¡Hola!~ bueno, he de admitir que en realidad esta historia era un One-Shot, y no había pensado siquiera en una continuación, pero vari s —si no es que casi tod s— los comentarios me pidieron una. Así que pensé que como los aprecio y quiero tanto, y como estoy de tan buen humor porque hoy día es mi cumpleaños, podría regalarles una pequeñísima continuación c: tampoco es muy explícita, no tiene ni lime ni lemon e.e pero tiene amor (?) diabético amor (?)

Quiero perdirle a Karurita mi legal dibujo por esta continuación (?)

Muchos de quienes han comentado esta historia fueron visitantes, así que no pude responderles el review, pero este capítulo le responde a varios de ustedes, ¡Muchas gracias por todo!


La miraba corretear, arrastrando a Jaken con tanto entusiasmo y energía, Ah-Un se mostraba entretenido también, haciendo de su cabeza y cola una especie de tobogán. No podía comprender cómo una criatura tan poderosa y magnífica como Ah-Un se prestaba para esos mundanos juegos de niños. Pero luego reparó en sí mismo, su pelo, su esencia inundada de aroma a cachorro híbrido, a humano, y simplemente lo dejó pasar.

Su plan seguía firmemente impuesto en su cabeza. Él podría tener una forma de pensar algo retorcida para muchos, pero la realidad era todo lo contrario, razonaba con una simpleza avasallante. Por eso era que cuando se obnubilaba con una idea, era sencillamente imposible dar marcha atrás. Y, claro está, todavía más en casos como este. Porque aquella idea no venía de ahora, no, claro que no, venía maquinándose desde hace mucho tiempo ya. Mucho.

Cuando sucedió aquel accidente del infierno, desde el mismo momento en que ella había vuelto a abrir sus ojos tras darla por muerta, la idea ya estaba planteada. Pero incluso para alguien despiadado como él, tomarla con esa edad sería un crimen. Por eso es que haciendo gala y uso de su tan estimable paciencia, aguardó por ella. Su meta idílica apuntaba hasta sus dieciocho, pero claramente eso no iba a pasar. Se replanteó el que quizás seguía siendo muy niña a esa edad, pero recordó que la mujer del monje para esa edad ya le había dado hijos. Y no, no es que estuviera siguiendo particularmente sus vidas, pero teniendo a Rin como compañía, podía alardear de que sus conocimientos sobre aquellos humanos eran bastantes profundos.

Y por más que ella tuviese una mentalidad no tan madura como Sango y Kagome, la edad hablaba por sí sola. Él no iba a menospreciar un detalle tan importante como su edad ¿cierto?

En sus oídos retumbó el grito de Jaken, alzando un poco su vista miró a Rin tendida en el suelo, riendo con fuerza. Su voz había cambiado ligeramente con el tiempo, aunque mantenía su tonada ligera y dulce, se oía ciertamente más adulta. Escucharla reír así era algo que Sesshomaru amaba secretamente.

La noche ya se había asentado y la manta de estrellas atrapaba todo el cielo estelar bajo su cobijo. Era una noche ciertamente tranquila y agradable. Sabía que ella pensaba lo mismo, porque no dejaba de repetirlo una y otra vez. Su pelo castaño ondulándose con la brisa traía flotando un aroma dulzón a su nariz, un aroma delicioso, adictivo. Tentador.

Cuando la luna ascendió hasta su punto más alto, a la calma nocturna se entregaron el demonio de dos cabezas y el pequeño Jaken, totalmente agotados a causa de Rin. Ella estaba recostada también, pero no dormía. Sesshomaru podía escuchar con claridad sus pies moviéndose sobre la grama, suaves e inquietos, acariciando el piso. Su respiración era ligeramente irregular, estaba pensando. Desde su lugar algo más apartado sobre un cómodo árbol, él aguardó. Quizás no tuviera tanto conocimiento sobre las emociones, tanto humanas como de demonios, pero sí sabía reconocer las señales de Rin. Tampoco podría jactarse que a la perfección, pues la flor sobre su cabeza se burlaba de ello, pero… bueno, podía entender algo a Rin y punto.

Se regocijó internamente con sus ojos cerrados, cuando los silenciosos pasitos sigilosos se abrieron paso hasta él. No podía verla, pero estaba seguro de que le estaba mirando. Esa inquietante sensación de tener los ojos de Rin encima, no era fácil de ignorar.

— ¿Qué sucede, Rin?

Sobresalto. Un trémulo gritito acariciando su garganta.

—Sesshomaru-sama… ¿puedo hacerle una pregunta?

Su voz presa de la incertidumbre, parecía mostrarse ciertamente afligida por aquella duda rondando su cabeza. Él asintió suave, dándole libertad. Ella se quedó unos segundos así, en silencio, jugando con la tela de su kimono, hasta que finalmente habló.

— ¿Qué es una marca… de propiedad?

¿Marca de propiedad, qué diablos?

