Iris de acero


Capítulo 2. ¿Qué hay en el sótano?


Estaba sentado en la silla del escritorio con los codos apoyados sobre mis rodillas y escondiendo la cabeza entre mis manos. "Esto es un puto desastre. Somos gilipollas". Hange volvía a repasar, por enésima vez, los libros de la estantería. Todos eran libros de medicina: anatomía humana, enfermedades comunes, epidemias, pestes, hierbas medicinales, medicina natural, fisiología, tratamientos para enfermedades respiratorias, digestivas, lesiones, traumas y un sinfín más. "Mierda, mierda y mierda". Oía los sollozos de Eren en algún lugar de la estancia. El mocoso estaba frustrado y dolido. Se sentía engañado, como todos nosotros. "Todos confiábamos en encontrar en este mugriento y asqueroso sitio la solución a los titanes. ¿Y qué obtenemos? Una completa decepción".

Golpeé el escritorio con el puño para descargar parte de mi rabia. Escuché cómo los sollozos del mocoso aumentaron por un momento. "Eren se siente culpable porque no hay nada en este jodido sótano". Jean continuaba reconfortando a Eren, dándole palmadas y murmurando en su oído. Oí claramente cómo Kirschtein me llamaba enano insensible y Eren le refutó sus palabras. Me pareció raro no ver al rubio junto a su amigo. Arlelt, que se encontraba absorto en sus pensamientos, caminaba con parsimonia arriba y abajo, examinando la habitación tranquilamente. Se paró al lado del ajedrez y toqueteó las piezas.

"No sé qué coño mira en este sitio tan mugriento y pequeño. Ya hemos inspeccionado toda la zona y aquí no hay nada". En aquel despacho había tres estanterías delante de mí, una silla, en la cual estaba yo sentado, un escritorio, una chimenea con un reloj colgado en la pared a la derecha, un baúl y un tablero de ajedrez a la izquierda. Lo habíamos registrado todo, esperando encontrar la fórmula mágica. "Y no está". Arlelt abrió el baúl, que habíamos forzado antes y volvió a examinar su contenido: una escopeta del calibre 12, varios cartuchos de pólvora y un par de antorchas.

Petra y Nifa aparecieron por las escaleras. Nos observaron y comprendieron la situación. Hange les gesticuló para que se marcharan de la habitación. Nifa asintió con la cabeza y dio media vuelta. Por el contrario, Petra se acercó a mí, apoyó una mano en mi hombro e intentó consolarme. Me levanté con brusquedad, apartándola. Le lancé una mirada furibunda. "Ahora no es el jodido momento". Petra era otro asunto que tenía que aclarar.

— Aquí no hay nada — solté rompiendo el silencio —. Ya podemos irnos.

— Levi, aún no estamos seguros — comentó Hange girándose y dejando por un momentos los libros —. Hay que mirar con más detenimiento...

— No hay una puta fórmula mágica, cuatro ojos. Mira dónde coño estamos; en un jodido despacho de un médico. Ya se ha hablado, más de una vez, que el poder que tiene Eren podría ser heredado de sus padres.

— Tampoco estamos seguros de esa teoría...

— Tsk. ¿Acaso ves algo aquí? — me crucé de brazos, claramente cabreado.

— Sargento — dijo Arlelt —, con el máximo respeto, pero ¿no le parece raro que haya una chimenea en un sótano? Creo que es poco habitual, y la casa de Eren únicamente tenía una salida de humo, que está justo en la parte opuesta de la casa. Es poco probable que este tubo de aquí — señaló la parte superior del hogar — se conecte con el que está en la cocina. Además, ¿por qué el doctor Jaeger tenía una escopeta? ¿De quién o de qué tenía que protegerse? — Respiró tranquilamente y cogió una de las antorchas — ¿Y las antorchas? Podríamos pensar que es para iluminarse, no obstante — Armin la dejó en su sitio y miró la sala — aquí no hay ningún sitio donde apoyarlas. En cambio, en el escritorio hay una lámpara de aceite. ¿Quién usaría una antorcha cuando tiene una lámpara? — se acercó al ajedrez —. La disposición de este tablero de ajedrez también es misteriosa. Tanto las piezas blancas como las negras tienen una jugada de apertura, pero los cuatro alfiles se eliminan entre ellos y... — nos miró al resto con una media sonrisa pícara mientras levantaba el tablero y dejaba caer todas las piezas al suelo —. Los alfiles están pegados. Es extraño, ¿no?

