Capítulo 2

En los aposentos patriarcales Arlés esperaba impacientemente la llegada de uno de sus caballeros de oro, a quien iba a encomendar una importante pero muy delicada misión. Hasta entonces sus planes habían marchado sobre ruedas; el mundo estaba sujeto a su dominio de terror y maldad, ayudado por varios de los caballeros de plata que tenían tan pocos escrúpulos como él. Su mensaje a aquellos que habían osado o que siquiera pensaban en rebelarse era muy claro: "estás conmigo o contra mí"; su fanaticismo era tal que incluso aquellos que aún no se habían pronunciado públicamente serían considerados como traidores si no le apoyaban.

Uno de sus objetivos principales era el de lograr que las doce armaduras doradas volvieran al Santuario, de las que nueve estaban ya allí. Las tres que faltaban eran la de Sagitario, que había desaparecido cuando Aioros huyó del recinto; otra pertenecía al antiguo alumno de Shion, que había abandonado el Santuario tras su muerte y se ocultaba en Jamir, su país natal y la restante, pertenecía al caballero de Libra, que residía en la región de los Cinco Picos, en China y que estaba al cargo de vigilar los sellos de los espectros de Hades.

El caballero de Cáncer fue despachado a China, el de Virgo a Jamir y a los de plata se les encomendó la tarea de recuperar la armadura del fallecido noveno guardián.

Su otro objetivo era el de subyugar a los caballeros de Atena sin excepción alguna, lo cual le estaba causando algunos quebraderos de cabeza pues cinco de los de bronce se rebelaron abiertamente contra él y algunos de los de plata, como Cristal de la Aurora, también lo intentaron con desastrosos resultados.

El último superviviente de los caballeros neutrales era Albiore. El usurpador odiaba el que se negara a responder a sus misivas y siendo conocedor que este muchacho no era un caballero de plata ordinario pues su cosmos, técnicas y habilidades podían equipararse a las de uno de oro, no podía permitirse el lujo de enviar a cualquiera a despacharlo al otro mundo, debía ser uno de los doce quien llevara a cabo tal tarea.

Antes de que Milo llegara a su cita con el supuesto representante de la diosa, otro caballero de oro se le había adelantado. Afrodita de Piscis traía un fardito para Arlés: un sobre que contenía las fotografías de unos islotes perdidos por el Océano Atlántico. Dichas imágenes habían sido tomadas desde el aire y ofrecían una enorme cantidad de detalle, mostrando todos los posibles escondrijos que allí habría, que en verdad no eran muchos.

—Mi señor, tal como pedisteis —Piscis sonrió maléficamente mientras jugaba con una pequeña rosa roja en su mano ante la atónita mirada del caballero de Escorpión que acababa de pasar por la puerta.

Arlés lo tomó ávidamente y sonrió bajo su máscara al ver las fotos. "Albiore está atrapado en ese inhóspito lugar y completamente a mi merced" pensó el cruel líder.
—Buenas tardes, señor —dijo Milo, que se acercó al Patriarca y se arrodilló ante él—; buenas tardes, Afrodita.
—Buenas tardes, Milo —respondió el caballero de Piscis.
—Afrodita, tienes mi permiso para retirarte —espetó el Patriarca. No quería que Milo tuviera distracción alguna mientras le explicaba en qué consistiría su misión.

El ya mencionado guardián se retiró del recinto con una reverencia y aunque no conocía los detalles exactos, se imaginaba el porqué Milo se encontraba en la sala. Todo estaba en conexión con las fotos que acababa de dar a Arlés y siendo conocedor de la reputación que Milo tenía como asesino, Piscis dedujo que la misión del octavo guardián consistiría en eliminar al caballero que tiempo atrás consiguió humillarle como nadie hasta entonces lo había hecho y del que había jurado vengarse en cuanto tuviera la oportunidad. Se marchó hacia su casa evocando una serie de recuerdos que quería pero que al mismo tiempo, quizás por algún morboso motivo, no deseaba olvidar.