Notas del capítulo

No puedo creer que haya tardado tanto en publicar...Estoy avergonzadísima! Llevo un año agotador, pero no pienso volver a desaparecer! Y aceptare todas las maldiciones que me queraís mandar.

Este capi me ha costado mucho, primero por la falta de tiempo, y segundo porque lo tuve que reescribir varias veces ya que no quedaba como yo quería... Espero que el resultado sea bueno y os guste!

SEGUNDO ENCUENTRO.

No podía olvidarlo. Había pasado ya una semana desde la escena sexual improvisada que le había dedicado Draco Malfoy en aquel bar, y Harry aún la tenía grabada a fuego en la cabeza. Y en la polla. Algo lógico por otra parte. No podía recordar haber tenido otro momento tan excitante como ese jamás.

El problema era que se había convertido en una obsesión y estaba comenzando a afectar a su vida diaria. Generalmente en los momentos más inoportunos, como en las escasas ocasiones en las que se reunía con sus amigos o con su jefe, le venía a la cabeza la imagen del rubio pajeándose en aquel sillón. Sólo que en su imaginación, él no se quedaba parado como mero espectador. No, para nada. En su mente tomaba las riendas y ambos acababan follando como caniches en celo, desnudos, completamente sudados, frotando sus cuerpos sin ninguna restricción. Dejándose llevar por una pasión que hasta hacía escasos siete días Harry no sabía ni siquiera que poseía. Si no fuera porque llevaba túnicas en el ministerio, le hubiera resultado imposible ocultar al mundo la animada erección que parecía llevar puesta casi permanentemente. Se estaba convirtiendo en un obseso.

Tenía que hacer algo por cumplir sus fantasías y contestar de una maldita vez a la pregunta que le había hecho Malfoy aquella noche. Si, quería follárselo, y cuanto antes mejor. Ya tendría tiempo de pensar en las consecuencias de sus actos cuando estas llegaran, lo primordial era conseguir aplacar el calentón constante que llevaba encima. Así que se armó de valor gryffindor y decidió ir a hablar con Malfoy. Hablar y todo lo que él quisiera. O le dejara. Por eso había preguntado a Seamus, de la forma más sutil posible para no levantar sospechas, donde trabajaba exactamente Malfoy. Harry se había acostumbrado a cruzárselo de vez en cuando por el ministerio, pero nunca le había prestado demasiada atención. Le saludaba mecánicamente, sin ningún interés en de donde venía o hacia donde iba. Era increíble como habían cambiado las cosas gracias a una sola noche.

Harry trabajaba en el departamento de aurores, pero no siendo un auror como todo el mundo había esperado, si no como profesor. Una vez acabada la guerra le ofrecieron cualquier puesto que deseara, sólo tenía que señalar y sería suyo. Tenía carta blanca, lo importante era que Harry Potter entrara a formar parte del ministerio. Así que fue toda una sorpresa que después de un arduo periodo de entrenamiento para prepararse como auror, no sólo rechazara ese puesto, sino que además eligiera la docencia. Quería enseñar defensa contra las artes oscuras a los futuros aurores que aún estaban en la academia y comenzaban su periodo de prácticas. Llevaba una bien merecida vida tranquila. Tenía un aula de entrenamiento en una de las plantas superiores, grande y bien iluminada, con todos los recursos que el ministerio podía ofrecerle. Sus clases eran de lo más concurridas e incluso había una larga lista de espera para tenerle como profesor, todos querían recibir las enseñanzas del mago que venció a Voldemort. Y nadie podía negar que su trabajo se le daba bien. O por lo menos se le había dado bien hasta que cierto rubio se había colado en sus pensamientos, desconcentrándome totalmente y trastocando su rutina. Nunca antes había ido con el ánimo tan "levantado" a clase. Pero ese era un problema al que pensaba ponerle solución con la mayor satisfacción y brevedad posible.

