Los libros de Harry Potter no me pertenecen, son de J.K Rowling y de quienes sean sus derechos. Escribo esto por puro gusto personal, y para alegrar a otros fans, y no quiero ni busco nada a cambio. Gracias.
Advertencia: Esta historia contiene yaoi, es decir, amor entre hombres, criaturas sobrenaturales, escenas de índole sexual, muerte de personajes (no Draco), y tortura.
Dark Draco.
Sumario: Draco no era capaz de matar, pero todo lo que amaba dependía de que acabara con una sola persona. ¿Qué otra cosa podía hacer, salvo aceptar el abrazo de una oscuridad más profunda que el avismo?
Draco/Draco Draco/Voldemort
Nota: La verdad, y siendo sincera, este cap no me gusta nada. No he conseguido captar casi nada de lo quería. Estoy frustrada _ _ pero como seguir dándole vueltas solo me frustraba aún más, pues al final me he rendido.
Besos a todos y gracias por aguantar las vacaciones de mis musas. (Por favor, no me matéis ¿sí?)
Oscurita xuxu: Muchas gracias por animarme tanto. ^^ La verdad es que me sorprendió que mi historia te recordara a los relatos de Poe, la comparación me hizo sentir tan apreciada y feliz… y Dios… lamento tanto sentir que en este cap he fallado a ese espíritu que tanto te gustó en el primero. Pero lo arreglaré, no sé cómo, pero lo haré. No voy a decepcionarte más si puedo evitarlo. Si hace falta encadenaré a mi muso hasta que reaccione. XD
Me encantó que me dejaras review en la corrección también, eres un cielo. ^^ Besazos.
PrincessPanchali: Hola Princess ^^ Sip, a mí también me dan asco los gusanos. XD Lo siento por lo de Voldi, en este cap no sale aún, pero en el siguiente ya estará aquí con toda su malvada magnificencia. XD
Torres de Cristal: Hola majísima ^^ Me alegro que te gustara el anterior cap, peor ya sabes que no te puedo contar nada, es secreto ;D Aún así gracias miles por seguir aquí a pesar de todo, y abrazos. ^^
Murtilla: Hola Murtilla ^^ Um… como siempre veo que tienes muchas ideas y dudas. Eso me encanta ^^ Pero tú sabes que no te las puedo contestar, jujuju tendrás que leerlo XD (Soy malísima) Solo diré una cosa, has acertado… en algo. XD
wendy1980: Me alegro muchísimo que el cap te gustara tanto Wendy ^^ Ya lo siento ser tan lenta en actualizar, estoy intentando mejorar en eso, pero me cuesta. ¿Misterioso, e? jujuju ya verás. XD besos.
ShirayGaunt: ^/^ Gracias.
Kittywolf: Gracias miles por tantos ánimos ^^ Espero que este cap no et decepcione demasiado. Besos ^^
Bienvenidos a:
Sombra de mí
Capítulo 2- Llamada
No había tropezado con una baldosa suelta, como había creído, había tropezado con un escalón. El primero de una estrecha escalinata de viejísima piedra negra, que acababa de aparecer de la nada, hacía las profundidades de los cimientos de Malfoy mannor.
Se incorporó lentamente.
En medio del desastre que había asolado la biblioteca los últimos papeles tocaban el suelo, y el polvo acumulado durante meses se posaba después del vendaval que lo había levantado, cayendo del aire como una silenciosa lluvia blanca.
Draco sabía que la delicada sustancia debía estar adhiriéndosele a la ropa, al pelo, a la piel, como una capa de glaseado sucio. Pero no le importaba. Toda su atención estaba en la entrada que había aparecido bajo las losas del suelo.
Dejó que la fina película de gasa, se acumulara lentamente, entre los pliegues arrugados de la túnica que aún no se había cambiado desde el día anterior. Sobre su piel ceniza marcada de cansancio. Y en los mechones rubio desvaído, desordenados, y erráticos. Cubriéndole de un aspecto aún más desvaído y triste. Al final parecía el fantasma de su propia casa en que tanto temía convertirse.
Inclinó ligeramente la cabeza, escuchando atentamente. Había un sonido extraño… un murmullo que parecía venir de la abertura bajo el suelo. Un sonido que de algún modo, se dio cuenta, no estaba percibiendo con su cuerpo físico. Algo ahí abajo estaba buscándole, agarrándose a los bordes de su magia. Llamándole. Queriendo su presencia con una voz casi ahogada, desesperada e imperiosa, que no podía ser ignorada.
