Capítulo 2 – Una vida así no es vida
Oikawa no podía creer lo que estaba leyendo, Irihata lo miraba desde la banca con la expresión llena de orgullo, tenía en sus manos una invitación a una universidad en Tokyo, le ofrecían una beca completa para que estudiara la carrera que deseara, pero no era cualquier invitación como las otras 4 que tenía sobre el escritorio de su habitación, ellos habían tenido algunos juegos de practica gracias a las conexiones del entrenador y Oikawa sabía que era la universidad a la que más quería ir.
No pudo evitar la sonrisa llena de satisfacción que se formó en su atractivo rostro, Hanamaki y Matsukawa se acercaron por detrás husmeando el papel que sostenía el armador.
—No es cierto! —exclamó Hanamaki dándole un buen golpe en el hombro.
—Bien hecho hombre! —lo felicito el pelinegro.
Oikawa aún no salía de su pequeño trance, volteo de golpe hacia su mejor amigo que seguía recostado contra la pared secándose el sudor del otro lado de la cancha.
—Iwa-chan! Mira! Miraaaaaa! —corrió dando saltos hacia el otro saltándole encima.
—Que haces kuzokawa! Ten más cuidado! Idiota! —le gritó el pelinegro mientras lo golpeaba mandándolo de vuelta por donde vino, la cara se le aplastó contra el piso de la cancha, pero ni eso le borró la sonrisa idiota que mantenía en su rostro, el castaño se levantó de un tirón ignorando el dolor punzante en sus atractivas facciones y estiró la mano con el papel poniéndoselo en la cara, con los ojos brillando de emoción.
La expresión de Iwaizumi seria y sin mucha emoción, se desbarató en un instante, apretó los labios conteniendo la risa. Oikawa alzo una ceja mirándolo divertido también.
Ambos se echaron a reír a carcajadas en medio de la cancha sin poder decir nada, todos los miraban como si se hubiesen vuelto locos, para cuando lograron recuperar un poco el aire Iwaizumi le revolvió los cabellos con suavidad.
—Así se hace Tooru! —le sonrió con esas blancas y hermosas sonrisas que solo Iwaizumi sabia darle. El castaño sintió como le vibró todo el cuerpo y sonrojado le devolvió la sonrisa con todos los dientes asintiendo con la cabeza enérgicamente.
—Dios mío santo! Oikawa se quedó mudo! – gritó Hanamaki burlándose de la escena, como era su capitán esperaban que se pusiera sobreactuado alabándose a sí mismo hasta cansarlos, pero gracias al gesto de Iwaizumi eso no pasó.
Luego de más risas, el entrenador les permitió salir temprano y todos se fueron directo a casa de Matsukawa a celebrar, la invitación de Oikawa y el torneo de primavera que empezaría la semana siguiente.
—Ten cuidado con eso —el tono seco del pelinegro le llegó desde la cocina, Oikawa ya en su apartamento intentaba hacer funcionar casi a los golpes el calentador.
Akaashi Keiji, su roomate, Estudiante de Literatura, en los inicios de su tercer año de universidad, resultó ser el nieto de los dueños del apartamento, ese fue sin duda un raro encuentro al azar del caprichoso destino. El pelinegro en su espartana personalidad paciente y sensata sabia como tratar con él sin atizarle un golpe cada vez que lo escuchara decir estupideces o alardear de ser la gran cosa, como era básicamente la personalidad del "Gran Rey", aunque muchas veces parecía que más bien lo ignoraba.
Pero Oikawa ya no era mucho del "Gran Rey" que todos conocieron en la preparatoria.
Agachó la cabeza resignado, por no lograr hacer funcionar el maldito aparato y se fue refunfuñando como un niño pequeño encerrándose en su habitación.
—Akaashi! Ya llegué! —la voz ronca y llena de energía del AS resonó en la sala llegando hasta su habitación.
—Bokuto-san —Akaashi lo saludó en un tono más normal, sin distraerse de su actividad culinaria.
—Oya! ¿Estas cocinando?! ¿Puedo quedarme a comer? Si! ¿Por favor? Di que sí! ¿Sí?! —Rogaba el peligris afuera y en su exasperación Oikawa agarró su almohada apretándola contra su cara desparramado entre las cobijas.
