Disclaimer: Como ya aclaré, el mundo de Harry Potter no me pertenece, excepto algunos personajes de este fic, etcétera, etcétera.
Muchas gracias a Lillinet, Juliana E, Sel, Dracoforever y Alexis por los reviews. Realmente me ayudan a seguir escribiendo. ¡Y mil gracias a aquellos que dieron follow y fav a la historia! Me sacaron cada sonrisa que ni se imaginan.
Aquí está el capítulo dos. Espero que les guste.
Dos: El nuevo Draco Malfoy.
Las fiestas de navidad habían pasado sin pena ni gloria. Harry había rechazado la invitación de Molly de pasar las navidades con ellos ya que no tenía deseo alguno de cruzarse a Ginny. La tensión sería demasiada. En cambio, pasó la navidad y el año nuevo con Andrómeda y Teddy.
Su ahijado crecía sano y fuerte, con los ojos sabios de su padre y la torpeza de su madre. Su cabello siempre solía ser azul eléctrico, brillante y radiante en púas que le cubrían toda la cabeza. Ya tenía seis años y ese mayo iba a cumplir siete, amaba la lectura, la escritura y tenía una imaginación desbordante que era alarmante incluso para un niño de su edad. Sin embargo era tranquilo, no causaba mucho revuelo ni tampoco soñaba con ser un jugador profesional de Quiddich, lo que tranquilizaba a Andrómeda. Lo que Teddy Lupin quería era asistir a Hogwarts de una vez por todas, pasar todos sus exámenes con notas altísimas, ser el mejor de su clase. Andrómeda incentivaba su conocimiento comprándole libros y leyendo con él, y Harry resolviendo algunas cosas e incluso dejándole usar su varita de vez en cuando. El radar no se activaría en una casa donde vivía una bruja; además, Teddy apenas era un crío, y no habría mucho que pudieran hacer los del Ministerio con el ahijado del Salvador del Mundo Mágico.
Le regaló a Teddy "Animales Fantásticos y dónde encontrarlos" que se sumaría a la colección de libros de su ahijado. Teddy lo abrazó por unos segundos más de lo que siempre hacía, y comieron cosas deliciosas que Andrómeda había preparado para irse a dormir hasta las altas de la noche.
La mañana del primero de Enero de 2005 Harry despertó por un hiperactivo Teddy, quien se había despertado incluso cuando el sol aún no había salido y se había atiborrado de dulces. Harry se cambió y fueron al parque que estaba a unas calles de la casa de Andrómeda para una batalla con bolas de nieve, previamnete avisándole a Andrómeda, claro.
—Padrino Harry, mira, podemos hacer un muñeco de nieve —le dijo Teddy, completamente entusiasmado. Cuando se trataba de jugar con Harry éste le cumplía todos los caprichos, así que pusieron las manos a la obra para hacer un gran muñeco de nieve. Dentro de poco el parque se llenó de niños jugando y Harry le ofreció a Teddy ir con ellos.
—No, gracias, padrino Harry. Estoy bien contigo —y le sonrió con una boca que le faltaba un diente de leche que ya dentro de poco crecería. Harry abrazó con fuerza a Teddy, con fuerza y cariño.
Estaba pasando relativamente bien su mes sin trabajo. Le quedaban unos diez días libres. Robards había sido realmente comprensivo y simpático con él, indicándole que podía tomarse el tiempo que quisiera. Harry había insistido que le diera una fecha justa, así que Robards dijo que debía volver al trabajo luego de treinta y un días, además de tener una certificación de los sanadores de que podía reincorporarse a las misiones.
Si bien le encantaba su trabajo éste tenía sus altibajos, como que por ser justamente Harry Potter todos las maldiciones de los mortífagos y los seguidores de algún nuevo brujo oscuro que estuviera apareciendo le caían en picada.
