Bueno gente aquí les dejo el siguiente capítulo, mil de gracias por sus reviews y alertas el próximo capítulo los contestare ya que ahora ando enferma, es una promesa! Déjenme aclararles que esto es solo una adaptación, lo escribí en el capitulo pasado y lo vuelvo a reiterar. Por si las dudas la autora del libro es Ross Kathryn , por si me acusan de plagio o derechos de autor, yo nunca he dicho que sea mía la trama.


~*~Dulce Inocencia~*~

Capítulo II Reencuentros Inevitables


Era la estación de los huracanes en Santa Lucía y los medios de comunicación habían advertido sobre ello. El huracán Johan, de categoría tres, iba ganando fuerza a medida que se acercaba y, según el informe del tiempo, llegaría a las costas de Santa Lucía en veinticuatro horas.

Pero, por el momento, el sol empezaba a ponerse en el horizonte y ni un soplo de viento movía las altas palmeras que rodeaban a los establos.

Rukia, sin embargo, no se dejaba engañar por la aparente calma. El año anterior un huracán casi había destruido el tejado de los establos. Tardó mucho tiempo en repararlo y, económicamente, seguía acusando el desastre. No podría soportar otra catástrofe.

Así que había pasado la tarde preparándose para el huracán: clavando tablones frente a las ventanas, remachando el tejado…

Mucho después de que sus empleados hubieran vuelto a sus casas, seguía llevando herramientas al almacén.

—Rukia, tu padre ha vuelto a llamar —le gritó Momo desde el porche, con el niño en brazos—. Ha dejado otro mensaje en el contestador.

—Muy bien —Rukia se apartó el pelo de la cara. No tenía nada que decirle a su padre y no estaba interesada en sus mensajes, pero no podía dejar de preguntarse por qué habría vuelto a llamarla.

Cuando subió al porche Kaito alargó los bracitos hacia ella y Rukia, riendo, tomó a su hijo en brazos, apretándolo contra su corazón y besando su carita sin parar. Kaito tenía veintiún meses y era un niño precioso. Lo único que hacía su vida soportable.

—¿No tenías una cita esta noche, Momo? Venga, márchate de una vez.

—Si de verdad crees que puedes arreglártelas solas, me vendría estupendamente…

—Sí, claro. Ve y pásalo bien.

Hinamori Momo, de dieciocho años, era su empleada más joven y también la más trabajadora. Además de ser una niñera capacitada y una soberbia amazona, la ayudaba en todo lo posible. En realidad, no sabría que hacer sin ella.

Empezaba a hacerse de noche y los establos estaban en un solitario camino que llevaba hasta una cala desierta. Sus vecinos más cercanos vivían a varios kilómetros de distancia y pocos coches pasaban por allí. Normalmente no le importaba la soledad, al contrario. Pero cuando el jeep de Momo desapareció por el camino se sintió extrañamente aislada.

No era nada, el triste estado de ánimo se debía a la tormenta que estaba a punto de llegar, se dijo mientras entraba en la casa. Y a las llamadas de su padre.

En cuanto entró en el salón su mirada se dirigió hacia la lucecita parpadeante del contestador. Pero quisiera lo que quisiera, ella no estaba interesada. Metería a Kaito en su cuna y borraría las llamadas más tarde, pensó mientras subía la escalera.

Cuando el niño se quedó dormido, Rukia salió de la habitación y se dirigió a su dormitorio.

Se había puesto una bata de seda y estaba a punto de bajar para tomar una copa de vino antes de irse a dormir cuando volvió a sonar el teléfono y, como siempre, ella dejó que saltara el contestador.

—Rukia, ¿dónde demonios estás? —oyó la airada voz de su padre—. ¿No has escuchado mis mensajes? Esto es importante.

Era raro que oír su voz la pusiera tan nerviosa. Seguramente serían tantos años de condicionamiento… de tener miedo a ignorar sus órdenes.

Pero se recordó a sí misma que su padre ya no dirigía su vida, que ya no podía hacerle daño.

—¿Me oyes, Rukia?

