La Venganza de Ozai
Resumen: Doce años después de la batalla final, Zuko llama a Katara para que cure las víctimas de una epidemia que se esparce por toda la Nación del Fuego. [Katara/Zuko]
Rating: T por AdolescenTe.
Disclaimer: ALLDA es propiedad de Nickelodeon, no mía. No hay beneficios con esta historia.
Años después
-¿Y bien? –preguntó Zuko-. ¿Qué tan malo es?
Iroh juntó sus manos detrás de su espalda. Balanceó su peso de talón a dedo y viceversa. Sus ojos buscaron el cielo raso, luego el piso. Y con su mirada, las esperanzas de Zuko se hundieron.
-Ya veo –dijo.
-La enfermedad se lleva a jóvenes y viejos por igual –afirmó Iroh-. Los curanderos no pueden encontrar un denominador común. Los síntomas a veces varían. Pero todo termina en una manera.
Zuko arrugó los ojos.
-Locura.
El Señor del Fuego respiró hondo. Miró atentamente el estudio de su madre – seguía siendo uno de los pocos lugares del palacio donde se sentía cómodo, a pesar de sus años mandando allí. Por lo que se sentía como la centésima vez, su mirada se fijó en el mapa que dominaba una pared. Sus ojos pasearon por las bahías y montañas hasta el diminuto pueblo refinador de Tetsushi, ubicado en el punto más extremo de las islas más al norte del archipiélago de la Nación del Fuego. La enfermedad se había originado en Tetsushi hacía meses. Los doctores de la aldea informaron de casos aislados de nauseas inquebrantables, después vómitos. Pero la enfermedad se esparcía y crecía. Hombres y mujeres, ricos y pobres, parecía matarlos a todos: primero eran los achaques del estómago, luego un malestar que los mantenía todos postrados en cama. Sus labios y la piel alrededor de sus ojos se volvía azul; quedaban destrozados por convulsiones, luego rigidez, y finalmente muerte. Todos los informes describían la aflicción como increíblemente dolorosa. Ahora la enfermedad se había extendido a las comunidades cercanas. Zuko no tenía ni una pista sobre como detenerla.
-La están llamando "La Venganza de Ozai" –agregó Iroh.
Zuko le dirigió a su Tío una mirada diciéndole al anciano que no arriesgara otra palabra. Se apartó de su escritorio, volcando un contenedor de pinceles al hacerlo. Los pinceles fueron a parar al suelo. Ignorándolos, pasó junto a su Tío a grandes zancadas.
-¿Señor Zuko, a dónde estás…?
-¿Cuánto tardará en llegar un mensaje hasta el Templo Aire del Sur? –Zuko lo miró por encima de su hombro-. Te carteas con ella, ¿no?
Iroh suspiró.
-Lo sabría si le escribieras de vez en cuando, Zuko.
No estaba para ser disuadido.
-¿Cuánto tiempo?
-Un poquito más de una semana, usando el halcón más rápido –respondió Iroh-. Pero no esperes usar mucho a esa ave cuando regrese.
-Es un pequeño precio que hay que pagar –empujó la puerta con una mano-. Diles a los hombres en el arsenal que preparen su navío más veloz. Van a ser enviados tan pronto mi halcón deje el aviario. Le enviaré un mensaje a la estación sur de globos.
Iroh frunció el ceño.
-¿No deberías esperar la respuesta de Lady Katara? Es grosero esperar que te visite simplemente porque tú lo ordenas.
Zuko se volvió contra él.
-¡Mi gente está muriendo, Tío! Necesitan un maestro sanador, no doctores rurales que creen que el espíritu de Ozai los está castigando. No estoy ordenando, estoy rogando.
Las palabras sonaron patéticas a sus oídos. Se recompuso y añadió:
-Si fue lo suficientemente buena para el Avatar, es lo suficientemente buena para la gente de Tetsushi.
Iroh pareció tener algo más que decir, pero permaneció en silencio. Exhaló lentamente, se irguió en toda su altura, y dejó la habitación. Zuko lo observó irse. Y a pesar de varios momentos de meditación después esa noche, era incapaz de deshacerse de la sensación que había tratado a Katara como a un arma en su arsenal, no como una persona – y definitivamente no como una persona. Tenía la extraña sospecha que Azula estaría orgullosa.