"¿Qué…?" Era… familiar. Tan familiar y conocida como su propio hogar.
Se acercó un paso, atraído y extrañado a un tiempo.
Y su mente lo identificó.
Lo que se le hacía tan suyo como su propia madre, era la magia tenebrosa y arcaica que la componía. El poder de la sangre antigua, y de la magia negra, que corría por los Malfoy tan certeramente como por las venas de toda familia tenebrosa. Y la combinación resultaba tan tentadora, tan conocida y cálida… como peligrosa. Sería estúpido si se acercaba allí sin saber lo que podía haber en las profundidades de piedra.
Dio un paso atrás.
Comenzó a dar la vuelta… La llamada se hizo más débil con su retirada, pero también más triste, más dulce.
Más insistente.
Tragó saliva, tratando de resistirse.
"No sé lo que puede haber ahí, es demasiado peligroso. No debo… " Pero esa era la cuestión, ¿no? No sabía lo que había allí. Sus padres nunca le habían hablado de aquel pasadizo. Su mente le siseó por dentro, su voz peligrosamente similar a la de la llamada.
Miró tras él, a la escalera negra de piedra antigua.
Malfoy mannor era el hogar ancestral de los Malfoy, sus salas y pasillos llenos de secretos indescifrables para todo aquel que no fuera miembro del linaje. Un pasadizo bajo tierra no estaba fuera de lo común. Pero para el futuro Lord Malfoy, Draco, que había creído conocerlos todos, era más tentador que la caja propia de Pandora.
Sus padres nunca le habían hablado de aquella entrada.
¿Por qué?
La curiosidad, solo propia de los slytherin, serpenteó por sus venas uniéndose a la llamada cada vez más desesperada.
Se volvió hacia la escalinata.
En el caos que se había creado a su alrededor, con libros sembrando el suelo, páginas aún resbalando de los estantes, y de los volúmenes destrozados por el huracanado viento, la estrecha escalera sucia y gastada, parecía casi insulsa, tan sencilla... si no fuera por aquella poderosa presencia, nada la hubiera hecho atractiva. Y sin embargo, con ella, era peor que un canto de sirena.
Dio un paso adelante.
La llamada se intensificó, y su curiosidad creció con ella, espiralando juntas hacia un punto irresistible. ¿Por qué no le habían dicho nada de aquel lugar? ¿O es que ni tan siquiera sus padres habían sabido que estaba allí? La noción de algo que su padre, el poderoso Lord Malfoy, pudiera desconocer, fue lo que acabó por perderlo. La inquietud no se había ido, pero la necesidad de saber ganaba la batalla. Aquel pasadizo parecía tan anciano como los propios cimientos de la casa, quizás aún más antiguo. Y la mansión Malfoy era una de las construcciones mágicas más viejas de Inglaterra, sus bases anteriores al levantamiento de las del propio Hogwarts. Aquel secreto podía llevar oculto más de mil años. Ser un enigma traído por los primeros Malfoy.
Y por aquella misma razón sabía que no debería tocar lo que podía llevar dormido más de un milenio. No sabía lo que podía ser. Lo que podía causar. Pero ya lo había despertado, ¿no era así? Y ese algo allá abajo le llamaba, le atraía con un susurro muy dentro de su pecho que ya no hubiera podido ignorar.
Se acercó, sus pies a solo unos centímetros del primer peldaño, miró al fondo. Más allá de la débil luz anaranjada de la biblioteca, solo podía ver oscuridad.
-Lumos.- La punta de su varita se iluminó con una brillante chispa blanca, apenas suficiente para iluminar un par de metros a su alrededor, pero serviría su propósito. Extendió el brazo ante él, y dio el primer paso hacia la oscuridad.
O
Pronto la luz de la biblioteca quedó olvidada a su espalda. Y se encontró solo rodeado por la tiniebla bajo tierra, con la única pequeña llama de su varita para mantenerla a raya. La inquietud crecía en su interior por segundos. Los escalones eran muy viejos, y cada paso tenía que ser tomado con cuidado para no resbalar en la gruesa capa de polvo antiguo. La tensión aumentaba hasta hacerse insoportable. Y sin embargo, cada vez que el miedo empezaba a levantarse y comenzaba a pensar en retirarse, la llamada lo envolvía con su cálida oscuridad calmando sus temores, y Draco se encontraba continuando el camino sin saber cómo, ni por qué.