Seguramente querría hacerla volver a Las Vegas para que acudiese a alguna de sus fiestas. Esa idea la estremeció. Había escapado de esa vida dos años antes y su padre debería haberlo entendido de una vez. Sus tácticas amenazantes ya no funcionaban con ella. No pensaba volver.

Iba a desconectar el teléfono cuando lo oyó mencionar un nombre… un nombre que la dejó inmóvil. Un nombre que puso su mundo patas arriba.

Ichigo Kurosaki.

Llevaba tanto tiempo intentando borrar ese nombre de su cabeza, fingir que no había existido nunca… la única manera de hacerlo había sido trabajando a todas horas, cayendo agotada en la cama al final del día. Pero incluso así, a veces veía su atractivo rostro en sueños. Imaginaba que la acariciaba, veía sus labios aplastando los suyos…

Y despertaba con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo he perdido todo, Rukia, todo. Ichigo Kurosaki se ha quedado con todo lo que poseía —estaba diciendo su padre—. Y eso incluye los establos de Santa Lucía porque son propiedad de la empresa.

Rukia intentó concentrarse en lo que estaba diciendo. Los establos eran de ella… ¿o no?

—Y va hacia Santa Lucía ahora mismo para hacerse cargo de la propiedad.

Esas palabras la golpearon con la fuerza de un huracán. ¡Ichigo iba hacia allí! , el amor de su vida, el padre de su hijo, el único hombre al que se había entregado por completo.

A pesar del tiempo y la distancia había seguido anhelándolo y ése era un anhelo con el que había tenido que aprender a vivir.

Se dejó caer en el sofá. Era eso o caer al suelo. Ichigo iba a Santa Lucía. Era lo único que podía pensar.

¿Cómo sería ahora? ¿Qué le diría? ¿Seguiría furioso con ella? ¿Qué diría cuando descubriese que tenía un hijo?

¿La habría perdonado?

Rukia enterró la cara entre las manos.

Recordaba el día que conoció a Ichigo. Recordaba que el calor de aquel soleado día no podía compararse con el calor que había en su mirada miel. Era muy alto, más de metro noventa, y llevaba un traje de verano que le sentaba perfectamente a su físico atlético.

—Tú debes ser Rukia Kuchiki —le había dicho a modo de saludo, su atractivo acento italiano añadiendo gasolina al fuego que se había encendido en su interior.

Tenía diez años más que ella. Siciliano, de pelo naranja e intensos ojos castaños claros. Decir que era apuesto sería decir poco. Sencillamente, era el hombre más guapo que había visto nunca.

—Soy Ichigo Kurosaki. Tu padre me ha dicho que te encontraría aquí.

La desilusión de Rukia fue casi tan intensa como la atracción que sentía por él. Porque aquél era el hombre con el que su padre le había ordenado salir. Esa orden la había enfurecido, pero no podía negarse; su plan había sido mostrarse antipática. Entonces podría decirle a su padre que, a pesar de haber hecho lo que le había pedido, Ichigo no la había invitado a salir. Pero en cuanto clavó los ojos en el guapo siciliano, su cuerpo decidió que no estaba de acuerdo con esa idea.

—¿Quieres que tomemos una copa? — señaló la barra del bar entre los árboles que rodeaban la piscina.

—Sí, bueno, pero sólo un rato —respondió ella—. No tengo mucho tiempo.

—¿Qué otra cosa tienes que hacer? —le había preguntado él, sonriendo. Era evidente que la creía una ociosa.

Y seguramente eso era lo que pensaba todo el mundo en Las Vegas, pero el comentario la molestó. Le habría gustado decirle que las apariencias podían ser engañosas, que estaba atrapada en una jaula de oro, obligada a acudir a las fiestas que organizaba su padre… pero no lo hizo. En cualquier caso, él no hubiera estado interesado. Y si su padre se enteraba, las consecuencias podrían ser devastadoras.

De modo que se encogió de hombros.

—Ah, claro, soy la niña mimada de un millonario, ¿qué otra cosa podría tener que hacer esta tarde? Aparte de tomar el sol, ir de compras o pasarme por el salón de belleza, claro.

