dentro de la oscuridad que la lámpara no llegaba a erradicar, en una de las esquinas de esa habitación. Cuando pudo estar, supuso, de frente a su compañero, utilizando sus rodillas para girar.

-Eso no es algo que deba preocuparte a ti –Comentó el otro riendo por lo bajo-

-Cualquiera en mi lugar también querría saberlo –Aseguró encerrando dentro de sí el escalofrío que le producía no poder observar al dueño de esa inquietantemente tranquila voz-

Unos suaves pasos resonaron, tranquilos, serenos, uno tras otro el desconocido se revelaba ante su visión, permitiéndole observarle de pies a cabeza, delgado, no más alto que su persona, de suaves rasgos, con cabello impecablemente dorado y una sonrisa socarrona sobre su rostro de piel nívea.

-Inteligente respuesta. Me agrada la inteligencia en cualquier ser –Aseguró tranquilo, avanzó un par de pasos, con las manos puestas sobre su espalda-

Con tranquilidad tomó asiento frente a él, sobre el piso, colocándose en pose de loto mientras le sonreía, mostrando unos blancos dientes.

No reparó demasiado en sus desgastadas prendas de vestir, que consistían más que nada en un suéter negro de mangas largas, sus pantaloncillos del mismo color y el cuello de una camisa amarilla que se asomaba por debajo del suéter con estampado de triángulos en las bocamangas.

-¿Tú por qué terminaste aquí? –Cuestionó ligeramente intrigado, dedicándose a observar a su compañero-

Confundido, llevó sus ojos avellanos al increíblemente extraño acompañante, él quería respuestas, no preguntas, quería ayuda, quería salir de allí, ni siquiera él sabía qué demonios hacía en ese escabroso sitio. Suspiró bajando la mirada a sus rodillas descubiertas, percatándose entonces de lo lastimadas que estaban sus piernas, debió haber pensado dos veces antes de colocarse esos pantaloncillos cortos.

-¿Qué es este lugar? –Evadió la pregunta, tirando de nuevo de las cuerdas que ataban sus muñecas-

Un suspiro pesado escapó de labios de su compañero, que bufó, perdiendo por unos segundos la elegancia que emanaba de él, para después verle atentamente, supuso, preguntándose cómo explicarle.

-Es un poco complicado, considerando que no sabes lo que estás haciendo aquí será difícil explicarte –Tentando a la suerte, una sonrisa burlona surcó el semblante pálido –deja, primero que nada, de lastimarte las muñecas –Ordenó con delicadeza –eres bastante tonto al hacerlo, no te darán tiempo de sanar…tienes un fuerte golpe en la cabeza, con eso es suficiente por el momento –Comentó registrándole con la mirada-

Se percató de la discreta inspección que le estaba ofreciendo el chico frente a él, del delicado escrutinio y que al parecer el rubio desconocido olfateaba de vez en cuando en su dirección, más, lo pasó por alto en pro de información.

-¿Quiénes? –Preguntó, queriendo y deseando desesperadamente respuestas-

Unos pasos resonaron imponentes por lo que, quiso pensar, era el pasillo, una luz blanca se coló por debajo de la puerta, justo detrás del delgado chico de piel nívea. El movimiento de una placa de metal le hizo contener el aliento, con lentitud la puerta se abrió ante sus ojos, cegándole con la imponente iluminación del pasillo, dando paso a un par de adultos, que sujetaron los brazos del chico frente a él.

-Te veo luego –Aseguró incorporándose elegantemente con ayuda de aquellos dos sujetos que le tomaban sin precaución alguna –con cuidado, me estropeas amigo –Escuchó protestar cuando se le fue obligado a caminar hacia la salida – ¡Hey! Cuida esas manos…

Nunca pudo distinguir los rostros, o algo más que las siluetas de aquellos altos hombres, pues su vista estaba apenas acostumbrándose al resplandor que ni siquiera se percató de cuando entraron o salieron, todo sucedió tan rápido que apenas y pudo bajar la mirada para evitar el brillante color blanco que le cegaba.

