¡Buenas a todos!
Quería actualizar prontito porque empiezo los exámenes mañana mismo (Sí, ahora debería estar estudiando), y no sé cuándo tendré tiempo para escribir. Así que espero que disfrutéis con este segundo capítulo, que ya sé que el primero os dejó un poco traumatizados (con la muerte del Profe y esas cosas. Jeje. Era necesario, lo siento).
Por cierto, quería aprovechar la oportunidad para animaros a leer uno de los mejores fics que he leído (y sigo leyendo) en esta sección: Errónea Fortuna, de Lyldane. Os viciaréis mucho, lo juro.
Y dicho estooooo. Empecemos.
Capítulo 2: Un bate de beisbol y un escalpelo
La escena era surrealista. Brick aún agarraba por las muñecas a la líder de las Powerpuff girls, que había intentado matarle con un escalpelo. Sus hermanos miraban alternativamente a las otras dos —que hasta hacía unos segundos habían estado escondidas tras una esquina— y a ella. ¿Qué demonios hacían en su casa las protectoras de la ciudad en pijama, descalzas y armadas? ¿Acaso querían venganza por lo que había acontecido aquella tarde? Butch dirigió su mirada hacia el bate de beisbol que Buttercup sostenía en la mano derecha.
Blossom se revolvió para deshacerse de las manazas del pelirrojo, y su hermana salió en su ayuda blandiendo el bate en alto.
—¡Suéltala ahora mismo! —exclamó.
Aunque sabía que ellos mantenían sus superpoderes y ellas no, los conocía desde hacía tanto tiempo que se veía incapaz de sentir temor hacia ellos. Se adelantó un par de pasos más, amenazante, y Brick soltó a Blossom.
—Ha sido ella la que se me ha lanzado a la yugular como una jodida loca —espetó el líder.
—No sabía que eras tú —se excusó Blossom, recogiendo el escalpelo del suelo.
Butch alzó la voz.
—Será mejor que dejes eso donde está.
Blossom lo miró desafiante, haciéndole caso omiso.
—¿Qué pasa? ¿Acaso tienes miedo de lo que pueda hacer? —le contestó.
Boomer se dio cuenta de que aquella provocación podría dar pie a una discusión que duraría horas, y no era eso lo que él quería. Después de un día de maldades, robos, destrozos y fiesta, necesitaba tumbarse en el sofá y quedarse dormido hasta la hora que le diera la gana. Ansiaba que aquellas intrusas se largaran y lo dejaran descansar. Joder, ¡eran casi las cinco de la mañana!
—Para que después digan que nosotros vamos contra la ley —intervino—. Las heroínas de Townsville cometiendo allanamiento de morada. ¡Quién lo diría!
Blossom apretó la mandíbula. Para empezar, esa casa ni siquiera era de ellos; y para seguir, no lo habrían hecho si hubieran tenido otra opción. Todo había sido por su culpa; por jugar sucio y quitarles sus poderes.
—Será mejor que te calles —gruñó Buttercup—. Si no fuera por vosotros, no estaríamos aquí.
Blossom vio un brillo peligroso en los ojos de su hermana. Miró a Bubbles, que todavía permanecía apoyada en el rincón con gesto sombrío.
—Nos persiguen —dijo la líder, intentando aclarar la situación de la forma más tranquila posible—. Unos hombres nos están persiguiendo. Nos escondimos aquí para que no nos encontraran.
—¿Y se supone que eso es problema nuestro? ¡Escondeos en vuestra casa! —soltó Butch.
Blossom vio un movimiento por el rabillo del ojo e intervino lo más rápido que pudo para agarrar a su hermana, que se había lanzado de lleno hacia el moreno. Buttercup estaba alterada; lo podía notar en su respiración, en el temblor de su cuerpo y en sus ojos inyectados en sangre. Apretaba los dedos en torno al bate e intentaba acercarse a Butch para rompérselo en la cabeza. El rowdyruff boy retrocedió un paso al ver su reacción.
—¡Buttercup, cálmate!
—¡Todo es por vuestra culpa, hijos de puta! ¡Por vuestra culpa! —chillaba con la voz rasgada.
Blossom intentaba contenerla, abrazándola y empujando hacia atrás. Bubbles no pudo soportarlo más y se echó a llorar con fuerza. Los Rowdyruff boys estaban estupefactos con el espectáculo que estaba teniendo lugar delante de ellos. No entendían qué estaba pasando.