Seamus le había dicho que Malfoy trabajaba como ayudante en el laboratorio de investigación, colaborando en la creación de pociones nuevas e intentando mejorar las ya existentes. Su departamento estaba casi en el sótano, en un pasillo tan húmedo y mal iluminado que nada tenía que envidiar al aula de pociones de Snape en Hogwarts. Aunque Harry sabía que todo el ministerio era subterráneo, los hechizos en las falsas ventanas habitualmente le hacían olvidarlo, pero en cuanto salió del ascensor se le hizo más que evidente que en esa zona del edificio no se habían molestado en usarlos, tan sólo estaba iluminada por unos escasos fluorescentes del techo, que no resultaban suficientes para cumplir su función. Puede que fuera un requisito básico para un laboratorio, cuanto más siniestro mejor. Pero para Harry nada de eso le importaba, lo importante era que por fin había llegado a su destino.

Parado frente a la puerta tras la que se encontraba Malfoy, con un puño levantado para llamar, Harry comenzó a sentirse tonto. ¿Que es lo que pensaba hacer? Ni siquiera sabía que iba a decirle a Malfoy exactamente. Puede que el rubio hubiera estado borracho aquella noche, no lo parecía, pero cualquier cosa era posible. ¿Y si se reía de él? ¿Y si no había sido más que una broma? ¿Y si le rechazaba? Un sudor frío empezó a recorrerle la espalda sólo de pensarlo. Estaba a punto de darse la vuelta e irse, completamente sonrojado, cuando la puerta se abrió de un tirón y un hombre de mediana edad y pelo cano apareció en el umbral.

- ¿Puedo ayudarle joven?- Preguntó con amabilidad a Harry.

-Yo...- El sobresalto parecía haberle dejado mudo, y a su cerebro le estaba costando encontrar una buena excusa que le permitiera marcharse de allí antes de que Malfoy le viera. Todo su valor gryffindor parecía haberse ido a otra parte al darse cuenta de que podía ser rechazado. Y por Malfoy, nada menos. Eso le pasaba por haber seguido los dictados de su pene sin contar con la lógica o al menos sin planificar sus movimientos.

-¿Potter?- Una cabeza rubia asomo por detrás del hombre que aún sujetaba el pomo de la puerta con expresión extrañada. -¿Que haces aquí?

Ya estaba, Malfoy le había visto. Ya no había marcha atrás. Además, la sola presencia del rubio ante él había hecho que la sangre abandonara su cabeza para concentrarse en su entrepierna, y así no es que pudiera pensar muy bien.

-Estaba por aquí... Y se me ha ocurrido pasar a saludarte.- Harry esperaba haber sonado seductor, pero no podía asegurarlo, no tenía mucha práctica en ello. Y el hecho de tener que hablar delante del que parecía ser el jefe de Malfoy no ayudaba nada. Pero por la leve sonrisa que el rubio le había dedicado, parecía que le había entendido muy bien.

-Draco, aún es un poco pronto para tu descanso.- Habló de nuevo el pocionista, mirando a Malfoy de forma afable.- Pero si quieres, yo creo que podré mantener los calderos controlados durante un rato para que vayas a tomar algo con tu amigo.

-No se preocupe señor Hassel.- Le contestó el rubio con una sonrisa inocente.- El Señor Potter sólo estará aquí un momento, no hay problema.

Harry no pudo evitar sentirse algo ofendido por la rapidez con la que parecía querer despacharle Malfoy, pero al menos no se había echado a reír nada más verle. Sólo esperaba que no se notara demasiado lo nervioso que estaba. Todas sus inseguridades habían vuelto a tal velocidad que si no salía corriendo en ese mismo momento era sólo porque su dignidad se lo impedía.

-Adelante entonces.- Dijo el Señor Hassel apartándose para que Harry pudiera pasar al interior del laboratorio.- Pero por favor Señor Potter, no toque nada. En el mundo de las pociones es primordial que cada detalle este controlado. No me gustaría que se produjera un accidente.

