A/N: Sé que muchos queríais saber qué pasaba después de aquél one-shot, y para qué engañarnos, yo me moría por escribirlo. La verdad es que, aunque he pensado en dividir esto en dos o tres capítulos, al final me he decidido por otro O/S que pueda detallar y al mismo tiempo resumir. Estoy bastante satisfecha con el resultado, y la verdad es que he disfrutado muchísimo escribiendo para este pequeño universo.

Espero que vosotros disfrutéis tanto como yo leyéndolo.


Daryl dejó que Beth le partiera unos cuantos dedos mientras le sujetaba la mano con fuerza, al tiempo que trataba de controlar los latidos de su propio corazón.

—Bueno, vamos a ver—sonrió la ginecóloga mientras se colocaba frente a Beth, que respiró profundamente—. ¿Preparada?

Ella se limitó a asentir enérgicamente mientras le sujetaba con aún más intensidad la mano.

—Muy bien, no hay necesidad de estar nerviosa —le aseguró ella mientras le apretaba una rodilla con suavidad—. Bien, a ver… —Daryl no estaba seguro de lo que estaba pasando bajo la sábana que había sobre las piernas de Beth (y tampoco es que quisiera averiguarlo), pero fuera lo que fuera, tuvo que dolerle, porque cerró los ojos e hizo una mueca.

— ¿Estás bien? —le preguntó en un susurro. Beth volvió a abrirlos y asintió.

—Es que es molesto, eso es todo —le aseguró en el mismo tono. Daryl iba a abrir la boca para contestar, pero entonces algo le detuvo.

Un rápido y constante latido.

Giró el cuello bruscamente para mirar a la pantalla, y de pronto, ya ni siquiera le importó que Beth pudiera necrosarle la mano.

—Sí, estás embarazada, Beth. De unas ocho semanas —la doctora Chambler sonrió ampliamente—. Felicidades, papás.

Daryl nunca había sido un hombre impresionable. Había tenido una infancia de pesadilla y había cazado casi desde que tenía uso de razón, así que había pocas cosas que pudieran ponerle enfermo. Sin embargo, tuvo la sensación de que la habitación había empezado a dar vueltas repentinamente, y se sintió aliviado de que Beth le tuviera cogido de la mano, porque sentía que iba a caerse de un momento a otro.

Bajó la mirada y vio que Beth tenía los ojos inundados de lágrimas, pero tenía una sonrisa que le cubría toda la cara. Reía y lloraba al mismo tiempo, y él no pudo evitar agacharse para darle un beso en la sien y apoyarse contra ella, tratando de contener un suspiro tembloroso.

— ¿Cómo es? —susurró ella. Daryl se separó un poco y giró la vista hacia la pantalla de nuevo. Era una imagen oscura y apenas se distinguía nada excepto por un pequeño bultito blanco, casi sin formar.

—Es… —comenzó él, sin saber muy bien cómo continuar—, es pequeño.

Beth rió suavemente, con la voz aún temblando por los nervios y la emoción.

—Sí, lo sé —contestó—, ¿y qué más?

—Tiene… tiene forma de cacahuete —Beth rió con más fuerza—. Se le ve la cabecita, pero aún no puedo ver más… y tiene…

—Si se fija aquí —le indicó la doctora con amabilidad, señalando a la pantalla—, esto de aquí son los pies. Ahora mismo debe de estar durmiendo o ser un niño buenísimo, porque no se mueve —y sonrió.

— ¿Aún no se sabe si es niño o niña? —preguntó Beth.

—Es pronto todavía —contestó la ginecóloga—, pero de momento puedo decirte que el bebé está perfectamente sano.

Beth suspiró, aliviada y sin borrar la sonrisa ni un instante.

—Gracias a Dios —murmuró.

—Calculo que nacerá a mitad de abril, quizá a finales —continuó, mientras quitaba el transductor con cuidado—. Ya puedes vestirte, Beth.

Beth bajó las piernas y Daryl la sujetó para acompañarla a vestirse. Su bastón seguía colocado junto a su ropa, y ella lo cogió para llegar hasta el escritorio y tomar asiento. Su afloje no había disminuido lo más mínimo.

—Bien, papás —dijo la doctora Chambler, al tiempo que le pasaba un sobre a Daryl—. También tengo que deciros que vuestro bebé es muy fotogénico.

