Sin desearlo mi mente se encontró perdida en medio de recuerdos, vagando entre recovecos de remembranzas ya casi olvidadas.
Era sólo una niña cuando lo conocí, tendría apenas ocho años. En aquella época al igual que ahora era bastante solitaria, mi color de piel y la historia de mi madre solían llamar la atención del resto de niños, y no me gustaba dar explicaciones de algo que no llegaba a comprender.
Todos decían que era bastante huraña, para mí era simplemente algo normal estar sola. Me sentía cómoda en mi mundo de soledad infantil, disfrutaba cada día con los cambios lentos y maravillosos de la naturaleza.
Como casi todos los días al salir de aquella vieja construcción de adobe y paja que llamábamos escuela, me encontraba vagando en medio de los maizales, buscando las cañas más tiernas y dulces. Era casi todo un ritual en aquella época, una vez que terminaba de saciarme del dulce jugo de las cañas, usaba el rastrojo para hacer mis propias canastitas de juguete.
Aquella tarde no fue la excepción; el silbar del viento al cruzar el maizal, acompañaba el ritmo de mis pasos mientras caminaba esquivando a los surcos y a las plantas de habas que se enredaban en las altas cañas; mi mirada vagaba de un lado a otro, unas veces buscando algún nido de gorrión para mirar las crías de lejos, otras perdiéndose en el azul del cielo buscando alguna nube que se pareciera a una oveja o al perro que solíamos tener.
— ¿Tú debes ser la hija de Charlie?
La voz del hombre a mi costado me sobresaltó, no era común encontrarse con algún peón a aquellas horas de la tarde y menos aún con alguno de los patrones. Intente recordar su nombre, los que vivían en la casa hacienda no solían salir casi nunca a los sembríos, a excepción de las épocas de cosechas y siembras. "Quizá no se trata de uno de los patrones" pensé, pero al verlo con el pantalón de montar tan blanco como las nubes; el pañuelo oscuro de seda, mostrándose en medio del elegante saco de lana y el sombrero de paja finamente trenzado; ya no tuve dudas, sin duda sería el cuarto hermano, ese que decían que vivía en la capital.
—Si —le respondí en un susurro bajando la cabeza, para fijar mi mirada en el suelo. Mi padre decía que era un símbolo de respeto.
— ¿y dime cómo te llamas? —la voz suave y amistosa con la que hizo la pregunta, me animó a levantar el rostro, no se parecía en nada a sus hermanos, salvo por el tono pálido de piel, sus ojos tenían una calidez que jamás había visto en los otros patrones.
—Isabella Swan —le dije con una mezcla de timidez y temor, escondiendo a mis espaldas las cañas que haba recogido, me sentía bastante incómoda frente a aquel hombre, no era esa especie de miedo que sentía cuando veía a sus hermanos, cada domingo al salir de la iglesia. Era algo distinto, tenía más que ver con mi timidez y la evaluación silenciosa a la que estaba sometiéndome.
—Eres muy parecida a tu madre —afirmó mientras me levantaba suavemente el mentón, sin duda mi reacción al apartarme bruscamente de su mano le divirtió, ya que sonrío mientras seguía con su evaluación.
Un llamado agudo y casi tan infantil como hubiera sido el mío me sobresaltó, intenté alejarme unos pasos del patrón, pero lo único que conseguí, para mi mala suerte, fue tropezarme y caerme de espaldas sobre mi pequeño trasero.
— ¡Tío Carlisle! —volvió a llamar el niño.
—Sin duda has heredado el equilibro de Charlie —río antes de contestar al llamado de su sobrino. —¡Estoy aquí!
El niño, que apareció unos minutos después era completamente distinto a los que había visto antes: llevaba el pantalón de montar casi tan limpio como el de su tío y la cara blanca como la luna, no tenía una sola mancha de tierra, el cabello de un tono cobrizo estaba perfectamente peinado. Me pregunté si aquel niño estaría sano, si correría como los otros en medio de los pastizales o si se quedaría todo el día encerrado en casa.
—Edward, ella es Isabella — explicó el patrón mirándonos alternativamente, como esperando una reacción por parte de alguno de los dos. Me limité a seguir observándolos en silencio, recordaba haber escuchado el nombre del niño, pero nunca lo había visto. —Me esperarás con ella, hasta que regrese, los sembríos de papa están demasiado lejos para que puedas seguirme. —Concluyó el hombre, antes de volver sobre sus pasos.
Sin embargo el niño no obedeció. Caminó lentamente detrás de su tío, antes de que este se girara para ver que sucedía.
— ¡No quiero quedarme aquí!, puedo seguirte sin dar problemas — afirmó el niño con altivez, levantando el mentón. —Además debe ser la hija de algún peón —agregó, mirándome de arriba abajo con aire de superioridad.