Siguió bajando. Más y más profundo. Con solo las paredes desnudas de piedra negra para orientarse, y la única compañía de sus propios sonido; sus pasos, su respiración, el golpeteo de su corazón, el frufrú de su túnica al rozar la piedra. La oscuridad empezaba a ser opresiva, demasiado a pesar de la influencia tranquilizadora de aquella magia. Se detuvo y estuvo a punto de regresar sobre sus pasos, de no seguir, pero… en el último instante algo delante de él empezó a delinearse bajo la luz blanquecina de su varita, y la curiosidad tiró de él obligándole a caminar de nuevo.
Una estancia.
Los escalones terminaban en la entrada. Sin puerta. No era más que un cuadrado de la misma piedra negra cubierta de polvo, poco más grande que su cuarto. Se acercó algo más, tratando de ver el fondo donde la luz no llegaba. El haz blanco se derramó sobre las paredes, aún cuando él todavía no había entrado.
Y pudo verlas.
Las marcas. La piedra estaba tallada, toda ella. Símbolos y runas, y dibujos y círculos, recorrían cada centímetro, corriendo por las paredes y suelos como lenguas insidiosas. Le recordaron a los dibujos que apenas había podido captar en el suelo de la biblioteca. Trató de observarlos mejor.
Bajó el último escalón.
Un escalofrío corrió por su epidermis cuando la caricia de magia subió por su cuerpo como una amante hambrienta. Tocó el borde de su propia magia, insidiosa, peligrosa… y la invasión se transformó en saludo de bienvenida. Marchándose con la misma rapidez que había surgido.
"Una lengua mágica…. Estaba probando mi linaje." Era una cerradura común de los Malfoy, pero nunca tan potente como aquella, tan poderosa que había podido sentirla sobre su propia carne. Draco se estremeció de nuevo, mucho más violentamente. Si no hubiera pertenecido a la familia, no quería saber lo que aquello le habría hecho. Los Malfoy tenían fama de oscuros y crueles por razones ampliamente justificadas.
Sacudió las imágenes mentales antes de que arraigaran, y miró a su alrededor. Su naturaleza slytherin despierta y alerta, ansiosa por conocer el secreto de tanto cuidado, aún cuando no podía evitar sentir que no debería estar allí. Aquí la llamada era lo más fuerte que la había sentido, tan potente que casi podía respirarla… Se adentró aún más en la habitación, alerta, buscando fondo, donde estaba la fuente de la llamada.
Bajo la débil luz nacarada de su varita se delineó una pesada mesa de madera carcomida por el tiempo y el polvo, y sobre ella… el libro.
Era un tomo grueso y anciano, tapas de cuero verde desvaído, páginas amarillentas y delicadas como quebradizas hojas secas. Sin adorno alguno. Sencillo. No parecía diferente de muchos otros libros arriba, acunados en los estantes de madera tallada. Pero Draco casi podía sentir la diferencia gritando en los nervios de su carne, respirarla en sus pulmones y entrañas. Aquel libro era distinto a todos cuantos había leído. Su oscuridad hacía que la negrura de los textos en la biblioteca pareciera luz de día. Una tiniebla extraña, terrible, peligrosa y ancestral. Pero sin embargo… familiar. Tan familiar… Todos los magos tenebrosos sabían su existencia, nacía con ellos, vivía en ellos, y era algo que no podían nunca dejar de tener.
Pura magia negra.
Un poder que se levantó como una ola tratando de tragarlo. Dio un paso atrás, aterrado, y luego otro adelante, irresistiblemente atraído, y se quedó quieto, indeciso entre la curiosidad y la llamada, y el instinto que le gritaba que se apartara de aquella cosa lo antes, y más lejos, posible.
Estuvo a punto de marcharse, realmente, lo estuvo, pero… la imagen, el recuerdo de su madre, y de sus lágrimas, afloró en su cráneo como una diapositiva en blancos y negros cargada de dolor, y recordó que si no encontraba un modo de cumplir las órdenes del señor tenebroso, su padre y su madre, y todo lo que amaba, perecerían. Y tomo una decisión.