Daryl no pudo evitar sonreír ligeramente ante eso.

—No tenéis que preocuparos por nada, ¿de acuerdo? Beth, puedes seguir haciendo vida normal, aunque ahora vas a tener que empezar a tomarte las cosas con un poco más de calma. Haz ejercicio moderado, come sano, no bebas, no fumes… bueno, creo que ya lo sabes.

—Gracias, doctora —sonrió ella, limpiándose las lágrimas.

La mente de Daryl se situó a dos días atrás, un viernes por la noche en la que Beth había llegado a casa acompañada de Maggie. Daryl, que estaba poniendo la mesa, se acercó a darle un beso, pero ella se apartó y negó con la cabeza. Él frunció el ceño, confundido.

—Ha estado vomitando —le explicó Maggie, y su ceño se profundizó, lleno de preocupación—. Creo que no está lista para la comida india.

Beth se sujetó a Daryl instintivamente y él no dudó en pasarle una mano por debajo de las rodillas y otra por la espalda para levantarla. Maggie tomó su bastón y bolso mientras él la llevaba al dormitorio. Daryl la depositó con cuidado en la cama y Maggie le tendió una bolsa.

—He comprado bebida isotónica, para que recupere líquidos —le explicó.

—Gracias —contestó Daryl, aceptando la bolsa.

—Tengo que irme, he aparcado en doble fila, pero, ¿podrías llamarme mañana para decirme cómo sigue?

Daryl asintió y ella asintió y le dio un rápido abrazo antes de marcharse.

Daryl se volvió y se sentó junto a Beth en la cama, dejando la bolsa en la mesita de noche y poniéndole una mano en la frente.

—No tengo fiebre —se quejó ella débilmente—. Estoy bien.

—La gente no se pasa la tarde vomitando por estar bien, Beth —replicó él. La ayudó a incorporarse y le acercó la botella—. Toma, bebe un poco.

Beth dio pequeños sorbitos y apoyó la cabeza en el cabecero de la cama, agotada.

—Creí que tú nunca te ponías enferma —comentó él.

—Y no lo hago —susurró ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Bueno, se ve que las defensas Greene han fallado esta vez —la chinchó con suavidad. Beth sonrió.

—No es verdad —replicó suavemente, y hubo algo en su tono que le hizo girarse y mirarla inquisitivamente. Sólo necesitó un par de segundos hasta que cayó en la cuenta.

— ¿Estás segura? —preguntó, sintiendo un nudo en la garganta.

—Bueno, no al cien por cien, pero lo noto. Estaba esperando a llegar a casa para verlo. ¿Podrías traerme mi bolso?

—No tenemos que hacerlo ahora —contestó él—. Acabas de vomitar hasta los intestinos, descansa un poco.

—Daryl, estoy bien —repuso Beth con firmeza—. No podría estar más contenta de vomitar, te lo aseguro. ¿Me ayudas a ir al baño?

Él hizo un ruido afirmativo antes de cogerla otra vez en brazos.

—Daryl, puedo andar —rió.

—Demasiado lento —contestó él en voz baja, y Beth no pudo evitar apoyar la cabeza contra su cuello, sonriendo ampliamente.

Estuvo allí, sentado en la cama frente a su baño, esperando hasta que saliera. Y cuando por fin apareció el signo positivo, Daryl se quedó mirando al test durante un buen rato, en silencio.

— ¿Y bien? —preguntó ella, el nerviosismo patente en su voz.

—Es… —su voz se perdió en medio del caos de sus pensamientos—, es positivo.

No había terminado de decirlo cuando ella se lanzó a sus brazos, estrujándole con una fuerza sorprendente para su tamaño. Y a pesar de que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho y de que tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar, también hubo algo en él que le impulsó a abrazarla y a ocultar la cara en su pelo para contener la enorme sonrisa que luchaba por salir.

Fue Beth soltándole la mano para ponerse en pie lo que le hizo reaccionar. Le estrechó la mano a la doctora y ambos salieron de la consulta, sin dejar de tocarse en ningún momento. Beth estaba radiante, prácticamente brillando, mientras caminaban en dirección a casa.

