Gracias por apoyarme y animarme a seguir, esto es gracias a vosotros. :DDDDD

Capitulo 2

El corazón me late muy deprisa. El ascensor llega a la planta baja y salgo en cuanto

se abren las puertas. Doy un traspié, pero por suerte no me doy de bruces contra el

inmaculado suelo de piedra. Corro hacia las grandes puertas de vidrio y por fin

salgo al tonificante, limpio y húmedo aire de Seattle. Levanto la cara y agradezco la

lluvia, que me refresca. Cierro los ojos y respiro hondo, dejo que el aire me

purifique e intento recuperar la poca serenidad que me queda.

Ningún hombre me había impactado como Natsu Dragneel, y no entiendo por

qué. ¿Porque es guapo? ¿Educado? ¿Rico? ¿Poderoso? No entiendo mi reacción

irracional. Suspiro profundamente aliviada. ¿De qué diablos va esta historia? Me

apoyo en una columna de acero del edificio y hago un gran esfuerzo por

tranquilizarme y ordenar mis pensamientos. Muevo ligeramente la cabeza. ¿Qué

ha pasado? Mi corazón recupera su ritmo habitual y puedo volver a respirar

normalmente. Me dirijo al coche.

Dejo atrás la ciudad repasando mentalmente la entrevista y empiezo a sentirme

idiota y avergonzada. Seguro que estoy reaccionando desproporcionadamente a

algo que solo existe en mi cabeza. De acuerdo, es muy atractivo, seguro de sí

mismo, dominante y se siente cómodo consigo mismo, pero por otra parte es

arrogante y, por impecables que sean sus modales, es dictador y frío. Bueno, a

primera vista. Un involuntario escalofrío me recorre la espina dorsal. Puede ser

arrogante, pero tiene derecho a serlo, porque ha conseguido grandes cosas y es

todavía muy joven. No soporta a los imbéciles, pero ¿por qué iba a hacerlo? Vuelvo

a enfadarme al pensar que Levy no me proporcionó una breve biografía.

Mientras recorro la interestatal 5, mi mente sigue divagando. Me deja de verdad

perpleja que haya gente tan empeñada en triunfar. Algunas respuestas suyas han

sido muy crípticas, como si tuviera una agenda oculta. Y las preguntas de Levy…

¡Uf! La adopción y que si era gay… Se me ponen los pelos de punta. No me puedo

creer que le haya preguntado algo así. ¡Tierra, trágame! De ahora en adelante, cada

vez que recuerde esta pregunta me moriré de vergüenza. ¡Maldita sea Levy McGarden! Echo un vistazo al indicador de velocidad. Conduzco con más precaución de la

habitual, y sé que es porque tengo en mente esos penetrantes ojos grises que me

miran y una voz seria que me dice que conduzca con cuidado. Muevo la cabeza y

me doy cuenta de que Natsu parece tener el doble de edad de la que tiene.

Olvídalo, Lucy, me regaño a mí misma. Llego a la conclusión de que, en el fondo,

ha sido una experiencia muy interesante, pero que no debería darle más vueltas.

Déjalo correr. No tengo que volver a verlo. La idea me reconforta. Enciendo la

radio, subo el volumen, me reclino hacia atrás y escucho el ritmo del rock indie

mientras piso el acelerador. Al surcar la interestatal 5 me doy cuenta de que puedo

conducir todo lo deprisa que quiera.

Vivimos en una pequeña comunidad de casas pareadas cerca del campus de la

Universidad Estatal de Washington, en Vancouver. Tengo suerte. Los padres de

Levy le compraron la casa, así que pago una miseria de alquiler. Llevamos cuatro

años viviendo aquí. Aparco el coche sabiendo que Levy va a querer que se lo

cuente todo con pelos y señales, y es obstinada. Bueno, al menos tiene la

grabadora. Espero no tener que añadir mucho más a lo dicho en la entrevista.

—¡Lu-chan! Ya estás aquí.

Levy está sentada en el salón, rodeada de libros. Es evidente que ha estado

estudiando para los exámenes finales, aunque todavía lleva puesto el pijama rosa

de franela de conejitos, el que reserva para cuando ha roto con un novio, para todo

tipo de enfermedades y para cuando está deprimida en general. Se levanta de un

salto y corre a abrazarme.

