Mi final alternativo en honor a esta pareja, por fin decidí publicar este capítulo que lo tenía en el olvido. Ciertamente concuerdo con el capitán Kurotsuchi, el olvido es el peor enemigo de un científico, pero también de un escritor. Y yo no quiero que esta pareja caiga en eso.
Bleach no es mío, le pertenece a Tite Kubo.
Gracias a todos los que me dejaron comentarios en el capítulo pasado, espero no decepcionarles con éste.
El retorno de las grullas de papel
Con el pasar de los años, no hubo tiempos para momentos como aquellos de los días de infancia.
"Porque tú desapareciste, y no me dejaste ni un solo recuerdo. Siempre he odiado... eso de ti… pero... sí hubieras dejado algo atrás, entonces probablemente nunca habría podido moverme de ese lugar. Tú de seguro viste esa parte de mí. Gin gracias, siempre... amé eso de ti."
Nada, ni nadie, podría detener el ciclo de la vida. Nada, ni nadie, podría escapar de sus enormes garras, ni siquiera los shinigamis ni los hollows. Esa era ley de la vida, aquella que no se enseña en la academia, o la que no se aprende simplemente devorando almas humanas. El tiempo, es uno de los tesoros más preciados y más inalcanzables.
Rangiku Matsumoto lo había aprendido muy bien. Después de la muerte de Gin, ella había llegado a pensar que ese ciclo se había detenido por un instante; torturándola con falsas ilusiones e imágenes sin sentido; pero, para su desgracia, el mismo seguía sin problemas, dejándola a ella atrás. Sus compañeros de armas habían seguido con sus vidas. Pero, ¿qué fue de ella?, intentando buscar algún recuerdo al cual aferrarse sin obtener ningún tipo de éxito, ya que no existía ninguno. Y quizás era hasta lo más sensato.
O al menos, eso era lo que ella creía o deseaba creer. Porque aunque no se diera cuenta —o mejor dicho, que intentaba ignorarlo por completo— su vida estaba llena de recuerdos de Ichimaru; momentos pasados que la acechaban en sueños y pesadillas, como el de las coloridas grullas.
Por mucho que bebiera e intentara ahogar ese tipo de recuerdos, no lograba olvidarlos. Por mucho que fuera alegre cuando estaba en compañía de sus amigos y de su querido capitán, al regresar a su hogar y verse sola volvía a sentirse triste y deprimida. Rangiku Matsumoto no era de las que pedían consuelo, ni tampoco de las que lloraban por sus desgracias en público. Ella prefería hacerlo en la intimidad de su casa, donde nadie la viera. Ya que por algún motivo, la exuberante rubia nunca dejaba de ver a su querido albino. Era como si todavía su mente siguiera torturándola junto con su corazón, para que jamás lo eliminara de su alma, porque sí, el chico de sonrisa zorruna era parte de ella.
Buscando distracciones aparte del licor y las fiestas. La chica encontró refugio en sus distintas actividades. Muchas veces salía al mundo humano en compañía de Inoue Orihime, otras realizando sus "deberes" con la Asociación de Mujeres Shinigamis, otras sacaba de quicio a su pequeño capitán gracias a su dejadez con el papeleo y demás.
Pero ese día, decidió tomarse un tiempo libre, ya que para su suerte, no había mucho trabajo en el escuadrón. Salió a caminar por la Sociedad de Almas, dirigiéndose a su antiguo distrito, ya que hacía tiempo que no paseaba por ese lugar. De forma automática se llegó hasta aquel prado de sus memorias, al sitio donde sólo él y ella conocían. Se sentó bajo la sombra del mismo frondoso árbol, próximo al riachuelo para escuchar el agua correr; un sonido que la relajaba y le permitía hacer a un lado sus mortificaciones y le permitía además regresar alguna que otra vez en el tiempo.
El firmamento se tiñó de un nítido matiz degradado de rojo a una gama amarillenta, tan precioso como lo recordaba. La rubia abrazó sus piernas y se dedicó a admirar el amanecer con la brisa sacudiendo su liso cabello.
—Este lugar no ha cambiado en lo absoluto, parece que es lo único que perdona el tiempo —se dijo a sí misma la mujer de forma reflexiva—. Si tan sólo tuviera papeles de colores volvería a hacer las grullas, quizás así por fin termine de alejarme de ese pasado que me aferra a él.
Matsumoto dejó de ver el cielo para ver hacia el riachuelo.
—Como desearía ver de nuevo a las grullas de colores nadar en esas apacibles aguas —exclamó con nostalgia.
Y por unos instantes, Rangiku Matsumoto creyó que su vista la traicionaba.
Realmente la traicionaba.
Porque ante ella, se encontraban un grupo de figuras con forma de grullas flotando en el riachuelo, tan majestuosas como lo habían sido hace muchos años atrás; no sabía si había caído en un espejismo o sí de lo contrario toda esa visión frente a ella era pura y real. En un intento de despejar su mente se acercó al riachuelo, y cogió entre sus manos la primera ave que logró alcanzar: una grulla de papel de color amarillo, o el intento de la misma.
