Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.

Balut: es una comida asiática que consiste en un huevo de pato fertilizado, que se cuece igual que un huevo cocido, y se come completo y directamente del huevo.


Odio cómo me hablas

Byakuya apagó el televisor y bajó con pereza las escaleras hasta llegar al comedor, con la única intención de hacerse un sándwich y regresar a su habitación pasando a los demás de largo, no estaba de humor para lidiar con nadie. Para su sorpresa, al bajar se topó con su padre, Takeshi, abriendo el refrigerador de la cocina y a Kagura llevando una jarra de té hasta el comedor.

—Ah, Byakuya —Su padre se volvió a ver al muchacho y le brindó una amable sonrisa—. Justo le había dicho a Kagura que te llamara para bajar a comer. Traje sushi de regreso del trabajo.

—No te esperábamos —El muchacho no pudo evitar mostrarse algo sorprendido mientras Kagura se sentaba a comer sin prestar atención a la escena. Su padre se sentó con serenidad a la cabeza de la mesa, seguido de Byakuya, quien se puso frente a su hermana. La joven se veía tan malhumorada como siempre y al muchacho le pasó por la cabeza la idea que Jakotsu le había dicho esa mañana, durante el receso, pensando en qué tan factible era aceptar cómo valida tamaña locura. Antes de que siquiera pudiese darse cuenta se encontró así mismo analizando los pros y los contras, midiendo las consecuencias de llevarlo a cabo o quedarse de brazos cruzados sin nada qué hacer por su situación.

Estaba sumido en sus pensamientos, mirando discretamente a Kagura llevarse un trozo de sushi a la boca, cuando entonces la voz de su padre atrajo la atención de ambos.

—¿Y qué tal la escuela? —preguntó animadamente. Para toda respuesta su hija rodó los ojos y se apresuró a dar su opinión.

—Un asco. Hoy un idiota en motocicleta casi me atropella.

El señor Takeshi abrió los ojos como platos y medio se ahogó con el trago de té. Estuvo a punto de reclamar algo y Byakuya, viendo que esa podía ser una oportunidad perfecta para tomar desprevenido a su padre, casi pegó un salto en la silla y exclamó.

—Ella exagera, papá —dijo el muchacho tranquilamente. Kagura parecía estar a punto de soltarle una grosería, pero antes de que pudiera decir nada su hermano menor continuó—. Nadie quiso atropellarla, seguro fue un accidente.

—Eso espero —aseguró el hombre tosiendo discretamente—. O tendré que llamar a la escuela para que cuiden más a esos muchachos en el estacionamiento.

—Hablando de la escuela —Byakuya no prestó mucha atención a las anteriores palabras de su padre, y para cuando acordó se encontraba jugueteando con uno de sus mechones de cabello como quien no quiere la cosa—. Hay un…

—No —La tajante respuesta de su padre llegó a él sin siquiera molestarse en terminar de escuchar el comentario. Si conocía a sus hijos como lo hacía a pesar de sus largas ausencias por el trabajo, ya sabía por dónde iba el asunto y su respuesta era la misma de siempre.

—¡Ni siquiera he terminado de hablar!

—Sé lo que me vas a pedir, y es un rotundo no —afirmó seriamente. Kagura tragó su trozo de comida y gruñó con fuerza antes de meterse a la conversación. La charla de su padre y su hermano comenzaba a darle náuseas.

—Lo que sucede es que un tipo de la escuela hace una fiesta anual para todos los idiotas del instituto, y Byakuya quiere ir.

—Y es un no —afirmó una vez más el señor Takeshi.

—¡Pero papá…!

—Byakuya, ya cállate y déjanos comer —vociferó Kagura, harta de la conversación. Su hermano la miró con cierta hostilidad antes de responder.

—Tú no tienes que decir nada, Kagura —respondió tajante—. Ya sé que no quieres ir a la fiesta, ¡pero yo sí quiero ir!

—Ya te dije que no vas a ir. No hay permiso para ti —El hombre apuntaba a ambos, pero se dirigía especialmente al chico—. Además, hijo, ¿para qué quieres ir a una fiesta?

—¡Para divertirme! —exclamó como si fuera lo más obvio del mundo. El rostro de su acongojado padre se endureció y su hermana entornó los ojos, dando otro bocado a su comida. Si su hermano seguía con esas cosas se le espantaría el apetito.

Siguieron discutiendo unos momentos más, con Byakuya argumentando las virtudes de ir a una simple fiesta y disfrutar de su adolescencia como el chico de dieciséis años que era, mientras su padre respondía enérgicamente sobre los peligros de las fiestas de los jóvenes y lo que en ellas podía suceder. Habló de drogas, sexo irresponsable, tatuajes y hasta ritos satánicos (por lo cual terminó con una pequeña crisis al creer que le daba "ideas" a sus hijos) mientras el chico le rogaba que no exagerara un rato de diversión y música; Kagura, a su vez, rogaba que ambos se callaran para poder comer en paz (y si alguien como ella pedía paz, es porque realmente estaba fastidiada).

—No, ya dije que no —espetó Takeshi mirando fijamente a Byakuya. Luego apuntó a Kagura—. ¿Por qué no eres más como tu hermana? Ella nunca sale.

