Crepúsculo y sus personajes no me pertenecen, yo solo me adjudico la trama de mis historia.
El puesto de café de Ben.
-Respira profundo y cuenta hasta diez – se dijo a sí misma Bella, viendo su reflejo en el espejo del baño – Tú puedes conseguirlo, lo haces todas las semanas.
Abrió el grifo del agua fría y se refrescó la cara. Apenas iban a empezar a comer, y ya estaba desesperada por que acabara el día, y contaba los segundos para que llegara por fin el momento de irse a casa.
Como se lo decía en sus palabras de auto-ánimo, cada semana tenía que sobrevivir a ese infierno personal, que representaba su padre y la familia de éste. La suya propia al fin y al cabo. No era que no los quisiera, nada más lejos de la realidad. Después de todo, el sacrificio que hizo por su padre, fue hecho por puro amor y preocupación. Pero su opinión sobre familias como la suya, era que la relación era mejor cuanto mayor era la distancia.
Respiró profundo una última vez y se dispuso a salir, les había dicho que subía al baño un momento, y ya llevaba casi veinte minutos encerrada.
Al llegar al comedor se encontró con que los cinco ya se habían sentado a comer, sin esperar por ella. No le dio importancia, y se limitó a sentarse en su lugar, sin ni siquiera considerar que si hubiese sido ella en hacer algo así, para ellos sería imperdonable.
Había aprendido a vivir con ello, siempre sería la oveja negra, que nunca encajaría en la familia perfecta del jefe de policía Swan, casado con la alcaldesa del pueblo. Sue era la mujer ideal, a la que todos deseaban imitar, menos mal que no se parecía en nada a la primera mujer del jefe Swan. Con su hija mayor Leah, que seguía los pasos perfectos de su madre; y el joven Seth, un adolescente rompecorazones al que todos consideraban ya el chico de oro de Forks. Por eso, ¿en dónde encajaba la hija alocada del primer matrimonio del jefe Swan?.
-Pensábamos que te habías escapado por la ventana, Bella – bromeó con burla Seth. Éste recibió un gesto de aprobación de Sam, el marido de Leah, lo que complació a Seth. Sam era como un dios andante para él.
Bella le sonrió con indulgencia, siempre tendría un débil por Seth, pero crecer en una familia que trataba de esa manera pasivo-agresiva a su hermanastra, le había enseñado a imitar ese comportamiento; y por eso a ella le empezaba a resultar muy difícil tolerarlo.
Escondió su ceño fruncido, metiendo en su boca un tenedor con ensalada; por lo menos así tenía el pretexto para no hablar. Con el pasar de los años había aprendido que era la mejor manera de tolerar los domingos en familia. Y no se equivocó, porque muy pronto todos la dejaron en paz, volviendo a sus comidas y sus temas de conversación.
Ella escuchaba por momentos, su atención se encendía solo de manera intermitente. De su padre escuchó no-sabe-qué anécdota de un nuevo inspector que había entrado a la comisaría. De Seth cómo le iban las prácticas del último deporte que estaba jugando, Bella no tenía ni idea de cuál era. Leah y Sam los actualizaban sobre los tratamientos de fertilidad que estaban tomando. Llevaban más de un año intentando concebir, y al final habían recurrido a buscar ayuda. Tuvo que reprimir una mueca de disgusto, ¿Y a ella qué más le podía importar cuántas vecen lo habían hecho la última vez que Leah estuvo ovulando?.
Hasta el casi inocente comentario de Sue que sí capturó del todo su atención.
-El otro día me encontré con Billy en el supermercado.
La cucharilla con la que se estaba comiendo el helado de postre cayó de repente sobre la mesa. Cinco pares de ojos se giraron a verla y el silencio reinó durante más de diez segundos. Pero esa fue toda la atención que le prestaron a ella, y Sue continuó como si no hubiese pasado nada.
-Te mandó saludos, Charlie.
Charlie sonrió con nostalgia.
