2. La grandeza de una constelación

- ¿Acaso quieres que sea infeliz el resto de mi vida?- le gritó Andrómeda a su madre con cierto descontrol.
- ¡No permitiré que una de mis hijas sea la esposa de un sangre sucia!
- ¡Pero lo amo, mamá! ¿Entiendes eso?- con toda la frustración encerrada en el puño, volteó el rostro de su hija de una sola bofetada. Andrómeda cayó al suelo sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca.
- No entiendo cómo puedes ser una Black- dijo la bruja sonando tan lapidaria como si hubiese lanzado un maleficio imperdonable. La muchacha dejó escapar lágrimas de sus ojos castaños. Druella, su madre, se acercó a la chimenea mirando el fuego crepitando entre los leños.
- Sólo quiero ser feliz- agregó su hija en voz baja. La mujer mayor ni siquiera se dio por aludida.
- Vete de aquí… no quiero volver a verte.
- Mamá…- la llamó sollozando sin conseguir doblegarla. Druella cogió un trozo de madera encendida y caminó hacia el tapiz de la familia Black con determinación.
- Yo sólo tengo dos hijas- instó cruelmente para luego quemar el nombre de Andrómeda sin vacilar…

Ese recuerdo logró estallarle un dolor antiguo en su pecho. La bruja, recostada en su enorme cama, revivió ese momento como si hubiese sido ayer. Se preguntó qué diferente sería su vida si hubiese tomado otras decisiones. Ahora, sola, débil y enferma, extrañaba a su marido, su hija, su nieto. La muerte de Nymphadora acabó por apagar cualquier llama de alegría en su espíritu. Cuando pudo volcar todo su cariño hacia Teddy éste se marcha sin mirar atrás. Estaba sola, miserablemente sola…

- ¿Por qué te casaste con él, Dora? ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
- Pero lo amo, mamá- esa respuesta le pareció un irónico dejavú y meneó la cabeza de forma negativa. Ted, su marido, las miraba con aprensión sin saber qué decir.
- Pero él es un…
- ¡Lo sé! Y no es un impedimento para que lo ame como a nadie…

Nunca logró perdonarse el hecho de no apoyarla. Un gemido de ultratumba ocupó su pecho agobiado y supo que se acercaba el final. El estremecimiento de un frío extraño la sacudió bajo las sábanas sintiendo de pronto un cansancio terrible. Sus párpados se cerraban lentamente hasta que antes de cerrarlos definitivamente suspiró con lo último de sus fuerzas un "Perdóname, hija" y abandonó su cuerpo para volar lejos hacia una paz diferente…

Cada vez que veía el Expreso de Hogwarts, una sensación de nostalgia severa se apoderaba de Harry. Allí estaba él, llevando a sus hijos James y Albus como lo hacían los señores Weasley tantos años atrás. Se sintió viejo a pesar de sus treinta y seis años. Tenía sobre sus hombros el agotamiento de una vida larga, como si él y Flamel hubiesen tenido la misma edad.
Una vez que el tren se perdiera de vista, su hija mejor Lily lo tomó de la mano molesta por no tener aún la edad para asistir a clases. Su esposa Ginny, a un lado de ella, la consolaba diciendo que ya faltaba poco para cumplir sus deseos. Ron, calmando también a su pequeño hijo Hugo, rodó sus ojos de fastidio al tener que repetir lo mismo que su hermana como una letanía sin fin.
- Ya podrás ir a Hogwarts, sólo espera ¿sí?- se acercó a Harry bajando un poco la voz- me encantaría convencer a Hagrid para que se lo lleve de una vez como excepción.
- Ron, por favor- recriminó Hermione ceñuda.
- Sólo digo… para que me deje en paz de una vez.
Harry rió de buena gana. Después de tantos años en paz, el ojiverde se sentía tranquilo. En su trabajo de Auror del Ministerio, atrapar magos tenebrosos que aún buscaban la rebelión se había transformado en el trabajo soñado. Luego de todo lo que había vivido a corta edad, el ojiverde había ganado experiencia y mayor gallardía de la que creyó posible. Había madurado, tal cual como Dumbledore lo hubiese deseado. Tenía su vida resuelta y estaba feliz… o por lo menos eso creía él.
Cuando regresaban sobre sus pasos para salir de la plataforma 9¾, el dulce rostro de la señora Weasley los esperaba del otro lado del andén junto a su esposo. Ambos tenían una expresión seria y triste. Harry, al igual que los demás, frunció su ceño con incertidumbre.
- ¿Qué sucede, mamá?- preguntó Ron al tenerla enfrente.
- Se trata de la madre de Tonks… falleció anoche en su casa.
Aquello fue un balde de agua fría para el moreno. Sabía que Andrómeda estaba enferma, lo sabía, pero nunca imaginó que tanto. Como un relámpago mortal se le vino el recuerdo de su ahijado Ted y la pena lo empuñó con más fuerza. Ahora sí que el muchacho estaba solo en el mundo. Dirigió sus ojos hacia Hermione como un reflejo, la castaña lo miró intensamente adivinando lo que le diría: "No está solo, te tiene a ti, Harry, nos tiene a nosotros…" pero esa sensación nefasta invadía su cuerpo igual que un agresivo cáncer.