Terminó de hacer el muñeco de nieve y le calzó su propio gorro de lana, consiguiendo que Teddy sonriera, feliz, exhausto. El azúcar comenzaba a desaparecer de su sistema, y ya no estaba tan exaltado como antes. Harry decidió que ya habían jugado bastante al aire libre y lo llevó de vuelta a casa con Andrómeda, que ya había preparado un desayuno bastante amplio y delicioso. Harry y Teddy comieron, recargando energías, cuando Harry se percató que en medio de las bromas se había olvidado su gorro en el muñeco de nieve. Se bebió lo que le quedaba de café de un sorbo y les avisó que ya volvía.
Fue a trote ligero al parte. Se mantenía en forma jugando Quiddich y haciendo ejercicios durante dos horas tres veces a la semana: debía mantenerse de una forma para ser un Auror rápido, fuerte y ágil. Siempre había sido bastante rápido y ágil, y como buscador no había quién le ganara, pero la fuerza... eso lo había tenido en la moral solamente.
Estaba en el parque y vio el muñeco de nieve con el gorro aún puesto. Fue a quitárselo cuando una voz le sobresaltó.
—¿No es poco ético desabrigar a los muñecos de nieve, Potter? Tú que sabes, puede que ellos también tengan frío.
Le terminó de quitar el gorro de lana al muñeco para volverse y ver a Malfoy con una sonrisa amplia en el rostro.
—Buenos días a ti también, Malfoy —saludó Harry, limpiando de nieve el gorro y calzándoselo en los cabellos desordenados—. Resulta que éste es mi gorro, si eso querías saber.
—¿Y no estás grande ya para hacer muñecos de nieve? —preguntó burlonamente. Harry sonrió. Malfoy no estaba insultándolo, ni riéndose de él, si no que le molestaba de una forma más inofensiva, más tranquilo.
—Yo sí —dijo Harry, encogiéndose de hombros—, pero Teddy no.
Draco sonrió.
—Me lo suponía. Bueno, yo iba a saludar a tía Andrómeda. Supongo que tú estás allí con ellos, ¿no? —preguntó, alzando ligeramente una ceja. Harry asintió.
—Claro, pasé con Teddy y Andrómeda las fiestas —le contó Harry—. ¿Y tú? ¿Qué tal pasaste las fiestas?
—¿Qué tal si vamos a la casa de tía Andrómeda y te lo cuento en el camino?
Harry accedió. Se dirigieron hasta casa de Andrómeda hablando. Draco le contó que le había regalado a Scorpius libros muggles para colorear, lápices de colores nuevos y una túnica verde brillante nada discreta que al niño le había encantado cuando pasearon por el Callejón Diagon. Astoria le había regalado a él un reloj de bolsillo de plata con el escudo de la familia Malfoy y unos libros de sanación. Scorpius y Astoria le habían regalado una tarjeta a todo color con fotos mágicas de ellos y el padrino de Scorpius, Hyperion Cahllawer. No se lo contaba de forma presuntuosa, como jactándose de qué había recibido y qué había comido de delicioso, si no con sorpresa y agradecimiento, completamente sorprendido y agradecido de recibir aquellos obsequios.
Harry le contó de lo que le había regalado a Teddy, del sombrero elegante que le había comprado a Andrómeda, de que había recibido un libro por parte de Hermione, un abrigo de Quiddich por parte de Ron y algunos chascos por parte de George.
Él también contaba las cosas con agradecimiento. Nunca había estado tan agradecido de recibir obsequios de la gente que amaba, y aún más de darlos.
Llegaron a casa de Andrómeda y ella estuvo gustosa de recibir a Draco. No era un secreto que él solía visitarla, intentando limar las asperezas entre ella y Narcissa, e incluso alguna que otra vez Andrómeda había sido invitada a tomar el té a Malfoy Manor.
Andrómeda le sirvió té a Draco —porque Draco no solía beber café, a menos de que estuviera en alguna situación donde necesitara estar despierto por mucho tiempo— y se sentaron en la mesa mientras Teddy leía en la alfombra. Pasaba maravillado las hojas del libro que Harry le había regalado.