-El viejo Billy. ¿Cómo está?.
El conocido sentimiento de culpa invadió su estómago. Lo que más lamentaba de todo lo sucedido era que su padre hubiera terminado su amistad con Billy. Pero objetivamente sabía que no toda la culpa podía recaer sobre ella; si esa amistad de tantos años fuese tan fuerte como ellos dos creían, habría sobrevivido a las acciones de sus hijos.
-Lo veo bastante bien – continuó Sue –. Ha adelgazado mucho y al parecer su diabetes ya no le está dando problemas.
-Qué bueno – dijo Charlie.
-Si, así es. Estaba comprando para irse a pasar un tiempo a Seattle.
-¿Y eso? - preguntó curioso Sam.
-Jacob se casa la semana que viene – Y por lo menos Bella le agradeció que lo dijera con cautela y pendiente de como reaccionaría ella.
Tragó con algo de dificultad el nudo de su garganta y procuró no inmutarse, mientras continuaba comiendo su helado.
-¡Esa es una gran noticia! - festejó Leah y casi consigue sonar sincera.
-Si – coincidió su marido –. Es solo una lastima que no nos invitaran.
El bufido se Seth fue burlón.
-Como si cualquiera de nosotros podríamos ser invitados a esa boda.
Bella volvió a tragar y carraspear antes de hablar, adelantándose a que cualquiera de ellos dijera lo obvio : que si no habían sido invitados era por ella.
-¿Y se casará con Emily? - quiso confirmar.
-Si, creo que si – contestó Sue.
Bella asintió una sola vez, asimilando la respuesta. Suponía que en el fondo debía estar feliz por ellos. Ya que el muy cabrón la había engañado con ella, lo mínimo que podían hacer era casarse.
-¿Estás bien, Bella? - Preguntó Sue, y a Bella le conmovió que parecía realmente preocupada.
Le sonrió ligeramente a su madrastra.
-Claro que si, Sue. Y me da gusto por ellos.
Y el asunto habría muerto allí, si Charlie no hubiese sentido la necesidad de recordar sus acciones del pasado.
-Es lo mínimo, ¿No?. Al fin y al cabo fuiste tú la que lo dejó, y todo para volver aquí. El mismo pueblo que durante tantos años despreciaste y abandonaste a la primera oportunidad que tuviste.
Bella cerró los ojos y respiró profundo antes de volverlos a abrir, y contestar a su padre.
-Dejé a Jacob porque me estaba engañando, precisamente con Emily. Y volví aquí un año después de que eso ocurriera. Y tú bien sabes el motivo.
Por lo menos Charlie tuvo la decencia de mostrarse avergonzado por un momento.
Y después de eso el tema cambió por completo y por fin a Bella la dejaron en paz.
Cuando volvía a casa, una hora después, pensó que la comida de ésta semana no había ido tan mal, y si quería ya no tendría que volverlos a ver hasta la semana siguiente.
Llegó a peluquería y sacó su copia de las llaves para abrir. Esa mañana había llamado a Carmen, para pedirle permiso de ir a buscar un tinte para su decidido cambio de look. Naturalmente que a Carmen no le importó.
Mientras buscaba el tinte, un trueno fuerte sacudió el suelo y dos segundos después empezó a llover a cántaros. Bella maldijo por lo bajo, aunque no se tenía que haber sorprendido, el tiempo en Forks era siempre así de impredecible. Se dirigió al almacén de la peluquería, segura de que allí encontraría los paraguas que los clientes más despistados se habían olvidado; cuando encontró el que más le convenía, salió de la peluquería.
Llovía y aunque el cielo estaba encapotado, la tormenta en sí aún no había empezado. Y por eso decidió obedecer el repentino deseo de café que la invadió, del puesto ambulante del parque. Antes de que Ben, el dueño, cerrara y se fuera a casa por la tormenta.
-Ben – saludó con una sonrisa a su antiguo compañero de clases.