—Empezaba a preocuparme. Pensaba que volverías antes.

—Pues yo creo que es pronto teniendo en cuenta que la entrevista se ha

alargado…

Le doy la grabadora.

—Lucy, muchísimas gracias. Te debo una, lo sé. ¿Cómo ha ido? ¿Cómo es?

Oh, no, ya estamos con la santa inquisidora Levy McGarden.

Me cuesta contestarle. ¿Qué puedo decir?

—Me alegro de que haya acabado y de no tener que volver a verlo. Ha estado

bastante intimidante, la verdad. —Me encojo de hombros—. Es muy centrado,

incluso intenso… y joven. Muy joven.

Levy me mira con expresión cándida. Frunzo el ceño.

—No te hagas la inocente. ¿Por qué no me pasaste una biografía? Me ha hecho sentir como una idiota por no tener idea de nada.

Levy se lleva una mano a la boca.

—Vaya, Lucy, lo siento… No lo pensé.

Resoplo.

—En general ha sido amable, formal y un poco estirado, como un viejo precoz.

No habla como un tipo de veintitantos años. Por cierto, ¿cuántos años tiene?

—Veintisiete. Lucy, lo siento. Tendría que haberte contado un poco, pero estaba

muy nerviosa. Bueno, me llevo la grabadora y empezaré a transcribir la entrevista.

—Parece que estás mejor. ¿Te has tomado la sopa? —le pregunto para cambiar

de tema.

—Sí, y estaba riquísima, como siempre. Me encuentro mucho mejor.

Me sonríe agradecida. Miro el reloj.

—Salgo pitando. Creo que llego a mi turno en Clayton's.

—Lucy, estarás agotada.

—Estoy bien. Nos vemos luego.

Trabajo en Clayton's desde que empecé en la universidad, hace cuatro años. Como

es la ferretería más grande de la zona de Portland, he llegado a saber bastante

sobre los artículos que vendemos, aunque, paradójicamente, soy un desastre para

el bricolaje. Esto se lo dejo a mi padre.

Me alegra llegar a tiempo, porque así tendré algo en lo que pensar que no sea

Natsu Dragneel. Tenemos mucho trabajo. Como acaba de empezar la temporada de

verano, todo el mundo anda redecorando su casa. La señora Clayton parece

aliviada al verme.

—¡Lucy! Pensaba que hoy no vendrías.

—La cita ha durado menos de lo que pensaba. Puedo hacer un par de horas.

—Me alegro mucho de verte.

Me manda al almacén a reponer estanterías, y no tardo en centrarme en mi

trabajo.

Más tarde, cuando vuelvo a casa, Levy lleva puestos unos auriculares y trabaja en su portátil. Todavía tiene la nariz roja, pero está metida de lleno en su artículo, muy concentrada y tecleando frenéticamente. Yo estoy agotada, rendida por el largo viaje en coche, por la dura entrevista y por no haber parado de aquí para allá en Clayton's. Me dejo caer en el sofá pensando en el trabajo de la facultad que tengo que terminar y en que no he podido estudiar nada porque estaba con… él.

—Lo que me has traído está genial, Lucy. Lo has hecho muy bien. No puedo

creerme que no aceptaras su oferta de enseñarte el edificio. Está claro que quería

pasar más rato contigo.

Me lanza una fugaz mirada burlona.

Me ruborizo e inexplicablemente mis pulsaciones se aceleran. Seguro que no era

por eso. Solo quería mostrarme el edificio para que viera que era el amo y señor de

todo aquello. Soy consciente de que estoy mordiéndome el labio y confío en que

Levy no se dé cuenta, pero mi amiga parece estar concentrada en la transcripción.

—Ya entiendo lo que quieres decir con eso de formal. ¿Tomaste notas? —me

pregunta.

—Mmm… No.

—No pasa nada. Con lo que hay me basta para un buen artículo. Lástima que no

tengamos fotos propias. El hijo de puta está bueno, ¿no?

Me ruborizo.

—Supongo.

Intento dar a entender que me da igual, y creo que lo consigo.