Lady Katara del Templo Sur del Aire, la "Maestra de Sangre Control", como era conocida en las historias que habían surgido desde la derrota de Ozai, llegó semanas más tarde en un barco de la Nación Del Fuego. El sol estaba en su cenit. Detrás de ellos se encontraba la ciudad capital de Kaino-tama, una serie de techos de tejas rojas desparramándose desde la ladera del palacio hasta el mar y sus islas a lo lejos. Entornando los ojos, Zuko vio a Katara como una mota azul contra el hierro gris. Sombreó sus ojos con una mano mientras la mota se hacía más y más grande hasta que pudo vislumbrar sus manos agarrándose de la barandilla del barco. Llevaba una tranza enroscada en un rodete bajo sujetado con palillos para el pelo que recordó que eran regalos de su Tío. Desde allí arriba, lo saludó y sintió que algo en su interior se aflojaba un poquito. Está a salvo. Está aquí, y puede ayudar. Levantó una mano devolviendo el saludo. El viento azotó su rostro.
Los barcos chirriaron, y su proa negra cayó de repente, exponiendo la escalera. Katara empezó el descenso, con una mochila al hombro y una cantimplora a la cintura, levantando sus faldas azules con los dedos. Iroh estuvo allí primero y libró a Katara de la canasta antes de envolverla en un alegre abrazo. Katara echó una mirada sobre su hombro hacía Zuko, quién se limitó a cabecear. Tío ha querido que nos visite por. Ahora tiene su deseo.
Iroh enlazó el brazo de Katara alrededor del suyo y caminaron hacia Zuko, quien se inclinó profundamente.
-Lady Katara –exclamó-. Gracias por venir con un aviso tan apurado. Por favor, acepta mis disculpas por los inconvenientes que mi pedido debe de haberte causado.
Katara quedó boquiabierta, y un lado diminuto y petulante dentro de Zuko golpeó el aire. Al parecer recompuesta, Katara sonrió y espetó:
-¿Ves? Siempre dije que podías ser agradable.
-No le digas a nadie –retrucó Zuko, y tomó su lugar junto a ella. Ella se irguió, una figura añil claro entre dos ocre, y miró a ambos hombres-. ¿Te apetece una visita guiada, o comer?
-Me gustaría bañarme –repuso Katara-. El humo del carbón no es exactamente lo mejor para la piel.
-Que maravillosa idea –convino Iroh, mientras avanzaban. Un rickshaw tirado por rinocerontes estaba flanqueado por guardias. Uno de ellos abrió la puerta, y Iroh le hizo señas a Katara para que entrara-. Tu habitación está cerca de un encantador manantialcito termal. Estoy seguro que lo encontrar muy relajante –levantó un dedo-. ¡Debo hacer que envíen algo de té a tu cuarto!
A su lado, Katara y Zuko intercambiaron una mirada y pusieron los ojos en blanco.
-Es muy… rojo –observó Katara, mirando atentamente la habitación ante ella. Iroh se había disculpado para ir por el té, y ahora Zuko estaba solo con la viuda del Avatar en la que había sido su habitación de infancia-. ¿Para qué son estas cortinas? –inquirió Katara, acercándose a la cama. Se estiró a por las cortinas de gasa roja. Cuando sus dedos recorrieron el bordado en un extremo, suavemente unas campanas tintinearon.
-Seguridad –respondió Zuko-. Es muy difícil tocar las cortinas sin activar esas campanas. Fui entrenado para escucharlas.
Katara se volvió.
-¿Éste era tu cuarto?
Él asintió.
-Es el más seguro en la residencia.
-¿Es por eso que meterse aquí se siente como atravesar un laberinto?
-Sí. También es por eso que encontrarás uno de estos en tu habitación –señaló a un delgado tubo con la forma de un dragón a lo largo de la unión de la pared con el techo. La boca del dragón se abría cerca de la parte de arriba de la puerta-. Éstos son tubos neumáticos –indicó-. Los Maestros Fuego pueden enviar calor desde puntos específicos en el palacio para cerrar o abrir las puertas cuando lo crean conveniente. Si el Señor del Fuego cree que sus hijos están en peligro, puede encerrarlos.
Katara frunció el ceño.
-Los enemigos no pueden entrar, pero tú tampoco puedes salir –se giró hacia él-. ¿No es eso un poquito peligroso?
-Somos maestros fuego. Estamos acostumbrados.
Katara se abrazó los brazos.
-Se sentiría como estar en la cárcel –apuntó. Levantó las manos-. ¡No es que te esté acusando de estar encarcelándome!