Harry asintió mientras cruzaba el umbral de la puerta. Malfoy ni siquiera les había presentado oficialmente y el hombre no había hecho ningún gesto que indicara que le había reconocido como Harry Potter, pero no tuvo ningún problema en dejarle pasar a su lugar de trabajo como si se tratara de una persona de su total confianza. Harry llevaba suficiente tiempo trabajando en el ministerio para saber que eso era algo muy poco habitual. Cada departamento llevaba sus asuntos con la mayor confidencialidad posible, pero el Señor Hassel tenía un aire de Papa Noel soñoliento que le recordaba ligeramente a Luna, y Harry tuvo la seguridad de que podría preguntarle lo que quisiera que no tendría problema en contestárselo. Seguramente con el mismo tono amable y despreocupado que había usado desde que abrió la puerta. Malfoy debía trabajar en un lugar muy agradable.

El señor Hassel se alejó de ellos tarareando y comenzó a remover una de las múltiples pociones que humeaban en la estancia. Había al menos diez calderos, colocados cada uno a una distancia de seguridad de los demás. Harry se quedó durante un momento embobado mirando el humo de diferentes formas y colores que llenaba el ambiente y llenándose los pulmones de las diferentes fragancias que flotaban en el aire. Había estado totalmente equivocado al llegar, ese lugar no se parecía en nada al laboratorio de Snape, era infinitamente mejor. Se quedo perdido en sus pensamientos hasta que se dio cuenta de que Malfoy estaba parado muy cerca de él, mirándole con curiosidad.

-¿Nunca habías entrado aquí, verdad?- Preguntó el rubio.

-No. Es... agradable.- Respondió Harry con sinceridad.

-Hoy, es agradable.- Sonrió Malfoy, Harry se preguntó si lo decía con algún tipo de doble sentido.- Te aseguro que no siempre es así, pero en esta sala estamos intentando mejorar el aroma y el sabor de ciertas pociones que deben tomar muchos enfermos crónicos. Si tienes que tomar veinte pociones al día al menos que no sepan a azufre. Sé que no parece un gran avance, pero mejorara la calidad de vida de muchas personas.

-Seguro.- Harry se sintió tonto de nuevo. Le hubiera gustado añadir algo más, preguntar algo interesante o hacer algún comentario inteligente, pero en lugar de eso se quedó mirando a Malfoy sin saber que más añadir.

-Acompáñame un momento.- Susurró Malfoy.- Tengo que vigilar una poción. Señor Hassel, voy al cuarto oscuro.- Harry no sabía si el rubio efectivamente había pretendido sonar sensual, o si era su mente calenturienta dándole vueltas a lo del "cuarto oscuro", pero su tono de voz envió descargas directamente a su polla. De nuevo debía agradecer a Merlín el llevar túnica.

Siguió al rubio en silencio por un pequeño corredor hasta una puerta que parecía de seguridad.

-¿No hay nadie más trabajando en este departamento?- Preguntó Harry con curiosidad mirando alrededor.

-El Señor Hassel prefiere tener un equipo pequeño. -Respondió Malfoy con una sonrisa.- Ahora tenemos que pasar rápido.- Dijo señalando hacia a puerta.- A está poción le debe dar la menor luz exterior posible.

El moreno asintió, cada vez más nervioso y confuso. La idea de estar en una habitación oscura a solas con Malfoy estaba haciendo que su mente volara hacia imágenes cada vez más pervertidas. Al de entrar tras el rubio y cerrar la puerta a su espalda, notó como la mano con la que sujetaba el pomo temblaba ligeramente. Tomó aire intentando calmarse y se giró para encontrar unos hermosos ojos grises mirándole fijamente. La estancia estaba iluminada por una suave luz plateada que emanaba de un enorme caldero en el centro. Todo parecía frío e irreal. Mágico. Las paredes eran de piedra y hacían que la luz tomase un tono azulado alrededor, como de cuento. Y Malfoy estaba increíblemente guapo, casi como si no se tratara de un ser humano, sino de algo más, algún tipo de aparición. Todo él parecía brillar. Su piel, su pelo, sus ojos, sus labios... Harry le miraba maravillado. Deseaba poder tocarle, acariciar ese rostro perfecto y comprobar su suavidad. Nunca había sido tan consciente de la belleza del rubio como en ese mismo instante.