Bokuto prácticamente vivía con ellos, se quedaba hasta por semanas, claro, en el cuarto de Akaashi, aparte también tenía una llave del apartamento, el pelinegro le había contado algunas cosas sobre su relación, pero no mucho en específico, aunque ya llevaban viviendo juntos 2 años, Akaashi no era muy abierto que digamos, pero para Oikawa era más tímido que reservado. Aunque no hablara mucho era muy bueno escuchándolo y al ser completamente imparcial siempre sabía cómo aconsejarlo.
—Vamos, no hagas tanto alboroto, molestaras a Oikawa-san —la voz del pelinegro sonó afuera a modo de regaño, el castaño agradeció internamente que hubiese alguien sensato allá afuera que se preocupara por él, se sacó la ropa y fue al baño, de nuevo agacho la cabeza resignado a bañarse con agua fría.
Porque a pesar de estar solo bajo los chorros de agua fría que caían en su espalda, estos le recordaban cosas que por su salud mental estaba intentando olvidar.
Se hundió de nuevo en las suaves cobijas abrazando su almohada aún tenía el cabello húmedo.
—No recuerdes, no recuerdes —se decía una y otra vez, tratando de poner su mente en blanco fue sorprendido por un par de golpes en su puerta.
—Oikawa-san tu teléfono está sonando desde hace un rato —La voz del pelinegro lo hizo dar un salto, recordó haber dejado la mochila abandonada en la entrada cuando llegó.
—Oh! ¡Una llamada! ¡¿Me pregunto quién podrá ser?! —Abrió la puerta acomodándose una toalla en la cabeza, Oikawa siempre mantenía en secreto la misma esperanza tonta y ridícula, que a pesar de haber pasado ya más de 3 años no podía desechar, razón por la que tampoco había tenido el valor de cambiar ni su número personal, ni sus redes sociales, aunque hubiese perdido la costumbre de usarlas con frecuencia.
—Toma —el pelinegro le entregó su móvil y se retiró, en cuanto lo tuvo en sus manos empezó a vibrar de nuevo.
Dejó escapar un suspiro decepcionado al ver el nombre en la pantalla.
—Nee-san! —contestó fingiendo ánimos.
—Tooru! Porque no contestas!? —del otro lado de la línea su hermana mayor casi lo deja sordo.
—Vale, vale no te enojes, estaba bañándome —entró a su cuarto cerrando la puerta tras de él.
—Como sea, la próxima semana haremos una ceremonia para mamá. ¿Vas a venir? —preguntó.
Oikawa se mordió el labio inferior, ese tema aún era un poco difícil, en su segundo año de universidad para el mismo tiempo en que recibió su invitación al equipo nacional, su madre falleció, desde la secundaria la mujer venía padeciendo una enfermedad grave y su cuerpo no resistió más, si bien ambos hermanos no habían sido muy unidos a ella, ya que trabajaba casi todo el tiempo para poder mantenerlos a ambos en la ausencia de su padre que los había dejado cuando Tooru apenas era un bebe, en sus últimos años de vida, tuvo que renunciar a sus dos trabajos y quedarse reposando en casa donde el vínculo con sus hijos que hasta el momento no había existido floreció solo unos segundos antes de marchitarse de golpe.
—No, tengo entrenamiento para el torneo de verano nacional, no puedo —contestó esta vez con suma seriedad.
—Mmm está bien, Takeru extraña verte, yo también te extraño, deberías venir a visitarnos de vez en cuando, eso no te va a matar —su hermana seguía viviendo en Miyagi en la casa que su madre con tanto esfuerzo les había dejado, vivía con su esposo, tenían una bonita familia, su sobrino tenía mucha suerte.
—Sabes que no voy a Miyagi —susurró el castaño más para sí mismo que para ella.
—Apropósito ¿No quieres información? —del otro lado de la línea se escucharon las risitas contenidas de su hermana.
—¿Qué? Dime, dime! —el tono alegre volvió a su voz más por curiosidad que por otra cosa.
—Bueno, puedo decirte que el otro día fui a la pastelería y adivina quién me atendió!
—¿Qué? ¿Es en serio?
—Sip, parece que su padre va a heredarle el negocio familiar, quizá esa termine siendo su profesión, no estaría nada mal porque esos pasteles sí que son deliciosos! —su hermana se relamía los labios de solo recordar la rebanada de tres leches que se había devorado ese día.
—¿Quién lo diría? A pesar de su aspecto tan agrio —su voz se apagó lentamente al final, dentro de su cuerpo sintió un brusco desasosiego que le perturbó los pensamientos, mientras, su hermana le decía algo a Takeru del otro lado.
