Cuando Nadie Mira a Lovino.
La noche entraba ya y el viento soplaba con fuerza afuera. Antonio volvió a mirar por la ventana, arrullado por la calidez de la chimenea encendida y los brazos de su amado italiano. Las manos de Romano volvieron al cabello color chocolate para tironear suavemente los mechones rebeldes, ordenándolos con cariño.
Cualquiera que lo hubiese visto, se iría de espaldas.
Eran pocas las oportunidades que tenían de estar juntos debido a la crisis que apremiaba una solución pronta, pero podían hacerse un espacio a base de mucho esfuerzo.
—¿Qué harás mañana? —preguntó Lovino sacándolo de su adormecimiento.
El español bostezó largamente, estirando los brazos— Lo que tú quieras, cariño —respondió con seguridad, sabiendo que por esa vez, no recibiría un golpe en la cabeza. Miró hacia arriba y vio al muchacho sonreír.
—Nos quedamos en la cama viendo Les Misérables —sugirió.
—¿Y tú no te llevabas mal con Francis?
Romano chasqueó la lengua algo molesto— No me lo recuerdes. Me la prestó mi hermano, de todas maneras. Dice que es buena y que a Ludwig le gustó. Si pudo conmover al grandote, es porque algo tiene —terminó dejándole un beso en la frente antes de levantarse con cuidado, dejando la cabeza del mayor apoyada en una almohada—. Tengo ganas de un café, ¿quieres algo?
—Lo de siempre, dulzura.
Giró Lovino sobre sus talones y partió a la cocina a hacer su expreso y a sacar la leche para hacer un capuchino con canela. Antonio se sentó con los ojos cerrados. Disfrutando del sonido de la cafetera y el olor de los granos de café molido (regalo de parte de Gilbert, quien le había robado una bolsa a Roderich), la leche fresca y la canela.
Soy un suertudo, se dijo. Y vaya que lo era.
Tenía la suerte de poder ver aquel lado de su Lovi que nadie más que Feliciano había podido sacar en alguna ocasión muy extraña. Él lo tenía siempre que estaban a solas. Lovino Vargas, Romano, como el mundo quisiese llamarlo, tenía dos y más caras para mostrar y España las había visto todas. La que más le gustaba sin duda era la que traía puesta aquella tarde lluviosa en la casa napolitana a las afueras de la ciudad.
Cariñoso, dulce y un romántico a más no poder. Sin duda, lo mejor. No podía pedir nada más después de un mes agobiante y sin saber de la palabra vacaciones ni el significado de lo que era tener paz. Con Lovino ahí con él, ese único fin de semana que podrían pasar juntos sería perfecto. El alivio de todo su cansancio. La sonrisa cálida de su pequeño era sedante y calmante suficiente.
Romano volvió con una bandejita que dejó en la mesa de centro que estaba frente a Antonio.
—Gracias —España sonrió mientras tomaba de un asa el contendor de cerámico de su brebaje y bebía un sorbo. Le quedó una marca blanca bajo la nariz a modo de bigote. Lovino rió.
El italiano se agachó junto a él para limpiarle la mancha de crema a punta de besos— Pareces un niño —Antonio dejó la bebida en la mesita y se lanzó sobre su novio para atacar sus labios con ternura.
Romano se dejó hacer, disfrutando igualmente de la compañía del otro. Olvidaron el café por un rato. Ya lo calentarían en el microondas. Por el momento, sólo importaban ellos, el toque en la cintura, caricias en la espalda y besos en la mejilla. Tirados en el suelo con Lovino recostado en el pecho del dueño de su corazón, rieron.
Y Antonio se maravilló de lo hermoso que era todo. Aquel idilio suyo y que era sólo suyo. Sabiendo que el lunes deberían volver cada uno a sus asuntos, sin escapadas. Un par de caras que no debían tener ojeras, sólo la mejor de las sonrisas para afrontar cada problema que se presentara. Esperando con ansias que el fin de semana llegara y con él España y sus escapadas románticas a Madrid o una invitación de Lovino a cenar en algún restaurante en Florencia.
Tenía eso y eso era su motor. Su vida paralela con Lovino. El romanticismo de cada momento. La alegría de saberse en brazos del hombre por quién había arriesgado todo y luchado tanto. Porque de que fue difícil que se abriera a él lo fue y con ganas. ¿Valió la pena?, preguntan algunos. Y la respuesta es un oh, claro que ha valido la pena tanto sufrimiento. Porque si para ver esa faceta de Lovino que nadie más había tenido el gusto de admirar, habría ido a la Luna y vuelto con la mitad de ella en brazos. Era su pequeño, su amor, su vida, su todo.
Era el chico de las mil caras. Él las conocía todas.