— ¿Dónde escuchaste eso? –Sólo después de terminar la frase, la respuesta lo golpeó de pronto. Claro, de dónde más podría haberlo sacado si no era de aquella mujer, la sacerdotisa.

—Kagome-san… —bingo— tenía unas marcas en su cuello, parecía doloroso así que le pregunté qué eran. Ella me dijo que era una marca de propiedad, que es algo que hacen los demonios para demostrar que estarán unidos a una persona para siempre…

Algo no andaba como siempre, su cabeza agachada y su voz ciertamente apagada indicaban que tras aquella pregunta había algo más. Sus dorados absorbieron la imagen de Rin, tan perfecta…

—Es básicamente eso, pero tu pregunta no era esa, ¿cierto? –El apretón a su ropa, un pequeño mordisco a su labio inferior y un aroma salado inundando poco a poco el aire, le dieron la razón.

—Sesshomaru-sama prometió que estaría junto a Rin para siempre… ¿verdad? –elevó sus ojos, los culpables del olor salado en el aire, hasta los ámbar. —lo prometió… pero Rin no tiene ninguna marca, Rin no tiene la certeza de que Sesshomaru-sama recuerde aquella promesa… Rin no se siente segura… de poder mantener a su lado para siempre a mi señor.

Cristales brillando por las incipientes lágrimas acumuladas, la respiración arrítmica y sus nudillos palideciendo frente a la fuerza con que apretaba su vestido. Si hubiese sido cualquier otra persona, aquellas palabras hubiesen logrado una mueca de sorpresa inesperadamente beneficiosa. Pero como se trataba de él, sólo pudo elevar su elegante mano y con uno de sus largos dedos, borrar el rastro de la primera lágrima dispuesta a caer.

—No es lo mismo, Rin. Un demonio puede prometer estar al lado de muchas personas, pero sólo una puede permitirse tener aquella marca. Es una promesa mucho más profunda e importante, una que no puede quebrantarse por nada –el dedo abriéndose paso por el resto de su cara con lentitud, sus mejillas, su boca… —ambas partes deben estar seguras de querer hacerlo, un compromiso de dos personas. Por eso es que esa mujer está siempre al lado de InuYasha, dándole una familia.

No sabía cómo había girado todo hasta tal punto, pero por primera vez debía agradecer a la sacerdotisa, pues con un poco de suerte de su lado el plan que venía alterando su mente sería llevado a cabo con mucha más facilidad de la que esperó. Ella cerró sus ojos, endulzando sus oídos con la aterciopelada voz del hombre, transportándose con sus sutiles caricias que la derretían, con su corazón desbordando su pecho como magma.

—Rin no tiene dudas… Rin quiere permanecer por siempre al lado de Sesshomaru-sama, por siempre, puedo ofrecerle mi vida a usted como Kagome-san lo hizo con InuYasha-san —Los ojos de oro traspasaron los caoba, buscando alguna mínima duda que le hiciera notar que aquel no era sino otro capricho de niña, pero no halló nada más que seguridad, una determinación inesperada.

—Jamás podrás estar con otra persona aparte de mí si algún día te cansas, la marca no puede desaparecer, estará siempre visible en tu cuello diciéndole a todas las personas que ya tienes un dueño, ni humano, ni demonio, podrá acercarse a ti. Estarás renunciando a una gran libertad para siempre, ¿todavía estás segura? –Su mano congelada en la tersa mejilla aguardó, ansiosa e inquieta por deslizarse unos centímetros más abajo, hacia el pálido y tentador cuello que brillaba ante la oscuridad de la noche. Las mejillas estirándose en una sonrisa, parecieron responder.

—Sesshomaru-sama, ¿usted no quiso marcar a Rin por miedo a que dijera que no? –Su pregunta, ligeramente quisquillosa, no provocó la palabra en el Lord, mas su silencio fue toda la respuesta que ella necesitaba. —Sesshomaru-sama, ¿usted quiere a Rin?

De nuevo aquella pregunta, que ahora tenía algo distinto, ella sonreía con un sigiloso tono socarrón: lo estaba disfrutando. Y él no pudo ganar, y sólo por esa vez, sólo por estar en completa privacidad y en un ambiente idílico, se permitió fugar una pequeñísima sonrisita. Tan pequeña y a la vez tan colosal para la pequeña dama que bajo la caricia de su mano tembló, sintiendo cómo el magma de su pecho ahora derretía todo su cuerpo.

—Sí, Rin. Así es.

Con el mudo permiso otorgado, la mano que estaba expectante, se deslizó disfrutando el momento, sintiendo con placer cada pequeño rincón de su piel de porcelana, hasta detenerse en el punto exacto de su cuello. Lo acarició con sus garras, tomándose su tiempo, deleitándose con las pequeñas cosquillas que hacían temblar con maravilloso gusto el menudo cuerpo. El corazón le latía rápido, muy rápido, pero lejos de alarmarse le gustó escucharlo.