—Y no me dan ganas —secundó la aludida de forma burlona, mirando a su hermano con una cruel sonrisa.

—¡Porque tú eres una mutante!

—Da igual lo que ambos digan —Su padre cortó de golpe la pelea que apenas comenzaba entre sus hijos; como respuesta estos lo miraron con cierto recelo al verse interrumpidos—. Sé que no puedo estar mucho tiempo en casa, por eso hago lo posible por mantenerlos a salvo.

Al notar que el sermón de siempre empezaba, ambos muchachos se prepararon cada uno a su manera. Byakuya rodo los ojos y pasó a cruzarse de brazos, recargarse perezosamente en el respaldo de su silla. Kagura masculló algo de "no otra vez" y tomó un sorbo de su té negando levemente con la cabeza, maldiciendo al mismo tiempo a su hermano por arruinar la hora de la comida.

—No quiero que vayan a fiestas, no porque no confíe en ustedes —aclaró su padre luego de unas cuantas palabras que ambos chicos apenas escucharon—. No quiero que salgas embarazada, por ejemplo —agregó, dirigiéndose a Kagura, quien lo fulminó con la mirada.

—Papá, no puedes hablar en serio —Byakuya largó una sonora carcajada—. ¡Nadie está tan loco para meterse con mi hermana y mucho menos embarazarla!

—¡Cállate, idiota!

—En serio, ella es capaz de arrancarle las pelotas con...

—¡Byakuya, no te expreses así de tu hermana! —corrigió su padre enseguida mientras ella se cruzaba de brazos, ofendida.

—Luego te preguntas que por qué papá no te deja salir, idiota —masculló la muchacha.

—Además, Byakuya —Su padre se dirigió a él con toda la paciencia del mundo—. Tampoco quiero que embaraces a nadie.

El muchacho lo miró cómo diciendo "¿me estas jodiendo? ¿Qué no se me nota lo gay?" cosa que el señor Takeshi enseguida captó, pero negó rápidamente con la cabeza. Aún no estaba preparado para esa charla.

—¿Byakuya, él, embarazando a una chica? —exclamó Kagura al punto de las carcajadas.

—Está bien, hagan como que no dije nada —pidió su padre resoplando resignadamente. Para toda respuesta la joven tomó su plato y el vaso de té y se levantó de la mesa con expresión malhumorada ante la desconcertada mirada del muchacho y su padre.

—¿A dónde vas, Kagura? —preguntó Takeshi viéndola levantarse.

—A mi habitación, esta charla me ha quitado el apetito —Se dirigió a la cocina y ahí dejó las cosas, para luego salir del comedor a grandes zancadas. Antes de que pudiera salir de la habitación Byakuya la llamó.

—Hermana, ¿irás a la fiesta?

Se volvió hacia él y con el más espantoso tacto le dijo que él y la fiesta se fueran al carajo.

—¿Podrías dejar de ser tan idiota? —rogó su hermano en un último (y muy mal) intento de convencerla.

—¡Aquí el único idiota eres tú! —Kagura le levantó el dedo medio, ignorando el regaño de su padre hacia su forma de expresarse y pegó media vuelta a su habitación. Tanto su hermano como Takeshi escucharon cómo subía las escaleras a toda prisa.

El hombre tuvo ganas de tirar el rostro contra el plato de comida frente a él, preguntándose cuándo demonios sus hijos se habían vuelto semejantes adolescentes, mientras que un poco mas y Byakuya sentía ganas de echarse a llorar y hacer el berrinche de su vida al ver cada vez más lejos la posibilidad de ir a la fiesta.

Un rato después, a media tarde y cuando Byakuya estaba bien resguardado dentro de su habitación, tomó su celular y llamó a quien apenas horas atrás había tomado por deschavetado. Sí, lo que iba a aceptar era algo completamente chiflado y casi bizarro, pero estaba desesperado, y grandes problemas necesitan soluciones drásticas.

—Jakotsu —susurró Byakuya al teléfono cuando del otro lado escuchó la voz de su amigo—. Está bien, adelante con la idea.

—¡Ah, será tan divertido! —exclamaron del otro lado de la línea. Al joven de ojos violetas le pareció escuchar incluso un par de aplausos.

—Claro, muy divertido… —Resopló dejándose caer en su cama y sosteniendo el móvil contra su oreja—. Sólo espero que nadie pierda un ojo.

—Si eso llega a pasar, ten por seguro de que el que lo perderá, serás tú —corrigió Jakotsu sonriendo sádicamente desde su sitio. Byakuya se limitó a suspirar agotado y resignarse a lo que viniera.

Pero de que iba a esa fiesta, iba a ir. Nadie lo iba a detener, ni siquiera la temible Kagura Katsuguri.


Al día siguiente, durante el receso, Byakuya se apresuró a buscar un lugar lo bastante alejado del resto del mundo para comenzar con la primera fase de su plan, cortesía de Jakotsu. Este le dijo que ya todo estaba preparado antes de que siquiera el muchacho de ojos violetas lo dijera.