Ichigo sonrió.

—Debe ser una vida muy dura.

—Lo es, pero alguien tiene que hacerlo.

Aunque había intentado parecer frívola, él debió notar que la había molestado porque, de repente, su tono se suavizó.

—¿Quieres que empecemos otra vez? Soy Ichigo Kurosaki y he venido a Las Vegas a negociar la venta de una cadena de restaurantes propiedad de mi padre.

Rukia miró la mano que le ofrecía y vaciló un momento antes de estrecharla. ¿Qué estaría tramando su padre?, se preguntó. ¿Obedecer sus órdenes sería perjudicial para alguien?

Entonces lo miró a los ojos y se dijo a sí misma que daba igual lo que estuviera tramando su padre, aquel hombre era más que capaz de cuidar de sí mismo.

—Rukia Kuchiki—sonrió, estrechando su mano. Le gustó el roce de su piel. Y le gustó el cosquilleo que sintió al verlo sonreír.

Recordaba que habían cenado juntos esa noche y que Ichigo la había besado; un beso intenso, apasionado, ardiente.

Habían salido juntos durante cinco semanas y sus sentimientos por él empezaron a convertirse en algo profundo. Rukia apretó los puños al recordarlo porque, debido a la situación, sabía que se vería obligada a decirle adiós.

La red había sido tendida, pero fue ella quien quedó atrapada. Porque, en esas breves semanas, se había enamorado de él.

El teléfono sonó entonces interrumpiendo sus pensamientos y. de nuevo, esperó que saltase el contestador.

—Rukia, por favor, contesta…

No había hablado con su padre desde la muerte de su madre, dos años antes. Y. pasara lo que pasara, no pensaba hablar con él.

—Esto es una venganza. Rukia… y tú eres la siguiente en la lista de Kurosaki. Sabe lo que hiciste, sabe que fuiste cómplice en la destrucción de su padre. Pero, afortunadamente, yo sigo pensando por los dos. Le he hablado de Kaito. Se puso furioso, pero el niño es nuestro as en la manga.

Rukia se sintió enferma. Odiaba a su padre, odiaba su forma de pensar, sórdida y terrible…

No sabía cuánto tiempo había estado allí, sentada en el sofá, a oscuras. La conexión se había cortado, pero el silencio de la casa la envolvía como una garra.

Entonces oyó en la distancia el motor de un coche.

«Y va hacia Santa Lucía ahora mismo para hacerse cargo de la propiedad».

Desde luego, el propietario de aquel coche se dirigía a su casa… no había ninguna otra por allí.

¿De verdad era Ichigo al otro lado de la puerta? Había soñado con ese momento. Había soñado que iría a buscarla cuando descubriera que tenían un hijo. Que la perdonaría.

Pero sólo eran sueños. Ella era lo bastante sensata como para darse cuenta de que la realidad estaba en los mensajes de su padre.

Ichigo no iba a perdonarla. Lo había sabido la última vez que se vieron, cuando le pidió explicaciones por lo que había hecho. Ella intentó explicárselo, pero él no había querido escuchar.

Y cuando intentó decirle que ella era tan víctima como él, la había interrumpido bruscamente:

—Debes pensar que soy tonto si crees que voy a tragarme más mentiras. Sé lo que eres, Rukia, una mentirosa, egoísta y fría…

—¡ Por favor, tienes que creerme! Yo no tengo nada que ver con esto. El tiempo que he pasado contigo ha sido muy especial para mí y…

—Deja de mentir —el desdén en su voz la había cortado como una espada—. Lo único bueno que puedo sacar de todo esto es que, en lo que a mí concierne, el tiempo que hemos pasado juntos sólo ha sido sexo. No siento nada por ti, además del placer de tomar tu cuerpo. Nada más.

Había una frialdad en sus ojos que no había visto antes. Era como si se hubiera quitado una máscara y estuviese viendo al auténtico Ichigo por primera vez.