"Jodido mocoso listo" pensé sin evitar sonreír. "Espero que tenga razón". Hange gritó de alegría y se acercó a Armin rápidamente para desentablar el misterio. Eren se secó las lágrimas y sonrió a Jean con alegría. Éste le devolvió la sonrisa. Me giré hacia Petra y le indiqué que subiéramos las escaleras.

Subimos las escaleras, llegando a la planta baja de la casa, donde se encontraba un escuadrón a la espera de órdenes. Los saludé con la cabeza y seguí hasta encontrar una habitación vacía. Le abrí la puerta a Petra para que entrara y la cerré detrás de mí. Miré a la pelirroja, pero su mirada se encontraba perdida en los insignificantes detalles de la habitación. Se frotaba las manos, mostrando inquietud en su comportamiento. "Está nerviosa". Petra me miró un momento a los ojos y después apartó la vista avergonzada. Me acerqué a ella para tranquilizarla. Le toqué la cara con mis dedos, acariciándola. Pasé el pulgar por sus labios, deslicé mi mano hasta su nuca y recorrí el espacio que nos separaba hasta besarla. Sus pequeñas manos se apoyaron en mi pecho y arrugó mi chaqueta entre sus dedos. La presioné contra mi cuerpo mientras introducía mi lengua dentro de su boca. La besé hasta hartarme. Luego, me separé de sus labios, toqué su pelo y acompañé su cabeza hasta mi hombro.

— Petra, te lo he dicho muchas veces: no quiero muestras de afecto en público — comenté con un tono tranquilo y bajo sin dejar de acariciarle el cabello —. No tenemos una relación de pareja. Eres libre de hacer lo que te plazca.

— Lo sé, Levi. Lo siento mucho — se aferró con más fuerza a mí.

— No te preocupes — me la quité de encima —. Vuelve con tu grupo y avisa que estaremos más tiempo del previsto. Organiza una salida de aprovisionamiento, tal vez nos quedemos un par de días aquí.

— Entendido — Petra realizó el saludo militar —. No le defraudaré.

Se dirigió a la puerta, la abrió y, antes de desaparecer, me dirigió una última mirada afligida. Me supo mal por ella, pero Petra tenía que comprender que nuestra relación nunca perduraría.

(...)

Media hora más tarde, el grupo se reunió en el sótano y Armin empezó a desvelar sus conclusiones. Revisó otra vez los papeles que había escrito y Hange le hizo un par de comentarios. "Armin tiene el ceño fruncido. Hay algo que no le encaja". El rubio se miró a la mujer, asintió con la cabeza y se levantó dispuesto a hablar.

— Creo que lo he resuelto. Tal y como os he mostrado antes, los alfiles están colocados en una posición muy concreta y permanente, cosa que indica que hay un mensaje oculto en su posición. Los dos blancos están en las casillas A2 y D5, y los negros, en B3 y E6. Después de varios intentos, he visto que si se ordenan los números según el abecedario, se obtiene una hora: 23:56. El primer instinto que hemos tenido Hange y yo ha sido modificar la hora del reloj de la chimenea. Al hacerlo, nos hemos dado cuenta de que el reloj está clavado en la pared y nos ha sido imposible descolgarlo. Cuando hemos puesto la hora, hemos oído un corriente de agua interno que nos ha dado la certeza de que íbamos por buen camino. Aún así, no ha habido ninguna modificación visible dentro de la habitación. Entonces he vuelto a dirigir mi atención a los números. Si los organizamos con cualquier otra combinación no sale ninguna hora coherente, así que la única solución es buscar otro mensaje. ¿Qué hay en esta habitación en abundancia que también aparece en el ajedrez? — Armin hizo una pequeña pausa dramática —. ¡Letras! Las estanterías están plagadas de libros. Así que tenemos cuatro letras por ordenar: A, B, D y E. En el ajedrez, siempre se empieza con las blancas y luego van las negras, o sea, ADBE — se acercó a la estantería, sacó un libro y nos lo enseñó — "ADBE: Aplicación y diagnóstico bronquial y estomacal". Aunque eso es solo mi teoría. En la práctica hemos probado todas las combinaciones posibles y antes nos hemos pasado un buen rato buscando entre las estanterías hasta encontrar la pista en este libro — sonrió —. No obstante, lo importante no es el libro, sino su sitio — nos hizo gestos para que nos acercáramos —. En la pared, hay una palanca bien escondida. Creo que si tiramos de ella, lo habremos solucionado.

