Apareció Bulma en el umbral de la puerta de la pobre casita. Al ver a Vegeta, se le quedó mirando con simpatía.
—Buenas noches, saludó.
—Hola —replicó Vegeta lanzando sobre ella una mirada analítica. Era atractiva nada más—. Supongo que sabrás quien soy.
—Tenía catorce años cuando dejó la ciudad. Pero sí, lo recuerdo.
Vegeta estrechó su mano. Verónica, en torno a ellos, le explicaba a su hija el motivo de la visita de Vegeta.
—¿Qué te parece, Bulma?
—Pues… no sé. Lo que tú digas, mamá.
—¿Lo ve usted? Bulma siempre dice que lo que yo diga.
—Mejor. Bulma, no ofrezco un refugio para hoy. Es para siempre. Si te amoldas a mi modo de trabajar, puedes acompañarme a la Capital del Este.
—Bulma no se separa de mí. No quiero que le ocurra lo que a mí.
Vegeta observó regocijado que la joven se ruborizaba.
—Bueno —cortó amable—, ya hablaremos de eso. Se me hace tarde. Mañana pueden instalarse allí las dos —miró a la joven—. ¿Qué tal vas con tus estudios?
—No lo sé. Creo poder manejarlo bien.
—Lo veremos mañana —sonrió de lado.
—Lo acompañaremos hasta la puerta.
Bulma era una muchacha de cabello azul, como de grandes ojos azules. Era delgada, pero no tenía nada de particular. Salvo su dulzura y su inteligencia que era extraordinaria, y su cultura, que Vegeta aún ignoraba.
Verónica había dormido durante muchas noches apenas cinco horas, para ganar algo. Pero el fruto de su esfuerzo estaba allí en su hija.
Bulma sonrió observando la mirada de su madre.
—No sé si no haremos una tontería, mamá. Van a criticarnos.
—¿Te importa?...
—No, en absoluto. Pero sé que a ti sí.
—Estarás conmigo. Nadie podrá decir algo así de ti. Ya lo han dicho de mí. Cuando ellos me echaron a la calle… No puedo olvidarlo, hija. El joven Vegeta, pese a la prohibición de sus padres, me hacía una visita, trayéndome lo que para mí o para ti, pues tú tenías tres años, había comprado en la capital. Por eso debo ir ahora a su casa.
—Cuando yo me coloque, mamá, tú dejarás de trabajar —le acaricio la mano.
—Trabajarás ahora con él. Dicen que es un gran novelista.
—Un novelista humorista, mamá.
—¿Has leído alguna novela suya?
—Todas.
—¿Y qué te parecen?
—Muy inteligentes y muy satíricas, pero carecen de literatura.
—Gana mucho dinero con ellas, Bulma. Tienen que tener valor.
—Y lo tienen. Sus obras fueron traducidas a varios idiomas. Lo que pasa es que no son serias. La nariz del señor Rana, La bofetada de su suegra, El turista en calzoncillos —enumeró sonriente—. Los títulos son bastante elocuentes, ¿no?
La madre la miraba sin comprender. Bulma, con ternura, se acercó a ella y le palmeó el hombro.
—Son libros para inteligencias superdotadas, mamá. Yo soy una ignorante, pero prefiero la literatura clásica a esos temas humoristas.
—Perdona, pero no te comprendo.
—Lo sé. ¿Comemos? ¿Quieres que te ayude a poner la mesa?
—Ya la tengo puesta, hijita. ¿No estás contenta? ¿No quieres que vayamos a casa del joven Vegeta?
—Qué más da un lugar que otro —susurró—. De todas formas, esta ciudad siempre estará llena de prejuicios. Me hubiera gustado marchar lejos, mamá. Fuera de la Capital del Oeste incluso. Capital del Norte, Sur…
—Somos mujeres de la capital, Bulma…
—También tú, mamá, con tu pobreza, tienes arraigada los prejuicios que imperan en esta capital. Ya no te acuerdas de cuando te despidieron, sólo porque amaste a un hombre. Tú no fuiste una perdida. Me tuviste a mí, porque amabas al hombre que te juró amor.
—Pero él me abandonó, Bulma, susurró la madre angustiada.
—Olvida eso. Él murió al poco tiempo. No hubiera podido casarse nunca contigo, mamá. Estaba enfermo. Condenado a morir. ¿No has pensado que si tú caíste, fue por amor y compasión a la vez?