Y ese chico ¿Qué sucedía? ¿Por qué se lo llevaron? Afinó el oído, deseando poder escuchar alguna palabra más, un sonido…algo, lo que fuese, pero, su respiración era lo único que acababa con el sepulcral silencio, su agitada respiración.

"Sácame de aquí"

Deseó ponerse de pie y, con dificultad, así lo hizo, se incorporó lentamente, sintiendo como sus tobillos descansaban de sostener su peso y al mismo tiempo le rogaban volver a su posición anterior.

Recostó su cuerpo contra el muro más cercano, descubriendo debajo de su piel el tacto de algo pegajoso que le obligó a apartarse casi tan rápido como se recostó, era viscoso… asqueado, se retiró unos pasos.

Apretó los parpados, obligando a su cerebro a comunicarle algo que le fuese de ayuda, lo que fuera que pudiera decirle algo, que le diera algún indicio del porqué de su encierro, lo que fuera que le diera si quiera una pista del motivo por el cual se encontraba allí. Lo peor de todo era no saber qué era ese lugar…

"Estará bien…le buscaremos"

"¡No mientas!"

"¡Cuidado con lo que dices!"

Abrió los ojos de golpe, imágenes poco lúcidas corrían como película dañada por su cerebro, no era capaz de recordar absolutamente nada.

"¿Qué sucede…?"

Los segundos corrían y ni un rastro de algo que le diese una pista, su pecho comenzaba a oprimirse, un escalofrío helado corría por su espalda, en sus ojos sintió la angustia formarse en perlas de agua salada, por lo menos la compañía de aquel raro sujeto le hacía distraerse medianamente del pavor que le ocasionaban los lugares como ese, pequeño y oscuro…

"¡¿Qué sucede?!"

Cerró los ojos, jadeante, inhalando escandalosamente, no podía creerlo, sufría un ataque de pánico, podía sentir la opresión en su pecho, su mente en blanco, los espasmos involuntarios recorriéndole por completo de una forma lenta mientras él, desesperadamente, tiraba de las cuerdas que apresaban sus muñecas.

"¡¿Qué demonios sucede?!"

Hiperventilando, luchó por liberarse, sintiendo sobre sus pómulos el calor de un par de lágrimas correr, en sus muñecas en ardor de su piel abriéndose, en su pecho la sensación de que su corazón era incapaz de seguir bombeando suficiente sangre a su organismo, ni sus pulmones de seguir abasteciéndole de oxígeno. Su cuerpo comenzaba a tiritar con fuerza mientras él gruñía en desespero.

Debió haber pasado más tiempo del que quiso admitir, entre su ataque de pánico y el hecho de que todos los sonidos resonaban en su cabeza como débiles ecos, permitiéndole solo oscuridad y silencio, pues, cuando se dio cuenta, la puerta de aquella habitación se abría de golpe, y el chico de rubios cabellos regresaba siendo escoltado por los dos mismos hombres, quiso creer.

Sin miramiento alguno arrojaron dentro de la habitación al esposado chico, quien, en un ruido sordo, cayó frente a él, quejándose ahogadamente en el proceso, segundos después una risa adolorida escapó de sus labios; La puerta se cerró de golpe.

-Eso y más te mereces –Sentenció duramente uno de aquellos dos sujetos, hablando con voz rasposa al momento de cerrar la puerta-

-Entonces creo que te falta –Se quejó en un murmullo silencioso, cansado-

Se quedó estático sobre su mismo sitio, quejándose un par de veces antes de acomodarse de una manera que no lograse causarle dolor, pero era difícil considerando que sus brazos estaban atados sobre su espalda, un jadeo escapó de sus labios, parecía recuperarse apenas del cansancio físico sufrido, su estado llamó la atención del castaño de ojos chocolate.

El moreno lentamente, recuperó la compostura, sintiendo en su rostro pequeñas lágrimas caer, pestañeó en silencio, buscando la voz que necesitaba para cuestionar a su acompañante, que se incorporó lentamente, sentándose sobre sus tobillos antes de permitirle preguntar.