— ¿A qué esperamos? — soltó Kirschtein con impaciencia.

— Bueno — Arlelt se rascó la nuca —, nosotros ya lo hemos intentado y no tenemos fuerza suficiente. Está un poco oxidada.

Acto seguido, Eren y Jean se pelearon por tirar de la palanca. Arlelt se apartó divertido, dejándoles el momento de gloria.

— Bien hecho, Arlelt — le felicité.

— Gracias, Sargento.

Al final, ninguno de los dos mocosos consiguió tirar de la palanca. "Lo que hay que ver. Vaya par de inútiles". Me acerqué a ellos, los aparté y metí la mano entre los libros para palpar la barra. Justo en la base había una rosca. La apreté, tiré de la palanca y el mecanismo se accionó. Escuchamos el sonido que produce el agua al caer. Nos apartamos de las estanterías, expectantes.

Todos nos sorprendimos al comprobar que las estanterías no se movieron ni un centímetro. Entonces, un ruido proveniente de la pared de la chimenea atrajo nuestra atención. Una fracción de la pared junto con el hogar se había abierto, igual que una puerta, dejando en su lugar un hueco oscuro. Arlelt, curioso, cogió la lámpara de aceite, la encendió y se acercó a la abertura. Extendió el brazo y se iluminaron unas escaleras que terminaban en un pasadizo. Mandé a Kirschtein a buscar lámparas de aceite para explorar el túnel. Estábamos dispuestos a descender al mismísimo infierno para encontrar una pista.

(...)

Veinte minutos más tarde, seguíamos caminando por aquel túnel asqueroso, frío, mohoso e interminable. "¿Acaso este jodido agujero infectado de bichos no tiene fin?". El grupo que habíamos bajado para explorar el túnel estaba compuesto por Hange, Eren, Jean, Armin y yo. Habíamos avisado de la expedición al resto de soldados y, en caso de no volver al anochecer, enviarían una patrulla a buscarnos. Hange y Armin encabezaban la marcha, hablando animadamente. El rubio llevaba una de las antorchas sin encender en la mano. Hange se paró en seco y nos miró con una sonrisa enorme en el rostro. Señaló la oscuridad, dio unos cuantos pasos más y logramos ver la silueta de una puerta. "Por fin, joder". Los mocosos corrieron hacia la entrada. Eren introdujo la llave del sótano, por segunda vez, y la abrió. El olor a cerrado y a putrefacción nos golpeó la nariz con fuerza. Esperamos unos segundos, aguantando la respiración, intentando detectar algún movimiento o sonido en aquel nuevo espacio. "Y para no morir asfixiados, de paso". Hange fue la primera en cansarse de esperar y se acercó con una lámpara en la mano. Extendió el brazo a través del umbral de la puerta para iluminar la sala.

Fuimos entrando poco a poco detrás de Hange. La sala era amplia, pero de techo bajo, y la luz no alcanzaba el extremo opuesto. Las paredes debieron de ser, en el pasado, de color blanco, pero ahora la suciedad imperaba en aquel lugar, ennegreciéndolo todo a nuestro alrededor. "Este sitio está muy sucio". A ambos lados de la sala había un sinfín de armarios y librerías. Entre ellos había escritorios y mesas con papeles, lápices, lámparas y objetos quirúrgicos. Estaban desparramados por el lugar, dejando constancia de que el abandono fue de improvisto y el trabajo que se estaba realizando en la sala quedó en el olvido. En el centro de la habitación, había varias mesas metálicas de disección y unos contenedores rectangulares del tamaño de un humano que parecían cofres o acuarios. Algunos eran de madera y otros de vidrio. Estos últimos mostraban su contenido: cadáveres de jóvenes y niños. "Ahora ya sabemos de dónde viene el olor".

Ninguno de nosotros apartó la mirada ante aquella escena, una pequeña ventaja de formar parte del cuerpo de exploración. Estábamos demasiado acostumbrados a ver muertos. "Aunque no tan jóvenes".

El grupo empezó a examinar la sala sin alejarnos de la entrada. Una estructura metálica unida a la pared y al suelo captó la atención de Arlelt. Se acercó a la estructura, que tenía forma prismática y medía poco más de un metro de altura. Tenía una abertura en el centro que estaba llena de un fluido amarillento. Armin introdujo la mano y olisqueó el líquido. "Aceite..." murmuró. Abrió la lámpara que llevaba, cogió la antorcha, la encendió y la lanzó por el hueco. Segundos más tarde, la habitación se iluminó revelando la enorme amplitud del lugar. "Menudo sistema de iluminación. ¿Cómo coño lo habrán montado?".