—Ya está todo listo —Jakotsu guió a Byakuya hasta uno de los salones de prácticas químicas que en esos momentos estaba desiertos, ideal para el loco negocio que ambos planeaban en nombre de la diversión—. Mis candidatos están ya reunidos y esperando por nosotros. Créeme, todos son perfectos: son chicos finos y elegantes.

Byakuya suspiró largamente, dudando unos instantes de aquella loca idea que su amigo le compartió durante el receso el día anterior y que ahora él aceptaba como si fuera la solución al hambre en el mundo, y en cierta forma lo era: solucionaría el hambre de fiesta que tenía Byakuya.

La idea era simple y sencilla, aunque parecía una idea que Jakotsu se había sacado de alguna película americana de romance adolescente, pero debía de admitir que él, rey de las ilusionas y los juegos, estaba desesperando ante la intransigencia antisocial de su hermana mayor que le arruinaba la adolescencia, y si era necesario recurrir a esos sucios métodos, pues que así sea. Nadie podía culparlo de desalmado, había sido orillado a aceptar esa clase de cosas.

El plan era este: le pagarían al valiente chico que se atreviese a intentar seducir a Kagura por un tiempo (el que aguantara y si lograba conservar las pelotas, claro), hasta lograr convencerla de ir a la fiesta más esperada de la escuela y por la cual Byakuya se moría de ganas por asistir. La regla de su padre es que si Kagura no salía de juerga, él tampoco podía hacerlo, y la cosa era precisamente lograr que un chico la sacara de casa de vez en cuando y la llevara a la fiesta de Miroku Akira; sólo así Byakuya podría asistir.

Por supuesto, el chico en cuestión debía encontrar la manera de convertirse en todo un conquistador ante aquella chica que tenía fama de hija del diablo, e incluso convencerla de irse de fiesta. ¿Cómo lo iba a lograr? Eso quedaba a jurisdicción y los métodos del chico, lo más que podía hacer Byakuya era elegirlo, tratando de adivinar cómo pudiera los gustos de su hermana mayor y pagarle al muy valiente.

Aunque, si el plan era descubierto, era más probable que él terminara colgado de las pelotas por su hermana que el improvisado actor que pensaban contratar (si es que conseguía algo) o le terminaría sacando los ojos, eso seguro.

—Más te vale que sean buenos chicos —Le advirtió Byakuya a Jakotsu mientras se encaminaban al salón. No tenía planeado perder su tiempo con candidatos sin esperanzas (ni el dinero), necesitaba alguien que fuera capaz. Puede que para Jakotsu aquello fuera un divertido juego y una trampa inolvidable, pero para Byakuya era su boleto de entrada a la fiesta y a la diversión de verdad que se merecía, por humanidad, todo chico de su edad y que a él siempre le habían negado.

Guardó una última esperanza en la selección de hombres que Jakotsu había hecho para el plan (dado que era gay y fanático de los hombres "lindos") y al abrir la puerta de la habitación con los candidatos dentro, Byakuya casi se va de espaldas.

—¿Estás de puta broma? —exclamó sin pudor alguno, posando los ojos en cada uno de los chicos—. ¿A quiénes conseguiste? Te pedí buenos chicos, no cinco ex convictos —Y no era para menos el alterado estado de Byakuya ante la escena. Frente a él había cinco chicos con su muy merecida y mala fama mirándolo con cara de pocos amigos.

Byakuya los conocía a todos de vista y de nombre, y todos en la escuela conocían sus antecedentes. Uno de ellos se llamaba Mukotsu, un pequeño chico que tenía la altura de un niño de primaria, gordinflón y con fama de pervertido, y de los raros, sin contar su perturbadora obsesión por toda clase de venenos. A su lado se encontraba Suikotsu, un joven bastante apuesto y divertido si se le encontraba el lado amable y de buenas, destacado estudiante en biología y con aspiraciones a doctor, o asesino serial, lo que sucediera primero, pero todo el mundo sabía que estaba algo loco y podía pasar de la mayor cordialidad a padecer un ataque psicótico (sin contar que era fanático de las armas blancas).

A eso le seguía Renkotsu, un joven que al parecer de Byakuya se la vivía con cara de "estoy chupando limón"; se rapaba la cabeza para verse más amenazante, y aunque era sumamente inteligente, era pirómano y se corría el rumor de que le había prendido fuego a un policía. A su lado se encontraba Ginkotsu, un muchacho pelirrojo que parecía no tener gran repertorio de palabras en su vocabulario y que seguía a Renkotsu a todos lados; Byakuya lo consideraba el más raro del grupito (incluso en una ocasión lo escuchó decir que se creía cyborg), y por ultimo estaba Kyokotsu, un muchacho altísimo y sumamente robusto con cara de loco que tenía un apetito voraz y que de lejos lucía como un ogro.

—No son ex convictos, son amigos míos —le murmuró Jakotsu a Byakuya, quien de inmediato pensó que entonces sí eran ex convictos—. ¿Qué no sabes? A nosotros nos gusta hacernos llamar "Los Siete Guerreros", pero aquí nos dicen "Los Siete Cabrones".

—¿Siete? —Byakuya se pegó un poco a Jakotsu. Por alguna razón sentía que en cualquier momento el tal Suikotsu se lanzaría contra él para apuñalarlo o que Renkotsu le prendería fuego sólo para reírse un rato.