Los servicios se realizaron en un hermoso cementerio mágico no muy lejos de Hogsmeade. Nadie sugirió el ancestral mausoleo de los Black porque todos conocían la historia de esa bruja expulsada de su oscura familia. Por otra parte, Harry no lo hubiese permitido, como tampoco lo hubiese hecho con Sirius. Ambos fueron muy nobles para descansar en el mismo sitio que sus desalmados familiares.
El viento se alzó y las hojas sueltas revoloteaban por doquier como ancianas mariposas. Todos los presentes guardaron silencio mientras un mago, pequeño y panzón, decía un bello discurso acentuando las virtudes que ni Bellatrix ni Narcissa mostraron alguna vez. Harry miraba sus manos, recordó la noche cuando llegó a casa de los Tonks luego de escapar de Voldemort, la noche que lo sacaron de Privet Drive y la vio por primera vez… por la gran similitud creyó que se trataba de la escoria que había matado a su padrino, pero no… la dulzura en los ojos de Andrómeda era indudablemente superior.
Todo lo que ocupaba la mente de Harry era Ted Lupin. Lo extrañaba, tenía tanto qué decirle pero a la vez no se atrevía. Los años como padrino se convirtieron en un desafío tan difícil como el de ser padre por primera vez. Con la esperanza de que el chico volviese muy pronto, el ojiverde suspiró sonoramente. Hermione, a su lado derecho, le tomó la mano entrelazando los dedos. Le transmitió seguridad, ese calor que tanto conocía de ella que le sosegaba los latidos y le espantaba los temores, siempre que la castaña estaba con él nada parecía tan terrible. Harry la miró en el momento que ella enjugaba sus ojos con un pañuelo. La observó bien notando leves marcas de la edad alrededor de los ojos y labios. No pudo más que admitir que se veía bella con el paso del tiempo. Ese gesto no pasó desapercibido en ninguno de los dos Weasley. Ginny comprendía la complicidad entre su marido y su amiga, lo sabía desde la época de la escuela, pero otra cosa muy diferente era que ese lazo siguiera uniéndolos de igual manera. Una relación que ella jamás podría igualar. Se sintió desplazada como muchas veces también lo sintió Ron.
De pronto, Harry alzó la vista por sobre la cabeza de Hermione reparando en alguien de pie a cierta distancia. Era un hombre de abrigo, alto y delgado. El gesto del moreno provocó que su amiga mirara hacia la misma dirección cayendo en la duda de quién se trataba. El ojiverde le soltó la mano y se dirigió hacia el desconocido mientras los servicios seguían adelante. Se preguntó quién era, pariente o amigo... sabía que estaba allí por Andrómeda Tonks, miraba insistentemente hacia el funeral y sentía que de una forma extraña le conocía aún sin averiguarlo. Cuando estuvo a unos pasos, el extraño se dio media vuelta para salir del cementerio.
- Espera…- lo atajó Harry- espera, por favor… - el aludido detuvo su andar quedando de espaldas- ¿Eres conocido de Andrómeda?- el silencio entre ellos se solidificó por unos largos segundos, hasta que el joven de cabello azulino lo rompió.
- Podría decirse que sí- respondió para después voltear lentamente hacia su padrino. Harry abrió sus ojos como platos. Allí estaba, Teddy Lupin, tan crecido que había dejado atrás los rasgos infantiles que tanto se le conocían.