Fue entonces cuando lo vio, su rostro níveo, su pómulo derecho cubierto de contusiones rojizas, sus ojos, pudo ver entonces, algo que terminó por robarle el aliento, y no supo qué le había causado más impresión, el bozal de cuero negro atado a su boca, que, con pequeñas rejillas, dejaba a la vista sus rosados labios, bajaba por su delgado cuello, repleto de brillantes tonos plateados en las hebillas con las que se ajustaba, o sus ojos de diferente tonalidad que se asomaban por encima del bozal, abanicando sus largas pestañas al momento de pestañear.

Sin desearlo, una exclamación de sorpresa se escapó de sus labios al observarle, encadenado a un bozal como animal peligroso, con las manos atadas sobre su espalda.

-Me he visto peor –Murmuró por lo bajo su compañero-

-¿Qué te hicieron? –Titubeó inseguro, deseando acercarse un poco más a él-

Temía al pensar que algo como eso, o mucho peor, pudiera sucederle a él, y algo humanitario dentro de su pecho le decía que hablase con él e intentase ayudarle a incorporarse para revisar las contusiones.

-Cuando te portas mal o tienes una conducta que les desagrada supongo que deben educarte –Suspiró encogiéndose sobre su sitio ante lo que pareció una punzada dolorosa en el abdomen-

Sintió un nudo formándose en su estómago, no deseaba algo así. Sentía sus piernas temblando, de repente la taquicardia en su pecho no fue su mayor problema cuando dejó de respirar a causa del pánico de estar atado y encerrado en un lugar que no conocía por razones desconocidas.

-¿Vendrán por mí también? –Preguntó en un murmullo-

Apretó sus manos entre sí al ver como el otro levantaba la mirada, recostándose seguidamente frente a él, para poder verle desde su posición. En serio que detestaba verle con el bozal en la parte inferior de su rostro, como un animal peligroso. Le escuchó suspirar y supo que las cosas no estaban bien.

-Cuando llegaste aquí estabas inconsciente –Relató en un cansado murmuro –así que supongo que no te han hecho el examen de reconocimiento –Flexionó sus piernas, acomodándolas contra su pecho tras un gemido de dolor –necesitan que estés consiente para ello…

Su piel se erizó y la sangre se le puso helada, repentinamente sentía su cuerpo temblando. No sabía qué hacía allí o de qué se trataba todo, lo peor era que no podía extrañar un lugar porque no recordaba nada antes de haber despertado.

-¿Qué van a hacerme? –Preguntó intentando ponerse de pie dificultosamente-

Su delgado compañero enarcó una ceja y llevó la mirada lejos de él, sus párpados caían lentamente, se le notaba agotado. Sintió un poco de pena al verle allí, hecho un ovillo, a pesar de saber que era un desconocido pero ¿Qué cosa no era desconocida para él?

-Lo que sea que te hagan…no va a gustarte –Cerró lentamente los ojos, como si se preparara para dormir-

Apretó los labios al ver que el otro dejaba de hablarle, se acercó a él, arrodillándose hasta que sus piernas estuvieron cerca de la cabeza de dorados cabellos.

-Chico rubio…no dejes de hablarme…chico rubio –Llamó en un desesperado susurro, no pudiendo agitarlo para que despertase-

Un gemido se le escapó de los labios al aludido, que se movió lentamente hasta verle directamente a los ojos, manteniéndose bocarriba, aun contra el dolor que le producía estar sobre sus manos atadas en su espalda.

-No molestes –Pidió en un jadeo –en serio necesito sanar esto, déjame dormir un poco –Recostó la cabeza de lado, observándole de arriba a abajo-

Se sintió mal al saber tan herido al otro pero temía, realmente, lo que fuesen a suceder, por lo menos al hablar con el chico rubio se sentía menos perdido.

