Disclaimer: He descubierto que casi todo lo que se ha escrito sobre el amor, es verdad. Para algunos, inexplicablemente el amor se desvanece. Otros simplemente lo pierden. Pero claro, también se puede encontrar amor, aunque solo dure una noche. También hay otra clase de amor, el amor más cruel, el que casi mata a sus víctimas. Se llama "amor no correspondido".

Notas de la autora: Hola, he vuelto con el primer capítulo de esta historia. Estoy tan emocionada por comenzar este nuevo proyecto. Para las personas que han visto la película, se darán cuenta la esencia del mundo de Harry Potter no se perderá... ¡Haré todo lo posible para que eso no suceda! Espero sigan la historia y comenten mucho. Por cierto, estaré publicando un nuevo capítulo cada lunes. La historia ya está a la mitad, por lo que no me atrasaré en publicar los capítulos siguientes. Eso es todo. ¡Un enorme abrazo!


Capítulo 1

Faltaban seis días para Navidad y se notaba en el ambiente. En "El Profeta" se llevaba a cabo la tan esperada fiesta de fin de año, donde todos los trabajadores del periódico se reunían para celebrar el inicio de las vacaciones decembrinas. Algunos brindaban con cerveza de mantequilla, otros más osados, se tomaban el Whiskey de Fuego como si fuera agua. Para todos era amor y diversión, bueno, para casi todos.

- Cormac McLaggen… – dijo una voz bastante chillona a su lado - ¿Aún sigues enamorada de él? ¿Después de tres años? – preguntó la chica a su lado, Pansy Parkinson, su compañera de trabajo que fumaba un cigarrillo mentolado, un cigarrillo completamente muggle.

No se había dado cuenta que se había quedado viendo a la nada con su cerveza de mantequilla en la mano. Se tomó el contenido de su tarro en un segundo y lo dejó sobre el escritorio. Volvió la mirada hacia su compañera e inmediatamente la dirigió al joven que se encontraba al otro lado del lugar.

- No, no, no.– respondió la castaña de manera automática. – Se acabó, totalmente…

- Cuéntame cuál es la historia entre ustedes dos. - la tomó por los hombros y se la llevó a su cubículo. – Dime, ¿te acostaste con él? – preguntó bajito.

- Peor aún, me enamoré de él.

- ¡Ah, sí! Fue cuando te enteraste que se acostó con la zorra de Cultura. – comentó.

La castaña se le quedó viendo, pasó un camarero a su lado y tomó esta vez un vaso de Whiskey de Fuego, para zampárselo de un solo trago.

- Fue cuando dejé de acostarme con él. – concluyó.

- ¡No puede ser, Granger! – dijo airada. Los que estaban cerca la habían escuchado y ahora las miraban con curiosidad. Se dio cuenta de su error y siguió – Siempre los veo juntos ¿Él te engañó y siguen siendo amigos?

- ¡Estaba tan loca por él! – se sentó en la silla giratoria frente al escritorio, estaba a punto de llorar. - ¡Maldición! ¿Se nota que estoy llorando? – preguntó alarmada.

La morena se agachó y le pasó un pañuelo desechable para que se limpiara la cara. – No querida, parece que te entró humo del cigarrillo. – Se levantó y se sentó en el escritorio, mientras la castaña se limpiaba las lágrimas.

- ¿Alguna vez te dijo que te amaba? – preguntó con cuidado.

- ¡Si! – respondió la castaña rápidamente. – Bueno… No lo dijo exactamente así. Cuando lo interrogué directamente me preguntó si era una pregunta capciosa, y definitivamente no lo era. – se excusó.

- Se supone que cuando alguien te engaña, no debes seguir hablándole. Es más, debes lanzarle cosas o alguna que otra maldición, incluso una imperdonable. Pero jamás ser su amiga y menos lavarle la maldita ropa. – respondió enérgicamente. Granger la miró con enojo. No podía creer que le hubiera dicho eso último.

- Yo no le lavo la ropa. ¿Quién dijo que le lavaba la ropa? – respondió indignada. La morena sorbió de su taza para ocultar la mirada al haber sido descubierta. Si, quizás ella había sido una de las que expandieron "ese" chisme, quizás.