Y le había dolido tanto… le seguía doliendo. Pero también dejaba claro que si era Ichigo quien estaba al otro lado de la puerta, no había ido allí por razones sentimentales. Y, desde luego, no estaría interesado en su hijo.

El timbre rompió el silencio de nuevo y Rukia intentó calmarse. No tenía por qué sentirse culpable porque la verdad era que ella no había sido culpable de nada. Se había visto obligada a hacer lo que hizo. Y nadie tenía derecho a aparecer en su casa con propósitos vengativos.

De modo que, decidida, se dirigió a la puerta.

Kurosaki Ichigo estaba en el porche y, aunque lo esperaba, al verlo su corazón empezó a latir con violencia.

Él la miró de arriba abajo, observando los pies descalzos y los cortos cabellos azabaches cayendo sobre sus hombros…

Y lo extraño fue que, por un momento, Rukia se sintió transportada a su primer encuentro, cuando la había mirado exactamente de la misma forma. Su aspecto era el mismo. El traje de chaqueta que llevaba destacando su físico atlético, el mismo pelo naranja brillante.

Seguía siendo el hombre increíblemente guapo que le había robado el corazón… pero ese hombre sólo era una ilusión, se recordó a sí misma. A pesar de lo que habían compartido, ella nunca significó nada para él. Tras la fachada de simpatía. Ichigo Kurosaki no era más que un seductor, un depredador que disfrutaba de la emoción de la caza y nada más.

Enamorarse de él había sido un error y ella había aprendido la lección.

—Hola,Rukia. Ha pasado mucho tiempo.

—¿Qué haces aquí?

—¿Eso es todo lo que vas a decir después de tanto tiempo? ¿Qué tal: «me alegro mucho de verte. Ichigo… por qué no pasas»?

Algo en su frío tono de voz, en el brillo sardónico de sus ojos, le decía que nada había cambiado desde su último encuentro.

—No tengo tiempo para juegos.

—¿De verdad? Pues creo recordar que lo tenías en el pasado.

Recordó las palabras de su padre: «Esto es una venganza. Rukia… y tú eres la siguiente en la lista de Kurosaki».

—Evidentemente ésta no es una visita de cortesía, así que di qué quieres y márchate. Perdona, pero no puedo invitarte a entrar.

—No, creo que no voy a perdonarte.

—Y no vas a entrar —repitió ella, poniendo una mano en el quicio de la puerta.

—No estás siendo nada amistosa y, dadas las circunstancias, deberías serlo. De hecho, tu padre me aseguró que lo serías.

—No sé qué ha pasado entre mi padre y tú, pero sí sé que ahora controlas el imperio Kuchiki—se encogió de hombros—. Me da igual. Eso no tiene nada que ver conmigo.

—Ahí es donde te equivocas. Tiene mucho que ver contigo.

El hielo que había en su voz la asustó.

—Sólo quiero que te vayas —le dijo, aunque su voz sonó temblorosa.

—No pienso irme a ningún sitio.

—No vas a entrar en mi casa —Rukia intentó cerrar, pero Ichigo logró meter un pie en el quicio de la puerta.

—Deja que te lo explique con claridad: voy a entrar quieras o no.

—Es muy tarde y me estás asustando.

—Mejor —replicó él.

—Tendré que llamar a la policía si no me dejas en paz —lo amenazó ella.

—Sí, claro, llama a la policía. De esa manera todo será más rápido.

—¿Qué será más rápido?

—El papeleo. Como tú misma has dicho, ahora soy el propietario del imperio Kuchiki. Y, según el informe de la empresa, no se ha pagado el alquiler de esta finca en mucho tiempo.

—¡Porque es mía! —replicó Rukia.

Ichigo negó con la cabeza.

—No, es mía —la corrigió—. Y estoy aquí para hacer una lista de mis propiedades.

—Ponte en contacto con mi abogado.

—No te preocupes, lo haré. Porque también quiero ver a mi hijo.

Esas palabras cayeron en el silencio como una bomba y, de repente. Rukia sintió que le fallaban las piernas.

—¿Entonces qué? ¿Vamos a hacer las cosas de forma amistosa o no? Depende de ti.