-Lo lamento –Se excusó mordiéndose los labios –chico rubio…. –Susurró de nueva cuenta al ver que su contrario cerraba los ojos-

-Dime Bill –Pidió trazando una media sonrisa – ¿Cómo debo llamarte, nuevo? –Surcó una media sonrisa que se ocultaba bajo el bozal, dejando caer sus párpados-

Se lo pensó entonces, él no recordaba un nombre con el que pudieran llamarle. Su repentina amnesia comenzaba a molestarle.

-No tengo un nombre…. –Le susurró encogiéndose de hombros-

-Por supuesto que no tienes uno…no recuerdas nada ¿Verdad? –Bostezó, sus párpados levantándose y cayendo lentamente-

La sangre corría por su frente, empapando lentamente su párpado derecho, deseaba tener sus manos libres para deshacerse de esa espesa sustancia carmesí. Negó lento, intentando limpiarse con ayuda de su hombro.

Los ojos dorados se cerraron lentamente, permitiéndole a su dueño analizar a profundidad el ambiente, aspirando el aroma metálico de la sangre: Agujas de pino, madera fresca, un tinte agrio, la sutileza del roble y el aroma amargo del cedro, el tinte metálico de la sangre y picante de perlas saladas, una esencia peculiar, oculta, precavida…fácil de confundir. No distinguía su esencia.

-Pino…. –Masculló sintiendo sus párpados pesados, imposibilitado a abrirlos de nuevo, agotado-

-¿Disculpa? –Titubeó su compañero en respuesta-

El castaño, que hasta el instante continuaba luchando contra el escozor de sus muñecas a causa de las cuerdas fuertemente sujetas, se detuvo, observándole con extrañeza en su mirar.

-Pino –Repitió en un murmullo pesado –tienes un aroma peculiar a maderos y agujas de pino…. Te llamaré Pino de ahora en adelante –Añadió en un susurro entre la inconciencia y la lucidez-

El moreno no tuvo otra opción más que asentir, en realidad, confundido y esforzándose por recordar algo. Aspiró hondo en dirección hacia el rubio, olfateando un extraño aroma a tabaco que no se encontraba allí de antaño.

Por su parte, el nombrado Bill se dejó llevar a un mundo nublado, con la cabeza asediada de preguntas, una tras otra, más, demasiado exhausto para formular alguna: nunca antes le habían asignado un compañero de habitación, no sin antes haber pasado el tan temido procedimiento…, un escalofrío le recorría completo cuando recordaba lo que implicaba; Pero ese chico a su lado parecía tan confundido y ajeno a aquello que por unos momentos dudó, pensando que se trataba de un error y ese sin esencia no era más que un humano.

.

.

.

La situación en Oregón, donde se encontraba el principal centro de contención, era deprimente y agobiante.

Desde que apareciesen las primeras castas, Alfa-Omega la civilización se había vuelto más hostil, ambiciosa, lúgubre…

Las calles eran vigiladas por agentes que fungían como mensajeros del terror que impedían a los "Perros" –Cómo gozaban de llamar a los designados a dichas castas –caminar en falso.

Custodiando las zonas de control, que eran pueblos pequeños con una distribución Omega mucho menor a los aun existentes y obsoletos humanos, se encontraban los uniformados de gris y negro, era fácil reconocer a lo lejos sus cascos de careta completa y sus armas de pulso electromagnético que bien derribaba a un impetuoso alfa.

De cualquier modo, la escases de la casta anterior facilitaba el someter a los, comúnmente, obedientes Omegas, llevando un control estricto sobre estos, incluyendo su índice de natalidad.

La existencia de los renombrados centros de contención era en ese momento un secreto a voces, un tabú entre la población humana y la Alfa-Omega. Aunque, a pesar de todo, era bien conocido el significativo interés humano por las habilidades de las nuevas personas, despreciando, cabe resaltar, esos repugnantes defectos que poseía cada casta.

Al principio se creía que era un proceso de selección natural desencadenada por la anterior y mortífera enfermedad surgida a mediados del siglo XXI, despertando en los hombres de ciencia el inmediato interés en la resistencia Alfa y la salud indiscutible de los Omega. Sin embargo, había fallos que un humano no podía permitirse; los genes alfa-omega les rebajaban a animales –A palabras de los mismos humanos –haciendo de los Omegas focos de atracción a sus contarios estando en celo, nublando el raciocinio de los denominados alfas y volviéndoles bestias agresivas.