— ¿Cómo sabías que no se incendiaria la sala? — le pregunté al rubio.

— Pues... — titubeó a la vez que se rascó la nuca — no lo sabía. Me arriesgué — contestó encogiendo los hombros.

Sonreí mentalmente y me giré hacia el resto para dar instrucciones.

— Bien, mocosos, id con cuidado y avisad si necesitáis ayud... ¡Hange! — grité. La aludida dio un respingo y dejó de manosear un cadáver estirado encima de una mesa.

— Está caliente, Levi — respondió con los ojos brillantes señalando el cuerpo.

Armin, tan curioso como siempre, se acercó a Hange rápidamente y comenzaron a discutir mientras examinaban el muerto. Eren y Jean se miraron y decidieron recorrer la sala. Yo me resigné a captar su atención y también opté por husmear la habitación. "Definitivamente no quiero escuchar parlotear a esos dos".

El suelo de piedra blanca estaba lleno de polvo, al igual que la mayoría de superficies a la vista. "Qué asco. Está claro que hace tiempo que nadie se pasea por aquí, porque este sitio necesita una limpieza urgente". Observé mis inmediaciones. Justo delante de mí había unos cuantos armarios y estanterías en la pared, un escritorio con utensilios, una mesa de disección, otra en la que había un cuerpo encima, unas cuantas cajas de cristal rotas con algunos cadáveres o trozos de estos. "No quiero imaginar lo que hay dentro de esos armarios". Había algún muerto tirado por el suelo, como si el Dr. Jaeger hubiera tenido que salir a toda prisa dejando el trabajo a medias. A algunos cuerpos les faltaban partes: uno o ambos brazos, alguna pierna o parte de ella, la cabeza, la mitad inferior, la superior... Además, había sangre seca y entrañas alrededor de las heridas. "Una vista absolutamente maravillosa", pensé sarcásticamente. Me acerqué para tocar un cadáver sin la mitad inferior del cuerpo. Estaba demacrado por la descomposición y había un charco de putrefacción a su alrededor. Me coloqué unos guantes que llevaba en el bolsillo y tragué saliva al darme cuenta de que era un niño castaño de unos seis o siete años. "Está frío, absolutamente rígido y huele fatal". A dos pasos, había otro sin cabeza. También era un crío. Le cogí la mano. "Igual que el anterior: frío, rígido y a medio descomponer." pensé.

"El cadáver que ha tocado antes Hange no estaba putrefacto. Además, estaba caliente". Impulsado por mi intuición, decidí buscar un cadáver sin descomponer. Me desplacé hacia mi izquierda y lo encontré encima de una mesa de disección. Era más mayor que los otros dos, pero todavía era joven. Tenía el aspecto de un chico de trece o catorce años. Tenía el cabello castaño y estaba desnudo. "¿Sólo experimentaba con niños? ¿Por qué? ¿Más fáciles de controlar? O...". Un escalofrío recorrió mi espalda junto con un recuerdo desagradable. Lo deseché de mi mente y me volví a centrar en aquel misterio. Alargué la mano para tocarlo. Desprendía un calor agradable. Le flexioné la mano sin ninguna dificultad. No estaba rígido ni medio descompuesto. "No huele mal" pensé olisqueándolo. Comprobé si respiraba. "Negativo". Luego, si el corazón le latía. "No está vivo, pero ¿está muerto?". Una cosa estaba clara, el cuerpo se conservaba mejor. Saqué una de mis espadas y le realicé un corte en la mano. Sangró suavemente, expulsó algo de humo y luego la herida se cerró. Pero el chico no despertó.

"Es probable que el doctor Jaeger hiciera experimentos con humanos para intentar crear titanes. ¿Serían aquellos otros críos seccionados experimentos fallidos? Quién sabe". Volví sobre mis pasos hasta volver al escritorio. Entre los objetos que podía reconocer, había unos cuantos papeles encima la mesa, lápices, vasos de precipitados, tubos de ensayo, pipetas, matraces, bisturís, tijeras, pinzas y montones de botellas con etiquetas.