—Vamos, Lucy… Ni siquiera tú puedes ser inmune a su atractivo.

Me mira y alza una ceja perfecta.

¡Mierda! Siento que me arden las mejillas, así que la distraigo haciéndole la

pelota, que siempre funciona.

—Seguramente tú le habrías sacado mucho más.

—Lo dudo, Lucy. Vamos… casi te ha ofrecido trabajo. Teniendo en cuenta que te

lo endosé en el último minuto, lo has hecho muy bien.

Me mira interrogante. Me retiro corriendo a la cocina.

—Dime, ¿qué te ha parecido?

Maldita sea, no para de preguntar. ¿Por qué no lo deja de una vez? Piensa algo,

rápido.

—Es muy tenaz, controlador y arrogante… Da miedo, pero es muy carismático. Entiendo que pueda fascinar —le digo sinceramente con la esperanza de que se

calle de una vez por todas.

—¿Tú, fascinada por un hombre? Qué novedad —me dice riéndose.

Como estoy preparándome un bocadillo, no puede verme la cara.

—¿Por qué querías saber si era gay? Por cierto, ha sido la pregunta más

incómoda. Casi me muero de vergüenza, y a él le ha molestado que se lo

preguntara.

Frunzo el ceño al recordarlo.

—Cuando aparece en la prensa, siempre va solo.

—Ha sido muy incómodo. Todo ha sido incómodo. Me alegro de no tener que

volver a verlo.

—Venga, Lucy, no puede haber ido tan mal. Creo que le has caído muy bien.

¿Que le he caído bien? Levy alucina.

—¿Quieres un bocadillo?

—Sí, por favor.

Para mi tranquilidad, esta noche no seguimos hablando de Natsu Dragneel.

Después de comer puedo sentarme a la mesa del comedor con Levy y, mientras ella

trabaja en su artículo, yo sigo con mi trabajo sobre Tess, la de los d'Urberville.

Maldita sea. Esta mujer estuvo en el lugar equivocado y en el momento

equivocado del siglo equivocado. Cuando termino son las doce de la noche y hace

ya mucho rato que Levy se ha ido a dormir. Me voy a mi habitación agotada, pero

contenta de haber trabajado tanto para ser un lunes.

Me meto en mi cama de hierro de color blanco, me envuelvo en la colcha de mi

madre, cierro los ojos y me quedo dormida al instante. Sueño con lugares oscuros,

suelos blancos, inhóspitos y fríos, y ojos jade.

El resto de la semana me sumerjo en mis estudios y en mi trabajo en Clayton's.

Levy también está muy ocupada organizando su última edición de la revista de la

facultad antes de ceder su puesto al nuevo responsable, y además también está

estudiando para los exámenes. Hacia el miércoles se encuentra mucho mejor y ya

no tengo que seguir soportando la visión de su pijama rosa de franela lleno de

conejitos. Llamo a mi madre, que vive en Georgia, para saber cómo está y para que

me desee suerte en los exámenes. Empieza a contarme su última aventura: está

aprendiendo a hacer velas. Mi madre se pasa la vida emprendiendo nuevos negocios. Básicamente se aburre y necesita hacer lo que sea para ocupar su tiempo,

pero le es imposible centrarse en algo mucho tiempo. La semana que viene será

otra cosa. Me preocupa. Espero que no haya hipotecado la casa para financiar este

último proyecto. Y espero que Bob —su relativamente nuevo marido, aunque es

mucho mayor que ella— la controle un poco ahora que yo ya no estoy en casa.

Parece mucho más responsable que el marido número tres.

—¿Cómo te va todo, Lucy?

Dudo un segundo, y mi madre centra toda su atención en mí.

—Muy bien.

—¿Lucy? ¿Has conocido a algún chico?

Uf, ¿cómo se le ocurre? Es evidente que está entusiasmada.

—No, mamá, no pasa nada. Si conozco a un chico, serás la primera en saberlo.

—Lucy, cariño, tienes que salir más. Me preocupas.

—Mamá, estoy bien. ¿Qué tal Bob?

Como siempre, la mejor táctica es la distracción.