La castaña estaba con los ojos completamente rojos. Parkinson la miró con lástima, su compañera estaba llorando por el idiota de siempre. ¡Tres años de obsesión era demasiado! No era una persona que le gustara dar afecto, pero qué más daba. Ya casi era Navidad, la chica estaba llorando como mandrágora y el guapo de su exnovio se estaba paseando por ahí con su nueva novia: Daphne Greengrass.

- A veces nos enviamos cartas por lechuza, cuando no está ella, claro. – la morena la miró con incredulidad.

- ¡Merlín! No me había dado cuenta de lo patética que eres.

No podía ser posible. La bruja más feminista del mundo mágico, estaba sufriendo por un hombre. ¡Era inaceptable! Si pudiera le haría un Imperius a la castaña, para que mandara a McLaggen directito a San Mungo.

- Oye, Granger… - vaciló un poco – Será mejor que te calmes y termines lo que tengas que hacer, porque en un rato será el brindis. - la castaña sorbió su nariz. Se limpió la cara con un pañuelo y le agradeció a la morena. Tomó su bolso y se dirigió a su oficina.

Su oficina en "El Profeta" era muy bonita pero pequeña. Ella se encargaba de la sección de "Aplicación de la Ley Mágica". Prácticamente de todo lo relacionado a las leyes mágicas: la promulgación de una nueva ley, el cambio de una vieja ley, propuestas de nuevas reformas, críticas de los juicios y del Wizengamot en general. Aunque no era una sección tan leída por la comunidad popular, era leída por la "realeza" de la comunidad mágica, y eso, le daba un buen de beneficios. Desde asistir a las fiestas más importantes y codearse con los más ricos de Inglaterra, hasta formar parte de la Junta de la Ley Mágica y poder opinar sobre ella. Quizá ella no fuera de una familia de sangre pura, pero era muy inteligente, sabía de leyes y lo más importante, trabajaba para "El Profeta". Los millonarios definitivamente la querían cerca.

- ¡Toc – toc! – reconocería la voz en cualquier lugar – Trabajando hasta el último día. – dijo, como siempre con ese tono tan seductor que le encantaba.

- Cormac… - suspiró un poco, el rubio se encontraba recargado en la puerta de esa forma tan sexy - ¿Qué haces aquí? – preguntó con cautela.

- Quería saber qué hacía mi editora favorita en la fiesta de fin de año, cuando todos están holgazaneando afuera. – se alzó de hombros.

- ¡Oh! Tengo que terminar algunas cosas. Aguarda un segundo. - respondió y siguió escribiendo rápidamente.

- ¿Es divertido tener un cerebro tan brillante y veloz? – preguntó juguetón.

- No molestes. – escribió la última línea de su columna y giró sobre su silla para encararlo.

- Hola, cielo. – saludó él.

- Hola. – respondió - Leí tu columna del día de hoy. Me encantó lo que escribiste: "Me preocupa que el Quidditch profesional se distancie de los valores del deporte. Se habla de una celebración y no se habla de la anotación."

- Tengo que confesarte algo. – la castaña lo miró confundida, pero alentó a que siguiera – Eso realmente lo dijo Potter en uno de nuestros entrenamientos en Hogwarts.

La castaña se sorprendió de que su mejor amigo hubiese dicho semejantes palabras, pero le sorprendió más que Cormac haya escrito aquello sin haberlo citado. Decidió dejarlo pasar, y sacó del cajón de su escritorio un paquete envuelto elegantemente con colores rojos y dorados.

- ¡Oh, querida! Yo no traigo nada para ti… - dijo él un poco incómodo, sin embargo, ella lo dejó pasar y estiró la caja para que él la tomara. – No es que no traiga un regalo, es que está en mi casa.

- No hay problema. Es un buen día, el año pasado nos dimos los regalos hasta marzo, vamos mejorando. – dijo sonriendo.

El joven abrió el regalo cuidadosamente y no pudo evitar sorprenderse al recibir la primera edición de "Quidditch a través de los tiempos" de Kennilworthy Whisp, autografiado por el mismo autor y con una dedicatoria:

"Para: Cormac

De: Hermione

¡Qué suerte tienes! La chica que te ha regalado esto, es fascinante. Mira que buscar la primera edición solo para ti. No la dejes ir. – Whisp, K."

