Percy apuró el paso y se concentro en llegar a la arena de entrenamiento cuando escucho al hijo de Hefesto llamarle, ahora entendía porque Clarisse pasaba tanto tiempo entrenando cuando Chris enfermo y Quirón le pidió volver a sus actividades mientras aguardaban el regreso del señor D al campamento.

Apuñalar, desmembrar y llenar de cortes a los muñecos de práctica o simplemente practicar con las armas ayudaba a canalizar la frustración de cualquiera. Además de alejar sus ideas sobre inundar la cabaña o el bunker número nueve.

Los otros hijos de Hefesto no merecían padecer por los errores de Leo además de que ya había tenido más que suficiente con el dios herrero cuando acabo rodeado por arañas metálicas en el túnel del amor con Annabeth o cuando había terminado en Ogygia al recuperar uno de sus talleres durante la invasión de los sirvientes de Cronos. Lo último que deseaba era terminar como brocheta humana a manos del fuego.

Bastante tenía ya con las quemaduras que Valdez le había dejado en el cuerpo esa noche.

El hijo de Poseidón saludo a Will al pasar por la cabaña de Apolo, definitivamente estaría en deuda con Solace por todo lo que había hecho por él antes y después del incidente. Además de ser el único que sabía lo que verdaderamente había ocurrido. Aunque sospechaba que Piper también pudiera estar al tanto, después de todo era la mejor amiga de Leo y una hija de Afrodita para rematar. Solo esperaba que no lo compadeciera, no podía lidiar con eso aún.

Al llegar a su destino, Percy dejó que su frustración se tornara en algo positivo, dando estocadas y apuñalando las zonas en los muñecos donde se podía matar o incapacitar al oponente en combate de forma limpia y certera.

Cerró los ojos y le dio una puñalada a uno de los muñecos justo a la altura del corazón.

—Te sienta bien toda esa ira, Jackson —lo halago Clarisse al verlo para luego clavar su lanza en una pierna de los falsos enemigos— pero me temo de que es hora de que pares. Will te está buscando.

Percy casi sonrió. Will se ganaría un lugar en los Campos Elíseos si seguía así.

Mientras caminaba no pudo evitar rememorar su charla con Solace cuando se dio cuenta de que Valdez le importaba más de lo acostumbrado.

—¿Puedo preguntarte algo? —había pronunciado el de ojos verdes cuando el rubio atendía sus lesiones luego de juego de captura la bandera.

—Estás haciéndolo ahora —el hijo de Apolo sonrió—. ¿Qué ocurre?

—¿Cómo te diste cuenta de que te gustaba Nico?

—Solo sucedió —Will contuvo una risa al ver la expresión confusa del otro—. Lo siento, simplemente no puedo explicarlo. Un día me di cuenta de que quería ver a Nico feliz, no importaba que o con quién.

—Pero Nico es un chico —insistió Percy—, ¿no se te hizo raro al inicio?

—Amor es amor Percy —respondió el rubio— y creo que alguien puede amar a cualquier persona independientemente del género que tenga. Además, Leo y tú hacen una pareja muy linda.

Llegado a este punto, el hijo del mar se ruborizó.

—Yo nunca dije…

—No es necesario —lo interrumpió Solace sin descuidar la labor de vendarle el antebrazo—, se nota que algo especial entre ustedes.

—Pero Annabeth y yo…

—Percy —volvió a interrumpir el hijo de Apolo—. Annabeth ya siguió con su camino y tú mereces ser feliz ya sea solo, con Leo o con cualquier otra persona. No dejes que tus miedos te arrebaten eso.

—Gracias Will —sonrió el moreno—, Leo tiene razón. Eres un tipo genial.

Y Solace era genial. Ni siquiera se había quejado cuando tuvo que levantarse antes que nadie para atender sus heridas.

—No me creyó, Will —se lamentó Percy mientras el de ojos azules revisaba atentamente sus quemaduras y cada uno de sus arañazos y rasguños.

—Me es difícil creer que Leo te haya hecho esto —comentó el nombrado mientras aplicaba ungüento en el tobillo quemado del moreno. El encuentro entre ambos, sin lugar a dudas, había sido violento. El hijo de Poseidón tenia suerte de no haber sufrido un desgarre interno o más quemaduras.

—Lo hizo —confirmo el herido en tono amargo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—, ¿qué se supone que haga ahora?

—Primero dejar que te atienda —puntualizó—, después puedes contarme que sucedió. No le diré a nadie.

Desde entonces Will se había convertido en su consejero y amigo. Era quién atendía sus lesiones, veía que no se descompensara y trataba de estar disponible cuando necesitaba un hombro para llorar o un oído para renegar de su suerte. Y una de las pocas razones por las que no se dejaba consumir por el fuego de la rabia y la frustración todavía.

Maldita la hora en que se le había ocurrido poner su corazón bajo las llamas ardientes que yacían contenidas en los hijos del dios herrero.

Mas le valía a Leo dejar de buscarlo o se encargaría de mostrarle lo peligroso que era el mar cuando se encontraba agitado. Así sentiría como era morirse sofocado por la frustración y la rabia.