—Bankotsu es nuestro líder, sólo que es un vago —respondió escuetamente el joven—. Ahora, escoge a tu cuñado.

Jakotsu empujó con fuerza a Byakuya, dejándolo justo delante de los cinco muchachos. El chico tembló un poco, pero haciendo uso de su ensayada pose de calma y habilidad para hacer como si no pasara nada, sonrió nerviosamente y levantó una mano en señal de saludo.

—Este… hola —No recibió ningún saludo de vuelta. Pensó que esos chicos necesitaban urgente unas clasecitas de etiqueta y modales, lo cual lo dejaba a él un poco más jodido de lo que ya estaba. Su hermana lo que menos quería era salir con un chico grosero que ni siquiera devolvía el saludo.

—Imagino que Jakotsu les habló del por qué los he reunido aquí… —Miró hacia atrás, buscando con la mirada al aludido, quien simplemente se encogió de hombros.

—En realidad no. Sólo nos dijeron que uno de nosotros era candidato para un trabajo especial y que nos pagarían bien —aclaró Renkotsu con seriedad. Byakuya suspiró ya sintiéndose agotado.

—¿A quién hay que matar? —Se apresuró a inquirir Suikotsu, sonriendo levemente con un dejo de sadismo que le puso la piel de gallina a Byakuya. Creería en los milagros si salía vivo de ese salón.

—No, no hay que matar a nadie… creo —respondió atropelladamente. Luego Jakotsu se acercó a él y le susurró al oído.

—Ahora que lo dice, puedes mandar matar a tu hermana y asunto resuelto —sugirió con una traviesa sonrisa.

—No quiero matar a mi hermana, a veces… —exclamó Byakuya en voz baja. Luego se volvió hacia los muchachos que esperaban cada vez más impacientes hablar del negocio que había entre manos y juntó agallas para proseguir—. Bueno, como sea. Empezaré con una pregunta… ¿algunos de ustedes sabe quién es mi hermana? ¿Kagura Katsuguri?

Hubo varios asentimientos de cabeza (Ginkotsu sólo pudo decir "sí, sí, sí") y Byakuya consideró que aquello era buena señal. Al menos no habían salido corriendo al escuchar su nombre e incluso pensó que no era tan mala idea contratar a uno de esos chicos (aunque Mukotsu quedaba completamente descartado, por feo); sólo chicos malos y temerarios como esos podían lidiar con la fiera de su hermana.

—Tiene su fama —contestó Renkotsu desinteresadamente, dirigiéndose directamente a Byakuya.

—Es una chica muy linda —Ese había sido Mukotsu, quien habló más para sí que para los demás, mientras un raro sonrojo aparecía en sus mejillas y una sonrisa babosa se gesticulaba en sus labios.

Byakuya pensó que ni loco lo escogería a él.

—Yo le daría a tu hermana, pero está loca —añadió Suikotsu con descaro. Al parecer se encontraba en su "faceta malvada".

—Este… sí, gracias, lo que sea —balbuceó Byakuya, incómodo por los comentarios hacia su hermana; ya hasta le estaba entrando culpa, pero de inmediato se quitó todo remordimiento de encima. Tenía mucho trabajo que hacer entrevistando a cada uno de ellos, y mejor empezar y escogerle un buen chico para su hermana, luego se lo agradecería… ¿verdad?

Tomó una de las sillas del salón y la puso frente a él, invitando a los jóvenes a sentarse. Empezó por Mukotsu, sólo para descartar de inmediato.

—¿Saldrías con Kagura Katsuguri? —Fue su pregunta inicial, a lo cual Mukotsu puso cara de espanto y se echó hacia atrás en la silla. También lucía ligeramente ofendido.

—Oye, yo sé que todos saben que estoy desesperado por tener novia —dijo el bajito muchacho—. Pero no estoy tan desesperado como para salir con alguien como ella.

Justo como lo pensó, lo descartó al instante, aunque pensó que si hasta el mismo Mukotsu rechazaba salir con su hermana cuando le ponían en bandeja de plata las cosas e incluso le pagaban, pensó que no habría mucha suerte con los demás.

Siguió con Ginkotsu, quien era su segunda opción de descarte.

—¿Saldrías con mi hermana? —El robusto muchacho pareció quedarse un rato analizando la información (Byakuya pensó que se le escurriría la baba por la boca) y luego contestó de una forma que resultaba casi robótica.

—Sí, sí, sí…

¡Denle un premio, el primer valiente!

—¡En serio?! —exclamó el muchacho mientras una enorme sonrisa se dibujaba en su rostro.

—¿Con quién dijiste? —balbuceó Ginkotsu frunciendo ligeramente el ceño, como si le costara hablar. Byakuya rodó los ojos.

—Con Kagura Katsuguri, mi hermana mayor.

—¿Kagura…? ¡Ah, no, no, no! ¡Con ella no!

Byakuya, a esa altura de las cosas, ya se quería dar de topes contra la pared y eso que apenas llevaba dos. Llegó a tener ganas de tirarse del quinto piso cuando le tocó entrevistar a Kyokotsu, sobre todo cuando el tipo le comenzó a preguntar qué tal era el apetito de su hermana, lo cual era muy mala señal porque el tipo ese tenía fama de ser fanático del canibalismo, y definitivamente Byakuya no quería que su hermana terminara siendo el almuerzo de alguien como él aunque lo sacara de quicio.