Esa noche, más tarde, llamo a Jude, mi padrastro, el marido número dos de mi

madre, el hombre al que considero mi padre y cuyo apellido llevo. La conversación

es breve. En realidad, ni siquiera es una conversación, sino una serie de gruñidos

en respuesta a mis discretos intentos. Ray no es muy hablador. Pero es muy activo,

sigue viendo el fútbol en la tele (y cuando no está viendo el fútbol, juega a los

bolos, pesca o hace muebles). Jude es un buen carpintero, y gracias a él sé

diferenciar una espátula de un serrucho. Parece que todo le va bien.

El viernes por la noche Levy y yo estamos comentando qué hacer —queremos

descansar un poco del estudio, el trabajo y las revistas de la facultad— cuando

llaman a la puerta. En los escalones de la entrada está mi buen amigo Loke con una

botella de champán en las manos.

—¡Loke! ¡Qué alegría verte! —Lo abrazo—. Pasa.

Loke es la primera persona a la que conocí cuando llegué a la universidad, y

parecía tan perdido y solo como yo. Aquel día nos dimos cuenta de que éramos

almas gemelas, y desde entonces somos amigos. No solo compartimos el sentido

del humor, sino que descubrimos que Jude y el padre de Loke estuvieron juntos en

el ejército, y a partir de ahí nuestros padres se hicieron también muy amigos.

Loke estudia ingeniería. Es el primero de su familia que va a la universidad. Es un tipo brillante, pero su auténtica pasión es la fotografía. Tiene un ojo estupendo

para hacer fotos.

—Tengo buenas noticias —dice sonriendo con sus brillantes ojos oscuros.

—No me lo digas: también esta semana te las has arreglado para que no te

despidan… —bromeo.

Simula burlonamente ponerme mala cara.

—La Portland Place Gallery va a exponer mis fotos el mes que viene.

—Increíble… ¡Felicidades!

Me alegro mucho por él y vuelvo a abrazarlo. Levy también le sonríe.

—¡Buen trabajo, Loke! Tendré que incluirlo en la revista. No se me ocurre nada

mejor para un viernes por la noche que hacer cambios editoriales de última hora

—dice riéndose.

—Vamos a celebrarlo. Quiero que vengas a la inauguración.

Loke me mira fijamente y me ruborizo.

—Las dos, claro —añade mirando nervioso a Levy.

Loke y yo somos buenos amigos, pero en el fondo sé que le gustaría que

fuéramos algo más. Es mono y divertido, pero no es mi tipo. Es más bien el

hermano que nunca he tenido. Levy suele chincharme diciéndome que me

falta el gen de buscar novio, pero la verdad es que no he conocido a nadie que…

bueno, alguien que me atraiga, aunque una parte de mí desea que me tiemblen las

piernas, se me dispare el corazón y sienta mariposas en el estómago.

A veces me pregunto si me pasa algo. Quizá he dedicado demasiado tiempo a

mis románticos héroes literarios, y por eso mis ideales y mis expectativas son

excesivamente elevados. Pero en la vida real nadie me ha hecho sentir así.

Hasta hace muy poco, murmura la inoportuna vocecita de mi subconsciente.

¡NO! Destierro de inmediato la idea. No voy a planteármelo, no después de aquella

dolorosa entrevista. «¿Es usted gay, señor Dragneel?» Me estremezco al recordarlo. Sé

que desde entonces he soñado con él casi todas las noches, pero seguramente es

porque tengo que purgar de mi cabeza la espantosa experiencia.

Observo a Loke abriendo la botella de champán. Lleva vaqueros y una camiseta.

Es alto, ancho de hombros y musculoso, de piel morena, pelirojo y ardientes

ojos oscuros. Sí, Loke está bastante bueno, pero creo que por fin está entendiendo el

mensaje: somos solo amigos. El corcho sale disparado, y Loke alza la mirada y

sonríe.

