Capítulo 2

1915: EL RETORNO DE LOS ANDREW

Chicago, Illinois.

El verano iniciaba en la Ciudad de los Vientos. El clima era cálido, lo suficiente para que las familias optaran por las actividades al aire libre. Los parques eran visitados por pequeños con sus niñeras para correr y divertirse. Sin embargo, el ambiente festivo era empañado por los vientos de guerra cada vez más poderosos, que, cual huracán extendiendo sus brazos amenazaba con alcanzar y destruir la paz de los Estados Unidos de América. Las grandes empresas se cimbraban ante el cataclismo que se avecinaba y los movimientos de la banca eran dirigidos hacia salvaguardar los intereses políticos, por lo que muchos banqueros temían la estabilidad de sus fuentes de trabajo y por las familias que dependían de ellos.

Ante esta situación; George Johnson, la mano de derecha de Sir William Andrew enfocaba todo su esfuerzo para localizar a quien había sido como un hijo. Habían transcurrido varios meses desde su desaparición y era precisa la toma de urgentes decisiones. Aunque el peso de tener que tomar estas decisiones no era tan gravoso de llevar como el vacío que su querido amigo había dejado en su corazón. Su rostro se veía agotado emocionalmente; los esfuerzos por localizarlo aún en el mismísimo corazón de la guerra usando todo el poder e influencia de la familia habían sido en vano. Nada se sabía del joven millonario. Las últimas noticias que había recibido era la carta que el mismo joven le había enviado desde la lejana África anunciando su regreso para tomar su lugar como cabeza del Clan Andrew. Pronto el regocijo experimentado al leer dicha misiva se había transformado en tormento para el fiel colaborador. Esa mañana había invocado fervientemente los poderes del cielo, su andar era cansado y su mirada estaba perdida. ¿Cómo enfrentaría esa mañana a la Señora Elroy? El joven Alistear había marchado como voluntario al frente de guerra completamente ajeno al drama que la dama estaba viviendo ante la ausencia de William y recientemente habían recibido noticias de su muerte, la familia se había mantenido hermética ante las nuevas de tal acontecimiento, aún así habían organizado un sencillo funeral cuya tristeza se incrementó por un ataúd vacío. Ni siquiera tuvieron el consuelo de una cristiana sepultura para el alegre joven Cornwell. Había pasado tanto tiempo con la familia que había llegado a amar a todos sus miembros y, el sufrimiento de la dama le agobiaba sobremanera. Ensimismado en sus pensamientos abrió la elegante puerta de madera finamente labrada. Iniciaría las pesquisas del día pero…

-¿Por dónde iniciar? ¡Dios! ¡Es tan frustrante! ¡William! ¡Dónde puedes estar!

Permitió salir estas frases con un dejo de dolor. Era la primera vez que se permitía expresar su angustia en voz alta. Sintió como las fuerza lo abandonaron y reposó sus brazos en el enorme escritorio victoriano plagado de papeles pendientes por firmar.

-Vamos George, no te aflijas, estoy aquí-. Obtuvo por respuesta.

Lentamente el sillón imperial se dio vuelta para mostrar la galante figura de un joven. Se levantó con la gracia de un felino y se dirigió hacia su viejo amigo.

Mirando las interminables torres de papelería sobre su escritorio jovialmente agregó:

-Parece que las cosas no han cambiado mucho por aquí –. Mientras una ligera sonrisa, aparecía en sus finos labios.

La atmósfera del reencuentro era de total alegría, sin embargo su receptor no podía articular palabra alguna. Entonces las pocas fuerzas que lo mantenían lo abandonaron, sus piernas flaquearon y el mayor de los hombres se dejó caer en el sillón para visitantes que cómodamente le recibió. Los ojos del hombre estaban totalmente acuosos y sin poder evitarlo, dejó que las lágrimas corrieran libremente sin pena alguna. Finalmente "El Hijo Pródigo" había decidido volver.

William de inmediato le acercó un vaso de agua para ayudarle a reponerse. Una vez que la bebió el pobre hombre, aún temblando de la emoción, se incorporó para abrazar a la persona más importante en su solitaria vida. Se abrazaron durante varios minutos, hasta que el empleado recobró la compostura y, finalmente habló.

