Libro
Shion escribía todas las noches, justo después de la cena y antes de limpiar la mesa, sacaba aquel viejo libro de tapas cuarteadas y escribía. Dohko nunca había preguntado de qué se trataba, tenía la impresión de que no le iban a decir.
La noche en que Shion cumplió los ocho llegó totalmente apaleado, por su enfrentamiento con los otros aspirantes y se tiró a la cama sin siquiera limpiarse las heridas.
Dohko no dijo nada, esperó a que estuviera bien dormido y sacó aquel libro de donde Shion solía guardarlo. Se puso en la mesa, dando la espalda a la cama, lo abrió y… no entendió nada, porque todas las letras eran lemurianas. Fastidiado dejó el libro donde lo había encontrado y refunfuñando se metió a la cama, nunca sabría el secreto de Shion, quizá hasta era sobre él… y no podría saberlo.
Su preocupación era infundada, porque lo que Shion escribía eran sólo resúmenes de las habilidades de sus compañeros, un plan meditado para poder vencerlos. Aunque por el resultado de las peleas de ese día, no había tenido mucho éxito.
No volvió a escribir en aquel cuaderno, pero cuando muchos años después Dohko le preguntó de qué se trataba, se rió y finalmente se lo dijo.
Desencanto
Miraba de soslayo, pero luego regresaba la vista al frente. Y así, una y otra vez.
–¿Qué pasa?
Le preguntó Shion, ya harto de aquel escrutinio que pretendía ser discreto pero en realidad no lo era.
–Las marcas de tu frente…
–¡¿Qué tienen?! – preguntó con agresividad, pues eran tan sensible sobre sus marcas como Dohko lo era a su estatura.
–Quisiera tocarlas.
Pidió Dohko en un ademán implorante, eso sorprendió al lemuriano, ¿tocarle la frente?, ¡que niñería! Cerró los ojos, levantando de frente la cabeza.
El menor acercó su mano y tocó, no se sentía nada absolutamente, ni siquiera el borde, él había imaginado que quizá así pudiera ver dentro de la mente de Shion o algo así.
–¡Que decepción! – murmuró al darse cuenta de que no habría ninguna aventura.
Pero cuando vio la cara de enojo de su amigo supo que sí iba a pasar algo… algo muy malo.
Quizás
Dejaron de compartir la cabaña cuando tenían once años, pues recibieron sus armaduras de bronce y ya no podían permanecer en el Refugio, pero eso no los distanció demasiado, porque ahora ambos vivían en las Barracas.
Tenían mayor libertad, y cuando no estaban en una misión procuraban seguir durmiendo juntos; una simple costumbre en realidad, luego de cinco años de compartir la misma cama era difícil conciliar el sueño estando separados. Además en las barracas seguían los enfrentamientos con los otros santos, y estando juntos era más fácil detener los ataques sorpresivos.
Cuando alguno de los dos estaba en misión el otro no dormía, se mantenía en una duermevela leve que le permitía reaccionar con rapidez si alguien intentaba un movimiento inesperado. Pero el que se acercó a la cama de Shion esa noche, no lo hacía con motivos para pelear.
Éste se levantó asombrado al reconocer la energía.
–Manigoldo.
El mayor sonrió, sentándose en su cama, no llevaba su armadura dorada, pero no la necesitaba para verse imponente. Habían tenido contacto en su infancia, cuando lo enviaban a Jamir a entrenar mientras el patriarca realizaba alguna misión.
Se sonrieron y el mayor le pasó la mano por el pelo.
–¿No quieres venir al templo de Cáncer?
Shion abrió los ojos, sorprendido, no le estaba permitido entrar en los doce templos, nunca había conocido más allá del templo de Aries. Estuvo muy tentado… pero aquello era muy irreal, ¿por qué Manigoldo se aparecía así?, ¿qué querría? Le agradaba, pero también le daba miedo, allá en los viejos tiempos tenía la manía de meterle la lengua en la boca.