Curioseé los papeles. Había informes, anotaciones y lo que parecía ser un diario de los progresos. Uno de los botes estaba tumbado y había derramado su contenido sobre algunos informes, manchándolos. "¿El Dr. Jaeger no se dio cuenta? ¿O ha entrado otra persona antes que nosotros a curiosear?". Las manchas estaban secas y el bote estaba vacío. "El contenido se ha evaporado hace mucho tiempo". Dejé aquel frasco en su lugar bien puesto, cogí un informe limpio al azar y comencé a leer.

Nombre: Alger Metzler

Fecha de nacimiento: 23 de junio de 838

Lugar de nacimiento: Muralla de María. Tübingen.

Progenitores: Riter y Senta Metzler

Causa de la muerte en el nacimiento: "Fallo cardíaco".

24 de junio 838

Inyección intravenosa de Ang. 3 ml. Alimentación cada 4 horas. Contenedor D7: vacío.

Abrí los ojos ligeramente sorprendido. Aquel dato no tenía sentido. "Si el niño está muerto, ¿por qué coño lo alimenta cada 4 horas? ¿O acaso el crío no estaba muerto?". Seguí leyendo.

25 de junio de 838

Inyección intravenosa de Ang. 4 ml. Alimentación cada 4 horas. Contenedor D7: vacío.

26 de junio de 838

Inyección intra. de Ang. 4 ml + Etc. 0.25 ml. Alimentación: 4 horas. Contenedor D7: vacío.

27 de junio de 838

Inyección intra. de Ang. 4 ml + Etc. 0.5 ml. Alimenta...

"¿Inyección de qué? No entiendo una mierda". Miré por encima del escritorio a ver si encontraba alguna botella con una de las sustancias mencionadas. No tuve suerte. "Tal vez en el frasco esté el nombre completo y en los informes sólo hay la abreviatura que utiliza el Dr. Jaeger. Esto es trabajo para el mocoso rubio, no para mí". Dejé escapar un suave suspiro, miré por encima el resto de páginas y decidí pasar al final para ver si había cambios.

9 de mayo de 845

Contenedor D7: llena de TLS. Sin cambios.

Cuerpo: temperatura estable (37 ºC). No hay respiración, no hay latidos. Inyec. I. de HFG 10 ml + 5 ml KJN.

10 de mayo de 845

Contenedor D7: llena de TLS. Sin cambios.

Cuerpo: temperatura estable (37 ºC). No hay respiración, no hay latidos. Inyec. I. de HFG...

Suspiré y dejé de leer el informe indescifrable para mí. "Aquí se lo pasará bien Hange, no yo. Tsk". Decidí buscar el contenedor D7 por los alrededores. Me desplacé unos cuantos metros hacia mi derecha. Encontré la caja de vidrio o, como lo llamaba el doctor, contenedor. Estaba abierto. Dentro había un cadáver de un crío de unos catorce o quince años y alrededor de éste un líquido verdoso que lo cubría parcialmente. El mocoso estaba desnudo, como todos los cuerpos que había visto hasta el momento, y había una mascarilla oscura a su lado. Introduje la mano con algo de asco en el contenedor y toqué la cara de aquél chico aún con los guantes puestos. Estaba caliente, blandito y algo viscoso. "Joder, qué asco". Comprobé si respiraba y si le latía el corazón. Nada.

— Levi — oí que me llamaba Hange por la espalda —, hay un montón de documentación sobre los experimentos que se estaban realizando. Desconozco qué información será útil, pero luego iré a buscar un equipo para llevarnos todos los papeles que podamos. Y ahora ven a ver esto — dijo girándose —. Los mocosos han encontrado algo de su gusto — y me sonrió pícaramente.

Seguí a Hange hasta el otro extremo de la habitación. Eren, Jean y Armin miraban embobados el contenido de una caja de cristal absolutamente hermética. Dentro había una chica de su misma edad. Estaba sumergida en el mismo líquido verdoso que había visto antes y llevaba una máscara negra que le cubría la nariz y la boca. La mocosa tenía el pelo negro hasta los pies, la piel blanca, los ojos cerrados y estaba desnuda. "Mocosos pervertidos". No podía negar que la chica era atractiva y comprendía las miradas indecentes de los mocosos.

— Qué lástima... — murmuró Jean sin apartar la mirada del contenedor.

— Hay otras cajas de cristal como éstas. Pero algunas están rotas y otras abiertas — señaló Armin —. Ésta está completamente cerrada. Podríamos abrirla.

— ¿Si la sacamos y se transforma en titán o en algo peor, qué haremos? ¿Matarla? — preguntó Eren acariciando el cristal.