Draco sonrió después de un trago a su taza.
—¿Cómo has pasado las fiestas, tía Andrómeda?
—Realmente bien, Draco. Me ha llegado el obsequio de parte de tu madre, ha sido un agradable —se expresó Andrómeda, correcta y sincera. Harry no tenía idea que Narcissa le hubiera regalado algo, y Andrómeda pareció darse cuenta de ello, porque aclaró—: Narcissa me ha regalado un collar muy hermoso, de ópalos y cuentas. Lo usaré en la próxima reunión formal que se me presente.
Harry asintió y bebió otro trago de café. La conversación se desarrolló tranquilamente y de forma fluida, mientras Harry analizaba cada faceta demostrada por el nuevo Draco Malfoy: era educado, tranquilo, con una sonrisa suave pintada constantemente en el rostro, la tranquilidad de alguien que no tiene apuro, la paciencia de quien nunca fue amenazado por nada. Era un hombre nuevo, e incluso físicamente parecía cambiado, o tal vez era que las ropas muggles —sweater gris sobre la camisa blanca, pantalones negros y botas de vestir, con el agregado de una bufanda verde oscuro apenas enredada en su cuello— lo hacían lucir diferente. Aferraban su espalda, sus brazos, abrazaban su cuerpo de una forma en que no lo hacían las túnicas, que si bien siempre le habían sentado de maravilla, comparado con la ropa muggle era...
—Harry, querido, ¿sucede algo? —preguntó de pronto Andrómeda—. Llevas casi diez minutos con la taza cerca de la boca sin beber.
Harry enrojeció hasta la raíz del cabello.
—No sucede nada, Andrómeda. Estaba pensando.
Draco escondió su sonrisa detrás de una taza. Por suerte no hizo ningún comentario al respecto, ni siquiera alguna burla, lo que hubiera sido normal en el antiguo Malfoy.
—Iré a pasar un rato con Teddy —decidió Harry, luego de beberse lo último que quedaba de café en su taza. Al fondo le quedó un poso de azúcar y apretó ligeramente los labios.
Teddy, al oírse mencionar, se paró de la alfombra y le extendió el libro.
—¿Me lees, padrino?
—Claro que sí, Teddy.
Harry siguió los pasos de Teddy luego de saludar a Andrómeda y Draco con la mano.
El trabajo lo había mantenido ocupado mucho tiempo. Le había arrebatado tiempo con su ahijado, y no quería que Teddy creyera que él era un padrino ausente: quería hacerle tener lo que él no había tenido. Sabía que no le faltaba amor por parte de Andrómeda, la mujer le obsequiaba todo el amor que le había dado a su hija, y toda la protección que podía darle. Aunque algunas veces sonaba muy sobreprotectora, al no querer que Teddy asistiera a clases muggles y al controlar a los tutores que asistían a su casa, e incluso al controlarle con qué niños o no debía jugar.
Aunque Teddy se llevaba de maravilla con Victoire Weasley, la amable pelirroja hija de Fleur y Bill. Cada tanto Victoire aparecía para jugar con Teddy, completamente ilusionada con los cambios que el niño podía hacer. Teddy pintaba su cabello de rojo, al igual que el de Victoire, y jugaban a las escondidas, a los rompecabezas, a las cartas muggles y al Snap Explosivo; Teddy le leía y Victoire le inventaba historias. Eran felices juntos.
Harry le leyó uno de los cuentos de Beedle el Bardo y Teddy cayó dormido en su cama. Despertarse tan temprano luego de haberse quedado hasta tan tarde le había afectado. Ahora, cerca de las diez de la mañana, luego de haberse despertado a las seis y dormido a las dos, Teddy volvía a soñar, quién sabe con qué, pero una sonrisa estaba pintada en su rostro. Teddy era feliz, y si eso era así, Harry también lo era.