- Lamento que haya escrito eso. – sonrió apenada – Cuando lo leí, ya era demasiado tarde. Si no lo deseas, puedo subastarlo en algún lado. – Él la miró y luego sonrió.

- ¡Oh, no! Muchas gracias… Además, nadie querría un libro con nuestros nombres. – contestó son una sonrisa. - ¿Por qué siempre eres tan linda conmigo? – dijo bajito.

A lo lejos se escuchó la voz de la directora de "El Profeta". Estaban llamándolos a todos para poder dar inicio al brindis de fin de año.

- Nunca podemos hablar… - dijo él, disculpándose con la mirada y sonriéndole en agradecimiento por el regalo. Salió, dejándole sola.

- Odio que no podamos hacerlo. – susurró.

Salió de su oficina y se desplazó por el lugar hasta llegar casi hasta el frente del podio. Su jefa estaba sobre la tarima, aquella tarima que utilizaban cuando se daban las noticias más importantes del periódico.

- Primero que nada ¡Feliz Navidad! – los demás corearon lo mismo como respuesta. – Segundo… ¡Parkinson! – nadie contestó - ¿Dónde está nuestra editora de Sociales? Esto le concierne a ella. – La morena que se encontraba coqueteando con el editor de economía, puso los ojos en blanco cuando escuchó su nombre. Se despidió de su lindo compañero de trabajo y avanzó hasta donde se encontraba su jefa.

- Aquí estoy su real majestad. – respondió Pansy con fingido interés, la directora la fulminó con la mirada.

- Hace unas horas, se dio a conocer una noticia muy importante. – todos miraban a la directora con curiosidad – "El profeta" tendrá el honor de ser el primer periódico en obtener la exclusiva. Dos de nuestros colegas más queridos anunciaron su compromiso el día de hoy… ¡Les presento a la prometida Daphne Greengrass y a Cormac McLaggen!

La castaña sintió como su corazón dejó de latir por un segundo. Parkinson la miró de reojo.

- Si hubiera sabido, traigo mi mejor traje. – dijo McLaggen con su mejor sonrisa, mientras subía al podio junto a su prometida. - No dejen de comer los pasteles de calabaza, para ahorrar algo de dinero e irse con su amante… - terminó de decirlo y la miró a ella.

Había sido un chiste horrible, en todos los sentidos. Sin embargo, sonrió, a pesar de que seguía intentando con todas sus fuerzas que las lágrimas no salieran. Los miró a los dos, estaban sonriendo, ella mostrando su anillo de compromiso y él tomándola de la cintura.

Parkinson estaba furiosa. Quizás en Hogwarts, Granger y ella no se habían llevado bien porque la castaña era una insufrible sabelotodo. Quizás ella había tratado de entregar a Harry Potter -el mejor amigo de Granger- a Voldemort. Pero la castaña fue la única que le habló cuando logró entrar a "El Profeta", fue la única que no la hizo sentir como una paria.

Pansy vio como Hermione dio la media vuelta y se dirigió a la salida. Quiso alcanzarla, pero la zorra de Greengrass la acorraló para advertirle que la exclusiva tenía que ser exactamente cómo ella quería.

- Cariño… - interrumpió Parkinson a la otra – Con el poco respeto que te mereces, tú no me vas a decir cómo debo hacer mi trabajo… - la rubia estirada la miró mal – Y lárgate de mi vista, antes de que considere poner como título: "Por siempre la prometida, jamás la esposa".

- ¿Cómo te atreves? – respondió furiosa.

- ¿Quieres que haga una semblanza de tu historial amoroso? ¿O quizás quieras que ponga cómo fuiste dejada en el altar por nada más y nada menos que, Draco Malfoy, mi mejor amigo?

La rubia echaba chispas y estaba tan roja que parecía un camarón. La pelinegra le sostuvo la mirada hasta que la otra dio la media vuelta y se fue con McLaggen. Pansy trató de alcanzar a la castaña, pero la Red Flu estaba vacía. Ya se había ido.

Cuando Hermione llegó a casa, se permitió llorar.