—Buttercup, por favor —gimió Blossom.
El tono lastimero de Blossom paró a Buttercup de golpe. Se dio cuenta de que su hermana lloraba al ver a la pequeña de las tres sollozando en una esquina como una niña pequeña. Por primera vez desde que vieron el cuerpo del Profesor frío en la cama, fueron conscientes de que se habían quedado solas en el mundo. Ahora solo se tenían las unas a las otras. El bate se le resbaló de las manos y dejó caer la cabeza sobre el hombro de Blossom, intentando ocultar las lágrimas. Blossom la abrazó con fuerza unos segundos mientras cientos de lágrimas corrían por sus mejillas. Después respiró hondo y se secó con el dorso de la mano para recuperar la compostura. Debía cuidar de sus hermanas. Ahora más que nunca.
—Nos vamos a quedar aquí hasta que amanezca y no hay más que hablar —les dijo a los chicos—. Si no os gusta, es una pena. Pero no nos moveréis de aquí.
Brick distinguió la determinación y el valor que da la desesperación en los ojos rosas de Blossom, y se sintió frustrado de repente. Agarró a la pelirroja del brazo e intentó obligarla a irse. Blossom hizo un movimiento con el escalpelo y Brick se apartó a lo justo.
—He dicho que no nos moveréis de aquí.
Estaba cansada, triste, pero sobre todo aterrada. ¿Qué pasaría con ella y con sus hermanas si volvían a ese bosque repleto de criminales esperándolas? Ni loca pensaba abandonar esa casucha vieja. Antes moriría entre esas paredes de madera que entre los árboles de aquella montaña.
Brick frunció el ceño. La miró de arriba abajo. Tenía los pies descalzos y ensangrentados; las piernas llenas de arañazos y el pijama de dos piezas sucio; mejillas y ojos enrojecidos; y el pelo le caía desordenado por la cara. No tenía poderes, pero parecía más fiera que nunca. ¿Qué demonios había pasado para que se produjera ese cambio en ella?
Estaba dispuesto a echarla a patadas si hacía falta, pero Boomer se acercó con paso cansino.
—Brick, ¿de verdad quieres pelea ahora? Son las cinco de la mañana —suplicó, muerto de sueño—. Déjalas, y que se larguen en cuanto salga el sol. Yo solo quiero dormir.
Pero no era tan fácil convencer al testarudo líder. ¿Las Powerpuff en sus dominos? Pero ¿qué estupidez era aquella? ¿Las perseguía una panda de asesinos? Bueno, ese era su problema. Que se buscaran la vida. ¿Por qué tenía él que darle refugio al enemigo?
Butch miraba a Buttercup, que todavía les daba la espalda. La morena caminó hasta la esquina donde Bubbles sollozaba, cogió una manta que había en el sofá y se la echó por encima a su hermana pequeña. Después se sentó a su lado y la abrazó con un solo brazo. Bubbles se apoyó en Buttercup y cerró los ojos entre hipitos. Al parecer estaba decidido: se quedarían.
Algo muy jodido ha debido pasar para que quieran compartir el espacio con nosotros, pensó.
Butch caminó hasta el sofá y se tiró en él, dando por cerrado el asunto. Al igual que Boomer, estaba cansado, y no quería más que roncar y dejar sus babas en la tela del sofá.
Brick gruñó e imitó a su hermano, tumbándose en otro sofá un poco más grande.
—Haced lo que os dé la gana, pero no molestéis. En cuanto salga el primer rayo de sol os quiero fuera de aquí —les advirtió.
Boomer se recostó sobre la única cama de la casa, la que antes había sido de Fuzzy. A sus hermanos les gustaba más el sofá. Blossom suspiró aliviada y miró a sus hermanas, que parecían haberse dormido. Se preguntó si debía reunirse con ellas, pero finalmente se quedó al lado de la puerta, pegada a la pared, con el escalpelo en la mano.
—¿Te vas a quedar ahí? —preguntó Brick de malas formas.
Blossom ni siquiera le dirigió la mirada.
—Si entran esos hombres, no serás tú el que nos proteja, ¿verdad?
No hizo falta responder.
Brick se fijó en la mirada perdida de Blossom y el rastro de dolor que se veía en sus pupilas antes de bajar la gorra de tal forma que le ocultara los ojos y acomodarse en el sofá.