Cubrió a su ahijado con una manta y besó sus cabellos azules para salir de la habitación. Sin embargo, no esperó encontrarse a Draco en el pasillo, saliendo del cuarto de baño. Draco lo examinó de arriba abajo, como si esperara encontrar algo en él. Las palabras salieron de la boca de Harry impetuosamente, de forma apresurada.
—¿Quieres... salir? —preguntó, dudoso. Las palabras se detuvieron en su garganta y le hicieron hablar con voz ronca, oscura. Draco se sobresaltó.
—Adelante —señaló a la puerta del baño. Harry negó con la cabeza. Tragó el nudo de palabras en su garganta, pasó saliva.
—Conmigo —dijo, tomó aire, y repitió—. Si quieres salir conmigo.
Draco alzó una ceja.
—No bromees, Potter.
Su voz volvía a sonar fría. Era esa voz que había hablado con él toda su adolescencia, cargada de desprecio, cargada de frialdad.
Harry no se arrepintió de sus palabras.
—No es una broma, Malfoy. ¿Quieres salir conmigo? ¿Esta noche? Donde quieras. Yo invito.
Malfoy arrugó levemente el ceño. No parecía creerle, pero una extraña sonrisa se peleó por brillar en su rostro. Era algo extraño, como ver a dos personas haciendo dos expresiones al mismo tiempo.
—Podría ser —murmuró, y lo miró a los ojos. Había algo extraño en sus ojos, como desesperanza. ¿Qué significaba tanto sentimiento de pena en los ojos de Draco Malfoy?—. Pasa por mí a las siete. Tengo un lugar.
—¿Dónde paso por ti? —preguntó, y Draco le dio una dirección en el Londres muggle. Harry la anotó con rapidez en el dorso de su mano, justo sobre las cicatrices. "No debo decir mentiras".
Poco después Draco le dio un beso a Teddy y se despidió de Andrómeda. A Harry le dejó una sonrisa pícara y un guiño de ojo que, si se lo hubiera dado cuando eran pequeños, todo hubiera resultado tan, tan diferente.
El día, a Harry, se le pasó lento. Se despidió de Andrómeda y Teddy cerca de las dos y mandó lechuzas con felicitaciones a los Weasley y a sus compañeros Aurores. Cada vez que veía una lechuza, el nudo en su estómago al recordar a Hedwig crecía, pero había aprendido a ignorarlo. Sus nuevas lechuzas, Alerón, Aramis y Amarthor, eran idénticas en casi todo, sólo que Alerón tenía una mancha negra en el ojo derecho, Aramis en el ojo izquierdo, y Amarthor no tenía mancha alguna en su plumaje pardo. Como Auror necesitaba más de una lechuza para urgencias, y si bien usaba más a Amarthor que a las otras, siempre las mimaba, les compraba chuches y las dejaba ir a dar varias vueltas, siempre con miedo de que algo les sucediera, siempre con miedo de que no regresaran.
Salió de su casa en el Valle de Godric luego de un baño y ropa limpia. Como hacía frío se vistió abrigado, pero con ropas nuevas, ajustadas; toda su vida había utilizado ropajes holgados, y ahora cada vez que la ropa justa envolvía su cuerpo a la perfección se sentía en el paraíso.
Se apareció en el Londres muggle, en un callejón cercano a la dirección que Draco le había dado. Era un piso en una de las torres de departamentos más caras y reconocidas de Londres, y el lujo del lugar le dejaba seriamente impresionado.
Draco estaba listo, con ropas casuales pero un tapado gris de tweed que lucía más caro que todos sus muebles. Le sonrió.
—No creí que vinieras —dijo, sinceramente—. No es que no confíe en ti, es que sigo creyendo que es una broma.
—No tiene por qué ser una broma —le dijo Harry, mientras Draco cerraba la puerta a sus espaldas—. Aunque puede serlo, si eso quieres que sea.
Cuando Draco se volvió a verlo había un brillo pícaro en sus ojos.