-Faltan quince minutos para que tenga que añadir la raíz de jengibre a está poción.- La voz de Malfoy era casi un ronroneo.- Tendremos que entretenernos hasta entonces.

Harry no necesitó oír más. Agarrando a Malfoy por la túnica lo hizo girar hasta arrinconarlo contra la puerta, para después lanzarse a lamer su boca con total devoción. El rubio, lejos de apartarse, entreabrió los labios permitiendo que Harry se colara entre ellos para dar comienzo a un beso salvaje, lleno de dientes, lenguas y una gran desesperación.

El moreno ya no podía más. Continúo frotándose contra él, presionándole con todo su cuerpo para que pudiera notar su durísima erección, que ya estaba creándole un cerco de humedad en los pantalones. Ambos gimieron y el rubio rompió el beso y se aparto lo justo para poder mirarle a los ojos.

-Pensé que no querrías verme otra vez.- Confesó Draco en un murmullo.

-¿Por qué no?- Preguntó Harry extrañado, lo único que había deseado esa semana era verle, y en ese momento le estaba costando horrores mantener su respiración calmada y su mente clara.

-No se…- Por primera vez Malfoy parecía cohibido, algo que enterneció al moreno más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sin apenas ser consciente de en qué momento había pasado ambos estaban besándose de nuevo. La boca de Malfoy era tan cálida y húmeda que estaba volviéndole loco. Quería llenarse de esa sensación.

Las manos de Harry consiguieron abrirse camino entre la ropa del rubio hasta tocar la fresca piel de su abdomen, maravillándose brevemente por su suavidad, y como si tuvieran vida propia llegaron hasta el cierre de sus pantalones y comenzaron a luchar con él. Malfoy gemía dentro del beso mientras frotaba con el muslo la intensa erección del moreno, Harry podía sentir como se acercaba al orgasmo alarmantemente pronto. No creía poder aguantar mucho más y quería llevarse a Draco con él. Finalmente consiguió abrir los pantalones del rubio y colarse dentro de sus calzoncillos hasta tocar la mojada cabeza de su polla, sintió deseos de lamerse los dedos para probar su sabor, pero se sentía incapaz de abandonar la caricia. La respiración de Draco se estaba acelerando, y Harry se sorprendió cuando bruscamente el rubio le agarro por la muñeca empujando su mano aún más adentro de su ropa interior permitiendo que llegara hasta los huevos cubiertos de vello, y siguiera avanzando hasta rozar su entrada. Harry abrió mucho los ojos, que había mantenido cerrados hasta entonces, al notar una especie de cuerda que sobresalía del fruncido agujerito. Malfoy llevaba algo metido por el culo.

Asombrado, el moreno miró al Slytherin, que le sonreía de manera lasciva, y que le había soltado la muñeca para poder bombear con entusiasmo la erección que aún tenía encerrada en sus pantalones y pegada a su pierna.

-Tira…- El susurro del rubio fue tan suave que Harry pudo haberlo imaginado, pero sabía que no era así. La mirada gris de su compañero se lo decía.

Con cuidado, enrosco el cordón en su dedo índice y dio un pequeño tirón, provocando que el rubio lanzara un ronco gruñido y diera un apretón tan fuerte a su polla que a punto estuvo de llevarlo al orgasmo. Pero lo que fuera que tenía dentro no llego a moverse. Harry estaba sudando, podía notar como la camisa se le pegaba a la espalda bajo la túnica. Tragó saliva y tiro más fuerte. Malfoy parecía a punto de desmayarse, tenía los labios entreabiertos y la cabeza apoyada en la puerta dejando expuesto su pálido cuello, que Harry lamió lentamente mientras continuaba estirando la cuerda que sobresalía de su culo. A trompicones consiguió sacar todo el artilugio del interior de Malfoy y lo levantó hasta la altura de sus ojos para poder verlo bien. Eran cuatro bolas chinas*, de tamaño pequeño y color plateado.