-¡William! ¡Me has tenido sumamente preocupado! ¡Temí que no volvería verte! ¿Pero dónde te has metido muchacho? ¿Qué has estado haciendo? ¿Por qué desapareciste? ¿Cómo es que no te comunicaste conmigo? ¿Cuándo…?

El joven se empezaba a sentir mareado con tantas preguntas. Tuvo en ese instante un sentimiento de Deja Vú al recordar las incontables ocasiones en que había escuchado las mismas preguntas. Cuando era pequeño siempre se escapaba a su tutor para pasar tiempo con sus animales, tocando la gaita, cabalgando o simplemente trepando árboles. El hombre siempre lo recibía con las mismas interrogantes.

-¡Espera George! ¡Detente! ¡Me estas abrumando! Permíteme explicarte lo que sucedió.

George se dio cuenta que eso era lo mejor así que decidió escucharlo. Ambos amigos sirvieron una copa de Whisky, se sentaron y así el joven emprendió la tarea narrativa más extenuante de su vida. Realmente era un buen narrador pues el hombre mayor pudo crear las imágenes mentales de lo sucedido tal como si él hubiese estado presente. Diferentes expresiones eran matizadas en su rostro, a veces de terror, otras de preocupación, de ira, de impotencia y, finalmente, no pudo evitar reír abiertamente cuando el joven William habló sobre las ocurrencias de su pupila durante sus tratamientos de shock.

Quedó maravillado ante el singular relato de supervivencia de su amigo. Los hilos se habían tejido de tal forma que sus mismísimos sobrinos habían colaborado en su recuperación. Esa fue la oportunidad que el joven siempre había deseado para convivir con los jóvenes que amaba y hubiese sido un gozo cabal si su sobrino Anthony formase parte del grupo, pero él había muerto, por lo menos eso era lo que toda la familia había creído, el dolor de aquél funeral que tuvo que observar desde lejos no había sido olvidado todavía.

Adivinando sus pensamientos en la evasiva mirada del magnate su amigo opta por cambiar el tema de conversación.

-William-: Inicia aclarando su garganta-. Hay muchos asuntos de los que tengo que darte cuenta; sin embargo, hay uno en particular que me tiene desconcertado y solo tú puedes arreglarlo. Al ver la interrogación en la mirada de William decide proseguir-: Ayer vino a visitarme tu cuñado, el Sr. Brown. Dijo que tiene suma urgencia de hablar contigo.

-¿Vincent? ¿Te refieres a Vincent Brown? ¡El padre de Anthony! ¡Qué extraño! Hace tres años, desde la muerte de mi sobrino, que no sé nada de él. Sé que estuvo presente durante la cacería pero extrañamente no noté su presencia durante el funeral de mi sobrino. ¿Recuerdas? Ni tú ni yo lo vimos. Pero me alegra que haya regresado, me va a dar mucho gusto volver a verlo.

-De eso quiero hablarte. El señor Brown tenía una actitud bastante extraña. No es más aquél hombre de trato amable que conocimos y estuvo perdidamente enamorado de tu hermana. Había algo en su lenguaje corporal que me hizo comprender que su visita no tiene fines muy placenteros que digamos. Tenía un particular tono en su voz que mostraba una suma frustración al no encontrarte.

-¿Tienes alguna idea de que pueda estarle incomodando?

-No pude averiguarlo. Traté de indagar sus propósitos pero la respuesta a mis preguntas fue un enorme silencio. Debe ser bastante delicado, pues ante mi idea de contactarlo con Madame Elroy se negó y un extraño brillo apareció en sus ojos. Como si hubiese tocado una fibra que no debía. Dijo que estaría en la ciudad hasta que regresaras; que no se movería de aquí así tuviera que esperar toda una vida.

-Sabes dónde localizarlo. Me ha intrigado mucho lo que me has dicho –. El joven realmente estaba inquieto ante las declaraciones de su eficiente amigo. No podía entender que era eso que había traído a su cuñado nuevamente que la tía no pudiera resolver. Sus finas facciones se ensombrecieron, sus manos retiraban de su rostro un mechón rebelde que caía sobre sus ojos. De pronto sonrió ante el pensamiento-: Tal vez debería adoptar la idea de Candy y usar un lasito para mi pelo.