Los trabajadores de la mansión empezaban a laborar desde temprano. Algunos podaban el césped, unos limpiaban las habitaciones y otros preparaban el desayuno. El sonido de un golpe en la ventana de una de las habitaciones que daba hacia el jardín, lo había despertado. Se levantó de un salto del sofá y fue a ver que había pasado. Vio como el desgnomizador hacía volar a esos pequeños gnomos por los aires. Se rascó la espalda y fue directo a la habitación de arriba.

- ¡Draco! – llamó a la puerta y abrió. No esperaba ser recibido por un tintero de oro. – Puedo decir que no me acosté con él. – trató de razonar, mientras el rubio seguía dando zancadas y aventando cosas por toda la habitación.

- ¡Claro! – ironizó – Tu recepcionista se quedó a trabajar hasta las tres de la mañana.

- Muchos nos quedamos hasta esa hora para trabajar, quiso acompañarnos. – respondió.

- Ah, ¿sí? – se llevó la mano al pecho en señal de juramento y continuó – Jura por mi vida que no te acostaste con él. - El rubio se lo quedó mirando por unos segundos, esperando a que el otro respondiera.

Por supuesto que no estaba siendo irracional al haberlo mandado a dormir al sillón. Necesitaba escuchar de sus propios labios que no lo había engañado.

- ¡Dragón! – fue lo primero que dijo.

- Vamos, te escucho. – Se cruzó de brazos, esperando.

Como lo suponía, no lo negó.

- No quiero que me acuses de… - contestó el castaño, pero no pudo terminar porque el rubio ya le estaba lanzando todos los objetos que tenía cerca.

- ¡Tu recepcionista, Anthony! - El rubio abrió el gran armario y comenzó a sacar todas las cosas que no eran suyas. - Sabía que no debíamos casarnos, por eso no dejé que te deshicieras de tu casa. – tomó las camisas y con un pase de varita -que no era suya- empezó a quemarlas. – Porque en el fondo, muy en el fondo… - siguió destruyendo sus cosas – sabía que lo ibas a hacer.

- Te digo que no me acosté con él. – volvió a decir – Además, hemos tenido problemas todo el año. No lo quieres aceptar, pero esa es la verdad.

El más joven dejó de romper las cosas para encararlo. Sabia que habían tenido problemas durante los últimos meses. Ya fuera que Anthony estuviera trabajando en el Ministerio de Magia en Inglaterra o que él estuviera trabajando en la empresa de la familia en Francia.

- ¿Cuál es tu problema? – respondió el rubio – Si yo trabajo demasiado, te quejas todo el tiempo. Pero si tú trabajas mucho, maestro, es por el bien de la comunidad. ¿Sabes qué? Que te jodan.

- Llevas 34 contratos en lo que va del año, cenas de gala, cierre de tratos con los inversionistas, incluso empezaste a utilizar un celular ¡Tú, con un aparato completamente muggle! – reclamó el más alto – Y ya no hablemos del tema del sexo, porque no recuerdo la última vez que lo hicimos.

- Ya nadie tiene tiempo para el sexo. – respondió tajante.

- Eso no es del todo cierto. – esta vez recibió un golpe seco en el abdomen, le había aventado el celular.

- ¡Basta, si te acostaste con él y quiero que te vayas! – gritó el rubio. El castaño se dio la media vuelta y salió de la habitación con dirección hacia las escaleras. - ¿Sabes qué creo, Anthony? – le siguió de cerca - Creo que nunca me amaste ¿Qué tal eso? Creo que te encantaba más la idea de nosotros, pero no de mí.

Llegaron hasta la planta baja y los trabajadores que estaban ahí salieron rápidamente para evitar la batalla que se avecinaba. Los elfos domésticos se desaparecieron, seguramente hacia las cocinas de la mansión. El rubio se dirigió a la puerta de salida, con la varita de Anthony en las manos.

- Malfoy, ¿esa es mi varita? – preguntó con desconcierto – ¡Devuélvemela! - gritó alarmado.

- Eres tan idiota que ni siquiera tuve que desarmarte con magia. – abrió la puerta y la aventó hacia el jardín - ¡Luego envío tus cosas por Red Flu! – la casa lo había arrojado por la puerta e inmediatamente empezó a formarse un halo de color dorado alrededor de ella. Draco le había quitado el permiso para poder entrar.