-Bella – correspondió el saludo. Ben y Ángela, su ahora mujer, fueron de sus mejores amigos creciendo. Y de los pocos que la recibieron con los brazos abiertos cuando volvió al pueblo - ¿Qué haces por estos lados hoy, la peluquería no está cerrada?.
Se encogió de hombros.
-Sabes que tu café es mi adicción.
Ben rió mientras empezaba a prepararle el capuccino a Bella, como ya sabía que le gustaba.
-Pues entonces llegaste justo a tiempo, estoy a punto de volver a casa.
-Me lo suponía.
Bella esperaba su café cuando los acordes de una guitarra le llegaron a los oídos. Se giró instintivamente, buscando el origen de esa melodía tan sufrida.
La encontró a unos cien metros de ella, siendo tocada por el mismo chico del día anterior. Él se encontraba debajo del gazebo central del parque, sentado en el suelo, completamente concentrado en su guitarra.
El estuche de ésta última estaba cerrado. Era obvio que, aunque estuviese tocando, él mismo sabía que era imposible que en esos momentos conseguiría algún céntimo a cambio de su música.
Algo en lo que escuchaba estaba estrujando su corazón. Aunque la melodía fuera hermosa y tocada a la perfección, las notas estaban llenas de dolor y sufrimiento; como si el joven estuviera hablando de todas las desdichas que había sufrido en su vida a través de la música.
-¿Sabes qué, Ben? - dijo sin pensarlo – Prepárame otro más.
Ben siguió la dirección de la mirada de Bella, y asintió con una sonrisa, entendiendo enseguida para quién era el segundo café que estaba solicitando.
-Enseguida – tardó otros dos minutos en tener el pedido listo y entregárselo a Bella. Aceptó el dinero que ella le tendió –. Que pases buenas tardes, Bella.
-Igualmente. Saluda a Ángela de mi parte.
Y con eso se dirigió al gazebo, equilibrando el paraguas en una mano, y el cartón con los cafés en la otra.
Cuando ya estaba a pocos pasos de su destino, se percató que el chico estaba mojado de pies a cabeza, el pobre no se había refugiado a tiempo de la lluvia.
Había hecho lo correcto en comprarle un café.
La música se detuvo y el joven apartó la atención de la guitarra cuando sintió una presencia frente a él. Levantó su cabeza y Bella tuvo que reprimir la exclamación que se quería escapar de sus labios. Esas tenían que ser lentillas de color, además de llevar pestañas postizas. Era la única explicación posible. Esos ojos eran surreales. Dos esmeraldas brillantes, enmarcadas por las pestañas más negras, largas y voluminosas que había visto jamás. Chistosamente a la parte más vanidosa de ella le estaban dando envidia. Ella misma tenía los ojos de un común color marrón, y tenía que usar máscara de pestañas si quería que por lo menos se notara que las tenía.
Y entonces él sonrió, y las piernas de Bella temblaron. Si en éste mundo había algo más hermosos que sus ojos, esa era su sonrisa.
-¡Hey, tú eres la chica de los veinte dólares de ayer! – Y su sonrisa se ensanchó.
-Si, esa sería yo – notó que el joven estaba sentado sobre una vieja manta y aparte del estuche de su guitarra, detrás de él había una gran mochila abierta. Intentó no fruncir el ceño, esperando equivocarse en sus deducciones –. Aunque prefiero que me llamen Bella – se presentó.
-Un placer Bella, yo soy Edward. Y muchas gracias por el dinero de ayer, no tuve la oportunidad de agradecerte como debía.
Edward. Un nombre clásico para ir a juego con una belleza clásica.
Se encogió de hombros.
-No ha sido nada. Y de hecho he venido a traerte esto – cerró su paraguas y tomó el café que había comprado para él.
Él abrió los ojos con sorpresa.
-¿Para mi?.
-No, para tu guitarra – no se pudo aguantar de contestar con sarcasmo –. Claro que es para ti.
Él miró a su manta avergonzado.
-No puedo aceptarlo.