«Es su problema», dijo en su mente.
A la mañana siguiente, cuando Brick abrió los ojos, las chicas ya se habían marchado. Vio cómo los rayos del alba se colaban entre las cortinas y pensó en la noche anterior. Había creído que tendría que echarlas a la fuerza, pero gracias a Dios, se habían ido por su propio pie.
Y nunca mejor dicho, pensó con burla, recordando que no podían volar.
Se cruzó de brazos y volvió a acomodarse en el sofá. Con suerte, podría dormir hasta la hora de comer, y entonces irían a robar unas hamburguesas. Se habían acostado tarde y necesitaba dormir para estar en plena forma. Se imaginó rompiendo la cristalera de la hamburguesería, pegando empujones a diestro y siniestro y exigiendo en la barra todo lo que pudiera llevarse a la boca y su estómago pudiera aguantar. Sí, eso sería genial.
De repente, escuchó el sonido de un helicóptero, quizás dos; las ruedas de varios coches. ¿Coches en la montaña? Y finalmente, pasos de personas. Alguien tumbó la puerta, y antes de que pudiera reaccionar, ya estaban rodeados por un montón de policías vestidos de negro y armados con unas pistolas de lo más extrañas. Genial, ¿qué le había dado a la gente por invadir su propiedad?
Butch y Boomer despertaron a causa del ruido, y se sintieron algo desorientados al verse invadidos por las fuerzas de seguridad de Townsville.
—Joder, ¿cuánto tiempo llevo durmiendo? —se preguntó Butch.
—Bien, Rowdyruff boys, será mejor que os comportéis y nos sigáis pacíficamente. El Alcalde quiere veros —habló el que parecía el capataz.
Brick se incorporó en el sofá y se puso bien la gorra. Estaba adormilado, y aun así intimidaba.
—Y si no lo hacemos, ¿qué?
—¿Recordáis el arma que Mojo Jojo utilizó contra las Powerpuff girls? —preguntó el jefe—. Pues, estas pistolas hacen exactamente lo mismo.
Los chicos se pusieron tensos. Boomer se levantó de la cama de un tirón, y Butch se quedó paralizado sobre el sofá con un leve tic en el ojo. Brick se quedó mirando a los policías. Había muchísimos, y aunque consiguiera quitarle la pistola a unos cuantos, afuera había más esperándolos, tanto por tierra como por aire. Recordó el lamentable estado en el que se encontraban las protectoras de Townsville después de perder sus poderes y decidió que no valía la pena correr ese riesgo por una tonta visita al ayuntamiento. Se apoyó sobre sus rodillas y se frotó los ojos.
—Y ¿qué coño quiere el Alcalde? —preguntó finalmente.
Los chicos acudieron sin ofrecer resistencia al despacho del Alcalde. Entraron en el ayuntamiento con una gran escolta.
Así deben sentirse los famosos, pensó Butch, mostrando por fuera una sonrisa burlona.
Todos los trabajadores los miraban, asustados. Por donde pisaban, los demás se apartaban y los dejaban pasar. Los hacían sentir poderosos con su terror. Así era como debía ser.
Entraron en el despacho del Alcalde, pero no fue él quien los recibió. Su secretaria, una mujer pelirroja y voluptuosa, vestida de rojo, les dio la bienvenida.
—Buenos días, chicos. Sentimos haberos traído de esa forma tan brusca —dijo con una voz que a los chicos les pareció de lo más sensual—. ¿Queréis tomar asiento?
Señaló un sofá de cuero, al que los tres hermanos se dirigieron. Butch silbó cuando la señorita Bellum pasó por delante y se encaminó a la mesa del Alcalde.
—Halagador… —comentó la mujer con clara ironía—. ¿Alcalde?
De detrás del gran escritorio salió un hombrecillo menudo de bigote y sombrero negro. Los Rowdyruff lo miraron con guasa cuando se puso delante de ellos con una mirada seria. Lo habían visto en muchas ocasiones, pero ese hombre no crecía, y su baja estatura no imponía precisamente. Tampoco era demasiado inteligente. No entendían cómo había podido llegar a la alcaldía. Menudo zoquete.
—Bueno, bueno, granujillas… —comenzó el Alcalde—, así que os gusta ir por ahí haciendo trastadas.