Hasta era buen hermano y todo.

—¿Saldrías con Kagura Katsuguri? —Ahora tenía frente a él a Renkotsu, quien lo miraba con su seriedad de siempre, esa seriedad que parecía que en un cualquier momento podía romperse con un súbito y violento ataque pirómano. El muchacho de ojos violeta casi lo podía imaginar quemando la escuela hasta sus cimientos, con todas esas pobres almas en desgracia calcinándose dentro, en un infinito dolor, mientras Renkotsu reía macabramente y ofrecía aquellos sacrificios a Satanás.

Renkotsu, ajeno a los truculentos pensamientos del chico, se quedó callado unos instantes, como pensando en la propuesta y la posibilidad de salir con la fierecilla de Kagura a cambio de unos cuantos billetes.

—No lo sé, puede ser… ¿a tu hermana le gusta quemar cosas? —Byakuya se quedó paralizado unos instantes y alzó una ceja.

—Pues… no que yo sepa.

—Ah, entonces no. Una chica que no sabe usar el fuego, no es una verdadera chica.

—Ok… —balbuceo Byakuya, sintiéndose más agradecido que apesadumbrado al ver que el pirómano ese rechazaba la oferta; definitivamente no lo quería como cuñado. Hizo pasar a su última esperanza: Suikotsu, y pensó que estaba más jodido de lo que humanamente se podía.

—¿Saldrías con mi hermana?

—¿Salir con Kagura? —Suikotsu se cruzó de brazos y alzó una ceja, pero luego se deshizo en escandalosas carcajadas—. ¡Ja, claro! Oye, que estoy loco, lo sé, pero tampoco estoy tan loco; aún tengo algo de consciencia.

—¡Oh, vamos! —exclamó Byakuya como último intento de convencimiento. Debía de aceptar que con todo y su problema de personalidad múltiple, Suikotsu era su mejor opción, al menos si se mantenía con su "lado bueno y amable" podía resultar hasta apuesto—. Sólo es una chica —agregó intentando restarle importancia a la fama de su querida hermana.

—¡Ja, sólo una chica! —dijo burlonamente el muchacho, levantándose de su asiento e indispuesto a seguir escuchando sobre un negocio sin futuro—. Discúlpame si aprecio mis pelotas. Ve y consíguete a otro suicida, yo paso.


—¡Eso fue un puto desastre! —Byakuya se dejó caer pesadamente sobre las gradas, tapando la luz del sol y su vergüenza con ambas manos mientras escuchaba el sonido de sus compañeros jugando voleibol. Sentía que podía incluso aspirar el aroma de su derrota. Jakotsu se encogió de hombros y miró aburrido a las muchachas que jugaban mientras Byakuya gruñía frustrado.

—Nunca iré a esa fiesta. Estoy frito —agregó apesadumbrado. Jakotsu entornó los ojos, tratando de lidiar con el ataque depresivo que sufría su amigo y se acercó a él, levantándolo por los hombros y haciéndolo sentarse. Un poco más y se vio tentado a darle una cachetada para que reaccionara.

—No, no digas eso. No te quiero escuchar así, que me deprimes —dijo mientras lo zarandeaba un poco—. ¡Vamos, quiero escucharte hablar con entusiasmo!

—¡Estoy frito! —contestó Byakuya fingiendo una sonrisa tonta y moviendo teatralmente las manos.

—¡Así me gusta! —exclamó Jakotsu devolviendo la sonrisa. Byakuya rodó los ojos y posó la vista al frente. Observó unos instantes a las muchachas jugando. Su hermana estaba entre ellas y descargaba en los deportes toda su frustración y mal genio, soltando golpes y caderazos al por mayor, lo necesario para conseguir la pelota. Era un espectáculo que había visto varias veces y no le impresionaba en lo más mínimo, quizás apenas y compadecía a las compañeras de equipo de Kagura, pero en esos momentos la agresiva fama intempestiva que tenía su hermana le estaba provocando demasiados problemas; ni siquiera los chicos con la peor fama de la escuela querían salir con ella.

Desvió la vista y se topó con otros tantos jóvenes que observaban la práctica deportiva, pero hubo un par de chicos a unos pocos metros que llamaron su atención irremediablemente. A pesar de ser hombres, ninguno prestaba mayor atención a las muchachas que jugaban con su ropa deportiva.

Byakuya forzó la vista. Pudo ver a Bankotsu, uno de los amigos de Jakotsu, sentado junto a otro joven que sólo conocía por nombre y vista, aunque su fama lo precedía. El muchacho, que llevaba el uniforme desarreglado y el larguísimo cabello suelto, prendió un cigarrillo el cual le fue arrebatado por el chico de la trenza, quien con una sonrisa burlona lo tiró al suelo y lo apagó.

—No deberías fumar. Ayer nos mandaron reporte por ello —Escuchó que Bankotsu le decía al muchacho.