-¡William! ¿Me escuchaste?

-¿Eh? No. Disculpa. ¿Decías?

-Esta es la tarjeta que tu cuñado me dejó-. El pobre George no podía comprender muy bien cómo es que en un momento tan delicado William Andrew dibujara una sonrisa.

Nuevamente clareó su garganta como preámbulo a un nuevo tema de conversación.

-William, hay un asunto muy importante que es preciso que atiendas de inmediato –. Si el buen George hubiese sabido el motivo de la visita del Señor Brown jamás hubiera emitido semejante sentencia.

-Continúa George –, responde el joven con un dejo de preocupación.

-Se trata de la señorita Candy

-¿De Candy? No entiendo.

-Supongo que estas al tanto del acoso que Neal Legan ha emprendido en pos de ella.

-Lo ignoro por completo. Seguramente Candy no ha querido decirme nada para no alterar mi estado de ánimo. Recuerda que hasta hoy, tiene la idea de que sigo enfermo de amnesia.

-Sí claro, eso debe ser. Me he enterado que apenas anoche la señorita Candy tuvo que arrojarse al lago para escapar del joven, que, con engaños la había llevado hasta una Villa levantada en la orilla del mismo.

-Anoche la encontré en el camino completamente empapada, la invité a charlar un poco e hicimos la promesa de que compartiríamos nuestras penas a partir de hoy-, decía mientras recordaba el Picnic improvisado que habían compartido.

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Boston, Massachusetts

Anthony regresaba de su cabalgata matutina. Se dirigió al establo para resguardar su caballo. Era un ejemplar árabe pura sangre blanco como el que solía montar en Lakewood. Disfrutaba de la brisa matinal golpeando su rostro, del olor de los pinos y del pasto húmedo por el rocío de la noche anterior.

Entró a la casona para darse un baño cuando una figura conocida llamó su atención.

-¡Padre! ¡Has vuelto!

-¡Anthony, hijo!-. El Sr. Brown no pudo evitar que un aire de orgullo le invadiera al ver al joven convertido en un hombre-. ¿Has hecho las investigaciones pertinentes para tu admisión en la Universidad?

-Sí padre, tengo todo listo. Pero hablemos luego de ello; primero háblame de tu viaje. ¿Cómo te fue? ¿Lograste entrevistarte con el Tío William?

-Anthony…-, apenas en un murmullo logró decir el hombre.

-¿Qué pasa padre? ¿Por qué tienes esa expresión preocupada?

-Escucha hijo, necesitamos hablar y es mejor hacerlo pronto.

-¿Entonces por qué esperar? Hablemos de una buena vez.

Padre e hijo se dirigieron al estudio y pidieron a la servidumbre no ser molestados.

El Señor Brown inició la dura jornada de explicar a su hijo los diferentes descubrimientos que había hecho en la ciudad de Chicago. Lo primero que explicó fue que le había sido imposible entrevistarse con William Andrew detallándole las circunstancias de su misteriosa desaparición tal como George se los había transmitido. Y, aunque fue bastante penoso, tomó fuerzas de su papel paternal y puso al tanto al chico de su fraudulenta muerte. La parte más difícil fue ayudar al joven a controlar su enojo al enumerar los acontecimientos posteriores a su supuesta muerte, incluyendo el funeral y el viaje de sus primos al Colegio en Londres meses después.

Anthony había tenido ataques de furia, pero nunca lo había visto de esa manera. Pareciera como si sus ojos se hubiesen convertido en filosas espadas capaces de fulminar con la mirada a su peor enemigo. Sin embargo, la angustia del padre fue incrementando ante la noticia que su hijo debía recibir; la cual todavía no sabía cómo iniciar. ¿Debería decir que tenía una buena noticia? ¿O debería decirle que había descubierto que la terrible noticia de su muerte era solo una cara de la moneda porque había una mentira que incrementaba el terrible dolor? ¿O era más bien un bálsamo en la terrible escena que se estaba suscitando ante sus propios ojos?