Mientras Harry miraba sorprendido el juguete, Malfoy se inclinó hacia delante y se introdujo con lentitud dos de las pequeñas bolas en la boca, lamiéndolas como si fueran caramelos y dejando asomar la punta de su rosada lengua resaltando contra el metal. Sus labios brillaban por la saliva que los cubría y Harry ya no pudo resistirlo más. Comenzó a chupar las dos bolitas que Malfoy había dejado fuera, extasiado por su sabor, imaginándose como sería probarlo del propio culo del rubio mientras se lo follaba con la lengua. Ambos juntaron sus labios y empezaron a besarse, lamiendo las cálidas bolas, pasándoselas de una boca a otra y probando el sabor de sus salivas mezcladas con ellas. Harry estaba ya tan cerca de correrse que no pudo esperar más, mientras Malfoy se encargaba de su erección él llevo la mano hasta la polla del rubio y bombeó con fuerza. En tan sólo unos minutos los dos estaban corriéndose, sudando, gimiendo y jadeando en la boca del otro.

Agotado, Harry dejo caer la cabeza sobre el hombro de Draco. Sentía la humedad de la corrida de Malfoy deslizándose por su mano y su propia corrida impregnando el interior de sus pantalones. Las bolas chinas se habían quedado en la boca del otro y el moreno pudo escuchar el sonido de succión que indicaba que se las estaba sacando mientras las lamía. A pesar de haberse corrido hacía menos de un segundo su polla dio un nuevo tirón interesada. Malfoy iba a acabar con él.

-Eres sorprendente…- Comentó Harry en un hilo de voz.

-Gracias.- le contestó Draco con una risita cansada.- Me lo tomare como un halago.

-Lo es.

Harry levantó la cabeza y miró los hermosos ojos grises del Slytherin, era una suerte la iluminación azulada que generaba la poción, al menos Malfoy no podía ver el intenso sonrojo que estaba seguro debía cubrir sus mejillas.

La luz comenzó a titilar suavemente, creando la sensación de que estaban bajo el agua. Malfoy se separo de él, haciendo que Harry se sintiera repentinamente vacio, y se acerco al caldero. Aún llevaba las bolas chinas en la mano.

-El trabajo me reclama.- Dijo sonriendo. Se sacó la varita del bolsillo y con un rápido pase los limpió a ambos y arreglo su ropa. Harry se había apoyado en la puerta y cerró los ojos ante la agradable sensación del hechizo. Cuando volvió a abrirlos Draco estaba ya junto a él.

-Vaya…- El gryffindor lamentó no ser más elocuente, pero sentía sobre él la bruma que siempre le invadía tras un orgasmo.

-Toma.- El rubio estaba extendiéndole el juguete sexual. Harry lo cogió, confuso.- Si quieres puedes devolvérmelas esta noche, sobre las diez, en el bar de la otra vez.- Su tono de voz era despreocupado, pero el moreno podía ver el miedo a ser rechazado en la manera en la que apartó los ojos de él al decirlo.

-Allí estaré.- Respondió Harry, y para dar más firmeza a sus palabras tomó al rubio por la nuca y volvió a hundirse en la calidez de sus labios mientras cogía de su mano las cuatro bolitas unidas por el cordón.

Unos minutos más tarde, cuando ya estaba en la sala de entrenamiento para preparar la siguiente clase, y con una nueva erección en los calzoncillos, Harry se dio cuenta de que no había conseguido su objetivo. En lugar de librarse de su obsesión, esta había aumentado. Metiéndose la mano en el bolsillo acarició las suaves bolas de metal, enredando la cuerdecita entre sus dedos. Esa iba a ser una noche interesante.

(*)Por si algún alma cándida no sabe lo que son, o las conoce por otro nombre, me refiero a este juguete .