Extendió los dedos, apenas, temblorosos. Acarició la tapa. En su piel se sintió suave y cálida, como una cosa viva. Tomó aire muy suavemente, temeroso de levantar alguna reacción en aquel objeto maldito. Sus uñas rozaron el borde de cuero, raspando muy delicadamente, como si acariciara un animal peligroso que pudiera atacarle. Tragó saliva. Podía sentir el sudor correrle por la espalda. Sus yemas se curvaron y tiraron, levantando la tapa con un pequeño crujido, y liberando la visión de la primera página. Contuvo el aliento… pero no sucedió nada.
Diagramas.
Se inclinó un poco sobre el libro, aún inseguro. Pero sus ojos escanearon rápidamente el contenido escrito en antiquísima y elegante letra, la tinta oxidada por los siglos transcurridos dándole el color de la sangre seca. Tomó aire, tembloroso, se dio cuenta de que estaba tiritando, pero no pudo detener los delicados temblores. Aquello, aquel texto… tragó saliva y acercó la varita para leer mejor a la luz blanquecina. Palabras, símbolos… no, aquello no eran palabras ni símbolos, aquello era muerte, negrura, un poder inmenso vertido en páginas. Aquella magia… nunca había visto algo así.
Incluso escrita, lejos de ser pronunciada, su presencia resultaba asfixiante. Le llamaba con una fuerza que cada vez era más difícil resistir. Sus dedos, aún curvados en la tapa, temblando, se movieron apenas, acariciando el cuero con la delicadeza que uno pondría al tocar una serpiente venenosa, apreciando su suavidad pero aterrado de ser mordido, y con la adrenalina golpeándote la sangre como un grito. Nunca agradeció tanto las duras lecciones de su padrino, Severus, como ahora. Sin los conocimientos que le había inculcado no habría podido descifrar los entresijos de aquello.
Contuvo el aliento mientras pasaba la página. Leyendo, descifrando, asimilando.
Aquello era…
-Es una llave.- Musitó apenas en el silencio estanco cargado de polvo. Una llave para una puerta. Una magia para llamar algo, algo poderoso, algo terriblemente poderoso. Pero ¿qué? No lo sabía. No hasta que lo hubiera leído todo. Pero lo que fuera aquello podría tener un poder similar a aquello que los muggles llamaban, un dios. Trató de tragar, pero la saliva se sentía seca en su garganta. Quizás, quizás esto era lo que había estado buscando.
Era lo bastante poderoso para lograrlo. Pero si se equivocaba y no lograba controlarlo…
"Si me equivoco algo así me matará. Y entonces ya no importará si puedo, o no, hacer lo que se me ha ordenado." Era una conclusión dolorosa, horrible, pero si él moría el señor oscuro ya no tendría una excusa para matar a su madre inmediatamente. Ella era Lady Malfoy, y sin el lastre que su patético hijo representaba estaba seguro de que lograría salir adelante. Su padre en cambio…. No sabía lo que sería del orgulloso Lord Malfoy ahora en Azkaban, pero esto era lo único que había logrado encontrar que quizás, quizás, lograría salvarlos a todos. Y en esta situación acorralada se dio cuenta de que estaba dispuesto a correr el riesgo.
Tomó aire profundamente, tratando de calmarse, preparándose para lo que estaba a punto de hacer.
Muy suavemente dejó que la tapa se cerrara, lenta, delicadamente. Curvó los dedos entorno al libro como si quisiera abrazarlo, y lo levantó de su lugar de descanso con una disculpa en los labios. Fuera lo que fuera aquel texto, al levantarlo lo noto contra sus palmas como una presencia lejana, un roce de aliento en su carne temblorosa. Demasiado poderoso, demasiado tenebroso. Algo sacrílego. Lo envolvió en sus brazos, atrayéndolo contra su pecho para sostenerlo mejor, y la magia que contenía rozó la suya, electrificándolo a través de su tórax, penetrando en una profundidad de él que iba mucho más allá de lo físico o la magia.
Por un momento el terror le gritó por dentro con tanta fuerza… cortándole la respiración, helándole la sangre, amenazando colapsarlo. Entonces la presencia se suavizó contra la suya, acariciando, arrullando. Un instante más tarde la sensación de peligro y miedo se derritió de sus huesos como suciedad siendo arrastrada por la lluvia, y cuando la invasión se fue, lo hizo dejándole extrañamente cálido.
Impulsivamente lo estrechó cálidamente contra su pecho, y apoyó el rostro en el lomo suave y calentito. Extrañamente ahora ya no se sentía tan desolado como lo había estado hacía solo unas horas.