—No estés jodiendo. Para lo que me importa —El tipo de cabello largo sacó una cajetilla y volvió a prender otro cigarro. Pareció sentir la mirada de alguien sobre él, porque luego de unos segundos se volvió, topándose con Byakuya, quien de inmediato desvió la vista tratando de disimular una vez que aquellos ojos carmines lo enfocaron. No pudo evitar pensar que era un chico, hasta cierto punto, interesante, a pesar de que intimidaba con su sola presencia.

—Oye, ¿y qué tal él? —Byakuya señaló al muchacho discretamente mientras este se volteaba. Jakotsu lo reconoció de inmediato—. Podríamos contratarlo para salir con mi hermana. El tipo intimida.

Jakotsu sólo atinó a poner cara de espanto y negar con la cabeza repetidas veces. Se acercó a Byakuya para susurrarle, como si tuviera miedo de que el aludido pudiese escucharlos.

—¡Oh, no, él no! No, Byakuya. Él es un criminal…

—Tú también eres un criminal —contestó mirándolo de reojo.

—Claro, pero… nunca como él —Imprimió cierto aire de misterio en su voz, cosa que dejó más que intrigado a Byakuya. El joven entrecerró los ojos y se acercó un poco a Jakotsu; mientras más le advertía que no pensara siquiera en él, más le gustaba como "cuñado".

—Su fama es terrible —Empezó Jakotsu, tratando de amedrentar a su amigo de no cometer locuras—. Se llama Naraku Kagewaki. Yo lo conozco porque es amigo de Bankotsu, y es guapo y todo, pero está loco. Dicen que estuvo en prisión por asesinar a su padre, pero que la mafia Yakuza lo sacó y ahora trabaja para ellos. Además, se dice que come de almuerzo balut, todo lo que sean fetos de animales, dicen que hasta de humanos, que los manda pedir a China. Creo que lo más grave que ha hecho es que vendió la mitad de su corazón y un pulmón en el mercado negro, ¡solo para comprarse su motocicleta!

Byakuya lo miraba extrañado, con el ceño fruncido, asimilando la información que le había dado y que sonaba tan truculenta como exagerada. Podía decirse que era cierto, más si el tipo era amigo del líder de la banda a la que pertenecía Jakotsu, pero había cosas que no le cuadraban.

—Pero… si vendió su corazón y un pulmón por una motocicleta… debería estar muerto, ¿no? —Jakotsu frunció el ceño unos instantes y se rascó la cabeza, confundido. Para cuando acordó Byakuya ya se levantaba de su lugar y se dirigía a la banca donde estaban sentados los chicos, con una seguridad que espantó a Jakotsu y lo hizo temer por la integridad física de su amigo.

—¡Espera! —Lo alcanzó estando a sólo un par de metros y lo tomó del brazo, impidiéndole seguir—. ¿Qué no oíste todo lo que te dije?

—Si el tipo es así de peligroso y raro, entonces eso lo hace… ¿especial? ¿No? Especial para mi hermana, llamará su atención.

No dijo más, seguro de que era el tipo ideal para su hermana, e ignorando las constantes advertencias de Jakotsu siguió encaminándose, pero nuevamente su amigo lo alcanzó.

—Muy bien, como quieras. Si deseas que tu hermana salga violada, es cosa tuya, pero primero déjame hablar con Bankotsu —le dijo Jakotsu antes de pedirle que se quedara ahí unos instantes. Byakuya obedeció y vio al chico enfilarse hacia donde estaba el líder de su banda, quien lo recibió con una sonrisa divertida. Los vio secretearse unas cosas, echándole furtivas miradas a Naraku, quien estaba concentrado en consumir su cigarro sin prestar atención al joven vestido en uniforme femenino y a su amigo de la trenza.

Sólo después de unos momentos Jakotsu le hizo una señal para que se acercara, y con exagerados gestos le indicó que se dirigiera directamente al famoso y temible Naraku Kagewaki.

Byakuya se sonrió confiado cuando comenzó a caminar hacia el lugar, pero mientras más se acercaba a donde estaba su nuevo y posible candidato, sintió cómo poco a poco y a cada paso que daba, la seguridad y la confianza se le escapaba por cada poro de su cuerpo. Algo le decía a gritos dentro de sí que todo eso saldría muy mal.

Joder, ¿con quién se estaba metiendo? ¿Y con quien andaba metiendo a su hermana?

—Hola —saludó escuetamente una vez que quedó a un lado de Naraku, ya seguro de que no había marcha atrás. El aludido ni siquiera se tomó la molestia de volverse a verlo, por lo cual Byakuya tomó algo de aire y miró un instante a Jakotsu, quien lo alentó a seguir con exagerados ademanes mientras Bankotsu los observaba alzando una ceja.

—Ayer me contaron lo del pato —agregó inseguro. Sólo entonces Naraku frunció el ceño y reparó en la presencia del desconocido chico a su lado que intentaba hablarle sabrá el cielo con qué razón. Se volvió hacia él tomando su cigarro entre los dedos y alzó una ceja entre desconcertado y molesto.

—¿Te conozco? —inquirió de mala gana, intimidando a Byakuya más de lo que quiso aceptar. Para tratar de quitarse la inseguridad de encima miró hacia la cancha de voleibol y enfocó a su hermana, quien se encontraba concentrada en el juego sin reparar en él ni en nadie más.