— ¿Te lo puedes creer? Ocho semanas. Creí que tardaría más, pero… Dios, estoy tan feliz —suspiró, echando la cabeza hacia atrás para soltar una carcajada—. Es increíble.

Daryl no podía evitar sonreír al verla. Beth estaba casi dando saltitos a su lado, tratando de contener las risitas de alegría.

—Habrá que contarlo —dijo de pronto—. A mi familia, a Merle, a nuestros amigos…

—No hace falta darse prisa —respondió él—. El crío no se va a mover de ahí en otros siete meses.

Pero ella ya se estaba lanzando hacia él otra vez, hundiendo la cara en su pecho y respirando temblorosamente.

—Vamos a ser padres —murmuró. Él le puso una mano en la cabeza y empezó a acariciarle el pelo con suavidad.

—Sí —contestó, en el mismo tono.

—Te quiero muchísimo —susurró, poniéndose de puntillas para darle un pequeño beso—. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero —repetía, intercalando frases con besos, hasta que al final él la sujetó para que ella no siguiera separándose. Beth no tuvo ningún problema con eso.


Beth no sabía que estar embarazada suponía tantas cosas. Era bastante inexperta en el campo: su madre no estaba allí para aconsejarla, y Maggie tampoco era madre, así que no tenía ni idea de lo que le esperaba, y a pesar de que había estado leyendo cada libro que había podido encontrar, ninguno la preparó para lo que realmente la esperaba.

Para las náuseas "matutinas", que se repetían por el mediodía, tarde, noche y madrugada, lo que le hacía tener que escabullirse lo más rápido posible por cualquier rincón. La cosa se complicaba cuando iba sola por la calle y no tenía claro si iba a ser capaz de vomitar en un rincón de la calle o si se lo echaría a un pobre por la calle.

Para los tobillos hinchados y la sensación de que alguien (bueno, alguien) estaba utilizando su espalda de saco de boxeo.

Para el cansancio constante que la agotaba con la más simple de las tareas (Beth se reía ahora del ejercicio moderado que le había recomendado la doctora).

Para las hormonas que la hacían sentir como si no tuviera control de su propio cuerpo (como así era). Un segundo estaba enfadada con el mundo y le molestaba hasta escuchar a Daryl respirar a su lado; al otro se sentía mal por haberse enfadado con él cuando lo único que hacía era ser un cielo con ella, y se le saltaban las lágrimas; luego se sentía eufórica por tener a alguien tan maravilloso con ella a su lado; y finalmente llegaba al momento en el que oírle respirar sólo hacía que quisiera arrastrarle al dormitorio con ella.

Pero sobretodo, estaba convencida de que ningún libro, ninguna clase podía haberla preparado para tener que afrontar el miedo a no saber hacer las cosas bien: a que pudiera pasarle cualquier cosa al bebé, a que pudiera caerse y hacerle daño, a beber algo perjudicial, a coger un resfriado y que él o ella también lo cogiera, a tener siquiera que respirar el humo de alguien que estuviera fumando a su lado.

Se preguntó si su madre sentiría siempre este miedo, y cómo era capaz de soportarlo.

Era el mismo miedo que la perseguía visita tras visita al médico, cuando la doctora les aseguraba que todo iba perfectamente y que el bebé estaba tan sano como podía estarlo. El mismo que la mantenía despierta cuando por la noche su pequeñín o pequeñina había dejado de dar patadas y le entraba la preocupación de que le pasara algo malo, porque siempre le daba patadas por la noche. Era el mismo miedo que Daryl tenía que calmar cada noche, mientras se tumbaban, ella boca arriba y él de lado, con una mano puesta sobre su creciente vientre.

— ¿Quieres que sea niño o niña? —preguntó ella una vez, su voz suave en mitad de la noche. La recibió un gruñido por respuesta.

—Sólo quiero que esté sano —contestó, y Beth sonrió porque era exactamente lo que había esperado oír. Colocó una mano sobre la suya y cerró los ojos.

— ¿Cómo se llamaba tu madre? —dijo de pronto, y sintió que su mano se tensaba ligeramente.

—Julie —contestó al cabo de unos segundos.

—Si tenemos una niña… —bostezó con suavidad—, podríamos llamarla Julie.

Otro silencio.

—Estaría bien —susurró, y Beth le estrechó la mano con cuidado.