-Sé que no –concedió Zuko. Contempló la habitación-. Todo debería de estar en orden. Si no es así, díselo a las mujeres apostadas en tu puerta –se aclaró la garganta-. Mi Tío ha tomado tu llegada como una oportunidad para presentar uno de sus banquetes de gala –informó-. Eres la invitada de honor.
La palma de Katara dio con su frente.
-Iroh… -meneó la cabeza-. Yo solo quería de veras descansar, y… ponerme al día –su mano cayó-. Tu carta decía que la situación en Tetsushi es grave. Voy a necesitar toda mi energía para el viaje, y por cual sea la curación que pueda hacer. No creo que tengamos tiempo para ceremonias, sin importar que tan buena sea la comida.
Por un momento, fue tan completamente como los viejos tiempos que Zuko se olvidó de respirar. Viejos sentimientos re-despertaron y su sangre martilló en sus oídos. Todo lo que en ella le había atraído – ese pragmatismo helado fundido con una compasión indefectible – todavía estaba ahí, años después, después del matrimonio y la viudez y la reconstrucción y todo lo que había asumido que los mantendría separados. Lo picaba como una de las traiciones de su hermana, como si la vida si riera de él una vez más.
-Acordado –convino él-. Pero Tío me recordó que la gente nunca ha tenido una oportunidad apropiada para mostrar su gratitud.
Katara arrugó el entrecejo.
-No pedía su gratitud. Estaba feliz solo de estar viva.
Zuko asintió con la cabeza.
-Lo sé. Pero ayudaste a terminar una guerra que trajo a soldados de la Nación del Fuego a casa. Diriges un orfanato que recoge los maestros fuegos que esos soldados dejaron atrás en los pueblos que saquearon. Eso les da esperanza –miró el suelo-. Y eres la viuda del Av… de Aang. Eras muy cercana a él. Eso sirve para algo.
Ella cabeceó y se adelantó un paso.
-Te agradecí por todas las donaciones –empezó ella-. Digo, a veces mis mensajes se deben de haber retrasado porque las cosas en el orfanato se hacen tan ajetreadas, pero…
-Las recibí.
-Oh –ella tragó-. Supongo que ser Señor del Fuego es ajetreado también.
-Sí. Lo es –calculó que ahora era tan buen momento como cualquiera para decírselo-. No viajaré contigo a Tetsushi. Tengo compromisos aquí.
La sorpresa cubrió todo su rostro.
-¿No viajarás?
-Tío irá contigo. Puedo avalar personalmente la calidad de su compañía en viajes marinos – Y si yo fuera contigo, esta sensación me comería vivo tan seguramente como lo hizo cuando éramos más jóvenes-. Mis hombres son buenos, pero él es en el único en el que confío para mantenerte a salvo. Con él a tu lado, puedo dejar descansar mi cabeza en concentrarme en mis deberes aquí.
Ella pareció decidirse respecto a algo.
-Bueno entonces, no te daré más problemas. Te veo en la cena.
Ya no tan torpe como había sido todos esos años atrás y sabiendo que había sido deliberadamente insensible, Zuko balbuceó:
-Lady Ka…
-Es solo Katara, Zuko –le cortó ella-. Me has llamado así desde que me casé con Aang. Y en caso de que no lo sepas, ya no estamos casados –señaló con un dedo el collar en su garganta, y por primera vez, Zuko notó que el pendiente que el maestro aire había tallado para ella había sido reemplazado por el que Zuko había llevado tanto tiempo atrás – su prerrogativa.
-Tu collar –exclamó, automáticamente estirándose a por él y retirando la mano cuando se dio cuenta que no tenía ningún derecho. Los Señores del Fuego tratan todo como si fuera suyo y pudieran agarrarlo sin más. Basta-. Perdón.
-Dos veces en un día –apuntó-. Debes estar buscado un récord –Zuko intentó no dejar traslucir su decepción, pero ella agregó-: Zuko, solo estoy bromeando –estiró la mano detrás del collar y lo desprendió. Lo sostuvo en el aire para que el lo agarrara-. Échale un vistazo. Los dos obviamente se han extrañado.
Él agarró el collar. La cinta era nueva gamuza azul, pero el pendiente seguía tan suave y frío al tacto como recordaba. Brilló cuando lo ladeó hacia la luz, revelando colores escondidos. Ese era uno de sus rasgos favoritos en la piedra – la manera en que parecía de un color cuando se la miraba directamente, pero cuando se giraba apenas un poquito, aparecían vetas de luz y toda la estructura cambiaba.
