Disclaimer: The Little Mermaid es propiedad de Walt Disney Studios.
–Aquí es donde vas a dormir, Melody –dijo el rey Tritón a su nieta mientras ambos entraban a una habitación que tenía siete camas-conchas.
–Es hermoso, abuelo –dijo Melody admirando el lugar–. Pero ¿por qué tantas camas?
–Cuando tu madre y sus hermanas eran adolescentes, todas dormían aquí. Cada una se fue casando y se mudaron a habitaciones propias –explicó mientras recordaba cuando su amada esposa Athena les cantaba a sus siete hijas.
–¿Dónde dormía mamá? –Tritón sonrió al saber porqué su nieta preguntaba eso; era obvio que quería dormir allí.
–En la más cercana a la ventana. A ella siempre le gustaba la vista que le otorgaba al amanecer cuando los caballitos de mar se asomaban por ahí. –Melody sonrió ante las palabras de su abuelo, pues al parecer aquí podía aprender más sobre su madre, más sobre su herencia marina.
–¿Cuándo podré conocer a mis tías? –preguntó la sirenita mientras se sentaba en la concha que su abuelo le había indicado que había sido de su madre. La sensación era algo rara comparada con una cama humana, pero podría acostumbrarse.
–Attina te va a estar asesorando sobre nuestras costumbres e historia, por lo que la verás todos los días. A las demás las verás hasta pasado mañana, pues ninguna está en Atlántica, a excepción de tu tía Adella, a ella la verás mañana durante las comidas, además de su esposo e hija, junto con la familia de Attina –dijo el rey Tritón mientras miraba con detenimiento a Melody, no sabía que le pasaba, pero algo había de raro en ella.
–¿Tengo alguna prima de mi edad? –finalmente preguntó ella cuando su abuelo iba a darse la vuelta para irse.
–La más cercana a tu edad es la hija mayor de Attina; tu prima Athena tiene diez años –Athena había sido el nombre que Attina le había dado a su primogénita, pues sus ojos eran idénticos a los de su madre, la difunta reina Athena.
–¿No se supone que mi tía Attina es la mayor? –Melody preguntó desconcertada. ¿Cómo es que siendo la hija de la princesa menor, no tenía alguna prima mayor?
–Sí, pero tu madre fue la primera en casarse. Tal parece que los humanos se casan primero que las sirenas.
–¿A qué edad acostumbra casarse una sirena?
–Alrededor de los veintidós ¿por qué? ¿Tan apresurada estás por casarte? –el rey trataba de aligerar el ambiente, pues desde que habían tocado el tema de su familia, Melody parecía haber cambiado su estado de ánimo. Al principio pareció curiosa, pero después se fue entristeciendo.
–¡Abuelo! –exclamó ella ante el comentario del rey. Su rostro se tiñó de un rojo carmesí ante la sola idea del matrimonio, pues eso le hacía recordar al chico con el que se había topado antes.
–Es broma, es broma –dijo entre risas, pues la reacción de Melody había sido aun más graciosa de lo que esperaba–. ¿Necesitas algo más?
–No, gracias, así estoy bien –respondió ya un poco más calmada, aunque su rostro aun seguía un poco colorado–. ¿Mañana comienzo las clases con mi tía Attina o puedo ir a dar un paseo por Atlántica?
–Como tú quieras, aunque creo que es mejor que vayas a dar un paseo, así puedes hacer amigos de una vez aquí, ¿te parece bien?
–Sí, claro. Gracias, abuelo. Buenas noches –dijo antes de acostarse y echarse la manta encima.
–Buenas noches, Melody.
–Despierta, Melody –una voz se escuchó por la habitación en la que dormía Melody. No quería despertar, no quería despertar de ese maravilloso sueño en el que había descubierto que su madre era una sirena y ahora ella lo era–. Mel, despierta –de nuevo esa voz. Entonces comenzaron a sacudirla–. Melody, es hora de ir a desayunar con papá y tus primas . –¿Primas? Pero ella no tenía primas, tanto su padre como madre eran hijos únicos. Luego los recuerdos volvieron a su mente y se levantó de golpe. Miró a su alrededor para descubrir que en efecto esa no era su habitación y su vestimenta no era humana.
–No era un sueño –dijo en un susurró para sí misma aun sin voltear a ver a quien le hacía compañía.
–Por supuesto que no lo era, cariño –volvió a hablar esa voz. Finalmente se volteó y se enfrentó cara a cara con una sirena de cabello castaño claro, unos picos anaranjados en la cabeza, cola y conchas también de ese color.
–¿Quién eres? –preguntó soñolienta la princesa mientras se tallaba los ojos en un intento de mirarla mejor.
–Soy tu tía Attina, Melody.
–¿Mi tía Attina? –el simple anuncio la había despertado de golpe y ahora miraba detalladamente a su tía mayor. Si, definitivamente ella era hermana de su madre, el parecido llenaba su aura.