-Anthony… -, con voz apenas audible continuó-: Hay algo más.

Y sin más preámbulos decidió dar la última nueva a su hijo:

-Candy –, se detuvo –. ¡Dios! ¿Cómo decirlo? ¡Dame fuerzas! ¡Ayuda a mi hijo! –. Aunque trataba de controlarlo, sus manos tenían un ligero temblor.

-¿Candy? –. Como por arte de magia el joven Brown dejó a un lado los múltiples pensamientos negativos que venían a su mente para concentrar su atención en lo que su padre diría –. ¿Candy? –, Repitió más para sí que para su padre. ¿Había realmente escuchado ese dulce nombre?

Los sentidos del joven se pusieron en alerta, se prometió que ya nada podría sorprenderle. Con el tiempo aprendería que la capacidad de asombro no puede determinarse en una constante; son muchas las variables en la ecuación y todas, sin excepción, interactúan en el resultado final.

Esos momentos de silencio habían permitido que el Señor Brown encontrara las fuerzas para que su voz no se quebrara.

-Candy está viva -, se atrevió por fin a decir.

-¿Qué locura estás diciendo padre? ¡Explícate! ¡Dime qué está pasando! –. Al mismo tiempo que un escalofrío recorría por completo su columna vertebral.

No es que Anthony no quisiera que Candy estuviera viva pero no soportaba tampoco la idea de saberse traicionado de tal forma por la mujer que un día había visto como una madre. ¿Cuál de los dolores era más grande? ¿El de saberse traicionado o el de saberse separado de "Ella" durante los últimos años llorando mientras sus ilusiones y sueños se consumían como el papel en el fuego?

Su padre entonces detalló al joven lo que había averiguado de la vida de la joven. Se sorprendió sobremanera cuando al estar platicando con George éste le había indicado que el señor William Andrew ni siquiera se había comunicado con la Señorita Candy, cuando siempre había estado al pendiente de lo que la chiquilla necesitara, primero en América y luego en Londres. Con lo mejor de su actuación trató de disimular el desequilibrio que esa noticia le había causado. Recuperó la cordura para conseguir la dirección de la joven. Fue entonces que fácilmente, preguntando aquí y allá, (pues la vida de la joven era totalmente transparente), descubrió que era enfermera, que por malas jugadas de los Legan había sido despedida de la clínica en que había laborado, que estaba en la Lista Negra de los diferentes hospitales y que había terminado en una pequeña clínica cuya infraestructura dejaba mucho que desear. Todavía confundido con su descubrimiento fue más allá: La rubia conservaba el apellido Andrew aunque ella había decidido no usarlo más, pero ante su solicitud de repudio no había obtenido respuesta por parte de William. Vivía en un apartamento y era frecuentada por su primo Archie y sus dos amigas: Annie y Patty. Aunque al parecer no vivía sola, pues sus vecinos le habían informado que la joven compartía el departamento con su hermano.

Los sollozos del galante rubio habían ido aumentando sin ningún límite. Mientras su padre le narraba los acontecimientos una extraña mezcla de sentimientos se agolpaba en cada rincón de su alma. ¿Qué era lo sentía? Imposible definirlo. En un momento sus ojos recordaban el mar embravecido y al siguiente la paz del cielo. Por un momento apretaba sus puños y al siguiente un suave calor lo envolvía cual sol veraniego. Fijó su mirada en las llamas de la hoguera que yacía en la chimenea y pensó que así como el fuego se desvanecía dejando ver únicamente las pavesas de la leña, del mismo modo el dolor de su corazón iba a extinguirse en su debido tiempo, pero no ahora, por el momento había muchas cosas que aclarar todavía.

Cuando su cuerpo dejó de convulsionar por el enorme esfuerzo implicado en el llanto, el joven se incorporó y, sin decir palabras, volvió sus pasos hacia el establo. Su padre no lo detuvo; sabía que era mucho mejor que estuviera solo para definir cuál sería el siguiente paso a seguir.