Le quedaban dos semanas para salir de cuentas cuando empezaron las contracciones. Era sábado, y Daryl había ido de caza con Merle durante el fin de semana.

—Vaya… momento —consiguió murmurar entre dientes, al tiempo que iba a por su móvil, tratando de no doblarse de dolor por las contracciones para poder marcar el número. Maggie tardó menos de cinco minutos en aparecer, y eso preocupó a Beth ligeramente porque su hermana vivía a casi media hora en coche de allí, pero en aquellos momentos su mente estaba bastante lejos de la forma de conducir de Maggie, que por cierto parecía estar al borde del colapso nervioso.

— ¿Estás bien? ¿Quieres agua? ¿Quieres que paremos? Oh, dios mío, dime que no vas a romper aguas aquí —estaba tan histérica que sólo ponía a Beth más nerviosa.

—Maggie, necesito que encuentres a Daryl —respondió ella, aferrándose a cualquier sitio posible, y uno de ellos resultó ser el brazo de Maggie, en el que clavó las uñas con todas sus fuerzas.

—Beth, creo que si no me sueltas la que va a empezar a gritar de dolor soy yo —soltó Maggie en un quejido, mientras trataba de conducir a toda velocidad al tiempo que buscaba su móvil. De pronto, y justo cuando lo había encontrado, se les cruzó un coche y Maggie pegó un frenazo, no sin antes chocarse contra el lateral. Beth soltó un grito y Maggie soltó otro, aterrorizada.

—Beth, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien, ha sido el susto —contestó ella, respirando agitadamente—. ¿Qué ha pasado?

— ¡Un imbécil se nos ha cruzado! —salió del coche de golpe, dejando sola a Beth, no paraba de mecerse hacia delante y hacia atrás para calmar las contracciones.

—Ya está, ya está… —suspiró, acariciándose el vientre. A pesar de que estaba dentro del coche, las ventanillas estaban bajadas, y podía oír la conversación perfectamente.

— ¡GILIPOLLAS! ¿QUÉ COÑO CREES QUE HACES, EH? ¡CASI NOS MATAMOS POR TU CULPA!

— ¡Señorita, se ha saltado un stop!

— ¡Y una mierda!

— ¡Le aconsejo que relaje ese tono, soy agente de policía!

— ¿Sí? ¡Pues le diré algo, señor-agente-de-policía, mi hermana muy preñada está en ese coche y está de parto!

Momentáneo silencio.

— ¿De parto?

— ¡Sí, genio, de parto! ¡Así que más te vale encontrar una forma de llevarla al hospital a tiempo o vas a tener que hacer de médico y sacar tú al bebé!

—De acuerdo, de acuerdo —y algo más que Beth no alcanzó a distinguir. Un minuto después, Maggie abría su puerta para sacarla.

—Vamos, Bethy, eso es.

— ¿A dónde vamos?

—Tú tranquila —le dijo ella, pero eso no la calmó mucho. De pronto, Beth oyó las sirenas de los coches de policía y se tensó—. Todo va bien. El agente ese, Grimes, ha llamado a una ambulancia. Bethy, ¡nos va a escoltar un coche patrulla! —soltó, emocionada—. ¿No mola?

—Molaría más si no tuviera un bebé tratando de salir de mí- ¡joder! —exclamó, doblándose.

—Sí que tiene que dolerte para que sueltes un taco —comentó Maggie como si nada.

—Oh, ¿tú crees? Maggie —dijo, y la sujetó con fuerza del brazo, antes de acercarla a ella—. Trae a Daryl.


Glenn, el novio de Maggie, recibe un mensaje de Maggie para que avise a Daryl. Glenn llama a Daryl. Sin respuesta. Maggie dice "insiste". Sigue sin contestar. Glenn llama cuatro veces más, hasta que, cansado de aquella situación, coge el coche y se dirige hacia su casa, con la esperanza de que Daryl haya llegado antes de lo esperado a casa. Sin éxito.

Frustrado, y presintiendo que acabaría siendo asesinado por alguien si no conseguía avisar a Daryl de que Beth se había puesto de parto, Glenn decide ir a buscarles directamente, guiado por las escasas indicaciones que Maggie le da de parte de una llorosa y muy adolorida Beth sobre dónde podrían estar. Cuando escucha los gritos por detrás de la voz de Maggie, de pronto la idea de perderse en los bosques de Georgia en busca de los hermanos Dixon no le parece tan aterradora.