—Dejé a Scorpius con Astoria —le informó, mientras recorrían el lujoso hall del edificio rumbo a la salida—. Por esta noche, espero que nada sea una broma. Aunque si así fuera, me lo merecería por serpiente rastrera.
—No eres un rastrero —dijo Harry, dándole un ligero empujón—, aunque no puedo negar que eres una serpiente, eso sí que no.
Draco sonrió.
—Pero sí lo fui. ¿Eso...? —se detuvo unos instantes. El Londres muggle al anochecer lucía deslumbrante, con luces, colores, música, aunque con los pormenores de los vehículos de motor y las personas atropellándose para pasar—. ¿Eso no te molesta?
Harry negó con la cabeza.
—Hace mucho aprendí a perdonar y olvidar. Si seguía reteniendo toda la rabia, todo el dolor... iba a terminar por destrozarme. Así que busqué la forma, y todo fue perdonar y olvidar. Lo pasado, pasado es. Ahora todo está bien —explicó con solemnidad. Draco asintió, bajando apenas la mirada, como diciendo "ya me gustaría a mí hacer lo mismo".
Pero por más de que lo hubiera pensado no lo dijo, y siguieron el camino que Draco le indicaba. Comentaron cosas al azar; Draco había terminado sus estudios para sanador casi tres meses antes, y vivía en el Londres muggle porque no muchos magos querían tener un Malfoy cerca. Sin embargo también tenía la casa en el Valle de Woodrow, la casa donde había vivido con Astoria lo que había durado su matrimonio.
—¿Valle de Woodrow? ¿Y eso dónde queda? —preguntó Harry, que no conocía el lugar. Draco rodó los ojos, como si fuera obvio.
—¿No conoces a Woodrow Filius? Es el creador del encantamiento Fidelius —le dijo Draco, alzando levemente las cejas—. ¿Cómo pasaste Defensa sin saberlo?
Harry enrojeció levemente.
—Me preocupaba más en saber los encantamientos que otra cosa. Además, no terminé Hogwarts, recuérdalo.
—Cierto —Draco chasqueó la lengua ligeramente—. De todas formas, con los Carrow no ibas a aprender mucho.
Dijo el comentario como al azar, con una expresión tensa, y Harry asintió dádose cuenta de que Draco esperaba arruinarla con cualquier comentario que hacía. Hablaba con cautela, precaución, pero Harry no saltaría como si estuviera esperando algo. Draco había cambiado. Estaba seguro de ello.
—En fin —Draco se encogió de hombros—. El Valle de Woodrow queda en Devon. ¿Conoces Devon, no? —no era una pregunta presuntuosa, más bien curiosa. Harry asintió—. Bien, en Devon. Los Greengrass han vivido allí desde hace casi un siglo. Astoria quería vivir cerca de sus padres. Y tú, ¿dónde estás viviendo?
—En el Valle de Godric —le contó Harry—. Ron, George y Neville me ayudaron a construir una casa desde cero.
—¿Cómo es? —preguntó Draco, mientras doblaban por una esquina, introduciéndose en una serie de locales comerciales de comida, ropa e incluso artículos de decoración.
—Es bastante grande —y Harry empezó a contarle cómo era su casa, que tenía una cocina comedor perfectamente arreglada, un living cómodo, una habitación y dos cuartos de huéspedes, un baño bastante grande, un jardín hermoso lleno de flores de colores y plantas que trepaban por la pared de la construcción. Hermione convertía día a día su living en una biblioteca por la cantidad de libros que le llevaba, libros que él ponía en la pared listo para leerlos cuando estuviera seriamente aburrido o sin trabajo, cosa que ninguna de las dos pasaba.
Draco parecía emocionado por conocer el lugar.
—Suena maravilloso —dijo sinceramente, y Harry sonrió ampliamente.
—Lo es.
—Y aquí es —dijo Draco, tironeando del brazo de Harry para introducirse en un local. Era mitad restaurante y mitad bar, con mesas y sillones cómodos junto a las ventanas, y una barra con banquillos frente a ella. Tomaron asiento enfrentados junto a la ventana y un mesero acudió rápidamente a dejarle los menús.