El joven de un salto montó el fino corcel y con el fuete le obligó a una veloz carrera. Era como si el equino sintiese el dolor de su amo. Hombre y caballo se perdieron en el bosque ante las miradas preocupadas de los fieles sirvientes que en poco tiempo habían aprendido a querer al amable amo. En realidad no supo cuanto duró su carrera, solo se detuvo cuando el caballo llegó a la orilla de una enorme cascada. Era un hermoso lugar donde los más fuertes pinos eran testigos de la mirada perdida del jinete. El sufrimiento, sin embargo, no le impedía pensar con claridad. Ya no era más aquél joven del autoexilio; había aprendido a responder positivamente ante las situaciones más lúgubres. Tal como lo hizo al iniciar su carrera, de un salto bajó del caballo, se dirigió hacia un pino y de un puñetazo descargó su cólera, su dolor y… ¿Su Alegría?

Poco a poco el dolor se fue perdiendo para dar paso al regocijo de saberla viva. Su rostro se iluminó, sus azules ojos eran espejos de la esperanza revivida. Su cuerpo antes colapsado, ahora era presa de la paz que había perdido hacía casi cuatro años y sus ilusiones tomaron el lugar que les correspondía: "Ella"; aunque pensándolo bien, había llegado el momento de llamarla por su nombre nuevamente: "Candy."

Ya para estas horas el ocaso presentaba a su aturdido corazón la más bella sinfonía de colores y una nueva melodía empezaba a fraguarse dentro de él. ¡Dios! La vida es tan generosa esta vez. Estaba acostumbrado a nadar contra la corriente, su vida había sido dura tras haber perdido a su madre siendo tan pequeño, cuando pasaba tan poco tiempo al lado de su padre debido a sus viajes, luego creció con sus entrañables compañeros: Stear y Archie solo para esta vez tener que luchar contra las utopías del mundo que los rodeaba. Anthony, siempre dispuesto a defender lo que él creyera justo, tuvo que enfrentarse a la tía para defenderse, aunque a veces él y sus primos terminaran siendo azotados por la única figura materna que conocían ahora. Pero hoy todo cambiaba súbitamente; -¡Candy está viva! ¡Candy está viva! ¡Viva! Quisiera correr hacia ella, tomarla en mis brazos y no permitir que seamos separados nuevamente. ¡Pronto! Pronto… -pensó-. Dios lo estaba llenando de milagros y esta vez tomaría las precauciones necesarias para ser feliz. Estaba más enamorado que nunca de su pequeña quien, de acuerdo a su progenitor se había convertido en una joven hermosa e independiente, dispuesta a romper los paradigmas absurdos de la época. Sí, la vida era hermosa, había sido cruel con él pero ahora lo recompensaba devolviéndole su dulce niña y esta vez estaba dispuesto a todo por tenerla para él.

A las pocas horas los sirvientes eran testigos del suave galope que se aproximaba a la casona. Después de encargar al sirviente su corcel, saludó con un nuevo semblante a su servidumbre. Con una sonrisa y paso firme entró al salón donde su padre lo esperaba.

-Quiero verla cuanto antes –, dijo al padre.

-La verás- , se escuchó por respuesta –, sólo debes ser paciente.

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Todo en ella encantaba, todo en ella atraía:

Su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…

Ingenua como el al agua, diáfana como el día,

rubia y nevada como margarita sin par.

Al influjo de su alma celeste, amanecía…

Era llena de gracia como el Avemaría.

¡Quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía

de no sé qué prestigio lejano y singular…

Mas que muchas princesas, princesa parecía.

Era llena de gracias como el Avemaría.

(Amado Nervo. Gratia Plena –Fragmentos-)

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Diciembre, 1915

-¡Ha llegado el correo!

A los hombres del Escuadrón Aéreo se les iluminaron los rostros. Siempre las noticias de amigos lejanos y de amores han sido desde el principio un bálsamo para los hombres de guerra en acción.

Raoult y Frank habían recibido noticias alentadoras de sus esposas. Ambos habían partido con la misma firme convicción: Evitar que el monstruo se extendiera hasta sus plácidos hogares. El ambiente en el pabellón era de alerta. Recién habían participado en una misión de reconocimiento y estaban esperando nuevas órdenes. Llegaron al pabellón esperando cierta privacidad pero no la encontraron. Algunos de sus compañeros estaban jugando cartas y otros sumidos en sus masculinas charlas sobre mujeres, por supuesto. Ellos sabían dónde podían encontrar paz: ¡El Hangar!