Cuando finalizó el abrazo, un instante más tarde, no supo que lo había poseído al hacerlo, pero no se atrevió a considerarlo más. Tenía muy poco tiempo antes de que alguien llegara a la biblioteca y descubriera el pasaje.
Se abrió la túnica y lo ocultó debajo, atrapándolo contra sí con solo la camisa separándolos. El poder le electrificó los nervios sensibles del pecho. Dio la vuelta con el tomo oculto bajo la túnica, marchando de regreso a su cuarto, conteniéndose apenas de correr.
Cuando salió del túnel a la biblioteca, la entrada se cerró ocultándose de nuevo bajo el suelo, percibiendo su marcha. Dio gracias a Merlín. Porque si no se hubiera cerrado por sí misma Draco no habría sabido cómo hacerlo.
Observó el destrozo en la estancia, los libros rotos y caídos, los estantes movidos, las velas casi todas apagadas… pero realmente no tenía ni el tiempo, ni las ganas, de arreglar aquello. Y con tantos "monstruos" en Malfoy mannor, podía haber sido cualquiera. Nadie sabría la verdad.
Corrió a escurrirse fuera de allí. Deslizándose como una sombra más en los pasillos tenebrosos. Una sombra oscura con un paso rápido cargado de objetivo.
Cerró la puerta con un suspiro de alivio.
Había logrado llegar sin encontrarse con nadie.
Miró a su alrededor.
En su cuarto ya no quedaba nada de valor, nada al menos que pudiera desear alguno de los monstruos de la casa.
Su amplia cama de cuatro postes había sido arrasada, los cortinajes y caras sábanas de delicada seda, sustituidas por recias sábanas de algodón viejo, y cortinas viejas llenas de polilla. Los cajones y mesillas vaciados de cualquier elemento valioso. Incluso las baratijas que habían adornado los estantes de rica madera oscura, habían sido llevados al principio del verano. Solo los muebles permanecían, desnudos como esqueletos. Y las cortinas echadas sobre las ventanas. Las hermosas cortinas de terciopelo verde bosque, que nadie se había atrevido a tocar.
Nada que estuviese impidiendo la entrada del sol en la mansión podía ser tomado, era la orden del señor tenebroso. Y ahora, el amplio espacio de paredes crema, recordaba más a una tumba cubierta de sombras, que a la habitación que tanto había amado. Solo los rescoldos casi apagados de la chimenea, y tristes velas casi consumidas, le aportaban algo de luz y calor a la estancia ensombrecida.
Aún así, aunque ya no debería haber ninguna razón para temer la entrada de ningún mortífago, porque ya no quedaba nada que llevarse, al cerrarse la puerta, sacó la varita con la rapidez de una sierpe.
Uno tras otro, lanzó sobre la madera cuantos conjuros de alarma y cierre conocía, en rápida sucesión. No podía permitir que nadie descubriera el volumen que estaba acunando contra su pecho. Solo tendría que percibirlo una sola persona, uno solo de aquellos sádicos, y se lo arrancarían de las manos al instante.
Y solo imaginar un poder así en manos de alguno de aquellos monstruos… se estremeció forzándose a pronunciar las palabras del último hechizo. El cansancio hizo sus huesos pesados nada más bajar la varita. Después de emplear tanta magia se sentía drenado, casi enfermo. Tenía la respiración agitada, la sangre un torrente salvaje. Y aún así, a pesar del terrible dolor de cabeza, el complicado entramado de magia que había creado no parecía suficiente. Pero esto era lo máximo que era capaz.
Tendría que bastar.
Tomó aire temblorosamente, forzándose a calmarse, poco a poco, respirando hasta que su pulso se normalizo algo, y su cabeza aplacó los trallazos de dolor.
Se metió en la cama y corrió las gastadas y carcomidas cortinas, ocultándose con él tomo en el interior ensombrecido. Aquí tendría tiempo de esconderlo si alguien entraba, y podría descansar mientras leía. Todavía se sentía débil. Se acurrucó contra la cabecera, el volumen en sus manos.
Y abrió la primera página.
La vela sobre la mesilla se fue consumiendo, la oscuridad en la estancia se fue haciendo más profunda, los rescoldos de la chimenea terminaron por apagarse. Poco a poco el día murió en la noche, y cuando comenzaban sus horas más heladas, finalmente llegó a la última página.
Sus dedos se curvaron entorno a ella, y el libro volvió a cerrarse entre sus manos.