Se deseaban los beneficios sin las consecuencias.

Alrededor de los centros de contención se alzaba un muro de veintidós metros de alto, inmaculadamente blanco, de un grosor estimado entre el metro y medio, con treinta y seis guardias montando vigilancia en el exterior que circulaba un terreno aproximado de diez hectáreas por doce.

Alrededor, pequeñas bases o estaciones, se encontraban establecidas en puntos específicos a fines desconocidos por la población.

Cada cierto tiempo, un Omega era reclutado al centro de contención donde era puesto en aislamiento, junto a los escasos alfas.

En la actualidad era un verdadero milagro encontrarse con uno de estos caminando por la calle.

Nadie sabía, a ciencia cierta, lo que sucedía tras esas pesadas puertas de hierro, y quienes lo sabían, no podían más que contárselo a esas gruesas paredes.

A finales del siglo XXI se estableció una ley que aterraba a los Alfa-Omega; cada niño con genes alfa era llevado forzosamente a alguno de los centros de contención mientras que los Omega eran reclutados a centros O.M.E.G.A, que no eran más que pequeñas poblaciones a las afueras de las ciudades humanas, manteniéndoles aislados.

Poseer algún gen como aquellos significaba el pase seguro a alguno de esos sitios. En la actualidad, existían hijos alfa-omega de humanos comunes y corrientes, nadie era capaz de explicar este extraño hecho y continuaban realizándose pruebas.

Cuando el gobierno americano consideraba las cosas bajo control dentro de su organizada nación la naturaleza les hizo frente a principios del siglo XXII, mostrándoles un nuevo fenómeno, uno que poseía únicamente uno de los centros de contención, el más grande de los Estados Unidos de América, El Oregón "A.L.P.H.A". Un híbrido.

.

.

.

-No lo sé –Gruñó, rodando los ojos en una mueca exasperada tras repetir la misma frase durante más de diez minutos-

Ambos custodios de trajes impermeables blancos, con mascarillas de oxígeno sobre sus rostros, posicionados a cada uno de sus lados, parecieron tensarse en incomodidad por su repetitiva respuesta; cada vez que se negaba a cooperar eran ellos los que ejecutaban las órdenes de castigo impuestas.

Sus muñecas dolían cuando intentaba moverlas aunque fuera mínimamente ante las ataduras de metal en ellas, y la silla en que se encontraba no era más que una formalidad en aquél interrogatorio.

La habitación era blanca, y la iluminación no aturdía sus ojos, más, bajo su asiento una coladera de metal esperaba, no deseó pensar demasiado en el uso y su función, pues él, a esas alturas, la sabía de sobra.

Una fuerte bofetada le volteó el rostro tras una seña afirmativa por parte del hombre que se ocultaba de la vista de todo el mundo pero que él conocía demasiado bien para su gusto.

Gruñó en rabia al sentir el hilillo carmesí corriendo su labio y la explosión de dolor que cobijó sus mandíbulas. Su cuerpo era resistente y testarudo, pero no lo suficiente para soportar más de aquello.

-Protegerlo no va a ayudarte ¿Sabes eso, cierto? No eres estúpido –Le aseguró en voz grave su compañero, resentido por sus negativas exasperado por perder su tiempo con él-

-Que no sé su casta –Jadeó aspirando por la boca, obligando a su pecho a subir y bajar de forma agresiva-

En un movimiento lento sus cabellos cayeron sobre su frente cuando volvió la cabeza a su sitio natural, con la mirada altiva al frente.

Sus hombros temblaban de impotencia y su cuerpo entero estaba a la defensiva para cualquier nuevo ataque, sin embargo, deseaba encogerse en su sitio y esperar a que la ira de su acompañante menguase; años de lo mismo le habían enseñado cuando algo malo sucedería y sabía que no marchaba por buen camino su situación.