—Esa chica —La apuntó levemente mientras Naraku miraba hacia el mismo lugar—, no sé si la conozcas. Es mi hermana, Kagura Katsuguri.

La aclaración no pareció importarle mucho a Naraku, quien no entendía a qué iba la rara presentación sobre la chica con la cual se había topado dos veces el día anterior (y que encima lo trató de imbécil) pero se dispuso a escuchar.

—Quiero que salgas con ella —soltó Byakuya de golpe, pero lo único que logró fue sacarle una sonora carcajada a Naraku, carcajada que compartió con Bankotsu.

—Sí, claro, niño —Entre sus cínicas risas el chico arrojó el humo de su cigarrillo al rostro de Byakuya.

—Oye, escucha. No iré a la fiesta de Miroku Akira si ella no sale, necesito a un chico que salga con ella —comenzó Byakuya, tratando de ignorar la rotunda negativa de Naraku—. Nuestro padre está loco. Tiene algo con las fiestas y los chicos y…

—Es una triste historia, y creo que no me importa —Naraku alzó ambas cejas con burla y dio una calada a su cigarrillo, dejando de prestarle atención al muchacho que de una vez ya tomaba por tarado.

—Y… ¿te importaría si te pago una generosa compensación por seducir a mi hermana? —propuso, sacando su carta de la suerte. Sólo entonces Naraku pareció prestarle verdadera atención, y justo cuando Byakuya pensó que estaba tocando el punto más débil del muchacho, este sonrió sardónicamente.

—¿Me pagarás por salir con tu hermana? —Byakuya asintió—. ¿Y es mucho?

Para toda respuesta el joven metió la mano en la bolsa de su saco y sacó varios billetes que le mostró a Naraku discretamente. El joven vio la cantidad y alzó una ceja. Bankotsu, curioso por el negocio que comenzaba a llevarse a cabo, se asomó un poco y contó la cantidad de dinero que el chico ofrecía por su hermana.

—¿Nada más eso? —exclamó el muchacho de la trenza casi sintiéndose ofendido, dirigiéndose entonces a Naraku—. Oye, yo que tu pediría más. Yo intenté ligarme a Kagura y la tipa casi me corta los huevos.

Byakuya pareció querer fulminar con la mirada al moreno, pero entonces el peculiar cuarteto miró hacia la cancha, justo cuando Kagura luchaba por tomar el balón.

—¡Hazte a un lado, idiota! —Lo siguiente que vieron fue a Kagura abalanzándose sobre una chica de su propio equipo, dándole un caderazo que la mandó un par de metros lejos y la tiró al suelo sólo para ser ella quien golpeara la pelota de regreso. La muchacha golpeada salió corriendo del campo, despavorida al probar sólo un poco de la ira de la famosa Kagura.

Byakuya torció la boca y maldijo mentalmente a su hermana, condenándola por ser tan agresiva, mientras Naraku lo observaba cómo diciendo: "No pondré en riesgo mis pelotas por tan poco".

—Bien, creo que tienes razón —Volvió a meter la mano en el saco, sacando otro par de billetes y aumentando su oferta, aunque la cantidad de dinero no convenció a Naraku del todo.

—Déjame hacer cuentas —El chico exhaló una bocanada de humo y se relamió los labios, mirando un instante a Bankotsu—. Si vamos al cine, será el doble de eso. El cine es costoso —Mientras hablaba se levantó y caminó lentamente alrededor de Byakuya, rodeándolo como si fuese una presa desahuciada y listo para arrojarse sobre él—. Si vamos a cenar, será el triple. Y ella no es cualquier chica, ¿cierto?

Miró a Bankotsu y ambos compartieron una risa cínica; amaban burlar y timar gente.

—En total… serán setenta.

—¡Oye, eso es mucho dinero! —exclamó Byakuya, sintiéndose irremediablemente estafado.

—Está bien. Cincuenta y es un trato, Katsuguri —ofertó Naraku, destilando confianza por cada poro de su cuerpo y dando una calada a su cigarrillo—. ¿Quieres ir a esa fiesta, o no? Las fiestas de Miroku Akira se ponen muy buenas.

Byakuya miró al cielo unos instantes y torció la boca. Esperó a que Jakotsu interviniera para ayudarlo dada su amistad con Bankotsu y la amistad de este con Naraku, pero nada sucedió. No le quedaba de otra más que pagar y atenerse al precio del exigente Naraku Kagewaki.

Sin más opción le extendió los billetes y este los tomó con una sonrisa, guardándose el dinero en la bolsa del pantalón.

—Tenemos un trato —dijo Naraku, sonriendo malignamente.


Con el negocio cerrado y una vez que la práctica de voleibol terminó, Byakuya y Jakotsu se retiraron discretamente a las gradas y se mantuvieron atentos para ver a Naraku en acción y evaluar sus habilidades como conquistador. Byakuya elevó una plegaria al cielo esperando que el chico supiera cómo diablos conquistar a una chica.

Cuando el maestro de deportes dio por terminado el juego las jugadoras se dispersaron y Kagura, que no había notado nada del negocio que se cerró alrededor de ella y frente a sus narices, caminó hacia el sitio donde había dejado sus cosas. Con un codazo de Bankotsu, Naraku se puso en marcha y caminó hacia ella, no dispuesto a perder el tiempo.