-¿Por qué me llamas Lady Katara? –le preguntó con voz queda-. No hacías eso antes. Y yo no te digo Señor del Fuego Zuko. ¿Quieres que lo haga?
Su pulgar trazó perezosamente los diseños que el Maestro Pakku había tallado. Katara le había contado la historia – o mejor dicho, se la había contado a Toph y a Iroh una noche, y él la había oído por casualidad. Su Tío había comentado que Pakku tenía buen gusto.
-No, no quiero –respondió Zuko-. No eres uno de mis súbditos. No hay razón para que me llames Señor del Fuego.
-¿Entonces por qué me dices Lady Katara?
-Porque es el título más alto para las mujeres que tenemos –repuso-. Si mi hermana le hubiera robado el trono a Ozai, sus ministros la hubieran llamado Lady Azula.
Ella se cruzó de brazos.
-Pero yo no dirijo un país.
El pulgar de Zuko se deslizó sobre la superficie de la piedra.
-Cierto –admitió-, pero es como me criaron para mostrar respeto.
De nuevo, ella se acercó un paso.
-¿No podemos ser solo amigos? –Sus dedos se doblaron con fuerza-. Si se supone que seamos iguales, ¿no puedes tratarme como uno en vez de imponerme una doble moral?
Él alzó el rostro, y ella levantó un dedo.
-Sé que me respetas –continuó, efectivamente adelantándosele-. Yo también te respeto. Ya sabes eso. Pero eso no significa que tengas que ser tan formal todo el tiempo –echó su cabeza a un lado-. Solíamos viajar juntos, ¿te acuerdas? Solías comer mi comida y calentar el agua para que me bañara.
¿Por qué nunca puedo negármele, cuando pone esa cara?
-Lo sé –asintió-, pero yo nunca… tú no… ninguno de ustedes pensaba… -suspiró. Incluso cuando intentaba explicarle sus sentimientos a su Tío en el pasado, había probado ser difícil-. Aang llamaba a su grupo una familia. Yo nunca fui parte de ella.
Su boca se abrió y formó una "O" de lástima. Se le retorcieron las entrañas. Se sintió un poco asqueado – ella lo compadecía. Simplemente había querido aclarar las cosas, decirle que había sabido todo el tiempo que no confiaban en él ni lo valoraban como a los otros, y que entendía por qué. En lugar de eso, había sonado como el adolescente angustiado que había sido al comienzo de su búsqueda. Quizás ustedes, chicas, deberían trenzarse el cabello, ahora, se mofó una voz en su cabeza que sonó perturbadoramente familiar a la de Mai.
-Deja de verte tan apenada –clamó-. Solo quería decir…
-Oh, Zuko –cortó Katara, y descruzó los brazos y lo rodeó, plantó su mejilla firmemente sobre su pecho-. Nunca dejaste de ser parte de nuestra familia.
Vacilantes, sus brazos se cerraron alrededor de ella. Al acercarse, pudo sentir las curvas por las que había tenido curiosidad en días pasados. Estaban más pronunciadas, ahora, más femeninas. Suspiró y cerró los ojos.
-Eres demasiado generosa –se quejó-. Siempre lo has sido.
Ella lo apretó con fuerza, y su corazón pegó un salto.
-Un fuego abarrotado significa un hombre frío –contestó.
-¿Ese es un dicho de los Nómada Aire?
-No –rectificó Katara-. Es cien por ciento pura sabiduría de la Tribu Agua –se apartó para mirarlo-. Significa que toda familia tiene alguien que no encaja en la forma que les gustaría. Alguien que siempre queda en el borde. Así es como Ozai te trataba, ¿no? Por supuesto que pensaba que te haríamos lo mismo.
¿Y por qué no? La única manera verdadera para probarme a mí mismo era matando a Ozai. De otra forma, nunca podrían estar seguros. Vio a Katara morderse el labio inferior.
-¿Es realmente de mal gusto si te digo cuánto me alegra que tu papá no esté? –inquirió ella.
Su ceja sana se arqueño.
-Katara, yo mismo le arranqué la cabeza de sus hombros.
Ella sonrió ampliamente.
-¿Ves? No es tan difícil. No hay necesidad de Lady esto o Señor del Fuego aquello.
Él puso los ojos en blanco.