—Bueno hermanito, tengo que irme, hablaremos después, cuídate mucho! —la llamada terminó antes de que el pudiera decir algo, pero realmente no había necesidad de eso.
Se lanzó a la cama hundiéndose en la almohada, vio pasar las horas con la mirada perdida en las cortinas traslucidas que dejaban entrar la luz naranja de la calle, en medio de toda esa oscuridad sus pensamientos fueron capaces de viajar a sus más preciados recuerdos, los mismos que trataba de mantener en algún lugar de su mente donde no lo mortificaran a diario, pero donde tampoco pudiese olvidarlos, aun si eso iba en contra de su sentido común.
Su cuerpo yacía sobre la cama en diagonal, uno de sus pies se salía de la sabana, su cabello estaba todo desparramado sobre la almohada y su mejilla reposaba en el borde, no se sentía con ánimos, pero si habían ganas, era un hombre apenas saliendo de la adolescencia y tenía sus necesidades, cerró los ojos y dejó que su mente lo llevara a su primera vez, recordó las torpes caricias que su pareja le había intentado dar, los besos y mordidas en el cuello, el sonido ronco con el que salía su nombre a través de sus gruesos labios, bajó su mano sin esperar alguna orden de su mente palpando el bulto que ya empezaba a notarse en la pantaloneta que usaba de pijama, sintió su rostro arder transportado al recuerdo, tomó su entrepierna entre su mano y empezó a moverla suavemente, mordió sus labios recordando las manos frías y temblorosas de su pareja ahí mismo, acariciándole, los primeros gemidos roncos y las miradas de placer que recibió en recompensa por hacerle lo mismo, el tono un poco bronceado de su piel por donde rodaban gruesas gotas de sudor, los músculos bien marcados de su abdomen que se contraían con su respiración agitada, y esos brazos, uno a cada lado de sus piernas sosteniéndole con firmeza, anchos y jodidamente atractivos.
—I… Iwa-chan —susurró entre su agitada respiración, apretó los dientes, su vista se nubló, una gota cálida rodó por su mejilla y un espeso liquido ardiendo corrió por su mano.
Se quedó en la misma posición, sin preocuparse por la mancha que dejarían sus fluidos en su ropa interior, hasta quedarse dormido.
Iwaizumi se partía la cabeza tratando de entender cómo funcionaban los sitios web de las inmobiliarias.
—¿Que se supone que es esto? ¿Quién demonios diseño esto?, ahí no puede vivir ni un gato! ¿Ah!? ¿Quién es Linlin y porque quiere hablar conmigo?! —las quejas del as entre dientes y con su tono ronco tenían a Oikawa soltando risas desde la cama acostado lanzando un balón hacia arriba una y otra vez.
—Iwa-chan si sigues forzándote de esa manera tu única neuronhyaah! —el castaño recibió con todo su atractivo rostro el pesado libro de historia que el pelinegro acababa de lanzarle.
— ¡Muy bien! ¡Señor sabelotodo! ¿Porque no viene y pone a trabajar su egocéntrica neurona en vez de estar haciendo nada como siempre? —le gruñó con una sonrisa de lado al verlo sobarse y lloriquear por el golpe.
— ¡Vamos Iwa-chan! te he dicho que en la cara no! —se quejó el castaño levantándose, se acercó por detrás pasándole los brazos por ambos lados arrinconándolo contra el escritorio fingiendo revisar la página dando clicks aquí y allá, Iwaizumi ya tenía la cara roja y se estaba poniendo nervioso por la respiración del otro que ya sentía en su oído derecho y el calor que le llegaba del pecho restregándosele en la nuca.
— ¿Haber, tenemos que decidir primero en que sector nos iría mejor, mmmm te parece un punto medio? ¿Entre tu universidad y la mía? —le preguntó haciéndose el inocente pero Oikawa sabía perfectamente lo que provocaba en el otro.
—Si… está bien así —le contestó como todo buen macho alfa, manteniendo su compostura.
Aunque irían a universidades diferentes, ya que Oikawa había aceptado la Beca que recibió, e Iwaizumi tenía otros planes en mente, habían acordado vivir cerca para no perder el contacto, de ser posible en el mismo edificio y así había sido hasta que Iwaizumi le propuso que se fueran a vivir juntos, llevaban saliendo 1 año y siendo amigos toda la vida.