— Probablemente esté muerta, mocoso. Os dejo abrir la caja, pero antes aseguraos de que la chica no es peligrosa. Además, tened cuidado con el líquido verdoso. Podría ser tóxico o nocivo. ¡Yo que sé! No tengo ni puta idea — contesté.

Arlelt asintió y salió corriendo en busca de los informes para conocer la peligrosidad de la mocosa y el líquido de aspecto extraño. Hange lo siguió.

— ¿Os gusta este cuerpo femenino y desnudo? — pregunté con socarronería a los dos mocosos que quedaban.

Eren y Jean se sonrojaron ligeramente, dejaron de mirarla y se fueron a curiosear a otro lado. Por el contrario, yo me quedé observándola. Tenía los ojos rasgados con unas pestañas largas. "Unas facciones exóticas". Nunca había visto una persona con aquellos rasgos. Me apoyé suavemente en el cristal mientras la miraba. "¿De dónde habrá sacado el padre de Eren tantas personas? La mayoría son niños". Probablemente en la documentación sepamos de dónde los conseguía o quién se los traía. "Tal vez usaba niños que nadie echaría de menos. Niños abandonados o de las ciudades subterráneas". Un sabor amargo me recorrió la boca.

Sacudí la cabeza levemente y volví a centrarme en la realidad. Miré otra vez a la mocosa, que parecía una muñeca de porcelana. Su piel era pálida y parecía suave. Daban ganas de acariciarla. Los ojos cerrados estaban cubiertos por unas pestañas largas, tupidas y negras. "¿De qué color serían tus ojos, chica? ¿Marrones como Sasha? ¿Azules como Historia? ¿Verdes como Eren? ¿También tienes nombre como ese chico de antes?". Busqué en el contenedor el número para intentar identificarla más tarde. Me agaché y lo vi: G2. "Sólo hay que buscar un informe que ponga G2 entre un montón de documentación. Será fácil", pensé sarcásticamente.

Hange llegó a mi lado con los ojos brillantes de expectación. Se agachó, gateó hasta encontrar una pequeña palanca y la estiró. El contenedor comenzó a vaciarse. Hange se frotó las manos y casi podía verla babear.

— Abrámoslo — dijo con la misma voz que un niño cuando ve un pastel de chocolate recién salido del horno.

— ¿Estás segura de que no es peligrosa? — Me crucé de brazos esperando una respuesta que nunca llegó.

"Es una impaciente" pensé. Pasado un minuto, el contenedor quedó vacío completamente y Hange levantó la tapa de cristal a base de fuerza bruta. Dejó la tapa a un lado, apoyada en el lateral del contenedor. La loca metió medio cuerpo dentro de la caja de cristal y le quitó la mascarilla a la mocosa. Lanzó la máscara al suelo sin cuidado. Entonces, acercó tanto su cara a la de la chica que perdió el equilibrio. Yo reaccioné a tiempo y la cogí antes de que se cayera encima de la mocosa. No obstante, durante la acción, su pie golpeó la tapa y ésta cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos con un sonoro crujido.

— ¡Ups! Gracias, enano — dijo la cuatro ojos recuperando el equilibrio. Sus manos sucias me tocaron la chaqueta.

— Vigila un poco más, loca — solté irritado. "No me gusta que me llamen enano y menos que me ensucien la ropa". Intenté quitarme un pedazo de masa viscosa con el dorso de la mano.

Hange no contestó al insulto. Tiró de mi manga para llamar mi atención y señaló el interior del contenedor.

Unos preciosos ojos de color acero captaron toda mi atención.


Hola a todos! ^^

Primero quiero daros las gracias a todos aquellos que me habéis puesto fav, follow o escrito algún review ^^ ¡Me animan mucho a seguir escribiendo! Me encantaría contestar a todos los comentarios pero no puedo dirigirme a vosotros si vuestro review es anónimo u.u' (Si ponéis un review desde la cuenta de fanfiction os daré respuestas personalizadas ^^). Por cierto, esto es un LevixMikasa, aunque ahora parezca un poco LevixPetra xD

¿Qué os ha parecido este capítulo? ¿Qué parte os ha gustado más? ¿Cúal menos? Si hay algo que no se entiende, decídmelo y lo arreglo xD ¡Espero que me escribáis algún comentario con vuestra opinión! ¡Muchos besos!

¡Nos leemos!

Txelleta