–Así es –dijo mientras ayudaba a Melody a levantarse–. Y será mejor que te alistes rápido, no querrás darles una mala impresión a tus primas –Attina tomó un cepillo que había llevado con ella y comenzó a cepillarle el cabello–. Papá tenía razón –dijo aun en su labor de peinarla.
–¿Sobre qué? –preguntó ella mientras se miraba en uno de los espejos que había allí.
–De que has cambiado mucho y cada vez te pareces más a Ariel. Claro que era de esperarse que te vieras diferente. La última vez que te vimos fue en tu presentación cuando eras una bebé –siguió cepillándola, recordando cuando hacía lo mismo con su hermana pequeña. Era cierto que Melody era muy parecida a su madre, pero tenía uno que otro rasgo de su padre Eric, como el cabello oscuro y las cejas, pero fuera de eso la veía igual a Ariel. Incluso en el carácter, según lo que les había contado Sebastián, se parecían. De tal pez, tal escama, como le había dicho su padre a Ariel cuando recién había regresado la música a Atlántica y que Ariel había estado cantando todo el día para celebrar que no habría más silencio en la ley–. Lista, ahora vámonos que ya nos deben de estar esperando.
Melody siguió a Attina a través de los pasillos, tratando de recordar el camino, pero le resultaba muy difícil. Pareciera que Attina había leído sus pensamientos, pues rápidamente le dijo algo sin siquiera voltearse a verla.
–No te preocupes, cuando menos lo esperes sabrás como andar por aquí a la perfección –Melody asintió sabiendo que preocuparse no la ayudaría en nada.
Cuando llegaron, la única persona presente era otra sirena de al parecer uno o dos años mayor que su madre; la sirena tenía el cabello castaño oscuro, su peinado era sostenido por lo que le parecieron perlas y su aleta era de una especie de amarillo oscuro.
–¡Melody! –exclamó la sirena antes de nadar hacía ella y abrazarla con gran fuera–. Mira cómo has crecido, mi niña. Aun recuerdo a esa bebita que Ariel tenía en sus brazos hace años –la sirena la volvió a abrazar aun con más fuerza y Melody sentía que su cuerpo podría partirse en dos en cualquier momento.
–Suéltala, Adella, la asustas –la regañó Attina mientras la separaba suavemente de Melody.
–Discúlpame, Melody –dijo la que parecía recordar que era su otra tía con la que se iba a encontrar ese día–. Es que no puedo evitarlo. Desde la amenaza de Morgana no pudimos volver a verte nunca, Ariel y Eric debían de mantenerte alejada del mar para tu seguridad ¿lo entiendes, no? –le preguntó a la princesa, a lo que ella asintió. Su madre la había intentado proteger y ella la había odiado por eso. Había estado al borde de la muerte por recuperar el tridente y de no ser por sus amigos Tip y Dash seguramente estaría muerta.
–¿Y los demás? Creí que los vería hoy –dijo Melody, pues ni siquiera su abuelo estaba.
–Tus primas y tus tíos desayunaron antes, pues de último momento se pusieron de acuerdo para salir a un campamento y no regresarán hasta dentro de unos días. Papá está ocupado y nosotras nos quedamos porque teníamos labores que atender y dado que fue de improviso, no pudimos arreglar nuestras ocupaciones –dijo Attina mientras le daba un plato–. ¿Algas? –No lo había pensado; bajo el mar no había de la misma comido que en tierra, por lo que tendría que reajustar su dieta. Un poco temblorosa tomó una y se la comió. El sabor era mejor de lo que esperaba y una vez que se la pasó, tomó otra, a lo que sus tías sonrieron.
–Definitivamente tú naciste para el mar –dijo Adella. Melody le dio una sonrisa y tomó una última alga para comérsela durante el camino.
–¿Voy a salir sola o alguna va a acompañarme? –preguntó Melody antes de darse la vuelta para hacer su camino hacia la salida.
–Será mejor que lo hagas sola, así podrás hacer amistades sin sentirte limitada por nuestra presencia –Attina le respondió.
–Está bien. Hasta luego –se despidió de ambas para después tratar de hacerse un camino hacia la salida del castillo.
Después de un rato de vueltas y extraviarse un poco, logró salir y ahí se encontró con varias sirenas y tritones que la saludaron con una pequeña reverencia al pasar junto a ellos; parecía que ya sabían quién era ella. Melody suspiró, pues así nadie querría acercarse a ella con el temor de que les haría algo si no hacían lo que ella quería. No era ese tipo de persona, pero seguramente pensarían eso de ella.
Demasiado inerte en sus pensamientos, no se dio cuenta de que había alguien de espaldas a ella y chocarían si ella no se detenía. No lo hizo. Estaba pensando en sus padres ¿Qué sería de ellos en este momento? Bien podría ir a investigar, pues su antiguo hogar no estaba tan lejos de Atlántica, pero sabía que su abuelo y sus tías querían que ella hiciera amistades; huir no ayudaría en nada.