—Tienes mucho que aprender hijo, no puedes juzgar a la gente por como luce —lo regañó con tono paternal, acuclillándose para quedar a la altura del chico —Quiero que me esperes aquí y eso es lo que harás.
El niño asintió sin discutir, casi me eché a reír a carcajadas cuando vi su rostro. Ya no tenía la mirada altiva, ni el mentón en alto, su cara parecía la del bebito de la "Meche" cuando estaba a punto de echarse a llorar.
En aquella época aún no entendía bien las diferencias entre peones y patrones, no entendía porque teníamos que bajar la mirada ante ellos, cuando no lo hacíamos ni siquiera ante "doña Pancha", que era la anciana más respetada del pueblo, porque podía curar cualquier cosa. Lo único que sabía es que los patrones tenían casas más lindas que las de nosotros y no trabajaban tanto.
Me senté sobre el pasto verde dispuesta a seguir con la labor de mis canastas, él hizo lo mismo a unos metros de distancia, podía sentir cómo me observaba, pero yo preferí fingir que no lo notaba.
—Isabella —dijo por fin luego de varios minutos.
—Bella —le corregí sin pensar, había olvidado que era el sobrino del patrón.
— ¿Qué? —preguntó arrugando el ceño, confuso.
—Que me dicen Bella, no me gusta mi nombre —le dije, antes de fijar la vista de nuevo en mi canastita que ya iba tomando forma.
Noté que algo llamó su atención cuando se levantó sigilosamente, se acercó despacio a un montón de paja seca que había cerca a donde estábamos, cuando escuche el piar de un pequeño gorrión.
— ¡No lo hagas! —grité instintivamente cuando vi que estaba a punto de levantar el nido — Si lo haces, su madre lo abandonará y el gorrioncito morirá. —expliqué más tranquila, cuando vi que se detuvo, asustado por mi reacción.
Me acerqué hasta donde él estaba y vi lo que él veía; eran dos crías, tenían el piquito abierto y sus cuerpecitos aún no tenían casi plumas, se afanaban por levantar sus cabezas a pesar de lo delgado de sus cuellitos, esperando una comida que todavía no llegaría.
— ¿Te gustan? —me preguntó, dando una última mirada al nido, antes de empezar a caminar a otra roca un poco más alejada del nido.
—Sí, su canto me hace compañía y me recuerda a mi mamá —le respondí, tomando mis cosas que había dejado olvidadas en el suelo y acercándome a él.
—Mi madre murió hace seis meses, mi padre está muy triste y por eso nos dejó a mi hermana Alice y a mí, con el tío Carlisle y la tía Esme en Lima —me confesó con voz afligida.
—Mi mamá también murió — fue lo único que atiné a decir. Ya sabía quién era aquel niño, era el hijo del patrón Marcus y si mi padre se enteraba de que prácticamente le había gritado, me regañaría.
Por unos momentos nos quedamos mirándonos en silencio, yo muerta de miedo por lo que pudiera ocurrir, él intentando ocultar su pena.
No estoy segura de que fue lo que pasó durante aquellos segundos, pero a partir de aquel entonces y durante los siguientes seis años, nos olvidamos de que él era el patrón y yo la hija de un pobre campesino.
— ¿Bella me estas atendiendo?, te digo que ya no falta nada para que Edward este aquí — La voz cantarina de la que sería la patrona me trajo de vuelta al presente.
—Lo siento señorita Alice, ¿qué me decía? —pregunté confusa.
Ella río, sabía que detestaba que la tratara de "señorita" cuando estábamos solas, pero era un hábito que había adquirido con el paso de los años.
—Que se celebrará una gran fiesta por la llegada de mi hermano —me explicó mirándome entre extrañada y divertida —Además creo que abra una sorpresa, escuché a mi padre decirle al tío Carlisle que ya era hora de que Edward se comprometiera.
Un dolor ahogado atravesó mi pecho, sentí que mi rostro palidecía y sentí el escozor de las lágrimas que amenazaban con escapar de mis ojos, cuando escuché las últimas palabras pronunciadas por la que hasta aquel entonces había sido y era mi mejor amiga. Sabía lo que ello significaba y también que ese día llegaría, pero el hecho de saberlo no calmaba mi pena.
Este capítulo no me terminó de convencer, lo edite no sé cuantas veces pero todavía ahora siento que falta algo.
Spoiler: En el próximo capítulo llega Edward… ¿se encontrarán?
Denadadetodo: Esperó que otras partes te den más miedito.
Isa Kathe: Gracias por el coment, intentaré actualizar dejando un dia.