Un golpe sordo inundó la habitación entera, un golpe de frustrada rabia del hombre que perdía la paciencia, su mano impactando contra la mesilla de madera pulida que desencajaba aparatosamente con el resto de la solitaria habitación.

Los ojos del atento rubio se abrieron mínimamente en realización, percibiendo el cambio en el ambiente. El hombre que tenía ante él no era alguien conocido por estallar de aquella manera, no, él le conocía mejor que nadie en ese sitio; algo escapaba de su control, había algo, además de él, que no estaba bajo su control y eso lo fastidiaba, le encolerizaba y lo hacía rabiar, él lo sabía. Significaba entonces que ellos no podían averiguarlo….

-Te estoy pidiendo únicamente que utilices la nariz para olfatear como el perro que eres y me digas qué tengo encerrado en mi jaula –Explicó intentando de contener la frustrada rabia en su voz, ocultándola bajo una capa notoria de calma mal simulada-

Un brillo dorado cruzó sus ojos cuando escuchó aquello, la afirmación ansiada de sus pensamientos y rápidamente su cabeza se puso a trabajar, ajena, siempre, a lo que salía de sus labios a forma de despiste.

-¿Por qué? ¿Los incompetentes de tu laboratorio no pueden hacerlo? –Jugaba con su suerte al preguntarlo con su voz sarcástica, dejando libre el atisbo de burla, y él lo sabía perfectamente-

Un chasquido de dedos más y un nuevo golpe acudió a su rostro en forma agresivo de puño, que le obligó a gemir, sintiendo el calor de los hilos rojizos resbalando por sus labios.

Jadeó, contento con los resultados, claro, no podían conseguir respuestas a las interrogantes, lo sabía ahora; él era su llave para desentrañar ese paradigma.

-Necesitas un bozal, perro malo –Negó con sorna este, formando una mueca de exaspero y furia sarcástica –soy tu dueño…soy dueño de todos ustedes, estás obligado a responder lo que yo pregunto…. –Gruñó dejando caer sus máscaras de sarcasmo despectivo-

Jadeando de dolor ante los golpes que producirían hematomas después, volvió la mirada a él, elevando el pecho en busca de aire, su estómago se extendía y se contraía dolorosamente. El aroma fuerte de su sangre llegaba a su delicado olfato de forma agresiva y dulce, le causaba ligera exaltación percibir el aroma sanguinolento en el ambiente.

Aun habituado a esto, su cuerpo reconocía aquello como un anticipo de renovados y dolorosos castigos que le harían desear perder la inconciencia; instintivamente, deseó poder protegerse, de forma tan irracional que no fue consciente del desplante de alaridos ahogados que abandonaban su garganta.

-Con una mierda ¡Que no lo sé! –Medio gritó, temblando sobre su sitio, encogido ante las sensaciones violentas que trepaban por su columna sin piedad-

Sus respuestas parecieron no agradarle al superior, pues en un movimiento de manos ambos custodios desenfundaron una alargada y delgada vara metálica con mango negro de goma. Sus sentidos de alerta se dispararon violentamente al escuchar el sonido chillante de los voltios al ser cargados alrededor del eje de metal, cargándose en movimientos violentos que se arremolinaban, golpeándose entre ellos.

-¡Dime de una maldita vez! ¿Es cómo tú? –Gruñó este, colocando su mano en posición, predispuesta a dar la señal para que sus hombres procedieran-

El rubio jadeó ahogado, gruñendo en su sitio.

-Que yo no lo sé –Espetó como toda respuesta, entrecerrando los ojos-

Tras su espalda sus manos se aferraban entre ellas, forzándose a tolerar lo que estaba a punto de suceder y dándose valor de no bajar la mirada para rendirse.