Los hermanos se miraron entre sí a punto de echarse a reír. Ellos no llamarían precisamente "trastadas" a robar, destrozar, y luchar contra las Powerpuff girls. ¿Trastadas? No, era una obra maestra criminal.
—Pues bien, ya tenéis una edad, y debéis aprender que todo acto tiene consecuencias.
—¿Consecuencias? —preguntó Boomer—. ¿Qué es eso?
Todos permanecieron callados, debatiendo si era una broma o lo estaba preguntando en serio. Boomer era así. Tonto y burlón por naturaleza. No se sabía cuándo decía algo de verdad y cuándo no. De repente, el menor se puso a reír y Butch le siguió el juego. Brick era el único que aguantaba la risa, pero no dejaba de mostrar esa malvada sonrisa de superioridad.
—Ah, os creéis muy graciosillos, ¿verdad? —El Alcalde pretendía imponerse, pero con esa vocecilla era imposible que tres criminales como eran aquellos se sublevaran a la autoridad—. Pues, si no sabéis lo que son, estáis a punto de descubrirlo.
Brick se puso derecho en el asiento.
—Bueno, creo que ya es hora de ir al grano. Nos han traído aquí por las Powerpuff girls, ¿verdad?
—Precisamente —respondió Bellum.
—Bien, no sé lo que le habrán dicho de nosotros, pero seguro que no le han contado que sus queridas protectoras van asaltando casas ajenas. Ayer se colaron en nuestra cabaña sin permiso. ¡Y armadas, no se lo pierdan! ¿Qué hubiera pasado si esa loca me hubiera rebanado el cuello esta noche?
—Las chicas perdieron ayer a su padre —le interrumpió la Señorita Bellum.
Brick abrió la boca para seguir con su retahíla de argumentos cuando su cerebro procesó la información que la secretaria acababa de facilitarle. Los tres miraron desconcertados a la señorita pelirroja.
—¿Qué? —preguntó Boomer.
—Esta noche, unos hombres entraron en casa de las chicas armados con la intención de acabar con ellas. Mataron al profesor Utonium, y hubieran conseguido matar a las Powerpuff girls si no hubieran conseguido escapar.
Los tres permanecieron callados. Butch recordó las palabras de Buttercup cuando se había lanzado hacia él: ¡Todo es por vuestra culpa, hijos de puta! ¡Por vuestra culpa! Ahora lo entendía todo. La tensión, los lloros, la rabia… Acababan de asesinar a su padre y ellas no habían podido hacer nada para impedirlo. De hecho, hubieran acabado igual que él si no se hubieran dado cuenta a tiempo de que algo raro pasaba en su casa. Lo peor de todo era que todo aquello no tendría que haber pasado. Esos hombres no se hubieran atrevido a entrar en condiciones normales.
A Brick le brillaron los ojos. Esos hombres no hubieran entrado si las chicas hubieran tenido sus poderes.
Se levantó de golpe, y su postura se volvió una amenaza en sí.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —preguntó en un siseo espeluznante—. Supongo que no pensaréis que somos los que entraron en la casa…
El Alcalde levantó una ceja. ¡Claro! ¿Cómo no se le había ocurrido? Primero le quitaban los poderes, y después intentaban quitarles la vida. De hecho, las chicas les habían contado que al llegar a la cabaña de Fuzzy, esta estaba vacía, y que los Rowdyruff boys llegaron más tarde. Sin embargo, según el testimonio de las superheroínas, los atacantes eran más de tres, y sus voces eran de hombres de más de treinta años.
—No, para vuestra fortuna, las chicas ya os descartaron como principales sospechosos —aclaró Bellum.
—Pero —continuó el Alcalde—, eso no os exime de parte de culpa.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Boomer.
—Si las Powerpuff girls hubieran conservado sus poderes, está claro que esta tragedia no habría acaecido sobre ellas.
—Por eso tenemos un trabajo especial para vosotros —dijo Bellum—. Llamémoslo, un trabajo social en compensación por el daño causado a Blossom, Bubbles y Buttercup.
—¿Un qué? —habló Butch—. Nosotros no hacemos de esos.
Brick levantó la mano para acallarlo, y con los ojos entrecerrados casi gruñó:
—¿Qué clase de trabajo?