Los gritos de Goldstein continuaban escuchándose por todo el jardín. La varita de éste seguía perdida en algún lugar, quizás había caído en algún arbusto porque no alcanzaba a verla.

- Sabes que es tu culpa, ¿verdad? – gritó el castaño con todas sus fuerzas frente a la ventana que pertenecía a la habitación del rubio, con la intención de que este le oyera - Estropeas cada relación que has tenido, así eres tú.

Malfoy subió rápidamente las escaleras con la intención de ya no escucharlo. Necesitaba insonorizar la mansión, pero la varita de Goldstein la había aventado y él no tenía la suya.

- Nunca quieres una relación, siempre te resistes a ese hecho. – gritó – Y es difícil detectar cómo lo haces… ¡Porque nadie es tan inteligente como tú! – El desgnomizador seguía trabajando, evitando escuchar lo que decían aquellos dos. - ¡Siempre pasa!

- ¿Qué pasa? –preguntó Draco, había abierto la ventana de su balcón para encararlo.

- ¡Que todo acaba! – respondió el moreno desde abajo. – Pero tú sabes que te amo, que no hay nadie como que tú. Solo que no quieres ser lo que necesito…

Malfoy lo miró enojado, su cabello largo estaba despeinado por tanto ajetreo, además de, que el viento lo hacía despeinarse más.

- Bueno, no lo que necesito… - dijo rápidamente – Tú sabes a lo que me refiero….

- Sabes, Anthony… Yo no te engañaría… – respondió enojado – ¡En ninguna situación!

- ¡Y yo tampoco! – dijo fuerte - ¡Mírame! Estoy sudando como un puerco y mírate tú. – lo señaló acusadoramente – Eres la única persona sobre la faz de la tierra, que rompe con su novio y ni siquiera llora ¡Eso debe significar algo!

- ¿Por qué le das tanta importancia a que no llore? – cuestionó. - ¡Oh! – se tocó el pecho para calmar el dolor - ¡Espasmo esofágico! – siguió quejándose - Hoy está fuerte, descuida estaré bien. – le dijo al moreno porque se veía preocupado.

- Lo sé – respondió automáticamente - Estaba pensando en mí y en dónde dejaste mi varita.

- Anthony, se acabó, pero podemos ser honestos mutuamente. – dijo conciliador – Solo dime… ¿Te acostaste con él? – preguntó. El hombre de los gnomos lo vio desde el otro lado de la acera y le indicó con la mirada que respondiera que no. - Ya que importancia tiene. ¿Por qué torturarme? ¡Quítame ese peso!

Anthony se quedó callado, el trabajador seguía indicándole con señas que diera una negativa, para evitar otra pelea. Vio como Draco lo miraba expectante, y que continuaba con su cara de dolor debido a los espasmos que le daban, siempre que estaba enojado o estresado.

- Esta bien. – respondió al fin - Si me acosté con él, tenías razón ¿Ya eres feliz? – lo miró expectante - He estado teniendo sexo con él. Es joven y me adora. – Draco lo miraba sin expresión alguna – Mira, no me siento orgulloso de eso, solo quería que los supieras ¡Draco!

El de ojos plata había desaparecido del balcón por unos minutos, quizás ya no iba a salir, y le pidió a alguien que insonorizara su hogar. Estaba a punto de darse la media vuelta, cuando el rubio apareció.

- ¿Dijiste que si me siento feliz? – preguntó retador.

- No fue mi intención, a veces me haces desvariar y digo cosas sin pensar. - respondió a la defensiva.

- En el mundo del amor, Anthony, y no es que yo sea un genio en eso… – con cada palabra se acercaba más a él - Pero en el mundo del amor, engañar, simplemente no es aceptable.

- No importa lo que pienses, sé que tienes una alta opinión de ti mismo, solo que no fue mi culpa…

- ¡Claro! – el sarcasmo de Draco era palpable solamente en esa palabra.

- Así que cuando no estés tan furioso… – tomó de los hombros al rubio - Creo que entenderás. - Draco se soltó del agarré y lo empujó lejos.