—Que tal, niña —saludó Naraku una vez que quedó frente a ella, con sólo una banca separándolo de la joven, que alzó una ceja al levantar la vista y encontrarse al muchacho de frente. Lo miró confusa y de inmediato lo reconoció como el chico que casi la había atropellado en el estacionamiento y que la empujó al salir de la oficina de la orientadora.

Se mantuvo callada, mirándolo con una mezcla de confusión y desprecio, no muy segura de qué decir.

—¿Qué haces? —se aventuró a preguntar Naraku, sin apartar su sonrisa burlona que no causó el más mínimo sentimiento de empatía en la muchacha.

—Sudo como puerco, ¿y tú? —contestó de mala gana mientras se recorría el fleco del rostro. Naraku alzó una ceja.

—Linda forma de llamar la atención.

—Oh, sí, llamar la atención. Mi misión en la vida —dijo Kagura con sarcasmo mientras guardaba rápidamente sus cosas—. Me da gusto saber que al menos contigo ha funcionado. Ahora puedo morir en paz.

Sin dar tiempo de contestar nada y dando por terminada la charla más rara de su vida, se echó al hombro su mochila y comenzó a caminar mientras Naraku la seguía con insistencia.

—Oye, ¿te veo este viernes? —propuso él casi susurrándole al oído. Kagura sintió un escalofrío recorrer su espina al escucharlo tan cerca, pero disimuló y siguió caminando.

—Sí, claro… idiota.

—Te mostraré cosas que jamás has visto —insistió Naraku, sin dejar que la joven lo intimidara con su sarcasmo y claro rechazo. Si fuera un chico normal, a esas alturas de las cosas se habría retirado en pos de salvaguardar su dignidad masculina, pero le estaban pagando bien; el rechazo le venía dando lo mismo mientras hubiera billetes de por medio.

—Ajá, claro. ¿Cómo qué? ¿Las oficinas de la mafia Yakuza o los bares del centro? —Desaceleró su paso, dejando que Naraku la alcanzara hasta caminar a su lado y una vez teniéndolo así, ella le dedicó su mejor gesto de desprecio para ver si lo espantaba—. ¿Sabes siquiera mi nombre, tonto?

—Kagura Katsuguri, y sé mas sobre ti de lo que crees —respondió Naraku, sonriendo confiado. Casi se sintió ofendida por la forma en que se dirigió a ella, como si con eso esperase que se lanzase a sus brazos.

—Oh, wow. ¡Sabes mi nombre! Qué gran método de conquista —exclamó con sarcasmo, deteniendo su caminar unos instantes—.Tú eres el idiota que ayer casi me atropella y que me empujó al salir de la oficina de la orientadora.

—¿Ah, hice eso? —Naraku frunció el ceño, como si le hablaran de algo poco importante de lo cual apenas se acordaba.

—Esperaba al menos una pequeña disculpa —aclaró Kagura cruzándose de brazos. El joven frente a ella desvió la vista unos instantes y torció la boca antes de hablar.

—Lo siento… pero yo no me disculpo nunca —respondió cínicamente. Kagura gruñó por lo bajo y entornó los ojos, comenzando a caminar nuevamente y sin poder creer aún el descaro tan altanero de ese desgraciado. El joven esta vez no la siguió, pero antes de que se alejara demasiado, la llamó a gritos.

—¿Entonces nos vemos el viernes?

Para toda respuesta Kagura se volvió unos instantes y le mostró el dedo medio antes de seguir caminando.

Naraku se quedó parado en su lugar, y desconcertado por primera vez en mucho tiempo, metió las manos a los bolsillos de su pantalón, pensando que la había cagado (y nunca la había cagado tanto con una chica) mientras escuchaba las risotadas de Bankotsu, que había visto toda la escena y predecía divertido aquel desastre anunciado.

Desde las gradas Jakotsu ahogaba sus risas y Byakuya miraba entre espantado y decepcionado a Naraku, pensando que acababa de tirar un montón de dinero a la basura.

—¿Estas de joda? ¡Es un idiota! —exclamó observando a su candidato, que sentía era el mayor de los fracasos si de chicas se trataba.

—Dale una oportunidad. Tu hermana no es fácil.

—¡Estamos fritos! —vocifero el muchacho con desesperación.

—Ya te dije que no te quiero escuchar con esa actitud tan negativa. ¡Vamos, te quiero escuchar con ánimo!

—¡Oh, cállate, Jakotsu! —respondió Byakuya de mala gana, sintiendo unas fuertes ganas de echarse a llorar.


Bueno, he aquí el segundo capítulo. Aquí se comienza a ver más de qué va todo. Para quienes ya vieron la película se habrán imaginado desde hace mucho cómo iban a ser las cosas entre Naraku y Kagura, así que no es ninguna sorpresa. Lo que no sé es cómo diablos haré el tercer cap xD

En fin, no tengo mucho que decir. Espero hayan disfrutado de este segundo capítulo y muchas gracias a aquellos que se dan el tiempo de leer y dejar review.

Me despido

Agatha Romaniev