-Puede que me hayas convertido a mí, pero no esperes ningún cambio de mis ministros. Seremos Señor del Fuego Zuko y Lady Katara por esta noche. Voy a escoltarte a la cena, y a dirigirme a ti por nada menos que Lady sería un insulto para ambos.
-Hablando de insultos, de veras debería tomar ese baño –atajó Katara, retrocediend un paso. Sus labios se curvaron-. Fui y te dejé toda mi mugre de campesina en ti, Señor del Fuego. Buena suerte quitándote eso.
-Hueles a cenizas y mar, como la Armada de Fuego –consoló él, antes de poder detenerse-. ¿Hay algo malo en eso?
-¿Yo? ¿Insultando a la Armada de Fuego? Jamás.
-Si vas a ser sarcástica, tengo muchas tareas que necesitan ser cumplidas –afirmó él, con una sonrisa tirando de las comisuras de su boca.
-Prefieres andar con papeles que pasar tiempo conmigo –reprochó Katara, llevándose una mano al corazón y haciendo que su voz alcanzara chillidos melodramáticos-. ¡Estoy indignada!
-Claramente, tú encuentras los estanques de agua más interesantes que mi compañía. Espero que tú y esa barra de jabón tengan un montón de que hablar –ya no podía contener su sonrisa-. ¿Acaso las sucias campesinas usan jabón?
Katara se lanzó contra él, con las manos extendidas, y él se dejó llevar suavemente todo el camino hasta la puerta. No fue hasta que estuvo en medio pasillo que se dio cuenta que se había guardado su collar en el bolsillo, y que ya era demasiado tarde para devolverlo – solo un tonto molestaría a una maestra de agua control durante su baño, después de todo.
Horas más tarde, Zuko estaba de pie detrás de ella, intentando cerrar el broche del collar.
-Sobrino, están por comenzar –apuró Iroh.
-Soy su Señor, y no pueden comenzar sin mí –rebatió Zuko, por fin cerrando el broche. Como si le quisieran probar que estaba equivocado, resonaron tambores fuera del palacio y él y Katara debieron apresurarse para salir de sus escondites detrás de una negra columna de mármol. Iroh y una comitiva de sus guardias personales los precedían. Salieron de entre las sombras hacia una explanada en llamas por las antorchas y abarrotada de gente. Fuegos artificiales se aceleraron hacia el cielo, explotando en brillantes rojos y azules, oscureciendo brevemente la luna y las estrellas.
-¿Qué es esto? –indagó Katara bajito.
-Tu recepción –contestó Zuko.
-Esto es demasiado.
-Esto no es nada. Aguarda.
Los tambores callaron. Iroh anunció a su sobrino, y Zuko adelantó un paso. Las legiones de gente se inclinaron hasta la cintura, y Zuko les devolvió la reverencia. Se levantaron al unísono, y él empezó:
-Años atrás, tuve el honor de viajar con Lady Katara de la Tribu Agua del Sur. Entonces, ella era simplemente Katara. Ahora, es la Maestra de Sangre Control, una Maestra Agua y una curandera consumada –vítores prorrumpieron casi inmediatamente, y él los hizo callar-. Cuando elogie a su esposo, remarqué que la fuerza del Avatar y sus compañeros era su confianza en las habilidades del otro. Una vez, les pedí a mis amigos que me ayudaran a destronar a Ozai y terminar una guerra de cien años –otra ovación se levantó. De nuevo, la calmó-. Ha regresado el momento en que debo confiar en mis amigos y sus talentos. He llamado a Lady Katara para ayudar con la investigación sobre la enfermedad en Tetsushi. No tengo dudas de que con ella a nuestro lado podremos deshacernos de nuestras refinerías de enfermedad.
Murmullos recorrieron la multitud, y Zuko alzó las manos.
-¡No tengan miedo! Es tentador pensar que porque he llamado a una poderosa mujer, la crisis es motivo de desesperación. Pero no lo es. He pedido la ayuda de Lady Katara porque sirvió al Avatar como sanadora antes de convertirse en su esposa –tragó-. Mi gente merece lo mejor, y yo intentó dárselo –hubo unos aplausos discretos entre la muchedumbre. Zuko retrocedió. Le hizo un ademán a Katara para que se adelantara.