Suspiró agotado. Tragó, sonrió. Una sonrisa quebrada. Miró sus dedos aún apoyados en el liso, suave, cuero verde desvaído. No paraban de temblar. Estaba tiritando, temblando violentamente.
Tragó saliva, tratando de calmarse, pero fue incapaz.
"Este texto es… es…" Tomó aire entrecortadamente, y casi se atragantó con él, tan seca sentía la garganta. A un nivel lejano se dio cuenta de que no había bebido ni comido nada en todo el día. Pero a pesar de la sed, y del vacío doloroso en su estómago, no quiso moverse de la cama, no creía que pudiera moverse de la cama. Sentía las piernas demasiado débiles. En realidad sentía todo el cuerpo como una hoja de leve papel de seda agitada por el viento.
Tragó de nuevo, y esta vez logró hacerlo sin la necesidad de toser violentamente. Exhaló apenas, y dejó que su cuerpo se resbalara de la cabecera hasta derrumbarse desmadejadamente en el colchón, el libro apoyado sobre su pecho, los dedos aún curvados en él, temeroso de soltarlo. Casi no podía creer lo que aquello hablaba.
"Pero es real, es real…"- Cerró los ojos permitiéndose respirar profundamente. Por vez primera desde que el señor oscuro le diera aquella misión, sentía que quizás podría salvar a su familia. Y aquello era suficiente para superar el terror de lo que tendría que hacerse.
Abrió los ojos, apenas, y reunió las fuerzas que le quedaban.
Conseguir todo lo que necesitaba no le llevo mucho tiempo. Eran elementos sencillos, hierbas y polvos que cualquier mago tendría en su casa. Y una rápida excursión al arrasado laboratorio de su padre le dio todo lo que necesitaba.
Lo realmente complicado sería completar el fetiche.
Tenía que ser una puerta, y la única puerta dentro de su estancia a parte de la que daba al pasillo, era la de su armario. De madera oscura, formas elegantes, y un hermoso manillar plata, curvo como una voluta de niebla, no era nada realmente especial, resultaba casi insultante para lo que estaba a punto de imbuir en ella. Pero era todo lo que tenía, sin arriesgarse a ejecutar el conjuro en un lugar menos seguro. Y no pensaba arriesgarse.
Apoyó el libro abierto sobre el escritorio junto al armario, al lado de la única vela que había dejado encendida. Bajo la pequeña luz dorada, el texto, los diagramas, y símbolos, parecían aún más oscuros. El color de la tinta oxidada todavía más sangriento. Y en el movimiento de las sombras del fuego, casi vivos.
Draco.
Nunca en toda su existencia se había sentido tan nervioso, tan aterrado, ni siquiera la presencia del señor tenebroso había agarrado de aquel modo sus entrañas. Podía sentir la ansiedad como una palma helada y ardiente sobre su pecho.
"Calma, calma…"- se repitió como un mantra. Intento respirar profundamente, pero el aliento no hacía más que atascársele en la garganta, y al final tuvo que rendirse. Abrió los ojos. "No lograré hacer esto con tranquilidad." Suspiró haciendo caso omiso de la ansiedad... o algo al menos. Comenzó a repasar los diagramas, página a página, rápidamente.
La llama era suficiente para permitirle leer, pero no para alejar la oscuridad de la habitación, y más allá del círculo dorado de la vela la tiniebla parecía inquieta, cargada de una extraña expectación. Como si supiera lo que estaba a punto de hacer. Y teniendo en cuenta lo que estaba por llamar, no le extrañaba que fuera así.
Apoyó la palma sobre su pecho, sintiendo el loco latido de su corazón en vez de las sombras entorno a él. El bombeo de la sangre. La carrera de la adrenalina. Cerró los ojos, dejándose envolver por la llamada cada vez más poderosa del libro. Él también sabía lo que iba a suceder. Esta vez la caricia de su presencia logró atemperar sus nervios algo. No demasiado. Pero lo suficiente.
Abrió los ojos.
Junto a los ingredientes esparcidos alrededor del libro, colocados en pequeños montones a falta de ningún bol en el que ubicarlos; pellizcos de raíces secas, tierras oscuras, delicados fragmentos de insecto, y hojas muertas, había colocado un cuchillo no más grande que su dedo corazón. Pequeño pero extremadamente afilado, cogiéndolo cuidadosamente por el mango, apoyó el filo contra su palma izquierda y apretó ligeramente, a pesar de la poca presión el corte fue profundo y empezó a sangrar con profusión, empapando su palma rápidamente de húmeda sangre roja, que comenzó a resbalar por sus dedos.