Cuando la pareja entró al Hangar se detuvieron un instante. El tercero del grupo estaba ahí, como usualmente sucedía, haciendo el mantenimiento de su aeroplano por sí mismo. Ese era el único momento que los ojos de su amigo reflejaban un poco de alegría.

El joven se encontraba de espaldas a la puerta de Hangar, mirando hacia su "amigo", la máquina que lo acompañaba siempre en la guerra que se peleaba en el cielo. A su antiguo aeroplano le había pintado anteojos y lo había llamado "Paty", pero este, como una novedad para sus amigos, tenía pintado muchos pequeños puntos que atravesaban la nariz de la nave en su eje horizontal. Se había abstenido de pintar más detalles deliberadamente, porque, según él, podía suceder que los chicos se enamoraran de su avión… después de todo: ¿Quién podía resistirse a ella?

Se subió al avión para sentarse en la cabina del piloto y sonrió. Sus amigos sabían de esos momentos en que el sargento se regalaba un banquete de recuerdos que debían ser placenteros pues en muchas ocasiones terminaba sonrojado. Ahí en la cabina, en el tablero de control había lo que a sus compañeros le parecía más gracioso. Una caricatura de una chica rubia cayendo al vacío con un paracaídas en forma de…. ¿Dulce? La cara de la chica tenía una expresión de…. ¿Terror? ¿Resignación? ¿Burla? "¿De qué?" –. Le habían preguntado muchas veces- pero él solo encogía los hombros y sonreía. Todos creían que era una simple caricatura que el joven había dibujado como pasatiempo. Para Stear esa era la imagen misma de supervivencia. Una chica valiente que siempre había creído en él y fue capaz de aceptar ser su conejillo de indias. ¿Qué más prueba necesitaba para entender que se puede sobrevivir en la adversidad? ¿Qué mejor que la chica huérfana que había peleado ya mil batallas? El sargento deseaba que su bella amiga hubiese alcanzado la felicidad, aunque las noticias de los pocos periódicos que llegaban al frente no habían traído la que él esperaba: La unión Grandchester-Andrew.

El Sargento Cornwell era un tipo de personalidad amable, aunque solía buscar lugares solitarios para pasar el rato. Al regresar a la cuadrilla después de una larga ausencia el sargento se mostraba distinto. Seguramente los meses de arduo trabajo para su recuperación habían influido en el apuesto joven cuya fama había quedado bien plantada entre las enfermeras que le habían atendido. Su ingenio había ganado fama y ahora estaba en un proyecto secreto por mejorar los aviones de los aliados pues tenían mucha desventaja frente a los aviones Fokker alemanes. Fue precisamente su ingenio y su valor en las misiones lo que había impulsado su rango de sargento. Además sus compañeros lo respetaban en sumo grado y le tenían alta estima. Sabían muy bien de su origen y del lugar privilegiado que poseía como parte de una de las familias más ricas de su país, sin embargo su sentido del deber lo había llevado a ofrecerse como voluntario dejando atrás todo tipo de comodidades.

Seguía sonriendo cuando por fin sus amigos se atrevieron a interrumpirlo. Llevaban también unas enormes sonrisas y sus cartas en los bolsillos externos de su casaca.

-¡Vaya! ¿¡Así que tuvieron noticias!?

-¡Así es! ¡Estamos felices! –, dijo Raoult.

-Mi esposa dice que mi bebé ya camina. Cuando vine a Francia ella ni siquiera sabía de su embarazo-. Dijo Frank con nostalgia y una chispa de vida en su rostro.

-¡Esas son buenas noticias! ¡Debes sentirte orgulloso del cabo Franky! –Stear bajaba del avión mientras sus compañeros notaron cierto aire de nostalgia en su voz. También notaron que la sonrisa del sargento había sido hecha con mucho esfuerzo.