El moreno lo recorrió con la mirada advirtiendo el cambio de color en su cabello, aunque era de esperarse al ser hijo de Nymphadora. El color azul profundo favorecía su atractivo perfil y ojos especialmente platinados que deslumbraban sin quererlo. Tenía la misma contextura delgada de su padre Remus y eso produjo en Harry la opresión de la añoranza. Sonrió. Ya era todo un hombre, un hombre joven y por lo visto bastante controversial en la forma de vestir. Tenía tanto de su madre en él que era imposible negarlo.
- ¡Ted!... ¡Gracias a Dios, eres tú!- exclamó el ojiverde encerrándolo entre sus brazos. El joven ni siquiera movió un músculo- ¡No sabes lo mucho que me tenías preocupado!- sin embargo, Ted lo alejó de sí con una mirada de rechazo. Aquello descolocó a Harry dejando caer sus hombros sin entender.
- No me abraces, Potter… sólo vine a despedir a mi abuela- sentenció fríamente.
- ¿Potter? ¿Qué sucede? ¿Por qué me hablas así?
- Te hablo como se me dé la gana- Harry retrocedió un paso creyendo que era una broma de mal gusto. Lo miró de forma más directa sin hallar ningún rastro de gentileza en él- ¿Viniste al funeral de mi último pariente cercano como forma de limpiar tu conciencia?- aquello remeció los cimientos del moreno… al parecer, su gran temor estaba materializándose.
- ¿Limpiar mi conciencia?- repitió agudizando el tono- Vine por respetos a Andrómeda… ella fue una gran bruja y le tuve mucho cariño. Fue la madre de una gran amiga mía y abuela tuya, que eres mi ahijado…
- No por mi elección, te lo aseguro- rebatió Ted, duramente.
- ¿Qué fue lo que te pasó?
- Abrí los ojos, Potter… los abrí. Toda mi vida pensaba que eras un héroe, alimentándome de lo que decían de ti, compartiendo contigo el hecho de que ambos crecimos sin padres pero no… no eras ningún héroe… dejaste que muchos murieran por ti, para ti.
- ¡Esa fue su opción! ¡Todos luchamos por la libertad! ¡Todos tomamos riesgos! ¡No tienes idea… eras sólo un bebé cuando…!
- ¿Cuando mis padres dieron sus vidas por ti?
- Cuando ocurrió esa batalla… batalla en la que todos estuvimos presentes- el muchacho rió con una carcajada gélida, irónica y sin vida. Harry la sintió como un golpe de hielo en su estómago.
- Eres un cobarde… un cobarde que no se merece la lealtad de las personas que tiene a su lado- esa determinante conclusión hirió al ojiverde en el centro de su corazón. Sin poder evitarlo, se acercó a su ahijado de manera amenazante, cogiendo su varita desde el bolsillo de su chaqueta pero Ted no cedió centímetro. Con su mirada verde encendida contra la gris retadora, Harry trataba de calmarse para no pelear en aquel momento tan inapropiado. No obstante, el joven licántropo sacó una de sus manos desde el bolsillo de su abrigo dejándole ver a su padrino cómo unas filosas garras crecían de sus dedos. Aquello perturbó al moreno. Nunca antes había visto algo así.
- ¿Todo bien, Harry?- la voz de Ron a poca distancia de los dos los interrumpió abruptamente.
- Ya nos encontraremos en otro momento, Potter- susurró Ted de manera intrigante y giró sobre sus talones para alejarse hacia el sendero…