El hombre de pie frente a él, en un movimiento brusco, se acercó hasta tenerle cerca, obligándole a ponerse rígido sobre su sitio, Bill temblaba internamente, más, su postura le revelaba engañosamente apacible sobre su sitio. Su respiración se cortó cuando olfateó el aroma fuerte del hombre: tabaco y colonia costosa, un ligero aroma a vino de frutas y alcohol fuerte, su esencia personal, el cuero costoso de sus zapatos y el detergente elegante en su traje de corte sastre; este pasó su fuerte mano por encima de su cabeza en un movimiento inesperado que desconcertó a los guardias presentes, que se pusieron tiesos y al mismo chico que esperaba, forzándole a abrir los ojos en desconcierto y desconfianza.

-Vamos…puedes hacerlo mejor –Susurró con voz calmada, enterrando sus dedos entre los cabellos de oro-

Un estremecimiento corrió superficialmente por el cuerpo delgado. El rubio cerró los ojos, sintiendo que la respiración abandonaba sus pulmones, imposibilitándole respirar por una fracción importante de segundos. Su cuerpo amenazaba con replegarse y tiritar, más, se obligó a plantarse, quieto.

Para él era importante, algo estaba sucediendo allí, el hombre frente a él estaba desesperado y le haría cualquier cosa para obtener lo que necesitaba, aquello le llenó de pavor que supo esconder.

Los dedos corrieron su cabeza completa, pesados y tranquilos, como cando se acaricia a un cachorro que se ha portado mal.

Tantos años de convivencia le advertían que nada bueno saldría a futuro y lo único que podía remediarlo era su respuesta futura.

-…No lo sé –Susurró lamiéndose ligeramente los resecos labios, mismo que no se había percatado que permanecían entreabiertos-

Los movimientos lentos se detuvieron de golpe, apretando ligeramente sus cabellos en un puño, y por un instante el rubio se lamentó; físicamente era un alivio pero su moral sufría al saber que nada iba a poder hacer contra sus instintos de supervivencia.

-No lo había olfateado antes…es…. –Apretó los labios, sintiendo cómo la mano sobre su cabeza se relajaba ligeramente –es…solo un aroma humano lo que logro olfatear de él –Dijo entonces, odiándose por obligarse a responder-

Un tirón de cabellos le obligó a levantar la mirada, entrecerrando los ojos en un gemido ahogado de dientes apretados y un gruñido sordo.

-¿Por qué me mientes? –Cuestionó tranquilo, peligrosamente calmado, más sus dientes apretados decían otra cosa-

No, algo malo se acercaba, prefería los golpes y los gritos antes de ese tono de voz calmado y esas caricias lentas; algo malo se avecinaba, lo olfateaba en el aire, lo sentía en la piel, le cosquilleaba los poros al verle así. Había sucedido antes. Ese tono de voz filoso y calmado era como su sentencia, todo terminaba si no daba en el blanco con su siguiente respuesta.

Para su desgracia, era verdad, su huésped no olía a alfa, no olía a omega, ni siquiera tenía un aroma como el suyo, era…un humano lo que olfateaba, sus sentidos le decían eso ¿Quién era capaz de engañarle…?

Odiaba sentirse así de vulnerable cuando lo único que deseaba era estamparle el puño en su perfecto y aristócrata rostro. Él era inteligente, no podía hacerlo, sería su peor error. Estando entre sus dos custodios con armas de alto voltaje que dejaban inconsciente a un alfa fuerte ¿Qué esperaban de él?

-No miento…no te miento –Respondió apretando los labios en una mueca de odio-

Le fue obligado a echar hacia atrás la cabeza, exponiendo su garganta, haciéndole doloroso tragar, pero al mismo tiempo permitiéndole observarlo; sus ojos agudos y la mirada seria.

-Adormeciste mis sentidos –Añadió segundos después con la vaga esperanza de que le dejase en paz-

-Fue hace horas –Refutó su compañero con voz helada –tu organismo está limpio ahora…

-Son los efectos secundaros…siempre pasa…los inútiles –Cerró la boca del golpe al ser obligado a hacerlo-

Una mano grande y fuerte se había posado contra su cuello, apretando lentamente contra su garganta, obligándole instintivamente a callar y aspirar hondo para soportar la asfixia que conllevaba el fuerte agarre.