El sábado es una pesadilla en la ferretería. Nos invaden los manitas que quieren

acicalar su casa. El señor y la señora Clayton, John, Patrick —los otros dos

empleados— y yo nos pasamos la jornada atendiendo a los clientes. Pero al

mediodía se calma un poco, y mientras estoy sentada detrás del mostrador de la

caja, comiéndome discretamente el bocadillo, la señora Clayton me pide que

compruebe unos pedidos. Me concentro en la tarea, compruebo que los números

de catálogo de los artículos que necesitamos se corresponden con los que hemos

encargado y paso la mirada del libro de pedidos a la pantalla del ordenador, y

viceversa, para asegurarme de que las entradas cuadran. De repente, no sé por qué,

alzo la vista… y me quedo atrapada en la descarada mirada jade de Natsu Dragneel,

que me observa fijamente desde el otro lado del mostrador.

Casi me da un infarto.

—Señorita Heartfilia, qué agradable sorpresa —me dice. Su mirada es firme e

intensa.

Maldita sea. ¿Qué narices está haciendo aquí, todo despeinado y vestido con ese

jersey grueso de lana de color crema, vaqueros y botas? Creo que me he quedado

boquiabierta, y no encuentro ni el cerebro ni la voz.

—Señor Dragneel —murmuro, porque no puedo hacer otra cosa.

Sus labios esbozan una sonrisa y sus ojos parecen divertidos, como si estuviera

disfrutando de alguna broma de la que no me entero.

—Pasaba por aquí —me dice a modo de explicación—. Necesito algunas cosas.

Es un placer volver a verla, señorita Heartfilia.

Su voz es cálida y ronca como un bombón de chocolate y caramelo… o algo así.

Muevo la cabeza intentando bajar de las nubes. El corazón me aporrea el pecho

a un ritmo frenético, y por alguna razón me arden las mejillas ante su firme mirada

escrutadora. Verlo delante de mí me ha dejado totalmente desconcertada. Mis

recuerdos de él no le han hecho justicia. No es solo guapo, no. Es la belleza

masculina personificada, arrebatador, y está aquí, en la ferretería Clayton's. Quién

lo iba a decir. Recupero por fin mis funciones cognitivas y vuelvo a conectar con el

resto de mi cuerpo.

—Lucy. Me llamo Lucy —murmuro—. ¿En qué puedo ayudarle, señor Dragneel?

Sonríe, y de nuevo es como si tuviera conocimiento de algún gran secreto. Es

muy desconcertante. Respiro hondo y pongo mi cara de llevar cuatro años

trabajando en la tienda y ser una profesional. Yo puedo.

—Necesito un par de cosas. Para empezar, bridas para cables —murmura con expresión fría y divertida a la vez.

¿Bridas para cables?

—Tenemos varias medidas. ¿Quiere que se las muestre? —susurro con voz

titubeante.

Cálmate, Heartfilia.

Un ligero fruncimiento estropea las cejas de Natsu, que son bastante bonitas.

—Sí, por favor. La acompaño, señorita Heartfilia —me dice.

Salgo de detrás del mostrador fingiendo despreocupación, pero lo cierto es que

me concentro al máximo en no desplomarme. De repente mis piernas parecen de

plastilina. Me alegro mucho de haber decidido ponerme mis mejores vaqueros esta

mañana.

—Están con los artículos de electricidad, en el pasillo número ocho —le digo en

un tono de voz demasiado elevado.

Lo miro y me arrepiento casi de inmediato. ¡Qué guapo es!

—La sigo —murmura haciendo un gesto con su mano de largos dedos y uñas

perfectamente arregladas.

Con el corazón casi estrangulándome —porque me ha subido hasta la garganta

e intenta salírseme por la boca— me meto en un pasillo en dirección a la sección de

electricidad. ¿Por qué está en Portland? ¿Por qué ha venido a Clayton's? Y de una

diminuta parte de mi cerebro que apenas utilizo —seguramente por debajo del

bulbo raquídeo, cerca de donde habita mi subconsciente— surge una idea: Ha

venido a verte. ¡Imposible! La descarto de inmediato. ¿Por qué iba a querer verme

este hombre guapo, poderoso y sofisticado? Es una idea absurda, así que me la

quito de la cabeza.

—¿Ha venido a Portland por negocios? —le pregunto.

Mi voz suena demasiado aguda, como si me hubiera pillado un dedo en una

puerta. ¡Basta! ¡Intenta calmarte, Lucy!