—Pide lo que quieras —le dijo Draco—. Es comida deliciosa y económica. Siempre vengo aquí cuando salimos con Hyperion.
—¿Hyperion? —el nombre le sonaba a Harry de haberlo oído antes. Draco chasqueó la lengua.
—Sí, Hyperion. Mi mejor amigo y padrino de Scorpius —escondió su rostro detrás del menú unos instantes y Harry hizo lo mismo; el restaurant-bar tenía comida de lo más variada: desde fish and chips hasta comida tailandesa. Se decidió por un plato de puré de batatas con carne de puerco. Cuando bajó el menú, Draco le miraba atentamente.
—¿Sucede algo? —preguntó Harry. Draco apretó los labios unos instantes.
—¿Si te dijera algo que seguramente no creerás que es posible, pero lo es, y yo lo he hecho? —preguntó Draco con repentina seriedad. Harry se encogió de hombros.
—No lo sé. Seguramente lo pondría en duda —sus labios se curvaron apenas y Draco respondió a la sonrisa—. ¿De qué hablas?
—Yo...
—¿Ya decidieron que ordenar, caballeros?
—Pavo asado con ensalada César —pidió Draco, interrumpiendo lo que fuera que iba a decir. Harry se obligó a responder.
—Carne de puerco con puré de batatas.
—¿Desea agregar salsa de manzanas o de ciruelas? —le preguntó el mismo mesero mirándolo fijamente a los ojos. Harry se dijo que era atractivo, con un rostro algo femenino: labios gruesos y un lunar bajo el ojo derecho. Se lo pensó.
—Manzanas.
—¿Algo para beber? —inquirió el mesero, ahora mirando a Draco con esos ojos intensos. Draco no lo dudó.
—Champaña Cristal —decidió. El mesero asintió y fue hacia la cocina con pasos rápidos.
—¿Por qué la champaña? —preguntó Harry. No le desagradaba la idea, pero estaba acostumbrada a beberla en situaciones especiales. Draco le miró sonriendo.
—Para brindar, por supuesto —le dijo, como si estuviera ofendido. Harry sonrió.
—¿Qué me decías antes?
—Oh, nada. Un desvarío —Draco se encogió de hombros y le restó importancia con la mano. A lo lejos el mesero se acercaba con la champaña. La descorchó y les sirvió en copas largas y altas que acababa de traer consigo, para dejar la botella en medio de la mesa y despedirse con una inclinación de cabeza.
Draco tomó su copa y Harry la suya, alzándola un poco. Draco sonrió, radiante.
—Brindo por el destino.
—¿El destino? —preguntó Harry, alzando levemente una ceja. Draco se explicó.
—No nos hemos visto en seis años. No voy a negar de que no he oído hablar de ti, y seguramente tú habrás oído hablar de mí. Pero nos hemos visto en menos de un mes dos veces, y todo nuestro pasado nos ha traído aquí. El olvidar, el perdonar, como tú dijiste. No quiero volver a la guerra contigo, Potter —Harry dejó que una sonrisa se dibujara en su rostro, una sonrisa que era idéntica a la que se pintaba en el rostro de Draco—. Quisiera que fuéramos amigos —y le guiñó un ojo, como diciéndole que la amistad podría ser el primer paso, que tan sólo si estuvieran más cerca, y solos...—. Y puede que nuestro destino no haya estado escrito en las estrellas, sólo formaba parte de los satélites —dijo, con voz repentinamente apasionada. Harry chocó su copa con la de Draco, con esa sonrisa curva que parecía tan irresistible en su rostro bronceado y ancho, de rostro pulcramente afeitado y ojos tan verdes como el fuego salino.
Bebieron mirándose a los ojos, y cuando Draco apoyó su mano en la mesa Harry la buscó para darle un apretón. Draco se inclinó ligeramente y Harry imitó sus movimientos. La mesa los separaba demasiado, pero la intención estaba allí, escrita, en las manos entrelazadas, en los ojos ardientes, en las sonrisas que tenían de todo menos inocencia.
