Disclaimer: Los personajes no son míos, son de Stephenie Meyer y la historia es una adaptacion de N.J. Walters.


Capítulo 1

Bella apretó su capa andrajosa más fuertemente alrededor de su cuerpo tembloroso y se aseguró de que su cabeza estaba bien cubierta mientras echaba un vistazo al bar de mala reputación desde el punto en que se encontraba, profundamente oculta en las sombras. Todo alrededor eran hombres que estaban bebiendo y riéndose, deleitándose con la comida y las mujeres que les servían ale. El olor de la comida rancia, el ale ácido y el sexo impregnaba el aire, haciéndole casi tener arcadas. Alzó el borde de la capa hasta su boca, teniendo cuidado de no respirar demasiado profundamente.

El tiempo estaba acabándose.

La desesperación le pisaba los talones, y sabía que haría lo que fuera necesario para escapar de sus captores. Cerró los ojos y se abrazó su delgado cuerpo mientras la inutilidad de todo se derramaba sobre ella.

Durante los pasados cinco años, desde que tenía diecisiete, había sido una esclava, capturada cuando los ejércitos de Black habían arrasado su pueblo. Muchos de los hombres habían sido asesinados y las mujeres y los niños habían sido tomados como botín de guerra. Su vida había sido tan simple hasta entonces. Atender a los animales y al jardín, e intentar subsistir a duras penas en la áspera tierra en la base de las grandes montañas de Masen. Cuando era una niña había pensado a veces que su vida era dura, pero no había tenido ni idea de lo brutal que podía ser la vida hasta que Jacob de Black la había tomado como esclava.

Durante cinco largos años había trabajado en los campos durante el día y Jacob había tomado su cuerpo por la noche. Bella se mordió el labio negándose a llorar. La debilidad era el modo más rápido de desesperarse, y muchos de su familia y amigos se habían rendido o habían muerto. Pero ella había jurado ser libre o morir intentándolo. Bella había aprendido paciencia, esperando su momento a través de los largos años, buscando su oportunidad. Y finalmente había llegado.

Jacob había sido llamado al castillo por el rey Aro y había dejado a Bella atrás, en su fortaleza, bajo la custodia de sus guardias de confianza. Había sido esclava durante tantos años que nunca se les había ocurrido a los guardias que intentara escabullirse de ellos en el día de mercado.

Pero eso es exactamente lo que había hecho.

Con solo la ropa a la espalda, se había escabullido cuando los guardias habían estado ocupados comiéndose con los ojos a las nuevas esclavas que estaban siendo subastadas en la plaza del mercado. La visión había enfermado a Bella, pero había agachado la cabeza y había desaparecido en la multitud.

Los guardias habían salido rápidamente en su persecución, temerosos de la ira de Jacob si la perdían. Había vagado arriba y abajo por los callejones tratando de evadirlos, y finalmente había tomado refugio en este bar oscuro y sórdido. Su mente trabajaba furiosamente mientras intentaba imaginar qué hacer. Los guardias estarían buscando a una mujer sola, así es que necesitaba unirse a un hombre. El pensamiento de dar su cuerpo a un extraño era detestable para ella, pero después de cinco años con Jacob sabía que podía sobrevivir a cualquier cosa.

Tragándose la bilis que amenazaba subirle desde el estómago, buscó atentamente en el bar. En la esquina más lejana encontró lo que estaba buscando. Un hombre solo estaba recostado contra el muro, casi completamente oculto por la mesa que tenía delante. Armándose de valor caminó hacia él, con cuidado de mantenerse en las sombras. Eludió manos codiciosas y pasó bajo el brazo de un borracho cuando intentó abordarla.

Ni una sola vez apartó los ojos de su presa.

Se deslizó en el asiento enfrente de él y entrecerró los ojos para intentar distinguir sus rasgos. Una profunda capucha cubría su cabeza, y sin importar cuánto lo intentara no podía ver sus rasgos. Pero no importaba. Al final ofrecería su cuerpo a cambio de la magra protección que le proporcionaría el estar con él.

Decidida y totalmente comprometida con su plan, pronunció las palabras que determinarían finalmente su destino.

—¿Os gustaría algo de compañía esta noche, buen señor?

Edward Masen Drakon apretó sus dedos más firmemente alrededor de la jarra de ale que estaba en la mesa delante de él. Había sido consciente de la mujer desde el momento en que había pasado como flotando a través de la puerta principal de la taberna. Había sentido su desesperación y su miedo cuando se encogió en las sombras. Le había intrigado, y eso en sí mismo era sorprendente.

Había observado desde debajo de la cobertura de su capa mientras ella estaba parada allí, obviamente intentando decidir su siguiente movimiento. Su aguda visión le había permitido verla perfectamente, pero no podía decir mucho sobre ella mientras su capa la cubriera de la cabeza a los pies. Sus pies estaban descalzos. La cólera se removió dentro de él, como si de alguna forma su condición fuera una afrenta personal. El pensamiento le hizo alzar las cejas, y los sentimientos que lo acompañaban le dejaron enormemente perplejo.

Había venido al bar a tomar una jarra de ale y a observar a la humanidad durante un rato, conducido fuera de su cueva por su soledad y aburrimiento. Por lo general estaba contento con su vida, prefiriendo estar solo. Pero últimamente había estado agitado. Al pensar que todo lo que necesitaba era un cambio había viajado aquí en busca de entretenimiento. Pero la gente era igual que siempre y había estado pensando en marcharse.

Entonces ella había entrado.