—¡Cállate! —susurró.
—Fuiste una madre ejemplar. No creas que esas mujeres que pasan a tu lado cuando van a la iglesia y no te saludan, que tienen hijos en grandes colegios, como Fasha Saiyan, por ejemplo, están más cerca de Dios que tú. No, mamá.
—No digas más.
La señora Brief tenía la mirada cristalina.
—Yo te admiro. Porque trabajaste para hacer de mí una mujer capaz de luchar. Esto no lo hacen todas las madres. ¿Crees que Fasha Saiyan y su marido son buenos padres por haber arrojado de su casa al hijo que no quería ser abogado? —Bulma miro hacia un punto con una mirada de admiración— Ese hijo se fue con una ilusión, y luchó y triunfó, regresa hoy, y apuesto a que no fue a verlos.
—No fue.
—Y ellos creen haber hecho una heroicidad. Vegeta Saiyan triunfó porque era inteligente. Hoy, las multitudes leen sus libros, aunque a mí no me gusten, rió.
—Sólo hace dos semanas que se supo que Vegeta y Ozaru, el que escribe esos libros, eran la misma persona, Bulma.
—Lo sé —emitió una leve sonrisa.
—Hay que empacar todo. Mañana empezaremos una nueva vida —dijo Verónica con su alegre actitud.
—Y si no congenias con él, mamá…
—No ocurrirá. Lo he conocido bien. Trabajaba en su casa cuando él nació. Era un muchacho maravilloso.
—Dicen que ahora es un cínico.
—El joven Vegeta no es un sinvergüenza. ¿No quieres ir a su casa?
—Va a pagarme. Sé que podré hacer el trabajo que desea. Puede que él no lo considere así. Pero se equivoca —dijo Bulma con una mirada desafiante.
Don Toma Saiyan paseaba en la sala lujosamente decorada como una fiera enjaulada. Su esposa lo seguía con los ojos.
—De modo que él era ese Ozaru, y encima viene aquí, se instala y se queda tan tranquilo. ¿Sabes por qué lo hace?
—Toma, sé justo. Antes de saber que era tu hijo el autor de esos libros, que tanto desprecias ahora, los comprabas todos.
El caballero miró a su esposa, como un alma del otro mundo.
—Porque me reía. Pero no dicen nada.
—Está bien. Siéntate. Habla con calma.
—¿Qué quieres que diga? Ha comprado una casa, se ha instalado en ella con Verónica y su hija. La criada que arrojamos de casa por inmoral. No lo resisto. Me está dejando mal en toda la ciudad.
—Pero somos sus padres, hemos hecho lo que pudimos. Él quería ser escritor. Tú querías que fuera abogado. Él se negó, suspendió cuatro años seguidos. Tú te desesperaste y le dijiste que, si suspendía al año siguiente, le pondrías la maleta en la puerta.
—Y tú no te opusiste, Fasha.
Don Toma carraspeó ligeramente antes de continuar.
—Bien —dijo más calmado—. Lo eché de casa. Quise llamarlo y no supe dónde se encontraba. ¿No es cierto que no pude encontrarlo?
La esposa sabía que apenas si se había molestado.
—Y se hizo famoso. Ganó más dinero del que tenemos tú y yo. Es un maldito ridículo. ¿Sabes una cosa, Fasha? Le diré al chofer que vaya a buscarlo. Vivir solo con esas dos mujeres…
—Toma, son honradas.
—¿Llamas tú honrada a la madre de una hija sin padre?
—Él murió.
—La abandonó primero. ¿O es que ya has olvidado que fuiste tú, sin consultar conmigo, quien primero la echó de casa?
Fasha se mordió el labio. Don Toma se calmó lo suficiente para beber una copa de coñac.
—Cálmate, querido. Después de todo, él aún ha de venir.
—¿Cuándo? —gritó fuera de sí—. Hace tres días que pasea por el club, y yo, de imbécil, metido en la casa para no topármelo.
—¿Quieres que le llame yo? Que le diga…
—¿Qué le vas a decir? Desde niño fue rebelde y altanero.
La esposa se abstuvo de replicar, pues pensaba como su marido.
Don Toma se detuvo de pronto ante su mujer y resumió todo lo anteriormente dicho.
—Ahora envío al chofer a buscarlo. Verás que sermón le suelto.