Shion se incomodó ante el recuerdo, en aquel entonces no había sabido qué significaba aquello, pero ahora lo sabía. Manigoldo tenía ya 18 años y si quería que lo acompañara a su templo no era para nada inocente. La idea de compartir el lecho con él era algo muy distinto a compartirlo con Dohko.
–Gracias pero… estoy esperando a mi compañero. Quizá llegue esta noche.
Manigoldo frunció el entrecejo, había creído que no tendría problemas en hacer ceder a Shion.
–Quizá no llegue…
–Lo esperaré de todas formas.
El mayor gruñó, se acercó y mirándolo a los ojos, lo besó. Shion no hizo por responder, pero tampoco lo alejó.
–¿Seguro? – coqueteó el mayor.
–Sí, bien seguro. – le sonrió con seguridad, porque no era lo mismo que cuando tomaba la mano de su amigo, aunque nunca lo hubiera besado así.
Finalmente el Santo de Cáncer se fue pero Shion nunca se arrepintió, porque Dohko llegó antes de la media noche y una vez más, durmieron en la misma cama.
Herida
Dohko se mordía los labios para no quejarse, aquello en verdad dolía. Shion lo miró exasperado, sin soltarle el brazo.
–Si quieres paro.
– ¡No!
Rezongó de inmediato, molesto. Lo habían herido en el entrenamiento diario, una cortada larga y profunda, que había lastimado los tendones de su brazo izquierdo: el dominante. Para cualquier otra lesión hubiera preferido atenderse solo, pero ésta era importante y sabía que no podía dejarla pasar; por eso había acudido a Shion, para que le curara con sus habilidades lemurianas, pero aquello dolía demasiado, la energía que desplegaba su amigo era lacerante y le provocaba un ardor más agudo que cuando recibió la herida.
El ariano encendió nuevamente su cosmos, observando la carne unirse y restablecerse, pero también el rostro de Dohko contraerse de dolor, incluso podía escuchar el rechinido de sus dientes; su habilidad para curar hubiera podido ser usada también como tortura.
Se concentró en la herida, y finalmente ésta se cerró del todo. Levantó la vista y se dio cuenta que Dohko había caído inconsciente, pero su respiración era estable y se no se preocupó; es más, en un impulso osado se le acercó hasta que su boca besó la ajena. Se alejó de inmediato, impresionado y molesto por su propia acción y se fue de allí.
Para cuando el chino despertó –mareado a causa de la debilidad– ya era de noche, y nunca sospechó lo que Shion había hecho.
Mentira
–¿No sientes a veces ganas de besarme?
Preguntó Shion a bocajarro, mientras estaba sentado junto a Dohko en los bosques del Santuario. El chino contestó de inmediato, llevado por sus nervios
–¡Claro que no!
–¿Por qué no? – contraatacó sintiéndose estafado, últimamente las cosas entre ellos parecían estar avanzando en esa dirección, no habían sido todo ideas suyas, ¿o sí?
–Porque eres un hombre. Y… y yo también.
Shion desvió los ojos. Sí, ya sabía eso, lo que no sabía era que para Dohko fuera un problema. Hubiera querido decirle alguna razón por la que eso no importara, pero no supo qué. Dohko mientras, pudo ver que su rechazo le había dolido, pero… por más que sí hubiera pensado en besar a Shion siempre terminaba en aquel punto, ambos eran varones. De cualquier forma, no le estaba pidiendo hacerlo, ¿no?, sólo estaba preguntando.
–Ya… mira, sí lo he pensado.
El mayor giró el rostro, con las mejillas encendidas de emoción.
–¿De verdad?
–Eh –comenzó a sentirse incómodo – sí, a veces… quiero decir…
Pero no pudo decir nada, porque la cara de Shion ya estaba sobre la suya. El ariano le dejó un beso suave, sin humedad, un roce a penas.
Dohko no dijo nada, pero tuvo que acostumbrarse, porque a partir de entonces Shion lo sorprendió en los momentos más inesperados con roces similares, hasta que aprendió a cogerle el gusto.