—He ido a visitar el departamento de agricultura de la universidad, que está en

Vancouver. En estos momentos financio una investigación sobre rotación de

cultivos y ciencia del suelo —me contesta con total naturalidad.

¿Lo ves? Ni por asomo ha venido a verte, se burla a gritos mi orgullosa

subconsciente. Me ruborizo solo de pensar en las tonterías que se me pasan por la

cabeza.

—¿Forma parte de su plan para alimentar al mundo? —lo provoco. —Algo así —admite esbozando una media sonrisa.

Echa un vistazo a nuestra sección de bridas para cables. ¿Para qué querrá eso?

No me lo imagino haciendo bricolaje. Desliza los dedos por las cajas de la

estantería, y por alguna inexplicable razón tengo que apartar la mirada. Se inclina

y coge una caja.

—Estas me irán bien —me dice con su sonrisa de estar guardando un secreto.

—¿Algo más?

—Quisiera cinta adhesiva.

¿Cinta adhesiva?

—¿Está decorando su casa?

Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas. Seguro que

contrata a trabajadores o tiene personal que se la decora.

—No, no estoy decorándola —me contesta rápidamente.

Sonríe, y me da la extraña sensación de que está riéndose de mí.

¿Tan divertida soy? ¿Por qué le hago tanta gracia?

—Por aquí —murmuro incómoda—. La cinta está en el pasillo de la decoración.

Miro hacia atrás y veo que me sigue.

—¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí? —me pregunta en voz baja,

mirándome fijamente.

Me ruborizo. ¿Por qué demonios tiene este efecto sobre mí? Me siento como una

cría de catorce años, torpe, como siempre, y fuera de lugar. ¡Mirada al frente,

Heartfilia!

—Cuatro años —murmuro mientras llegamos a nuestro destino.

Por hacer algo, me agacho y cojo las dos medidas de cinta adhesiva que

tenemos.

—Me llevaré esta —dice Natsu golpeando suavemente el rollo de cinta que le

tiendo.

Nuestros dedos se rozan un segundo, y ahí está de nuevo la corriente, que me

recorre como si hubiera tocado un cable suelto. Jadeo involuntariamente al sentirla

desplazándose hasta algún lugar oscuro e inexplorado en lo más profundo de mi

vientre. Intento desesperadamente serenarme.

—¿Algo más? —le pregunto con voz ronca y entrecortada. Abre ligeramente los ojos.

—Un poco de cuerda.

Su voz, también ronca, replica la mía.

—Por aquí.

Agacho la cabeza para ocultar mi rubor y me dirijo al pasillo.

—¿Qué tipo de cuerda busca? Tenemos de fibra sintética, de fibra natural, de

cáñamo, de cable…

Me detengo al ver su expresión impenetrable. Sus ojos parecen más oscuros.

¡Madre mía!

—Cinco metros de la de fibra natural, por favor.

Mido rápidamente la cuerda con dedos temblorosos, consciente de su ardiente

mirada gris. No me atrevo a mirarlo. No podría sentirme más cohibida. Saco el

cúter del bolsillo trasero de mi pantalón, corto la cuerda, la enrollo con cuidado y

hago un nudo. Es un milagro que haya conseguido no amputarme un dedo con el

cúter.

—¿Iba usted a las scouts? —me pregunta frunciendo divertido sus perfilados y

sensuales labios.

¡No le mires la boca!

—Las actividades en grupo no son lo mío, señor Dragneel.

Arquea una ceja.

—¿Qué es lo suyo, Luce? —me pregunta en voz baja y con su sonrisa

secreta.

Lo miro y me siento incapaz de expresarme. El suelo son placas tectónicas en

movimiento. Intenta tranquilizarte, Lucy, me suplica de rodillas mi torturada

subconsciente.

—Los libros —susurro.

Pero mi subconsciente grita: ¡Tú! ¡Tú eres lo mío! Lo aparto inmediatamente de

un manotazo, avergonzada de los delirios de grandeza de mi mente.

—¿Qué tipo de libros? —me pregunta ladeando la cabeza.

¿Por qué le interesa tanto?