- Tal vez cuando deje de imaginármelos juntos, entenderé tu idea.

Su exnovio lo miraba con lástima, y eso sí que no. Le había visto la cara de idiota durante los últimos meses, pero nadie lo miraría con lástima jamás, no desde el final de la guerra. No pudo más, le dio un puñetazo en la cara. El castaño se tocó la mejilla con signo de dolor, sin embargo, el rubio sabía que no lo había golpeado tan fuerte, y eso aumentó su enojo. - Debes estar… - comenzó Anthony, pero no pudo terminar la frase, porque Draco, con todas sus fuerzas lo volvió a golpear y lo tiró al suelo. Le había roto la nariz.

El rubio entró a su casa, dio un portazo y empezó a despotricar contra todo el mundo. Los elfos, con su magia, impedían que las cosas que Draco aventaba cayeran al suelo o se estrellaran contra la pared. No se había dado cuenta, pero su amigo Blaise se encontraba recargado en el marco de la puerta de la sala, y tenía la sonrisa más grande de su vida. Estaba seguro que lo había visto hacer el berrinche descomunal de hace unos instantes.

- Buen golpe, dragón. – dijo el moreno – Se lo merecía.

Draco se calmó bastante ante el comentario hecho por su amigo de la infancia. Sabía que Goldstein no era de su agrado, por lo que se encontraba feliz al ver semejante rompimiento.

- Era un estúpido, Blaise. – le respondió Draco, mientras se acercaba a él y le daba un abrazo para saludarlo.

- Cariño… – puso los ojos en blanco – Eso ya lo sabía, pero te empecinaste en andar con él. – le respondió estrechándolo en sus brazos.

El rubio llamó a uno de sus elfos para que les sirvieran el desayuno y se dirigieron al comedor. Blaise y Pansy habían sido los únicos que le siguieron después de la guerra. Una vez terminada y al no tener nada ni nadie por quién quedarse en Inglaterra, pues sus padres habían muerto, decidió irse a vivir a Francia. El Ministerio de Magia le había quitado Malfoy Manor y las cuentas de Gringgots a nombre de su padre, pero no pudieron hacerse con las cuentas que tenía bajo el nombre de los Black.

La mansión en la que vivía actualmente estaba a nombre de su madre, por lo que tampoco había quedado en manos del Ministerio inglés. No era muy grande, de hecho, parecía más una casa de verano. Sin embargo, seguía siendo la más bonita del condado.

- Draco… - comenzó Blaise con aquel tono que utilizaba para los negocios - Tenemos un problema.

El rubio dejó los cubiertos encima del plato y se cruzó de brazos. Odiaba hablar de negocios cuando comía. Claro que lo hacía todo el tiempo para cerrar tratos, pero no cuando estaba en casa y con sus amigos.

- ¿Qué es tan importante para que empecemos hablar sobre el trabajo mientras estoy comiendo? – respondió con el mismo tono que el moreno.

- Escocia no firmará nuestro acuerdo de exportación de pociones, si Inglaterra no está dentro del trato. – el rubio siguió con su expresión seria, no eran buenas noticias.

- Supongo que Irlanda del Norte y Gales tienen la misma postura. – afirmó el rubio.

El moreno asintió sin decir ninguna palabra. Draco lo miró fijamente para saber si su amigo y socio le mentía, pero no era así. Parecía que el Reino Unido estaba completamente al tanto de su pasado y que no podría extender su negocio con sus vecinos del norte.

- Pues tendremos que buscar otros socios. – respondió Draco. Blaise lo miraba cómo si le hubieran salido otras dos cabezas.

- ¿Acaso estás loco? – preguntó el moreno – Perderíamos una gran oportunidad de expansión. – vio como el rubio se mordía los labios para evitar la réplica - Si contamos con el Reino Unido, será más fácil negociar con los americanos.

Lo sabía, el rubio lo tenía muy claro. Sin embargo, no estaba seguro de querer negociar con Inglaterra. Toda la comunidad mágica inglesa aún lo consideraba un mortífago en potencia. Draco se recargó completamente en la silla y con su mano derecha empezó a trazar círculos imaginarios sobre el mantel. De repente, un elfo doméstico apareció, anunciando la llegada de alguien por Red Flu.