Derrotada apartó la mano de la puerta.

Ichigo entró y miró alrededor, los suelos de madera, los sofás de piel marrón, la enorme chimenea de piedra. Era un sitio elegante, pero no lo que él había esperado. Los muebles eran viejos y todo tenía un aire de opulencia marchita. Pero él no estaba interesado en la decoración; estaba buscando algo que delatara la presencia de un niño. Lo vio enseguida: una caja de juguetes y un osito de peluche sobre el sofá. Al verlos, lo invadió una furia ciega.

—¿Dónde está mi hijo? Es mejor que me lo digas o iré a buscarlo por toda la casa… y por todas las casas de esta isla si es necesario.

La determinación que había en su voz la asustó pero, a la vez, despertó en ella una fuerza inusitada.

—No lo toques Ichigo. No es una de las propiedades de la compañía. Es una persona y no pienso dejar que lo asustes.

—¿Y qué pasa con los derechos del padre… o eso no entra en tu retorcida lógica?

Eso era algo que Rukia se había cuestionado una y otra vez… algo que la había tenido despierta muchas noches cuando descubrió que estaba embarazada. Sí, le hubiera gustado que Kaito tuviese un padre, un padre cariñoso que sólo pensara en él. Pero Ichigo se había marchado antes de que ella supiera que esperaba un hijo y no sabía dónde localizarlo, de modo que se consoló a sí misma pensando que le habría dado igual. Ichigo Kurosaki no quería saber nada de compromisos y llevaba una vida de playboy. Él mismo se lo había contado el primer día.

Lo extraño era que, cuando la tenía entre sus brazos. Rukia había imaginado que sus sentimientos eran profundos, que lo que compartían significaba algo para él. Pero había estado engañándose a sí misma. Eso había quedado bien claro cuando se fue.

El recuerdo dolía tanto aún que le hubiera gustado decirle que el niño que dormía en el piso de arriba no era hijo suyo y que tenía un padre bueno y cariñoso, un hombre que también la quería a ella.

Abrió la boca para decírselo, pero las palabras no salían de su garganta.

No podía mentir sobre algo tan importante.

—Tener un padre es importante para un niño…

—Ah, claro, y por eso me informaste de que iba a tener un hijo, ¿verdad?

—¿Si lo hubiera hecho te habrías quedado en Las Vegas? No lo creo. Estuvimos juntos unas semanas, nada más… no significó nada. Tú mismo lo dijiste —la morena sacudió la cabeza, intentando contener las lágrimas que amenazaban con asomar a sus ojos—. En fin, todo eso es el pasado y ya da igual. La verdad es que no descubrí que estaba embarazada hasta que tú te habías ido y no sabía cómo ponerme en contacto contigo. No habías dejado una dirección, un número de teléfono. No sabía dónde estabas.

—Se te da bien inventar excusas —replicó él—. No. Rukia, no me lo contaste porque tu padre tenía dinero y creías que yo no tenía nada. Ésa era una consideración más importante.

—¡Eso no es verdad!

—Olvidas que te conozco bien —la miró desdeñosamente de arriba abajo pero, al hacerlo, no pudo dejar de fijarse en sus sensacionales curvas bajo la bata de seda.

¿Por qué su belleza seguía perturbándolo de tal forma?, se preguntó. ¿Cómo era posible que recordase sus besos después de tanto tiempo? ¿Qué recordase sus caricias, cómo se movía debajo de él?

Entonces la había deseado como un loco, pero podía perdonarse a sí mismo porque no sabía la verdad sobre ella.

¿Cómo era posible que sintiera lo mismo ahora?

—Estamos perdiendo el tiempo —le espetó, furioso consigo mismo—. Y ya he perdido demasiado.

Horrorizada. Rukia vio que se dirigía a la escalera.

—¡No puedes subir! ¡No tienes ningún derecho!

—Como padre del niño, creo que tengo todo el derecho del mundo.