–Woah –exclamó alguien cuando chocaron. Debido al ritmo al que iba nadando Melody, al chocar había quedado en el suelo.
–Lo siento, fue mí –ambos dijeron al mismo tiempo, aunque Melody no podía verlo debido a donde se encontraba en ese momento.
–Culpa –fue él quien terminó la oración, pues Melody ya no había podido hablar. Reconocía esa voz; era el chico de la última vez, estaba segura–. ¿Estás bien? –una mano apareció frente a sus ojos y ella temblorosa la tomó. Con un pequeño impulso, ella se pudo levantar, pero no pudo evitar que el chico le viera el rostro.
–Si, estoy bien –dijo ella tratando de fingir no haber notado que era él, aunque era imposible.
–Hey, tu eres la chica de la otra vez ¿no es cierto? –él le preguntó. Llena de vergüenza, tuvo que voltear a verlo, pues era de mala educación no hacerlo, lo cual no era adecuado para una princesa.
–Sí, lo soy –respondió ella con la voz un poco entrecortada.
–Te llamabas Mel-Mel ¿no es así? –ella asintió al principio, pero al darse cuenta de su error, negó con la cabeza rotundamente–. ¿No? Pero tú misma lo dijiste –pobre chico, pensó Melody, pues ni antes ni ahora podía decirle su nombre. Era como si cada vez que quería decírselo le quitaran la voz.
–Lo sé, pero ese no es mi nombre, estaba demasiado aturdida por ver Atlántica que no pude decirlo, lo siento –se disculpó ella. No era del todo cierto, pero tampoco era una mentira, pues estar admirando Atlántica hizo que no viera por donde iba y se topara con él.
–¿Entonces cómo te llamas? –preguntó él cortésmente, parecía que le había creído. Era ahora o nunca ¿le diría? ¿Sabría quien era ella si le decía que su nombre era Melody? Tenía que arriesgarse, no había de otra, porque al parecer era el único amigo que podría tener en un buen tiempo, ojalá y los chicos que había visto la otra vez quisieran juntarse con ella aun sabiendo su papel en el océano.
–Me llamo Melody –lo había hecho, había podido decirlo sin tartamudear.
–¿Melody? ¿Cómo Melody, la princesa bajo el sol y bajo el mar? –O demonios, sabía quién era ella. Sin más que hacer, decidió que era mejor decir la verdad, pues decir mentiras nunca traía cosas buenas.
–Algo así, verás, ah –se dio cuenta de que ella no sabía su nombre, sin duda era torpe.
–Alex –dijo el chico sabiendo que ella se refería a su nombre.
–Verás, Alex, yo de hecho soy "esa" Melody –dijo ella algo apenada, pues pensaba que él no querría acercársele.
–Ah –fue todo lo que él dijo.
–Si, ah –repitió ella. Sabiendo que no valía la pena seguir allí, iba a hacer su camino de regreso al castillo para echarse a llorar por su soledad, o ir con su abuelo a suplicarle que la convirtiera en humana de nuevo. Allá, tan siquiera tenía a sus padres y a Carlotta, a quien consideraba también de su familia. Aquí también tenía familia, pero todos ellos ya tenían su vida hecha y la estaban cambiando por ella.
–¿A dónde vas? –preguntó Alex sujetándola suavemente por el brazo. Melody simplemente no respondió, sabía que su voz sonaría muy chillona al intentar no llorar–. ¿No quieres venir con nosotros? –Reuniendo el suficiente autocontrol, intentó hablar.
–¿A dónde? –cuestionó ella.
–Al arrecife quizá. El coral florece hoy y Tara, Nors y yo vamos a ir –Melody se quedó con una cara de confundida ante esos nombres ¿Quiénes eran esos? ¿Debía de conocerlos? –. Tara y Nors son los chicos con los que estaba el otro día –respondió él notando la confusión en su rostro.
–Ah, claro, lo siento –se disculpó ella, aunque no tenía porque hacerlo si nunca habían sido presentados en realidad–. Pero no van a tratarme diferente ¿cierto?
–¿A qué te refieres con tratarte diferente?
–Es que –dio un suspiro–. Estoy acostumbrada a que las personas me traten diferente por el simple hecho de que me consideran superior a ellos, cuando en realidad no lo soy. Las pocas personas que se me han acercado para hacer amistad, lo hacen por conveniencia. Es por eso que a veces prefiero estar sola, sin amigos –entonces sucedió lo que menos esperaba; Alex le sonrió ¿por qué? No tenía la más mínima idea.
–No te preocupes, para nosotros serás como cualquier otra sirena, no te trataremos diferente –le volvió a sonreír–. ¿Amigos entonces? –Alex le ofreció su mano como símbolo de pacto.
–Amigos.
¿Les gusta? Me gustaría saber su opinión sobre el fic.