La paz que se respiraba en la mansión de Grimmaul Place siempre lograba calmar a Harry. Acudía hasta allí siempre que algo lo aquejaba y esa noche no era la excepción. Luego de ese encuentro con Ted Lupin, cada célula de su cuerpo gritaba de culpabilidad, de remordimiento, de una pena indescriptible al saber que había arruinado la vida de un muchacho. Frente a la colonial chimenea, el ojiverde observaba el fuego con su cuarta copa de brandy entre las manos y sus sentidos algo atrofiados. No escuchaba nada más que sus pensamientos y el sonido de las llamas consumiendo los leños, por lo tanto, la llegada de su mejor amiga a la mansión, no fue inmediatamente advertida por él.
- ¿Harry? ¿Estás ebrio?- el moreno miró a Hermione con su vista empeñada.
- Sólo un poco…
- ¿Qué sucede?- el aludido no respondió apurándose otro trago de su copa. La mirada inquisitiva de la castaña lo recorría por todas sus facciones poniéndolo nervioso. Cada vez que lo hacía siempre lograba sonsacarle las palabras- ¿Qué sucedió en el cementerio? ¿Quién era ese hombre?- Harry hizo una pausa entre ellos antes de contestar.
- Ese hombre era Teddy… mi ahijado Teddy- el sarcasmo en su tono desagrado a Hermione frunciendo su ceño.
- ¿Teddy regresó? Pero… ¿cuándo?
- No lo sé… no pude preguntarle entre tanto reproche hacia mí- sin poder aguantarse, como si le urgiera escupirlo todo como el veneno de un áspid, le relató lo platicado con ese chico. La joven lo escuchó con una atención ávida escrutando en todo detalle hasta que Harry terminó de hablar lanzando su copa vacía hacia el fuego. Hermione cogió la botella de brandy alejándola de su amigo.
- Entiendo tu tristeza- dijo por fin- pero no puedes culparte por todo lo que te dijo, eso no es verdad… deberías saberlo ya.
- ¡Sus padres murieron por mí!
- ¡No fue sólo por ti, fue por él también!... ¡Para que no creciera bajo un régimen oscuro y discriminador!- a Harry le hubiese encantado creer esas afirmaciones pero no lo conseguía.
- ¿Qué haces aquí?- preguntó con hastío.
- Ginny nos envió una nota vía lechuza preguntando si sabíamos dónde estabas. Y cuando te desapareces así, casi siempre es porque algo te preocupa y te encierras aquí, en la mansión- el ojiverde sacudió la cabeza.
- A veces me gustaría que no me conocieras tanto- Hermione, después de oírle ese comentario, se agachó frente a él tomando sus manos.
- Teddy está dolido… no sabe lo que dice y cuando sepa bien lo que pasó, entenderá que fue un sacrificio que todos estábamos dispuestos a hacer, incluyendo Tonks y Lupin- Harry bajó la mirada, derrotado; pero la castaña alzó su rostro desde el mentón para obligarlo a mirarla a los ojos nuevamente- no eres responsable de las muertes que ocurrieron… no lo eres… tú fuiste nuestro salvador.
El joven mago no supo si era por el brandy o la desolación, pero tuvo incontenibles ganas de besar esa boca amiga frente a él. Mientras se observaban el uno al otro, un miedo distinto se apoderó de Harry y al mismo tiempo de Hermione, quien al comprender el cambio en sus miradas, se puso de pie en el acto y caminó hacia la chimenea. El ojiverde no supo qué demonios había sido eso. Fue como si su sangre hirviera y su piel se desperezara de un pesado sueño. Frotó sus ojos con energía tratando de hacer volver a la ahuyentada normalidad. De repente, una lechuza parda picaba una de las ventanas de la mansión. Hermione la reconoció enseguida, era de Luna Lovegood y a esa hora de la noche, no le parecía que se trataran de buenas nuevas. Abrió el marco dejando entrar al ave. Ésta depositó el trozo de pergamino sobre una mesa y luego voló en círculos para salir por donde mismo había entrado. La castaña cogió el papel entre sus dedos, leyó con presteza y miró a Harry con sus labios tensos.
- Debo ir a St. Mungo- dijo en voz baja- hay decenas de heridos por ataques de hombres lobo- y sin esperar respuesta, la joven cogió su abrigo y salió a toda prisa…