John realmente quería irse de la mansión, pero no lograba recuperar el peso que le habían indicado. Detestaba haberse esforzado tanto para llegar a pesar lo que pesaba, solo para tener que volver a ponerse obeso.

—Si no comes, no te besaré de nuevo. —Pietro lo amenazó con aire juguetón, luego de que se pasara más de una hora observando la manzana cortada en gajos sobre la bandeja.

—Tú eres el que no soportará sin besarme —se burló, sin dejar de ver la manzana.

—Quizás… pero sabes que soy lo suficientemente rápido como para meterte todos esos gajos en la garganta y obligarte a tragarlos antes de que siquiera te des cuenta.

—Y tú sabes que no temo provocarme el vomito.

—Eso no es gracioso —soltó con congoja.

—Lo siento.

—Si no comes, no nos podremos ir —le recordó, mientras paseaba de lado a lado en la habitación.

—Si como me pondré gordo y dejarás de quererme —susurró bajo, esperando que no lo oyera.

—¡No digas eso! —le gritó enfadado. Pietro nunca gritaba, por eso el castaño lo observó sorprendido—. Te amo. —Había aparecido a centímetros de su rostro de repente—. Y no dejaré de hacerlo nunca… a excepción de que sigas enfermo —le advirtió.

John cerró los ojos, esperando que lo besara.

—Te dije que no te besaría hasta que comas —ronroneó arrogante.

—Bastardo —maldijo en una risita, cuando comió la manzana con asco— ¿Ahora?

QuickSilver lo empujó en la cama, sentándose a horcajadas sobre él, para darle un beso profundo. El chico merecía su premio.


Jean Grey había tenido una idea por esos días: Pietro debía salir de la enfermería cuando John comiera, y solo podía regresar cuando acabara con los alimentos.

La idea estaba funcionando. John comía más rápido, sin tantas protestas. Aunque había tenido un acceso de llanto la primera vez que lo intentaron, porque afirmaba que su novio lo había dejado de amar por ser una vaca gorda, amante de la comida. Jean sola, no había podido convencerlo de lo contrario, viéndose obligada a llamar telepáticamente a Pietro, quien apareció en una fracción de segundo para acunar a su novio entre sus brazos, jurando y perjurando que lo amaba, entre besos. Mientras John temblaba, le volvieron a explicar cuál era la idea de estar solo durante las comidas, convenciéndolo de volver a intentarlo.

En uno de esos almuerzos en solitario, se le advirtió a John que Pietro no regresaría apenas acabara, porque él aún era un estudiante del Instituto Xavier y si quería graduarse debía dar algunos exámenes finales. El velocista había protestado y hecho berrinches de niño que no surtieron ningún efecto en su hermana, la cual lo arrastró de la oreja, luego de pedirle permiso a John.

Para ese entonces, John estaba ingiriendo comida de verdad. Ese día le tocaba un guisado que le daba asco, pero tenía tiempo de sobra para comerlo, porque Jean lo había dejado a solas (de cualquier forma había cámaras de seguridad, se enterarían si tiraba la comida).

Él había comenzado a jugar con su mechero, cuando del techo descendieron dos figuras: Shadowcat y Iceman. Apenas aterrizaron, Bobby creó una plataforma de hielo que elevó a su novia hacia el techo, haciéndola desaparecer. Habían quedado solos los dos.

—Te dijeron que no eras bienvenido —dijo John.

—Vaya forma de saludar a tu ex novio —replicó Bobby—. Ya sabes, un "hola" sería suficiente. —Se encogió de hombros con una sonrisa.

—¿Qué quieres, Bobby? —lo interrogó sin ocultar el malestar.

Bobby suspiró antes de hablar en serio.

—Quiero pedirte perdón. —John arqueó las cejas, incrédulo—. No debí engañarte con Kitty —le explicó—. Además, no debí permitir que empeoraras tanto, sin pedirle ayuda a alguien… —Bajó la mirada— y por dejar que me sacaras de mis casillas… no debí golpearte… Lo siento, por todo.

—Pietro te pateará el trasero si te encuentra aquí —bromeó un poco. A fin de cuentas, Bobby era un buen tipo.

—Oye, puedo defenderme —se quejó, falsamente ofendido—. Soy Iceman ¿recuerdas? —Elevó una ceja, con una sonrisa surcando su rostro.

—Sí, bueno. —Se encogió de hombros, risueño—. QuickSilver puede golpearte seis veces antes de que tu hielo lo toque.

Estaban jugando a algo que hacían de más pequeños, discutiendo posibles resultados de batallas entre mutantes.

Cuando Bobby estaba por replicar, fue arrojado al suelo, sin saber; ninguno de los dos; lo que sucedió.

Iceman se encontraba en el suelo, recargado contra una pared, cuando comenzó a sentir el dolor en su torso, mejillas y nariz. Realmente lo habían golpeado seis veces antes de que pudiera reaccionar. Lo comprendió cuando se encontró de pie, siendo sostenido por las solapas de su camisa por Pietro. El velocista lo miraba con una expresión aterradora.

—Te lo advertí —le recordó con voz ronca. Había dicho que lo mataría y lo iba a cumplir. Estaba decidido a hacerlo, cuando unos brazos lo atraparon desde atrás. Cuando miró hacia abajo, notó que no eran brazos, por lo menos no de carne y hueso: eran de fuego. Giró para ver a su novio, aún sentado en la camilla, extendiendo su brazo hacia él.