-Stear: Siempre me he preguntado por qué no has querido enviar a tu familia una explicación sobre el terrible error en el que viven. Debieron haber sufrido mucho Stear. Tal vez estén buscándote. No entiendo cómo has logrado que nuestros superiores respeten tu decisión.

-Raoult tiene razón. Siempre que recibimos cartas tú te quedas con las manos vacías y vienes a tu avión para contemplar a la chica del paracaídas de dulce. Eso podría cambiar si quisieras.

-Ellos ya vivieron un luto. No me atrevería a hacerlos pasar dos veces por el mismo dolor. No tenemos la vida garantizada; prefiero que así sea. Si un día de estos no vuelvo del campo de batalla por lo menos ellos no llorarán nuevamente. Paty, espero que cuando te enteres de esto puedas perdonarme, lo hago por ti. Voy a hacer todo lo posible por regresar y explicarte esto personalmente. Hace más de un año que recibieron la trágica noticia. Por favor mi Paty, no me olvides. Esta maldita guerra parece no tener fin, todos pensaron que sería algo rápido. ¡Qué equivocados! Paciencia Paty. Paciencia y fe. Te veré nuevamente.

Mientras un silencio había embargado el ambiente entre los tres jóvenes pilotos se escuchó la voz del cabo Hyatt. Un hombre bajito y de carácter jovial que siempre se esforzaba por hacer que quienes estaban a su lado se sintieran bien. Su buen ánimo había sido bien acogido entre los miembros de la cuadrilla porque además siempre estaba dispuesto a ser útil. Recién se había enterado de la muerte de su madre en América y sus amigos, especialmente el sargento Cornwell, se habían compenetrado con su sufrimiento.

-¡Sargento! ¡Sargento!

-¡Wyatt! ¿Qué pasa?

-¡Correo! ¡Hay una carta para usted! ¡Lo busqué en el pabellón pero al no encontrarlo vine hacia el hangar seguro de que aquí estaría! –. El joven estaba tan entusiasmado con el éxito de su pesquisa que no notó la palidez de su superior. Todavía faltaban varios pasos para llegar hasta el grupo de amigos y el cabo agitaba la carta con su mano derecha y sonreía.

-¿Una carta? ¿Para mí? –. En lugar de correr al alcance del portador de la misiva como era común entre los jóvenes soldados, el Sargento Cornwell permaneció inmóvil, su cuerpo no respondía, era tal su sorpresa que no podía emitir ya ningún sonido. ¡Rayos! ¡¿Quién me ha escrito?! ¿Será que finalmente mi familia ya me localizó? ¡Demonios! ¡Deben estar muy enojados! ¿Qué no podían simplemente resignarse y conformarse?! ¡No! ¡Claro que no! ¡Se trata de los Andrew! -Mientras la distancia entre el cabo y los pilotos se reducía, Stear notó que el sobre era bastante elegante-. ¡Con un demonio! ¡Debe ser del Tío Abuelo William! Creo que tendré que dar muchas explicaciones.

El joven sintió una especie de felicidad contenida y por fin, su cuerpo obedeció a su cerebro. Caminó, según él con paso firme y seguro para alcanzar al cabo y extendió la mano para recibir la epístola. Finalmente vio el remitente y se retiró unos pasos del grupo para tener la privacidad necesaria. Cuando hubo terminado su lectura, el sargento dejó caer la carta de sus manos, se mantuvo erguido cuán alto era, miró desconcertado al grupo testigo (mismo que esperaba ansioso saber las nuevas), y por unos segundos conservó esa postura. Finalmente sus piernas le fallaron. El Sargento cayó de rodillas, una vez en el suelo sus manos se entrelazaron y luego las llevó a su rostro. Hizo un gran esfuerzo pero logró contener las lágrimas. Después pasó sus manos sobre su cabeza tratando de asimilar la noticia.

-¿Qué pasa sargento? -, Preguntaron al unísono sus amigos.

Todavía bajo el desconcierto causado por la noticia y levantando la vista para encontrar la mirada curiosa y preocupada de los pilotos, el sargento contestó:

-Voy a casa.