Con su rostro traicionándola por su nerviosismo, Katara adelantó un paso. Fila por fila, los ciudadanos reunidos fueron cayendo silenciosamente sobre sus rodillas, sus frentes tocaban las piedras a sus pies. El silencio reinó, y por un momento se oyó solamente el crepitar y chisporrotear de las linternas. Observó a Katara respirar hondo, y levantar las palmas. Reconoció la postura de agua control y los pelitos de su nuca se erizaron cuando alzó las manos hacia arriba como levantando una enorme ola. Las hileras de su gente se pararon y sus voces subieron hasta un tono ensordecedor. Patearon el suelo con fuerza y la tierra tembló. Retumbó a través de los escalones de su palacio y hasta sus pies. Se levantó viento y sus voluminosas mangas de seda azul pálido se abrieron bruscamente y se sacudieron tras ella. Mantuvo a la multitud así por un momento, tensa y ruidosa, antes de finalmente soltar sus muñecas, indicándoles que permanecieran en silencio.
-Es bueno ver que la paz del Avatar está viva y en buen estado en la Nación del Fuego –exclamó con voz clara-. Aang estaría orgulloso de verlos hoy, tomando control de su destino y aceptando las responsabilidades de una justa co-existencia. La Nación del Fuego, la Tribu Agua, y el Reino Tierra comparten esta carga. A veces, los compromisos internacionales parecen difíciles o incluso innecesarios. Pero créanme cuando digo que el compromiso y la cooperación son el corazón de toda familia, y que la familia es el núcleo de una nación.
Y como si hubiera recitado un encantamiento, la multitud estalló en gritos y alaridos. Fuegos artificiales chillaron hacia el cielo nocturno. Katara lo tomó como el pie para retirarse, inclinándose al hacerlo.
-¿Qué fue lo que dije? –inquirió después de reunirse nuevamente con Iroh y Zuko.
-Les hablaste de la importancia de la familia –recalcó Iroh-. Deben pensar que estás aquí para casarte.
Un silencio, luego al unísono:
-¿Qué?
-¿Y como están sus huérfanos, Lady Katara? –averiguó el Ministro de Interior-. He oído que están entrenando maestros fuego.
Katara dejó sus palillos.
-Solo los entreno un poquito personalmente –corrigió-. El Señor del Fuego Zuko dejó una guarnición para ayudarme con su educación.
-Pero si tiene maestros fuegos, ¿por qué no mandarlos aquí?
Ella sonrió con simpatía.
-No era conciente de que serían tan bien acogidos –contestó-. Cuando los soldados de la Nación del Fuego violaban las mujeres del Reino Tierra, abandonaban a la mujer y sus bebés. Esos niños eran intrusos dentro de sus propias comunidades – hijos del enemigo, de acuerdo a algunos. Maestros fuegos o no, Aang y yo los recogimos porque nadie vino a reclamarlos.
Demasiado para la diplomacia, pensó Zuko, masticando cuidadosamente un pedazo de anguila a la parrilla. La esposa del Ministro de Interior bufó suavemente y se quejó:
-Seguramente dicho tema no es apropiado para una conversación a la hora de la cena.
-Lo siento –se disculpó Katara-. ¿Los estoy distrayendo de su comida?
-Nada podría estar más lejos de la verdad –intervino Iroh rápidamente-. Tu franqueza es más que refrescante. Esta es una nueva era para la Nación del Fuego, una en la que debemos enfrentar verdades ásperas. ¿No es así, Señor Zuko?
Zuko se limpió la boca suavemente con una servilleta. Doblándola, la alisó sobre su regazo.
-Así es –asintió-. Mi reino comenzó con varias revelaciones incómodas –le dedicó una mirada al Ministro de Interior-. Es fácil culpar a soldados sin rostros por su comportamiento barbárico. Es incontablemente más difícil mirar al padre de uno a los ojos y saber que asesinó a su madre.
El silencio descendió sobre la mesa. Los ministros reunidos y sus esposas miraban deliberadamente su comida. Aclarándose la garganta, Katara levantó sus brazos para admirar la tela que los adornaba.
-Hablando de ropa sucia, ¿dónde encontró este hermoso kimono, General Iroh?
Iroh rió ahogadamente, y luego su rostro adquirió un aspecto más serio.
-Era de mi esposa Ku Mei, Lady Katara –contó-. Está tal vez un poco pasado de moda para una mujer de tu juventud.
-Al contrario, me gusta mucho. Me sorprende que tu esposa haya tenido un kimono con los colores de la Tribu Agua.