Sus dientes cosquillearon también, demasiado ansiosos como para poder controlar el crecimiento de sus incisivos. Sus ámbares brillaron, destellando. Aproximó su boca hasta el cuello, inundando su nariz con el adictivo perfume de Rin y motivándose aún más, hundió sus colmillos en él. Ella ahogó un sutil gemido quejumbroso y apretó con un poco más de fuerza la mano que había tomado sin darse cuenta. El mínimo veneno que se aseguraría que aquella marca no desapareciera terminó su trabajo, finalizando su tarea.

Despacio se apartó, limpiando con un rápido y gentil gesto de su mano el poco rastro de sangre que opacaba su piel. Esperó su reacción, mirándola intensamente, siendo correspondido casi al instante por una hermosa mirada caoba que derrochaba felicidad. Acarició los dos pequeños surcos en su cuello, no dolió, Kagome-san tenía razón.

—Con esto, usted le está prometiendo a Rin que estará a su lado para siempre, ¿no es así? Rin ya no tiene que tener más miedo de que Sesshomaru-sama la deje nuevamente, ha elegido el camino que desea seguir y usted lo consintió, Rin quiere viajar para siempre al lado de su señor –con una reciente confianza que le entibiaba el pecho, Rin se estiró un poco, lo suficiente como para abrazar con sus largos brazos al Inugami, quien como algo atípico en él, acomodó uno de sus brazos por sobre el pequeño cuerpo.

Ambos permanecieron así un buen rato, era demasiado cómodo como para atreverse a moverse.

—Sesshomaru-sama… ¿todavía tiene Rin su permiso para pedirle algo?

La medianoche había pasado hace varias horas ya, pero decidió concedérselo por curiosidad. Así que mintiendo un poco, respondió que sí y de inmediato escuchó el violento latir de su corazón.

—Sesshomaru-sama, Rin tiene un deseo.

—Dime.

Con sigiloso mover, Rin escaló por sobre su estola y estiró su mano para deshacer rápidamente la coleta que le había hecho a su larguísimo y sedoso pelo. El mayor Inutaisho la miró atento, esperando su deseo. Todavía manteniendo su lugar, a una distancia demasiado corta de su cara, habló.

—Rin quiere un beso –cubierta por el cabello de plata cayendo en cascada, sobre sus hombros, ella jugó con un travieso mechón que enmarcaba la marcada mejilla del hombre. Sesshomaru volvió a esbozar aquella diminuta sonrisa tan significativa para su, ahora, mujer. Cogió con cuidado el lirio carmesí que había nadado hasta su pecho, y lo acomodó en el pelo castaño, bajo la enrojecida expresión de ella. Sujetó su cara delicadamente, con un cuidado que al parecer sólo nacía para con ella y entremezcló ambas miradas un momento.

Ella estaba ansiosa, nerviosa, sus manos temblaban, sus labios también, y ni hablar de su corazón. Disfrutando maliciosamente aquellas reacciones, decidió terminar con su tortura y por fin juntar sus bocas. Rin se estremeció entre sus brazos, ante el gesto tan suave, pequeño, pero que para ambos significaba mucho más que la derrota del mismo Naraku y todos sus secuaces. No fue un beso desbordante de pasión, como quizás había planeado en un principio el Lord, pero aún así no podía negar que se le hizo endemoniadamente delicioso y adictivo.

Y quién dice, quizá para su sorpresa, fuese la mismísima Rin quien le pidiera aquel beso apasionante dentro de no muchas noches más.

—Rin es muy, muy feliz, mi señor. Este ha sido en verdad el mejor día de mi vida –Envuelta en la cálida estola de su amo, Rin murmuró adormilada, arrullándose con el delicioso aroma del hombre.

Al verla ahí dormida entre sus brazos, sólo pudo pensar en su padre. Quizás lo hubiese juzgado demasiado rudo para su mente que poco conocía del mundo en ese entonces. La mujer a la que le había otorgado su vida aquella noche era una simple humana también, al igual que la mujer por la que su padre cambió a Irasue, al igual que la madre de InuYasha, al igual que la madre de sus sobrinos. Tal vez fuese una herencia de sangre, el enamorarse de una humana… sea como fuere, debía pedirle disculpas a su padre. Comprendía ahora que quizás no era tan malo, haberse enamorado de una humana común y corriente.

Y dentro de unos cortos años, debería pedirle otra disculpa también. Porque al igual que al escoger una humana como compañera, tal vez, tener un hijo híbrido como InuYasha, no fuese la peor deshonra del mundo…


¿Ya ven? diabético c: (?) no, ya, en serio, fue bastante corto pero espero que lo hayan disfrutado.

¡Ustedes son el mejor regalo de cumpleaños! así que gracias por todo, por leer y por comentar, ¡todo cuenta para hacerme feliz!

¡Un beso enorme!~