Como la madre de los niños Oikawa nunca estaba en casa y la diferencia de edad entre él y su hermana mayor no les permitía tener una muy buena relación, ya que ella era una adolescente en su etapa rebelde y el un pequeño de 4 años, Tooru conoció a su vecino, el pequeño Hajime, cuando el castaño se fue de cara frente a su casa tratando de perseguir una pelota bajo la no-supervisión de su hermana que estaba más concentrada en su celular. Se raspó las rodillas y empezó a llorar a gritos, el pelinegro que llegaba con su padre a casa en ese momento lo había ayudado a levantarse en su limitada capacidad de infante, no sin antes darle un pequeño coscorrón en la cabeza por ser torpe.
Desde ese día, El Sr. Iwaizumi que era padre soltero, se había hecho cercano de los dos pequeños que siempre permanecían solos en la casa del lado, les preparaba postres y pasteles y le enseñaba cosas sobre extraterrestres, constelaciones y estrellas a Tooru.
Siempre fueron muy unidos, Iwaizumi conocía a la perfección al verdadero Oikawa y reconocía la máscara de señor popularidad que solía usar con frecuencia, pero no le molestaba mientras tuviese acceso vip a su lado más real.
Para el castaño, su Iwa-chan era el mismo desde que tenía memoria, sabía leerlo sin necesidad de palabras y era la persona más preciada en su vida, había estado enamorado perdidamente del pelinegro gruñón desde que Tooru-Junior decidió enseñarle lo que significaba ser un varoncito a los 12 años, si, así llamaba Oikawa Tooru a su pene de adolescente.
Había pasado una semana desde la llamada de su hermana, en cierto modo se sentía sin ánimos, solía quedar drenado de energías cuando permitía que los recuerdos se apodaran de su cuerpo y le inyectaran nostalgia indiscriminadamente.
—Parece que cada vez te es más complicado manejarlo —Akaashi soplaba su chocolate haciendo mover los malvaviscos que flotaban encima.
—Tú crees? —le respondió el castaño lamiéndose la espuma que dejó el sorbo de chocolate en sus labios.
—Si lo creo, hace cuanto no lo ves? —le preguntó bajándole un poco a la música de Oikawa, que había puesto a los Red Hot Chili Pepers de fondo, en su miércoles sin Bokuto.
—Mmmm desde el funeral —el castaño echó la cabeza para atrás dejando su bebida sobre la mesa.
—Hace más de un año Oikawa-san —el tono del pelinegro sonó más a modo de regaño, pero también se regañaba mentalmente por dejarlo lidiar solo con todo el asunto, no era la primer preocupación en su vida, pero aun así le molestaban los silencios incomodos y perturbadores que Oikawa creaba cada vez que se deprimía. Aunque estuviese Bokuto gritando por todos lados se sentía el aura de nostalgia por todo el apartamento.
—Lo sé, es mucho tiempo deprimiéndose por lo mismo una y otra vez ¿no? —se burló el castaño tomando otro sorbo de su bebida caliente, le ardieron los ojos y su autocontrol vacilaba.
—Tu hermana te dijo algo? —Oikawa lo miró con algo de desconfianza entrecerrando los ojos sorprendido.
—Desde cuando lo sabes? —Akaashi se encogió de hombros sin darle mucha importancia al asunto.
—Hombre eres demasiado detallista —se rió Oikawa acomodándose el cabello con una mano.
—Y bien, ¿Que te dijo? —le preguntó de nuevo
—Pues, me comentó que había ido a la pastelería de su papá y que lo había visto ahí trabajando, que seguramente heredaría el negocio familiar —soltó un suspiro largo mientras hablaba bajando el volumen de su voz hasta que terminó.
— ¿Y te pusiste a recordar cosas? —Akaashi levantó una ceja acusadoramente, Oikawa infló las mejillas, incapaz de negar o afirmar la respuesta.
—No te pido que saques nada de tu cabeza Oikawa-san, pero ha pasado mucho tiempo, este es tu último año de universidad, tienes todo lo que deseaste, ¿no crees que una vida así… no es vida? —el pelinegro le habló con la tranquilidad de siempre, pero el dolor que empezaba a arañarle el pecho parecía no darle tregua, aunque lo pensara mucho o intentara mucho.
—No puedo hacer nada, yo ya no soy nada en su vida —susurró escondiendo la cabeza entre las rodillas haciéndose bolita en el sofá.
Akaashi decidió dejar el tema por la paz antes de provocarle más dolor al castaño, esa noche le preparo su comida favorita tratando de animarlo aunque fuese un poco.