Alistear Cornwell experimentó muchos sentimientos en un instante. Fue del desconcierto a la asimilación de la noticia, de la asimilación a la alegría y finalmente, de la alegría el júbilo. ¡Al éxtasis! ¡Al gozo total! Abandonaría este infierno por que el ejército le daba una nueva orden. No lo estaba dando de baja. Solo le había asignado una nueva tarea. Los científicos de su equipo de trabajo habían propuesto a Alistear Cornwell como candidato número uno para un nuevo programa del gobierno: Localizar los cerebros más prometedores para matricularlos en las mejores universidades del país a fin de que desarrollaran nuevas técnicas de liderazgo, psicología, ingeniería, medicina, etc.… todo era útil y necesario en las fuerzas armadas. Una vez terminado su compromiso académico, los egresados debían reincorporarse al ejército, de no aceptar la tarea, los reclutas permanecerían en el ambiente bélico hasta su fin, momento en el que serían dados de baja de sus responsabilidades.

Cuando el gozo total invadió el ser del Sargento Cornwell, se puso de pié de un brinco y el antiguo Stear se dio el lujo de salir del rincón donde había estado guardado. Se dirigió con una enorme sonrisa hacia la salida del hangar mientras que Frank subía al avión del sargento y le gritaba:

-¡Stear! ¡Espera! –, Frank tomó de la cabina del piloto la caricatura de la rubia con paracaídas de dulce y dijo –: Creo que vamos a extrañar este rostro, pero te pertenece, no lo dejes aquí-.

Stear tomó la caricatura de la chica tiernamente y la llevó a sus labios con manos temblorosas por el júbilo para darle un suave beso, muy dulce y fugaz. Entonces nuevamente se sonrojó y comentó refiriéndose hacia la chica-: Tú te vienes conmigo, todavía hay muchos aviones de los que debemos saltar, muchos lagos a los que debemos caer y muchísimos más experimentos fallidos que debemos llevar al final. Sólo espero que Grandchester te permita seguir siendo mi conejilla de indias.

Stear se había concentrado tanto en su monólogo que olvidó que no estaba solo. Definitivamente este era el antiguo, el de siempre, distraído y un tanto olvidadizo. Miró a su alrededor y supo que esta vez no escaparía de las interrogantes. -¡Rayos! ¡Cómo pude descuidarme!

-Entonces –, dijeron nuevamente en coro sus amigos… -. ¿Ella es real? ¿Existe? ¿Es tu novia?

-Sí, Sí, No-. Respondió divertido mientras se rascaba la coronilla de su cabeza.

-¿No es tu novia y estas enamorado de ella? ¡Stear! ¡Ve por ella!-. Le aconsejó Raoult con un entusiasmo pocas veces mostrado.

-Ella es mi prima –, dijo Stear todavía más divertido por la confesión.

-¡¿Qué?! ¡¿Estas enamorado de tu prima?!-. Dijeron el unísono otra vez.

-Bueno, en realidad es mi prima adoptiva, no tenemos lazos de sangre. ¿Por qué dices que estoy enamorado de mi prima? –estaba en verdad gozando el momento.

-¡Por favor! ¡Basta ver la emoción en tu rostro! ¡Tus mejillas se sonrojan solo con verla! – el comentario de Frank logró que el color se subiera nuevamente al rostro de sargento y los amigos dejaron salir carcajadas.

-¿Es linda? –, preguntó Raoult.

-Divina–, contestó el piloto como en un sueño.

-¿Le dirás lo que sientes por ella amigo? –, pareciera que los amigos lo enviaban a una misión bastante diferente a la que había aceptado.

-¡No! ¡Nunca! ¡Ella nunca debe saberlo! ¡Mi hermano está enamorado de ella y yo soy incapaz de lastimarlos!

-¿Es novia de tu hermano? –, nuevamente Franky quiso saber más.

Stear vio la oportunidad de volver a dejarlos con una duda y recuperar el control de su juego así que solo levantó los hombros y sonrió indicándoles que no les diría más. Guardó a Candy en su bolsillo y se dirigió a la salida para abandonar el hangar definitivamente dejando atrás un trío de chicos frustrados por no haber conocido toda la historia y mirándose incrédulos.