Esas palabras la dejaron petrificada. Era lo mismo que sentía cuando hablaba con su padre. Saber que alguien más poderoso que tú dirigía tu vida y no poder hacer nada para evitarlo por miedo a las consecuencias…

—¡No subas! —la frase era a medias una orden y un sollozo.

—No te molestes en fingir que estás llorando porque no va a funcionar. Me da igual lo que sientas, no me importa en absoluto.

—Lo sé —suspiró afligida—. Me lo dejaste bien claro.

Algo en su tono hizo que el hombre se diera la vuelta. Y, durante un segundo, mientras la miraba a los ojos, volvió a sentir lo que había sentido por ella…

Recordaba la primera vez que hicieron el amor. Recordaba lo vulnerable que le pareció mientras desabrochaba los botones de su vestido, casi como si temiera confiarle sus emociones.

El recuerdo lo enfureció. Rukia Kuchiki era una actriz, no había nada ni remotamente vulnerable en ella. Había hecho el papel que su padre quiso que hiciera y lo había hecho muy bien.

—Bueno, al menos nos entendemos el uno al otro.

—Sí, claro —replicó ella—. Pero debes entender que mi hijo es lo más importante del mundo para mí y si lo asustas o le haces daño haré que lo pagues.

Era como enfrentarse desarmada contra un león, pero quería que supiera que estaba dispuesta a pelear por su hijo.

—Que tus sentimientos me den igual no significa que no me importe mi hijo.

Esa respuesta debería haberla tranquilizado, pero no fue así. Al contrario.

—Está en la última habitación del pasillo —suspiró por fin—. Yo entraré primero, por si se ha despertado. Tú eres un extraño para él y no quiero que lo asustes.

Ichigo consideró sus palabras un momento y después dio un paso atrás.

¿Por qué quería ver a su hijo? Estaba segura de que no era por interés paternal. Esos sentimientos no cuadraban con el hombre que ella sabía que era. A lo mejor sólo era curiosidad. A lo mejor se daba por satisfecho con ver la carita de su hijo antes de marcharse.

Sí, seguramente eso era lo que iba a pasar.

Rukiase sintió aliviada al ver que Kaito seguía durmiendo tranquilamente. Estaba tumbado de espaldas, la carita hacia un lado. Era la viva imagen de la inocencia infantil con la boquita entreabierta, las largas pestañas oscuras sobre unos mofletes preciosos… y su revoltoso cabello naranja.

—Puedes entrar, pero sólo cinco minutos.

—Creo que los días en los que tú tomabas todas las decisiones han terminado. —replicó él, pasando a su lado.

Esas palabras fueron como una bofetada, pero lo que de verdad la sorprendió fue lo que sintió al ver la intensa emoción de Ichigo mientras miraba a su hijo.

No era simple curiosidad,miró al niño durante largo rato, en silencio, y después salió abruptamente de la habitación.

Ella se quedó donde estaba, confusa. ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Por qué estaba allí? Suspirando, salió al pasillo y cerró la puerta del dormitorio de Kaito sin hacer ruido.

—Ya lo has visto. ¿Y ahora qué?

Él no contestó. Sin mirarla, bajó la escalera y salió de la casa sin molestarse en cerrar la puerta.

—¿Qué va a pasar ahora? —gritó, saliendo al porche—. ¡Ichigo!

Pensaba que iba a subir a su coche pero, para su sorpresa, abrió el maletero y sacó una maleta.

Y luego se dirigió de nuevo hacia la casa.

Aunque en parte se alegraba de que no desapareciera dejándola con la duda de qué iba a pasar, no le gustaba nada su actitud.

—¿Dónde crees que vas con esa bolsa de viaje?

—La llevo a mi casa —contestó —. Voy a tomar una copa y luego me iré a la cama porque ha sido un día muy largo y estoy cansado.

—¡No puedes quedarte aquí!

—¿Por qué no?

—Porque… yo no te quiero aquí.

Ichigo pasó a su lado, sin mirarla.

—Peor para ti. La puerta se cerró tras él.


Bueno espero les haya gustado y me dejan un review con sus opiniones ^^

Saludos se cuidan

Metitus