John había creado un colosal monstruo de fuego, de la estatura de Coloso, sin más rostro que una sonrisa al estilo del Joker.

—Déjalo —le pidió. Las llamas no tenían temperatura, por lo que no quemaron al chico de cabello plateado.

Pietro obedeció a regañadientes, hasta que su novio le explicó lo que había sucedido.

—Bien —aceptó enfurruñado—. Pero ni creas que te pediré perdón —le dijo a Bobby—. Hace tiempo que tenía ganas de hacerlo.

John soltó una carcajada en respuesta, haciendo que Bobby olvidara al instante lo ofendido que se sintió por esas palabras. Hacía meses que no oía una risa genuina de Pyro, y Pietro era el que se la había devuelto. No veía nada malo en ello.


La Dra. Grey insistía en tener pláticas con John. Ese día fue diferente, porque Jean estaba logrando algo con su alumno. El gran mentiroso estaba tambaleando, haciendo que la mujer siguiera presionando.

—¿Por qué terminó tu relación con Bobby? —le había preguntado.

—No me ama —fue su única respuesta.

—¿Y quién te ama? —La pelirroja observaba las reacciones de John constantemente. En ese momento, el castaño jugaba con su mechero, sin apartar la mirada de su llama.

—Nadie… —masculló inaudible, pero no pasó desapercibido para la telépata.

—¿Por qué, John?

—Debe ser porque soy una vaca gorda —escupió, cerrando el mechero para presionarlo en un puño—. También debe ser porque soy feo y amargado. —Su voz sonaba estrangulada—. Y quizás, porque soy irritante al punto de que me golpean. —Comenzó a sollozar—. Además, las vacas gordas somos suaves para que sea más cómodo golpearnos. —John había entrado en pánico, llorando a mares.

—John… —La Dra. Grey trató de contenerlo, para retomar el timón de la entrevista, pero él joven no se detenía en su listado, entre alaridos.

—Soy una vaca gorda de mierda y nadie me va a amar jamás, por eso… por eso Bobby me dejó, por eso nadie me soporta… porque soy una basura de mierda — sollozaba más fuerte.

Jean envió un mensaje telepático a Pietro, con la advertencia de lo que encontraría al llegar. Como siempre, el velocista apareció junto a John, rodeando su cintura con ambos brazos, mientras hundía el rostro en el hueco de su cuello.

—Ni siquiera puedo hacer feliz a mi novio, porque soy repugnante… —volvía a sollozar quedándose sin aire.

—Sí, me haces feliz Johnny —susurró en su oído—. Me haces feliz, porque te amo —le aseguró.

John dejó escapar un alarido alto que hizo estremecer a la Dra. Grey.

Pietro tomó el rostro de su novio con una mano para guiarlo hasta su hombro, con el fin de permitirle liberarse de esa angustia. Por John, Quicksilver podía esperar todos esos eternos minutos que no soportaba por nadie más.

Jean le aseguró a Pietro que había sido un gran paso. También le prometió que si John recuperaba dos kilos más, sería dado de alta.


John tuvo una mala noche. Había tenido pesadillas que lo dejaron sin dormir. Por lo que, al día siguiente se encontró decaído.

Pietro trató de darle ánimo, pero no surtieron efecto sus bromas.

En la hora del almuerzo, John se negó a incorporarse de la cama. No era capaz de conciliar el sueño, pero tampoco pretendía levantarse.

Su novio le suplicó para que comiera algo, porque estaban cerca de la meta para poder escapar solos ellos dos.

—Vamos, Johnny. Si no comes no podremos irnos.

El pirómano ni siquiera se molestaba en contestar. Permaneció recostado sobre su costado, envuelto en sus propios brazos, mirando a la pared.

Eran las 5 p.m. y la comida de John aún lo esperaba. Pietro entristecía más a cada minuto, caminando de lado a lado en la habitación estéril.

Esa vez, fue Pietro quien lloró desconsoladamente y John quién se puso de pie para rodearlo con los brazos, dejando que la cabeza de su novio se escondiera en el hueco de su cuello.

—No llores —le pidió. Fue lo primero que dijo en todo el día, dejando caer besos sobre la pálida piel del velocista—. No llores por mi culpa.

—Dijimos que nos marcharíamos —sollozó—. Lo prometimos y no estás cumpliendo con tu parte para lograrlo.

John sintió una punzada de culpa. Su novio estaba haciendo todo por él, mientras que él mismo ponía piedras en su camino.

El pirómano tomó el rostro de Pietro para enjuagar sus lágrimas y depositar un beso en sus labios. Luego comió la porquería que le habían servido hacía horas.


John recibió el alta luego de alcanzar su peso. El mismo día, se marcharon junto a Pietro a un departamento en una pequeña ciudad.

Pietro se encargaba de que John comiera todos los días.

John, por su lado, volvió a perder peso. Seguía siendo un gran mentiroso.


N/A: Este es el fin de la historia. Pueden decirme qué opinan en la caja de comentarios, porque nunca escribí algo así. No seas lectores fantasmas, por favor. Los escritores en crecimiento morimos como platas que abandonan en las vacaciones cuando no recibimos comentarios.

¡Nos leemos! Be happy.