—Antes de morir, el profesor Utonium afirmó en que diez días, las chicas podrían volver a incorporar la sustancia X a su cuerpo y recuperarían sus poderes. En este momento, hay policías y buenos criminólogos en la casa de las chicas, investigando el caso. Las chicas no podrán volver hasta pasados unos días, pero aunque pudieran regresar, está claro que esta ciudad ha dejado de ser segura para ellas. Tienen demasiados enemigos que podrían intentar nuevos ataques.
—¿Como nosotros? —propuso Butch, tomándoselo a broma.
—No, precisamente vosotros seréis los encargados de protegerlas.
Los tres se levantaron del sofá como si tuvieran un resorte. Brick ya se lo había imaginado, pero había querido ver si tenían el valor para decirlo en voz alta. Pero, ¿qué se creían? Ellos eran enemigos; incluso habían intentado destruirlas en incontables ocasiones. ¿Cómo creían que iba a protegerlas, precisamente a ellas?
Los hermanos menores se miraron y se echaron a reír. Debía ser una broma. Pero su líder no reía. Sabía que iban en serio.
—¿Nosotros, proteger a esas? —se carcajeó Butch—. Debéis estar de coña.
La señorita Bellum se cruzó de brazos y rio por lo bajo. Cuando los chicos la oyeron, se quedaron de piedra. Aquella situación empezaba a escaparse de sus manos.
—¿Sabéis? Esta mañana, antes de ir a recogeros, nuestra brigada especial contra villanos se pasó por el laboratorio de Mojo y se lo llevaron preso. Las armas que llevaban no son normales y corrientes. Son las que vuestro creador utilizó para quitarle los poderes a las chicas. Las requisamos y ahora están en nuestro poder. ¿De verdad queréis acabar como ellas?
—¿Cómo sabéis que haremos el trabajo? —preguntó Brick—. Podríamos decir que sí, y después desentendernos.
Las señorita Bellum sonrió.
—Mientras dormíais, nuestros agentes os implantaron un chip microscópico en la piel que nos permite saber dónde estáis en cada momento mediante un dispositivo de seguimiento.
Butch y Boomer palidecieron, y al momento, empezaron a rastrearse la piel en busca del chip. Pasaban sus manos por los brazos, por el cuello…, pero no encontraban nada. Brick seguía aguantándole la mirada a la secretaria. El Alcalde parecía confuso, y miró a Bellum en busca de una respuesta que le aclarase qué era lo que estaba ocurriendo.
—Es una trola —soltó el líder—. No es más que una broma para que aceptemos el trabajo.
—Quizá sí, quizá no. Pero, ¿estáis dispuestos a correr el riesgo?
Entraron en la sala de reuniones. Una gran mesa presidía la estancia, y al final, unos sofás de cuero rodeaban una pequeña mesa acristalada. La señorita Bellum dirigía a los chicos, que con muecas de disgusto y paso holgazán, la seguían hasta el fondo. Agrupadas en un solo sofá, las Powerpuff girls dormían abrazadas. Buttercup y Bubbles dejaban caer sus cabezas sobre los hombros de su hermana mayor, que las abrazaba a la vez. Tenían los pies vendados y por las ojeras parecían agotadas.
Bellum se acercó para despertarlas. Buttercup pegó un bote y agarró con fuerza el bate de beisbol, que se había deslizado por su mano hasta el suelo mientras dormía. Blossom se abrazó aún más a sus hermanas, y en los ojos de Bubbles apareció por un momento el miedo.
—Tranquilas, chicas, tranquilas —repitió Bellum con la dulzura de una madre—. Soy yo. Estáis en el ayuntamiento, ¿recordáis? A salvo.
Las tres se destensaron y volvieron a hundirse en el sofá. Lo acontecido la noche anterior debía haberles dejado una huella profunda y difícil de borrar.
—Nos hemos quedado dormidas —murmuró Bubbles.
Blossom se percató de la presencia de alguien más en la sala, y clavó la mirada en los tres chicos, que esperaban a cierta distancia.
—¿Qué hacen ellos aquí?
Bellum se volvió hacia los Rowdyruff y les pidió que se acercaran. Los chicos obedecieron de mala gana y se colocaron delante de sus protegidas desde ese mismo instante. Las chicas todavía conservaban las armas que habían sacado de su casa.
—Chicas, desde ahora hasta el momento en que recuperéis vuestros poderes, ellos se encargarán de protegeros —anunció.
Continuará...