- A que no adivinan lo que sucedió el día de ayer… - entró su mejor amiga, Pansy, con una botella de merlot en sus brazos. Los saludo con un beso en la mejilla a ambos y se sentó a la izquierda del rubio. Un elfo hizo aparecer su desayuno y sirvió una copa del vino que llevó, a todos.

- Nuestro Draco rompió con Goldstein. – interrumpió el moreno.

La morena no dijo absolutamente nada por unos minutos. Fue hasta que Malfoy enarcó una ceja, cuando su parlanchina amiga por fin hizo algo, empezó a reír. El rubio la miró mal, el moreno escondió su sonrisa detrás de su copa de vino y la morena estaba a punto de tirarse al piso para seguir riendo.

- Zabini, cielo, me debes cien galeones. – dijo, al terminar de reír. Draco la taladraba con la mirada.

- Toma… - sacó del bolso de su saco, una bolsita de terciopelo y se la aventó sobre la mesa. La morena la cachó en el aire y la aguardó en su bolso de color rojo.

Después de aquella escena, se dispusieron terminar de comer. Una vez que terminaron, pasaron a la sala, dónde la morena les contó lo que había pasado en la fiesta de fin de año en "El Profeta".

- Siempre odié a McLaggen, nunca supe por qué Slughorn lo invitaba a las reuniones en sexto año. - comentó Blaise.

- Si hay algo peor que Goldstein, ese es McLaggen. – secundó Draco.

- Independientemente de que Granger y yo no seamos las mejores amigas del mundo, creo que lo que McLaggen le hizo, fue una verdadera guarrada. – sentenció la morena. - ¿Saben qué es lo peor? – los otros la miraron interrogantes – Que soy yo la que tiene que hacer la exclusiva. - Sus amigos la miraron, la morena se veía decaída. Blaise se acercó a ella y pasó sus brazos por los hombros de la chica. Draco también se acercó y recostó su cabeza en el regazo de ella.

- Pansy, nena… ¿Le has agarrado cariño a la Gryffindor sabelotodo? – preguntó Blaise juguetón. La chica lo miró mal, pero no lo negó.

- No es eso. Es que siendo sincera, gracias a ella pude entrar a "El Profeta" y fue la única que no me trató como la peste. – respondió ella bajito, mientras acariciaba los mechones rubios de Draco.

El rubio se levantó de su lugar y empezó a reír fuertemente. Se acercó a Blaise y estiró la mano. El moreno lo miró con enojo y le aventó una bolsita con galeones, similar a la que le había dado a Pansy hace un rato.

- ¡No volveré a apostar con ustedes! – dijo enojado.

- Te dije que nuestra Pansy por fin había hecho una amiga, y que iba a caer bajo los encantos de Gryffindor. – respondió el rubio alegre.

- No he caído bajo sus encantos. – dijo Pansy a la defensiva. – Solamente que ella es la única decente en el periódico. Bueno, y el guapo editor de Economía…

- ¿A qué casa perteneció? – preguntaron los dos al mismo tiempo. Pero la pelinegra bajó la mirada avergonzada pues no estaba segura de responder.

- Gryffindor. – dijo bajito, mientras sus amigos se reían a carcajadas

- Los detesto. - sentenció la morena.

- Pasaron todo el día actualizándose sobre los chismes de la comunidad inglesa, también hablaron del problema que tenían sobre el comercio de sus pociones en Reino Unido. Incluso vieron películas en el aparato muggle que compró Draco llamado televisor, mientras comían palomitas y pastel de calabaza. Cuando dieron las diez de la noche, la castaña les avisó que su traslador saldría en cualquier momento.

- Chicos, los extrañé mucho. – los abrazó a ambos – Por cierto… ¿Qué haremos para esta Navidad?

- Debimos hablar sobre ello hoy, para ponernos de acuerdo. – respondió el rubio.

- Pongámonos de acuerdo durante la semana, entonces. - respondió el moreno.

La chica asintió, los abrazó a ambos nuevamente y se fue por Red Flu a la terminal de Trasladores Internacionales. Inglaterra la esperaba, además de una Gryffindor en depresión y una exclusiva que definitivamente no quería hacer.