Miró el texto.
Comenzó a dibujar.
O
Decorar el poderoso talismán en que poco a poco se fue convirtiendo la sencilla puerta de armario, le llevó un tiempo que no logró medir, minutos u horas. No lo sabía.
Para Draco, fue como si, en el instante en que sus dedos tocaron la madera del dintel, hubiera caído en trance. Una calma antinatural de sangre y perfumadas tierras, almizcladas hojas secas, y quebradizos caparazones de insecto.
Mezcló su salvia vital con pellizcos de cada ingrediente, cortando y reabriendo la herida cada vez que el líquido rojo dejaba de manar. Poco a poco creando diferentes pastas de herrumbrosos tonos rojizos; más oscuras, más brillantes, granulosas, o casi líquidas. Esparciéndolas por el marco de la puerta en arcaicos complejos trazos, de una antigüedad casi olvidada por los siglos.
Nada importó mientras dibujaba, creaba, susurraba las palabras mágicas de cada huella de dedos ensangrentados. El poder del libro y la esencia del talismán, llenándolo y guiándolo como una mano invisible. En su pecho una calma absoluta.
Cuando terminó…
Parpadeó, repentinamente libre de la influencia, como si acabara de despertarse de un sueño. La palma le ardía después de haberse cortado tantas veces. La miró. La red de cortes estaba pringada de un montón de restos grumosos, y aún sangraba vagamente. Sacó un pañuelo del bolsillo para limpiar los cortes. La inquietud retrepándole poco a poco, de nuevo, por la piel.
Miró la puerta.
-Está completo.- musitó. Apenas podía recordar como lo había hecho. Sacudió la cabeza. Miró el libro. Casi podía delinear la oscuridad y el poder que emanaban de él. Un escalofrío corrió por su columna. La inquietud y el terror regresando a sus huesos como insectos venenosos. Tragó saliva. Si iba a echarse atrás ahora era el momento. Todavía podía borrar el complejo amuleto, limpiar la sangre, y devolver el libro a las profundidades de la piedra de donde no debería haberlo sacado…Cortó el pensamiento antes de llegara a arraigar.
-No. Tengo que hacerlo, es la única manera. - El amor por su familia era mayor que el miedo por sí mismo. Por sus padres, por su hogar. Por todo lo que amaba…
Lo haría.
Tomó aire, forzándose a recuperar la serenidad, y desechando todo aquel miedo lo mejor que pudo, aunque su capacidad de ser valiente no era mucha. Recogió el libro del escritorio con manos ligeramente temblorosas, y buscó la última página, el texto de llamada.
El cuero y el papel ronronearon en sus manos. El poder y la oscuridad trepando por sus brazos, y tiraron de su pecho, insistentes. Casi podía escuchar sus palabras resonando en su sangre; "Llama, llama, llama…"
-… Está bien….está bien…- musitó en respuesta.
Comenzó a llamar.
O
Las palabras no se parecían a ningún lenguaje que conociera, pero aún así, una vez en su lengua, fue como si las hubiera hablado antes incluso de nacer. Vibraban en la tiniebla que era su magia como si fueran su lengua nativa. Corrían con su sangre y con su voz, cada vez más deprisa. Más alto. Más fuerte. Más potente.
-…anwo ercao fyo.- Las últimas palabras.- Anwo ercao fyo- de nuevo- ¡Anwo ercao fyo! –Más alto- ¡ANWO ERCAO FYO!
Como un muro monstruoso, una vaharada de poder implosionó en la habitación barriéndolo todo a su paso. Las paredes temblaron incapaces de contenerlo. Draco gritó, pero la locura se tragó su voz sin que llegara a sonar. Se levantó una segunda ola más brutal que la anterior, que lo lanzó al suelo como un muñeco de trapo. El libro escapó de sus manos perdiéndose en alguna parte de la habitación. Los muebles crujieron estruendosamente. Astillas de madera saltaron por el aire, la mesa volcó, ingredientes y vela rodaron por el suelo extinguiendo la única luz que había. Draco ocultó la cabeza entre sus manos, sintiendo el vendaval huracanado surgir en torno a él. No podía respirar. El tifón agitó su túnica salvajemente hasta desgarrarla con una potencia demoniaca. Gritó de nuevo, a pesar de que ni siquiera tenía aire en los pulmones. El poder era excesivo, demasiado para una frágil carcasa de carne y huesos, lo mataría. Estaba ahogándose sin oxígeno, la cabeza le daba vueltas. Cerró los ojos con todas sus fuerzas, anticipando el golpe que acabaría con él…
La locura murió a su alrededor repentinamente. El huracán se extinguió en el aire de nuevo estancó. El silencio regreso al cuarto maltratado de muebles astillados. Pero el poder no se fue. Se concentró. Apenas pudiendo creer que aún siguiera vivo, parpadeó, jadeante, confuso. Recibiendo las primeras bocanadas de aire con toses convulsas.