-Ku Mei era la heredera de un imperio de navíos mercantes, y creció en la costa –explicó Iroh-. El azul era su favorito.
-Lamento no haber podido conocerla nunca –dijo Katara.
Iroh tomó un sorbo de su licor.
-Le hubieras agradado, estoy seguro. Pero murió antes de que nacieras.
La boca de Katara se hizo hacia abajo.
-Mis condolencias –repuso quedamente.
-Tonterías –replicó Iroh-. Cuando Ku Mei murió, me dejó un gran regalo – mi hijo Lu Ten –hizo un ademán que abarcaba toda la mesa-. Mucha de la gente aquí sentada perdió familiares en la guerra. ¿Cuántos de ellos pueden decir que pudieron sentarse con sus seres queridos mientras estuvieron aquí, como yo lo hice con mi esposa y mi hijo? No tuviste oportunidad de despedirte de tu madre y de tu padre, Lady Katara. Comparado a eso, el tiempo que pasé con Ku Mei y Lu Ten fue un lujo.
Los invitados de la cena permanecieron respetuosamente en silencio en memoria de Ku Mei y Lu Ten. Si las cosa hubieran sido diferentes, reflexionó Zuko, hubiera estado Lu Ten en el trono, sino el mismo Iroh. Era un pensamiento extraño – Iroh casi nunca mencionaba ni a su esposa ni a su hijo, por lo que Zuko raramente los consideraba. Era extraño creer que el chico de quien solo tenía vagos recuerdos podía haber sido Señor del Fuego. Era aún más raro que Iroh debiera hablar de él en público.
Katara se volvió hacia Zuko, los ojos brillantes y húmedos.
-No me dijiste que tu Tío también era un alquimista –le reprochó-. Puede convertir plomo en oro, y la tragedia en un tesoro.
Zuko sonrió.
-Que todos los Señores del Fuego sean tan afortunados como para encontrar hombres de tanto calibre a su servicio.
-Zuko, me estás avergonzando –fingió Iroh-. y esta charla sobre tragedia no ayuda para nada al apetito de nuestros huéspedes –palmeó sus manos-. ¡Músicos! ¡Algo para levantar el ánimo!
Los Músicos de la Armada de Fuego empezaron a tocar una interpretación agradable de "La chica que bailaba en el Festival de Primavera", y Zuko continuó con su anguila. Vio a Katara parpadear las lágrimas antes de tomar una mordida moderada de su arroz. Entornando los ojos, notó la presencia de varios pares de ojos sobre ambos. ¿Tenía razón su Tío? Katara era la viuda del Avatar -- ¿Acaso sus ministros lo creían tan arrogante como para tomar el lugar del Avatar? Quizás creen que solo eres digno de sus sobras, le sugirió el espectro de su hermana, desde un rincón oscuro de sus peores recuerdos.
No, meditó luego cuando estuvo solo en su recámara, que casarse con Katara sería algo malo. Dejando de lado sus viejos sentimientos – y eran más fáciles de ignorar cuando no podía verla, o oír su risa resonando por los pasillos de su residencia – la preferiría sobre una extraña. El éxito del matrimonio de Iroh con Ku Mei se debía, y no en pequeña parte, al amor de su tío por las mujeres en general, y su habilidad para hacerlas sentir especial. La mayoría de los demás no tenían tanta suerte en sus matrimonios políticos. Zuko tenía una sensación de que él no sería diferente. Sus años pasados de torpes y toscas experiencias con Mai en Ba Sing Se no sirvieron para nada para alentar su confianza. Lo que atraía a las mujeres a su alrededor no tenía nada que ver con él como persona y sí con su linaje – un linaje que él consideraba como el peor golpe contra él. En secreto, desconfiaba de cualquier mujer que deseara continuar con el linaje de locura de Ozai y Azula por sí misma.
Tal vez podría adoptar uno de los huérfanos de Katara, pensó, y se dio vuelta para dormir.
Happy New Year, guys! Feliz año nuevo! Espero que lo estén disfrutando y hayan empezado a gastarlo :)
GRACIAS: Lolipop91, Orion no Saga, Rashel Shiru, Pinky-chan2, S. Lily Potter, youweon, BlueEyesPrincess y Patousky.
Para Rashel Shiru porque se mata con los reviews, es como un resumen del capítulo leer tu review :) y eso me encanta muchísimo!
Nos vemos pronto! ;)
Review si lo disfrutaron y sino también :D