-Lo haré mejor –Su voz estrangulada escapó como un jadeo desesperado por oxígeno-

-Me encanta cuando eres cooperativo conmigo…. –Sentenció en aires cantarines y sonrientes el hombre que le acompañaba-

Lentamente retiró su mano de su cuello, presionando innecesariamente con la punta de sus dedos su manzana de Adán.

Odiaba cuando le hacía eso, le hacía hervir la sangre y desear morder su yugular hasta que su sangre corriese por su perfectamente arreglado traje….

-¿Sí? Es más sencillo ¿Verdad? –Preguntó con una sonrisa amplia el rubio, halando aire con violencia al sentirse libre de respirar de nuevo-

El hombre alto asintió, sonriendo larga y confiadamente.

-¿Sabes lo que me gusta a mí? No entrar a la habitación blanca y que tus perras no me golpeen…. –Dijo después, colocando seriedad en su rostro y una mueca que espetaba nauseas-

El hombre pareció ofendido ante su condicionamiento.

-¿Qué dices? ¿Tratas de negociar tu ayuda para conmigo? –Su voz era pausada y ligeramente desubicada-

-Estoy siendo inteligente ¿Qué opciones tienes, además? Tus mascotas no pueden responderte y sabes muy bien que soy el único que podrá –Espetó, sus manos rozándose entre ellas por detrás de su espalda, buscando darse ánimos de continuar-

-Vas a decirme o de lo contrario…. –Esta vez sus palabras fueron cortadas-

-¿Qué? ¿Me meterás de nuevo en la habitación blanca? ¿Voy a ser golpeado hasta perder la conciencia? O, ya sé, me electrocutarás de nuevo –Enumeró con calma, dando miradas de soslayo a los guardias que sostenían en alto las varas eléctricas-

Lo cierto era que estaba siendo insolente y bastante estúpido al retar de aquella manera a ese altivo hombre, estaba siendo irrespetuoso y elevando su orgullo al igual que lo hacía con su mentón. Contrario a lo que sus aires de grandeza le hacían pensar, nada bueno iba a salir de allí y él lo sabía, muy en el fondo de su pensar.

Su cuerpo sollozaba de miedo, lo sentía al temblar internamente, más, él se mantenía impasible.

Tras parecer que lo pensaba, el alto hombre suspiró, serenando su fruncido ceño.

Pasó con delicadeza sus dedos fuertes encima de los cabellos dorados, acariciándolos con mimos lentos asegurándose de que el cuerpo delgado tiritaba inconscientemente por una milésima de segundo ante su tacto antes de responder.

-No, no te haría eso, no –Afirmó tranquilo y, como si cantase una nana, se acercó a su oído –irás a jugar con todos los alfas…y ten por seguro que no estarán felices de verte –Murmuró-

La sangre se le heló de golpe al escucharle hablar, sus ojos se abrieron en desmesurada sorpresa, se atragantó con saliva que no tenía pues sus labios estaban resecos. Segundos después cerró los ojos, intentando apaciguar el pálpito de su corazón y la estela de feromonas que su propio cuerpo lanzaba para arrullarse a sí mismo.

-¿Qué te parece? –Preguntó en son de triunfo el hombre-

Tardó segundos en responder, el sujeto frente a él tenía lo que quería. A él sometiéndose de nuevo… ¿Se lo daría sin protestar…? Era lo más prudente y cuerdo….

-Me parece que puedes abrir la boca y comérsela a los alfas…. –Respondió elevando la mirada en un filoso reto-

No había terminado bien para él, sus amoratados mofletes lo decían y el bozal de castigo encima de sus labios, lo único que realmente lamentaba era creer que verdaderamente habían dañado su agudo olfato pues por más que se esforzaba no podía obtener la esencia de su compañero y eso era el peor castigo que podían darle a alguien como él.


Primer capítulo, agradezco mucho la buena acogida que le han dado al fic :3 espero que les guste y nos vemos pronto.

¿Reviews?