Así que coge el coche y se dirige hacia allí, donde, para su sorpresa, se encuentra la camioneta de Daryl aparcada cerca de la carretera. Glenn se acerca al vehículo y descubre que Daryl se ha dejado el móvil dentro. Glenn trata de contenerse para no darse cabezazos contra el árbol más cercano mientras intenta pensar qué hacer. En un ataque de valentía, se dirige a toda velocidad hacia el bosque, sin detenerse a pensar dos veces en qué dirección está yendo. En un momento dado, casi media hora después, tan metido en la emoción y el agobio del momento como está, no ve el hueco en el suelo y se dobla el tobillo, rodando un par de metros por la ligera cuesta hasta aterrizar a los pies de los hermanos Dixon.

—Anda, mira, si ahora reparten comida china a todos lados —comenta Merle.

—Cierra el pico —gruñe Daryl, agachándose a su lado—. ¿Qué coño haces aquí?

—Beth… bebé… viene —consigue articular Glenn, mientras se sujeta el tobillo con fuerza. De pronto Daryl está blanco y ha empezado a correr en dirección a la camioneta, con Merle tras él—. ¡EH! ¡Esperad!

Merle retrocede lo justo para levantarle por un brazo y prácticamente arrastrarle de camino a la camioneta, mientras Daryl se contiene para no pisar el acelerador y largarse lo antes posible.


Hay muchas cosas para la que los libros no prepararon a Beth. El miedo, la confusión, las dudas, las inseguridades…

Pero si hay algo de lo que sí está convencida es de que no hay libro en el mundo capaz de prepararte para el sentimiento que la embarga cuando escucha el llanto de su bebé, justo antes de que esté en sus brazos.

—Felicidades, es una niña —les felicita la doctora. Beth está temblando, y está exhausta, y dolorida, pero todo se le olvida tan pronto como siente a su hija cerca. La estrecha con cuidado, pegándola a su pecho para que pueda oír sus latidos. De pronto el llanto cesa y siente su manita contra su clavícula, abriendo y cerrando el puñito con cuidado.

—Daryl —solloza ella entonces, y puede sentirle ahí, a su lado. No recuerda el momento exacto en el que entró durante el parto, sólo que el alivio fue tan inmenso, que casi no le dolió la siguiente contracción—. Mira.

Y entonces una enfermera coge a su niña para poder lavarla, y una vez que se la han devuelto, están los dos solos en la habitación, él sentado en la cama, a su lado, y ella tumbada, sudorosa y con el cuerpo a punto de apagarse en cualquier momento.

—Cógela —le susurra ella, haciendo amago de dársela. Sus manos parecen titubear un segundo antes de que envuelvan a la pequeña con cuidado. Beth echa la cabeza contra la almohada y se limpia una lágrima solitaria—. Es nuestra hija.

—Sí —susurra Daryl, pero no parece estar escuchándola. Beth no puede verle, y aún así sabe que debe de estar igual de embelesado por la niña que ella. Sabe que a partir de entonces, no habrá nada que su pequeña no pueda conseguir de su padre—. Nuestra —dice entonces, y se acerca para darle un beso en la cabeza. Beth suspira de alivio.

Esa noche, Beth convence a Daryl para que suba a la cama, y Julie duerme entre los dos, protegida por los brazos de sus padres. Son altas horas de la madrugada cuando Beth abre los ojos, despierta sin ningún motivo, y entonces su mano se alza con cuidado para poder acariciar la carita de Julie con una suavidad pasmosa. Recorre cada trazo, cada rasgo, y de pronto mueve la mano y la coloca sobre la cara de Daryl, que duerme profundamente a su lado, y repite el proceso.

Y en ese momento tiene que contenerse para no llorar, porque su niña es tal y como la imaginaba. Un calco de su padre.


A/N: C'est finit! Sí, el tiempo verbal pasa de pasado a presente justo cuando el parto se pone serio, soy consciente, y también le he añadido un punto de humor al final (muy leve, porque no soy humorista precisamente), porque sentía que la historia había alcanzado el momento actual. Ahora ya sólo queda el futuro.

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