-No seas tonto. No podía tomarme uno, pensando que tú podrías estar aquí sufriendo de frío por la tormenta. Es solo un café – al ver que no contestaba, elevó una ceja –. No pensaras tenerme aquí parada, esperando a que te tomes tu café, ¿verdad?.
Eso pareció hacerle entrar en razón, y se levantó apresuradamente para tomarle el café.
Era mucho más alto de lo que le pareció el día anterior. Le sacaba más de una cabeza.
-Es solo un café – repitió –. Si no te lo tomas tú, Ben se decepcionará porque yo no me voy a tomar dos.
Él se llevó el vaso a los labios y bebió un sorbo. Ella no pudo evitar notar que parecía disfrutar con lo calentito que éste estaba.
-Muchas gracias, otra vez – le dijo, y ella leyó la sinceridad en sus brillantes ojos verdes.
El silencio reinó en el gazebo mientras ambos bebían de su café, interrumpido solamente por los relámpagos y los truenos que se escuchaban en la distancia, y la lluvia que empezaba a aumentar su potencia.
Bella nunca dejó de observarlo y cuando él fue consciente de ello, no pudo apartar más la mirada. Esmeraldas y cafés se quedaron congelados por un momento con ellos mismos.
-Eh – carraspeó – Si quieres, te puedes sentar – apuntó a la manta del suelo.
-Oh, no gracias – rechazó el ofrecimiento. Y supo que había metido la pata al ver la reacción de él.
Primero pareció estar otra vez solo avergonzado; pero entonces, por solo una millonésima de segundo él dio la impresión de que derribó alguna especie de muro, y Bella pudo ver solo agonía en sus ojos.
Pestañeó y, cuando lo volvió a ver, el sentimiento había desaparecido, dejando solo la vergüenza.
-Si, lo entiendo. Sé que está muy sucia – casi se disculpó y Bella se sintió peor que un gusano –. Pero no he tenido ocasión de ir aún a la lavandería.
-¡No!, no se trata de eso – se apresuró a aclarar –. Es solo que se me está haciendo tarde, y quiero llegar a casa antes de que la tormenta empeore.
Un ligero rubor cubrió las mejillas de Edward al comprender su error.
-Si, perdona. Te estoy retrasando – se pasó la mano por los cabellos –. No quería sonar así de antipático, de verdad. Es solo que a veces me pongo a defensiva sin querer.
-No te preocupes – tranquilizó y se interrumpió cuando un nuevo trueno sacudió la tierra –. Debería irme ya.
-Si, por supuesto – se hizo a un lado para que ella pudiera salir del gazebo, porque al levantarse le había bloqueado el acceso sin querer –. Gracias otra vez por el café.
-De nada – repitió y cuando iba a dar el primer paso para moverse, no se pudo detener a preguntar - ¿Tienes dónde pasar la noche, Edward?.
Eso le tomó por sorpresa y contestó quizás con demasiada rapidez.
-Claro que si.
Entrecerró los ojos con sospecha.
-¿No estarás hablando del gazebo?.
-No, no se trata del gazebo – aseguró y al darse cuenta que ella no le había creído, se sintió conmovido por la preocupación de esa extraña –. En serio, Bella. No te preocupes, que tengo dónde dormir ésta noche.
Algo en las palabras de él no la hizo sentirse tranquila, pero no estaba muy segura se qué se trataba. Sacudió la cabeza, autoconvenciéndose de que solo estaba siendo paranoica, y le sonrió.
-De acuerdo. Espero volverte a escuchar muy pronto.
El correspondió la sonrisa.
-Mañana mismo estaré otra vez aquí en el parque. Siempre que el tiempo me lo permita, claro.
Asintió.
-Hasta luego, Edward.
-Nos vemos, Bella.
Y después de ese día, el chico de los ojos verdes no volvió a abandonar más su mente.
Continuará...
¿Qué les parece?, ¿Se merece un comentario?.
Besos, Ros.