—Bueno, lo normal. Los clásicos. Sobre todo literatura inglesa.

Se frota la barbilla con el índice y el pulgar considerando mi respuesta. O quizá sencillamente está aburridísimo e intenta disimularlo.

—¿Necesita algo más?

Tengo que cambiar de tema… Esos dedos en esa cara son cautivadores.

—No lo sé. ¿Qué me recomendaría?

¿Qué le recomendaría? Ni siquiera sé lo que va a hacer.

—¿De bricolaje?

Asiente con mirada burlona. Me ruborizo y mi mirada se desplaza a los

vaqueros ajustados que lleva.

—Un mono de trabajo —le contesto.

Me doy cuenta de que ya no controlo lo que sale de mi boca.

Vuelve a alzar una ceja, divertido.

—No querrá que se le estropee la ropa… —le digo señalando sus vaqueros.

—Siempre puedo quitármela —me contesta sonriendo.

—Ya.

Siento que mis mejillas vuelven a teñirse de rojo. Deben de parecer la cubierta

del Manifiesto comunista. Cállate. Cállate de una vez.

—Me llevaré un mono de trabajo. No vaya a ser que se me estropee la ropa

—me dice con frialdad.

Intento apartar la inoportuna imagen de él sin vaqueros.

—¿Necesita algo más? —le pregunto en tono demasiado agudo mientras le

tiendo un mono azul.

No contesta a mi pregunta.

—¿Cómo va el artículo?

Por fin me ha preguntado algo normal, sin indirectas ni juegos de palabras…

Una pregunta que puedo responder. Me agarro a ella con las dos manos, como si

fuera una tabla de salvación, y apuesto por la sinceridad.

—No estoy escribiéndolo yo, sino Levy. La señorita McGarden, mi

compañera de piso. Está muy contenta. Es la editora de la revista y se quedó

destrozada por no haber podido hacerle la entrevista personalmente. —Siento que

he remontado el vuelo, por fin un tema de conversación normal—. Lo único que le

preocupa es que no tiene ninguna foto suya original.

—¿Qué tipo de fotografías quiere? Muy bien. No había previsto esta respuesta. Niego con la cabeza, porque sencillamente no lo sé.

—Bueno, voy a estar por aquí. Quizá mañana…

—¿Estaría dispuesto a hacer una sesión de fotos?

Vuelve a salirme la voz de pito. Levy estará encantada si lo consigo. Y podrás

volver a verlo mañana, me susurra seductoramente ese oscuro lugar al fondo de mi

cerebro. Descarto la idea. Es estúpida, ridícula…

— Levy estará encantada… si encontramos a un fotógrafo.

Estoy tan contenta que le sonrío abiertamente. Él abre los labios, como si

quisiera respirar hondo, y parpadea. Por una milésima de segundo parece algo

perdido, la Tierra cambia ligeramente de eje y las placas tectónicas se deslizan

hacia una nueva posición.

¡Dios mío! La mirada perdida de Natsu Dragneel.

—Dígame algo mañana —me dice metiéndose la mano en el bolsillo trasero y

sacando la cartera—. Mi tarjeta. Está mi número de móvil. Tendría que llamarme

antes de las diez de la mañana.

—Muy bien —le contesto sonriendo.

Levy se pondrá contentísima.

—¡Lucy!

Paul aparece al otro lado del pasillo. Es el hermano menor del señor Clayton.

Me habían dicho que había vuelto de Princeton, pero no esperaba verlo hoy.

—Discúlpeme un momento, señor Dragneel.

Natsu frunce el ceño mientras me vuelvo.

Hibiki siempre ha sido un amigo, y en este extraño momento en que me las veo

con el rico, poderoso, asombrosamente atractivo y controlador obsesivo Natsu, me

alegra hablar con alguien normal. Hibiki me abraza muy fuerte, y me pilla por

sorpresa.

—¡Lucy, cuánto me alegro de verte! —exclama.

—Hola, Hibiki. ¿Cómo estás? ¿Has venido para el cumpleaños de tu hermano?

—Sí. Estás muy guapa, Lucy, muy guapa.