—No puede ser… ésto no es posible… debe ser una mala jugada… es imposible… él ha…
—Muerto… ¿Rangiku-chan? —habló una voz masculina detrás de ella, que reconoció rápidamente.
—¿Gin? ¿Realmente eres tú? —susurró incrédula sin atreverse a dar un giro de ciento ochenta grados para confirmarlo.
—El mismo, Rangiku-chan, si ves la grulla, verás que no miento.
La exuberante rubia siguió la instrucción de aquella voz masculina y observó fijamente a la figura que yacía en sus manos, no era realmente una grulla, sino un híbrido entre un pájaro y un bote, tal como la de aquel día.
—Lo sé. Definitivamente no soy bueno para las manualidades, Rangiku-chan —soltó aquella voz con un ademán jocoso.
Por fin, la chica se dignó a verlo para confirmar sus sospechas. Ante ella, se encontraba el hombre de sus sueños y pesadillas, vestido con un kimono morado oscuro parecido al que usaba de niño, su brazo izquierdo no estaba pero sí su marcada y auténtica sonrisa. Matsumoto no supo cómo reaccionar. Sus emociones se mezclaron totalmente: rabia, alegría, odio, amor, pasión, ira, desconfianza y afecto. En un primer impulso lo primero que hizo fue darle una cachetada a Gin.
—¡Idiota! ¡Por qué regresaste, sí de seguro te volverás a ir y me dejarás sola! ¡Acaso te burlas de mí, crees que es justo vivir así! —le reclamó la chica casi estallando en llanto.
—Lo siento Rangiku-chan, quise que hicieras una nueva vida sin mí, pero me temo que soy demasiado egoísta como para no querer alejarme más de ti.
—¡Mientes!
Ichimaru dejó de lado su expresión divertida para cambiarla a una más seria. Con su único brazo tomó a Matsumoto del brazo izquierdo para que ella lo mirara directamente a sus ojos, que se habían abierto especialmente para observarla a ella, dejando a la luz sus orbes azules.
—Rangiku, no te obligaré a que hagas una vida conmigo.
—Gin… por qué siempre eres tan impredecible… creí que habías muerto ese día —fue lo que logró murmurarle la rubia después de que lograra calmarse.
—Me salvé de milagro Rangiku-chan, quizás todavía no se me tenía permitido morirme. Intenté entonces no volver a verte para no hacerte llorar más, pero me di cuenta que quizás eso te hacía más daño. Así que de forma egoísta vine a encontrarme contigo. Me reclamaste una vez Rangiku, ¿te acuerdas por qué?
—Porque tú desapareciste y no me dejaste ni un solo recuerdo Gin. El único que me quedó fue el juego con las aves de papel. Pero de resto nada.
—Te propongo algo, Rangiku-chan. A partir de ahora, para recompensar eso, podremos trazar nuestras propias memorias… como cuando eramos pequeños.
—Eso no es tan fácil, tú fuiste un traidor, si no moriste ese día serás ejecutado por la justicia de la Sociedad de Almas.
—Me encargaré de dar mis razones al Comandante.
—Muchos te odian Gin.
—¿Tú me odias Rangiku-chan? Sí es así, renunciaré a ti, y te dejaré ser feliz.
Matsumoto sintió sus lágrimas caer por su rostro. Agachó la cabeza entre sollozos, ¿qué si lo odiaba? Aún cuando lo desease con toda su alma jamás podría odiarlo. Ella lo amaba tanto como él la amaba a ella.
—Sabes que jamás podría odiarte, Gin.
—Eso me bastará, Ran-chan.
El hombre tomó delicadamente la mano de la mujer y la llevó hacia el riachuelo. Después de que ambos se agacharon él le pasó su grulla a Rangiku para que ella la dejara flotando en el río y navegase majestuoso bajo los rayos de la luz solar.
—Y bien Rangiku-chan, ¿aceptarás mi propuesta?
La teniente del décimo escuadrón se quedó callada por un minuto ante la intriga del ex-capitán del tercer escuadrón.
—Gin, debo pensarlo…
—Te daré todo el tiempo que necesites Rangiku-chan, aún cuando me salgan raíces en el intento —broméo Ichimaru.
Ella asintió dedicándole una leve sonrisa al albino de ojos rasgados, la primera que le había mostrado durante todo el encuentro. Aún cuando sabía que la posibilidad de que ella aceptara la propuesta de Ichimaru eran las más elevadas, tampoco podría darse el lujo de no pensarlo antes. Después de todo, habían pasado muchas cosas. Sin embargo, era absolutamente innegable que la proposición de vivir sus propias memorias le era totalmente tentadora. Observó como la pequeña grulla se perdía de su vista.
—¿Qué nos deparará en el futuro, pequeña grulla de papel?
Ciertamente, esperaba que fuera algo bueno.
FIN
Espero que haya gustado el capítulo, y me dejen sus comentarios. Saludos.
NO DEJEMOS MORIR EL GINRAN