La cena fue tranquila, con algunos comentarios sobre sus seres queridos. Draco le contaba a Harry sobre Scorpius cuando Harry decidió hacer la pregunta.
—Astoria y tú... —dudó unos instantes mientras Draco le miraba con curiosidad, hasta que se decidió—. ¿Sabéis por qué Scorpius es sordo?
Draco se encogió de hombros, apartando inmediatamente los ojos de los de Harry.
—Lo ignoramos. Debió ser algo del embarazo. No fue un embarazo fácil para Astoria... La pasó realmente mal. Normalmente, los primeros hijos de las mujeres jóvenes, muy jóvenes, como lo era Astoria, suelen nacer sin dificultades, pero él... —se mordió ligeramente el labio—. Aún es muy pequeño para hacerle ninguna intervención muggle.
Harry se sorprendió.
—¿Planeáis hacerle alguna intervención al estilo muggle? ¿Una operación?
Draco pinchó un poco de su ensalada y se la llevó a la boca. Masticó con parsimonia y respondió al tragar.
—No hay mucho camino a los brujos que no pueden oír. Puede que Leans consiga mejorar una poción para aumentar los sentidos que pueda hacer que oiga un poco, pero necesitará un aparato para oír, un aparato muggle —volvió a aclarar—, de todas formas —no parecía hablar con desprecio sobre los muggles, ni tampoco con algún tipo de sentimiento hacia ellos. Harry asintió.
Verdaderamente, Draco Malfoy había cambiado.
—¿Conoces a algún médico muggle que te oriente en ese ámbito? Porque si quieres, yo podría averiguar y... —pero Draco sonreía y negaba.
—No hace falta, Potter —tenía esa sonrisa extraña en el rostro, como si tuviera mucho que decir pero poco tiempo por delante—. Conozco un buen médico muggle que me orienta. Es Hyperion.
—¿Hyperion? —por Merlín, Hyperion incluso sonaba a nombre de mago—. ¿Es muggle? Creí que...
—No es exactamente un muggle —se encogió de hombros—. Estudió en Drumstrang, pero odia la magia desde que la guerra mató a su pareja —dudó unos instantes, pero siguió contándole—. Trabaja como médico muggle en una hospital por aquí cerca. Vive en mi mismo edificio. Es un gran amigo, y desde que Scorpius nació lo cuida de una forma realmente cariñosa.
Harry asintió y bebió un trago de champaña para tragar su sorpresa. ¿Creía que Draco había cambiado con las cosas que sabía hasta el momento? No conocía ésto.
Estaba alegre. Después de todo, aquel cambio en el rubio solamente significaba que la vida podía dar sorpresas, y eso que aún no se las había dado todas. Las cartas estaban todavía por echar.
Fue a la salida del local cuando sucedió. Harry había pagado —después de todo, él se había ofrecido a invitar, aunque Draco deslizó un billete de cincuenta libras a la billetera del moreno cuando éste no se dio cuenta— y Draco había salido sujetándole del brazo. Habían avanzado unos metros cuando Harry se inclinó ligeramente hacia Draco y el rubio se aferró a los cabellos ásperos y oscuros de Harry. Y allí estaba, un beso. Fue un beso lleno de calor, dientes que apenas chocan y lenguas que se buscan. Fue un beso que había estado prófugo por mucho tiempo y había regresado para hacerles estallar la cabeza. Un beso de fuego, sabor a champaña y comida agridulce. Un beso de ojos cerrados, manos frías que acarician rostros sonrojados.
Tan pronto se separaron sonrieron como dos chiquillos que hacen una travesura. Aferrados del brazo continuaron.
Y porque aún era demasiado pronto para ir de la mano.
¿Y? ¿Merezco un review?
Saludos, besos, abrazos, byesh.
Grillow Z.