Sonríe y se aparta un poco para observarme. Luego me suelta, pero deja un

brazo posesivo por encima de mis hombros. Me separo un poco, incómoda. Me

alegra ver a Hibiki, pero siempre se toma demasiadas confianzas. Cuando miro a Natsu Dragneel, veo que nos observa atentamente, con ojos impenetrables y pensativos, y expresión seria, impasible. Ha dejado de ser el cliente extrañamente atento y ahora es otra persona… alguien frío y distante.

—Hibiki, estoy con un cliente. Tienes que conocerlo —le digo intentando suavizar la animadversión que veo en la expresión de Natsu.

Tiro de Hibiki hasta donde está Natsu, y ambos se observan detenidamente. El aire podría cortarse con un cuchillo.

—Hibiki, te presento a Natsu Dragneel. Señor Natsu, este es Hibiki Clayton, el

hermano del dueño de la tienda. —Y por alguna razón poco comprensible, siento

que debo darle más explicaciones—. Conozco a Hibiki desde que trabajo aquí,

aunque no nos vemos muy a menudo. Ha vuelto de Princeton, donde estudia

administración de empresas.

Estoy diciendo chorradas… ¡Basta!

—Señor Clayton.

Natsu le tiende la mano con mirada impenetrable.

—Señor Dragneel —lo saluda Hibiki estrechándole la mano—. Espera… ¿No será el

famoso Natsu Dragneel? ¿El de Dragneel Enterprises Holdings?

Hibiki pasa de mostrarse hosco a quedarse deslumbrado en una milésima de

segundo. Natsu le dedica una educada sonrisa.

—Uau… ¿Puedo ayudarle en algo?

—Se ha ocupado Lucy, señor Clayton. Ha sido muy atenta.

Su expresión es impasible, pero sus palabras… es como si estuviera diciendo

algo totalmente diferente. Es desconcertante.

—Estupendo —le responde Hibiki—. Nos vemos luego, Lu.

—Claro, Hibiki.

Lo observo desaparecer hacia el almacén.

—¿Algo más, señor Dragneel?

—Nada más.

Su tono es distante y frío. Maldita sea… ¿Lo he ofendido? Respiro hondo, me

vuelvo y me dirijo a la caja. ¿Qué le pasa ahora?

Marco el precio de la cuerda, el mono, la cinta adhesiva y los sujetacables.

—Serán cuarenta y tres dólares, por favor. Miro a Natsu, pero me arrepiento inmediatamente. Está observándome fijamente.

Me pone de los nervios.

—¿Quiere una bolsa? —le pregunto cogiendo su tarjeta de crédito.

—Sí, gracias, Luce.

Su lengua acaricia mi nombre, y el corazón se me vuelve a disparar. Apenas

puedo respirar. Meto deprisa lo que ha comprado en una bolsa de plástico.

—Ya me llamará si quiere que haga la sesión de fotos.

Vuelve a ser el hombre de negocios. Asiento, porque de nuevo me he quedado

sin palabras, y le devuelvo la tarjeta de crédito.

—Bien. Hasta mañana, quizá. —Se vuelve para marcharse, pero se detiene—.

Ah, una cosa, Luce… Me alegro de que la señorita McGarden no pudiera

hacerme la entrevista.

Sonríe y sale de la tienda a grandes zancadas y con renovada determinación,

colgándose la bolsa del hombro y dejándome como una masa temblorosa de

embravecidas hormonas femeninas. Paso varios minutos mirando la puerta

cerrada por la que acaba de marcharse antes de volver a pisar la Tierra.

De acuerdo. Me gusta. Ya está, lo he admitido. No puedo seguir escondiendo

mis sentimientos. Nunca antes me había sentido así. Me parece atractivo, muy

atractivo. Pero sé que es una causa perdida y suspiro con un pesar agridulce. Ha

sido solo una coincidencia que viniera. Pero, bueno, puedo admirarlo desde la

distancia, ¿no? No tiene nada de malo. Y si encuentro a un fotógrafo, mañana lo

admiraré a mis anchas. Me muerdo el labio pensándolo y me descubro a mí misma

sonriendo como una colegiala. Tengo que llamar a Levy para organizar la sesión

fotográfica.

¿Que os pareció? ¿Queréismas?