Recordé porqué odio el formato de ff
#AnduinPotter
– Salgan todos de aquí… y llévense ese saco de porquería.
La estruendosa voz ronca de Garrosh y el pequeño revuelo que se armó entre los orcos por la repentina orden sacaron al príncipe de su breve ensueño, quién miró por última vez el amasijo de sangre y huesos rotos que habían formado alguna vez parte del cráneo del soldado mientras era arrastrado por los pies dejando un grueso rastro rojo y sesos sobre los escalones. Se frotó enérgicamente los ojos y la nariz con la manga antes blanca mientras los guerreros orcos salían al tropel para poner la cara más digna y serena de la que era capaz en su actual estado y circunstancia, al igual que Garrosh quien parecía demasiado taciturno y serio en la espera de que el último orco en salir cerrara la pesada puerta de hierro tras de sí, dejándolos en un absoluto silencio.
– No puedo creer que seas tan estúpido como para dejarte capturar dos veces.
Anduin no respondió, ocupado en respirar lenta y profundamente para controlar el llanto mientras sostenía la mirada furibunda del mayor. Extrañamente, se sentía muchísimo más seguro ahora que estaba a solas con él y no enfrente de sus subordinados; tenía miedo, sí, pero Garrosh había tenido más de una oportunidad de matarlo o herirlo seriamente en el pasado y no había sido así. A veces, durante aquellos meses, llegó a pensar en las horas de conversación y en lo ocurrido en su celda bajo la Cima de Kun Lai cuando le salvó la vida al orco, a veces con morbo y otras con verdadera curiosidad angustiosa, y se preguntaba si Garrosh también pensaba en lo que habían hablado durante el transcurso de esta guerra.
— ¿Dónde está Wrathion? —preguntó y su voz adolescente dio un salto desafinado, a lo que el chico se aclaró la garganta apenado.
— ¿Qué?
— ¿Dónde está Wrathion? —repitió modulando la voz, pero un temblor recorrió su cuerpo al ver que el orco detenía sus pasos para mirarlo furioso e incrédulo. — E-él P-príncipe Negro… él t-te ayudó a escapar y… y… d-debería estar…
— ¿Haz escapado y mandado a tus hombres a morir para buscar a tu amiguito? —preguntó con desprecio y el joven sintió encogerse bajo la culpa retorciendo las manos tras la espalda compulsivamente en la espera de un golpe, el cual nunca llegó. — Aquí no está.
— P-Pero… ¡Kairoz! —balbuceó desesperado, puesto estaba seguro de haber leído sobre varios avistamientos en los reportes del IV:7 que había leído a hurtadillas.
— Ese dragón está muerto.
— ¡Cómo!
— Yo lo maté.
Anduin sintió que las piernas le fallaron en todos los puntos fracturados y palideció cayendo en la cuenta del terrible error que había cometido; error por el cual soldados que conocía de toda la vida habían sido brutalmente asesinados, y ahora estaba él capturado tras líneas enemigas. Nuevamente sintió ganas de llorar, de regresar a aquella misma mañana en la que impulsivamente decidió darse a la fuga cuando la mayor parte de las tropas se desplegó en una incursión liderada por el rey. ¿Ya habrían notado su ausencia? Imaginó la cara de su padre al enterarse y el remordimiento atravesó su pecho como una púa sombría.
No obstante, una mole le volteó el rostro antes de que pudiera caer la primera lágrima y el muchacho cayó al suelo hacia el lado opuesto, logrando meter las manos para evitar darse de cara contra el suelo por muy poco. Las pesadas botas del orco cimbraron las tablas al ponerse delante de él y el príncipe volteó a verle atónito mientras se sostenía el pómulo inflamado con una mezcla de sorpresa, indignación y miedo en sus ojos parcialmente cubiertos por el rubio cabello desordenado.
—No te atrevas a llorar, sabandija— espetó Garrosh en lengua orca aún con el puño cerrado y una extraña expresión en su rostro que podría pasar por desprecio. El joven solo atinó en agachar la cabeza mientras se ponía de pie, sobándose el dolorido rostro y respirando profundamente para justamente evitar el llanto; extrañamente, funcionaba. —Ya tendrás tiempo para pagar por tu estupidez con algo más que lágrimas.
El general comenzó a caminar de un lado a otro dentro del cuartel con las manos tras la espalda, sumido en sus pensamientos, y por primera vez Anduin realmente se preguntó qué ocurriría con él. Si Garrosh hubiese querido ejecutarlo, lo hubiese realizado enfrente de todo el campamento desde que llegó y no hubiera dejado marchar al otro soldado; Anduin reconocía que los había salvado a ambos y sintió la necesidad de agradecérselo, pero sabía que el orco lo destriparía públicamente para refutar esa teoría. Con suerte, aspiraba a ser moneda de cambio para algún trato con la Alianza, pero su costo sería irremediablemente alto y su padre lo pagaría sin pensarlo dos veces, pero no así el resto de los líderes y eso crearía debilidad dentro del grupo; el niño no sabía si podría con la culpa y comenzó a tomar fe hacia el orgullo de Garrosh y su política de "no política", cero negociaciones, vaya.
— Aquí no tenemos prisión, cualquier infractor y enemigo es ejecutado ¿por qué habría de dársele un techo y comida a los perros que no son útiles? —dijo el orco rompiendo el silencio después de un largo rato al detenerse delante del príncipe y mirarlo a los ojos con severidad; éste pasó saliva al dudar de su primera premisa pero logró conservar la aparente entereza. —Confío en que tu juramento sea cadena suficiente para mantenerte aquí, callado y obediente sin algún estúpido intento de fuga que, por tu condenada Luz, te juro que te va a costar muchas cosas más antes que la vida ¿me entiendes, muchacho?
Anduin asintió enérgicamente tras vacilar un momento y el orco gruñó tomándolo de la nuca con bastante fuerza para guiarlo por un costado de su trono hacia un pasillo aún más obscuro. Los gruesos dedos de Garrosh se hundían dolorosamente en su cuello, mas no había modo alguno de oponer resistencia y simplemente siguió caminando por el pasillo hasta llegar a unas escaleras. Pensó que subirían, pero en lugar de ello, el orco lo empujó con fuerza hacia el hueco debajo de los peldaños de madera entre cajas y sacos polvorientos.
— Ahí dormirás, muchacho. Nada de lloriqueos.
Fueron las últimas palabras que alguien le dirigió al príncipe de Ventormenta en el día y Garrosh se largó dando zancadas obviamente furiosas de regreso por donde habían venido, azotó la puerta de hierro al salir y el lugar se quedó en completo silencio. El joven observó el pequeño rincón con un poco más de calma y encontró un espacio entre las cajas donde acostarse hecho un ovillo. Repasó con amargura lo ocurrido aquel día y cómo había llegado a una situación tan deplorable, se preguntó con angustia si había algún modo de salir con vida de esto o si Garrosh se aburriría antes de tiempo, si alguna vez podría volver a ver a su padre y amigos; sin embargo, no lloró.