Gimió débilmente, recuperando lentamente la respiración.
Y levantó la mirada.
El aliento amenazo parársele de nuevo. Ante él, el marco del armario, todo en torno a la puerta, brillaba con una luz verde ultra terrena. La luminancia casi venenosa derramándose por la estancia como el reflejo pálido de un avada kedavra.
Tragó saliva.
Sabía lo que se acercaba. Pero leerlo no lo había preparado para el acontecimiento real. Intentó levantarse, sus piernas, demasiado débiles, se negaron a sostenerle. Cayó apenas de rodillas, la túnica desgarrada colgado precariamente de uno de sus hombros, el cabello loco enmarcando sus pálidas mejillas hundidas de cansancio. Las pupilas enormes, aterradas.
Escuchó el crujido de la madera, como el restallido de una campana fúnebre en el silencio sepulcral.
La puerta comenzó a abrirse, silenciosamente, sobre sus goznes.
O
Por un instante, mientras la puerta estuvo abierta, pudo ver algo más allá de este mundo enmarcado en la entrada. Una oscuridad más profunda que la propia tiniebla, una nada que iba más allá de las pesadillas. Jadeó, su mente incapaz de asimilar aquello. Si la visión hubiera durado in instante más… pero se extinguió en una pulsación, borrada de su cerebro antes incluso de haberla registrado completamente. Desaparecida en el latido en que la presencia más allá de su habitación, tardó en cruzar el umbral del armario y penetrar en esta tierra.
La puerta volvió a cerrarse sobre sí misma, mientras la luz verde se extinguía de los símbolos rápidamente, envolviendo la habitación en una oscuridad profunda.
No podía verlo, pero podía sentir su presencia. El poder helador, atrayente, familiar, que emanaba de él como de un sol oscuro. Pura magia negra contenida por una voluntad que podía decidir volverse contra él en cualquier momento.
-Me has llamado. –El susurro penetró directamente en su mente, penetrando las capas de su oclumencia como papel.
Se estremeció violentamente.
-S… si.- Incluso a sus oídos su voz sonó débil y quebrada. Tragó saliva.- Quiero formar un pacto.
Las palabras se escurrieron de sus labios con extraña facilidad. ¿Por qué otra cosa iba nadie a llamar a este ser hecho de negrura? Él no podía existir en este mundo sin alguien que lo mantuviera aquí, pero nadie accedería a caminar el peligro que representaba, si este no ofreciera tanto a cambio.
-¿Qué deseas?- La pregunta estaba cargada de malicia pegajosa, ácido siseante. Esto era lo que el ser había querido escuchar. Sin un pacto, pronto se vería obligado a regresar a la jaula.
-Necesito que me ayudes a proteger a mi familia. –Fue una frase atragantada de la inquietud cada vez mayor, que podía sentir retrepándole las entrañas. Pero ahora no iba a echarse atrás. Lo necesitaba.
-A cambio sabes lo que querré, ¿verdad?-
O, Draco lo sabía, lo había leído en el tomo maldito.
-Magia para alimentarte, sangre para aplacarte… y un cuerpo… que habitar. – Las palabras reverberaron en su lengua y cosquillearon sus labios. En su pecho su corazón se aceleró queriendo buscar un ritmo imposible. Pero Draco no podía hacer nada para calmarlo, no con la presencia del ser tan cerca de sí.
Tragó saliva, sentía la boca muy seca.
-Puedo darte lo que necesitas.
La criatura se inclinó sobre él, tan cerca que su poder apretaba contra su carne helada, levantando los pelillos de su nuca con electricidad estática. Casi podía respirarlo como una flor flagrante. Atrayente como una planta carnívora.
-¿Qué cuerpo me ofrendas entonces?-
Draco musito apenas.
-El mío.
Continuará