Aunque se había quedado quieta había sentido su inquietud creciente. Como temía que pudiera escaparse si no hablaba, hizo señas hacia el banco que estaba al lado suyo.

—Ven aquí para que pueda verte.

Ella dudó durante el más breve de los segundos antes de alzarse de su asiento y deslizarse en el banco al lado de él. Cuando estuvo acomodada mantuvo la cabeza baja y las manos apretadas en un puño en su regazo.

—Mírame. —La cabeza de ella se alzó de una sacudida ante la orden—. Bájate la capucha.

—Por favor, señor. —Se tragó cualquier cosa que fuera a decir y alzó lentamente las manos al borde de la capucha. Echó hacia atrás el borde para revelar su rostro pero no se la quitó totalmente. Sin embargo, fue suficiente.

Edward quedó cautivado por la belleza sentada a su lado. Su rostro tenía forma de corazón y su piel era pálida, casi translúcida. Sus ojos eran enormes, ligeramente rasgados y del mismo color de las violetas que crecían salvajes en las praderas montañosas cercanas a su hogar. Su nariz se curvaba hacia arriba ligeramente, pero tenía un pequeño golpe en el centro. Se preguntó cómo se la habría roto.

Extendió una mano y rodeó con ella su frágil mandíbula, trazando la curva de su pleno labio inferior con el pulgar. Ella jadeó ligeramente y su boca se abrió revelando unos dientes blancos y rectos. Como su capucha la cubría todavía no podía decir si su cabello era corto o largo, pero era negro como ala de cuervo. Ella tragó fuertemente y él observó cómo su mandíbula se movía convulsivamente. Su pecho subió y bajó cuando su respiración se hizo más rápida.

Ella se lamió los labios y su lengua rozó accidentalmente el pulgar de él. El deseo, fuerte y potente, corrió por las venas masculinas. Su pene se irguió, empujando fuerte con¬tra la abertura de sus pantalones de cuero. Habían pasado décadas desde que había querido a una mujer, más aún desde que realmente la había tenido. Ni la bestia ni el hombre en él habían estado interesados. Hasta ahora.

Pero había observado lo suficiente el mundo para saber cómo se jugaban los juegos de los hombres.

—¿Cuánto? —Sus palabras susurradas fueron casi un gruñido, cuando la bestia lujuriosa que se alzaba en su interior exigió que la tomara sin importar el coste. El hombre era más listo y esperó.

—¡No soy una puta! —Ahora estaba temblando, más de cólera que de miedo. Su respuesta le confundió.

—¿Entonces por qué te me ofreciste?

Pudo ver la confusión en los ojos de ella mientras luchaba para recobrar el control de sus emociones.

—Yo... —Ella sacudió la cabeza y suspiró.

La puerta de la taberna se abrió, dando un golpe contra la pared, cuando varios hombres bien armados, guardias de elite obviamente, entraron en tropel. La mujer a su lado jadeó y prácticamente se arrojó a sus brazos, pegándose a él mientras tiraba más firmemente de la capucha en torno a su rostro.

»Por favor. —Ella agarró la parte delantera de la capa de él, retorciendo la tela en sus dedos—. Haré cualquier cosa que queráis. Simplemente decidles que estoy con vos.

Él sintió cuánto le costaba a ella decir esas palabras, y le enfadó que sintiera que tenía que suplicar.

—No te llevarán —se oyó prometerla. Y en el momento que dijo las palabras supo que eran ciertas. No la dejaría ir hasta que descubriera todos sus secretos, hasta que la lujuria que ella hacía arder en sus entrañas se hubiera apagado.

Los hombres armados recorrieron la taberna a toda velocidad, haciendo a un lado a los clientes y empujando las mesas fuera de su camino.

—¿Alguien ha visto entrar a una mujer sola?

—No queremos ningún problema. —El camarero sacó una porra de debajo del mostrador.

—Y no tendréis ninguno —replicó el guardia—. No a menos que estéis escondiendo a la esclava fugitiva de lord Jacob. —Alzó de un tirón a una mujer de uno de los bancos e inclinó su cabeza hacia la débil luz de los faroles antes de enviarla de vuelta de un empujón a su asiento.

El líder de los guardias caminó con paso orgulloso a través del cuarto, y Edward pudo sentir que la mujer temblaba contra él. El hombre extendió su mano sobre la mesa hacia la capa de ella.

—Vamos a echarte un vistazo.

Rápido como una serpiente, Edward capturó la muñeca del guardia en un puño de hierro.

—No la tocarás. Es mía.

La taberna se quedó mortalmente silenciosa ante su negativa. El guardia arrancó su brazo del enganche de Edward.

—No sé quién eres extranjero, pero yo soy James, el líder de los guardias de elite de lord Jacob de Black. Permanece a un lado o muere. —El hombre hinchó el pecho mientras hablaba, como si esperara ser inmediatamente obedecido. Ahora sus compañeros estaban detrás de él, seis hombres en total.

Edward se movió y se deslizó fuera del asiento. El otro hombre se quedó mirando simplemente hacia él mientras desplegaba sus dos metros diez de estatura. Alzó sus manos y retiró lentamente su capucha, revelando su rostro por primera vez. El otro hombre palideció y retrocedió tambaleándose un paso.

—Soy Edward Masen Drakon y la mujer es mía.


Hola, bueno aca empezamos :D

Espero que les guste tanto como a mi esta (desgraciadamente) corta historia.

Estaré publicando mañana o pasado.

Besos,

Mara S.